Le digo a mi hermana que en estos días fríos tengo mucho antojo de los platillos que hace mi mamá. De niños, cuando había poco para comer, ella se las ingeniaba para hacernos felices sólo con un plato de frijoles molidos pero casi licuados, una lata de chiles en vinagre cuyo jugo vacíabamos a gusto en el plato y las infaltables tortillas de harina. Sin embargo, había días que hacía algo más: una salsa de chorizo. Freía el chorizo con nada de aceite y le iba agregando tomate, cebollas y chile al que le añadía otra salsa de tomate. Dejaba aquello calentándose como media hora y la casa, que entonces era pequeña, se inundaba con rapidez del aroma. Afuera el aire helado rasguñaba las ventanas y no pocos entraban a casa, pero nosotros, con los pies cubiertos con las colchas mirábamos la televisión con la certeza de que muy pronto iríamos a cenar. Y aquello era un festin. No eran mucho los platillos que mi madre nos preparaba. Me dice mi hermano que huevo en cualquiera de sus presentaciones, je, pero nada más de recordar aquellas cenas hace que me den hambre, será eso o tal vez, las ganas de nuevo, de la infancia.
Monday, September 14, 2009
Friday, September 11, 2009
Ayer me enfermé y estuve en casa. Curioso estar en casa. Dormí más de lo acostumbrado, luego, se fue la luz y tuve que ir a comprar fusibles. Después leí. Estoy leyendo Capitán de Mar y Guerra, una novelita marina, ambientada en la Inglaterra de principios de 1800. Más tarde trabajé, comí y después cayó un aguacero. Olvidadizo que soy, la ropa que estaba puesta a secarse terminó empapada y tuve que ir a la lavandería. Seguí leyendo, fascinado, esta aventura del capitán Aubrey y el cirujano Maturin. Es genial poder leer un libro de carabelas y entender exactamente qué es y significa cada uno de los término marinos, como el arboladura, las velas de trinquete, las portas, las cuadernas, los baos que aguantan el impacto de los cañones de doce libras, la santa bárbara, el alcázar o distinguir entre velachos, galeones, zancudos, carracas y otro tipo de embarcaciones. Es algo que tendré que agradecerle a Ixel. Hoy ya volví al trabajo, sin duda, y lejos queda el mar y la goleta Sophie que ahorita anda en el mediterráneo, escoltando a doce barcos mercantes mientras Aubrey y Maturin discuten sobe música clásica en la oficina del capitán.
Monday, September 07, 2009
Varado en Avenida Zaragoza
Había empezado a llover desde la carretera a Puebla. Cuando cruzamos esa ciudad el agua ya había inundado pasos a desnivel y retornos. En uno de ellos un coche estaba inundado hasta las ventanillas y el conductor intentaba marcar por un celular que intuímos no funcionaría. O habló desde su cel a protección civil y al menos, espero, quedaron en enviar a los bomberos. Y sin embargo, esperaba que a pesar del caos que habíamos visto en Puebla, toda aquella parafernalia no nos recibiera en la ciudad de México, pero sí lo hizo. Apenas tomamos calzada Zaragoza y vimos los coches detenidos nos dimos cuenta que la mala suerte ya nos había tocado. Esperamos ahi, avanzábamos unos pocos metros y nos volvíamos a detener. En una de esas vimos que la lateral tenía tráfico fluido y creo que ahí fue donde inició la aventura: siguiendo a más coches nos trepamos al amplio camellón, el coche patinó un poquito pero finalmetne salimos a la lateral para avanzar bien unos 500 metros y volver a detenernos. Aquello dio paso a una laberíntica expedición por una colonia y calles por las que sé no volveremos a pasar. Un hombre, bajo la lluvia, guiaba a la hilera de coches que buscana, como ratones en un laberinto, la salida de aquella colonia. No supimos en qué momento, sin embargo, volvimos a salir a Zaragoza, sólo que ahora por un puente, creo que el de San Juan. Desde ahí vimo la avenida despejada y pensamos que tal vez con el rodeo ya habíamos dejado atrás la zona inundada. Volvimos a tomar la avenida sólo para encontrar un tráfico aún peor que el anterior. En ocasiones, con el motor y las luces apagadas, todos los coches parecían autos abandonados en la noche, aunque de vez en cuando