Monday, September 12, 2005

Cosas que se escuchan por ahi

Ayer mientras me lavaba las manos en los sanitarios de Cinemex Gran Sur escuché a un niño que le preguntaba a su papá: ¿Papá, los Estados Unidos son malos? Miré por el espejo y vi al niño: unos diez años, playera de las águilas; y luego al papá: un hombre chaparro, corte estilo militar, papada dura. A ver qué le responde, pensé.
Pero el padre fue, orinó, se lavó las manos y el niño se quedó siempre a su lado mientras el hombre iba a sacar papel para secarse y luego al bote de basura. Y los seguí, curioso, para ver si el hombre le respondía algo y ya mejor el niño se dedicó a asomarse por el mostrador donde crujientes y doradas palomitas rebotaban unas contra otras y salía espumosa la coca-cola de las máquinas y todo olía a chocolate y mantequilla.
¿Papá, los Estados Unidos son malos? Y el hombre nunca respondió. Tal vez no sabía. Tal vez le daba hueva contestar. Tal vez como era 11 de septiembre más valía no aventurar juicios sumarios o endechas por una nación todavía dolida. O simplemente le dio hueva. Como dice Carl Sagan. A veces nosotros, los adultos, somos los que les enseñamos a los niños a ser ignorantes y no preguntarse cosas. Les enseñamos el No y el qué hueva mexicanizando lo que dijo el físico. ¿Son malos los Estados Unidos?

Thursday, September 08, 2005

Retratos Familiares IV

Tía Martha
Mi tía Martha no aprendió a leer. No, no supo, pero tomaba las revistas y los periódicos con aire de quien se enfrenta a un laberinto. Mi tía no aprendió muchas cosas que se supone debe de tener la vida de la gente en este siglo. No supo de las ventas de verano en Zara ni de las explicaciones sobre las tres dimensiones de la galaxia y mucho menos sobre los números de Avogadro aunque sí sobre la boda del siglo y la muerte de Colosio en Lomas Taurinas. Mi tía escuchaba a veces en la radio los programas donde pasaban canciones de cri-cri, a tres patines y al Kalimán y le gustaba mucho la canción de Métete Teté, que te metas Teté, métete Tete no te lo repetiré. Grande como ella sola, a veces se llevaba la comida frente a la tele y ahí veía el programa de Hasta en las mejores familias y después Laura en América mientras comía picadillo, chiles rellenos o frijoles con tortillas quemadas en las orillas. Le gustaba la lucha libre y defendió hasta el cansancio el rostro bello de la luchadora Martha Villalobos, conocida como La Monster y en realidad se indignaba en las batallas épica de Cien Caras y Universo 200o contra el Perro Aguayo y Kónan. Pero mi tía Martha no aprendió a leer. No supo de "muchos años después frente al pelotón de fusilamiento" ni de "vine a Comala a conocer a mi padre, un tal Pedro Páramo". Ella sabía de Tres patines, de Kalimán y El ojo de vidrio, ella supo del rostro bello de Martha Villalobos donde todos mirábamos sólo una mujer ruda que frente a las cámaras de televisión sacaba la lengua y hacía con la mano una seña obscena. Un día voy a aprender a leer, me dijo, y se ponía con una libreta a escribir letras. Pero luego le ganaba lo inmediato a mi tía Martha y dejaba todo por cri-cris, luchas y cuidar a mi abuela y se iba dejando letras y todo, igual que ese novio abandonado en el altar hace mucho mucho tiempo, con invitaciones repartidas por toda el orbe, con letras de unión que ella se aprendió de memoria pero que nunca supo leer directamente del papel.

Tuesday, September 06, 2005

INEA recargada

Pasó el sábado. Fui a dar mis clases y me encontré a mis dos alumnas preferidas esperandome en el salón de clases. Van a tomar textos literarios III por primera vez y eso me llena de emoción.
Salvo uno o dos escollos, Rosario y María del Carmen han pasado los exámenes de la SEP. Pronto dejarán de ser mis estudiantes y las veré en otras clases mientras paso a mi salón a dar cualquier literarios o redacción.
Hablamos de lo que esperamos del curso, de las tareas, los ejercicios, de que si no leen simplemente no pasan y ellas asintieron. Ahora viene un largo bimestre donde veremos desde los huehuetlatolli hasta Cesar Vallejo sin olvidar a Manuel Acuña, Bernal Díaz del Castillo, Fray Miguel de Guevara y mi voz que madura y mi voz quemadura y mi bosque madura de Villaurrutia.
Dos meses otra vez para aprender con ellas. Esa es la única manera.

Wednesday, August 31, 2005

El último y se acabó

Hoy entrego mi último reporte del FONCA. El año se acabó entre prisas, fiestas y viajes a Matamoros. Fue un año provechoso y terminé el libro que propuse. Fueron diez cuentos de 107 cuartillas en total y ayer, mientras entraba al edificio pensé que ese libro podrá llamarse "Dejaré esta calle". Me parece un título tentativo pero cercano al espíritu de los cuentos que ocurren en las calles de la colonia Moderna en Monterrey.
Ahí está finalmente el libro. Y está finalmente terminada la beca del FONCA. Desde esa mañana en casa de Rodrigo mientras intentaba no sentir los efectos de la cruda después de los shots de muppets con los que festejábamos a Isabel hasta ahora me parece un largo camino y en realidad, sólo me recuerdo sentado frente a mi laptop y escribiendo y corrigiendo esos diez cuentos.
Pero ya se acabó esa beca. Desde el primer encuentro en Morelia donde pasamos Julieta, Daniel, Carlos, Liliana y Ernesto al frente a explicarle al resto de los becarios de qué trataban nuestros proyectos a el día de hoy han pasado muchas cosas. Recuerdos al vuelo son Carlos sentado en el respaldo de su asiento de autobús mientras pregunta con burla cuándo vamos a ver el lago de Cuitzeo y una cena en Veracruz donde, en La Parroquia, pedí una naranjada mineral y me trajeron una naranjada y aparte, un agua mineral. Liliana, Daniel y Ernesto se me quedaron viendo con cara de ¿qué pasó aquí? y por más que le insistía al mesero que yo quería una naranjada mineral no lo sacaba de su idea de que se sirve junta y no separada.
Fue una beca accidentada también y ahora en Morelia, ya con la antología de becarios bajo el brazo, creo que faltaremos algunos en la mesa de lectura. Pero se acabó y tengo un libro nuevo bajo el brazo. ¿Cuál será la historia que tenga ese libro? No lo sé. Por lo pronto hoy entrego mi último reporte y "Dejaré esta calle" me gusta, me gusta como suena.

Tuesday, August 30, 2005

¿Qué dejarías?

Hoy, en pulcra oficina, me preguntaron qué dejaría por ser escritor? Me quedé pensando y contesté rápidamente: dejé una carrera de comunicación por una letras, después un negocio de ropa deportiva por trabajar en cultura, más tarde, dejé mi ciudad, mis amigos y relación para venirme al d.f. por el Centro Mexicano de Escritores y el año pasado dejé remunerable trabajo en Santander Serfin por un lugar donde soy de los más bajos del escalafón laboral a cambio de tener tiempo para leer y escribir.
¿Dejaría otra vez las cosas por esto de la escritura? Sí.
A fin de cuentas, creo, lo que importan son las decisiones y el mantenerse apegado a ellas. El que mis decisiones se hayan ido hacia la escritura es mera anécdota. Pude irme al automovilismo como tantos que practican a bordo de sus autos con la finalidad de dominar la máquina y las curvas. Pude irme a la ingeniería civil como mi hermano o bien, a conocer el mundo.
¿Qué tantas cosas estamos, en realidad, dispuestos a dejar no por nuestros sueños, sino por nuestro ideal de vida?
Dejaría otra vez las cosas por esto de la escritura? Sí.

Monday, August 29, 2005

Piso 42

Algo tenía que hacer el jueves y me encontré deambulando por la Alameda del Centro Histórico. Una mujer leía el tarot bajo una manta roja mientras pasaban a su lado hombres y mujeres con aire indiferente. En una banca un hombre como de cuarenta besaba con hambre a una chica de dieciseís y cuando pasé escuché le gemido débil que se iba amontonando alrededor de ellos. Cuando llegué a Bellas Artes no había nadie y una inusitada tranquilidad andaba a sus anchas por pisos y salas. Quise subir a ver la exposición de Juan García Ponce pero no me dejaron. En la cafetería sólo había ocupadas dos mesas y el sol entraba sesgado e iluminaba sólo las mesas próximas a las ventanas. Brillaba la máquina del café bajo esa luz como un tesoro perdido.
Salí de Bellas y como nunca me senté en los escalones. Miré mi celular con la pila baja y luego simplemente me quedé mirando a la gente que cruzaba la explanada de Bellas Artes, algunas protegiéndose con una mano del sol que les pegaba en la cara y otras se detenían a ver las esculturas de Soriano expuestas a un lado de las jardineras. Enfrente se erguía la torre latinoamericana y recordé las veces y veces que he querido subir al mirador y ver la ciudad; siempre buscando el pretexto especial, el momento. Me puse en pie y subí a la Torre. Me tronaron los oídos y cuando salí observé asombrado la ciudad. Magras nubes de polvo y esmog avanzaban hacia el poniente y ocultaban los edificios a la altura de Periférico. El sol lograba atravesar la polución y hacía brillar ventanales y el cauce de coches.
Hacia el aeropuerto noté cómo la ciudad terminaba después de la terminal aérea y sólo se extendía una desolación café y polvorienta. Hacia el norte encontré los edificios de tlatelolco y un Cristo sobre una Montaña protegido por el Cerro del Chiquihuite. ¿Qué tanta gente andaba allá abajo con sus vidas, sus prisas y sus ansias? Me quedé un rato viendo el centro históricos con sus techos rojos y los estacionamientos de varias plantas. La sombra alargada de la torre latinoamericana caía sobre 15 de mayo y Madero y al fondo, pequeño, pude ver el zócalo como un bloque de dados y la bandera hondear suelta en la tarde defeña.
Cuando bajé tenía antojo de una banana split. Salí a buscarla con las pocas monedas en la mano y no la encontré. Sí entré al centro cultural España y cuando regresé al metro hidalgo seguía sin saber a dónde tenía que ir ese Jueves. Entró una llamada al celular pero no supe de quién era.
Al día siguiente me encontré a Nadia en el messanger. Ella terminó por recordarme a dónde iba a ir ese jueves por la noche, a la exposición de fotografías de Pedro Meyer. Como faltó tu boleto no me saqué uina foto gratis, me dijo divertida. Claro, mi boleto pudo cambiar todas las posibilidades del sorteo. Y no me había comido la banana split. Anduve y anduve pero no encontré un sitio dónde comprarla.

