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Monday, May 21, 2007

Breviarios familiares

Abuelo Eugenio

La herencia de mi abuelo fue una herencia de muerte: antes de él y después de él, prometí que nunca más vería a mis muertos en el ataúd. Me despidió con una sonrisa aquella tarde ahora fría y cuando volví a casa me dijeron. No pude llorar durante su funeral: no me acerqué a su féretro. De mi abuelo sólo quedó para mí la sonrisa con la que me despidió con unas bendecidas palabras: “que te vaya bien, mijo.” Y lo dejé ahí, para siempre, recostado en la cama, cubiertas las piernas con una colcha de cuadros, la sien protegida con su gorro azul. No le lloré. Hice el intento; pero no le lloré. Sin embargo, miles de rostros de mi abuelo aparecen a veces frente a mí: la ausencia de su rostro muerto en mis recuerdos ha dado cabida a otros a veces misteriosos, otras festivos. Volví a oír de él por boca de mi abuela la tarde que presenté mi libro en Monterrey, en las calles donde él se sentaba a mirarnos camino a la secundaria. La presentación avanzó con rumbo normal. Cuando hablé empezaron a cantar cigarras en los árboles vecinos. Al terminar el evento fui con mi abuela y me dijo: “¿las oíste?” “¿Oír qué?”. “Las cigarras, ¿oíste las cigarras?” “Ah, sí, claro que las oí.” Entonces mi abuela suspiró y dijo: “te viniron a ver, Martha, Rubén, Genio, todos vinieron aquí para estar otra vez con nosotros.” Sólo sentí un escalofrío y busqué en los árboles sin encontrar nada. Sí, la muerte de mi abuelo me dejó una herencia de muerte: no ver nunca en la vergüenza de esos féretros; pero ahora, gracias a mi abuela esa herencia ha cambiado: escuchar en las cigarras a mi familia: escuchar con el canto de las cigarras a todos mis muertos que vuelan, que vienen, que están aquí conmigo; esperando que yo también me vuelva canto.

Tuesday, January 09, 2007

Retratos Familiares

Heidy
Yo seguía ignorándolo todo entonces, pero cuando encontré a Heidy en uno de esos nudos del camino comencé a entender algunas cosas. Con ella entendí que nada vale más que una buena sonrisa y que es posible dialogar en lenguas desconocidas aún y cuando no tengas idea de lo que dices. Con Heidy en esa oficina del ILCE, donde la mayoría eran desconocidos, lograba sentirme en casa. No conocí entonces persona más dispuesta a la amabilidad y al corazón que ella. A veces se hacía la mala y decía con un aire autoritario que no le salía: “Sí, soy mala, mala y qué”. Otra de sus frases era: “a verdad”. Y yo me divertía mientras leía lo mismo a Zweing que a Ignacio Manuel Altamirano. Una vez me dijo que le recordaba a su hermano. No lo sé. Tal vez no le recordaba a su hermano pero algo había que nos hacía buenos compañeros de trabajo y buenos amigos. Junto con Luis, su pareja, y otros amigos, nos íbamos al cine o a cenar y era sorprendente cómo ambos se conectaban para las bromas y la seriedad. Siempre elegante, con la sonrisa dispuesta y la broma que aligeraba la larga mañana de trabajo, a veces Heidy llegaba a mi cubículo y me hacía reír. Le gustaba pintar y siempre tenía un cuadro pendiente por acabar. Una vez me dibujó y fruncía el seño porque mi imagen no le salía. Yo recuerdo y recordaré por siempre su pelo corto peinado por en medio, sus lentes negros, cuadrados, su sonrisa sin emboscada. Luego, cuando se iba, yo le decía en broma: “no te vayas, no te vayas”. Ella se detenía un momento, miraba por la ventana y decía: “pero a quedar. A verdad”. Y se iba. Así es como se va la gente que siempre importa, en medio de una sonrisa que te deja limpio el corazón.