pasaban chicos coreando alguna canción y un viejo que caminaba con los brazos tras la espalda. No sé qué hubiera sido de nosotros sin esas dos horas de El Hueso que nos animaron con chistes políticos e irónicas y fenomenales canciones. Al final llegamos al inicio del atolladero. Antes de la salida a Viaducto se encontraba la inundación. Sólo alcanzaban a pasar los autobuses ADO y similares que levantaban aguas espumosas. Varios coches estaban varados y la gente miraba, fuera de sus automóviles, aquella agua mansa y terrible. En algún momento un pequeño tsuru se aventó y tras él otro y otro coche. Fuimos, creo, los décimos en meternos al agua, esquivándola como podíamos, fastiados de más de seis horas de tráfico, casi una hora nos tardamos en pasar la estación Agrícola Oriental, pero al mismo tiempo con el miedo de quedarnos varados a mitad del inmenso charco. Sin embargo el motor aguantó, valientemente aguantó, cuando todo el camino habíamos venido ninguneando al cochecito rentado, echábamos de menos nuestro coche en la agencia que espera ciego la llegada de un faro para terminar su compostura. De ahí a la casa, fue no más de quince minutos, aunque aún estuve a punto de meterme al otro embrollo frente al aeropuerto, pero lo esquivé a tiempo. Finalmente llegamos a casa y la pequeña aventurita terminó. Diez horas de manejo constante y estresado. Con razón hoy me dijeron, al verme salir del trabajo: te ves bien amolado. Pues si.
Thursday, August 27, 2009
De una noche de invierno, hace años.

No soy muy fanático de mis fotos, tengo, de mi vida, no más de 30 imágenes en mi computadora. Sencillamente a veces no entiendo para qué tomarse una foto, para qué resguardar la imagen cuando es mil veces mejor guardar la imagen de la memeoria que puede ser, por lo demás, tactil, sonora y mil veces mejor. Será que mi habilidad para recordar está intacta y siempre termino asustando a mis amigos cuando, al hacer un recuerdo, termino esgrimiendo toda una escena. Pero hoy que buscaba una imagen me encontré con esta fotografía. Está tomada en un mediados de diciembre en Monterrey, en una comida con los chicos de la preparatoria a quienes sigo viendo al menos una vez al año. Esa noche, en el camión, un hombre y un niño venían cantando corridos de José Alfredo y un borracho que venía sentado delante mío le pagaba a diez pesos la canción. El borracho cantaba y el niño, supongo, hijo del cantante, miraba con curiosidad a su padre, con un cierto rasgo de temor en la mirada de que todo aquello terminara mal. El resto de los usuarios reían al oír la voz ronca y errada del viejo y la firme voz del cantante. El dinero se acabó y el borracho, era un anciano, ropa desgastada, de esas gorras beisboleras que tanto se usan e Monterrey, gorra manchada por el salitre, le pedía que cantara otra. El cantante no cedió y, no lo sé, compadeciéndome un poco del viejo, le extendí un billete de 20 pesos al cantante y le dije que ándele, que le tocara la canción al viejo y le cantó El Chubasco, qué bella canción. Cuando bajé del camión me encaminé hacia el restaurante de arracheras y les conté a mis amigos de la preparatoria la anécdota y entonces Diana, sí, Diana, la de la foto, nada más sonrió y yo recordé, vagamente, cuando Diana me pidió un poema en la preparatoria. Se me acercó y me preguntó si yo escribía poemas (acababa de leer en clase, por una tarea, lo primero que escribí en la vida). Le dije que sí aunque nunca antes había escrito nada y ni adolescente lector era. Dos días después le llevé el poema del que aún recuerdo los cursis versos. Toda esa noche en las arracheras, mientras mis amigos más viejos reían yo me acordaba del borracho que cantaba El Chubasco y de Diana preguntándome si escribía. Por eso guardo esta fotografía, de Diana y mía, cuando no era yo, cuando no tenía ni barba ni pelo largo ni varios kilos de más. Me recuerda que el mundo es en cierta medida de los borrachos y que ojalá encontráramos amigos que nos pidieran poemas más seguidos o pasajeros de camión que dijeran: ándele, cánte la canción que el viejo quiere.
