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Thursday, April 05, 2007

La caridad de las hermanas

Yo, a dieta.
Pero mis hermanas me rodean. Se sienta una de un lado, la otra se queda en la puerta del cuarto.
-Andale, compranos nieve.
-Andale, o yogurt de nieve, esa no engorda.
Y yo me niego rotundamente. Voy tan bien, que no quiero salir de mi inercia.
-O de perdido compranos bollos de galletas marías.
Rebobino.
¿Bollos de galletas marías?
-Sí -dice una-, muelen la galleta maría, la revuelven con leche descremada y lechera, le ponen gotas de limón y las ponen a congelar... nombre, saben con ganas.
Yo: salivo.
Bollos de galletas marías. Al final, sólo del coraje, no les compro nada. Pero he de decir: bollos con leche maría... ¡deliciosos!

Monday, January 22, 2007

El cuento está en las quesadillas.

Todo el domingo el señor Genaro estuvo en casa de O arreglando los desperfectos del sanitario. Las gatas sólo miraban entre indiferentes y curiosas al hombre o bien se echaban en el sillón a limpiarse el pelo. Además, O tenía dolor de cabeza. Yo me dediqué a embrutecerme tres horas en la computadora, en un juego de estrategia de cuyo nombre no quiero acordarme. Después me dormí. Caí en un sueño pesado, caluroso. La música de la vecina, canciones gruperas viejas, casi nostálgicas, me borraron todos los sueños y me dejaron sólo un sonsonete vacío de que aún no me recupero. Al despertar, pensé que ese domingo no tenía, a esas alturas, nada de espectacular.
Pero me desperté. Pensé que también ese podía ser un buen cuento, si tan sólo le alcanzara la belleza al momento. Y me detuve en el pasillo, con la mirada de Mía, una de las gatas, fija en mi lentitud, en mi sueño, en mi búsqueda de la belleza en ese pasillo de paredes verdes y con la puerta del sanitario abierta. Entraba poco aire. Olía a cemento. De la sala escuchaba el tecleo de O en su computadora. La casa: un desastre. (más tarde, a eso de las seis y cuarto, nos embarcaríamos a la compra de espejos, cojines, tapetes y cosas pero aún no era la hora). Caminé a la sala y pensé: qué calor hace, mañana es lunes, hay tutoría, tengo que ver a Emiliano. No pensé nada más mientras, aburrido, me sentaba junto a O y la miraba jugar al mismo juego de estrategia de cuyo nombre no quiero acordarme. ¿Y dónde está la belleza? ¿Dónde está el cuento?
Veía jugar a O y no encontraba nada. Después me levanté, fui al baño, salí y me puse en la cocina. El día anterior, en una cenita breve, O y yo habíamos comprado cosas para una buena velada y entre ellas, un queso con chipotle. Y me acordé que una vez, en una fiesta, para calmar un pleito, me puse a cocinar quesadillas para mis invitados quienes comían y se miraba a matar, después volvían a comer y después se miraban a matar. Tal vez la belleza esté en las quesadillas, pensé, el cuento esté en las quesadillas. Y me puse a prepararlas mientras O seguía jugando y entraba el sol por la ventana y las gatas se lamían la pelambre. Y después me comí la primer quesadilla. Y me sentí contento. Sï. Ahí estaba, inimaginablemente, el momento bello del día.

Monday, January 15, 2007

Dedos enchilados.