Tuesday, December 19, 2006

Retratos Familiares

Martín

De las profundidades de los canales de Xochimilco proviene Martín Rosas. Moreno, cuerpo robusto como una tortuga tirada a recibir con singular alegría el sol de la tarde, Martín se levanta sobre cualquier recuerdo y sobre cualquier nostalgia. De joven escribía poesía y tomaba clases de baile pero fue el estudio de la física lo que terminó por amarrarlo a fórmulas y la mecánica del mundo. Tiene una teoría donde dice que la nada existe y hay que ir a la nada. Dice —afirma con natural disposición— que su familia proviene de una larga tradición de sacerdotes xochimilcas que extraían corazones a tlaxcaltecas y cholultecas después de una guerra florida. Pero él ya nada sabe de esas sangres y se dedica con toda el alma a una sola cosa: amar a Tere, su esposa. Prometí vestirme de payaso cuando su primer hijo cumpliera un año. Apenas nació empecé a imaginar qué rutina haría, de qué colores disfrazaría mi cara para arrancarle risas el día de su cumpleaños pero el niño volvió a la tierra a los días de haber nacido. Pero ya lo dije antes, Martín ama a Tere y juntos han salido del dolor, de la angustia. Martín continúa idolatrando a su mujer como no he visto antes. A veces, en sus tiempos libres, lee algo sobre física y realiza apuntes sobre la nada o sube a la canoa de su familia y se va a pasear en alguna de las lagunas vírgenes de Xochimilco mientras recuerda a su hijo. Lo imagino en esas lagunas mientras piensa en alguna fe extraña, en esas lagunas que también me dice, no merezco verlas.

Monday, November 06, 2006

Retratos Familiares

Todo el domingo sentí que era mi papá. Mientras íbamos a comprar la carne para la comida, al morder un elote asado, mientras busgueaba en los sartenes de las despachadoras de comida de prueba en al Wal-Mart, al merodear frente a los anaqueles de juegos de mesa sentía que yo era mi padre, que estaba imitando a mi padre en muchos de sus gestos, de sus ocurrencias, de la forma como él juega con nosotros.
Y sentí una especie de acomodo nostálgico por mi papá.
José Antonio
Papá llora cuando ve telenovelas, papá corre por las mañanas cinco kilómetros diarios, papá a veces, me dice, que le duele la mano de tanto utilizar las tijeras para cortar los metros y metros de tela, papá es el primero en quejarse cuando alguna salsa no pica, papá se sienta frente a la televisión a descansar pero también se pone en pie si alguno de nosotros queremos quitarle el lugar, papá trabajó mucho tiempo en una empresa pantalones. Inició como mozo de limpieza y casi diez años después, cuando la empresa se fue a la quiebra, era director de producción. Papá tuvo un accidente hace días y me dijo con toda la tranquilidad del mundo que sólo lo habían suturado en la frente unos pocos centímetros. Papá fue el artífice de mi negocio de ropa deportiva y todos los lunes en "junta" frente a la cena, decidíamos cuántos metros de tela umbro, adidas, poliester brillante, cuántos pares de medias de licra, cuantos rollos de elástico con jareta debíamos comprar. Nada le da más gusto a papá que llegar a casa con pastel o cajeta o con películas. No tan alto, encanecido prematuramente, mejillas rosadas y con dentadura artificial, a papá le gustan las cosas dulces y las carnes asadas. Lo sentí cómplice cuando me dijo que, por él, se iba a vivir a la ciudad de México, de lo tanto que le gustó. No lo imagino de 29 años, los mismos que yo tengo, y ya con tres hijos qué alimentar. No lo imagino vistiendo ese traje guinda y ataviado con esas patillas sesenteras cuando se casó, ni lo imagino sentado frente a la casa de mi madre esperando que saliera para irse a noviar.
Papá ha trabajado con todos mis tíos, a vuelto ricos a muchos extraños y me sigue pidiendo una máquina de coser recta y una sobrehiladora para iniciar el negocio. Se le aleja la mirada cuando me la pide y yo sólo hago de tripas corazón. Los hijos de Toño Ramos, de "la Coneja" como lo apodaban en los partidos de softbol donde jugaba en la posición de cátcher. Esos somos nosotros. Y lo escribo con la certeza de que todos los días, cada uno en su trabajo, en sus presiones, somos un poco José Antonio Ramos Degollado, somos un poco nuestro padre.