Friday, August 07, 2009
Nuevamente volvimos a chocar. Primero fue un raspón a un coche estacionado. Luego, fue darnos con todo entre aquel árbol y aquel poste en Xochicalco. Más tarde, fue el taxi que se metió al carril sin vernos. Luego, el tiida que chuléabamos y al que terminamos dándole un lleguesito. Ahora, pues el clío, golpe esquinero, foco delantero escandalosamente destruido, nada más. Sin duda no seremos esos tipos a los que la aseguradora les da un bono por ser buen conductor. Lo bueno es que el carro aún anda.
Sunday, July 26, 2009
Somos tan enteramente materialistas que nos emociona ir al Costco a sacar la membresía. Ahí andamos por los pasillos viendo precios y productos con la esperanza de por fin comprar la arena para gato que en Sams no han tenido desde hace como una semana (ojo Sams, ya perdieron un cliente por culpa de la arena para gato). Y en realidad, lamento decir que Costco es como que más bonito, más padre y con más productos que Sams. Y pensar que hace apenas unos minutos vacilamos entre ir a sacar la membresía o salir de la ciudad a algun pueblo cercano. Pero se impuso el sentido de la responsabilidad y el trabajo en casa. Compramos la arena para gato, un pay de manzana y cosillas más. Luego fue un domingo inusual pero como todos. Leímos, trabajamos, yo vi el inusual 5-0 de México contra EU y después me leí una novela malona, carente de malicia y hasta tierna. Pero no. después ha caído la lluvia. Las gatas se esconden bajo los sillones y la cama se antoja tan cómoda como un domingo sin nada que hacer. He querido leer algo que me guste. No lo he hecho. La maldita televisión.
Tuesday, July 21, 2009
Desde la azotea en casa de Raúl siempre he visto la esperanza. Alguna noche fui a verlo, tratando de hablar de un mal amor. La terraza aún no estaba terminada y nos dormimos en unos eslipings en medio de la preparación para la placa . Luego volví, con los años, ya con la casa terminada a hablar de otros caminos y otras rutinas. Raúl, no lo sé, siempre ha estado buscando una casa que no es esa. Siempre sueña y me dice, de la casa que tendrá, donde estarán él y su Neira y Mineiro, mi ahijado (dice el orgulloso padrino aunque ya me dijeron que ni piense en participar en una ceremonia católica). Y yo veo su casa, esa que él quiere, pero nada más me puedo imaginar esa terraza, oír el sonido del aire lavado que refresca el interior de la casa donde duerme Mineiro, mientras el Raúl y yo, como siempre, como antes, tomamos unas cervezas y recordamos aquellas noches ingratas o cuando echamos la placa y yo subía las tinas de cemento usándome de polea o la carne asada que aún no hacemos.
