Sunday, July 26, 2009

Somos tan enteramente materialistas que nos emociona ir al Costco a sacar la membresía. Ahí andamos por los pasillos viendo precios y productos con la esperanza de por fin comprar la arena para gato que en Sams no han tenido desde hace como una semana (ojo Sams, ya perdieron un cliente por culpa de la arena para gato). Y en realidad, lamento decir que Costco es como que más bonito, más padre y con más productos que Sams. Y pensar que hace apenas unos minutos vacilamos entre ir a sacar la membresía o salir de la ciudad a algun pueblo cercano. Pero se impuso el sentido de la responsabilidad y el trabajo en casa. Compramos la arena para gato, un pay de manzana y cosillas más. Luego fue un domingo inusual pero como todos. Leímos, trabajamos, yo vi el inusual 5-0 de México contra EU y después me leí una novela malona, carente de malicia y hasta tierna. Pero no. después ha caído la lluvia. Las gatas se esconden bajo los sillones y la cama se antoja tan cómoda como un domingo sin nada que hacer. He querido leer algo que me guste. No lo he hecho. La maldita televisión.

Tuesday, July 21, 2009

Desde la azotea en casa de Raúl siempre he visto la esperanza. Alguna noche fui a verlo, tratando de hablar de un mal amor. La terraza aún no estaba terminada y nos dormimos en unos eslipings en medio de la preparación para la placa . Luego volví, con los años, ya con la casa terminada a hablar de otros caminos y otras rutinas. Raúl, no lo sé, siempre ha estado buscando una casa que no es esa. Siempre sueña y me dice, de la casa que tendrá, donde estarán él y su Neira y Mineiro, mi ahijado (dice el orgulloso padrino aunque ya me dijeron que ni piense en participar en una ceremonia católica). Y yo veo su casa, esa que él quiere, pero nada más me puedo imaginar esa terraza, oír el sonido del aire lavado que refresca el interior de la casa donde duerme Mineiro, mientras el Raúl y yo, como siempre, como antes, tomamos unas cervezas y recordamos aquellas noches ingratas o cuando echamos la placa y yo subía las tinas de cemento usándome de polea o la carne asada que aún no hacemos.

