Wednesday, August 03, 2005

World in my eyes


Me llegó de la nada una nostalgia por la carretera. A veces es necesario simplemente tomar una mochila e irse por ahi a visitar centrales de autobúses. Cuando viajo me gusta ir con calma, preguntar por los mercados, ver las artesanías y tomar las cervezas locales. El viaje es como el momento más plácido donde se puede ser. En la oficina, la escuela e incluso con los amigos no pasas de ser una imagen o algo con límites predestinados. Me gusta viajar porque es como el momento donde la sorpresa actua a cada instante y el mundo se nos presenta nuevo y la mirada cansada de ver las mismas cosas se torna rápida y ágil para sorprenderse. Me gusta ver las carreteras y los cerros que no pisaré y los arbustos que se pegan como borlas a las laderas del camino.
Lo curioso es que no suelo tomar fotografías de mis viajes. Desde el primero que hice a los dieciséis años a Venado, S.L.P. mis viajes son ciegos y la única imagen es la que el recuerdo me deja. Cuando estaba en Monterrey me acometían extraños impulsos de viaje y me iba a Dr. González o a Mina sólo por el placer de reconocer el desierto y las casas solas de fachadas planas, ventanas con mosquiteros y puertas delgadas. Me sentaba en las plazas con pocos árboles y parecía que incluso ahí en el centro del lugar con la iglesia y el palacio municipal al lado reinaba una aridez que se metía en los huesos y descarapelaba el color de los kioscos muertos. Nuevo León era entonces un terreno desesperado de cactus, lechuguillas, sierras medianas que se iban persiguiendo desnudas y a veces filosas y del que no salí en dos años más que para ir a Monclova o Coahuila y dos veces a la Barra del Tordo. Así me bebí el desierto y la poca mar.
Cuando me vine a vivir al Distrito Federal fue como emprender un gran viaje con sus escalas correspondientes. El primer año salí a Morelia, Patzcuaro, Toluca, Aguascalientes, Veracruz, Hermosillo, Guaymas y luego de ocho meses sin regresar a casa volví a Monterrey. El siguiente año, en el 2003, salí poco a territorios nuevos: Cuernavaca y Taxco me recibieron con una tranquilidad inusitada. Deambulé en el palacio de Cortés y desde la ventana del cuarto de hotel en Taxco vi, recortada en la neblina de las calles empinadas del pueblo colonial, la figura de una mujer regordeta que llevaba una bolsa en las manos.
En el 2004 no recuerdo mayores viajes que a Monterrey que me parecía ahora un gran destino turístico además de visitar a la familia y mis amigos y a Guadalajara. Fui a carnes asadas en ranchos en San Mateo y a fiestas infantiles. Monterrey me sorprendía ahora con todos sus cambios, sus nuevos puentes, el aire distinto del cine Rally, el recuerdo distinto de las calles del centro histórico y sus nuevas librerías.
Así llego al 2005. En la oficina me dicen que pronto me van a correr si sigo andando de viaje en viaje. Me da el gusto de saber que vi con Ana y Miguel la neblina en la playa de Matamoros y que fuimos a ver la frontera para después llegar a Los Ramones a comer paletas de grosella. Antes había vuelto a Morelia a comprar charandas y pasarla bien en el Conservatorio de Las rosas con los otros becarios. No quiero olvidar que en mayo volví a Veracruz y luego fui a Monterrey y después pasé por Cuernavaca unos días y finalmente estuve todo un fin de semana en Acapulco visitando el puesto de vigía del Fuerte de San Diego y nadando después hacia unas boyas. Regresé a Monterrey después y ahora en el D.F. ya están en puerta Tampico, Guadalajara, Morelia otra vez, Monterrey y Chihuahua para fines de año. Aunque ahora regreso exhausto de tanto viaje. Sólo de Acapulco llegué en calidad de enfermo. Y sin embargo tengo nostalgia del viaje, de ver otra vez las carreteras, de conocer las centrales de autobúses o los aeropuertos donde taxistas se pelean y bandas de maletas giran y giran. Luego leo con nostalgia de gente que anda en Oaxaca, en Zacatecas, León y Campeche y como dice Daniel Sanchez, con ir a tirarse a un pozo de agua y escuchar a Ramón Ayala me puedo dar por servido.
Fotografía prestada por Fabían Cavazos.

Monday, August 01, 2005

Libros negros


Ir con una caja por las calles angostas del centro de Monterrey resulta una faena lastimosa. Por acá salen muchachos de una escuela e invaden las calles; en la esquina hay puestos de vendedores de mangos, piñas y aguas frescas que compiten estacionados con el ir, venir, frenarse y subir y bajar de pasajeros de los camiones urbanos. Además hace sol aunque el cielo ande nublado y la chamarra roja se me cae aunque la lleve anudada en la cintura.

Pero ir con esa caja de libros al hombro resulta la mejor parte del día y me encuentro contento, satisfecho de que llevo ahi mis 100 ejemplares de Todos los días atràs. ¿Qué deseaba escribirles hoy después de dos años de esperar este libro? Deseaba contarles dónde y cómo escribí los cuentos. Deseaba que recordaran cuando voy y les doy lata con mis textos y ponen cara de: Ahi viene Toño. Pero al ver el libro me sorprende una mansedumbre extraña al distinguir en la portada mi nombre en rojo, luego atrás las fotos que tomò Llaguno y leer al vuelo en la contraportada
" En estos cuentos no hay grandes frases, pero están sustentados en la base del momento. Italo Calvino lo llama il guizzo, el relámpago, ese instante en el que el personaje -y por ende al lector- le viene el golpe de la revelaciòn".

Sólo puedo decir que ha sido un largo y corto camino y que al momento de escribir mi primer cuento no sabía que Dios me concendería en la vida conocer personas como ustedes que hacen que Todos los días atrás tenga el verdadero valor. Desde los tallereos de Manuel García hasta las borracheras en El Panteón y las críticas mordaces en el FONCA han venido estos cuentos escritos casi la mitad en mi peor etapa defeña. Pero este libro vale por la felicidad que compartirán conmigo al lverlo, leerlo y detenerse en la portada. Eso es lo que importa. Asi que ya salió.

Ahora saldré otra vez a la calle con la caja y tal vez me detenga a tomar un agua fresca. Y tal vez aborde uno de esos camiones que aturden este caluroso mediodia.

Monday, July 25, 2005

Mis muchachas

Tengo buenos amigos y amigas. Mis amigos son, como los de todos, con sus risas, sus borracheras, sus abrazos, los saludes en una barra o en una fiesta en casa. Mis amigos algunos están ya casados y con hijos que no pasan de los cuatro años y a quienes me presentan como el tío Toño. Otros siguen solteros y con ellos hablo de literatura (con los casados también), de cine, política y chismes de ocasión. También tengo buenas amigas. Unas se han casado y tienen hijos que no pasan de los cuatro años, excepto Diana que tiene a Angel de casi once años.
A mis amigas les llamo a veces mis muchachas, no a todas, claro. Mis muchachas son aquellas que han tenido que cambiar de vida, que han tenido que sufrir para cambiar de vida. Mis muchachas se han enfrascado en relaciones no muy sanas pero en un momento han dicho basta, hasta aquí, me tienes hasta la madre y adiós. Mis muchachas se quieren mucho porque saben, a veces, el alto costo de la tranquilidad. Y ahi andan vestidas de fiesta o poniendo las cosas en orden en sus oficinas y a veces me mandan mails para saber como le va a este regio avecindado en el d.f. o me mandan mensajes a mi celular sólo para decirme lo mucho que me quieren.
Yo sé que en poco en ayudado a que ellas se liberen y se vuelvan ellas mismas. Como todo viaje digno de ser contado han tenido que andar solas un trayecto y no negarse a si mismas para luego volver transformadas para ellas mismas. Claro, tinta de divorcios han corrido y lágrimas en cafés y bares también pero sólo así han logrado ser ellas mismas. Como el acero de Damasco que tiene que ser varias veces calentado y enfriado así con ellas.
Este regio se contenta con seguir viéndolas, ahora ocupadas y felices, ahora ocupadas y buscándose continuamente. Y luego les doy la espalda para que hagan y desagan a su antojo en sus vidas y cuando las vuelva a ver me cuenten ese montón de cosas nuevas. Mis muchachas. Ellas saben quienes son.

Thursday, July 21, 2005

Emily


No conocía un estado de alarma como en el que cayó Monterrey estos días. Desde el martes en la noche me decían amigos y amigas que se respiraba cierta tensión en el aire. Luego vi telediario por internet y las cortinillas del noticiero eran más que alarmantes. Le conté a un amigo del hecho y me dijo: estos regios alarmistas. Hacen tanto escándalo porque tienen lana hasta para comprar el foquito rojo. Me dio risa pero también le di la razón. Luego hablé a casa a ver cómo iba el asunto y mi madre me dijo que no pasaba nada. Un amigo me dijo que eran puras jaladas, que era más el miedo que el gobierno infundía que otra cosa. Como sea en las noticias vi a tres sujetos que saludaban a la cámara de televisión mientras veía como subía el cauce del río del Obispo. Bien ajenos ellos al terror. El gobierno instaló albergues y el ejército patrulló las colonias propensas a inundaciones. Como ciudad de primer mundo se desmontaron semáforos y panorámicos. Me cuentan que incluso se cancelaron todos los eventos del miércoles en la tarde, entre ellos cierta junta para ver las cosas del FORUM de las Culturas. Hubo una parálisis general. Las fábricas dieron el día libre a empleados y obreros y se respiró un aire de festividad mientras el huracán Emily azotaba las calles desiertas.
Incluso el gobierno mandó mensajes a los celulares para sugerir que no se saliera de la casas. La gente ya estaba preparada en casa después de las compras de pánico. En los blogs de los regios incluso la sensación de que se les venía el huracán era notoria. Emily se convirtió en el mejor personaje de ficción al fin de cuentas y aunque hubo saldo blanco no fue por completo ya que el puente Guadalupe se incendió bajo la lluvia y se desplomó.
Eso sí. Los regios recibieron el fenómeno metereológico con todas sus energias. Qué tan aburrida estara la ciudad que el meteoro los anima, influye, arrincona y es motivo de charla por todas partes. Yo nada más, desde lejos, podía estar expectante. Son esas cosas las que te separan lentamente de la cultura de tu ciudad de origen. ¿Dónde estabas cuando llegó Emily? seguro se preguntarán después en fiestas y reuniones de trabajo. Muchos hablaran de los cierres de las plantas, de las universidades cerradas, del cierre de bancos y de las cintas masking en los vidrios, del cierre de avenidas y del Gober hablando a todos los medios de televisión bien protegido con un sobretodo amarillo mientras la lluvia cae cerquitita. Monterrey recibió el huracán como rancho donde no pasa nada.
Yo estaba encerrado en casa escribiendo Lost Acapulco. Luego salí un rato al internet a revisar unas cosas. Llovió un poquito en el D.f. pero nada serio. Estamos en temporada de lluvia así que no nos sorprende. Me pregunté por mis amigos en sus casa comiendo palomitas o viendo la alarma generalizada, en sus hijos viendo la lluvia que caía. Y caray, qué lejos queda Monterrey. Y caray, que lejos queda todo.