Saturday, July 04, 2009
Fin de cursos
Hoy terminó un trimestre más en el sistema de enseñanza abierta del INEA, en SEEAC. Tuve la oportunidad de conocer al menos a diez excelentes chicos que soportaron mis clases con estoicismo, aunque creo que al final les gustaron porque salí con buenos puntajes en la evaluación de asesores. Espero que les vaya muy bien en el examen de la SEP. Ya van, pensé hoy al despedirme, ocho años que todos los sábados doy asesorías y clases de literatura y redacción. Mucho o poco de lo que sé respecto a esos temas es gracias a las clases. Han sido ocho fructíferos años. Aún recuerdo cuando mis primeros salones iban derechito a reprobar el examen del INEA y cómo, una buena tarde, empezaron a caer setentas, ochentas, noventas y cienes de calificación y si bien sigue habiendo reprobados (es terrible que el INEA tenga libros tan viejos y complejos al mismo tiempo y que a la hora del examen, pregunten cosas que ni vienen en los libros, sino que pertenecen a materias anteriores), el índice de aprobados se ha mantenido constante. He conocido estupendos alumnos: María del Rosario, el primer cien, pero que durante su estancia en la escuela pasó de recién casada, a tener un hijo, y a entrar a estudiar administración a la UVM. También recuerdo con afecto a Aracely y su hijo, con el que fui a comer un par de veces porque quería ser escritor y tallereabamos sus textos en un restaurantito de mala muerte en el metro insurgentes, porque en esa época a los dos nos quedaba bien ese lugar. Omar, el saxofonista, también es un buen recuerdo. Era muy exigente como alumno y a mí a veces me vienen lagunas gramaticales, pero salimos avante y terminó pasando todas mis materias (siete en total). Hubo una chica, también, que pensó que podíamos ser algo más, pero hubo que poner claridad y distancia.El buen Marlon también fue exigente. Viene de Nicaragua y ha hecho su vida en México. Él también ya pasó por todas mis materias y aún anda ahí, en la escuela, batallando con inglés y química. Madres solteras, chicos con aire de rockeros, señoras de cincuenta y tantos años, alumnos que terminan dejando la prepa pero siguen yendo para jugar futbol en el receso, chicas muy jóvenes, extraviadas de sitio, que terminan ingresando a sistemas tradicionales, chicas con problemas en casa que me han contado de divorcios, tristezas e incluso problemas muy gruesos espiritualmente o bien, alumnos que pasan y no vuelven a aparecer, de todo ha habido estos ocho años en el SEAAC. Al principio hacía como hora y media para llegar y hoy, al menos calculé las minutos, hice 12 minutos, jeje. Muchos maestros han pasado y pocos hemos quedado. Solo Rosy, Elías y Lulú seguimos. Hoy les recordaba a los chicos, de cómo hace cinco años, la escuela tenía más de ochenta alumnos y jugábamos partidos de basquetbol en las canchas y el par de graduaciones que tuvimos. Y luego pensé como me he ido haciendo viejo también en esos salones y he visto pasar los sábados de mi vida frente a un pizarrón y chicos que intentan saber qué es un sujeto y predicado o porqué hay perifrasismo en los poemas nahuas o qué demonios es ese poema de La Campana de Shiller. He visto mis sábados incendiados por el polvo del gis y mis mediodías aturdidos por el regresar a casa con la satisfacción o insatisfacción que puede dejar una clase no bien dada. Pero ahí sigo y seguiré. Es una promesa con ellos y con él. Ahora también daré las materias de historia, qué hacer.
Thursday, June 18, 2009
A ver, a ver, pásale, qué quiere que le firme: libros, hojitas cuadriculadas, hojas de raya seguida, antebrazos, nucas, pelotas, camisas. Usté nomás diga dónde pongo la poderosa. Si algún día los chicos del Lom, Villa de las Flores y Florencia llegan por estas páginas, un gusto pasar el día con ustedes, hoy.
Friday, June 05, 2009
Hubo un tiempo, en mi vida, que todos los miércoles me juntaba con cuatro buenos amigos a leer y tomar. En realidad, yo no tomaba entonces, hasta que una decepción amorosa me hizo llegar un miércoles y prenderme del tequila, tanto que Rube nada más parpadeó con sorna y dijo salud. Esos eran buenos miércoles. Los recuerdo como los mejores miércoles de mi vida. Empezábamos a eso de las nueve o diez de la noche y entre la charla, el fumar, el reír y chismear se nos iban las horas. Muchas veces, a las tres y media de la mañana, medio ebrio, esperaba un taxi que me devolviera a la casa. Afiebrado por el alcohol, con ese regusto cálido en los labios pero ya tóxico en el estómago volvía a casa, mal dormía y a las ocho me iba al trabajo. Las chicas, Corde y Jan, ya sabían que los jueves no eran buenos días para mí. Luego, no sé porqué, aquellos miércoles de jarra terminaron. Uno de esos amigos se fue de la ciudad, otro se escondió, unos más entraron en otras dinámicas. Pero ayer que, aunque no era miércoles, sino jueves, volví a reírme como antaño y a semi emborracharme como antaño, me vinieron los cálidos recuerdos de aquellos miércoles paganos. Ha sido una buena vida, aunque casi siempre he estado en ella como el niño que observa una esfera de cristal, como el testigo vacilante al que le cae el amor y el odio por contexto.
