Tuesday, October 30, 2007

Cada que sueño con la Fundación tengo pesadillas. En mis sueños vuelvo a vivir las intrigas, las murmuraciones, los golpes bajos, las burlas entre costillas que fueron también la Fundación. Y vivo los pleitos que omití, desdeñé o ignoré como si fueran algo verdadero, escenas más contundentes de esas trifulcas inútiles sobre el quehacer literario.
¿Era bueno estar en la Fundación? Me preguntaron en Tuxtla hace días. No supe qué responder de inmediato, pero dije, sí, sí es bueno, pero al final se torna en algo vicioso. Todos hacen grupos, todos se creen excelentes poetas, narradores o ensayistas y desdeñan, por eliminación, lo que hacen los otros.
Lo recordé este domingo mientras veía Project Runway. Eliminaban a un diseñador que no logró vestir con elegancia a una mujer pasada de peso y el amigo, un diseñador considero yo que con talento, un paco pagado de sí mismo, pero con talento, se ponía a llorar al ver a su amigo expulsado al tiempo que gritaba: se quedó gente que no es diseñador, y los buenos se van.
En todas partes se cuecen habas. A mí me da por olvidar entonces esa vida. Por borrarla, casi.

Sunday, October 28, 2007

De viaje

Rolando y Alejandro, gracias.
Héctor y Dámaris, gracias.
Fui a Tuxtla Gutierrez este jueves pasado y sólo ver desde el avión el recoveco del cañon del Sumidero, la mancha de agua de las presas de Chichoasén y aledañas, me llenó de verde el alma. Qué hermoso es Chiapas y apenas y si pude olerlo, embarrarme en él. Me perdí un rato en la casa oscura del ZooMat y sentí escalofríos al ver las cucarachas de la selva. Miguel me llevó con suma diligencia y buena charla de un sitio a otro. Al final cenamos tranquilamente en el restaurante del María Eugenia.
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Tres veces en mi vida he ido a Acapulco. La primera me llevó el ILCE, la segunda me llevó Omar Préstegui, la tercera me invitó Aída Espino-Barros. Pude conocer a un escritor crítico quien me preguntó, sabiendo que la pregunta no se me iba a olvidar nunca: ¿porqué aceptaste venir a Acapulco? Me turbé en ese momento, di mi respuesta casi diplomática. Pero no dije mi respuesta sincera: porque sé que puedo con el paquete de venir a Acapulco. Creo que esa respuesta me definirá durante un rato.
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Este viaje doble fue también la última vez que, creo, presentaré Dejaré esta calle. Ha sido un largo maratón. Gracias a Vicente, Liliana, Jair y Nadia puede ir a Torreón, Tampico, Tlaxcala y Tuxtla. Gracias al Conarte, pude presentar ese libro en la calle. Muchas personas hablaron de este libro, le dedicaron tiempo para preparar sus presentaciones. En Torreón terminamos en un antro, en Tampico me asedió la maratampiculta, en Puebla me llevaron corriendo de un sitio a otro, en Ixtapan dijeron sobre la mandala del libro, en Apaxco me encontré con un grupo de chicos interesados, quienes me preguntaron: ¿y porqué nos cuenta esto? Así, cada ciudad, dejó algo de sus calles en mi memoria, memoria callejera, pandilleril.
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Noviembre aún viene cargado de preces.

Tuesday, October 23, 2007

Breves

Llueve en la ciudad. Un vaho neblinoso se adhiere a las paredes. El tráfico es el mismo. Con sol o con lluvia, con neblina o sin él, el caos es tradicional. Me sorprende un poco el frío. No es que no lo esperará, desde anoche se sentía ya la baja temperatura, pero al amanecer, apenas lo vi tras la ventana, empecé a sentirme un poco más cómodo, más agusto. Me gusta el frío. Creo que en el frío se dan las cosas buenas, por ejemplo, se puede percibir el calor de las demás personas. Tal vez, en realidad, me gusta el calor, y el frío sólo hace que pueda sentirlo de mejor manera.
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Ayer volví a escribir. Tenía desde mediados de agosto que no escribía nada. Es decir, para mí, escribir, tiene más que ver con un proyecto, no con un cuento que salga por ahí. Claro, a veces ocurre, pero básicamente intento escribir proyectos de libros. No considero escritura cuando aparece un texto libre. Es decir, lo es, pero no lo considero así. Pero ayer, cosa rara, inicié un nuevo proyecto de libro. Como ahora me dirigiré a la literatura juvenil, el libro, creo, es para jóvenes. Veamos qué sale.
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Lentamente acomodamos la casa. No ha sido fácil. A veces unos muebles me gustan a mí, en otras no. Pero acomodamos la casa. Creo que quedará bien. Al menos no ese caos en el que vivimos. Lentamente la hemos ido modificando y hoy, creo, nos entregan las cortinas. Es que, no están ustedes para saberlo (pero Iván y Mar sí lo saben), pero las ventanas de la casa son sólo unas colchas que una buena amiga me regaló hace cinco años. Como no estaré este fin de semana en la ciudad (Tuxtla y Acapulco) los cambios se detendrán todavía una quincena, pero seguiremos.
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En mi nuevo trabajo leo, corrijo, transcribo, reviso y vuelvo a revisar. Un libro lo leo tres veces. Me volví un revisor. Es algo que me gusta. No habían ni pasado tres días desde que la Fundación terminó cuando ya tenía dos ofertas de trabajo. Tomé la que me pareció más tranquila. Ahora soy un hombre que revisa. (pero no revisa luego cómo escribe en su blog)
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Tal vez, por los cambios, he estado un tanto enfadoso estos días. Me altero con facilidad. Eso, aunado a varios trabajos de free-lance que tomé me mantuvieron copado tarde, noche y fines de semana del mes de octubre. Quiero cerrar ciclos, es lo que me digo. Pero creo nunca se podrán cerrar. Este fin de año, como sea, me esperan muchos vuelos y carreteras de nuevo. Ah... y la dieta, ahora sí, hasta terminarla.