Monday, July 18, 2005

Sierra

El carro avanzó en la oscuridad y cuando se detuvo mi tío Roberto le preguntó a un hombre cómo se llegaba a San Miguel de los Altos. El ranchero estaba ahi nada más bajo un techo con varios perros al lado. Se levantó, se acercó a nosotros y nos dijo que había que seguir el camino, subir un cerro, bajar de él y luego el sendero se volvía dos y había qué tomar por la izquierda. Luego dijo que si queríamos nos podía mostrar el camino. Mi tío dijo que sí y el hombre se trepó al galaxy y se sentó adelante. Olía a palma y sudor y el olor impregnó el coche. Yo iba atrás con mi tía Conchis. Por la ventana no se veía más que maizales y el ladrido lejano de unos perros. El camino, en realidad una brecha que se iba irregular entre las cercas de alambre, había empezado desde un entronque con Mazapil y lo habíamos tomado ya de noche, después de detenernos en una gasolinera. Íbamos a San Miguel el Alto al sepelio de Jorge y Rebeca, dos amigos de mis tíos quienes se habían matado en un codo de la carretera. Ese miercoles era el cuarto día desde su muerte y mis tíos lo único que querían era llegar.
El ranchero nos dijo que esos caminos eran muy peligrosos porque todos los rancheros dormían con la escopeta a la mano y pa pronto, apenas escuchan un ruido, lanzaban a los perros y disparaban. A veces volvía el rostro para ver a mi tí que se hacía pequeñita en la noche. Nos dejó en el entronque y cuando bajó oí el ladrar de sus perros. Nos habían seguido todo el camino. A lo lejos vimos una lucecita blanca que parecía empotrada en el cielo. Cuando nos fuimos acercando en caminos que no recuerdo la luz se fue haciendo más y más cercana y cuando llegamos a ella nos descubrimos dentro de un pueblo, frente a una iglesia. Toda la noche ladraron los perros y en la madrugada oí el rumor de cencerros y luego, cuando bajé a orinar sin alejarme del galaxy sentí el aliento tibio de los animales y un aroma acedo de boñigas, piel y babas.
Cuando clareó preguntamos por la casa de los Hernández y nos dieron santo y seña. Llegamos y ellos se pusieron muy contentos. A Jorge y Rebeca los habían enterrado la tarde anterior. En el cuartito donde los velaron había una cruz de cal y veladoras en las esquinas. Luego pasamos a desayunar. Nos hicieron unos huevos revueltos, frijoles, queso, tortillas gruesas y rajas de chile güero.
En un cuarto había sillas de montar y las toqué. Eran hermosas y el Sr. Hernandez me dijo que él se dedicaba a hacer y vender sillas. Nunca he aprendido cómo se llaman las partes que componen una silla de montar pero esas eran hermosas. Abandonamos el pueblo al mediodía. Habíamos hecho un viaje de casi doce horas para estar a lo sumo cuatro en esa casa. Cuando volvimos a tomar la carretera pasamos por la curva donde se mataron Jorge y su hermana. Se habían quedado sin frenos y luego, vimos la sierra de donde bajaba el camino y más allá sólo un horizonte azulado, casi blanco que nunca más verían Jorge y su hermana cuando fueran a visitar a sus papás. Luego, seguimos hasta Fresnillo y de ahí rumbo a Saltillo.

Wednesday, July 13, 2005

Obituario

Hoy tengo ganas de escribir en primera persona y no en una falsa primera persona.
Son casi ocho horas desde que entré al ILCE el día de hoy y el guardia abrió la puerta.

En estas ocho horas he:

  • Visto un capítulo de Cálico Electrónico.
  • Leído algunas notas en el periódico del Universal.com dos veces.
  • Revisado 13 páginas del diccionario Larousse ilustrado de tercer año.
  • Transcrito 48 páginas de ese mismo diccionario.
  • Escribí un post en Instinto Contagioso. En realidad dos.
  • Me comí unas nueve viboritas de gelatina y tres mantecadas Bimbo.

¿Tiempo que pensé en Monterrey?: Uno, ahorita.

¿Tiempo que pensé en la novela?: En suma unos veinte minutos.

Hoy me siento con ganas de irme y es precisamente lo que haré.

Monday, July 04, 2005

Ioio cambia de laboro

Acaba de llegar Heydi y Paulina y aun les veo el rostro con algarabía por la fiesta del viernes. El motivo era harto simple: Ioio cambiaba de laboro. Ioio se llama en realidad Elena y si hay alguien que sea divertida y con una buena vibra es Ioio. Mandó la invitación desde el lunes y aunque en la oficina había cierto aire de tristeza por su partida (Ioio es una mujer que cuando podía traía pepinos, melones o palomitas para compartir con todos, Ioio es una mujer que cuando escucha a los Straijakets o a Lost Acapulco se pone a bailar sentada en su lugar) ninguno dijo que no iría a su fiesta.
Cuando llegué, casi al filo de las doce de la medianoche, pregunté por Heydi de inmediato y la encontré en el segundo piso de la casa atiborrada por desconocidos y compañeros de otras áreas del ILCE. Sonaba algo de ska y rock y vi en la esquina de la casa oscurecida y de donde salían luces multicolores a un dj que, con un audífono en el oído y el otro al aire, movía las manos y sacaba esa música que alebrestaba a todos. Cuando llegas a una fiesta y ves a dos compañeras seriecitas siendo besadas por sendos desconocidos, a Ioio con cerveza en mano cobrando 10 pesos la chela y a gente bailando en las escaleras o en la sala sabes que esa fiesta no te la debías de perder.
Bailamos, cantamos, bebimos. La fila para entrar al baño era kilométrica. Heydi andubo esparciendo su natural locura por todas partes, Omar, el mushasho, como le digo, hacía sus chistes de siempre, Javier andaba con aire de modelo y yo simplemente ejercía el baile, la risa, el saludo. A veces me encontraba con Ioio y le decía cosas para hacerla reir y ella me contestaba con su tradicional: eres un payasillo. Música, desequilibrio, pláticas de todo y nada mientras estas baile y baile fueron esa fiesta de Elena.
¿Te gusta bailar, verdad?, me preguntó Alejandra, la hermana de Elena, quien no dejaba de aplicar el quiebre de cintura, el subir y bajar de hombros, los pies juntillas y las rodillas locas mientras bailaba con ella. Algo, le contesté y me acordé de Rous quien me enseñó, no a bailar, sino a sentir la música. Poco a poco se fue yendo la gente. Cuando el novio de Heydi llegó por ella nada más vi cómo se le iluminó el rostro. Me sigue pareciendo sorprendente que aunque tienen como tres años de vivir juntos el rostro de Heydi se ilumine cuando lo ve. Luego tuvimos que salir de guardianes de unas compañeras que no querían que se pasaran con ellas otros, hicimos grupos, círculo de baile mientras las papas y la cerveza pasaban con rapidez. ¿Es un descaro la fiesta? Así es. ¿Qué fiesta no lo es?
Luego, cuando me fui a dormir, cerca de las cinco de la mañana llegué a casa y tuve un sueño rico. Soñé que en esa fiesta llegaba César Gándara con Abi y la hija de ambos. Soñé que bailaban (había visto a Gándara finalmente ese viernes después de más de dos años sin verlo) y después de ellos aparecía Ana Mercedes con Miguelito y se metían en la fiesta. La vida, creo, debe de ser como una gran danza de corazones henchidos, de manotazos, de pasar al centro del círculo y sin más ponerte a bailar así sea reggee, ska, surfer o salsa. lamentablemente o más bien, afortunadamente también es otras cosas. Ioio cambia de laboro decía la invitación. Hoy ya no vino a trabajar pero todos mis compañeros y yo al vernos tenemos una extraña mueca de complicidad que Ioio nos ha compartido.

Thursday, June 30, 2005

Los talleres de Parra

Subimos Raúl y yo las escaleras de madera de la casa de la cultura de Monterrey. Chirriaban los escalones a nuestro paso y cuando finalmente llegamos al tercer piso y entramos en la sala había un gran mesa de madera, redonda y sillas apostadas alrededor de ella. Un hombre guero y otro con barba, ambos mayores que nosotros, esperaban ahí. Saludamos nerviosamente y nos sentamos. ¿Parra? dijo Raúl al barbón pero él negó: No, aún no llega. Minutos después apareció Eduardo con su calva lúcida, la barba aleonada, el cigarro en la boca y una coca de medio litro en la mano. Dejó sus libros y con una hoja que arrancó de su libreta formó un cenicero cuadradro. Fue amable y nos invitó, como regla de taller, a iniciar con la lectura. Raúl leyó su cuento con el que había ganado el premio de cuento de Escobedo y yo un cuentito de dos cuartillas donde un padre de familia decide darle a un pordiosero el poco de dinero que le queda en lugar de comprar con él algún regalo.
El taller de Parra en la Casa de la Cultura duró, no recuerdo bien las fechas, desde el verano del 96 hasta mediados del 98. Fueron dos años de vernos todos los sábados de 10:00 a.m. a 12.00 p.m. El taller tuvo mucha gente y luego poca. El de la barba escribía bien y se fue. El otro también. Luego llegaron este compañero del carro ZX y Horacio Gómez Junco y Carolina Farías y Víctor Hurtado. Un tiempo iba un hombre cuyo nombre no recuerdo pero que llegaba en muletas y tardaba más de media hora en subir al tercer piso. Raúl dejó de ir pero yo seguí y seguí. Cuando no se podía estar ahí nos íbamos al café benavides de Juárez. No sé en qué momento Parra comenzó a incluirme en su órbita. Sólo sé que a veces me citaba para platicar en el vips de ocampo donde las meseras nos servían un café humoso y sin sabor. Ahí conocí a Ofelia Pérez Sepúlveda y ella recuerda muy bien esos días y se burla de mi.
Una tarde noche saliendo de la sala gabriel figueroa a donde nos mandaron porque no había sitio Parra dijo: Yo pertenezco a un grupo, se llama el Panteón. Y comenzó a decirnos de ese panteón a Carreño, Gómez Junco y a mi donde había más escritores (yo sólo conocía de escritor al Parra y había visto de lejos Ramírez Heredia y a Héctor Alvarado). Cuando salimos me le acerqué al Parra y le dije: Yo un día voy a estar en ese grupo. Parra sonrió con sorpresa y dijo: a ver si es cierto.
Pasaron dos meses, tres más del taller ya muriéndose y una tarde Parra nos prestó unos libros a Carreño y a mi. Fuimos a su departamento en Padre Mier. Cayó una lluvia y de regreso Parra me dejó frente al hospital 33 y me dijo: oye, los muchachos nos vamos a reunir este miércoles y quieren conocerte. ¿Le caes? Yo asentí. Esa noche cuando salí a las tres de la madrugaba y buscaba un taxi iba sorprendido. Había ido no sólo a conocer a los panteoneros sino que en medio de la borrachera Parra había dicho a los demás: ¿entonces qué, aceptamos al toñillo? Toscana se quedó en silencio, Hugo le dio un trago a la cerveza y Rubén fumó. Nunca dijeron que si pero empezaron a presentarse uno a uno, a presentar a los otros y aunque bromeaban con una novatada que nunca llegó siempre me mantuvo alerta. A las dos semanas fue Gardea a Monterrey llevado por Jeannete Clariond y Parra me habló: hay que estar en el Museo a las siete. Cuando el evento se terminó ahí estaban todos los panteoneros y "grupo rival": la Mancuspia. Ahí vi por primera vez a Dulce María González, a Héctor Alvarado, a Patricia y Ana Laurent Kullick.
El taller del Panteón duró desde ese invierno del 98 hasta mediados del 2001. Hugo se fue, Rube también, Parra se fue a vivir al D.F. Ya estaba Felipe Montes con nosotros pero siempre faltaba. Una noche, mientras mirábamos la televisión en el Reforma Toscana dijo: ahorita estaría escribiendo. (Yo le hablaba todos los miércoles en la tarde para ver si nos veríamos). Yo andaba desanimado y le dije: y yo estaría durmiendo y no iría a trabajar al conarte con ojeras y sueño. Si Felipe no llega a las doce de la noche, dijo Toscana, esto se acaba, se acaba el panteón, las reuniones de los miércoles, todo. A mi me dio miedo entonces pero después me di cuenta que sí, él tenía razón. A las doce de la noche Felipe no llegó y nos levantamos. Hicimos un brindis ridículo y nos fuimos. Así terminó El Panteón.
Ahora, en el D.F. apenas llegué fui a buscar a Parra y a Claudia Guillén, su esposa. Me integraron a su taller. Marina Besvapola, Susana Pagano, Joserra y Rodrigo estaban ahí. El taller ya tiene tres años y justo ayer volvimos a empezar después de varios meses de zozobra donde unos se casan, otros nos enamoramos y desenamoramos, otro se salvan de enfermedades terminales y otro de ser jurado de concursos de literatura. Parra seguía hablando del futuro y de los siempre libros que están por venir. Mi libro está ya por salir. Va a ser, según los conteos panteoniles, sin contrar traducciones, reediciones y más, el libro No. 23 del Panteón. 23 libros en menos de 10 años me parece algo fabuloso.
Lo curioso es que hace tiempo Parra y los demás hablaban de la beca del centro de escritores de n.l. como requisito para ser del panteón. Cuando la obtuve el panteón ya casi no existía. Y yo sentía entonces que estaba lejos. También hablaban de sus libros publicados y yo sentía mis libros muy muy lejos. También me decían de los premios (en realidad no ha habido muchos premios en el panteón) y yo los miraba lejos y finalmente, hablaban de la beca del FONCA como un logro inalcanzable. Yo también lo miraba lejos y ahora todo eso ya ha sido hecho o realizado (claro, nadie pensaba que se nos iba a atravesar la beca del centro mexicano de escritores).
Si he de decir algo es que me siento orgulloso de mis amigos panteoniles y también agradecido con ellos. Ahora Parra, Toscana, Hugo y los otros hablan de sus becas del sistema nacional de creadores, de las traducciónes en inglés y portugués de sus libros (todo en diez años) y yo lo veo lejano el camino pero seguro el pulso. espero, como hace diez años, o hace cinco o hace tres o hace dos o uno, poder un día darles alcance.