Saturday, July 04, 2009

Fin de cursos

Hoy terminó un trimestre más en el sistema de enseñanza abierta del INEA, en SEEAC. Tuve la oportunidad de conocer al menos a diez excelentes chicos que soportaron mis clases con estoicismo, aunque creo que al final les gustaron porque salí con buenos puntajes en la evaluación de asesores. Espero que les vaya muy bien en el examen de la SEP. Ya van, pensé hoy al despedirme, ocho años que todos los sábados doy asesorías y clases de literatura y redacción. Mucho o poco de lo que sé respecto a esos temas es gracias a las clases. Han sido ocho fructíferos años. Aún recuerdo cuando mis primeros salones iban derechito a reprobar el examen del INEA y cómo, una buena tarde, empezaron a caer setentas, ochentas, noventas y cienes de calificación y si bien sigue habiendo reprobados (es terrible que el INEA tenga libros tan viejos y complejos al mismo tiempo y que a la hora del examen, pregunten cosas que ni vienen en los libros, sino que pertenecen a materias anteriores), el índice de aprobados se ha mantenido constante. He conocido estupendos alumnos: María del Rosario, el primer cien, pero que durante su estancia en la escuela pasó de recién casada, a tener un hijo, y a entrar a estudiar administración a la UVM. También recuerdo con afecto a Aracely y su hijo, con el que fui a comer un par de veces porque quería ser escritor y tallereabamos sus textos en un restaurantito de mala muerte en el metro insurgentes, porque en esa época a los dos nos quedaba bien ese lugar. Omar, el saxofonista, también es un buen recuerdo. Era muy exigente como alumno y a mí a veces me vienen lagunas gramaticales, pero salimos avante y terminó pasando todas mis materias (siete en total). Hubo una chica, también, que pensó que podíamos ser algo más, pero hubo que poner claridad y distancia.El buen Marlon también fue exigente. Viene de Nicaragua y ha hecho su vida en México. Él también ya pasó por todas mis materias y aún anda ahí, en la escuela, batallando con inglés y química. Madres solteras, chicos con aire de rockeros, señoras de cincuenta y tantos años, alumnos que terminan dejando la prepa pero siguen yendo para jugar futbol en el receso, chicas muy jóvenes, extraviadas de sitio, que terminan ingresando a sistemas tradicionales, chicas con problemas en casa que me han contado de divorcios, tristezas e incluso problemas muy gruesos espiritualmente o bien, alumnos que pasan y no vuelven a aparecer, de todo ha habido estos ocho años en el SEAAC. Al principio hacía como hora y media para llegar y hoy, al menos calculé las minutos, hice 12 minutos, jeje. Muchos maestros han pasado y pocos hemos quedado. Solo Rosy, Elías y Lulú seguimos. Hoy les recordaba a los chicos, de cómo hace cinco años, la escuela tenía más de ochenta alumnos y jugábamos partidos de basquetbol en las canchas y el par de graduaciones que tuvimos. Y luego pensé como me he ido haciendo viejo también en esos salones y he visto pasar los sábados de mi vida frente a un pizarrón y chicos que intentan saber qué es un sujeto y predicado o porqué hay perifrasismo en los poemas nahuas o qué demonios es ese poema de La Campana de Shiller. He visto mis sábados incendiados por el polvo del gis y mis mediodías aturdidos por el regresar a casa con la satisfacción o insatisfacción que puede dejar una clase no bien dada. Pero ahí sigo y seguiré. Es una promesa con ellos y con él. Ahora también daré las materias de historia, qué hacer.

Thursday, June 18, 2009

A ver, a ver, pásale, qué quiere que le firme: libros, hojitas cuadriculadas, hojas de raya seguida, antebrazos, nucas, pelotas, camisas. Usté nomás diga dónde pongo la poderosa. Si algún día los chicos del Lom, Villa de las Flores y Florencia llegan por estas páginas, un gusto pasar el día con ustedes, hoy.

Friday, June 05, 2009

Hubo un tiempo, en mi vida, que todos los miércoles me juntaba con cuatro buenos amigos a leer y tomar. En realidad, yo no tomaba entonces, hasta que una decepción amorosa me hizo llegar un miércoles y prenderme del tequila, tanto que Rube nada más parpadeó con sorna y dijo salud. Esos eran buenos miércoles. Los recuerdo como los mejores miércoles de mi vida. Empezábamos a eso de las nueve o diez de la noche y entre la charla, el fumar, el reír y chismear se nos iban las horas. Muchas veces, a las tres y media de la mañana, medio ebrio, esperaba un taxi que me devolviera a la casa. Afiebrado por el alcohol, con ese regusto cálido en los labios pero ya tóxico en el estómago volvía a casa, mal dormía y a las ocho me iba al trabajo. Las chicas, Corde y Jan, ya sabían que los jueves no eran buenos días para mí. Luego, no sé porqué, aquellos miércoles de jarra terminaron. Uno de esos amigos se fue de la ciudad, otro se escondió, unos más entraron en otras dinámicas. Pero ayer que, aunque no era miércoles, sino jueves, volví a reírme como antaño y a semi emborracharme como antaño, me vinieron los cálidos recuerdos de aquellos miércoles paganos. Ha sido una buena vida, aunque casi siempre he estado en ella como el niño que observa una esfera de cristal, como el testigo vacilante al que le cae el amor y el odio por contexto.