Monday, May 25, 2009
El fin de los 31
El último día de mis 31 años me levanté con demasiado sueño, aunque antes de que sonara el reloj despertador. Me arrastré con pereza hasta el boiler y lo prendí sólo para volver a tirarme a la cama. Oía la lumbre a presión y aquello me adormiló un poco más. Me levanté diez minutos después y después de bañarme me quedé viéndome frente al espejo. Me pregunté porqué he dejado que el pelo me crezca tanto (ya a la altura de los omóplatos), pero me seguí pasando el peine, aburrido. Rápidamente me vestí (jeans negros, los de siempre, camisa a cuadras rojos con blanco y negro, calcetines negros (no eran par) y salí apresurado de la casa después de despedirme de O, quien dijoque me veía guapo, aunque pocas veces le creo, je.
Afuera el hombre de la basura pasaba la escoba por entre los coches y varias mujeres iban con sus hijos a la escuela que está a dos cuadras de la casa. Hice el camino al metro con la misma lentitud de siempre. En la esquina el hombre del puesto de tacos ya hervía un gran pedazo de suadero y el tamalero algo le recriminaba a una mujer que llevaba un café en la mano. En el metro compré el Record, como todos los días y me encaminé al andén. No me gusta subirme en vagones apretados, así que dejé pasar un convoy. Bajé en Allende y al salir noté que adelante de mí iban Julio y Teresa. Los vi alejarse, cada uno con su propia prisa.
Todo el día estuve trabajando. Terminé de revisar el original de un libro que espero (el trabajo del editor se sustenta en la esperanza) se vende muy bien. En el inter desayuné hot cakes con te chai. Fui al banco, contesté las llamadas de tres autores, vi la nueva portada de Ellos dos y casi a las tres de la tarde terminé el libro. Varias cosas pasaron dignas de mencionarse, como que tres palomas entraron a la oficina y se pasearon a sus anchas y que vi el nuevo video de Susan Boyle y leí la réplica que Javier Sicilia hace de una reseña que le hizo Evodio Escalante. Réplica dura, inteligente, sagaz. Casi al salir, las chicas de la cafetería me preguntaron si quería una rebanada de pastel y me dieron un gran pedazo de pastel de cajeta con nuez.
Al llegar a casa me lo comí de postre, después de recalentar la pizza que había comprado ayer en Mamas pizza, oh, deliciosas. Así me ha dado la tarde. Acabo de tender la ropa que lavé ayer, para aprovechar los últimos rayos del sol. Se acaban los 31 y estoy como en casi todo el año, frente a la computadora. Año feliz, debo decir. Escribí dos novelas infantiles y un libro de cuentos para N.L., además de dos chonchas guías turísticas, mismas que ya vieron la luz editorial. Hice nueve libros para Jus más seis que están por salir. Sufrí un fuerte accidente automovilístico. Me cambié de casa. Compré un coche nuevo y ya lo chocaron tres veces. Subí tantos kilos como había bajado, me dejé crecer el pelo como nunca y viajé viajé mucho por el país, de noche y con lluvia, con neblina y sin ella. También dediqué demasiadas horas al darkorbit, al travian y recientemente al spaceinvasion. No he visto a tantos amigos como quisiera, pero tuve el gusto de poder compartir cabina de radio con Marlen y Alicia hace unas semanas. Marlen dijo que era mi regalo de cumpleaños y se lo agradecí y hace rato Danielón me acaba de regalar un video fabuloso, de unos niños que recorren una playa y al llegar a un risco sueltan todo y saltan para nadar en el aire. Al final, el niño más pequeño, duda ante la poderosa caída, pero vuela. Todos somos como ese niño que duda antes de lanzarse la milagro. Ojalá los 32 años nos permitan más vuelos.