Tuesday, June 28, 2005

Incidencias

Tal vez en realidad nunca terminamos por aprender o cambiar nuestros viejos vicios. Tal vez, tan sólo, los dominamos un poco más, los analizamos con un poco menos de amedrente pero siguen ahí dándonos miedo. Aciagos nos achuran y achacan. Es como dice la canción o el dicho que una vez que pasas una piedra la vida se encarga de ponerte otra piedra más grande. O tal vez es que esa sentencia la leí en un cuento de un viejo compañero del taller de Parra en Monterrey. Él estaba preocupado por sus libros. Decía que había empezado a escribir casi por accidente y había ganado un concurso del INEGI. Así empezó a escribir. Cuando salíamos de la casa de la cultura de Mty me daba un raid en su coche, un nissan medio deportivo, un ZX, creo. Me dejaba en la puerta de la Fundidora y se seguía hasta Guadalupe. Cuando leyó ese cuento y yo leí esa frase me dije: qué gran historia. Además él leía, medio actuaba su cuento. Siempre he tenido fascinación por gente que actúa con valor y hace las cosas que dice que hará. Siempre he tenido fascinación por gente que, de alguna manera, se desenvuelve a sus anchas con familia, proyectos personales y más. Yo tendría entonces como 21 años y él mi edad actual de 28. Había desición en sus ojos. Una tarde leyó un texto sobre una guacamaya. Muy divertido texto. Después, para un concurso también del INEGI mandó tres textos, o era para pedir la beca del FONECA, no lo recuerdo. Eran tres cuentos cortos cuyo eje central ocurría en un parque de juegos. Las historias se titulaban Subibaja, resbaladero y columpios. Presentaba seres arrebatados por el odio o bien, consumidos por la gandallez de otras personas. Sin embargo, titubeaba cuando quería unir los textos y me dijo: tú sabes de esto Toño, siempre le dan las becas a los mismos (ese es un mal generalizado, leyendo a Eve Gil en la revista El Búho se quejaba de lo mismo pero no en el caso de las "menores" becas de los fondos estatales" sino en las encumbradas becas del Sistema Nacional de Creadores.
Me le quedé viendo a este compañero y le dije: pero no hay de otra más que pedirlas y seguirle. No obtuvo la beca. Al año siguiente volvió a ganar el premio del INEGI pero entonces el taller de Parra ya casi no existía. Yo casi era quien coordinaba las sesiones ante las faltas constantes del pelón. Pienso eso ahorita entonces, este largo prólogo sólo para decir que a veces te vuelves a encontrar con las mismas situaciones de siempre.
Fui a Acapulco a encontrar esos viejos fantasmas de rechazo, fantasmas que pensaba superados. Hubo muchos momentos para caer en la frustración o el desánimo pero me mantuve en el filo mismo de la cordura y la felicidad. Bailé como nunca, comí cosas ricas. En un momento no sabía qué estaba haciendo solo por esas calles tan poco olorosas a humedad. El resultado es que estos días he andado como convaleciente. En la central de autobúses olvidé un libro y regresé por él a los 2o minutos. En el autobús, ese mismo libro se me cayó y batallé para recuperarlo. No contento con ello, cuando llegué al hotel y le dejé el periódico al taxista le dejé dentro del mismo, mi libro. No me di cuenta de ello sino hasta el día siguiente. Ayer, fui a dejar mi ropa con la lavandera. Le dije: hay unas bolsas con ropa mojada, las puse ahí para que no se mojaran. Cuando llegué a la casa encontré las bolsas en mi cama. Y hoy en la mañana, cuando subí al taxi no medí bien la distancia y me di un frentazo.
Así es entonces. Es imposible no salir indeleble de presiones, tristezas y triunfos. Sólo espero que esta roca nueva pase pronto y de hecho, creo, está pasando (No ando en periodo azul Daniel). Vi mi máscara de tecuan con sus colmillos de jabalí, sus cerdas de puerco espín y sus ojos de cristal. Creo que esa máscara es algo bueno, un instrumento bueno para pasar cualquier piedra. Además ya están tirando el libro. En Acapulco recibí la contraportada del libro de cuentos. Il guizzo dice la contra. Eso es fabuloso. Hoy mandé mis datos biográficos. ¿Será en poco menos de un mes que tenga finalmente ese libro en mis manos?

Tuesday, June 21, 2005

Cena en casa

Soy anfitrión por naturaleza. Me gusta recibir gente en casa y las visitas son para mi un disfrute más allá que ser visitante. La primera vez que invité a alguien a comer a la casa fue a una maestro de primaria. Le dije a mamá: invité al maestro a comer a la casa. Mi madre puso el grito en el cielo pero ese día limpió la casa lo mejor que pudo. Yo compré dulces para una visita que al paso de la hora nunca llegó.
No volví a invitar a nadie hasta que cumplí ocho o nueve años, no lo recuerdo. Yo estaba emocionado no en sí por la fiesta, sino por los preparativos de la fiesta. Anduve viendo qué tipo de pastel quería y los dulces de las bolsitas (las dotaciones como dicen en otras partes). Mi ánimo de gerente de fiestas infantiles no tuvo descanso hasta que uno a uno mis amigos se fueron. Simón dijo un Hosana muy divertido pero fuera de lugar mientras mi mamá daba gracias por los alimentos. Todos nos reímos pero yo nada más vi el rostro serio de mi madre después de eso.
Tal vez por eso nunca más tuve una fiesta ni invité a nadie a casa.
Cuando cumplí los 24 años me decidí a hacer un reventón. Volvieron las presiones y en un momento me di cuenta que ser anfitrión es una cosa terrible. Tienes que estar al tanto de que todo esté bien. Yo lavé la azotea, ordené comida mexicana, renté sillas. Todo un show que tuvo su punto culminante cuando mi tío Vidal entró a cantar las mañanitas. Al día siguiente tuve que limpiar todo y recuerdo que me corté con una silla.
Vivir en el d.f. me ha resultado mucho mejor para fiestas y reuniones. Mientras vivía en Aragón, una noche tuve que darle asilo a Samantha quien venía de Argentina y su vuelo se había retardado. Me la llevé a conocer la ciudad de México en la noche y el taxista nos contó historias de sismos y sesentaiochos mientras pasábamos frente al Monumento a la revolución o al Catedral. Luego en casa confiné a Samantha en mi habitación al fondo de la casa y cuando al día siguiente se fue yo estaba contento por haber sorteado con éxito la visita.
En Plateros, sin muebles ni nada, sólo recibí la visita de una conocida que iba a cortarle las uñas a mi gato Ajax. Acomodé dos botes de pintura y los puse de sillones. Fue espantoso. En el piso dejamos las tazas de café (dos que me habían regalado poco tiempo atrás) y comimos galletas mientras Ajax iba de un lado a otro.
En el primer departamento de Vistas del Maurel no recibí a nadie. (aún no conocía a nadie). Y en el segundo sí cayeron como racimo mucha gente: Minerva y novio, después Minerva sola, seguida por Minerva y Gaby. Elida estuvo una semana. Mi hermano fue cuatro días. Luego Elida, Lacho y una amiga cayeron un fin de semana. Janell y Lila fueron una noche. Miguel Román cayó cuatro días y finalmente fue Ana Mercedes. A esa casa fueron a comer una vez Hernan Quijano, Liliana y Alfredo y después ahi fue la fiesta de bienvenida de Brenda.
Ana llegó con sus copias y sus libros del Colegio de México y cuando se fue, al igual que con las demás visitas, la casa ya no era la misma. Eso me gusta de las visitas. Dejan algo de ellas en casa.
Ahora en el departamento 402 de vistas fue Raúl Silva. Estuvo ahí dos días. Llegó con su batahola de compays y mifriends y de llamadas a Monterrey. Ahora Víctor estuvo a punto de caer en la casa pero me encontré con una negativa de Ana. Al final la entiendo. Esa también es su casa. Así que hoy he mirado mis cuentas. He tomado precauciones y oteado en el horizonte. Este muchacho se va. A buscar casa nueva y sólo para mi.

Tuesday, June 14, 2005

Retratos Familiares

Muy pronto la vida se irá. No es una frase alarmista sino real. Tan sólo este sábado mi hermana cumplió sus 15 años. En el púlpito, mientras ella estaba toda vestida de color y alegre, con su ramos con rosas moradas en la mano, le leí el retrato que escribí de ella para mi libro de Retratos Familiares. Al finalizar, durante la cena sus amigos pasaron en una pantalla una pequeña presentación en Power Point con fotos de ella desde el año de edad hasta los quince años.
Sin embargo, no quiero hablar de mi hermana ahora. Yo tengo y tenía una amiga. Mónica Morales. Con ella descubrí el valor de las tardes afuera de su casa y durante mucho tiempo siempre estuve buscándola. Iba a su casa. La buscaba. No bailé con ella en la graduación por una historia ya muy vieja que no contaré ni fui a su graduación. Una noche la dejé triste en la facultad de arquitectura, otra la vi meterse a la playa en la Barra del Tordo. Con Mónica compartí carreteras y arracheras, risas y cantos en la madrugada.
Ir a Monterrey presupone tener poco tiempo para estar con la gente querida y también presupone tener poco tiempo para solucionar imprevistos. Y si a eso le agregamos la soberbia natural pues las cosas se joden. Estos son los dos retratos que hice de mi hermana y de Mónica para mi libro.
Elda

Mi hermana Elda nació siendo corazón. Algo hay en su mirada y en su andar aletargado que es indispensable para mi familia. Ya sea que la manden a la tienda o que mi tía Martha antes o mi tía María ahora, vaya y la busque para que la acompañe a tiendas y salidas, mi hermana Elda es esa parte que mantiene unida a mi familia ya de por si unida. Siempre se está quejando de sus tareas pero también le gana la risa fácil y tiene una disposición natural para ser buena. Yo lamento muchas veces todo lo que me la estoy perdiendo mientras vivo lejos. Lamento no ver sus chinos que causarían envidia y no ver cuando Ruth y ella, después de un pleito, se van muy juntitas al centro a comprar ropa. Una vez fui a dar una charla a la secundaria donde estuve y donde ella está ahora. Elda se encontraba al fondo del auditorio. Casi al finalizar un muchacho alzó la mano y preguntó: ¿Oye, es cierto que tú eres hermano de Elda Ramos Revillas? Todos los huercos y huercas volvieron a mirarme. No pude aguantar una carcajada y respondí: Sí, ella es mi hermana. Al instante empezó un rumor, una ola de voces que decían: ¡Que se pare! ¡Que se pare! ¡Que se pare! Elda se levantó toda radiante y diva avergonzada. Quiero recordarla así cuando se acomoda los cabellos y desde el fondo del auditorio mira nerviosamente a todos lados y un aplauso salido de no se qué motivo va hasta ella para abrazarla. Yo también le aplaudí. Pero yo sí sabía cuál era el motivo. Era mi corazón que se conectaba con el suyo, era mi sangre que viene de la misma sangre de la de ella la que me impulsaba. Mi hermana nació siendo corazón. Y yo quiero con estas palabras arroparla, atento a su diástole y sístole y saber que está allá en Monterrey o a donde la mande el destino, latiendo acompasadamente e irrigando con su sonrisa las venas de paz de mi familia.
Mónica
Pienso en las palabras amistad y corazón. Una a la otra se entrelazan, se untan, se contraen, palpitan en la hoja de papel. Luego pienso en la palabra Mónica y el triunvirato me manda de inmediato a Monterrey, a una colonia de calles apretadas, a la música norteña que me sabe a corteza de árboles, de hojas cayendo sobre el asfalto. Los ojos de Mónica enamoran pero su sonrisa puede ser desafiante como un toro en un ruedo. Valiente, incisiva, Mónica ha salido de todos los caparazones posibles, de todas los cambios de piel inimaginables para convertirse en una mujer segura de sí misma, alegre. No canta en la ducha pero sé que nada les fascinaría más que estar en un escenario y cantar cualquier cosa. Durante un tiempo fue arquitecta, despachadora en un parque de juegos mecánicos y gracias a todos esos trabajos una ardiente decisión sale por sus ojos, por su boca cuando canta. Mónica no es de las que malgastan lo aprendido. No la vislumbro esperando nada sino avanzando. Una temporada vivió en Vancouver y me mandaba fotos de ella en Wistler y yo al verla ahí, feliz, sonriente con sus amigas japonesas maldecía no poder estar con ella como aquella tarde cuando se quemó la casa de su tía. Así es el afecto: se llena de vacíos e incendios, se puebla de recuerdos. Tal vez por ello es que cuando pienso en ella recuerdo las calles de Monterrey, a ambos camino a casa de ella. Mónica avanza con lentitud y la tarde le besa la boca y las mejillas. Yo a su lado trato de encontrarle el paso mientras la calle palpita al ritmo de una guacharaca cumbianchera y sin saber porqué al verla veo muchas Mónicas, una que entra al mar en la Barra del Tordo, otra que espera en salas de aeropuertos y una más que canta en carreteras desconocidas. Ella es entonces, en ese recuerdo muchas Mónicas. Ella es entonces muchas mujeres pero el mismo afecto para mi.