Monday, May 25, 2009

El fin de los 31

El último día de mis 31 años me levanté con demasiado sueño, aunque antes de que sonara el reloj despertador. Me arrastré con pereza hasta el boiler y lo prendí sólo para volver a tirarme a la cama. Oía la lumbre a presión y aquello me adormiló un poco más. Me levanté diez minutos después y después de bañarme me quedé viéndome frente al espejo. Me pregunté porqué he dejado que el pelo me crezca tanto (ya a la altura de los omóplatos), pero me seguí pasando el peine, aburrido. Rápidamente me vestí (jeans negros, los de siempre, camisa a cuadras rojos con blanco y negro, calcetines negros (no eran par) y salí apresurado de la casa después de despedirme de O, quien dijoque me veía guapo, aunque pocas veces le creo, je.
Afuera el hombre de la basura pasaba la escoba por entre los coches y varias mujeres iban con sus hijos a la escuela que está a dos cuadras de la casa. Hice el camino al metro con la misma lentitud de siempre. En la esquina el hombre del puesto de tacos ya hervía un gran pedazo de suadero y el tamalero algo le recriminaba a una mujer que llevaba un café en la mano. En el metro compré el Record, como todos los días y me encaminé al andén. No me gusta subirme en vagones apretados, así que dejé pasar un convoy. Bajé en Allende y al salir noté que adelante de mí iban Julio y Teresa. Los vi alejarse, cada uno con su propia prisa.
Todo el día estuve trabajando. Terminé de revisar el original de un libro que espero (el trabajo del editor se sustenta en la esperanza) se vende muy bien. En el inter desayuné hot cakes con te chai. Fui al banco, contesté las llamadas de tres autores, vi la nueva portada de Ellos dos y casi a las tres de la tarde terminé el libro. Varias cosas pasaron dignas de mencionarse, como que tres palomas entraron a la oficina y se pasearon a sus anchas y que vi el nuevo video de Susan Boyle y leí la réplica que Javier Sicilia hace de una reseña que le hizo Evodio Escalante. Réplica dura, inteligente, sagaz. Casi al salir, las chicas de la cafetería me preguntaron si quería una rebanada de pastel y me dieron un gran pedazo de pastel de cajeta con nuez.
Al llegar a casa me lo comí de postre, después de recalentar la pizza que había comprado ayer en Mamas pizza, oh, deliciosas. Así me ha dado la tarde. Acabo de tender la ropa que lavé ayer, para aprovechar los últimos rayos del sol. Se acaban los 31 y estoy como en casi todo el año, frente a la computadora. Año feliz, debo decir. Escribí dos novelas infantiles y un libro de cuentos para N.L., además de dos chonchas guías turísticas, mismas que ya vieron la luz editorial. Hice nueve libros para Jus más seis que están por salir. Sufrí un fuerte accidente automovilístico. Me cambié de casa. Compré un coche nuevo y ya lo chocaron tres veces. Subí tantos kilos como había bajado, me dejé crecer el pelo como nunca y viajé viajé mucho por el país, de noche y con lluvia, con neblina y sin ella. También dediqué demasiadas horas al darkorbit, al travian y recientemente al spaceinvasion. No he visto a tantos amigos como quisiera, pero tuve el gusto de poder compartir cabina de radio con Marlen y Alicia hace unas semanas. Marlen dijo que era mi regalo de cumpleaños y se lo agradecí y hace rato Danielón me acaba de regalar un video fabuloso, de unos niños que recorren una playa y al llegar a un risco sueltan todo y saltan para nadar en el aire. Al final, el niño más pequeño, duda ante la poderosa caída, pero vuela. Todos somos como ese niño que duda antes de lanzarse la milagro. Ojalá los 32 años nos permitan más vuelos.