Thursday, October 18, 2007

El metro

Estos días he vuelto a utilizar el metro. Y voy feliz. Veo los rostros, la gente, huelo los sudores, noto las miradas perdidas, el fastidio, la ansiedad que explota cada que se cierran las puertas. Ya no usaré taxi más que en situaciones inesperadas, pero algo me dice que no tendré situaciones inesperadas, al menos no muchas, últimamentes. Estoy en ese extraño proceso de volver al mundo real. Sí, el mundo real, porque dentro de la Fundación se vive con otros valores, otras cosas tienen importancia. O al menos, de la forma como yo viví la Fundación.
Pero hoy iba en el metro. De salida del trabajo alcancé a una amiga de O y nos encaminamos hasta la boca de la estación Zapata. Había mucha gente en la calle. Demasiada. Algo ocurrió, le dije y ella asintió antes de despedirse. Y abajo, sí, abajo era el caos: un desorden contenido en el andén. La gente llegaba, pasaban trenes vacíos. ¿Alguna vez se han preguntado a dónde van los trenes vacíos que pasan por las estaciones en las horas pico y pasa golosamente, así, sin un alma, restregándonos en las narices su espacio? Al tercer tren pude subirme o más bien, me subieron. Sentía el calor de los demás cuerpos alrededor de mí. Era un calor amigable, sí, un poco nauseabundo también, pero amigable al fin y a cabo. Me recordó las tardes que salía del CME y volvía con Manuel de Villa de Cortés después de dejar a Socorro, quien tomaba el tren hacia la estación Taxqueña.
Entonces la ciudad apenas me mostraba sus caminos y yo llegaba al zócalo, todos los miércoles, me sentaba bajo el hasta bandera y observaba la catedral, el sol, la luz que se pegaba a las paredes de palacio nacional. Después volvía al metro y me bajaba en Aragón. Esos eran buenos viejos tiempos.
Ahora he vuelto al metro. Nunca he dejado que el metro de la ciudad de México me quite el buen humor. Así es, nadie lo va a cambiar. Unos chicos tal vez me entendieron o me leyeron la mente porque todo el camino de regreso fueron bromeando sobre lo lógico: somos sardinas dentro de un pequeño bote: somos sardinas jugositas, casi sudadas que boquean al interior del metro y luego jalan mucho el aire cuando salen.