Tuesday, June 07, 2005

Lo que cuesta

El metro avanza con lentitud. Dentro de los vagones se pasea un calor bochornoso, una estampida de sudores y aire caliente se estaciona dentro del carro. Arriba, apenas salgo, un golpe de fresco y el sonido de la calle me recibe. A Pabellón Polanco, le digo al taxista. Llego al cine donde me veré con Laura y sus compañeros de trabajo y mientras subo por las escaleras eléctricas los veo llegar a paso lento, distraído. La película seleccionada es Golpe Duro: una cinta donde Adam Sandler repite los lugares comunes de los personajes que interpreta: un hombre mediocre pero bueno y que al final será redimido por sus acciones logrando una mediocridad hermosa y sana. Un compañero de Laura dice: Falta una hora para la película, entremos al YAK. Vamos en grupo, perseguidos por el calor que aún a pesar del aire acondicionado del Pabellón logra entrar debilmente a los pasillos.
En el YAK nos atrincheramos en una mesa cerca al sitio donde salen los números en las pelotitas. El juego es simple. Tienes que llenar una línea horizontal. Si la ganas gritas: Línea y al instante un eficiente edecan toma tu papeleta, grita el número de esta y confirma el triunfo mediante una pantalla electrónica. Después de la línea gana el que llene toda la papeleta y grita YAK!!! Fue en el quinto juego donde tocó jugada doble especial. A mi se me tensaban los músculos del brazo mientras iba llenando mi línea. Miré bien y faltaban el 31 y el 11 para completar mi juego. Salió el 31 y mi tensión fue en aumento. Cuando cayó el 11 grité moderadamente: ¡Línea! El edecán se me acercó y tomó la papeleta. Tenémos ganados, papeleta No. 12640. Laura y los demás sonrieron de gusto. Belindia, como le dicen a una compañera de Laura hizo como si me entrevistaran y yo dije que todo se lo debía a mi familia y que el triunfo se lo dedicaba a mis padres. Cuando me trajeron la charola con el premio de 27o pesos me acomodé en la silla a gusto y nerviosmente guardé los billetes en el pantalón.
La película con Sandler fue relativamente buena. Sandler interpreta a un tal Crew que en el pasado jugaba futbol americano y fue expulsado de la NFL por vender un partido. Después de robarse el auto de su novia termina en la cárcel donde, por inverosímiles azares de la vida, termina formando un equipo de desadaptados criminales que formarán un equipo de futbol. Plagada de lugares comunes, desde poner música afroamericana (gracias a Fox decir negros será políticamente incorrecto) y maniquea en todos los sentidos: los criminales son los buenos y los polis los malos; la película muestra el desarrollo del juego y la revelación de que Sandler (Crew) logra finalmente ser redimido de su pasado.
El partido también tiene sus asegunes desde hacer más débiles a unos presos que terminarán por ganar con anotación de último minuto al más puro estilo gol de oro. Sin embargo tiene sus momentos donde sinceramente me reí sin censura. Mean Machine se llama el equipo. Mean Machine.
Cuando salimos de cine un hombre de traje negro casi nos embiste. Lo esquivamos y lo vimos cómo iba corriendo por el pasillo con linterna en mano. ¿Qué pasó? preguntó Laura con ese bien marcado acento de Chihuahua. Quien sabe, le dije. Esperé en el pasillo y cuando el grueso de la gente salió al fondo apareció un señor grande, con bastón, con su esposa al lado e imagino su hijo. Y después apareció el hombre de traje negro, un guardia de seguridad y en medio de los dos un muchacho delgado con camiseta desgastada y pelo lacio que le cubría la frente. Cuando se fueron acercando el muchacho se quejaba y lo fueron a dejar en una mesa del cine. Sentí coraje por el robo pero después cuando sentaron al muchacho en la mesa mi coraje disminuyó. El muchacho abrió la boca, lanzó un gemido entrecortado y esposado, comenzó a llorar. Embarraba el rostro contra la mesa fría. Pensé en Mean Machine y que esa noche el ladrón pasaría en la cárcel y que tal vez de esa noche vendrían más noches y que esas lágrimas se convertirían en la preocupación de la madre del muchacho.
El resto del grupo con el que iba terminó por alcanzarme y salimos del cine. Volví el rostro dos veces y el ladrón seguía llorando con la frente apoyada en la mesa. Mean Machine me dije otra vez. Afuera abordamos dos taxis y nos dirigimos al Hotel Camino Real donde todos ellos se hospedan. A un lado de los elevadores hay una fuente llena de piedras bola y el agua clara y azulada por las luces de neón se contenía mansa hasta los bordes de la fuente. Llevaba 270 pesos arrebatados a la suerte y cuando salí pensé en el muchacho sin condenarlo. Una vida más que esa noche estaría ante la ley. Una vida más que por gusto, afición o necesidad estaría ante la ley para ser juzgado por sus actos. Mean Machine. No creo que haya equipos bonitos de americano en nuestras cárceles.

Monday, May 30, 2005

Cuatro días de fiesta

Cumpleaños a mí, feliz cumpleaños a mi, feliz cumpleaños querido Antonio, feliz cumpleaños a mi...

Hace seis años mis cumpleaños eran la cosa más inadvertida del mundo. Incluso para mi eran una fecha no deseada. Un buen día eso cambió y cuando cumplí 24 años decidí echar la casa por a ventana (literalmente, tuve que limpiar una azotea atiborrada de tiliches que salieron si no por la ventana, si por borde de la placa). Mandé hacer tacos, quesadillas y flautas en un lugar de comida mexicana y ese caluroso 26 de mayo me preparé a recibir invitados. Fueron Mónica y cia. Elida, daniela y Erika con novios respectivos y con Lili, fue Ana Mercedes con Miguelito y Cristina con su embarazo de siete meses. Llegaron también Cordelia, Daniel de la Fuente y Claudia, Gerson y Elia e incluso Telma y otro amigo además de Samantha, Marisa, Raúl Silva y César Gándara con Abi y su hermana. Bebimos suficiente, comimos rico y casi al filo de la noche mi tío Vidal salió con la guitarra a cantar unas mañanitas que todos entonamos. Yo veía la calle atestada con los coches de mis amigos y amigas.
Cuando cumplí 25 vivía ya en el D.F. y sin conocer a nadie me fui a Veracruz. El banco me canceló la cuenta y bueno, esta es una historia harto conocida pero me la pasé super bien.
Cuando cumplí 26 nos lanzamos al Xochimilcazo histórico porque llegué tarde y Martín se enojó conmigo. Nos trepamos a la trajinera Parra y Claudia, Rodrigo y Vanessa, la colombiana que ya ha salido antes en estas crónicas y Efraín, Everardo, Susana Pagano, Marina que ahora anda en Madrid. Ya en los canales apareció Socorro y Efraín y juntos cantamos, bailamos, reímos.
Los 27 volví a recibirlos en Xochimilco. El mejor regalo de ese cumpleaños donde mucha gente me canceló fue el que Elida viniera desde Monterrey con su novio Lacho y una amiga nada más a mi cumpleaños. Subieron Criseida y Ana, Rodrigo con Isabel, Efraín, Aude y el buen Julio. Xochimilcazo famoso fue este porque una nena de otra trajinera me festejó mostrándome los senos y porque bailando me caí.
Ahora los 28 fueron muy movidos. Cité a amigos y compañeros de trabajo en Pedro Infante no ha muerto, un karaoke de mala muerte. Llegaron Sergio y Héctor, Isabel, criseida y Ana, Rodrigo y efraín, Arturo, Alejandra, yesica y amiga, Valeria y amigo y Elena Grada. Fue fabuloso. Cantamos, bebimos, nos reimos. Canté Popotitos con Isabel y con Rodrigo Bella y con Valeria la vida es una carnaval. Luego bailé con Bárbara canciones muy marras.
Así y ya en pleno 26 me fui a Veracruz. La noche de los festejos fue en los portales del puerto, bebiendo una indio, fumando un puro, comiendo quesitos con chiles manzano. Víctor, quien venía de Guadalajara y con quien nunca había festejado un cumpleaños, trajo el grupo a que cantaran las mañanitas y me di el lujo de bailar con Ofelia y con Liliana mientras Carlos Velazques y Ernesto decían salud. Fui harto felicitado este 26 de mayo. Llamas en la madrugada y en la noche de la casa, mensajitos y llamadas al celular y hartos mails de Hernán Quijano, de Lili, de Daniela y Fabian Cavazos entre más gente.
Luego el sábado en la tarde, después de salir de la sesión de trabajo en el fonca, se me acercó un reportero. Quería entrevistarme para un documental del Fonca. Accedi y me sentaron en una silla de madera y me pusieron el micrófono bajo las solapas de la camisa. Me preguntaron cosas sobre mi proyecto, y sobre cómo veía el encuentro, si mi vida había cambiado de un encuentro a otro y también si consideraba justo que subieran la beca (dije que no, que la suban, pero no tanto). Me preguntaron cómo veía a mi tutor y a mis compañeros de beca y luego me dijeron: ¿Estas contento? Sonreí de inmediato y creo que bajé la mirada: Claro, contesté. Estoy muy contento. ¿Y porqué estas contento me preguntó el chico mientras yo no dejaba de mirar a la cámara. Bueno, estoy en Veracruz con buenos amigos, aprendiendo y ayer, mientras estaba en el malecón vi cómo entraba un carguero y cómo los remolcadores se acercaban a él y lo empezaban a estacionar en el puerto. Todo eso ¿tú crees que no me pone contento? Pues. Si, estoy contento. Luego la entrevista terminó y el chico dijo: salió con madre.
Asi que como ven, festejé mis 28 años sin ánimo de tristeza. Y ya son 28 pero los 29, primero Dios, serán en Monterrey con carne asada y conjunto norteño. Primero Dios, reitero, allá nos vemos.

Monday, May 23, 2005

Déjame...

Apenas terminé de leer la descripción el maestro Chavana guardó un silencio que a mí me parecía el antecedente de todos mis dolores. Se quitó los lentes, los limpió con la franela que sacó de la bolsa del pantalón y dijo: "vuelve a leer". Así que ahí, de pie junto a mi asiento, con el salón de segundo semestre de preparatoria como público volví a leer mi descripción del páramo yermo que se extendía a un lado de mi preparatoria. Me temblaban las manos aunque también, a ciencia incierta no lograba entender porqué tenía que estar leyendo otra vez eso. Cuando terminé por segunda ocasión Chavana me dijo que le prestara el escrito y se lo llevé. Lo leyó en silencio y luego dijo: está muy bien, me gustán muchas de esas imágenes, te voy a dar cinco puntos sobre el examen.
Yo asentí contento. 5 puntos sobre el examen final eran un gran paso a poner la materia de redacción II en un impase de tranquilidad. Wow. Así que me acomodé en el asiento y el resto de la clase vimos lo que era un retrato: la descripción física y moral de una persona. Al finalizar Chava dijo: para el jueves hay que traer un retrato de un maestro. Escogan al que ustedes quieran. Luego se me quedó mirando y me dijo: "No voy a aceptarte algo de menor calidad que esto."
Así que me quedé pensando. Escribir retratos no debe de ser tan difícil. Cuando se terminó la clase se me acercó Rafael, un compañero. Ya tenía esa sonrisita sardónica desde esa edad. "Vamos a ver quién hace un mejor retrato y a ver quién gana". Yo me sumí de hombros. Orale, vamos. Así que el jueves llevé mi retrato y Rafael también. Recuerdo que era un retrato de más de una cuartilla. Estaba plagado de similes como sus brazos como torreones y de frase comunes como "el bigote negro es como una estampida que baja hacia su barbilla". Cuando la clase terminó el maestro Chavana me dio otros 5 puntos sobre el exámen.
Rafa se acercó con su trabajo. No le habían dado tantos puntos y estaba medio enojado. Cuando se fue Diana, quien sería su novia, (faltaban tan sólo unas semanas para que ellos empezaran a andar) se me acercó y me preguntó: ¿Toño, tú escribes poesía? Me quedé paralizado. Yo no escribía poesía. Yo no escribía nada de nada.
Claro, le contesté sientiendome ya poeta. Tengo algo. ¿Me podrías traer mañana algo para leerlo? Asentí con nerviosismo. Si, claro, mañana te llevo algo. Cuando llegué a casa estaba en el pánico. Al igual que los pintores, que muchas veces imitan un cuadro, yo había estado imitando una fórmula. La fórmula de cómo escribir retratos y paisajes la tenía, según yo, dominada; pero escribir poesía era otra cosa. Estuve toda la tarde intentando escribir algo. Tenía la pluma, la hoja blanca y la desesperación a la mano. Hacía calor y yo buscaba un lugar dónde estar fresco. Casi a la noche llegó la imagen y la palabra. Estaba viendo el video November rain de Guns and Roses y la música me agradó tanto y casi lance un grito de auxilio cuando apareció la palabra Déjame... y con ella formé un escrito en prosa sobre todo lo que yo quería que alguien dejara que yo le hiciera o la cuidara o la tratara. Estaba lleno de hipérboles y otros símiles. Había adjetivos a morir y equilibrio poético y estructura ni pensarlo.
A la mañana siguiente se lo llevé a Diana y lo leyó muy rápido. Yo deseaba que lo disfrutara con calma pero fu veredícto fue corto: "que bonito". Me sentí frustrado. Pero hoy que lo pienso veo que desde esos primeros días que empecé a escribir, de alguna manera también aprendí tres lecciones (en realidad no las aprendí sino hasta mucho después, pero ya bordeaban mi ideología). La primera es la escritura no es competencia más que consigo mismo. La segunda es que el creador no usa fórmulas y la voz narrativa o poética es de un esfuerzo de calores y de fastidios y lecturas y finalmente que, la verdadera retroalimentación siempre viene de uno y no de que otros acepten o no lo que escribas. He ahí la esfera de conocimiento que no atisbé pero ahorita que he vuelto a escuchar de nuevo November rain siento como si estuviera otra vez en mi casa en Monterrey mientras mi madre hace la cena (huevos con chorizo y frijoles refritos) y yo intento escribir.
Eso es otro de los asombros de la palabra. La palabra es atemporal. La escritura no precisa de pasados y futuros. Al moemnto de escribir algo se es en todos los tiempos. Pasado y futuro se invalidan.