De regreso de Monterrey la vida vuelve a encauzarse: voy a la Fundación, intento escribir, como con los muchachos, O y yo vamos al cine o tenemos la enésima charla sobre si ir o no ir un fin de semana a un antro. Y, también, cocino. En vistas del futuro poco alentador que tenemos, un futuro en términos económicos, claro, decidimos ya no comer fuera. De ahora en adelante nos vamos a preparar lonche. Así que ayer anduvimos todo el día de compras en el mercado o el super mercado. Compramos empanadas de pollo rellenas de jamón y queso, unos filetes de mojarra, algo de mole verde, de pipian, espaguetis, salsas ragú, hongos.
Es increíble cómo el proceso de cocina empieza desde la selección de las verduras, cómo la imaginación culinaria parte desde el momento que ves un tomate rojo, abundante y sano en medio de la bola de verduras. Así que nos fuimos a casa a cocinar. Ya teníamos mucho con ganas de hacer chiles rellenos. Ok. Nunca había hecho chiles rellenos, acaso había ayudado pero hasta ahí. Así que, como todo cocinero inexperto que se preste de inexperto, sólo nos quedaba una opción: hacer como que sabíamos y a darle, claro, previa llamada a nuestras madres respectivas.
Primero pusimos los chiles poblanos sobre la lumbre para despellejarlos mientras hacíamos el relleno con carne picada, salsa ragú, sal, pimienta, ajo y orégano. Después sacamos los chiles y los metimos en una bolsa para que sudaran mientras batíamos la clara de huevo. El procedimiento nos llevó algo de tiempo pero al final, una vez que le quitamos las semillas a los chiles y los rellenamos con la guarnición y los pasamos en harina para después depositarlos en la clara de huevo, tuvimos nuestro primer chile poblano en el plato.
¡Qué bárbaridad! Los desgraciados picaban como ninguno. Pero qué ricos quedaron. La verdad es que verlos bien dorados junto al arroz y con tortillas medio endurecidas por el calor resultó una grata experiencia. El sabor estuvo en su punto. Todavía traigo los dedos enchilados. Cosa que toco, la enchilo. Suda mi botella de agua del apuro. Sufre el teclado mientras lo utilizo para escribir este post. Y claro, sufre mi toper en el refrigerador donde guardos dos de esas bombas deliciosas, adictivas y altamente peligrosas.

Tuesday, November 21, 2006

Sólo la gente feliz cocina

Hace tiempo escribí esa línea en un cuento que aún halla su factura. Y resultó ser la mejor frase del cuento, tal vez por ello esa historia no funciona. Y a mí me gusta cocinar pero hasta hace tiempo no sabía bien para qué cocinar. Me preparaba los sandwiches más fast del mundo. Pero ahora, con O, me ha dado por esmerarme a la hora que decido cocinar.
El domingo le dije: Qué quieres, chiles rellenos o discada. Se quedó pensando unos minutos y dijo: ¡discada! Además, tiene razón, aquí en el d.f. es muy difícil encontrar un lugar donde vendan discada. Fuimos al Wal-Mart y compramos todo lo necesario. De regreso a su casa venía pensando en que yo nunca he preparado discada. Sí, sé el procedimiento y los ingredientes pero nunca me había puesto a, en realidad, cocinarla. Pero no me amilané. Sólo la gente feliz cocina, pensé entonces en ese fragmento del cuento que antes se llamaba "Serpientes" y ahora se llama "Villaldama". Es una historia breve, un hombre sale de la ciudad porque se pelea con su mujer y el camino lo lleva a Villaldama donde conoce a un cazador de serpientes. Esa es la historia.
O me dijo que ya me pusiera a preparar la comida y le hice caso. Corté primero el tocino, la carne de res, la arrachera y las salchichas para asar, después corté los pimientos, la cebolla y el tomate mientras ponía a cocer papas y zanahorias. En el comal, en tanto, puse a freir unos tomates para la salsa. Ya con todos los ingredientes listos pasé los tomates a la licuadora, le puse un poco de agua y después metí un diente de ajo que ya había tostado en el comal. Le puse un poco de cebolla y la molí. Después puse la salsa a hervir.
Mientras, en un sartén, -la discada necesita de un disco, de ahí su nombre y yo no tenía más que dos sartenes y una olla- puse a freir el chorizo y después agregué el tocino, la salchicha y las carnes. Se sofrieron un poco y las aderezé con pimienta, unas gotas de limón y más cebolla en polvo. Mientras, en la olla, puse a freir el resto del chorizo y ya que estaba caliente eché el resto de los ingredientes además de un poco de agua.
Aquello comenzó a hervir y me acordé de un fragmento de un cuento que viene en el libro de Dejaré esta calle, un cocinero que hace una discada pero con carne de zopilote. Nada más me reí cuando puse a sofreír tambien el tomate, los pimientos y la cebolla. Al final coloqué todo en la olla y me puse la salsa de tomate que ya había hervido y, como toque final, un tanto de cerveza, un medio vaso.
O mientras tanto hacía una trabajo pendiente y yo me puse a hacer un guacamole con el resto de la cebolla, el tomate y le puse crema y un poco de leche. La casa olía a hogar y afuera hacía mucho frío. Casi hora y media que empecé a cocinar probé la salsa de la discada y sabía deliciosa. Cuando la serví en los platones el mejor cumplido que recibí fue que O se comió su porción con una sonrisa en la cara y disfrutando la comida. Sobró mucha pero en la noche nos hicimos tortas de discada. El pan estaba un poco frío pero la discada caliente, lo entibió. Y fue un buen día de comida y de no salir de su casa. Aún quedan pendientes los chiles rellenos. Igual y se los prepararé el otro domingo que vienen unos amigos a comer a casa.