Saturday, October 13, 2007

Los cazadores de pájaros

No tuve libros en mi infancia. Mi infancia fue estéril sólo en ese sentido. La literatura llegó (me llegó) de golpe en la adolescencia y desde entonces, aunque tengo mis temporadas sin leer ni escribir, no la dejo. Un vecino leía mucho y gracias a él supe de la existencia de "La cabaña del tío Tom", "La isla misteriosa" y "Los hijos del capitán Grant".
Pero, yo no tuve libros de niño. A veces lamento eso, como lamento algunas otras cosas más. Por eso hoy, en la feria del libro del zócalo, pude regalarle a un chico un libro, al menos, uno de mis libros. No sabía que ya había sido impreso, no sabía que ya estaba a la venta, pero gracias a un fortuito encuentro fui al stand de editorial Progreso (no la editorial que edita libros rusos) y me encontré con los ejemplares de "Los cazadores de pájaros", mi último libro. La gente del stand aprovechó que estaba ahí y empezó a decir que un autor se encontraba en el stand y en menos de lo que me di cuenta ya había varia gente con el libro en la mano y formando un escueta fila para el autógrafo. Pero esto es, vanidad, tal vez lo escribo por eso, pero en el fondo quiero hablar de la señora y su hijo de diez años. Se acercó al stand y la vendedora quiso agenciarle un libro. El chamaco lo tomó, lo hojeó, leyó un fragmento y una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Después miró a su madre y ella negó con la cabeza. La vendedora insistía pero el chico sólo miraba el libro, lo hojeaba mientras la señora ya emprendía la huida ante el acoso. Se les miraba que no tenían para gastar en un libro, o al menos no en uno de esos, o es lo que yo me quiero imaginar.
De repente me acordé de mí a esa edad, sin libros, cachetón, con la certeza de que en casa no había para estar gastando en libros, y le dije al chico: ¿lo quieres? Te lo regalo. El chico observó a su madre, buscando la aprobación y ésta accedió. Compré el ejemplar y se lo di. Tal vez, también, me estaba regalando a mí mismo un libro. Se fueron agradecidos y yo agradecido con ellos. Los cazadores de pájaros, mi cuarto libro, ¿qué les puedo decir de eso? Una novela para niños y jóvenes: una novela que ya fue regalada y que, a esta hora o más adelante, un chico leerá en alguna casa de la ciudad de México o la dejará de leer en la ciudad de México, pero algo de este día se quedará con él y conmigo y con la historia personal que tendré con los cazadores de pájaros, como la historia que cada quien tiene con las cosas que quiere, o con las personas que ama.

Guía de turistas

Usualmente, él iba los fines de semana a las puertas del hostal de la ciudad a donde llegaban los turistas o jovenes mochileros europeos. Se quedaba un rato ante la puerta, curioso, con la mirada ágil. No buscaba una presa, no, la suya es una búsqueda, una curiosidad le resecaba los labios y por los cuales se pasaba la punta de la lengua de tanto en tanto, abrillantándola ligeramente. De la ciudad, se sabía todo: la historia secreta y la que veían señalada con puntos e íes en las guías de turismo. Conocía también los mejores restaurantes, los sitios exóticos, los apacibles lugares cargados con una naturaleza apacible y al mismo tiempo alcohólica que le pudiera dar al visitante esa ligera, pero a la vez buscada sensación de haber llegado a un sitio en el que nunca se había estado. Conocía, por ejemplo, el mito de la asesinada en la cañada del Marqués y se sabía de memoria los incidentes. A veces, mientras charlaba con algun turista sobre un tema cualquiera, soltaba por ahí, perdido entre la charla, apenas un indicio de la historia de la asesinada y más tarde volvía al tema hasta que, animados, los turistas decidían buscar esa cañada y recrear con la imaginación la forma como la mujer había sido golpeada la principio y más tarde asesinado a manos del amante despechado. Sí, esa era una historia de amor. Y él pensaba que un turista no podía irse de una ciudad sin al menos, haber conocido una historia de amor de aquel sitio, una historia de amor que no viniera en las guías de turismo, tan hechas a la carrera, tan hechas sólo a la pasada de las cosas, un embadurre acaso de los techos y columnatas de la ciudad.
Eso hacía él los fines de semana. Había salido con jóvenes turistas alemanas, italianas, con un grupo de chicos búlgaros, con un enjambre de brasileños y brasileñas con quienes había terminado bailando en un antro pringoso, de paredes casi malhumoradas pero que contrastaban con el color chisporroteante de la barra nacar y verde, con lo exótico del color de las bebidas, con el contoneo sabroso de las brasileñas que, al hablar, parecía como si bailaran primero las palabras en la boca...

Wednesday, October 10, 2007

Otra de Mía

Mía se escapó. No supimos en qué momento, pero en la noche, antes de irnos a dormir, la casa estaba demasiado callada. No se oía el ajetreo de Mía mientras que Nadja, la madre, se echaba sobre el brazo del sillón con singular pereza. ¿Y Mia? (Ya estaban las luces apagadas en la casa) No sé, ha de estar dormida por ahi. Y nos dormimos. En la mañana se había consumado la desaparición. Antes de alarmarnos (había motivos) O salió a las escaleras del edificio y gritó ¡Mía! Lejano y tímido nos llegó el maullido. ¡Mía! ¡Míaaaa! ¡Míiiiiiaaa! O salió y trepó por las escaleras y la oí hablarle a la gata y después el maullido de Mía se me hizo más sólido, más próximo, más bigotón, hasta que finalmente O la depositó en la alfombra del departamento.
Esa gata parece haber nacido para todas las cosas buenas y malas que puede tener un gato doméstico: caerse de un sexto piso, pasar por la plancha del veterinario, vivir encerrada y ahora, perderse en las escaleras del edificio toda una noche. O estaba contenta. A mí me da cosa admitir una cosa: estoy encariñado con Mía la sagaz.
No habían ni pasado cuatro días desde el fin de la Fundación cuando ya tenía tres propuestas de trabajo. Tomé una, por supuesto, una tranquila y sin tanto estres donde me la paso corrigiendo y revisando libros. Reviso un libro, lo termino, me pasan otro, lo termino, me vuelven a pasar otro. No tengo en mi nuevo lugar ni computadora, ni teléfono, ni nada: solo un juego de plumas rojas, un lápiz (que iré reponiendo) y ya. Comparto mi lugar con una impresora bastante promiscua. En estos días he leído la historia de una asesina serial y el policía enamorado de ella, leí por fin una novela a la que le traía ganas desde hace tiempo y ahora vivo en la Francia de finales del siglo XX, en una novela sobre la redada de la Vi' d'Vil.
Por lo demás, no he tenido tiempo porque también me animé a co-editar un libro de Historia de México para una editorial todavía pequeña pero enjundiosa, con gente a toda madre y divertida, pero sobre todo, capaz. Ayer vi a un maestro que estimo y me habló sólo de buenas noticias para el futuro e hicimos planes y pronto saldrán, sin siquiera imaginarlo, más cosas buenas. Por lo pronto debería de irme a dormir que en dos semanas apenas si lo he hecho.