Saturday, May 09, 2009
Algo tiene la carretera por las noches que me embruja. El contraste de tanta oscuridad con las luces estridentes de los coches en sentido contrario, el ruinoso desfogue de los motores de trailers y autobuses y esos aromas del campo que entran al coche me producen un encanto especial. Anoche fuimos a Querétaro a festejar el cumpleaños de una amiga. La casera, una de esas mujeres carentes de juicio, sedientas de autoridad y de gracia nula dio por terminada la fiesta con gritos y malas caras, aún y cuando todos estabamos tranquilamente sentados en una azotea, viendo la luna y platicando. Terminamos en una casa en una colonia más bien pobre, oyendo música colombiana y con todo un grupo de desconocidos que nos abrieron las puertas de su casa a transfugas fiesteros y nos ofrecieron las cervezas y palomitas para la celebración. Casi a las doce y media de la noche emprendimos el viaje de regreso a casa, yo tenía que dar clases hoy, pero tarde me dijeron que se habían cancelado. Así que volvimos a casa, abriéndonos paso en la oscuridad, con el coche a un ritmo sostenido de 130 kilómetros, bajando y subiendo cuestas, rebasando trailers y orillándome cuando otros coches con luces blancas y más potencia nos rebasaban. En muchas partes tuvimos que ir con las luces altas, pero algo en la noche sabía a aventura. Otro regreso al D.F. de noche consumado.
Tuesday, April 28, 2009
Hoy, que me desvelo, no puedo más que recordar acaso el primer desvelo sentido, vivido, sufrido. No tengo la memoria de los años, pero estábamos en una calurosa noche, en las bancas del hospital Universitario. Mi tío Roberto hacía la guardia para estar al pendiente de las noticias de mi tío-abuelo Goyo. Nos habíamos quedado con mi tío, mi hermano Jorge y mi primo Ismael (¿o era Rubén?). La noche afuera del hospital estaba fresca y el aire movía las hojas de los arbustos y árboles y refrescaba a las mujeres y los hombres que se hacían al sueño bajo ellos. Recuerdo que por el pasillo principal, afuera del hospital, cruzaban cucarachas enormes.
Nosotros deambulábamos por las orillas del hospital Universitario, veíamos a las enfermeras de blanco con sus chalecos verdes y sus cofias del mismo color, o intentábamos alargar alguna historia que ellas contaban. A una hora incierta, ¿las dos o tres de la mañana, cuando el sueño más aguijoneaba, mi tío Roberto, quién sabe de dónde sacó unos cartones y nos tiramos todos a dormir en una especie de consultorio abandonado, ahí, en la sala de espera. Nos extendimos con gusto, pero era difícil dormir en aquel suelo tan lleno de tristezas y medicamentos. Nos movíamos con desazón y finalmente nos pusimos en pie y volvimos a recorrer el hospital, salimos al estacionamiento, vimos las ambulancias oímos las charlas de otros tránsfugas del sueño.
Casi al amanecer, mi tío nos llevó al Super 7 cercano y nos compró de comer. Qué felicidad la de nosotros, que corrimos a tomar nuestro refresco y varias hamburguesas listas para ser recalentadas en el micro. Cruzamos de nuevo al hospital y ya no nos movímos hasta que, con el fresco de la mañana nos llegó el aroma del café para despertar a la gente y poco a poco hombres y mujeres se descobijaban y salían debajo de los árboles o de las bancas, para esperar al médico en turno.
No tardó la ciudad en llenarse de ruidos y más olores. Por allá llegó un vendedor de tacos de barbacoa, puso su tendajo, bajó su tanque de gas y empezó a vender y nos llegaba con claridad el olor del picadillo, la carne deshebrada y el chicharrón.
Mi tío Goyo murió esa semana. Lo enterraron en su pueblo, de donde es una parte de mi familia, de Venado San Luis Potosí.
Nos dejó muchos recuerdos, recuerdos gratos, cuando llegaba en el tren cargado de cajas con quesos y chorizos que después vendía, apenas sostenido con su bastón que parecía un roble. O lo recuerdo pelando tunas en el patio de su casa en Venado. De mi tío Roberto, hay otros recuerdos y otros dolores. Pero ahorita, que son las tres con doce, yo recuerdo mi primera noche de insomnio, se me pegan a los ojos aquellas imágenes de la ciudad que aún a pesar del aire fresco se mantenía tibia bajo nuestros pies y tibia para el recuerdo.