Friday, May 20, 2005

Otra vez en la Fundación

Salí del ILCE con ánimos de no llegar y en el elevador me alcanzó Sergio.
-¿A dónde? -me preguntó con ánimo de iniciar la plática. Yo pensaba en esos tacos de surtidita y en una quesadilla de sesos cuando le respondí.
-Pues a comer.
-Ah... pues vamos, yo voy a eso.
No fuimos por los tacos de surtidita pero sí a unas quesadillas a dónde nunca había ido a comer. Resultaron algo flacas y medio sabrosas pero ahi con Sergio platiqué a gusto mientras pasaban las micros llenas en la avenida y unos músicos le daban tremendas mordidadas a sus tacos.
-Ahi nos vemos -le dije a Sergio- si no me voy ahorita no llego.
Usualmente tomo taxis aunque esta semana sí he abusado. Tomé uno que me llevó desde el perifas, como le dice Brenda al gran cauce automovilístico del Periférico, hasta la colonia Cuauhtemoc. Cuando llegué a la siempre impresionante Fundación para las Letras Mexicanas mi ánimo estaba concentrado en dos cosas: ir a tirar una firma y lavarme los dientes. Me abrieron la puerta, me registré y siguiendo por el mediano estacionamiento fui a los baños. A un lado de estos hay un ramón impresionante y una mesa negra forjada en hierro. Dos becarios estaban ahí, un chico y una chica a quienes había visto la noche anterior en la obra de teatro de Mariana y Denisse, otras dos becarias. Murmuré un inteligible y nervioso hola y pasé al baño. Cuando salí en la mesa ya había más de seis personas y pasé de largo. Luego escuché a mis espaldas.
-Que hubo maestro.
Era Federico Vite. Regresé a saludarlo. Federico es un tipo relajado e intuyo, honesto. Es un narrador joven de la república hermana de Acapulco y ahorita es becario de la Fundación.
-Sientese maestro -dijo yo fui aún anerviosado y me senté.
Comenzaron las presentaciones de rigor, Toño, ella es fulana, mengana, perengano, usalana, etc. (no recuerdo sus nombres). Estuvimos ahi un rato platicando hasta que vi a lo lejos a Teresa. Ahi mos vemos, les dije, me despedí de Federico y fui con Teresa. Ahora tengo que decir que a Tere la conocí en la presentación pasada cuando los animosos becarios ignoraron a Coral Aguirre. Yo salí tan enojado entonces y tan contrariado de la pasividad (al menos de intuir esa pasividad) pero entonces apareció Teresa, se presentó y ella ha sido una buena conocida.
Asi que ya me metí a la salita donde se iba a presentar el libro. Apareció por ahí Omar Cadena, un bato de Hermosillo que va a ir al encuentro de escritores jóvenes del norte y nos saludamos. Ya después los becarios comenzaron a llegar y ocuparon sus asientos. Al fin apareció Héctor Alvarado, Jaq Zúñiga y Paty Laurent. Héctor me entregó las solicitadas glorias y nos dimos un abrazo. Miré a Teresa que llevaba una mantilla negra cubriéndole el pelo y a Denisse a un lado suyo. Luego ya subimos a presentar el libro.
Primero habló Jaq sobre la novela. Esbozó las características de los personajes, habló de la bondad de Héctor como narrador y citó mucho a Foulcault, creo. Cuando me tocó el turno mis nervios casi habían desaparecido. Aquella masa heterogénea de la vez pasada se había fragmentado en dos o tres rostros conocidos y eso siempre destensiona. En primera fila estaba Eduardo Langagne, el admistrador de la Fundación y reconocido poeta. Llevaba unos lentes delgados y vestía de un azul que le daba una tranquilidad inusitada.
Pero yo aún no podía olvidar lo de la vez de Coral Aguirre. Lancé una mirada rápida a los becarios y vi en algunos la misma muestra de fastidio de la vez pasada y entonces pensé: caray. Mis primeras palabras fueron: Antes que nada quiero agradecer a Héctor la invitación para presentar su libro... (y luego miré a los becarios y sin ocultar la ironía, agregué) Y a ustedes por su gozosa presencia. Unas risitas salieron de entre el público y yo me sentí bien a gusto después de decir eso. Era como si, a mi manera, me hubiera vengado de la presentación pasada. Leí y leí mis cuatro cuartillas y al finalizar, para mi sorpresa, aplaudieron, bueno, de esos aplusos aletargados y por compromiso pero al menos reacción hubo. Después Vite se aventó un buen texto sobre el libro y cuando salí apareció Sergio, un batillo de Tijuana y saludé a Julían Robles. Justo ahorita me pregunto si está muy mal andar citando nombres y nombres.
Cuando se acabó salí con A, B y C al hotel. A comentó que le había gustado la presentación mientras que B, con su facilidad de charla y alegria sugirió una cantina. C, que a pesar de tener ya un rato en el d.f. no sabía a dónde podíamos ir así que nos fuimos o los llevé más bien la Covadonga. A pidió brandy mientras B nos comentaba de su libro editado en Inglaterra y C nada más comía callos a la madrileña. C quería ver el partido de los Tigres contra Once Caldas y terminamos yendonos al hotel donde A y B estaban hospedados. C se acostó en las sábanas mientras A y yo bebíamos a gusto. B nos contó de las maias y de la numerología y fue ahí donde nos dimos cuenta C y yo que cumplimos años el mismo día. Yo nunca había conocido a alguien cercano que cumpliera años el mismo día. Nos miramos con afecto, creo, en ese momento. Al final Tigres empató 1-1 con el Once Caldas y C y yo nos fuimos.
El camino de regreso por Insurgentes hablamos de aquel pasado en común (aunque vivido no en vida común) de nuestras andanzas por el tenebroso medio de escritores de N.L. donde en algún momento todos se odian y todos se aman. Al mismo tiempo agradecimos no estar en N.L. C me dejó en casa y quedé de hablarle para felicitarla la otra semana. Toda ella es pequeña, morena y tiene una mirada que seduce. Se fue en su platina rojo y yo entré a casa, satisfecho del día y de la gozosa presencia.

Wednesday, May 18, 2005

Galeras

Hace tiempo pensaba que estos años son defitivos para marcar un rumbo, aunque creo que también siempre se está marcando un rumbo. En Xochimilco le hablé a la regia medio triste y necesitándola y después, cuando hablamos con más sobriedad de mi parte le conté esta teoría y me dijo: Y tú estabas en Xochimilco hablándome por teléfono.
Ya casi se acaban los 27 años. Y sí me parece tan lejano cuando hace un año salí de casa de Parra pensando que tenía que estar a la altura de mis sueños y con la certeza de que iba pronto a entrar al ILCE. Los compañeros de Santander me llevaron a comer al Omei, un restaurante de comida asiática entonces, ya casi por irme de ahi.
Ayer llegaron los galeras de mi primer libro. Vi el título, el índice, las dedicatorias en cursivas. Me sentí bien. Me sentí contento. Pensé por un momento que como toda felicidad en el d.f.´la viví lejos de mucha gente y cerca de otra. Los 27 han sido un año convulso pero firme. Pronto serán 28 o iniciarán los 28 y si no pasa nada, ese año veré finalmente editado Todos los días atrás. Pero el libro aún no llega. Es como si, respetando todas las distancias, estuviera viendo el eco de mi libro, sus venas, la masa de su carne, el latir de su corazón en las dedicatorias y todos aquellos que han atisbado eso imagino rompen de felicidad y ese día al menos, duermen satisfechos.
Cuando me leen la mano me dicen: tendrás un hijo (una me dijo que ese hijo ya lo perdí, otra que no, que ahi viene pero que tendré muchos más hijos no consanguineos.) Espero que este libro no sea el único o al que se refieren. En fin. Salud.

Del Azul al Tenampa

Venía desde el aeropuerto con Raúl Silva. Él iba, como siempre que viene al D.F., con cara de asustado y feliz. Transbordamos en Balderas rumbo a C.U. y el olor de las donas bajó con nosotros por las escaleras eléctricas. Nos vamos a ir en la micro para que sepas de dónde la tomas para el lunes. Así íbamos, relajados, hablado de nuestros amigos escritores regiomontanos y de cómo nos ahogamos en un vaso de agua. Bajamos frente al OXXO y le dije que a un lado, en la noche, se ponía un puesto de tacos y era como ir recordando cuando me visitan regiomontanos y yo les digo con pelos y señales cómo mi vida se amarra a esas esquinas. En aquél café internet ha ido Elida y Ana y Minerva, le conté y aquí compro el periódico los domingos y mira, ahí junto a ese poste, una mañana me encontré una rata bien grande, como tlacuache. Raúl asentía a todo con aire satisfecho.
Luego, ya que llegamos a casa y mientras acomodaba su maleta en mi cuarto donde la imperturbable mujer de Joy Laville ni se dignó a verlo yo me senté a ver el partido Monterrey-Cruz Azul. Iba Raúl llegando cuando cayó el primer gol del Monterrey. Erviti lanzó un paso bombeado que Pepito Martínez recibió justo fuera del área chica. Controló el balón y lanzó un zurdazo que no sólo se anidó en la portería sino que también nos hizo gritar un gooooooooooollll y un "a huevo cabrones", que salté del sillón, cerré los puños y miré con gloria la tarde defeña. Vamos por unas chelas, le dije, para disfrutar este triunfo. Le marqué a Efraín para contarle del gol y cuando cayó el segundo gol del Monterrey pase al raz de Casartelli y derechazo de Erviti ya la sangre me ardía de la emoción. Monterrey iba a una masacre al azul. Esa era la idea de todos, creo, y este dos cero era sorprendente. Luego, cuando expulsaron a un jugador del Cruz Azul el plato estaba servido y ya no puede aguantar las ganas y le hablé a Efraín: Huey, vamos ganando. Si, qué pendejo, dijo Efraín, yo iba a ir porque pensé que el estadio iba a estar lleno y mira, no se llenó. Luego, igual que un gol, le dije: Vamos, K, vámonos al estadio. Efraín no vaciló. Llego por ti en 10 minutos.
Entonces le dije a Raúl: vamos al Azul y el chicampeano asintió. Efraín llegó en quince minutos por nosotros y luego nos fuimos rebasando autos en periféricos, mentándole la madre a los que iban despacio, como cafres pasando los coches y la ciudad detenida. Así es el corazón cuando te arde el equipo, así es la prisa cuando no quieres perderte ni un pase corto. Salimos de periférico en el momento que Miguel Zepeda anotaba por el cruz azul.
Ya en el estadio nos situamos en las gradas. A un lado la porra azul gritaba y de cuando en cuando sonaban su silbato como de una máquina. Abajo, sobre la grama, un grupo de edecanes con pantalones azules y blusas blancas, sombrillas bicolores en las manos, daban la vuelta a la cancha contoneándose sabroso. Cuando salieron los rayados sus uniformes brillaban bajo el mar azul y cementero. La porra gritó, se las mentó, no los bajó de codos y nosotros tres ahí apechugados, sonrientes porque todavía el 2-1 nos daba el pase. Una lluvia de papel higiénico cayó a las plateas desde las gradas cuando el segundo tiempo empezó.
Es bien feo, lo digo, cuando tú esperas que tu equipo evolucione y no lo hace, cuando a un lado todo un estadio se pone en pie y vibra la estructura de cemento al momento que le meten un gol a tu equipo. Pero fue un golazo. Lo vimos desde lejos como Pereyra se metió entre tres regiomontanos y se enfiló solo y feroz contra el portero. Luego simplemente tocó de lado al Chelito Delgado (Te odiamos, chelito) que batió a Martínez. El tercer gol lo metió Fonseca (el mata rayados; apenas seis meses antes había anotado el gol del campeonato de los Pumas en el tecnológico) . El hermano no autorizado de Alfonso Zayas que estaba sentado atrás de nosotros se burlaba diciendo de cuando en cuando: No griten, que hay regios cerca. Y luego lanzaba una carcajada estrepitoso y alcohólica. Cuando Arellano empató el partido 3-3 ya todo estaba perdido pero aún así grité el gol despacito que suicida no soy.
Salimos del Azul con el ánimo a la baja. Dos horas después los Tigres fueron eliminado por el Morelia y ya eramos tres los tristes. Entonces Efraín me dijo: Hoy se despide la colombiana en el Tenampa. La colombiana. Vanessa. Así que nos fuimos al Tenampa. Llegamos en la noche. Muchos mariachis. Muchos gritos y ni quién se acordara ahí de aquel penalty que no fue, de ese robo en despoblado que nos sacó de la pelea por el título.