Sunday, September 30, 2007

En Aguascalientes la vida es más sabrosa

Siempre que voy a Aguascalientes y por alguna extraña razón, termino a horas de la madrugada en fiestas de desconocidos y me la paso muy bien. En una ocasión fue en un patio, con quesadillas y chiles rellenos de queso que se asaban sobre una parilla y mientras cantábamos, qué vergüenza, canciones de una banda argentina. Después fue en una casa por el segundo anillo periférico y ahora, recientemente, en casa de Jorge, un excelente pintor y dueño del café el codo que, en Aguascalientes, es de los típicos del centro.
Así que ahí estaban con Aldan, semidormido bajo una llovizna pertinaz y platicando con Jorge y Gema con un vaso de champurrado al frente mientras en el resto de la cocina el resto de los invitados comía tamales y platicaban animosamente y en otras habitaciones de la casa dormían unas chicas.
Es curioso que hable de la casa de Jorge, porque técnicamente fue la persona con quien menos tiempo pasé en mis dos días en Aguascalientes, pero es que su casa me gustó. Tiene al fondo un taller de pintura con muebles y libreros bonitos por ser poco convencionales. El taller dar a un patio con un gran zapote al centro y después la recámara es muy padre, con una cama baja y casi empotrada en el piso, luego un pequeño lugar con sillones, mesas y cuadros por doquier y finalmente el estudio de arquitecto con planos, más cuadros, computadoras, etcétera.
Es una casa muy bonita. Horas antes habíamos estado en el café del codo tomando vino y soya con pico de gallo. Aldan es un tipo muy divertido y amable, conocí a Oscar Santos, un poeta del que ya había oído cosas buenas (luego sucede que oyes bien de muchas personas y cuando las conoces confirmas que en el carácter también se confirma la crítica literaria). Estaban también Atahualpa y su novia, Salvador Gallardo Cabrera, un amigo de éste y dos chicas de la UA. Sólo sentía la noche y la lluvia.
Sin embargo, lo mejor de la noche fue poder platicar con María Antonieta. María Antonieta es una joven escritora de Aguascalientes. En realidad, no tan joven, pero es joven.
María Antonieta vive en una silla de ruedas y tras cinco años, se sigue recuperando del accidente carretero donde murió su esposo y donde ella quedó seriamente herida. María Antonieta se me acercó en el Museo Descubre y me dio la mano, me dijo que había podido ver muy bien los ambientes del cuento que había leído en la premiación y después me dijo que ella también escribía, que seguía escribiendo aunque fuera mentalmente porque físicamente aún no puede sostener un lápiz y menos utilizar una computadora, pero sigue escribiendo.
María Antonieta me habló de sus cuentos, de los que no ha escrito y se le llenaban los ojos de esperanza y yo me sentía ridículo, porque es ridícula en muchas maneras la frivolidad de los escritores. Me hubiera gustado llevarle algo digno de regalo, pero sólo tenía ese mismo cuento que había leído media hora atrás. Sé que no es mucho, le dije, pero si me aceptas unas hojas, con gusto te las doy. Y María Antonieta se emocionó mucho. No creo que haya sido por mi regalo, pero se emocionó mucho. Ya verás, me dijo, que en cinco años yo seré quien te regale cuentos.
No lo dudo, María. Horas más tarde mientras veía a Jorge mostrarle a Gema su casa y miraba a Aldan dormido en una silla de mimbre y mojado ligeramente por la llovizna hidrocálida, volví a pensar en María, tal vez ya dormida mientras nosotros seguíamos buscándole algo a la noche.