Monday, August 22, 2005

Cuernavaca

Tengo una amiga que vive en Cuernavaca. Antes vivía en una casa donde crecían tomatillos silvestres y ahora junto una cañada donde se dice, erraba Malcom Lowry, medio ebrio, medio feliz, siguiendo a consules de los que sólo él sabía. Cuando voy a Cuernavaca siempre es porque voy a visitar a mi amiga. Eso implica un punto bueno y otro malo. Cuando viajas accedes sólo a los lugares que te muestran tus conocidos. Así, gracias a ella, conozco un restaurante italiano junto a una iglesia que también sirve de estacionamiento, otro de comida vegetariana y el Damario, una trattoria muy cercana a la escultura de un Zapata que, con machete en manos como buen atenquense, sale en congelada estampida hacia la nada.
Pero de Cuernavaca no conozco más que eso y un oxxo a donde pasaron por mi una tarde para ir a dar una charla a la universidad de Morelos sobre Roberto Artl, un escritor argentino. Sin embargo, ya conocía la ciudad, en parte, gracias a Bajo el volcán. Y cada que voy juego a tratar de reconocer en esas calles al ebrio consul que va de un lado a otro con su mujer al lado, viendo las ruedas de la fortuna iluminadas en la noche o bien las puertas de las cantinas donde dice Lowry, no recuerdo textualmente donde y cómo dice, que sólo ahí se encuentra la felicidad.
Por eso ayer en el Damario mientras platicábamos de sociedades morelenses y más brindé calladamente por Malcom Lowry. Eso algo que cualquier fan de la novela del inglés debe de hacer cuando va a Cuernavaca. Y si está muy cerca del Casino de la Selva mucho mejor.
Esos son los pequeños homenajes dispersos y ocultos que provocan también los libros. Un fetichismo sabrosón.

Wednesday, August 17, 2005

Declaracion II

Hoy amanecí odiando a los microbuseros. Pobrecitos. Tienen tantos defectos. Y luego vi en el periódico que Jolette piensa que aún no es la estrella que México espera y que Luis Mi y Aracely Arámbula salieron a pasear en yate.
Hay días que ver la estupidez del mundo se vuelve una decepción porque es inegable pensar que entre todos ellos está uno.
Al menos ahora se ha puesto de moda ayudar a la gente a partir de revanchas. ¿Verdad Adal? Yo no sé cómo es que hay gente que lo admira si sale con cada tontería que ganas dan de decir: él no es de Monterrey, en serio. Tan sólo ayer, en un acto de supremo gandallismo retó a Jorge Vergara a una apuesta. Si el conductor ganaba les prestaba su avión para irse a Puerto Vallarta. Como perdieron, el empresario chiva les dijo que deberían de hacer un show para recaudar fondos para una casa de asistencia social que él maneja.
¡Muy bien Adal!
Y aún no hablo de los aburridos y desgastantes dimes y diretes entre Hugo Sánchez y Lavolpe o bien, entre los escritores de Monterrey contra un tal Pink Frankenstein que, tristemente, poco a poco se vuelve tan aburrido como lo que condena.

Monday, August 15, 2005

Declaración

Compro mi despensa en la Comer
A veces los domingos como tacos de barbacoa
y un consomé.
Con carnita, le digo a la
que vende.
Leo a Dimitrovic, Ayesta y Bolaño
cuando puedo, cuando no
nada mealegra que leer en el diario
Record sobre un triunfo del Monterrey.
No intento ser poeta.
No lo intento.
pero me parece bonito no escribir en
prosa aunque en verso no se me de.
Mis hermanos son Jorge y Saúl
Mis hermanas Ruth y Elda.
Mis padre se conocieron en una fábrica
allá por un año viejo y pronto cumplirán
treinta años de casados.
treinta años de misma cama
de mismos hijos que huían al chicote o
se ponían a pelear como si fueran felinos
arrastrando las piernas con las rodilleras
raídas.
Treinta años. Caray. Un fin de tiempo.
A veces compro mi despensa en la Comer
pero, cuando ando de ánimo distinto, me
voy al Auchan, al Aurrerá o a Wall-Mart.
y leo a Rubem Fonseca que nada sabe
de los treinta años de mi padre
ni de mi sed del domingo o
mi sueño de las cinco de la tarde
o este gusto de escribir en verso aunque
no importe. Aunque en prosa sea igual.

Wednesday, August 10, 2005

Brenda se fue

Ayer a las nueve de la noche Brenda se fue con su pequeña maleta y los óleos bajo el brazo a pasar un año en Francia. Ayer, conforme se acercaba la hora salí de la casa y subí al piso 10 de mi edificio a ver la ciudad. La noche sabía a viaje y combustible. En el cielo sólo podía oír aviones. Conocí a Brenda en Santander Serfin y cuando ayer en la madrugada me dejaba en la puerta de la casa recordé su fiesta de bienvenida a la soltería y su cuadro de Respirar la vida que tengo en mi cuarto, un cuadro de un caballo naranja con crines del mismo color y ojos brillantes y nerviosos. Pero luego ella se encargó de decirme: y la lucha libre, y bailar en aquel cabaret de mala muerte y bueno, tantas cosas que se comparten cuando hay cariño y admiración. Y todo eso pensé siendo las nueve con cinco minutos y avistando rumbo al aeropuerto las luces parpadeantes de los aviones que descendían o ascendían en la noche defeña. ¿Porqué esta sensación de abandono? Todavía hablé con ella en la tarde y pensé en su estudio donde todo olía a pintura y sus cuadros reposaban mansos en las paredes. En la madrugada, cuando se fue me dijo: usted a escribir y cuando venga quiero otro libro. Lo tendrás, Brenda, en las manos, cuando vuelvas.

Monday, August 08, 2005

Mis visitantes

Desde que vivo en el D.F. las visitas son un momento donde todo confluye a la felicidad. Al principio, con la ausencia de amigos y más, cualquier conato de hospedaje era recibido con una inusitada alegría. La primer persona que llegó a visitarme (venía de sudamérica y se quedó un noche en mi casa), fue Samantha. Llegó con un cargamento de vino tinto y tazas para tomar mate. Salimos en la noche a recorrer la ciudad y un taxista nos contó de temblores, castillos y nos abandonó en la Roma, en los bisquets de Obregón donde ya no pudimos cenar y hubo entonces que caminar hasta un puesto de quesadillas cerca de la Arena México. Samantha se fue a la mañana siguiente y yo regresé caminando del aeropuerto a la casa sorprendido de una mañana donde había descubierto algo: me encanta recibir la visita de amigos.
Luego, pasó más de año y medio para que me volvieran a visitar. Me cambié de Aragón a Plateros, de Plateros al 301 de Vistas del Maurel y finalmente en el 503 del mismo edificio la gota abierta por Samantha terminó por volver a abrirse. Al 503 llegó primero Elida un octubre del 2003. Se quedó una semana. Vimos películas, hice mojitos, fuimos al cine y una que otra fiesta. Nos íbamos juntos a la oficina y desde ahí ella se iba a deambular por la ciudad. Regresaba a la hora de la comida y luego pasaba por mi en la tarde para regresar a la casa. Cuando se fue regresé en taxi del aeropuerto con una sensación de abandono pero muy contento de que hubiera llegado.
Mi siguiente visita fue mi hermano Jorge. Yo quería mostrarle lo óptimo que es vivir en el D.F. Lo llevé al World Trade Center, a la Condesa, por Insurgentes, a San Angel donde jugamos billar y fuimos a comer excelentes quesadillas, tacos de carnitas y el domingo, el día que se regresaba, me animé a llevarlo a la Catedral y al Zócalo. No lo hubiera hecho. Ya desde que lo despedí en el aeropuerto me dije, este es un traidorsote. Y sí. Llegó a Monterrey hablando de lo sucio que era el zócalo, de lo descuida de las ruinas y la cantidad de pordioseros (claro, imagino que tuvo que sorprenderlo el hombre que nos pidió dinero en la puerta de la catedral y que nos dijo que era hondureño y bla bla bla).
La siguiente visita fue de Minerva con un novio. Fue una noche excelente. Ella hizo crepas y nosotros clericot con un vino de 17 pesos. hablamos y hablamos, nos reimos, intentamos jugar baraja y cuando se fueron al día siguiente mi casa estaba cálida como nunca.
Las siguientes visitas fueron Minerva y Gaby. ¿Cómo explicar que sobreviví a cuatro noches de desvelos y fiesta? Tan sólo un viernes empezamos una fiesta a las dos de la tarde y que terminó a las cuatro de la mañana. En pésimas condiciones, desvelados, crudos, terminamos haciendo fila en el Museo de la ciudad de México para que Gaby viera una colección de brujería europea. Cuando las dejé en la central fantasma del D.F. por Garibaldi regresé a dormir y lo hice desde las tres de la tarde hasta el día siguiente.
Después regresó Elida con Horacio y Vero. Llegaron un sábado en la madrugada y se fueron el domingo en la tarde. Vinieron solo a mi cumpleaños en las trajineras. Qué buena tarde. Criseida, Ana, Rodrigo, Efraín, Aude y varios más nos lanzamos a Xochimilco que nunca queda mal. Gran fiesta que terminó a las dos de la mañana o tres, no lo recuerdo, comiendo tacos en los Chupacabras a un lado del metro Coyoacán.
Después llegó Miguel y se quedó tres noches. Me habló de sus tesis de doctorado, comimos rico en un restaurante italiano, subimos por la serpiente de piedra de la UNAM y todo estuvo tranquilo.
Luego, este año, vino Ana. ¿Qué puedo decir de su estancia de tres días? La pasamos bien.
Después cayó my friend. Qué divertido estuvo eso. Corrimos a ver cómo perdía el Monterrey en el estadio Azul, luego le prohibieron la entrada en un antro, nos fuimos a Garibaldi y a comprar películas. En unas chispas vimos a una vestida jugando al Street Fighter. Y ahora, finalmente, este fin de semana llegó una buena conocida que ahora es más amiga. Desde que la vi alerta afuera de la librería de Porrúa en TAPO me dije que la íbamos a pasar bien. Hablamos de los temas que nos interesan, nos reímos mucho, nos leímos textos (tendríamos que escribir los dos). Vimos una película de miedo (yo que les saco la vuelta terminé hasta tapándome los ojos para no ver el terror) y comimos comida china, pedimos informes de un financiamiento automotriz. Luego el domingo caminamos, la acompañé a la Basílica donde comí un pan delicioso y finalmente ayer terminamos viendo Will&Grace. Hoy se va y mientras escribo esto imagino revisa que no se le olvide nada en la maleta. Y cuando llegue a casa sólo estara, como siempre, esa sensación de que otra vez una vida ha disfrutado de la tranquilidad de mi casa.