Saturday, May 09, 2009

Algo tiene la carretera por las noches que me embruja. El contraste de tanta oscuridad con las luces estridentes de los coches en sentido contrario, el ruinoso desfogue de los motores de trailers y autobuses y esos aromas del campo que entran al coche me producen un encanto especial. Anoche fuimos a Querétaro a festejar el cumpleaños de una amiga. La casera, una de esas mujeres carentes de juicio, sedientas de autoridad y de gracia nula dio por terminada la fiesta con gritos y malas caras, aún y cuando todos estabamos tranquilamente sentados en una azotea, viendo la luna y platicando. Terminamos en una casa en una colonia más bien pobre, oyendo música colombiana y con todo un grupo de desconocidos que nos abrieron las puertas de su casa a transfugas fiesteros y nos ofrecieron las cervezas y palomitas para la celebración. Casi a las doce y media de la noche emprendimos el viaje de regreso a casa, yo tenía que dar clases hoy, pero tarde me dijeron que se habían cancelado. Así que volvimos a casa, abriéndonos paso en la oscuridad, con el coche a un ritmo sostenido de 130 kilómetros, bajando y subiendo cuestas, rebasando trailers y orillándome cuando otros coches con luces blancas y más potencia nos rebasaban. En muchas partes tuvimos que ir con las luces altas, pero algo en la noche sabía a aventura. Otro regreso al D.F. de noche consumado.

Tuesday, April 28, 2009

Hoy, que me desvelo, no puedo más que recordar acaso el primer desvelo sentido, vivido, sufrido. No tengo la memoria de los años, pero estábamos en una calurosa noche, en las bancas del hospital Universitario. Mi tío Roberto hacía la guardia para estar al pendiente de las noticias de mi tío-abuelo Goyo. Nos habíamos quedado con mi tío, mi hermano Jorge y mi primo Ismael (¿o era Rubén?). La noche afuera del hospital estaba fresca y el aire movía las hojas de los arbustos y árboles y refrescaba a las mujeres y los hombres que se hacían al sueño bajo ellos. Recuerdo que por el pasillo principal, afuera del hospital, cruzaban cucarachas enormes.
Nosotros deambulábamos por las orillas del hospital Universitario, veíamos a las enfermeras de blanco con sus chalecos verdes y sus cofias del mismo color, o intentábamos alargar alguna historia que ellas contaban. A una hora incierta, ¿las dos o tres de la mañana, cuando el sueño más aguijoneaba, mi tío Roberto, quién sabe de dónde sacó unos cartones y nos tiramos todos a dormir en una especie de consultorio abandonado, ahí, en la sala de espera. Nos extendimos con gusto, pero era difícil dormir en aquel suelo tan lleno de tristezas y medicamentos. Nos movíamos con desazón y finalmente nos pusimos en pie y volvimos a recorrer el hospital, salimos al estacionamiento, vimos las ambulancias oímos las charlas de otros tránsfugas del sueño.
Casi al amanecer, mi tío nos llevó al Super 7 cercano y nos compró de comer. Qué felicidad la de nosotros, que corrimos a tomar nuestro refresco y varias hamburguesas listas para ser recalentadas en el micro. Cruzamos de nuevo al hospital y ya no nos movímos hasta que, con el fresco de la mañana nos llegó el aroma del café para despertar a la gente y poco a poco hombres y mujeres se descobijaban y salían debajo de los árboles o de las bancas, para esperar al médico en turno.
No tardó la ciudad en llenarse de ruidos y más olores. Por allá llegó un vendedor de tacos de barbacoa, puso su tendajo, bajó su tanque de gas y empezó a vender y nos llegaba con claridad el olor del picadillo, la carne deshebrada y el chicharrón.
Mi tío Goyo murió esa semana. Lo enterraron en su pueblo, de donde es una parte de mi familia, de Venado San Luis Potosí.
Nos dejó muchos recuerdos, recuerdos gratos, cuando llegaba en el tren cargado de cajas con quesos y chorizos que después vendía, apenas sostenido con su bastón que parecía un roble. O lo recuerdo pelando tunas en el patio de su casa en Venado. De mi tío Roberto, hay otros recuerdos y otros dolores. Pero ahorita, que son las tres con doce, yo recuerdo mi primera noche de insomnio, se me pegan a los ojos aquellas imágenes de la ciudad que aún a pesar del aire fresco se mantenía tibia bajo nuestros pies y tibia para el recuerdo.