Thursday, September 27, 2007

Reseñita apurada de dos años

Hoy es mi último día en la Fundación. Ya los cubículos están limpios. Desde hace un semana me he llevado mis cosas. Ojalá pudiera hacer, con precisión, un paso detallado de todo lo que viví estos dos años, pero van dos veces que borro sin querer lo que he escrito. Hablaba de Depeche Mode, de los amigos, del calentador de María, de la vez que Boone se cayó de una mesa una tarde que cayó un fuerte granizo. La biblioteca de inundó, pero nosotros mirábamos desde la terraza aquella masa blanca y helada que había ocultado el suelo y flotaba a la deriva como un témpano desmayado.
Pero he borrado, sin querer, todas esas largas descripciones. Con Orlando escribí una novela que me llevó un año, con Bernardo escribí un libro de cuentos en ese primer año. Gracias a Edgar me apuré a terminar un libro misceláneo y en marzo apareció el Torri. Cómo trabajé Dejaré esta calle y aún cuando lo leo me lleno de horror al encontrarle fallas. Por eso ya no lo leo. Fue un primer año de hacer amigos también, de llegar a la fundación a las nueve de la mañana e irme a las ocho mientras Ciri hacía rondines para vigilar que en la noche todo estuviera con bien. Ese año empecé otro libro de cuentos y cuando se llegó el final del primer periodo (me dijeron en Juárez que podía tener otro año más), me sentí entre cansando y desilucionado. No supe ni sé porqué.
Me sentí cansado porque no tenía nada nuevo qué escribir. No dejé por eso de revisar todo lo anterior pero llegaba un momento en el que ese cantante de muertos, en el que los cuentos de esa primera versión de Sola no puedo me tenían harto. Varias veces estuve a punto del delete. Las historias me habían cansando. Esa navidad, después de las piñatas de libros, decidí tranquilizarme. En enero, empecé a llevar con Orlando un nuevo libro de cuentos que habían salido a cuenta gotas, casi de manera lateral al otro. Yo seguí en la tutoría todo cansado, aburrido, sin encontrarle un rumbo interesante a mi proyecto nuevo. En febrero, Arianna me escribió para invitarme a una colección de novelas para jóvenes. Su correo fue una gran sorpresa y me aventuré. Empecé la historia de un chico que vive en una unidad donde se roban a los niños y nadie sa quién es. Iba a cuenta gotas, un tanto emocionado porque al escribir esa novela recordaba las montañas de Monterrey, el cerro de la loma larga y el cerro de la silla. Casi podía internarme en ellos de nuevo, gracias al recuerdo.
Y después vino la revolución.
No lo puedo llamar de otra manera. Después de tanto frustración y gracias a una charla con Nadia (mi compañero de equipo y mafia de dos, como decía Julian Etienne) fue que apareció un maestro de historia que le gustan las batallas. Y escribí una primera línea y ya no pude parar. Fueron seis semanas de llegar a las ocho de la mañana y de irme a las diez. Seis semanas de escritura extrema, no por la calidad, sino por la cantidad. Sólo a la mitad de ese proyecto me detuve. De pronto, el personaje se había ido por otro lado. Tuve que hacer una pausa de un día y al finalizar borré parte de lo que había escrito. Al día siguiente, creo, la novela había vuelto a su cauce.
Fue una descarga emocional escribir de esa forma. No hablo de la pretensión de escribir como si, al hacerlo, escriba algo bueno, hablo simplemente de vomitar, no meto la calidad en esto, sólo de sacarlo todo. Al finalizar esas seis semanas me temblaban las muñecas y los dedos: la artrítitis, única enfermedad digna de quien se diga escritor. Pero no había tiempo para descansar y volví sobre la novela de Arianna y la terminé para las fechas estipuladas. En ese inter fui a Oaxaca, al ICC junto con Hinojosa varias veces a Monterrey a festejar los 30 años. Todo ese tiempo, no dejé de escribir cosas nuevas, de revisar cosas viejas. Sin embargo, para agosto, ya me sentía cansado. Días antes de la boda, le decía a O que estaba por cerrar el changarro. Aún volví de la luna de miel y me apuré a escribir un último texto, sencillo, de un chico que cuenta todo lo que no le tocó vivir en los ferrocarriles.
El saldo, ha sido generoso. La vida ha sido generosa. Anoche me salí a tomar un último café con mis amigos: Boone, Hinojosa, Vicente, Mijail. Hablamos de lo de siempre, nos reímos, nos burlamos. Al final, frente a la mesa vacía, era imposible no sentir que nos íbamos con las manos llenas. Nunca en mi vida había escrito tanto. Tres libros de cuento, tres novelas, un libro misceláneo, la mitad de un libro de entrevistas, la mitad de un libro de retratos. No hablaré de los cambios en mi vida personal, pero esto fue un regalo. No fue algo para que presumiera, no fueron galones para decir: fui becario de tal parte o como muchos lo ven también, una cuestión de dinero fácil. No, esto fue un regalo. Así lo veo, un regalo cuya envoltura no terminó de caer sino hasta el último día, hasta el último momento para mostrarle a cada quien, lo que tenía, lo que se llevaba.
Podemos hacer tontos a los demás, pero no a nosotros mismos. Yo me voy en paz. Tengo una cámara para grabar a mis amigos y a la casa, tengo tambien la garganta un poco anudada, porque mi regalo fue muy generoso, pero me lo gané. Escucho Home. Hoy vienen los nuevos a firmar sus convenios. Al rato brindaremos y a la noche me voy a Aguascalientes.