Monday, May 09, 2005

Respirar la vida

¿Qué es lo que nos muestra el color y la línea? ¿A dónde y de qué color es en realidad lo que nos mueve y anima? Como una delgada línea roja y ámbar y azul nos vamos entrelazando con los otros formando un estambre donde quedan estampados nuestros días.

Así, de color en color llegamos al domingo. El sol es fresco como todo en el clima del distrito federal. En las calles se respira un blanco sin prisas y sin mácula. El taxi verde y nácar avanza rápido por una gris Ave. Patriotismo y veo aún sorprendido el segundo piso que cruza la avenida y se pierde hacia el rumbo azulado de Periférico. El taxista me cuenta técnicas para preparar barbacoa y yo imagino la carne suave y ámbar que se destaza bajo un tenedor. Afirma con gesto de conocedor que la barbacoa de borrego es la mejor del mundo y yo sólo hablo por teléfono para decirle a Brenda que, aunque voy algo retrasado, voy a llegar.
El Colegio de Arquitectos donde va a ser la exposición de pintura de Brenda es un edificio con un techo triangular que corta el aire y blanco como un elefante hindú. Su estacionamiento tiene loza rojiza y las escaleras se abren como quien despliega una caja de cartón. El lobby recibe una luz difusa pero firme que no alcanza a entrar a las escaleras donde cuelgan fotografías de edificios y puertas de madera.
Brenda está al fondo toda ella vestida de sorpresa: un collar de cuentas azules al cuello, un chal esmeralda que le cae de los hombros, un vestido verde hasta las rodillas y zapatillas del mismo color. Voy hasta ella y la saludo y sólo entonces veo ya bien la exposición. Hay cerca de nueve mamparas negras donde se apoyan los cuadros de Brenda Togno. Un grupo de cuadros mira al centro del lugar mientras que otros hacia las paredes. Los animales de Brenda parecen sentirnos desde un silencio pétreo pero sus miradas son glaucas y límpidas, feroces o curiosas. Algo de música flota en el ambiente y los meseros observan impolutos de blanco con corbata negra, cuidadosos desde la barra.
Poco a poco la gente va llegando. Un desfile de verdes y amarillos, de rojos y caquis, de rosas y arenas. Primero los familiares, después amigos se pasean entre los cuadros, se detienen ante alguno de ellos y se llevan las manos a la boca como quien saboreara un color que hasta entonces, era inédito en sus ojos. A mi me duelen los pies por los zapatos que debería de ponerme más seguido. Me ajusto el saco y por un momento agradezco no llevar corbata. Brenda es una explosión de sonrisas cada que va y le da la bienvenida a amigos y familiares. Un gato y un caballo son el éxito de la tarde. Un tío de Brenda, con cámara en mano le saca fotos y alaba la composición. Cuando llegan Ana, Criseida, Brenda y la mamá de las últimas dos, también se quedan deambulando.
¿Qué color somos? No lo sé. Sólo sé que las manos me temblaron nerviosas cuando al momento de la inauguración Brenda me llamó al frente mientras las sobrinas de ella ajustaban las manos a las tijeras para cortar el listón rojo. Entonces hablé y conté de colores y pátinas, de que el color para mí es como un sabor exótico. Les conté del cuadro "Azul" de Gunter Herzo donde las tonalidades de azul se expandían y contraídas por una fuerza desconocida y al hablar sentía cómo mi rostro se volvía granado por unos nervios descontrolados de no sé donde. Les conté que para mí la obra de Brenda Togno era un festín de colores anaranjados, jugosos como una naranja fresca y magentas y rojos de sandía y que todos estaban invitados a un banquete que la autora había puesto ante nosotros. Luego callé, me hice a un lado y las niñas cortaron el listón bajo un festín de fotografías y aplausos.
Poco a poco algunos cuadros se vendieron. Yo vi el caballo naranja con sus crines rojas revueltas por el viento. Me acerqué a Brenda y le dije:
-Te lo compro.
Así me llevé ese cuadro en la imaginación. Ya camino a casa yo lo veía en la colgado en la pared de mi cuarto (pondré ahora al Joy Laville en la sala). Sus naranjas se extendían más allá de los bordes del marco y lamían la pared, reptaban por la comisura de las puertas y las ventanas de la casa como arañas naranjas que iban dejandos sus hilos por esquinas y libros, escondiéndose en mi ropa, dejando una estela anaranjada en mi computadora. Iban las lenguas y los mechones anaranjados cayendo sobre la alfombra, convirtiéndose en nueve tigres naranjas y nueve búfalos naranjas que iban saliendo con un estrépido de vida por la puerta que da a las escaleras: con un estrépito anaranjado que respiraba al ritmo naranja de sus corazones y venas y al salir iban moviendo las hojas del periódico en la sala, los vasos en el fregadero, las copas indispuestas y murciélagas en la cantina y ya afuera caían como nueve mares naranjas que iban y venían sobre todo el estacionamiento, revueltos y felices, completamente naranjas bajo el sol amarillo. Luego llegamos al metro Chapultepec y me guardé en color en la bolsa del pantalón.

¿De qué color es la felicidad? Naranja, contesto ahorita, para respirar la vida, como se llama el cuadro, como se llamó la exposición.


Saturday, May 07, 2005

Sueño

No dormí bien ayer. A las dos de la mañana me levanté con la certeza de que era ya madrugada pero no era así. Me asomé por la puerta abierta del cuarto de Ana y me sorprendí que aún no llegara en casa ya que generalmente el que se desvela y llega muy tarde soy yo. Luego me volví a acostar aunque el sueño no lograba caer con su peso, ni acaso me arañaba los ojos.
Es el aire, me dije, así que abrí la ventana y un ramalazo de aire helado se vacío en el cuarto y cuando menos me di cuenta ya estaba dormido. Soñé que estaba en casa, en mi cuarto, acostado por no poder dormir. La cama temblaba y del cuarto de Ana salía su voz diciendo que estábamos en un temblor. Yo me levanté asustado y me asomé por las escaleras donde unos policías no dejaban salir a la gente. Argumentaron que debía de haber orden para salir. Yo les grité que las vidas valían más que cualquier orden.
Bajé de pocos saltos y cuando me encontré afuera, en boxers y camisa blanca, me di cuenta que había dejado dentro de la casa mi lap con mis historias, mi incipiente colección de máscaras, el saxofón de mi abuelo y mis libros. A un lado los otros edificios seguían tambaleándose indecisos y la tierra lanzaba un gemido ronco y largo. Luego miré bien y vi cómo mi edificio se desplomaba perezosamente hacia abajo como si una mano poderosa hubiera oprimido encima de él pero a la mitad el edificiio cayó a un lado levantando un caos de polvo y silencio.
Pensé que en ese momento había perdido todo y me dio un dolor agudo en el pecho. Pero al rato vino una señora y nos dio una colcha con plástico. Con la ayuda de Ana y Jaime la fuimos extendiendo sobre el prado con escombros y la colcha parecía que nunca iba a dejar de extenderse. Era blanca y debajo del plástico se irguieron casas. Yo veía que muy pronto traxcavos y barrenadoras y un ejército de ingenieros comenzaban a erguir los huesos de metal de un nuevo edificio 19.
En un momento del sueño tuve otra vez casa, un librero para ser llenado y hojas blancas para escribir. Aún sentía la pérdida de lo anterior pero incluso en el sueño me senté a leer. Las letras se escapaban. ¿Qué historia estaba ahí en ese libro de portadas amarillas? No lo sé. Ahora, en clase, explicándoles a mis alumnas las características de los poemas simbolistas me quedé pensando qué significaba este sueño, ¿que indaga en mi memoria el derrumbe y la pérdida de todo lo viejo y la construcción de lo nuevo? ¿Es que acaso hay algo nuevo ya cimentándose en el silencio de mis nervios o en la esperanza de vayan ustedes a saber, qué nuevas y necias palabras?

Wednesday, May 04, 2005

Xochimilco V entrega

Uno de los proyectos del FONCA que me llaman la ateción es el de Julieta García. Su proyecto consiste en cuentos que tratan sobre personas que se sienten fuera de lugar. En charlas al calor de la mesa del hotel en Morelia, en el autobús de regreso a la ciudad de México después del primer encuentro o bien en otros momentos, Julieta me ha contado a grandes rasgos el porqué de los cuentos que engloban ese proyecto y yo he insistido en que me gustan las ideas de los cuentos y me anima, en parte, la esencia de las historias tal vez porque me presumo, en muchos momentos de mi vida, como un sujeto fuera de lugar.
Así que fui otra vez a la Casa Blanca, dice Forrest Gump a la señora que lo escucha, sentados ambos en la banca de la parada del camión. Así que fui otra vez a Xochimilco, escribo para leerme dentro de unos meses o dentro de unos años. A última hora Brenda me canceló y yo recibí la noticia con fastidio mientras mis alumnas ponían cara de circunstancias al ver mi débil pataleo de enojo. Luego me fui a casa de Rodrigo. Sólo estaba Efraín recien bañado y poniendose guapo para la tarde. Casi media hora después llegaron Rodrigo, Xóchitl, Laura y Silvia. Dice Barthes que lo que se escribe con placer se lee con placer. No necesariamente pienso que ocurra esto cuando te enfrascas en la crónica de una tarde xochimilca. Abordamos el ibiza de Efra y nos lanzamos al camino. El sol andaba perro y el aire acondicionado no era suficiente. El tráfico defeño es incalculable pero vivirlo cuando traes prisa y vienes apretado en un coche resulta más insufrible. Ahí me sentí por primera vez fuera de lugar. Yo no debería de estar en ese coche, a esa hora.
Luego, ya en el centro de Xochimilco, estuvimos varados por casi veinte minutos en una calle que iba en contra. El oficial de tránsito, muy acomodado en su patrutorta nos dijo, denle por ahi y al darle nos encontramos con una micro. Cuando finalmente llegamos a Xochimilco nos encontramos con Julio, Manolo y su esposa y ya, nos subimos a la trajinera. Se bebió pronto, se relajó mejor. Iba la trajinera en un pasmo de alivio deslizándose por las aguas verdosas de los canales. Iba Silvia riendo con Laura y Efraín al lado, iba Julio tocando "diles que vienes de allá, de un mundo raro" y Xochitl y Rodrigo bien abrazaditos al fondo de la trajinera. Comimos después quesadillas, esquites, enchiladas de pollo con mole y hubo un momento donde la tarde discurría a nuestro alrededor con una paz presentida. De lejos nos llegaba la música de mariachis y conjuntos norteños, una música firme y tonante que conforme nos acercábamos se volvía más fuerte y clara.
Luego empezaron las fotos, ponerse en la proa de la trajinera, abrazos por un lado y otros saludes a otros paseantes. Ibamos cante y cante y una trajinera donde sólo venía un gringo y su esposa nos miraban con una nostalgia de fiestas donde no estaban. Luego empecé a pensar en aquella mujer norteña pero no tenía saldo en mi celular. Le pedí el suyo a Efraín y le mandé un mensaje. La noche había caído y en la mesa había un campo de botellas vacías y bolsas de papas disecadas. Efraín seguía platicando con Silvia y Laura miraba entre aburrida y con chispazos de alegría a los demás mientras Julio había armado una fiesta del otro lado de la trajinera. Luego Efraín me dijo: ahi está, te acaba de mandar dos mensajes. Luego me dijo, ten, ya mejor háblale. Así que tomé el celular y le hablé. Le conté de los canales negros, de las luces de las velas que parpadeaban en la oscuridad, le dije que el remeto traía una gorra azul y que en la mesa tenía un vaso de pulque blanco y salivosamente rico. Le conté también que acaso, podía ver el cerro de la Silla y el rancho y el montón de perros dormidos bajo los árboles. Ella me dijo que había cocinado un arroz con leche y que estaba sola. Luego corté. Me sumí en un silencio absurdo. Así es. La vida siempre está en otra parte. Y me sentí fuera de lugar por segunda vez.
No recuerdo cómo subí al coche, pero alcanzo a atisbar que pagué mi cuota del viaje, que salimos por división del norte, que enfilamos por periférico los seis ahí en el coche de Efraín hasta que llegamos a su casa. Bailamos un rato, nos reímos. Me senté casi acostado a un lado de Laura y ella me contó historias de una ciudad del norte mientras Xochitl iba desplomándose en el sueño y Rodrigo también. Luego vino el sueño. Nos acostamos, yo en el sillón, el resto en los cuartos y al amanecer, no sé, movido por ve tú a saber qué extraña sensación, me sentí completamente fuera de lugar. Efraín leía el periódico, Rodrigo reía con Xochitl y Laura en una recámara y sus risas me pegaban en el pecho con una dulzura no compartida. tomé mi mochila (una donde venían mis libros de la clase del día anterior) y me despedí. Laura salió a decirme adiós lo mismo que Xochitl. Buen viaje, le dije a ella que al lunes siguiente partía de regreso a su casa en Chihuahua. Cuando salí hacía un sol raro para el D.F. Un Sol muy regiomontano.
He ido cinco veces a Xochimilco. La primera en la fiesta de Susana Pagano, la segunda con la gente de santander serfin, la tercera y cuarta en dos fiestas de cumpleaños mías y esta última, la quinta. Cada una ha sido un viaje. Este fue el de la no pertenencia. Es un cuento que Julieta García podría escribir: la historia de quien ya no encuentra en su lugar querido la paz que otras veces le dio y sólo puede bajarse en una parada o, si tiene aire de santo, irse caminando sobre las aguas.