Wednesday, August 03, 2005

World in my eyes


Me llegó de la nada una nostalgia por la carretera. A veces es necesario simplemente tomar una mochila e irse por ahi a visitar centrales de autobúses. Cuando viajo me gusta ir con calma, preguntar por los mercados, ver las artesanías y tomar las cervezas locales. El viaje es como el momento más plácido donde se puede ser. En la oficina, la escuela e incluso con los amigos no pasas de ser una imagen o algo con límites predestinados. Me gusta viajar porque es como el momento donde la sorpresa actua a cada instante y el mundo se nos presenta nuevo y la mirada cansada de ver las mismas cosas se torna rápida y ágil para sorprenderse. Me gusta ver las carreteras y los cerros que no pisaré y los arbustos que se pegan como borlas a las laderas del camino.
Lo curioso es que no suelo tomar fotografías de mis viajes. Desde el primero que hice a los dieciséis años a Venado, S.L.P. mis viajes son ciegos y la única imagen es la que el recuerdo me deja. Cuando estaba en Monterrey me acometían extraños impulsos de viaje y me iba a Dr. González o a Mina sólo por el placer de reconocer el desierto y las casas solas de fachadas planas, ventanas con mosquiteros y puertas delgadas. Me sentaba en las plazas con pocos árboles y parecía que incluso ahí en el centro del lugar con la iglesia y el palacio municipal al lado reinaba una aridez que se metía en los huesos y descarapelaba el color de los kioscos muertos. Nuevo León era entonces un terreno desesperado de cactus, lechuguillas, sierras medianas que se iban persiguiendo desnudas y a veces filosas y del que no salí en dos años más que para ir a Monclova o Coahuila y dos veces a la Barra del Tordo. Así me bebí el desierto y la poca mar.
Cuando me vine a vivir al Distrito Federal fue como emprender un gran viaje con sus escalas correspondientes. El primer año salí a Morelia, Patzcuaro, Toluca, Aguascalientes, Veracruz, Hermosillo, Guaymas y luego de ocho meses sin regresar a casa volví a Monterrey. El siguiente año, en el 2003, salí poco a territorios nuevos: Cuernavaca y Taxco me recibieron con una tranquilidad inusitada. Deambulé en el palacio de Cortés y desde la ventana del cuarto de hotel en Taxco vi, recortada en la neblina de las calles empinadas del pueblo colonial, la figura de una mujer regordeta que llevaba una bolsa en las manos.
En el 2004 no recuerdo mayores viajes que a Monterrey que me parecía ahora un gran destino turístico además de visitar a la familia y mis amigos y a Guadalajara. Fui a carnes asadas en ranchos en San Mateo y a fiestas infantiles. Monterrey me sorprendía ahora con todos sus cambios, sus nuevos puentes, el aire distinto del cine Rally, el recuerdo distinto de las calles del centro histórico y sus nuevas librerías.
Así llego al 2005. En la oficina me dicen que pronto me van a correr si sigo andando de viaje en viaje. Me da el gusto de saber que vi con Ana y Miguel la neblina en la playa de Matamoros y que fuimos a ver la frontera para después llegar a Los Ramones a comer paletas de grosella. Antes había vuelto a Morelia a comprar charandas y pasarla bien en el Conservatorio de Las rosas con los otros becarios. No quiero olvidar que en mayo volví a Veracruz y luego fui a Monterrey y después pasé por Cuernavaca unos días y finalmente estuve todo un fin de semana en Acapulco visitando el puesto de vigía del Fuerte de San Diego y nadando después hacia unas boyas. Regresé a Monterrey después y ahora en el D.F. ya están en puerta Tampico, Guadalajara, Morelia otra vez, Monterrey y Chihuahua para fines de año. Aunque ahora regreso exhausto de tanto viaje. Sólo de Acapulco llegué en calidad de enfermo. Y sin embargo tengo nostalgia del viaje, de ver otra vez las carreteras, de conocer las centrales de autobúses o los aeropuertos donde taxistas se pelean y bandas de maletas giran y giran. Luego leo con nostalgia de gente que anda en Oaxaca, en Zacatecas, León y Campeche y como dice Daniel Sanchez, con ir a tirarse a un pozo de agua y escuchar a Ramón Ayala me puedo dar por servido.
Fotografía prestada por Fabían Cavazos.

Monday, August 01, 2005

Libros negros


Ir con una caja por las calles angostas del centro de Monterrey resulta una faena lastimosa. Por acá salen muchachos de una escuela e invaden las calles; en la esquina hay puestos de vendedores de mangos, piñas y aguas frescas que compiten estacionados con el ir, venir, frenarse y subir y bajar de pasajeros de los camiones urbanos. Además hace sol aunque el cielo ande nublado y la chamarra roja se me cae aunque la lleve anudada en la cintura.

Pero ir con esa caja de libros al hombro resulta la mejor parte del día y me encuentro contento, satisfecho de que llevo ahi mis 100 ejemplares de Todos los días atràs. ¿Qué deseaba escribirles hoy después de dos años de esperar este libro? Deseaba contarles dónde y cómo escribí los cuentos. Deseaba que recordaran cuando voy y les doy lata con mis textos y ponen cara de: Ahi viene Toño. Pero al ver el libro me sorprende una mansedumbre extraña al distinguir en la portada mi nombre en rojo, luego atrás las fotos que tomò Llaguno y leer al vuelo en la contraportada
" En estos cuentos no hay grandes frases, pero están sustentados en la base del momento. Italo Calvino lo llama il guizzo, el relámpago, ese instante en el que el personaje -y por ende al lector- le viene el golpe de la revelaciòn".

Sólo puedo decir que ha sido un largo y corto camino y que al momento de escribir mi primer cuento no sabía que Dios me concendería en la vida conocer personas como ustedes que hacen que Todos los días atrás tenga el verdadero valor. Desde los tallereos de Manuel García hasta las borracheras en El Panteón y las críticas mordaces en el FONCA han venido estos cuentos escritos casi la mitad en mi peor etapa defeña. Pero este libro vale por la felicidad que compartirán conmigo al lverlo, leerlo y detenerse en la portada. Eso es lo que importa. Asi que ya salió.

Ahora saldré otra vez a la calle con la caja y tal vez me detenga a tomar un agua fresca. Y tal vez aborde uno de esos camiones que aturden este caluroso mediodia.

Monday, July 25, 2005

Mis muchachas

Tengo buenos amigos y amigas. Mis amigos son, como los de todos, con sus risas, sus borracheras, sus abrazos, los saludes en una barra o en una fiesta en casa. Mis amigos algunos están ya casados y con hijos que no pasan de los cuatro años y a quienes me presentan como el tío Toño. Otros siguen solteros y con ellos hablo de literatura (con los casados también), de cine, política y chismes de ocasión. También tengo buenas amigas. Unas se han casado y tienen hijos que no pasan de los cuatro años, excepto Diana que tiene a Angel de casi once años.
A mis amigas les llamo a veces mis muchachas, no a todas, claro. Mis muchachas son aquellas que han tenido que cambiar de vida, que han tenido que sufrir para cambiar de vida. Mis muchachas se han enfrascado en relaciones no muy sanas pero en un momento han dicho basta, hasta aquí, me tienes hasta la madre y adiós. Mis muchachas se quieren mucho porque saben, a veces, el alto costo de la tranquilidad. Y ahi andan vestidas de fiesta o poniendo las cosas en orden en sus oficinas y a veces me mandan mails para saber como le va a este regio avecindado en el d.f. o me mandan mensajes a mi celular sólo para decirme lo mucho que me quieren.
Yo sé que en poco en ayudado a que ellas se liberen y se vuelvan ellas mismas. Como todo viaje digno de ser contado han tenido que andar solas un trayecto y no negarse a si mismas para luego volver transformadas para ellas mismas. Claro, tinta de divorcios han corrido y lágrimas en cafés y bares también pero sólo así han logrado ser ellas mismas. Como el acero de Damasco que tiene que ser varias veces calentado y enfriado así con ellas.
Este regio se contenta con seguir viéndolas, ahora ocupadas y felices, ahora ocupadas y buscándose continuamente. Y luego les doy la espalda para que hagan y desagan a su antojo en sus vidas y cuando las vuelva a ver me cuenten ese montón de cosas nuevas. Mis muchachas. Ellas saben quienes son.

Thursday, July 21, 2005

Emily


No conocía un estado de alarma como en el que cayó Monterrey estos días. Desde el martes en la noche me decían amigos y amigas que se respiraba cierta tensión en el aire. Luego vi telediario por internet y las cortinillas del noticiero eran más que alarmantes. Le conté a un amigo del hecho y me dijo: estos regios alarmistas. Hacen tanto escándalo porque tienen lana hasta para comprar el foquito rojo. Me dio risa pero también le di la razón. Luego hablé a casa a ver cómo iba el asunto y mi madre me dijo que no pasaba nada. Un amigo me dijo que eran puras jaladas, que era más el miedo que el gobierno infundía que otra cosa. Como sea en las noticias vi a tres sujetos que saludaban a la cámara de televisión mientras veía como subía el cauce del río del Obispo. Bien ajenos ellos al terror. El gobierno instaló albergues y el ejército patrulló las colonias propensas a inundaciones. Como ciudad de primer mundo se desmontaron semáforos y panorámicos. Me cuentan que incluso se cancelaron todos los eventos del miércoles en la tarde, entre ellos cierta junta para ver las cosas del FORUM de las Culturas. Hubo una parálisis general. Las fábricas dieron el día libre a empleados y obreros y se respiró un aire de festividad mientras el huracán Emily azotaba las calles desiertas.
Incluso el gobierno mandó mensajes a los celulares para sugerir que no se saliera de la casas. La gente ya estaba preparada en casa después de las compras de pánico. En los blogs de los regios incluso la sensación de que se les venía el huracán era notoria. Emily se convirtió en el mejor personaje de ficción al fin de cuentas y aunque hubo saldo blanco no fue por completo ya que el puente Guadalupe se incendió bajo la lluvia y se desplomó.
Eso sí. Los regios recibieron el fenómeno metereológico con todas sus energias. Qué tan aburrida estara la ciudad que el meteoro los anima, influye, arrincona y es motivo de charla por todas partes. Yo nada más, desde lejos, podía estar expectante. Son esas cosas las que te separan lentamente de la cultura de tu ciudad de origen. ¿Dónde estabas cuando llegó Emily? seguro se preguntarán después en fiestas y reuniones de trabajo. Muchos hablaran de los cierres de las plantas, de las universidades cerradas, del cierre de bancos y de las cintas masking en los vidrios, del cierre de avenidas y del Gober hablando a todos los medios de televisión bien protegido con un sobretodo amarillo mientras la lluvia cae cerquitita. Monterrey recibió el huracán como rancho donde no pasa nada.
Yo estaba encerrado en casa escribiendo Lost Acapulco. Luego salí un rato al internet a revisar unas cosas. Llovió un poquito en el D.f. pero nada serio. Estamos en temporada de lluvia así que no nos sorprende. Me pregunté por mis amigos en sus casa comiendo palomitas o viendo la alarma generalizada, en sus hijos viendo la lluvia que caía. Y caray, qué lejos queda Monterrey. Y caray, que lejos queda todo.

Monday, July 18, 2005

Sierra

El carro avanzó en la oscuridad y cuando se detuvo mi tío Roberto le preguntó a un hombre cómo se llegaba a San Miguel de los Altos. El ranchero estaba ahi nada más bajo un techo con varios perros al lado. Se levantó, se acercó a nosotros y nos dijo que había que seguir el camino, subir un cerro, bajar de él y luego el sendero se volvía dos y había qué tomar por la izquierda. Luego dijo que si queríamos nos podía mostrar el camino. Mi tío dijo que sí y el hombre se trepó al galaxy y se sentó adelante. Olía a palma y sudor y el olor impregnó el coche. Yo iba atrás con mi tía Conchis. Por la ventana no se veía más que maizales y el ladrido lejano de unos perros. El camino, en realidad una brecha que se iba irregular entre las cercas de alambre, había empezado desde un entronque con Mazapil y lo habíamos tomado ya de noche, después de detenernos en una gasolinera. Íbamos a San Miguel el Alto al sepelio de Jorge y Rebeca, dos amigos de mis tíos quienes se habían matado en un codo de la carretera. Ese miercoles era el cuarto día desde su muerte y mis tíos lo único que querían era llegar.
El ranchero nos dijo que esos caminos eran muy peligrosos porque todos los rancheros dormían con la escopeta a la mano y pa pronto, apenas escuchan un ruido, lanzaban a los perros y disparaban. A veces volvía el rostro para ver a mi tí que se hacía pequeñita en la noche. Nos dejó en el entronque y cuando bajó oí el ladrar de sus perros. Nos habían seguido todo el camino. A lo lejos vimos una lucecita blanca que parecía empotrada en el cielo. Cuando nos fuimos acercando en caminos que no recuerdo la luz se fue haciendo más y más cercana y cuando llegamos a ella nos descubrimos dentro de un pueblo, frente a una iglesia. Toda la noche ladraron los perros y en la madrugada oí el rumor de cencerros y luego, cuando bajé a orinar sin alejarme del galaxy sentí el aliento tibio de los animales y un aroma acedo de boñigas, piel y babas.
Cuando clareó preguntamos por la casa de los Hernández y nos dieron santo y seña. Llegamos y ellos se pusieron muy contentos. A Jorge y Rebeca los habían enterrado la tarde anterior. En el cuartito donde los velaron había una cruz de cal y veladoras en las esquinas. Luego pasamos a desayunar. Nos hicieron unos huevos revueltos, frijoles, queso, tortillas gruesas y rajas de chile güero.
En un cuarto había sillas de montar y las toqué. Eran hermosas y el Sr. Hernandez me dijo que él se dedicaba a hacer y vender sillas. Nunca he aprendido cómo se llaman las partes que componen una silla de montar pero esas eran hermosas. Abandonamos el pueblo al mediodía. Habíamos hecho un viaje de casi doce horas para estar a lo sumo cuatro en esa casa. Cuando volvimos a tomar la carretera pasamos por la curva donde se mataron Jorge y su hermana. Se habían quedado sin frenos y luego, vimos la sierra de donde bajaba el camino y más allá sólo un horizonte azulado, casi blanco que nunca más verían Jorge y su hermana cuando fueran a visitar a sus papás. Luego, seguimos hasta Fresnillo y de ahí rumbo a Saltillo.