Tuesday, September 18, 2007

Empiezo a limpiar mi cubículo. Guardo el poster del luchador, hurgo en las cajoneras para tirar lo que ya no necesite, esos papeles que uno va cambiando de lugar interminablemente sin saber aún la importancia de los mismos. Aún no me atrevo a quitar la calaca huesuda y amarilla que Heidy me regaló y que traigo en procesión desde el ILCE, ni mucho menos el cuadro que Yuri me regaló, cuadro pequeño, pero que ha estado en este lugar desde que llegué. Todavía hoy, tal vez con ánimo de no irme, pegué en una pared la portada de mi último libro, los cazadores de pájaros, que hoy me hicieron llegar vía mail. Es una portada muy bonita, negra con cuadros anaranjados secos. Aún no puedo creer que este año saliera un libro más y sobre todo, que fuera a pedido. Los cazadores de pájaros es una novela de 160 cuartillas escrita de febrero a julio, además de las batallas que salió de marzo a abril y ahora está esperando en el cajón. Pero aún no quiero irme, pero también ya es hora. En fin. Ojalá quien ocupe luego este lugar, escriba tanto como yo lo hice o de menos, vaya a todos los cursos y conferencias.

Monday, September 17, 2007

Al final

Estos días me he sentido como al final de la fiesta, cuando sigues con una botella en la mano, semivacía ya, caliente incluso la cerveza y ves cómo los demás se despiden y se alejan con un breve ademán de adiós y los dueños de la casa empiezan ese lento y arduo proceso de limpiar los destrozos; pero tú no te vas, sigues ahí en ese rincón, aún tratando de exprimir una charla, esperanzado no sé qué cosa, como si todavía fuera a ocurrir algo importante a esas horas de la fiesta donde ya no puedes hacer amigos, ni iniciar charlas con aquel con el que nunca hablaste y donde los que murmuraron de ti no lo dejarán de hacer como lo hicieron desde el momento que entraste a la reunión y te preguntas, acaso con cierta inocencia, si las cosas pudieron ser distintas, qué habría pasado sí le hubieras hablado a la chica guapa ¿tendrías su teléfono? ¿Habrías podido acostarte esta noche, con ella? ¿Qué habría pasado si te hubieras acercado con aquel con quien no parecías tener ningún punto en común o si hubieras hablado aún más con aquellos que te dieron la bienvenida e iniciabas charlas torpes sobre la amistad y la política, esas charlas de principio de fiesta que todo mundo sabe, son sólo el tanteo para las charlas verdaderas, las que ocurrirán al filo de la madrugada, al calor de la ebriedad y el frío?, incluso te preguntas que si hubieras llevado más cerveza ¿aún habría fiesta? ¿aún estarían los amigos junto a ti?, porque esto de hacer amigos en las fiestas, ya se sabe, nunca es una decisión personal sino causal: bien pude volverme amigo del que a media noche me increpó por tardarme frente a la ensaladera.
A esta hora ya se bebió lo suficiente, se comió hasta saciar, se bailó, se cantó, etcétera.
Estoy en ese momento de la noche cuando te das cuenta que todos los que fueron a la reunión te empiezan a parecer extraños, porque hay un momento de la fiesta donde nadie está a gusto ni consigo mismo, cuando la botella está a punto de caérsete de la mano a causa de la ebriedad y ves a los que se van juntos, satisfechos para seguir con la parranda en otras casas o en la noche, por las calles de la ciudad, al filo de los mariachis o de los karaokes o en mesas donde se cocinan espaguetis y enchiladas o en los hospitales y las calles ebrias y no sabes si debes irte con ellos o quedarte con los que sólo fueron a la fiesta a chupar gratis, sin ánimos de conocer a nadie o si acompañarás un momento más a los que se van solos a casa, con las manos vacías, a sus camas heladas.
Estoy en ese momento de la fiesta; ya me corren, ya los dueños de la casa bostezan a mi lado, miran el reloj, me sonríen con cierto apuro y no intentan ni siquiera una última charla y veo los destrozos de la noche, las botellas vacías, las bolsas de basura, las manchas de vino, las colillas de cigarro, los platos sucios, los sillones donde un grupo cantó toda la noche, las esquinas donde se fumó con placer, las terrazas de donde se oían risas y complots, recuerdo los equívocos, porque en el fondo, toda fiesta, más que una reunión de amigos, es una reunión de contradicciones, de contradictores. Y veo a los últimos que se van para pegarme a ellos y como siempre, en un último afán de rapiña, todavía voy por algunos cacahuates, me robo la última cerveza para el camino y para empezar a recordar, arrullado por el ruido de la ciudad o de mis pasos, todo lo bueno y malo que pasó durante esta reunión de dos años, para empezar desde este momento la fiesta desde el único lugar de donde la podremos recuperar, desde la nostalgia.