Wednesday, September 20, 2006

Retratos familiares

Jorge
Mucho tiempo mi hermano Jorge fue un extraño pero yo me lo encontraba en la calle. Mi hermano Jorge, lejos, siempre está cerca. Muchos Jorges han salido a mi encuentro. Hombres parecidos, miradas parecidas aparecían frente a mí en los sitios más insospechados. En un restaurante al lado de la carretera a Morelia, en una presentación de libro, en la mesa frente a la cual revisaban unos textos. Estudió ingeniería civil y desde adolescente se veía que resultaría un hombre práctico para zapatas, construcciones y composturas. Fue, durante mucho tiempo, la verdadera mano derecha de mi tío Roberto. La responsabilidad le sentaba bien. Un día me di cuenta que no lo conocía. ¿Quién era mi hermano Jorge? ¿Sólo un ingeniero civil, sólo un hombre con mi sangre, salido del vientre de mi madre? ¿Sólo alguien que pasaba los fines de semana con sus amigos después de la escuela? ¿Alguien a quien le quitaba, prestada, la ropa? Lo descubrí de niño cuando jugaba al fútbol con nosotros en la calle. Lo redescubrí la tarde cuando le rompí un diente al lanzarlo contra la pared. Lo redescubrí cuando juntos, en la camioneta de mi tío, espíabamos a las muchachas que pasaban por la calle. Y fue imposible no acordarme también de mis otros Jorges: esos hombres tan parecidos a él en voz, ojos, rostro: Jorges extraños en la calle y en presentaciones de libros. Al verlos me daban ganas de abrazarlos, de hacerme su amigo, pero no lo hacía. Hoy mi hermano Jorge no es un extraño para mí y no me he vuelto a encontrar a ningún hombre que se parezca a él. Juntos terminamos de construir la casa de mis padres. Juntos andábamos en una camioneta con aparatos de aire acondicionado en la caja, listos para ser limpiados, desarmados bajo el sol. Juntos huímos también de los regaños de nuestra madre cuando nos portábamos mal. Esta es la imagen final como lo recuerdo. Vamos por un llano, el sol nos pega en la espalda y nuestra sombra lame las piedras y arbustos. Atrás viene mamá persiguiéndonos y nosotros vamos risa y risa, huyendo de ella.

Friday, August 04, 2006

Retratos Familiares

Se nos cayó. Se nos cayó de un primer piso. Se nos cayó de espaldas y aún me pregunto qué fue lo que dijo, qué fue lo que pensó al momento del miedo, del saber que iba hacia abajo y que nada detendría su caída y que nadie iba a estar ahí para abrazarlo al chocar contra el piso. Se nos cayó con sus herramientas que volaron de su mano, se convirtieron en pájaros los tornillos, la pinza eléctrica, mordido su caucho, los desarmadores y las llaves alem, la lija cola de rata, el amperímetro, los codos de cobre para tapar compresores. Se nos cayó con sus aires acondicionados abiertos, sus zapatos sucios y ese volkswagen viejo, feo, por donde tirábamos la comida para obligarlo a que nos comprara un almuerzo decente. Fue hacia abajo y aún veo la forma como su cuerpo manoteó en el aire, la forma como intentó enderezarse, andar, andar, caer de pie pero iba para abajo. Era él. El que nos enseñó a manejar, el que conquistaba a las mujeres con kiwis, el que nos pagó la escuela, el que iba por nosotros a las centrales de autobuses, el que nunca se casó. Se nos cayó de un primer piso cuando antes, todos, por poner un aire acondicionado hacíamos la faena de retar a la gravedad desde la parte alta de una escalera que subía hasta cincuenta metros. Allá estábamos todos, él, una mano aferrada a la escalera, la otra con esa herramienta para hacer agujeros y cuyo nombre ya no recuerdo. Se nos cayó de un piso. Su nuca se dobló contra el cemento duro. Extendió los brazos que ya no tuvieron dueño ni ordenanza. Yo me caí también con él cuando me enteré. Me sigo cayendo cuando lo recuerdo con su muerte silenciosa, cerebral. Afuera estaba el mundo, indiferente como siempre. Y con estas palabras, me levanto, me levanto, me levanto, arriba a recoger sus herramientas, las pinzas, las llaves alem, los tornillos, me levanto a recoger todas sus palomas y volverlas a casa donde siempre, ahora, está.

Friday, December 16, 2005

Retratos Familiares V

Nadia
Miro sus ojos. Miro sus ojos que enfocan. Miro su cámara negra. Miro su cabello corto, algo alaciado. La miro sonriente y vestida de negro mientras un motociclista la carga. La miro mientras mira a una mujer envuelta en plásticos negros. Miro sus fotos: sus hombres musculosos, el viejo en una zapatería, sus vírgenes blancas sobre retablos claros. Miro sus manos sobre la cámara. Miro y miro y miro sus ojos claros, la sangre que pulsa en sus venas, su sonrisa fotográfica, su aire de encuadrar siempre el mundo. Miro la miro a Nadia sonriente por calles neoyorquinas o mientras trabaja en un bar de dominicanos. Miro y miro a Nadia Baram mientras camina entre la gente en un evento de la representación de Chihuahua; y miro sus ojos nerviosos como dos destellos de ansiedad que a veces se hacen lumínicos y otras se apagan. Miro su larga mirada donde se reflejan globos solitarios y un Chaplin que camina bajo el agua. Miro me mira nos estamos mirando me mirará más tarde cuando deje de leer estas líneas y salga a abrazarme y enfoquemos en el lente de su cámara ese día que nos conocimos. Miro en sus fotos al hombre ebrio que deambula dentro de un ruedo sin mirar al toro. Miro la tristeza de sus mujeres, la placidez de sus hombres, lo esperpéntico de sus musculosos, la panorámica de una alberca donde todo es geométrico. Miro me mira nos miramos nos estaremos mirando habremos de mirarnos seremos mirados mientras exista ese grato recuerdo de salir a encontrarnos. Miro a Nadia feliz y sonriente con su cámara al lado, con sus fotos todas las que no son, incendiándose por ser en sus ojos. Miro sus manos. Atiendo el secreto calor de su sangre. Miro. Me mira. Nadia toma su cámara. Me enfoca. Me atrapa. Es 14 de diciembre. Nadia me está mirando todos estos años atrás, todos estos años que vienen.
Es una fotografía.