Wednesday, July 13, 2005

Obituario

Hoy tengo ganas de escribir en primera persona y no en una falsa primera persona.
Son casi ocho horas desde que entré al ILCE el día de hoy y el guardia abrió la puerta.

En estas ocho horas he:

  • Visto un capítulo de Cálico Electrónico.
  • Leído algunas notas en el periódico del Universal.com dos veces.
  • Revisado 13 páginas del diccionario Larousse ilustrado de tercer año.
  • Transcrito 48 páginas de ese mismo diccionario.
  • Escribí un post en Instinto Contagioso. En realidad dos.
  • Me comí unas nueve viboritas de gelatina y tres mantecadas Bimbo.

¿Tiempo que pensé en Monterrey?: Uno, ahorita.

¿Tiempo que pensé en la novela?: En suma unos veinte minutos.

Hoy me siento con ganas de irme y es precisamente lo que haré.

Monday, July 04, 2005

Ioio cambia de laboro

Acaba de llegar Heydi y Paulina y aun les veo el rostro con algarabía por la fiesta del viernes. El motivo era harto simple: Ioio cambiaba de laboro. Ioio se llama en realidad Elena y si hay alguien que sea divertida y con una buena vibra es Ioio. Mandó la invitación desde el lunes y aunque en la oficina había cierto aire de tristeza por su partida (Ioio es una mujer que cuando podía traía pepinos, melones o palomitas para compartir con todos, Ioio es una mujer que cuando escucha a los Straijakets o a Lost Acapulco se pone a bailar sentada en su lugar) ninguno dijo que no iría a su fiesta.
Cuando llegué, casi al filo de las doce de la medianoche, pregunté por Heydi de inmediato y la encontré en el segundo piso de la casa atiborrada por desconocidos y compañeros de otras áreas del ILCE. Sonaba algo de ska y rock y vi en la esquina de la casa oscurecida y de donde salían luces multicolores a un dj que, con un audífono en el oído y el otro al aire, movía las manos y sacaba esa música que alebrestaba a todos. Cuando llegas a una fiesta y ves a dos compañeras seriecitas siendo besadas por sendos desconocidos, a Ioio con cerveza en mano cobrando 10 pesos la chela y a gente bailando en las escaleras o en la sala sabes que esa fiesta no te la debías de perder.
Bailamos, cantamos, bebimos. La fila para entrar al baño era kilométrica. Heydi andubo esparciendo su natural locura por todas partes, Omar, el mushasho, como le digo, hacía sus chistes de siempre, Javier andaba con aire de modelo y yo simplemente ejercía el baile, la risa, el saludo. A veces me encontraba con Ioio y le decía cosas para hacerla reir y ella me contestaba con su tradicional: eres un payasillo. Música, desequilibrio, pláticas de todo y nada mientras estas baile y baile fueron esa fiesta de Elena.
¿Te gusta bailar, verdad?, me preguntó Alejandra, la hermana de Elena, quien no dejaba de aplicar el quiebre de cintura, el subir y bajar de hombros, los pies juntillas y las rodillas locas mientras bailaba con ella. Algo, le contesté y me acordé de Rous quien me enseñó, no a bailar, sino a sentir la música. Poco a poco se fue yendo la gente. Cuando el novio de Heydi llegó por ella nada más vi cómo se le iluminó el rostro. Me sigue pareciendo sorprendente que aunque tienen como tres años de vivir juntos el rostro de Heydi se ilumine cuando lo ve. Luego tuvimos que salir de guardianes de unas compañeras que no querían que se pasaran con ellas otros, hicimos grupos, círculo de baile mientras las papas y la cerveza pasaban con rapidez. ¿Es un descaro la fiesta? Así es. ¿Qué fiesta no lo es?
Luego, cuando me fui a dormir, cerca de las cinco de la mañana llegué a casa y tuve un sueño rico. Soñé que en esa fiesta llegaba César Gándara con Abi y la hija de ambos. Soñé que bailaban (había visto a Gándara finalmente ese viernes después de más de dos años sin verlo) y después de ellos aparecía Ana Mercedes con Miguelito y se metían en la fiesta. La vida, creo, debe de ser como una gran danza de corazones henchidos, de manotazos, de pasar al centro del círculo y sin más ponerte a bailar así sea reggee, ska, surfer o salsa. lamentablemente o más bien, afortunadamente también es otras cosas. Ioio cambia de laboro decía la invitación. Hoy ya no vino a trabajar pero todos mis compañeros y yo al vernos tenemos una extraña mueca de complicidad que Ioio nos ha compartido.

Thursday, June 30, 2005

Los talleres de Parra

Subimos Raúl y yo las escaleras de madera de la casa de la cultura de Monterrey. Chirriaban los escalones a nuestro paso y cuando finalmente llegamos al tercer piso y entramos en la sala había un gran mesa de madera, redonda y sillas apostadas alrededor de ella. Un hombre guero y otro con barba, ambos mayores que nosotros, esperaban ahí. Saludamos nerviosamente y nos sentamos. ¿Parra? dijo Raúl al barbón pero él negó: No, aún no llega. Minutos después apareció Eduardo con su calva lúcida, la barba aleonada, el cigarro en la boca y una coca de medio litro en la mano. Dejó sus libros y con una hoja que arrancó de su libreta formó un cenicero cuadradro. Fue amable y nos invitó, como regla de taller, a iniciar con la lectura. Raúl leyó su cuento con el que había ganado el premio de cuento de Escobedo y yo un cuentito de dos cuartillas donde un padre de familia decide darle a un pordiosero el poco de dinero que le queda en lugar de comprar con él algún regalo.
El taller de Parra en la Casa de la Cultura duró, no recuerdo bien las fechas, desde el verano del 96 hasta mediados del 98. Fueron dos años de vernos todos los sábados de 10:00 a.m. a 12.00 p.m. El taller tuvo mucha gente y luego poca. El de la barba escribía bien y se fue. El otro también. Luego llegaron este compañero del carro ZX y Horacio Gómez Junco y Carolina Farías y Víctor Hurtado. Un tiempo iba un hombre cuyo nombre no recuerdo pero que llegaba en muletas y tardaba más de media hora en subir al tercer piso. Raúl dejó de ir pero yo seguí y seguí. Cuando no se podía estar ahí nos íbamos al café benavides de Juárez. No sé en qué momento Parra comenzó a incluirme en su órbita. Sólo sé que a veces me citaba para platicar en el vips de ocampo donde las meseras nos servían un café humoso y sin sabor. Ahí conocí a Ofelia Pérez Sepúlveda y ella recuerda muy bien esos días y se burla de mi.
Una tarde noche saliendo de la sala gabriel figueroa a donde nos mandaron porque no había sitio Parra dijo: Yo pertenezco a un grupo, se llama el Panteón. Y comenzó a decirnos de ese panteón a Carreño, Gómez Junco y a mi donde había más escritores (yo sólo conocía de escritor al Parra y había visto de lejos Ramírez Heredia y a Héctor Alvarado). Cuando salimos me le acerqué al Parra y le dije: Yo un día voy a estar en ese grupo. Parra sonrió con sorpresa y dijo: a ver si es cierto.
Pasaron dos meses, tres más del taller ya muriéndose y una tarde Parra nos prestó unos libros a Carreño y a mi. Fuimos a su departamento en Padre Mier. Cayó una lluvia y de regreso Parra me dejó frente al hospital 33 y me dijo: oye, los muchachos nos vamos a reunir este miércoles y quieren conocerte. ¿Le caes? Yo asentí. Esa noche cuando salí a las tres de la madrugaba y buscaba un taxi iba sorprendido. Había ido no sólo a conocer a los panteoneros sino que en medio de la borrachera Parra había dicho a los demás: ¿entonces qué, aceptamos al toñillo? Toscana se quedó en silencio, Hugo le dio un trago a la cerveza y Rubén fumó. Nunca dijeron que si pero empezaron a presentarse uno a uno, a presentar a los otros y aunque bromeaban con una novatada que nunca llegó siempre me mantuvo alerta. A las dos semanas fue Gardea a Monterrey llevado por Jeannete Clariond y Parra me habló: hay que estar en el Museo a las siete. Cuando el evento se terminó ahí estaban todos los panteoneros y "grupo rival": la Mancuspia. Ahí vi por primera vez a Dulce María González, a Héctor Alvarado, a Patricia y Ana Laurent Kullick.
El taller del Panteón duró desde ese invierno del 98 hasta mediados del 2001. Hugo se fue, Rube también, Parra se fue a vivir al D.F. Ya estaba Felipe Montes con nosotros pero siempre faltaba. Una noche, mientras mirábamos la televisión en el Reforma Toscana dijo: ahorita estaría escribiendo. (Yo le hablaba todos los miércoles en la tarde para ver si nos veríamos). Yo andaba desanimado y le dije: y yo estaría durmiendo y no iría a trabajar al conarte con ojeras y sueño. Si Felipe no llega a las doce de la noche, dijo Toscana, esto se acaba, se acaba el panteón, las reuniones de los miércoles, todo. A mi me dio miedo entonces pero después me di cuenta que sí, él tenía razón. A las doce de la noche Felipe no llegó y nos levantamos. Hicimos un brindis ridículo y nos fuimos. Así terminó El Panteón.
Ahora, en el D.F. apenas llegué fui a buscar a Parra y a Claudia Guillén, su esposa. Me integraron a su taller. Marina Besvapola, Susana Pagano, Joserra y Rodrigo estaban ahí. El taller ya tiene tres años y justo ayer volvimos a empezar después de varios meses de zozobra donde unos se casan, otros nos enamoramos y desenamoramos, otro se salvan de enfermedades terminales y otro de ser jurado de concursos de literatura. Parra seguía hablando del futuro y de los siempre libros que están por venir. Mi libro está ya por salir. Va a ser, según los conteos panteoniles, sin contrar traducciones, reediciones y más, el libro No. 23 del Panteón. 23 libros en menos de 10 años me parece algo fabuloso.
Lo curioso es que hace tiempo Parra y los demás hablaban de la beca del centro de escritores de n.l. como requisito para ser del panteón. Cuando la obtuve el panteón ya casi no existía. Y yo sentía entonces que estaba lejos. También hablaban de sus libros publicados y yo sentía mis libros muy muy lejos. También me decían de los premios (en realidad no ha habido muchos premios en el panteón) y yo los miraba lejos y finalmente, hablaban de la beca del FONCA como un logro inalcanzable. Yo también lo miraba lejos y ahora todo eso ya ha sido hecho o realizado (claro, nadie pensaba que se nos iba a atravesar la beca del centro mexicano de escritores).
Si he de decir algo es que me siento orgulloso de mis amigos panteoniles y también agradecido con ellos. Ahora Parra, Toscana, Hugo y los otros hablan de sus becas del sistema nacional de creadores, de las traducciónes en inglés y portugués de sus libros (todo en diez años) y yo lo veo lejano el camino pero seguro el pulso. espero, como hace diez años, o hace cinco o hace tres o hace dos o uno, poder un día darles alcance.