Monday, September 10, 2007

Qué cosa, más gente se va de aquí y ni me entero. Bueno, muchos se han ido. Un tiempo sentí que todos se estaban alejando de sus lugares cómodos para emprender cosas o viajes inauditos, al menos para mí. Llegó un momento en el que tuve que tomar la decisión de también volar. Eso del sedentarismo, creo, no es lo mío. Pero ahora, ¿a dónde iré? Una vez pensé que quería trabajar en la Universidad del futbol en Pachuca o en la organización de los tuzos del Pachuca. Ahora quiero poner un negocio de dulces o de bolsas... después, un amigo me dijo que ojalá no dejara de escribir, de tal manera que al hacer autogestión, un día sólo me diera risa que un día quise buscar un trabajo que no tenía nada qué ver con escribir. A veces, un buen amigo me pregunta: ¿y cómo va el negocio de las bolsas? Yo nada más suspiro y le contesto: ahi va, ahi va.
Asi que... qué haré ahora. Eso de trabajar para que otros ganen no me llama mucho la atención...

Monday, September 03, 2007

Me encantan los blogs porque es una oportunidad para que todos nos sintamos especiales, al menos durante el ratito que escribimos para subirlo a la blogosfera. El que sube textos literarios o se publicita, quiere ser reconocido, el que sube chistes, algo de Jo jo jorge falcón tendrá, el que sube de su vida, como en este caso, quiere de alguna manera ser cute y aceptado. Esta generación tiene el complejo friends: wanabe, fresa, cool y con problemas. En fin.

Sunday, September 02, 2007

Monterrey

Ah... pues ya volvimos. Algo de tristeza me da cada que regreso de Monterrey, pero cada que vez esta tristeza se acrecienta. Vuelvo y pienso en los buenos amigos que se quedan allá, en las probables cenas en casa de Rilva y Monse, en salir con Odiel y Kara a sitios padres, en jugar al dominó cubano con mis padres y los papás de O, en trabajar en Monterrey, algo que no he hecho desde hace seis años.
Pienso entonces que ya es hora de volver, de vivir de nuevos con los amigos de allá, de organizar pequeñas reuniones en casa, de tener una casa, de ir a helados Sultana, de huir del sol para meternos al Rally huyendo del sol.
Ah.. Monterrey...
Y pienso, claro que tendría futuro en Monterrey, sólo que no sé en qué.
Ah...

Wednesday, August 22, 2007

Días antes de la boda

uy miércoles prisas maletas acomodar vestidos de novia trajes para civil y la ceremonia limpiar la casa sacar la última tanda de la lavadora ver el arenero de las gatas acomodar el sillón pasar un trapo por la pantalla del televisor buscar el cargador del ipod y la videocámara ir a sears a sacar tarjetas ver el corte de pelo empezar a sacar cuentas de quienes van a faltar buscar pantalones cerrar las maletas ponerme a limpiar la casa cocer huevos llueve llueve llueve llueve que técnica de reiteración tan más gastado ver las noticias esperando que Dean no llegue morderme las uñas decidir si el saco café o el saco con tonos verde oscuros buscar otra vez mis pares de calcetines ¿qué camisa me pondré? llegar a las seis cuarenta a Santa Fe ¿dónde quedó la cámara? ¿las invitaciones? ¿ya metí los anillos a la maleta? ¿dónde quedó el vaucher de depósito de la casa donde será la fiesta? cocer huevos comerlos limpiar el refrigerador que la abuelita de O hará una comilona el día de la boda que mi mamá anda histérica para comprar una mesa de cristal para firmar el civil y tarde tarde nos dimos cuenta que los viernes se pone un mercado afuera de la casa divertido los declaro marido y mujer y afuera ¡compren el kilo de tomates! ¡Llévese tres hamburguesas por veinte pesos! pero ya dijo el buen Felipe risas es lo que ya tienen y mientras buscar calcetines y ver a las gatas y sonarme las narices y pasar abúlico varios canales de televisión e intentar una última jugada de Age of Empires y pensar en los amigos del D.F. que no podrán ir y levantar las maletas y buscar las invitaciones otra vez y todo otra vez y todo otra vez porque la trnaquilidad aunque exista no está permitida y vigilar la maleta donde está el vestido cauda y velo y ¿dónde me voy a comprar ese ramito de flores que el novio debe de llevar en la solapa del traje? y caray, no podremos llevarnos las velas y los vasitos de vidrio y ver si el sonido está bien y el pastel y comprar salchichas para la fuente de queso, porque el chocolate blanco ya está ok oquei ocas y ¿qué dirán en la casa? y sacar la licencia para el carro y levantar la basura limpiar el arenero sacar la última tanda de ropa de la secadora enrrollar el cable de la plancha bañarme apagar el boiler salir tomar un taxi uy miércoles prisas acomodar maletas vestidos de novia para iglesia y civil y todo que vuelve a empezar otra vez.