Nosotros deambulábamos por las orillas del hospital Universitario, veíamos a las enfermeras de blanco con sus chalecos verdes y sus cofias del mismo color, o intentábamos alargar alguna historia que ellas contaban. A una hora incierta, ¿las dos o tres de la mañana, cuando el sueño más aguijoneaba, mi tío Roberto, quién sabe de dónde sacó unos cartones y nos tiramos todos a dormir en una especie de consultorio abandonado, ahí, en la sala de espera. Nos extendimos con gusto, pero era difícil dormir en aquel suelo tan lleno de tristezas y medicamentos. Nos movíamos con desazón y finalmente nos pusimos en pie y volvimos a recorrer el hospital, salimos al estacionamiento, vimos las ambulancias oímos las charlas de otros tránsfugas del sueño.
Casi al amanecer, mi tío nos llevó al Super 7 cercano y nos compró de comer. Qué felicidad la de nosotros, que corrimos a tomar nuestro refresco y varias hamburguesas listas para ser recalentadas en el micro. Cruzamos de nuevo al hospital y ya no nos movímos hasta que, con el fresco de la mañana nos llegó el aroma del café para despertar a la gente y poco a poco hombres y mujeres se descobijaban y salían debajo de los árboles o de las bancas, para esperar al médico en turno.
No tardó la ciudad en llenarse de ruidos y más olores. Por allá llegó un vendedor de tacos de barbacoa, puso su tendajo, bajó su tanque de gas y empezó a vender y nos llegaba con claridad el olor del picadillo, la carne deshebrada y el chicharrón.
Mi tío Goyo murió esa semana. Lo enterraron en su pueblo, de donde es una parte de mi familia, de Venado San Luis Potosí.
Nos dejó muchos recuerdos, recuerdos gratos, cuando llegaba en el tren cargado de cajas con quesos y chorizos que después vendía, apenas sostenido con su bastón que parecía un roble. O lo recuerdo pelando tunas en el patio de su casa en Venado. De mi tío Roberto, hay otros recuerdos y otros dolores. Pero ahorita, que son las tres con doce, yo recuerdo mi primera noche de insomnio, se me pegan a los ojos aquellas imágenes de la ciudad que aún a pesar del aire fresco se mantenía tibia bajo nuestros pies y tibia para el recuerdo.
Tuesday, April 21, 2009
Monday, April 13, 2009
Nuevamente nos lanzamos a la carretera. Salimos a las doce de la noche de Tehuacán y llegamos a las tres de la mañana a la casa. Me gusta en esos momentos ver el camino, imaginarme a los otros conductores que avanzan los kilómetros con miedo o seguridad ante los fastos de la noche. Desde que hemos tenido coche, creo, nunca hemos regresado a la ciudad de México de día, siempre de noche. Ya sea bajando por Calpulalpan o por la entrada a Puebla o por Cuernavaca, siempre hemos recorrido la ciudad por la noche, con las avenidas casi desiertas que hacen que uno pise el acelerador con algo más de confianza. Nunca, por ejemplo, he cruzado la montaña entre Puebla y el D.F. de día, de regreso. Me gusta esa zona, tiene algo de mágico avanzar entre los trailers que van por el carril de más baja velocidad o dejar atrás autobuses que avanzan por el carril de en medio y poner las luces altas para iluminar las vueltas que aparecen en el camino o ceder el paso a coches que tienen más velocidad que el nuestro.
Los otros tres días de vacaciones los pasamos encerrados en casa. Hicimos de comer (me compré un bote de nueces) y no hubo día en que no invitara al el gordo a comer a la casa y los tres días me dejó plantado. Pero ya pasó la semana santa y ahora lo que sigue es volver al trabajo: a Reyes.