Tuesday, June 28, 2005

Incidencias

Tal vez en realidad nunca terminamos por aprender o cambiar nuestros viejos vicios. Tal vez, tan sólo, los dominamos un poco más, los analizamos con un poco menos de amedrente pero siguen ahí dándonos miedo. Aciagos nos achuran y achacan. Es como dice la canción o el dicho que una vez que pasas una piedra la vida se encarga de ponerte otra piedra más grande. O tal vez es que esa sentencia la leí en un cuento de un viejo compañero del taller de Parra en Monterrey. Él estaba preocupado por sus libros. Decía que había empezado a escribir casi por accidente y había ganado un concurso del INEGI. Así empezó a escribir. Cuando salíamos de la casa de la cultura de Mty me daba un raid en su coche, un nissan medio deportivo, un ZX, creo. Me dejaba en la puerta de la Fundidora y se seguía hasta Guadalupe. Cuando leyó ese cuento y yo leí esa frase me dije: qué gran historia. Además él leía, medio actuaba su cuento. Siempre he tenido fascinación por gente que actúa con valor y hace las cosas que dice que hará. Siempre he tenido fascinación por gente que, de alguna manera, se desenvuelve a sus anchas con familia, proyectos personales y más. Yo tendría entonces como 21 años y él mi edad actual de 28. Había desición en sus ojos. Una tarde leyó un texto sobre una guacamaya. Muy divertido texto. Después, para un concurso también del INEGI mandó tres textos, o era para pedir la beca del FONECA, no lo recuerdo. Eran tres cuentos cortos cuyo eje central ocurría en un parque de juegos. Las historias se titulaban Subibaja, resbaladero y columpios. Presentaba seres arrebatados por el odio o bien, consumidos por la gandallez de otras personas. Sin embargo, titubeaba cuando quería unir los textos y me dijo: tú sabes de esto Toño, siempre le dan las becas a los mismos (ese es un mal generalizado, leyendo a Eve Gil en la revista El Búho se quejaba de lo mismo pero no en el caso de las "menores" becas de los fondos estatales" sino en las encumbradas becas del Sistema Nacional de Creadores.
Me le quedé viendo a este compañero y le dije: pero no hay de otra más que pedirlas y seguirle. No obtuvo la beca. Al año siguiente volvió a ganar el premio del INEGI pero entonces el taller de Parra ya casi no existía. Yo casi era quien coordinaba las sesiones ante las faltas constantes del pelón. Pienso eso ahorita entonces, este largo prólogo sólo para decir que a veces te vuelves a encontrar con las mismas situaciones de siempre.
Fui a Acapulco a encontrar esos viejos fantasmas de rechazo, fantasmas que pensaba superados. Hubo muchos momentos para caer en la frustración o el desánimo pero me mantuve en el filo mismo de la cordura y la felicidad. Bailé como nunca, comí cosas ricas. En un momento no sabía qué estaba haciendo solo por esas calles tan poco olorosas a humedad. El resultado es que estos días he andado como convaleciente. En la central de autobúses olvidé un libro y regresé por él a los 2o minutos. En el autobús, ese mismo libro se me cayó y batallé para recuperarlo. No contento con ello, cuando llegué al hotel y le dejé el periódico al taxista le dejé dentro del mismo, mi libro. No me di cuenta de ello sino hasta el día siguiente. Ayer, fui a dejar mi ropa con la lavandera. Le dije: hay unas bolsas con ropa mojada, las puse ahí para que no se mojaran. Cuando llegué a la casa encontré las bolsas en mi cama. Y hoy en la mañana, cuando subí al taxi no medí bien la distancia y me di un frentazo.
Así es entonces. Es imposible no salir indeleble de presiones, tristezas y triunfos. Sólo espero que esta roca nueva pase pronto y de hecho, creo, está pasando (No ando en periodo azul Daniel). Vi mi máscara de tecuan con sus colmillos de jabalí, sus cerdas de puerco espín y sus ojos de cristal. Creo que esa máscara es algo bueno, un instrumento bueno para pasar cualquier piedra. Además ya están tirando el libro. En Acapulco recibí la contraportada del libro de cuentos. Il guizzo dice la contra. Eso es fabuloso. Hoy mandé mis datos biográficos. ¿Será en poco menos de un mes que tenga finalmente ese libro en mis manos?

Tuesday, June 21, 2005

Cena en casa

Soy anfitrión por naturaleza. Me gusta recibir gente en casa y las visitas son para mi un disfrute más allá que ser visitante. La primera vez que invité a alguien a comer a la casa fue a una maestro de primaria. Le dije a mamá: invité al maestro a comer a la casa. Mi madre puso el grito en el cielo pero ese día limpió la casa lo mejor que pudo. Yo compré dulces para una visita que al paso de la hora nunca llegó.
No volví a invitar a nadie hasta que cumplí ocho o nueve años, no lo recuerdo. Yo estaba emocionado no en sí por la fiesta, sino por los preparativos de la fiesta. Anduve viendo qué tipo de pastel quería y los dulces de las bolsitas (las dotaciones como dicen en otras partes). Mi ánimo de gerente de fiestas infantiles no tuvo descanso hasta que uno a uno mis amigos se fueron. Simón dijo un Hosana muy divertido pero fuera de lugar mientras mi mamá daba gracias por los alimentos. Todos nos reímos pero yo nada más vi el rostro serio de mi madre después de eso.
Tal vez por eso nunca más tuve una fiesta ni invité a nadie a casa.
Cuando cumplí los 24 años me decidí a hacer un reventón. Volvieron las presiones y en un momento me di cuenta que ser anfitrión es una cosa terrible. Tienes que estar al tanto de que todo esté bien. Yo lavé la azotea, ordené comida mexicana, renté sillas. Todo un show que tuvo su punto culminante cuando mi tío Vidal entró a cantar las mañanitas. Al día siguiente tuve que limpiar todo y recuerdo que me corté con una silla.
Vivir en el d.f. me ha resultado mucho mejor para fiestas y reuniones. Mientras vivía en Aragón, una noche tuve que darle asilo a Samantha quien venía de Argentina y su vuelo se había retardado. Me la llevé a conocer la ciudad de México en la noche y el taxista nos contó historias de sismos y sesentaiochos mientras pasábamos frente al Monumento a la revolución o al Catedral. Luego en casa confiné a Samantha en mi habitación al fondo de la casa y cuando al día siguiente se fue yo estaba contento por haber sorteado con éxito la visita.
En Plateros, sin muebles ni nada, sólo recibí la visita de una conocida que iba a cortarle las uñas a mi gato Ajax. Acomodé dos botes de pintura y los puse de sillones. Fue espantoso. En el piso dejamos las tazas de café (dos que me habían regalado poco tiempo atrás) y comimos galletas mientras Ajax iba de un lado a otro.
En el primer departamento de Vistas del Maurel no recibí a nadie. (aún no conocía a nadie). Y en el segundo sí cayeron como racimo mucha gente: Minerva y novio, después Minerva sola, seguida por Minerva y Gaby. Elida estuvo una semana. Mi hermano fue cuatro días. Luego Elida, Lacho y una amiga cayeron un fin de semana. Janell y Lila fueron una noche. Miguel Román cayó cuatro días y finalmente fue Ana Mercedes. A esa casa fueron a comer una vez Hernan Quijano, Liliana y Alfredo y después ahi fue la fiesta de bienvenida de Brenda.
Ana llegó con sus copias y sus libros del Colegio de México y cuando se fue, al igual que con las demás visitas, la casa ya no era la misma. Eso me gusta de las visitas. Dejan algo de ellas en casa.
Ahora en el departamento 402 de vistas fue Raúl Silva. Estuvo ahí dos días. Llegó con su batahola de compays y mifriends y de llamadas a Monterrey. Ahora Víctor estuvo a punto de caer en la casa pero me encontré con una negativa de Ana. Al final la entiendo. Esa también es su casa. Así que hoy he mirado mis cuentas. He tomado precauciones y oteado en el horizonte. Este muchacho se va. A buscar casa nueva y sólo para mi.

Tuesday, June 14, 2005

Retratos Familiares

Muy pronto la vida se irá. No es una frase alarmista sino real. Tan sólo este sábado mi hermana cumplió sus 15 años. En el púlpito, mientras ella estaba toda vestida de color y alegre, con su ramos con rosas moradas en la mano, le leí el retrato que escribí de ella para mi libro de Retratos Familiares. Al finalizar, durante la cena sus amigos pasaron en una pantalla una pequeña presentación en Power Point con fotos de ella desde el año de edad hasta los quince años.
Sin embargo, no quiero hablar de mi hermana ahora. Yo tengo y tenía una amiga. Mónica Morales. Con ella descubrí el valor de las tardes afuera de su casa y durante mucho tiempo siempre estuve buscándola. Iba a su casa. La buscaba. No bailé con ella en la graduación por una historia ya muy vieja que no contaré ni fui a su graduación. Una noche la dejé triste en la facultad de arquitectura, otra la vi meterse a la playa en la Barra del Tordo. Con Mónica compartí carreteras y arracheras, risas y cantos en la madrugada.
Ir a Monterrey presupone tener poco tiempo para estar con la gente querida y también presupone tener poco tiempo para solucionar imprevistos. Y si a eso le agregamos la soberbia natural pues las cosas se joden. Estos son los dos retratos que hice de mi hermana y de Mónica para mi libro.
Elda