Friday, April 29, 2005

Fotos con letras

Las fotos en My pictures son un trozo de las vidas que me rodean y por lo mismo, las vidas que vivo. Esas fotografías me las han ido mandando de a poco y yo las sigo guardando con gusto y cuando me aburro me gusta abrir esa carpeta y pasarlas poco a poco como si volviera a recordar cuando las protagonicé o cuando me las enviaron. Sin orden de importancia, sino más bien por cómo van saliendo. Estas son las primeras 10 que aparecen:

Marcelo es el hijo de Socorro y Efraín. Está vestido con un ropón blanco y acostado sobre una colcha azul con vivos verdes. Marcelo sonríe, muestra la lengua rosada y algo hay en su mirada que invita a quedarse en esa felicidad de los cuatro meses. Cuando finalmente lo conocí un domingo en aquella Cuernavaca calurosa, vi que la foto no había sido justa: Marcelo en carne y hueso es más feliz o al menos, menos acalarado.
Están ahora Mónica, Néstor, Rafael y yo afuera de la Casa de la Cultura de Monterrey. Mónica viste de blanco y jeans, Néstor una camisa de rayas cruzadas, Rafale de gris y con corbata aún más gris y yo de gris y en las manos le quito la banda al libro de Minerva Reynosa. Esa noche había volado del D.F. a presentar “Una infanta necia”.
Ahora aparecen Nancy y su sobrina recostadas en un sofá-cama. La niña anda de rosa y Nancy de azul. Al fono hay una mesa con patas gruesas de madera. Nancy mira hacia la cámara con cierta felicidad mientras su sobrina saca el estómago.
Ahora aparece Sofía, la hija de César Gándara. Sofía es de esos hijos de amigos que, al igual que Marcelo, causan una alegría por su llegada. Sofía está envuelta en una chamarra negra con felpa blanca y mira hacia la cámara con sus ojos algo rasgados.
Fiesta en casa de Rodrigo. Alex, Aude, Rodrigo, Isabel y yo bailamos la macarena y movemos los brazos. En la mesa de centro hay botellas de cerveza y vasos de plástico.
Ahora otra Isabel, Isabel Ortega Ridaura me entrega un jugoso cheque, parte del premio Nuevo león de literatura. Yo visto de negro y al fondo se ve el cuadro abstracto que está en la sala de juntas del conarte.
Mónica Morales Leal está en las ruinas el Chichen itza. Es delgada y pequeña. Lleva al hombro una mochila y viste con playera sin mangas y shorts. Ese fue un buen viaje. Imagino.
Esta foto es de Cordelia cuando se fue a festejar a un Antonio’s Le club. Va de blanco, su liso y rojizo cabello le cae por los hombros y al fondo un travestí canta. Cordelia sonríe y mucha luz le cae al rostro.
Janell y Lila. Lila mira fijamente a la cámara y Janell, al fondo, recostada en la cama, inclina la cabeza en su hombro. Al fondo hay una mampara amarilla.
Una foto de Fabian Cavazos sobre una carretera que da al vuelta. Al fondo se ven los cerros del norte. Es una buena foto.

Thursday, April 28, 2005

El equilibrio de los platos

Entonces, así es la cosa, dice Rodrigo. Si, afirma Antonio. Estamos en un juego. Ese juego, tú sabes, ese malabarismo donde intentas que los platos giren y no se caigan de un palillo. Claro, lo he visto, dice Rodrigo. Siempre se terminan cayendo los platos pero nunca se sabe hasta qué punto. Asi estamos. Tú, ahí, esperando que ella llegue, yo, acá, esperando que ella consiga trabajo. Dos ciudades distintas pero dos visiones. Y a nuestro lado entonces qué. A nuestro lado todos seguimos haciendo malabares sin saber con qué plato quedarnos finalmente. Ok. Lo creo, dice Rodrigo. Entonces somos malabaristas. Si, la vida nos está jugando ahorita esa pasada.

Tuesday, April 26, 2005

Cambio de vías

Hablo con una amiga sobre los cambios de vida. Hablo con ella sobre el hecho de que a veces das vuelta a la derecha o a la izquierda sin saber si el camino al que te diriges tiene retorno. Somos como coches en el tráfico, con señalizaciones que nos dirigen, nos delimitan. A veces uno se detiene en la acera mientras toma aire y ve por el parabrisas los que vienen y luego con la mirada al frente todos los que van para allá. En el tráfico hay accidentes y coches de diferentes marcas, personalizados, con parabrisas raídos o defensas chuecas. Es una fácil metáfora esta de la vida. Pero a veces pienso que de estos años se puede sacar una buena historia para intentar decir que la juventud vive un mundo convulso y que las responsabilidades que nos caen, el lugar donde nos detenemos o donde pasamos de largo marca definitivamente nuestras vidas. Pienso a veces dónde me quedaré, dónde finalmente me quedaré, en qué casa con cochera guardaré mi andar de un lado a otro. Debe de existir una forma de contar esta vida. Un hombre y una mujer trabajan en la misma oficina. Él le manda flores a ella. El mensaje en el arreglo es sencillo: "¿Que porqué las flores? Sólo para desearte un buen día". Las palabras en sí no dice nada pero cuando la chica recibe el arreglo y va a agradecerle el hombre no le permite la entrada a su cubículo. Ella espera afuera por unos minutos y ante el encierro que emerge de los nervios y la nefastez del otro decide irse. Historia acabada. Una mujer se va de su ciudad a otra. Lleva consigo un conejo. El conejo muere en la otra ciudad y la mujer dice: "siempre que se te muere alguien dejas de pertenecer a un lugar". Es cierto. Otra mujer se va de su país a estudiar al extranjero. Una mañana su hermana le dice por mail: "Mi hija preguntó que si tú existías". Otra historia más clara sobre cambios es esta. Un hombre y una mujer se encuentran después de mucho tiempo. Viven en ciudades distintas. El amor los flecha. Algo de estar juntos les parece irretible. Se anudan como sólo el amor lo puede hacer. Pero ella vive lejos. En otra ciudad. Lo piensan. Ella decide ir con él. Lo cambia todo. Es como un renacer y ambas vidas se sorprende así mismas permitiendose ser después un largo estero de soledad.
Contrario, Un hombre ecuánime recibe la visita de una mujer. Una revolución de sentidos ocurre. Ella se queda ahí pero ama a otro. Luego vuelve a su ciudad y la encuanimidad ha desaparecido. La rehace poco a poco. Pero el hombre sabe que ser ecuánime es tambien, ser sin vida. Le dice que regrese. Él va. se encuentran pero al final ella ve su casa, su vida y su hijo. Decide quedarse. Decide abrazar lo que ya tenía.
¿A dónde vamos? No lo sé. Una pareja se casa, tiene una hija. Por cuestiones religiosas sufren ya que pertenecen a distintas religiones. El algún momento él siempre piensa que la cuestión de Dios lo alienta pero intuyo lo ve lejos en su vida, no lo ve completamente en su vida. ¿Estás aquí? se pregunta todas las noches. Otra mujer busca siempre marido y no lo encuentra en discotecas pero lo busca desesperadamente. Finalmente una mujer deja a su novio. Cuando regresa a su casa mucho tiempo después descubre que la casa es ahora una discoteca y va descubriendo poco a poco que donde antes había una sala ahora hay cinco mesas altas y espacio para bailar. Una niña le dice a otra: Muestrame tu cuerpo. Se lo dice muchas veces hasta que la otra niña accede. A veces me pregunto de dónde vienen los descubrimientos, que mano, que mirada, que suspiro nos van a lanzar en un tobogan de sorpresas como quien encuentra una calle que nunca antes ha transitado y reconoce con curiosidad las puertas y ventanas clausuradas o no, el fresco que mece los patios. ¿Dónde están esas tierras nuevas que emergen de nuestra juventud con tantos caminos abiertos? Como en aquella película de Almodovar donde la sirvienta de un doctor se pincha el dedo por accidente. Mana sangre y el doctor lo único que puede hacer es ir y lamer la sangre para después desnudarse ambos y ser sorprendidos por la esposa. Así, de un acto violento tal vez pensado es que inician las historias. Lo bueno de ellas es que las puedes ir corrigiendo. Lo malo de la vida es que es un instructivo celoso que te cobra cualquier omisión al momento de armar el modelo.

Monday, April 18, 2005

Breves, breves, breves

Fin de semana de fiestas. ¿A dónde voy a llegar de salud en salud y de baile en baila?

  • Elena Grada baila muy bien el ska y el surfer. Pero más que verla bailar bien el ska y el surfer, más que verla mientras hace girar las rodillas y sus tobillos, que mueve la cadera, que acompasa los hombros y más, es más diáfano verla sonreír mientras baila. Sucede que la sonrisa de Elena es de esas oportunidades que son irrepetibles.
  • Doce de la noche en la esquina de la Torre Latinoamericana. Viernes. ¿Qué hacen tantos norteños juntos ahí a un lado del puesto de churros? Simplemente pasarla bien. El eje central a esa hora se encontraba atascado. El tráfico de medianoche en el D.F. puede ser peor que el tráfico del mediodía.
  • El centro histórico, limpio, mucha gente caminaba del Zócalo hacia la periferia del centro después del concierto de Santana.
  • Fuzz on es un antro raro. Entras por un pasillo rojo, en semipenumbra y profundo. Subes unas escaleras y entras al bodegón: no hay sillas, las paredes son rojas, hay esqueletos de plástico colgando y muros de tela negra. En la barra hay fotos de Ninel Conde y el escenario tiene las paredes decoradas con imitación de piel de cebra.
  • Casa, sábado, cinco de la tarde. Yuri y Nancy llegan con tacos sudados. Brenda está feliz por su fiesta. Terminamos a las tres de la mañana después de bailar salsa, merengue y norteño y contar fantasías y deseos.
  • Que el primer baile de bienvenida sea con el Rey, dice Brenda y yo me pongo de pie, espero la música norteña y aferro bien mi mano en la cintura de Brenda y con la otra en alto empezamos a bailar medio quebrándonos, mucho riéndonos. Su primer baile de regreso a la soltería. Caray.
  • El Místico dio una gran, gran lucha el viernes. ¿Qué diablos de vuelo fue ese donde rindió a Memphisto?
  • La sorpresa de la noche: el momento cuando Halloween y Blue Demon Junior derrotaron al Negro Casas con tremendo tinajazo que simplemente lo sacó de combate.
  • Vean el vuelo del Fénix. Película hollywudense.
  • Un café de chinos puede ser también una buena forma de morir.