Sunday, August 19, 2007

Despedida

Al final, en el Red fly, nos birlaron 1300 pesos, pero la fiesta salió bien. Me dice O que no piense en los que faltaron, pero a veces es difícil no pensar en los vacíos del corazón. Yo pienso en esas faltas y esas personas y me digo: algo me faltó, no he sido buen amigo. Imagino que así se llena los albumes familiares, un 80 por ciento con la gente que está dentro, un 20 porciento en el recuerdo de otras gentes.
Pero, la despedida, fue estupenda. Parra habló, Claudia bailó, César y Rodrigo tambien dijeron discursos: "ese intelectual irredento de las taquerías". O regaló paletitas de corazones a las chicas, yo iba de bandera en bandera. En algún momento de la noche aleccioné al guerco sobre las cosas buenas y las malas de la vida, pero es que el chamaco me cayó bien. Heidi se aventó el chiste de la noche, Katia nunca se separó de una esquina, Lilia bailó norteñas, Sarabia iba y venía, Paty y Maty estaban muy bien sentaditas en una mesa, lo mismo que Geney y Nadia y más tarde llegó Nadia Baram y Pedro, los dos de negro, muy apuestos, elegantes vaya.
Mariana llegó con un amigo francés y le dijo después, que pensaba con la frase despedida de soltero, una noche salvaje, tragos, mujeres, etcétera, pero le gustó, en lugar de eso, encontrar a una grupo de gente que se estima en el D.F. reunidos para ver cómo otros se casan, con buenos deseos y discursos de alegría por parte de los amigos.
Los pesimistas dirán: cuando te divorcies a ver cómo lees este post.
Ah... sí, el pesimismo siempre tiene formas de salir.

Qué más.

Un fin de semana antes de casarme, siempre recordaré que el viernes fui con Iván, Mar, Caro y Alex a ver la lucha libre. Me acordé de mi tía Martha. Luego, el sábado por la noche, después del cine y mientras O trabajaba, me puse a limpiar la casa. Afanado con jergas y pino para la alfombra, pensé poco en la boda y más en el olor del pino. Y todavía el viernes por la tarde estaba preocupado por el destino de mi novela de los muertos.
Hace mucho tiempo buscaba cosas que me definieran. Veía en el dolor y la felicidad de los otros, una marca, algo dónde reconocerme, en el dolor y la alegría. Otras familias me agradaban, otros amores también, otros dolores adoptaba. Luego llegaron los propios, los familiares.
Y estoy ahora aquí, en esta casa mientras escucho el ruido de la secadora y Nadja duerme tirada junto a un baúl y ahora se acaba de desperezar un poco y se recarga contra una lado del mueble y se queda viendo la orilla del sillón. Y yo escribo: aunque intente dejar de hacerlo, no podré dejar esto.
Ayer me probé mis dos trajes para la boda civil y la religiosa. Me pronto me ganó la curiosidad de ver cómo me veré, (gesto puro de egocentrismo). O estaba contenta cada que aparecía frente a ella, midiendome un traje, luego el otro, comparando las corbatas. Me sentía de distintas maneras con juguete nuevo.
Con esto del matrimonio, además, he oído todas las malas y buenas vibras del mundo. ¿Qué puedo hacer ante el escepticismo generalizado y el optimismo sin solidez? Sólo lanzarme como lo hacemos todos: ciegos, mudos, pero hacerlo, qué mas, confiando y tambien, amando.

Friday, August 17, 2007

Me apliqué, por primera vez en mi vida, un producto para evitar la caída de pelo. Olía muy fuerte y en la frialdad de la regadera sólo pude sentir cómo pasan los años, como en realidad no hacemos nada con nuestro tiempo. ¿O sí?

Friday, August 10, 2007

Me puse a cortar papel. Al cabo de una media hora, me dolían los nudillos y los dedos a causa de las orejas de las tijeras. Me acordé de mi padre, cuando decía que ya no podía cortar más ni un metro de tela. Y me mostraba las manos enrojecidas, los callos reblandecidos y rojos a causa del esfuerzo. Por momento me sentí terriblemente feliz al intuir que mis callos no estarían en la piel ni en mis nudillos como con mi padre.
Pero después me invadió el temor: ya encontraría la vida otras formas de ablandarme.