Mi hermana Elda nació siendo corazón. Algo hay en su mirada y en su andar aletargado que es indispensable para mi familia. Ya sea que la manden a la tienda o que mi tía Martha antes o mi tía María ahora, vaya y la busque para que la acompañe a tiendas y salidas, mi hermana Elda es esa parte que mantiene unida a mi familia ya de por si unida. Siempre se está quejando de sus tareas pero también le gana la risa fácil y tiene una disposición natural para ser buena. Yo lamento muchas veces todo lo que me la estoy perdiendo mientras vivo lejos. Lamento no ver sus chinos que causarían envidia y no ver cuando Ruth y ella, después de un pleito, se van muy juntitas al centro a comprar ropa. Una vez fui a dar una charla a la secundaria donde estuve y donde ella está ahora. Elda se encontraba al fondo del auditorio. Casi al finalizar un muchacho alzó la mano y preguntó: ¿Oye, es cierto que tú eres hermano de Elda Ramos Revillas? Todos los huercos y huercas volvieron a mirarme. No pude aguantar una carcajada y respondí: Sí, ella es mi hermana. Al instante empezó un rumor, una ola de voces que decían: ¡Que se pare! ¡Que se pare! ¡Que se pare! Elda se levantó toda radiante y diva avergonzada. Quiero recordarla así cuando se acomoda los cabellos y desde el fondo del auditorio mira nerviosamente a todos lados y un aplauso salido de no se qué motivo va hasta ella para abrazarla. Yo también le aplaudí. Pero yo sí sabía cuál era el motivo. Era mi corazón que se conectaba con el suyo, era mi sangre que viene de la misma sangre de la de ella la que me impulsaba. Mi hermana nació siendo corazón. Y yo quiero con estas palabras arroparla, atento a su diástole y sístole y saber que está allá en Monterrey o a donde la mande el destino, latiendo acompasadamente e irrigando con su sonrisa las venas de paz de mi familia.
Mónica
Pienso en las palabras amistad y corazón. Una a la otra se entrelazan, se untan, se contraen, palpitan en la hoja de papel. Luego pienso en la palabra Mónica y el triunvirato me manda de inmediato a Monterrey, a una colonia de calles apretadas, a la música norteña que me sabe a corteza de árboles, de hojas cayendo sobre el asfalto. Los ojos de Mónica enamoran pero su sonrisa puede ser desafiante como un toro en un ruedo. Valiente, incisiva, Mónica ha salido de todos los caparazones posibles, de todas los cambios de piel inimaginables para convertirse en una mujer segura de sí misma, alegre. No canta en la ducha pero sé que nada les fascinaría más que estar en un escenario y cantar cualquier cosa. Durante un tiempo fue arquitecta, despachadora en un parque de juegos mecánicos y gracias a todos esos trabajos una ardiente decisión sale por sus ojos, por su boca cuando canta. Mónica no es de las que malgastan lo aprendido. No la vislumbro esperando nada sino avanzando. Una temporada vivió en Vancouver y me mandaba fotos de ella en Wistler y yo al verla ahí, feliz, sonriente con sus amigas japonesas maldecía no poder estar con ella como aquella tarde cuando se quemó la casa de su tía. Así es el afecto: se llena de vacíos e incendios, se puebla de recuerdos. Tal vez por ello es que cuando pienso en ella recuerdo las calles de Monterrey, a ambos camino a casa de ella. Mónica avanza con lentitud y la tarde le besa la boca y las mejillas. Yo a su lado trato de encontrarle el paso mientras la calle palpita al ritmo de una guacharaca cumbianchera y sin saber porqué al verla veo muchas Mónicas, una que entra al mar en la Barra del Tordo, otra que espera en salas de aeropuertos y una más que canta en carreteras desconocidas. Ella es entonces, en ese recuerdo muchas Mónicas. Ella es entonces muchas mujeres pero el mismo afecto para mi.

Tuesday, June 07, 2005

Lo que cuesta

El metro avanza con lentitud. Dentro de los vagones se pasea un calor bochornoso, una estampida de sudores y aire caliente se estaciona dentro del carro. Arriba, apenas salgo, un golpe de fresco y el sonido de la calle me recibe. A Pabellón Polanco, le digo al taxista. Llego al cine donde me veré con Laura y sus compañeros de trabajo y mientras subo por las escaleras eléctricas los veo llegar a paso lento, distraído. La película seleccionada es Golpe Duro: una cinta donde Adam Sandler repite los lugares comunes de los personajes que interpreta: un hombre mediocre pero bueno y que al final será redimido por sus acciones logrando una mediocridad hermosa y sana. Un compañero de Laura dice: Falta una hora para la película, entremos al YAK. Vamos en grupo, perseguidos por el calor que aún a pesar del aire acondicionado del Pabellón logra entrar debilmente a los pasillos.
En el YAK nos atrincheramos en una mesa cerca al sitio donde salen los números en las pelotitas. El juego es simple. Tienes que llenar una línea horizontal. Si la ganas gritas: Línea y al instante un eficiente edecan toma tu papeleta, grita el número de esta y confirma el triunfo mediante una pantalla electrónica. Después de la línea gana el que llene toda la papeleta y grita YAK!!! Fue en el quinto juego donde tocó jugada doble especial. A mi se me tensaban los músculos del brazo mientras iba llenando mi línea. Miré bien y faltaban el 31 y el 11 para completar mi juego. Salió el 31 y mi tensión fue en aumento. Cuando cayó el 11 grité moderadamente: ¡Línea! El edecán se me acercó y tomó la papeleta. Tenémos ganados, papeleta No. 12640. Laura y los demás sonrieron de gusto. Belindia, como le dicen a una compañera de Laura hizo como si me entrevistaran y yo dije que todo se lo debía a mi familia y que el triunfo se lo dedicaba a mis padres. Cuando me trajeron la charola con el premio de 27o pesos me acomodé en la silla a gusto y nerviosmente guardé los billetes en el pantalón.
La película con Sandler fue relativamente buena. Sandler interpreta a un tal Crew que en el pasado jugaba futbol americano y fue expulsado de la NFL por vender un partido. Después de robarse el auto de su novia termina en la cárcel donde, por inverosímiles azares de la vida, termina formando un equipo de desadaptados criminales que formarán un equipo de futbol. Plagada de lugares comunes, desde poner música afroamericana (gracias a Fox decir negros será políticamente incorrecto) y maniquea en todos los sentidos: los criminales son los buenos y los polis los malos; la película muestra el desarrollo del juego y la revelación de que Sandler (Crew) logra finalmente ser redimido de su pasado.
El partido también tiene sus asegunes desde hacer más débiles a unos presos que terminarán por ganar con anotación de último minuto al más puro estilo gol de oro. Sin embargo tiene sus momentos donde sinceramente me reí sin censura. Mean Machine se llama el equipo. Mean Machine.
Cuando salimos de cine un hombre de traje negro casi nos embiste. Lo esquivamos y lo vimos cómo iba corriendo por el pasillo con linterna en mano. ¿Qué pasó? preguntó Laura con ese bien marcado acento de Chihuahua. Quien sabe, le dije. Esperé en el pasillo y cuando el grueso de la gente salió al fondo apareció un señor grande, con bastón, con su esposa al lado e imagino su hijo. Y después apareció el hombre de traje negro, un guardia de seguridad y en medio de los dos un muchacho delgado con camiseta desgastada y pelo lacio que le cubría la frente. Cuando se fueron acercando el muchacho se quejaba y lo fueron a dejar en una mesa del cine. Sentí coraje por el robo pero después cuando sentaron al muchacho en la mesa mi coraje disminuyó. El muchacho abrió la boca, lanzó un gemido entrecortado y esposado, comenzó a llorar. Embarraba el rostro contra la mesa fría. Pensé en Mean Machine y que esa noche el ladrón pasaría en la cárcel y que tal vez de esa noche vendrían más noches y que esas lágrimas se convertirían en la preocupación de la madre del muchacho.
El resto del grupo con el que iba terminó por alcanzarme y salimos del cine. Volví el rostro dos veces y el ladrón seguía llorando con la frente apoyada en la mesa. Mean Machine me dije otra vez. Afuera abordamos dos taxis y nos dirigimos al Hotel Camino Real donde todos ellos se hospedan. A un lado de los elevadores hay una fuente llena de piedras bola y el agua clara y azulada por las luces de neón se contenía mansa hasta los bordes de la fuente. Llevaba 270 pesos arrebatados a la suerte y cuando salí pensé en el muchacho sin condenarlo. Una vida más que esa noche estaría ante la ley. Una vida más que por gusto, afición o necesidad estaría ante la ley para ser juzgado por sus actos. Mean Machine. No creo que haya equipos bonitos de americano en nuestras cárceles.

Monday, May 30, 2005

Cuatro días de fiesta

Cumpleaños a mí, feliz cumpleaños a mi, feliz cumpleaños querido Antonio, feliz cumpleaños a mi...

Hace seis años mis cumpleaños eran la cosa más inadvertida del mundo. Incluso para mi eran una fecha no deseada. Un buen día eso cambió y cuando cumplí 24 años decidí echar la casa por a ventana (literalmente, tuve que limpiar una azotea atiborrada de tiliches que salieron si no por la ventana, si por borde de la placa). Mandé hacer tacos, quesadillas y flautas en un lugar de comida mexicana y ese caluroso 26 de mayo me preparé a recibir invitados. Fueron Mónica y cia. Elida, daniela y Erika con novios respectivos y con Lili, fue Ana Mercedes con Miguelito y Cristina con su embarazo de siete meses. Llegaron también Cordelia, Daniel de la Fuente y Claudia, Gerson y Elia e incluso Telma y otro amigo además de Samantha, Marisa, Raúl Silva y César Gándara con Abi y su hermana. Bebimos suficiente, comimos rico y casi al filo de la noche mi tío Vidal salió con la guitarra a cantar unas mañanitas que todos entonamos. Yo veía la calle atestada con los coches de mis amigos y amigas.
Cuando cumplí 25 vivía ya en el D.F. y sin conocer a nadie me fui a Veracruz. El banco me canceló la cuenta y bueno, esta es una historia harto conocida pero me la pasé super bien.
Cuando cumplí 26 nos lanzamos al Xochimilcazo histórico porque llegué tarde y Martín se enojó conmigo. Nos trepamos a la trajinera Parra y Claudia, Rodrigo y Vanessa, la colombiana que ya ha salido antes en estas crónicas y Efraín, Everardo, Susana Pagano, Marina que ahora anda en Madrid. Ya en los canales apareció Socorro y Efraín y juntos cantamos, bailamos, reímos.
Los 27 volví a recibirlos en Xochimilco. El mejor regalo de ese cumpleaños donde mucha gente me canceló fue el que Elida viniera desde Monterrey con su novio Lacho y una amiga nada más a mi cumpleaños. Subieron Criseida y Ana, Rodrigo con Isabel, Efraín, Aude y el buen Julio. Xochimilcazo famoso fue este porque una nena de otra trajinera me festejó mostrándome los senos y porque bailando me caí.
Ahora los 28 fueron muy movidos. Cité a amigos y compañeros de trabajo en Pedro Infante no ha muerto, un karaoke de mala muerte. Llegaron Sergio y Héctor, Isabel, criseida y Ana, Rodrigo y efraín, Arturo, Alejandra, yesica y amiga, Valeria y amigo y Elena Grada. Fue fabuloso. Cantamos, bebimos, nos reimos. Canté Popotitos con Isabel y con Rodrigo Bella y con Valeria la vida es una carnaval. Luego bailé con Bárbara canciones muy marras.
Así y ya en pleno 26 me fui a Veracruz. La noche de los festejos fue en los portales del puerto, bebiendo una indio, fumando un puro, comiendo quesitos con chiles manzano. Víctor, quien venía de Guadalajara y con quien nunca había festejado un cumpleaños, trajo el grupo a que cantaran las mañanitas y me di el lujo de bailar con Ofelia y con Liliana mientras Carlos Velazques y Ernesto decían salud. Fui harto felicitado este 26 de mayo. Llamas en la madrugada y en la noche de la casa, mensajitos y llamadas al celular y hartos mails de Hernán Quijano, de Lili, de Daniela y Fabian Cavazos entre más gente.
Luego el sábado en la tarde, después de salir de la sesión de trabajo en el fonca, se me acercó un reportero. Quería entrevistarme para un documental del Fonca. Accedi y me sentaron en una silla de madera y me pusieron el micrófono bajo las solapas de la camisa. Me preguntaron cosas sobre mi proyecto, y sobre cómo veía el encuentro, si mi vida había cambiado de un encuentro a otro y también si consideraba justo que subieran la beca (dije que no, que la suban, pero no tanto). Me preguntaron cómo veía a mi tutor y a mis compañeros de beca y luego me dijeron: ¿Estas contento? Sonreí de inmediato y creo que bajé la mirada: Claro, contesté. Estoy muy contento. ¿Y porqué estas contento me preguntó el chico mientras yo no dejaba de mirar a la cámara. Bueno, estoy en Veracruz con buenos amigos, aprendiendo y ayer, mientras estaba en el malecón vi cómo entraba un carguero y cómo los remolcadores se acercaban a él y lo empezaban a estacionar en el puerto. Todo eso ¿tú crees que no me pone contento? Pues. Si, estoy contento. Luego la entrevista terminó y el chico dijo: salió con madre.
Asi que como ven, festejé mis 28 años sin ánimo de tristeza. Y ya son 28 pero los 29, primero Dios, serán en Monterrey con carne asada y conjunto norteño. Primero Dios, reitero, allá nos vemos.