Friday, October 28, 2005

Retratos familiares VI

Elida

Amo de Elida muchas cosas: su cabello que cambia cada dos meses; la mirada tierna que brota de sus ojos pero no sólo de sus ojos sino de la raíz misma de ellos. Amo de Elida su sonrisa fácil, su carcajada certera, la esbeltez de su cuerpo que a veces parece casi de niño y las más de mujer esbelta de cadera precisa. La conocí en una de las aulas frías de la Facultad de Filosofía y Letras y con ella he andado por las calles tibias de Monterrey, en las avenidas inmensas de la ciudad de México y una noche fría en los cañones de la Huasteca. Hubo un tiempo que me hablaba muy seguido sólo para decirme que me quería y hubo otro tiempo en el cual no supe nada de ella. Elida estaba lejos con su vida, con su nueva vida. Un hombre lanzó el recuerdo de ella en las frías aguas del Mediterráneo pero Horacio lo recogió y se casó con ella. Una noche que Elida cumplía años mientras íbamos en la avenida, le dije a Lacho que detuviera el coche y corrí hacia una puerta donde colgaban unos globos. Los arranqué. Cuando volví, le dije a Elida: “tus globos”. Kilómetros más, nos detuvimos en un Gigante y salté a comprarle un minipastel. Eran las dos de la mañana cuando me abrí paso entre el estacionamiento vacío con un pastel diminuto en la mano, coronado con una vela inmensa y al verlo Elida simplemente lloró. Amo de Elida muchas cosas; pero amo más el tiempo que me permite disfrutarla, un tiempo pequeño y luminoso como aquella vela que chispeaba luz en un estacionamiento vacío, pintando de luz la negrura del olvido mientas ella me esperaba en el carro y Lacho buscada una regalo de cumpleaños que, afortunadamente, también encontró.

Thursday, September 08, 2005

Retratos Familiares IV

Tía Martha
Mi tía Martha no aprendió a leer. No, no supo, pero tomaba las revistas y los periódicos con aire de quien se enfrenta a un laberinto. Mi tía no aprendió muchas cosas que se supone debe de tener la vida de la gente en este siglo. No supo de las ventas de verano en Zara ni de las explicaciones sobre las tres dimensiones de la galaxia y mucho menos sobre los números de Avogadro aunque sí sobre la boda del siglo y la muerte de Colosio en Lomas Taurinas. Mi tía escuchaba a veces en la radio los programas donde pasaban canciones de cri-cri, a tres patines y al Kalimán y le gustaba mucho la canción de Métete Teté, que te metas Teté, métete Tete no te lo repetiré. Grande como ella sola, a veces se llevaba la comida frente a la tele y ahí veía el programa de Hasta en las mejores familias y después Laura en América mientras comía picadillo, chiles rellenos o frijoles con tortillas quemadas en las orillas. Le gustaba la lucha libre y defendió hasta el cansancio el rostro bello de la luchadora Martha Villalobos, conocida como La Monster y en realidad se indignaba en las batallas épica de Cien Caras y Universo 200o contra el Perro Aguayo y Kónan. Pero mi tía Martha no aprendió a leer. No supo de "muchos años después frente al pelotón de fusilamiento" ni de "vine a Comala a conocer a mi padre, un tal Pedro Páramo". Ella sabía de Tres patines, de Kalimán y El ojo de vidrio, ella supo del rostro bello de Martha Villalobos donde todos mirábamos sólo una mujer ruda que frente a las cámaras de televisión sacaba la lengua y hacía con la mano una seña obscena. Un día voy a aprender a leer, me dijo, y se ponía con una libreta a escribir letras. Pero luego le ganaba lo inmediato a mi tía Martha y dejaba todo por cri-cris, luchas y cuidar a mi abuela y se iba dejando letras y todo, igual que ese novio abandonado en el altar hace mucho mucho tiempo, con invitaciones repartidas por toda el orbe, con letras de unión que ella se aprendió de memoria pero que nunca supo leer directamente del papel.