Saturday, August 26, 2006

Refrescos

¡Cómo me gustaba, de niño, hurgar en las hieleras en pueblos desconocidos para ver qué tipo de refrescos había! Ése, era el verdadero tesoro del viaje. En esas hieleras se podía encontrar todo un tipo nuevo de sabores embotellados, distintos a los que había en Monterrey. Monterrey siempre ha sido tierra Coca-Cola lamentablemente pero en los pueblos de San Luis Potosí había una gran variedad de colores y frescuras. Me encantaba ver esas botellas de formas extrañas y destaparlas para paladear ese nuevo sabor.
Ayer fui a Querétaro y encontré un refresco nuevo, más bien muy viejo. Era de sabor manzana y no se parecía a nada de los sabores a manzana que he probado en la vida. No puedo decir que era mejor, simplemente era distinto. Lo tomé despacio mientras recordaba cuando me asomaba a las hieleras en mi infancia a descubrir nuevos sabores. Un momento congelado. Un momento no Coca-cola, sino más bien de diversidad.
Me sorprende lo acostumbrado que tenemos el paladar a lo mismo, a lo de siempre. Pleonasmo en la oración y también en la costumbre. Intentaré, en lo sucesivo, encontrar esos viejos sabores embotellados en cápsulas de vidrio extrañas y a ver si hago una colección de lo raro, de los refrescos raros por escasos. Veré si esto sí se vuelve un tesoro siempre en el refrigeador, listo para destaparse cualquier tarde de nostalgia.

Tuesday, July 25, 2006

Pan con mortadela

Durante mi infancia casi no comimos jamón en casa. La crisis, la situación económica no daba para mucho. Fue esa crisis del 82 la que nos arrastró como después lo hizo la del 94. Pertenezco no a la generación X, sino a la generación de los niños en crisis económica. Eso marca más que cualquier indiferencia o uso de la tecnología. Y pensaba que pobre del Chavo del 8, que seguro estaba igual que nosotros porque siempre quería su torta de jamón.
A falta de jamón, entonces, mamá lo compraba sólo en contada ocasiones, al pan le poníamos unas rodajas gruesas de mortadela. Era mucho más barata y en casa, la de la marca Ponderosa, era la reina y señora de las carnes frías en el congelador. Durante mucho tiempo comí mortadela ponderosa y hasta recuerdo el comercial que decían: "A todo lo que hagas ponde, pode ponderosa". Era una cortinilla bastante pegajosa.
Y cuando había para jamón... ese día relegábamos a la siempre tan servicial mortadela. Le hacíamos el feo. Untábamos pan con bastantita mayonesa. Le poníamos aguacate y el tricolor chile, tomate y cebolla y nos dábamos un festín con lonches, emparedados o sandwiches de jamón, como se le quiera llamar. Después, a mitad de semana el jamón había desaparecido. Incluso hoy no dura mucho tiempo en el refrigerador.
No recuerdo cuándo dejamos de comer mortadela y seguro hace años que no aparece en los gabinetes del refrigerador de la casa. Pero ahorita se me antojó mucho un pan con mortadela y un poco de mayonesa. Tal vez es sólo que tengo hambre. Y como aparentemente no hay crisis en el camino, deberé de comprarla por gusto y no por necesidad, que es como siempre sabe mejor.