Tuesday, April 21, 2009

Ayer por la tarde se metió una Hummer al garage de la casa. Nadie salió lesionado.

Monday, April 13, 2009

Nuevamente nos lanzamos a la carretera. Salimos a las doce de la noche de Tehuacán y llegamos a las tres de la mañana a la casa. Me gusta en esos momentos ver el camino, imaginarme a los otros conductores que avanzan los kilómetros con miedo o seguridad ante los fastos de la noche. Desde que hemos tenido coche, creo, nunca hemos regresado a la ciudad de México de día, siempre de noche. Ya sea bajando por Calpulalpan o por la entrada a Puebla o por Cuernavaca, siempre hemos recorrido la ciudad por la noche, con las avenidas casi desiertas que hacen que uno pise el acelerador con algo más de confianza. Nunca, por ejemplo, he cruzado la montaña entre Puebla y el D.F. de día, de regreso. Me gusta esa zona, tiene algo de mágico avanzar entre los trailers que van por el carril de más baja velocidad o dejar atrás autobuses que avanzan por el carril de en medio y poner las luces altas para iluminar las vueltas que aparecen en el camino o ceder el paso a coches que tienen más velocidad que el nuestro.
Los otros tres días de vacaciones los pasamos encerrados en casa. Hicimos de comer (me compré un bote de nueces) y no hubo día en que no invitara al el gordo a comer a la casa y los tres días me dejó plantado. Pero ya pasó la semana santa y ahora lo que sigue es volver al trabajo: a Reyes.

Monday, April 06, 2009

Que el R y M ya son papás!!! Felicidades a ambos. Cómo pasa el tiempo.
Son las doce de la noche, O cose en la máquina, yo pierdo el tiempo en internet. Juego al darkorbit. Me matan, qué coraje.

Saturday, March 28, 2009

Anoche soñé con el Monterrey de 1901. Salía de la plaza de toros que estaba en Washington y Zaragoza, muy cerca del ojo de agua de Santa Lucía. En las calles de tierra se tendían las vías del tren urbano que pasaba con lentitud con su sonido de hierro arrastrándose sobre hierro. Por las ventanas sucias de la unidad se veía a señoras con altos sombreros adornados con listones y algunos señores iban de pie, enfundados como estatuas en sus sacos de levita. Subí por el puente encima del ojo de agua para ver mejor la ciudad y no tardé en reconocer boguecitos tirados por caballos y niños en shorts de dril que correteaban los perros sarnosos de siempre. Hacía sol, ¿cuándo no lo ha hecho?, y a mi costado izquierdo, miraba de frente al cerro de la silla, se levantaba con pereza el Palacio de Gobierno, con sus muros laterales mordidos por la obra y las columnatas cojas frente a la recién remodelada plaza Zaragoza que apenas si tenía algunas anacahuitas y bancas. Fuera de eso, Monterrey era una ciudad enana. Acaso alcanzaba a verse entre los techos altos al torre mayor de la catedral, porque ni el Casino ni el Palacio Municipal señoreaban sobre las cabezas. Allá iba el tranvía perozoso antes de doblar por Aramberri, para seguir por la calle de Lerdo hasta la avenida Progreso, que estaba a tan sólo dos calles de la calle de la Zona, donde corrían las vías de ferrocarril.
Luego me desperté, pero en el techo de la casa se veía aún aquellas casas, aquellos negocios de fachadas blancas.