Monday, April 06, 2009
Saturday, March 28, 2009
Anoche soñé con el Monterrey de 1901. Salía de la plaza de toros que estaba en Washington y Zaragoza, muy cerca del ojo de agua de Santa Lucía. En las calles de tierra se tendían las vías del tren urbano que pasaba con lentitud con su sonido de hierro arrastrándose sobre hierro. Por las ventanas sucias de la unidad se veía a señoras con altos sombreros adornados con listones y algunos señores iban de pie, enfundados como estatuas en sus sacos de levita. Subí por el puente encima del ojo de agua para ver mejor la ciudad y no tardé en reconocer boguecitos tirados por caballos y niños en shorts de dril que correteaban los perros sarnosos de siempre. Hacía sol, ¿cuándo no lo ha hecho?, y a mi costado izquierdo, miraba de frente al cerro de la silla, se levantaba con pereza el Palacio de Gobierno, con sus muros laterales mordidos por la obra y las columnatas cojas frente a la recién remodelada plaza Zaragoza que apenas si tenía algunas anacahuitas y bancas. Fuera de eso, Monterrey era una ciudad enana. Acaso alcanzaba a verse entre los techos altos al torre mayor de la catedral, porque ni el Casino ni el Palacio Municipal señoreaban sobre las cabezas. Allá iba el tranvía perozoso antes de doblar por Aramberri, para seguir por la calle de Lerdo hasta la avenida Progreso, que estaba a tan sólo dos calles de la calle de la Zona, donde corrían las vías de ferrocarril.
Luego me desperté, pero en el techo de la casa se veía aún aquellas casas, aquellos negocios de fachadas blancas.
Thursday, March 26, 2009
Monterrey revisitado
Qué padre es ir a Monterrey y sentir ese calor bochornoso que te pone una diadema de sudor en la frente, ese aire caliente y seco que barre la explada de los héroes, ese sol metálico que barre la plaza de los 400 años mientras el agua fría resbala por las escamas de poliestireno de la lagartera. Como cosa impensable, buena parte de mis dos días fueron caminar del Palacio de Gobierno al Palacio Municipal. Con A, descubrí un cafecito muy escondido en Arreola y me encontré al bueno de Orlando echándose unos tacos dorados frente a la caseta de un estacionamiento. Con E recordé que la cerveza del Sierra Madre es a toda madre y hasta me gustó el estilo directo de una dependienta que, ofreciéndome una tarjeta de descuento y al ver mi desgana, me espetó un" bueno, te interesa o no", y cuando negué se alegó deseandome una feliz estancia, jajaja. Ya hacía mucho que no caminaba a un costado del Faro del Comercio y descubrí que el agua de la fuente cercana ya es tan verdosa y amarillenta, espumosa, como el agua de las fuentes de la Alameda, en DF. Caminé por Morelos, poco, pero me senté en una de las bancas de la Plaza Hidalgo, frente al monumento al prócer que Bernardo Reyes, otro prócer, mandó hacer de él. Estos meses se me antojan muy divertidos, ¿cómo le haré para dar con la talla, con las palabras, de don Berny? Pasé por su tumba y había coronas y quise ir por su avenida, tan llena de refaccionarias, cantinas y negocios de acero, pero ya no me dio tiempo. Pero qué padre es volver un momento al terruño y descubrir que, aunque la ciudad ya no sea la misma y los violentos la violenten, pues siempre será Monterrey, ese cerrote de la silla a sus espaldas.
Thursday, March 19, 2009
las jacarandas de marzo
Me gusta esta época del año cuando las jacarandas empiezan a desplumar. Las calles se llenan del lila de las flores y los autos o la gente se las lleva entre llantas y zapatos. Y allá arriba aún hay muchas más, penden trémulas en los estilizados ramajes. El clima es apacible, el viento refresca, la tarde incomoda a las sombras, las expande, las aligera sobre empedrados, fuentes y anuncios de refrescos. Me recuerdan otras jacarandas, otras flores, un camino por las calles de Villa de Cortés, una reja, un pedestal con cierto nombre en los muros, una casa con escalera, una mesa, hojas, amigos, fotografías de familia en las paredes, una fotocopiadora que apestaba a tinta y un gran escritorio de nogal donde firmábamos documentos. Eso me gusta de las jacarandas, eso me gusta de aquellos colores, la sensación de estar iniciando algo, de encontrarse en el camino correcto o al menos, en el menos peor de todos.
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