Monday, May 23, 2005

Déjame...

Apenas terminé de leer la descripción el maestro Chavana guardó un silencio que a mí me parecía el antecedente de todos mis dolores. Se quitó los lentes, los limpió con la franela que sacó de la bolsa del pantalón y dijo: "vuelve a leer". Así que ahí, de pie junto a mi asiento, con el salón de segundo semestre de preparatoria como público volví a leer mi descripción del páramo yermo que se extendía a un lado de mi preparatoria. Me temblaban las manos aunque también, a ciencia incierta no lograba entender porqué tenía que estar leyendo otra vez eso. Cuando terminé por segunda ocasión Chavana me dijo que le prestara el escrito y se lo llevé. Lo leyó en silencio y luego dijo: está muy bien, me gustán muchas de esas imágenes, te voy a dar cinco puntos sobre el examen.
Yo asentí contento. 5 puntos sobre el examen final eran un gran paso a poner la materia de redacción II en un impase de tranquilidad. Wow. Así que me acomodé en el asiento y el resto de la clase vimos lo que era un retrato: la descripción física y moral de una persona. Al finalizar Chava dijo: para el jueves hay que traer un retrato de un maestro. Escogan al que ustedes quieran. Luego se me quedó mirando y me dijo: "No voy a aceptarte algo de menor calidad que esto."
Así que me quedé pensando. Escribir retratos no debe de ser tan difícil. Cuando se terminó la clase se me acercó Rafael, un compañero. Ya tenía esa sonrisita sardónica desde esa edad. "Vamos a ver quién hace un mejor retrato y a ver quién gana". Yo me sumí de hombros. Orale, vamos. Así que el jueves llevé mi retrato y Rafael también. Recuerdo que era un retrato de más de una cuartilla. Estaba plagado de similes como sus brazos como torreones y de frase comunes como "el bigote negro es como una estampida que baja hacia su barbilla". Cuando la clase terminó el maestro Chavana me dio otros 5 puntos sobre el exámen.
Rafa se acercó con su trabajo. No le habían dado tantos puntos y estaba medio enojado. Cuando se fue Diana, quien sería su novia, (faltaban tan sólo unas semanas para que ellos empezaran a andar) se me acercó y me preguntó: ¿Toño, tú escribes poesía? Me quedé paralizado. Yo no escribía poesía. Yo no escribía nada de nada.
Claro, le contesté sientiendome ya poeta. Tengo algo. ¿Me podrías traer mañana algo para leerlo? Asentí con nerviosismo. Si, claro, mañana te llevo algo. Cuando llegué a casa estaba en el pánico. Al igual que los pintores, que muchas veces imitan un cuadro, yo había estado imitando una fórmula. La fórmula de cómo escribir retratos y paisajes la tenía, según yo, dominada; pero escribir poesía era otra cosa. Estuve toda la tarde intentando escribir algo. Tenía la pluma, la hoja blanca y la desesperación a la mano. Hacía calor y yo buscaba un lugar dónde estar fresco. Casi a la noche llegó la imagen y la palabra. Estaba viendo el video November rain de Guns and Roses y la música me agradó tanto y casi lance un grito de auxilio cuando apareció la palabra Déjame... y con ella formé un escrito en prosa sobre todo lo que yo quería que alguien dejara que yo le hiciera o la cuidara o la tratara. Estaba lleno de hipérboles y otros símiles. Había adjetivos a morir y equilibrio poético y estructura ni pensarlo.
A la mañana siguiente se lo llevé a Diana y lo leyó muy rápido. Yo deseaba que lo disfrutara con calma pero fu veredícto fue corto: "que bonito". Me sentí frustrado. Pero hoy que lo pienso veo que desde esos primeros días que empecé a escribir, de alguna manera también aprendí tres lecciones (en realidad no las aprendí sino hasta mucho después, pero ya bordeaban mi ideología). La primera es la escritura no es competencia más que consigo mismo. La segunda es que el creador no usa fórmulas y la voz narrativa o poética es de un esfuerzo de calores y de fastidios y lecturas y finalmente que, la verdadera retroalimentación siempre viene de uno y no de que otros acepten o no lo que escribas. He ahí la esfera de conocimiento que no atisbé pero ahorita que he vuelto a escuchar de nuevo November rain siento como si estuviera otra vez en mi casa en Monterrey mientras mi madre hace la cena (huevos con chorizo y frijoles refritos) y yo intento escribir.
Eso es otro de los asombros de la palabra. La palabra es atemporal. La escritura no precisa de pasados y futuros. Al moemnto de escribir algo se es en todos los tiempos. Pasado y futuro se invalidan.

Friday, May 20, 2005

Otra vez en la Fundación

Salí del ILCE con ánimos de no llegar y en el elevador me alcanzó Sergio.
-¿A dónde? -me preguntó con ánimo de iniciar la plática. Yo pensaba en esos tacos de surtidita y en una quesadilla de sesos cuando le respondí.
-Pues a comer.
-Ah... pues vamos, yo voy a eso.
No fuimos por los tacos de surtidita pero sí a unas quesadillas a dónde nunca había ido a comer. Resultaron algo flacas y medio sabrosas pero ahi con Sergio platiqué a gusto mientras pasaban las micros llenas en la avenida y unos músicos le daban tremendas mordidadas a sus tacos.
-Ahi nos vemos -le dije a Sergio- si no me voy ahorita no llego.
Usualmente tomo taxis aunque esta semana sí he abusado. Tomé uno que me llevó desde el perifas, como le dice Brenda al gran cauce automovilístico del Periférico, hasta la colonia Cuauhtemoc. Cuando llegué a la siempre impresionante Fundación para las Letras Mexicanas mi ánimo estaba concentrado en dos cosas: ir a tirar una firma y lavarme los dientes. Me abrieron la puerta, me registré y siguiendo por el mediano estacionamiento fui a los baños. A un lado de estos hay un ramón impresionante y una mesa negra forjada en hierro. Dos becarios estaban ahí, un chico y una chica a quienes había visto la noche anterior en la obra de teatro de Mariana y Denisse, otras dos becarias. Murmuré un inteligible y nervioso hola y pasé al baño. Cuando salí en la mesa ya había más de seis personas y pasé de largo. Luego escuché a mis espaldas.
-Que hubo maestro.
Era Federico Vite. Regresé a saludarlo. Federico es un tipo relajado e intuyo, honesto. Es un narrador joven de la república hermana de Acapulco y ahorita es becario de la Fundación.
-Sientese maestro -dijo yo fui aún anerviosado y me senté.
Comenzaron las presentaciones de rigor, Toño, ella es fulana, mengana, perengano, usalana, etc. (no recuerdo sus nombres). Estuvimos ahi un rato platicando hasta que vi a lo lejos a Teresa. Ahi mos vemos, les dije, me despedí de Federico y fui con Teresa. Ahora tengo que decir que a Tere la conocí en la presentación pasada cuando los animosos becarios ignoraron a Coral Aguirre. Yo salí tan enojado entonces y tan contrariado de la pasividad (al menos de intuir esa pasividad) pero entonces apareció Teresa, se presentó y ella ha sido una buena conocida.
Asi que ya me metí a la salita donde se iba a presentar el libro. Apareció por ahí Omar Cadena, un bato de Hermosillo que va a ir al encuentro de escritores jóvenes del norte y nos saludamos. Ya después los becarios comenzaron a llegar y ocuparon sus asientos. Al fin apareció Héctor Alvarado, Jaq Zúñiga y Paty Laurent. Héctor me entregó las solicitadas glorias y nos dimos un abrazo. Miré a Teresa que llevaba una mantilla negra cubriéndole el pelo y a Denisse a un lado suyo. Luego ya subimos a presentar el libro.
Primero habló Jaq sobre la novela. Esbozó las características de los personajes, habló de la bondad de Héctor como narrador y citó mucho a Foulcault, creo. Cuando me tocó el turno mis nervios casi habían desaparecido. Aquella masa heterogénea de la vez pasada se había fragmentado en dos o tres rostros conocidos y eso siempre destensiona. En primera fila estaba Eduardo Langagne, el admistrador de la Fundación y reconocido poeta. Llevaba unos lentes delgados y vestía de un azul que le daba una tranquilidad inusitada.
Pero yo aún no podía olvidar lo de la vez de Coral Aguirre. Lancé una mirada rápida a los becarios y vi en algunos la misma muestra de fastidio de la vez pasada y entonces pensé: caray. Mis primeras palabras fueron: Antes que nada quiero agradecer a Héctor la invitación para presentar su libro... (y luego miré a los becarios y sin ocultar la ironía, agregué) Y a ustedes por su gozosa presencia. Unas risitas salieron de entre el público y yo me sentí bien a gusto después de decir eso. Era como si, a mi manera, me hubiera vengado de la presentación pasada. Leí y leí mis cuatro cuartillas y al finalizar, para mi sorpresa, aplaudieron, bueno, de esos aplusos aletargados y por compromiso pero al menos reacción hubo. Después Vite se aventó un buen texto sobre el libro y cuando salí apareció Sergio, un batillo de Tijuana y saludé a Julían Robles. Justo ahorita me pregunto si está muy mal andar citando nombres y nombres.
Cuando se acabó salí con A, B y C al hotel. A comentó que le había gustado la presentación mientras que B, con su facilidad de charla y alegria sugirió una cantina. C, que a pesar de tener ya un rato en el d.f. no sabía a dónde podíamos ir así que nos fuimos o los llevé más bien la Covadonga. A pidió brandy mientras B nos comentaba de su libro editado en Inglaterra y C nada más comía callos a la madrileña. C quería ver el partido de los Tigres contra Once Caldas y terminamos yendonos al hotel donde A y B estaban hospedados. C se acostó en las sábanas mientras A y yo bebíamos a gusto. B nos contó de las maias y de la numerología y fue ahí donde nos dimos cuenta C y yo que cumplimos años el mismo día. Yo nunca había conocido a alguien cercano que cumpliera años el mismo día. Nos miramos con afecto, creo, en ese momento. Al final Tigres empató 1-1 con el Once Caldas y C y yo nos fuimos.
El camino de regreso por Insurgentes hablamos de aquel pasado en común (aunque vivido no en vida común) de nuestras andanzas por el tenebroso medio de escritores de N.L. donde en algún momento todos se odian y todos se aman. Al mismo tiempo agradecimos no estar en N.L. C me dejó en casa y quedé de hablarle para felicitarla la otra semana. Toda ella es pequeña, morena y tiene una mirada que seduce. Se fue en su platina rojo y yo entré a casa, satisfecho del día y de la gozosa presencia.