Thursday, March 26, 2009

Monterrey revisitado

Qué padre es ir a Monterrey y sentir ese calor bochornoso que te pone una diadema de sudor en la frente, ese aire caliente y seco que barre la explada de los héroes, ese sol metálico que barre la plaza de los 400 años mientras el agua fría resbala por las escamas de poliestireno de la lagartera. Como cosa impensable, buena parte de mis dos días fueron caminar del Palacio de Gobierno al Palacio Municipal. Con A, descubrí un cafecito muy escondido en Arreola y me encontré al bueno de Orlando echándose unos tacos dorados frente a la caseta de un estacionamiento. Con E recordé que la cerveza del Sierra Madre es a toda madre y hasta me gustó el estilo directo de una dependienta que, ofreciéndome una tarjeta de descuento y al ver mi desgana, me espetó un" bueno, te interesa o no", y cuando negué se alegó deseandome una feliz estancia, jajaja. Ya hacía mucho que no caminaba a un costado del Faro del Comercio y descubrí que el agua de la fuente cercana ya es tan verdosa y amarillenta, espumosa, como el agua de las fuentes de la Alameda, en DF. Caminé por Morelos, poco, pero me senté en una de las bancas de la Plaza Hidalgo, frente al monumento al prócer que Bernardo Reyes, otro prócer, mandó hacer de él. Estos meses se me antojan muy divertidos, ¿cómo le haré para dar con la talla, con las palabras, de don Berny? Pasé por su tumba y había coronas y quise ir por su avenida, tan llena de refaccionarias, cantinas y negocios de acero, pero ya no me dio tiempo. Pero qué padre es volver un momento al terruño y descubrir que, aunque la ciudad ya no sea la misma y los violentos la violenten, pues siempre será Monterrey, ese cerrote de la silla a sus espaldas.

Thursday, March 19, 2009

las jacarandas de marzo

Me gusta esta época del año cuando las jacarandas empiezan a desplumar. Las calles se llenan del lila de las flores y los autos o la gente se las lleva entre llantas y zapatos. Y allá arriba aún hay muchas más, penden trémulas en los estilizados ramajes. El clima es apacible, el viento refresca, la tarde incomoda a las sombras, las expande, las aligera sobre empedrados, fuentes y anuncios de refrescos. Me recuerdan otras jacarandas, otras flores, un camino por las calles de Villa de Cortés, una reja, un pedestal con cierto nombre en los muros, una casa con escalera, una mesa, hojas, amigos, fotografías de familia en las paredes, una fotocopiadora que apestaba a tinta y un gran escritorio de nogal donde firmábamos documentos. Eso me gusta de las jacarandas, eso me gusta de aquellos colores, la sensación de estar iniciando algo, de encontrarse en el camino correcto o al menos, en el menos peor de todos.

Friday, March 13, 2009

Ayer fuimos al cine a ver Milk, de Gus Van Sant. Qué gran película. Qué gran actuación. Incluso, hasta Diego Luna no desentona ( por ahí leí que sí, pero nel). Al ver la película me hizo pensar que ya no estamos, como sociedad, en las grandes cruzadas. Lo que hoy impera es el miedo, el oportunismo y el fregar a los demás tan sólo si se compró un coche nuevo. Ah, pero por un momento, al ver Milk, dan ganas de luchar por algo, por lo que sea, comprometerse con alguna causa, pero tal parece que ese es mi principal problema, mi falta de compromiso con los demás. Al menos eso me dijeron y tal vez no tengan yerro aquellas palabras. Lo interesante es que Milk y Slumdog Millonarie de alguna manera reflejan lo poco Hollywood que estuvo la pasada entrega de los Oscares, como si por una pequeña fracción de tiempo premiaran a historias que hablan sobre lo humano y no a los grandes churros de siempre.

Wednesday, March 11, 2009

Dormir, no dormir
Soñar, no soñar
Tirar las herrramientas al suelo
O levantarlas
perseguir los sueños con furia
o dejarlos ir con facilidad
de qué cosas tan frágiles
está hecho el hombre
de cuantas medidas
de cuantos pesos
en que mar de disyuntivas
me convierto
me aislo
me muero

Monday, February 23, 2009

Hay gente que inica los lunes enojado. Así, no sé cómo terminarán la semana. Afortunadamente, no soy de esos. Los lunes los inicio soñoliento y si hay algo que me gusta en esta vida es andar así, con esa bruma entre el tener cosas que hacer pero estar lo suficientemente agusto como para no hacerlas pero saber que ese breve tiempo de bruma terminará pronto. Hoy que venía en el metro un chico y una chica casi chocan, se detuvieron, ella dio un paso a su costado derecho y él también. Ella sonrió y él empezó a murmurar quien sabe qué tantas maldiciones. La chica dejó de sonreír y huyo. Al tipo, bueno, también se le fue el metro. Buena semana tendrá.