Tuesday, April 12, 2005

El baile en el Pedro Infante

Llegamos Rodrigo, Efraín y yo al Karaoke Pedro Infante donde nos esperaban Jaime y Bárbara. El Pedro Infante es apenas un cuartillo de no más de ocho metro cuadrados. Tiene mesas circulares y altas y sillas con patas delgadas de araña. En tres de las paredes y en una columna que da al miniescenario hay televisores donde se pasan videos y la letra de las canciones. La barra está al fondo donde la dueña estira los dedos y toca los billetes casi rozándolos como si le dieran asco.
Estábamos en el Pedro Infante para festejar el cumpleaños de Vanessa, la colombiana y ella estaba rodeada por sus cinco o seis amigas colombianas: unas mujerzotas de tez morenada, dichosos senos y no menos provocadoras cinturas y nalgas. Un buen grupo de solteros estaba ahí al acecho y las colombianas los dejaban acercarse, bailaban con ellos un rato y después los tiraban con su indiferencia a las otras mesas. A mí, mujeres como ellas simplemente aburren mi líbido y me senté con Jaime y Bárbara a escuchar la música y platicar.
Tiramos en el transcurso de la noche como cuatro cervezas, bailamos casi cuatro horas entre "te quiero tanto tanto tanto tanto tanto, cada día un poco más, ahahaha" y "Do you beleive after the love" además de "Y por esa calle vive la que a mi me abandonoóóóó... su mamá tuvo la culpa pues ella la desanimó." Bailamos de reversa y saltamos con Maradon, maradon y bailé quebradita con Bárbara y en un momento de la noche hasta gritamos: "pipipiriripi" con la música norteña para después escuchar a un tipo que aulló, gargariento y afónico la canción de: "Yolanda, yolanda eternamente yolanda" de Milanés.
Las colombianas seguían bailando y seduciendo como hembras con hambre de hombre y con la frente en alto y el roster de acosadores que era desechado de inmediato. Había otra chica que al ser llevada en el baile simplemente ponía los ojos en trance y se repegaba más a su pareja. Su sonrisa era pegajosa, una de esas que se te quedan prendadas en el recuerdo pero que son imposibles de describir. Allá andaba por otro lado Jaime con una chica de rosa y por otra parte Efraín y Rodrigo saltaban en tan reducido espacio al ritmo de la música y con las cervezas en la mano. De cuando en cuando Vanessa llegaba con nosotros, bailaba endemoniadamente bien y se iba. Para mí esto es natural, me dijo. Yo casi no me despegué de Bárbara pero más que nada todos bailamos en grupo, felices por estar en la ciudad de México un día cualquiera de abril del 2005. Pensábamos en nuestras personas allá en el norte, ya sea en ranchos detrás de cerros o en cuidades asediadas antaño por los apaches y más cantábamos y más bailábamos. En un momento de la noche Ro me enseñó un mensaje que Xo le acababa de enviar al cel: salúdame a Toño y al maestro.
Así, con esos saludos en el ánimo, Efraín, Rodrigo y Jaime subieron al escenario mucho rato después. La luz amarilleaba en sus rostros cuando sostuvieron los micrófonos y comenzaron a cantar Revolution de The Beatles. Yo seguía en la mesa mirándolos cantar, saltando de gusto y buscando a Bárbara quien iba a tomarles unas fotos con la vieja y cuidada cámara Pólaroid. Entonces dije otra vez salud por que eran las tres de la mañana y la cama estaba lejos y vacía en casa y me encontraba rodeado por buenos amigos. Debiste cantar, me dijo Rodrigo cuando llegó. Sí.
Cuando salimos, exhaustos, con sueño, nos perdimos: Efraín y Rodrigo desaparecieron en la noche defeña y Jaime, Bárbara y yo nos fuimos a pedir unos tacos a El Gallito. Cuando llegó el mesero se me quedó viendo. Iba todo despeinado, la cara brillosa por el sudor y mis lentes negros un tanto desajustados:
-¿Qué va a pedir? -me preguntó.
Yo ni miré la carta.
-Deme uno de costilla. -le dije.

Friday, April 08, 2005

Semana de happy tree friends

Estoy en un café internet hoy 8 de abril del 2005. Si buscara una metáfora adecuada para esta semana que acaba de pasar diría que esta semana es como lo siguiente: Un grupo de niños de cinco y ocho años, a lo mucho, que ven en los monitores de este café internet los interminables capítulos de la serie animada Happy tree friends.
La serie, que tal vez muchos conocen o no han podido ver trata sobre tiernos animalitos del bosque: conejitos, puercoespines, armadillos, osos hormigueros, castores, mapaches y un alce que en cada capítulo de menos de tres minutos son golpeados, cortados, cercenados, mutilados, defenestrados, quemados, descuartizados, mutilados y en el menor de los casos decapitados por hachas, árboles, material explosivo, pinzas, tijeras o camiones.
Un capítulo al azar es una forma excelente de definir esta semana histórica. Un castor le construye su casita en el árbol a una zorrillita feliz. Cuando la casa se termina la zorrillita abraza al castor y este pone cara de satisfacción. La zorrillita sube a su casa y entonces la casa explota y se cae a los pies del castor. La zorrillita sufre. El castor va a un toma de agua pero la encuentra cerrada. Entonces, ve una tina y se la vacía. La zorrillita se prende más porque la tina tenía material flamable. Asustado, entonces, el castor decide utilizar otro medio para apagar el fuego y comienza a patear a la zorrillita hasta que la misma sangre de su amiga termina por apagar las llamas. Negra, sin carne, apenas huesos requemados, la zorrillita levanta su pulgar.
Esta semana nos quemaron, nos mutilaron y más y la gran mayoría permanecimos o permanecieron como estos niños que no se cansan de ver cómo se mutilan conejitos y alces. Semana crucial, creo, en el registro de la historia mundial y local fueron primero la muerte de Juan Pablo II en El Vaticano, después la muerte del príncipe Rainero en en Mónaco, luego la cancelación de la boda del príncipe Carlos y Camila Parker y finalmente, tal vez porque nos llega más cercano, porque no pega más de lleno, el desafuero a López Obrador.
Y ante todo ello permanecimos como los niños de cinco a ocho años como máximo que ven cómo se mutilan los animales. ¿Cómo crecerán estos niños con esta violencia? ¿Cómo les entregaremos cuentas de este mundo donde los mayores? (nunca creí utilizar la palabra mayores cuando me refiriera a mi).
Me atrevería a decir que esta semana marcó el cambio en la suerte de muchos seres de este planeta. Ya sea desde las noticias locales como la muerte de Rainero, la boda cancelada o el desafuero de Obrador hasta la noticia mundial de la muerte de Karol Wojtyla, esta semana ha sido tocada por el destino para cambiarlo y reformularlo todo. A pesar de la madurez del mundo, a pesar de la vejez de la tierra y de la historia humana, creo, nunca dejaremos de ser niños en esta tierra. Niños azorados pero cada vez más acostumbrados e indiferentes a la violencia. A mi aún me producen ciertos ascos y rechazo la caricatura de Happy tree friends pero hay momentos en los que me sorprendo con una sonrisa clavada en las mandíbulas ante los chorros de sangre que se coagula maravillosamente roja.
Semana roja, pienso también. Hoy es 8 de abril de 2005. Mañana inicia entonces otro conteo. ¿Qué tan bien o qué tan mal saldremos librados?

Tuesday, April 05, 2005

El Bar Paola

Cierro los ojos para ver. Laura y Brenda miran sorprendidas todos los detalles de la Arena México. Atrás Jaime, Efraín, Rodrigo, Xóchitl y yo avanzamos en grupo. Sorprende de la Arena sus paredes de marmol negro, sorprenden los pasillos de cemento, el ir y venir de los vendendores de cervezas, palomitas, pizzas y semillas y esa mirada al ring iluminado donde ya gladian los luchadores. Y verlos es una sorpresa, verlos de reojo con sus máscaras rojas o negras que brillan como si de mil explosiones de color sucedieran una tras una, encadenada a cierto regocijo de lo intrépido nos produce una sensación de estar, como siempre, ante algo sorprendente.
Cierro los ojos y me veo otra vez ya sentados en nuestros lugares. Brenda grita: "Acábalo, Acábalo", mientras Xóchitl y Rodrigo nada más exclaman : ¡Uy! al ver cómo Zumbido cae de lo alto sobre la rodilla de Abismo. Y luego Abismo lo levanta como títere, lo lanza contra las cuerdas, lo regresa, le da un pasada por todo lo alto y lo deja caer como un costal sobre la lona. Entonces, como un rumor, como una ola que no se sabe de dónde viene, comenzamos a gritar: "Zum-bi-do", "Zum-bi-do", "Zum-bi-do" pero Zumbido no reacciona. Ahora lo sacan del ring, lo lanzan al pasillo donde va y se da de golpe en el rostro con el pasamanos. Hasta nosotros llega ese golpe seco y otra vez decimos todos: Uy. Eso debió de doler.
Cierro los ojos y ahora estamos ya afuera de la Arena México. El Bar Paola toca sus hechizos y apoyado por Xóchitl entramos al lugar. Adentro hay mucho hombre maduro y en las mesas pequeñas y redondas las ficheras hacen su agosto. Detrás de nosotros entra un grupo de aficionados aún con las máscaras puestas y se abalanza sobre unas mesas. Nosotros vamos al fondo, siempre al fondo donde ya casi no hay luz y una luz ambigua y amarillenta ilumina los baños. Entramos y una miríada de ojos nos alcanza. El grupo toca salsa y conforme nos acercamos a mesas ocupadas por ficheras: lonja caída, media oscura, pierna amplia, cabello engominado, minifalda que por poco deja ver calzones blancos, senos desparramados la mayoría más nos dan ganas de quedarnos toda la noche ahí. Las ficheras al vernos alzan en vuelo en un caos de sillas y bolsas negras y sudadas. Cuando nos sentamos las veo bien. Son muchas, serán más de veinte. La mirada seria y fija en la pista a veces nos cataloga de reojo. Luego empieza el dancing. Xóchitl y Efraín se van a la tarima a bailar. ¿Qué hacen puros norteños de Chihuahua y Nuevo León en un bar de ficheras en la ciudad de México? Sólo una cosa, divertirse. Laura dice que es sorprendente que en el d.f. cuando se acaba un canción todos desaparecen de la pista y se van a sentar mientras que los norteños siempre se quedan en pista aguardando la siguiente canción. Y sí, la pista está sola y Xóchitl y Efraín siguen ahí. Luego Brenda y yo nos vamos a bailar. El lugar está lleno. Apenas si nos movemos pero nos reímos. Piso a Efraín, se voltea. Luego la canción se termina y los cuatro norteños nos quedamos ahí y pedimos saludos y el vocalista del grupo empieza a decir, con la oscuridad en el bar, con las ficheras al fondo y los señores ebrios apoyados en brazos jóvenes y prietos: Saludos para la banda que viene de Monterrey y Chihuahua. Y es un griterío en nuestra mesa y nosotros, los cuatro, ahí, bien exhibicionista gritamos vivas y un "Arriba el Norte" que nos sale del alma, carajo, que nos sabe al desierto que amamos.
Cierro los ojos otra vez. Me acuerdo que Jaime gritó en la lucha: Gánale Blue demón y el que luchaba era Atlantis. Como nos reímos. El mismo Jaime ahora, en el Mamarumba, ha bailado ya con las cinco colombianas del grupo. Y es un gusto verle el ritmo en el rostro y el andar campante con la música. Vanessa mueve las piernas y los brazos como si de cables se tratara. Su felicidad es extendida y nos baña. Seguimos bailando, Laura nos mira, Brenda ríe de cuando en cuando, Rodrigo está serio pero la fiesta sigue y sigue. Así nos rolamos, nos intercambiamos. Mucha gente baila, el mojito sabe delicioso. Mañana hay un sancocho, parse, me dice Vanessa, delicioso para que vayas. Norteños y colombianas, norteñas y colombianos, ¿cómo es que se juntan en un bar del Distrito Federal?
Cierro otra vez los ojos y así, con los ojos cerrados, intento escribir esta crónica de una noche, como otra noche más, bien viva en el D.F.