Friday, February 20, 2009

Ocho años

Ya hace ocho años que traje mis huesos y mis miedos a esta ciudad capital. Ocho largos y dichosos años, en los que pasé de ser un joven que había tenido sus perdidas a un adulto casi en proceso de perder otras cosas. El avión planeó con suavidad sobre la ciudad de México y vi con avidez los techos enrojecidos, los tinacos, los edificios de cristal, la mancha verde sobre Chapultepec. El avión de Aeroméxico carreteó con algo de rudeza y finalmente se instaló en una de las entradas cercanas a las salas de vuelos internacionales. En el avión había conocido a un español, escritor, que se acababa de casar con una regiomontana y ahora ambos volaban a España, a Murcia, para ser más exactos. La chica tenía en la mirada cierta tristeza -ellos se habían conocido por internet y la boda apenas había sido la semana pasada en Mty-, y ahora se veía arrancada de todo lo que conocía para viajar a quien sabe qué lugar.
Yo llevaba dos maletas sucias y algo viejas que desentonaban con las último modelo que desfilaban en la banda de equipaje. Las tomé con apuro y me dirigí hacia la caseta de taxis, aunque sabía que iba muy cerca, a Aragón, a unas cuadras del metro del mismo nombre. El taxista salió rápido y rápido me depositó en la casa en avenida 519. Salió la Señora Alma con Minerva en brazos y no tardó en instalarme en el pequeño cuarto al fondo de la casa. Había un perro, que murió un par de años después y con el que me salía a correr y dos gatos, Ramses y Celic, que eran insidiosos y moralinos.
Rápidamente quise entrar en la ciudad. Le pregunté a la señora Alma cómo llegar al centro histórico y me dijo de la micro que pasaba por Circuito Interior, el metro´y cómo llegar. Yo iba con la nostalgia a flor de piel y en mi trayecto hacia Circuito Interior repasaba los nombres de los amigos: los De la Fuente, Cordelia, Janell, David, Raúl, Elida, etcétera. Me bajé en la estación Pino Suárez y desde ahí hablé a Monterrey. Una señora vendía quesadillas que calentaba en un anafre del que salía demasiado humo pero el humo del carbón quemado no me molestó, incluso se me antojó lo que vendía. Pero caminé. Seguí por esa avenida ancha, desemboqué al zócalo, miré de reojo la catedral y el palacio nacional. Ya el sol rebasaba la plancha. Entré por Brasil y una calle adelante -iba al INBA a buscar a Claudia y al Parra- cuando me lo encontré en la calle. Claudia y Parra saltaron por la sorpresa pero yo, de alguna manera secreta, lo tomé como un buen indicio, la certeza de que incluso en esa ciudad en la que no conocía nada ni a nadie, terminaría por encontrar buenos amigos.
Nos fuimos a comer a los bisquets de Obregón en la calle de Madero y después tomamos un taxi hacia una escuela por Tlalpan, a una estación del metro Villa de Cortés, donde la siguiente semana ya empezaría a ir al Centro Mexicano de Escritores. Mientras Claudia entró a sus clases -iba a presentar el examen de admisión a FFyL en la UNAM (terminó la carrera hace como tres años), el Parra y yo nos pusimos a platicar en el Sanbors de Xola. Me tomé un jugo de piña delicioso. Ya casi a las seis ellos se fueron -tenían un compromiso- y yo me interné en uno de los cafés internets de Tlalpan. No sabía en dónde estaba, pero, para todo recién llegado a la ciudad de México, ya sabía una cosa: mientras el metro esté cerca, nunca estarás perdido.
Janell me acababa de enseñar a utilizar el messanger, así que me conecté y empecé a hablar por él con una de mis dos únicos contactos: con Cordelia. Yo estaba disfrutando el viaje, la sensación. Volví a casa como a eso de las ocho de la noche y al llegar ya estaba la señora Alma con Samuel, su nieto, preparando la cena. Bebí un vaso de leche y me fui a mi cuarto a dormir, bueno, en realidad a leer. Terminé de leer a Volpí, sí, Volpi fue mi primer lectura en el D.F. Ese mismo año lo vería con la Gandhi, con Padilla y Palau, divertidos, jugando entre los libros. Le diría a David aquello y él lo tomaría con cierta envidia, porque ya sus amigos o él mismo, estabamos todos desperdigados. No soñé nada esa noche.
Hoy me desperté con esa sensación del paso del tiempo. En mis ocho años en el D.F. he vivido en nueve casas distintas. He trabajado en tres sitios: Santander, el ILCE, Santillana y ahora en Jus. He hecho buenos amigos que aún siguen en el horizonte, como Marlen, Alicia, Elena, Rodrigo y Efraín, el Boone e Hinojosa, Jorge; también amigos intermitentes, gente con quien la pasé muy muy bien, como todos los compañeros del ILCE, sin duda, el mejor trabajo que he tenido en todo este tiempo, buenos compañeros y compañeras, salidas a antros, excelentes fiestas, cero ambiciones laborales y curiosamente, casi no he hecho a ningún amigo en las instituciones de cultura por las que he pasado, y he sido hijo adoptivo de dos familias, los Arreola y los Camarillo Palafox. Desde hace siete años, todos los sábados, doy clases para adultos en el INEA y en Amistad Cristiana.
En este tiempo han venido mis padres y también mis suegros, y Elida, Ana, Lili, Laura, Carmen, Samantha, Raúl, Lacho, también un tipo del que es mejor no acordarse, y casi todos mis hermanos, menos Saúl.
Y también llegó O. Mi O.
Y, también, como todos los años, ya sueño con partir. Rebotan en mí las palabras de Bandeira: "todas las mañanas, el aeropuerto de enfrente me da lecciones de partir." Pero ese día no llega aún. Solía decirme un amigo, Daniel Sánchez, cuando decidas regresarte, dime, no le pienses, yo llegó por ti en mi camioneta, subimos las cosas y nos vamos en caliente." Ah, Daniel, creo que ya no tienes esa camioneta, verdad?

Thursday, February 19, 2009

Sacarse la lotería

Estos días he andado sumiso en la nostalgia y la idea de ganarme la lotería ha aparecido con fuerza, sólo que no sé qué haría si me ganara la lotería. Bueno, de entrada, le daría dinero a la gente que conozco y que sé que lo disfrutarían mucho. Le daría dinero a mi familia, a mis suegros. Mmm, no me compraría un coche nuevo, puesto que el que tengo me gusta más que bien. Compraría varios terrenos y construiría casas habitación para rentar y pondría una editorial. No sé si volvería a Monterrey, pero tal vez a Villa de Santiago sí, me compraría una bonita casa, con tres habitaciones, un solar que diera a la carretera nacional, para ver cómo pasan los coches y pondría libreros muy altos y una MAC en mi escritorio. En suma, me gustaría saber que mis hermanas andan en coche o que mis suegros tienen una gran casa y que O se comprara todas esas cosas tecnológicas que le gustan y los lentes tan caros que no la he dejado comprarse, jajaja, pero ella no me compra Uridium, así que de alguna manera estamos a mano.
Pero entonces, como en todos los sueños, despierto. Y me aburro y me da sueño .
Esta vida aburrida que tienes, me dice Gaby en la editorial, cuando ayer entrevisté a Atlantis y antier al Hijo del Perro y la próxima semana a Blue Demon!!! jeje