Wednesday, May 18, 2005

Galeras

Hace tiempo pensaba que estos años son defitivos para marcar un rumbo, aunque creo que también siempre se está marcando un rumbo. En Xochimilco le hablé a la regia medio triste y necesitándola y después, cuando hablamos con más sobriedad de mi parte le conté esta teoría y me dijo: Y tú estabas en Xochimilco hablándome por teléfono.
Ya casi se acaban los 27 años. Y sí me parece tan lejano cuando hace un año salí de casa de Parra pensando que tenía que estar a la altura de mis sueños y con la certeza de que iba pronto a entrar al ILCE. Los compañeros de Santander me llevaron a comer al Omei, un restaurante de comida asiática entonces, ya casi por irme de ahi.
Ayer llegaron los galeras de mi primer libro. Vi el título, el índice, las dedicatorias en cursivas. Me sentí bien. Me sentí contento. Pensé por un momento que como toda felicidad en el d.f.´la viví lejos de mucha gente y cerca de otra. Los 27 han sido un año convulso pero firme. Pronto serán 28 o iniciarán los 28 y si no pasa nada, ese año veré finalmente editado Todos los días atrás. Pero el libro aún no llega. Es como si, respetando todas las distancias, estuviera viendo el eco de mi libro, sus venas, la masa de su carne, el latir de su corazón en las dedicatorias y todos aquellos que han atisbado eso imagino rompen de felicidad y ese día al menos, duermen satisfechos.
Cuando me leen la mano me dicen: tendrás un hijo (una me dijo que ese hijo ya lo perdí, otra que no, que ahi viene pero que tendré muchos más hijos no consanguineos.) Espero que este libro no sea el único o al que se refieren. En fin. Salud.

Del Azul al Tenampa

Venía desde el aeropuerto con Raúl Silva. Él iba, como siempre que viene al D.F., con cara de asustado y feliz. Transbordamos en Balderas rumbo a C.U. y el olor de las donas bajó con nosotros por las escaleras eléctricas. Nos vamos a ir en la micro para que sepas de dónde la tomas para el lunes. Así íbamos, relajados, hablado de nuestros amigos escritores regiomontanos y de cómo nos ahogamos en un vaso de agua. Bajamos frente al OXXO y le dije que a un lado, en la noche, se ponía un puesto de tacos y era como ir recordando cuando me visitan regiomontanos y yo les digo con pelos y señales cómo mi vida se amarra a esas esquinas. En aquél café internet ha ido Elida y Ana y Minerva, le conté y aquí compro el periódico los domingos y mira, ahí junto a ese poste, una mañana me encontré una rata bien grande, como tlacuache. Raúl asentía a todo con aire satisfecho.
Luego, ya que llegamos a casa y mientras acomodaba su maleta en mi cuarto donde la imperturbable mujer de Joy Laville ni se dignó a verlo yo me senté a ver el partido Monterrey-Cruz Azul. Iba Raúl llegando cuando cayó el primer gol del Monterrey. Erviti lanzó un paso bombeado que Pepito Martínez recibió justo fuera del área chica. Controló el balón y lanzó un zurdazo que no sólo se anidó en la portería sino que también nos hizo gritar un gooooooooooollll y un "a huevo cabrones", que salté del sillón, cerré los puños y miré con gloria la tarde defeña. Vamos por unas chelas, le dije, para disfrutar este triunfo. Le marqué a Efraín para contarle del gol y cuando cayó el segundo gol del Monterrey pase al raz de Casartelli y derechazo de Erviti ya la sangre me ardía de la emoción. Monterrey iba a una masacre al azul. Esa era la idea de todos, creo, y este dos cero era sorprendente. Luego, cuando expulsaron a un jugador del Cruz Azul el plato estaba servido y ya no puede aguantar las ganas y le hablé a Efraín: Huey, vamos ganando. Si, qué pendejo, dijo Efraín, yo iba a ir porque pensé que el estadio iba a estar lleno y mira, no se llenó. Luego, igual que un gol, le dije: Vamos, K, vámonos al estadio. Efraín no vaciló. Llego por ti en 10 minutos.
Entonces le dije a Raúl: vamos al Azul y el chicampeano asintió. Efraín llegó en quince minutos por nosotros y luego nos fuimos rebasando autos en periféricos, mentándole la madre a los que iban despacio, como cafres pasando los coches y la ciudad detenida. Así es el corazón cuando te arde el equipo, así es la prisa cuando no quieres perderte ni un pase corto. Salimos de periférico en el momento que Miguel Zepeda anotaba por el cruz azul.
Ya en el estadio nos situamos en las gradas. A un lado la porra azul gritaba y de cuando en cuando sonaban su silbato como de una máquina. Abajo, sobre la grama, un grupo de edecanes con pantalones azules y blusas blancas, sombrillas bicolores en las manos, daban la vuelta a la cancha contoneándose sabroso. Cuando salieron los rayados sus uniformes brillaban bajo el mar azul y cementero. La porra gritó, se las mentó, no los bajó de codos y nosotros tres ahí apechugados, sonrientes porque todavía el 2-1 nos daba el pase. Una lluvia de papel higiénico cayó a las plateas desde las gradas cuando el segundo tiempo empezó.
Es bien feo, lo digo, cuando tú esperas que tu equipo evolucione y no lo hace, cuando a un lado todo un estadio se pone en pie y vibra la estructura de cemento al momento que le meten un gol a tu equipo. Pero fue un golazo. Lo vimos desde lejos como Pereyra se metió entre tres regiomontanos y se enfiló solo y feroz contra el portero. Luego simplemente tocó de lado al Chelito Delgado (Te odiamos, chelito) que batió a Martínez. El tercer gol lo metió Fonseca (el mata rayados; apenas seis meses antes había anotado el gol del campeonato de los Pumas en el tecnológico) . El hermano no autorizado de Alfonso Zayas que estaba sentado atrás de nosotros se burlaba diciendo de cuando en cuando: No griten, que hay regios cerca. Y luego lanzaba una carcajada estrepitoso y alcohólica. Cuando Arellano empató el partido 3-3 ya todo estaba perdido pero aún así grité el gol despacito que suicida no soy.
Salimos del Azul con el ánimo a la baja. Dos horas después los Tigres fueron eliminado por el Morelia y ya eramos tres los tristes. Entonces Efraín me dijo: Hoy se despide la colombiana en el Tenampa. La colombiana. Vanessa. Así que nos fuimos al Tenampa. Llegamos en la noche. Muchos mariachis. Muchos gritos y ni quién se acordara ahí de aquel penalty que no fue, de ese robo en despoblado que nos sacó de la pelea por el título.

Monday, May 09, 2005

Respirar la vida

¿Qué es lo que nos muestra el color y la línea? ¿A dónde y de qué color es en realidad lo que nos mueve y anima? Como una delgada línea roja y ámbar y azul nos vamos entrelazando con los otros formando un estambre donde quedan estampados nuestros días.

Así, de color en color llegamos al domingo. El sol es fresco como todo en el clima del distrito federal. En las calles se respira un blanco sin prisas y sin mácula. El taxi verde y nácar avanza rápido por una gris Ave. Patriotismo y veo aún sorprendido el segundo piso que cruza la avenida y se pierde hacia el rumbo azulado de Periférico. El taxista me cuenta técnicas para preparar barbacoa y yo imagino la carne suave y ámbar que se destaza bajo un tenedor. Afirma con gesto de conocedor que la barbacoa de borrego es la mejor del mundo y yo sólo hablo por teléfono para decirle a Brenda que, aunque voy algo retrasado, voy a llegar.
El Colegio de Arquitectos donde va a ser la exposición de pintura de Brenda es un edificio con un techo triangular que corta el aire y blanco como un elefante hindú. Su estacionamiento tiene loza rojiza y las escaleras se abren como quien despliega una caja de cartón. El lobby recibe una luz difusa pero firme que no alcanza a entrar a las escaleras donde cuelgan fotografías de edificios y puertas de madera.
Brenda está al fondo toda ella vestida de sorpresa: un collar de cuentas azules al cuello, un chal esmeralda que le cae de los hombros, un vestido verde hasta las rodillas y zapatillas del mismo color. Voy hasta ella y la saludo y sólo entonces veo ya bien la exposición. Hay cerca de nueve mamparas negras donde se apoyan los cuadros de Brenda Togno. Un grupo de cuadros mira al centro del lugar mientras que otros hacia las paredes. Los animales de Brenda parecen sentirnos desde un silencio pétreo pero sus miradas son glaucas y límpidas, feroces o curiosas. Algo de música flota en el ambiente y los meseros observan impolutos de blanco con corbata negra, cuidadosos desde la barra.
Poco a poco la gente va llegando. Un desfile de verdes y amarillos, de rojos y caquis, de rosas y arenas. Primero los familiares, después amigos se pasean entre los cuadros, se detienen ante alguno de ellos y se llevan las manos a la boca como quien saboreara un color que hasta entonces, era inédito en sus ojos. A mi me duelen los pies por los zapatos que debería de ponerme más seguido. Me ajusto el saco y por un momento agradezco no llevar corbata. Brenda es una explosión de sonrisas cada que va y le da la bienvenida a amigos y familiares. Un gato y un caballo son el éxito de la tarde. Un tío de Brenda, con cámara en mano le saca fotos y alaba la composición. Cuando llegan Ana, Criseida, Brenda y la mamá de las últimas dos, también se quedan deambulando.
¿Qué color somos? No lo sé. Sólo sé que las manos me temblaron nerviosas cuando al momento de la inauguración Brenda me llamó al frente mientras las sobrinas de ella ajustaban las manos a las tijeras para cortar el listón rojo. Entonces hablé y conté de colores y pátinas, de que el color para mí es como un sabor exótico. Les conté del cuadro "Azul" de Gunter Herzo donde las tonalidades de azul se expandían y contraídas por una fuerza desconocida y al hablar sentía cómo mi rostro se volvía granado por unos nervios descontrolados de no sé donde. Les conté que para mí la obra de Brenda Togno era un festín de colores anaranjados, jugosos como una naranja fresca y magentas y rojos de sandía y que todos estaban invitados a un banquete que la autora había puesto ante nosotros. Luego callé, me hice a un lado y las niñas cortaron el listón bajo un festín de fotografías y aplausos.
Poco a poco algunos cuadros se vendieron. Yo vi el caballo naranja con sus crines rojas revueltas por el viento. Me acerqué a Brenda y le dije:
-Te lo compro.
Así me llevé ese cuadro en la imaginación. Ya camino a casa yo lo veía en la colgado en la pared de mi cuarto (pondré ahora al Joy Laville en la sala). Sus naranjas se extendían más allá de los bordes del marco y lamían la pared, reptaban por la comisura de las puertas y las ventanas de la casa como arañas naranjas que iban dejandos sus hilos por esquinas y libros, escondiéndose en mi ropa, dejando una estela anaranjada en mi computadora. Iban las lenguas y los mechones anaranjados cayendo sobre la alfombra, convirtiéndose en nueve tigres naranjas y nueve búfalos naranjas que iban saliendo con un estrépido de vida por la puerta que da a las escaleras: con un estrépito anaranjado que respiraba al ritmo naranja de sus corazones y venas y al salir iban moviendo las hojas del periódico en la sala, los vasos en el fregadero, las copas indispuestas y murciélagas en la cantina y ya afuera caían como nueve mares naranjas que iban y venían sobre todo el estacionamiento, revueltos y felices, completamente naranjas bajo el sol amarillo. Luego llegamos al metro Chapultepec y me guardé en color en la bolsa del pantalón.

¿De qué color es la felicidad? Naranja, contesto ahorita, para respirar la vida, como se llama el cuadro, como se llamó la exposición.


Saturday, May 07, 2005

Sueño

No dormí bien ayer. A las dos de la mañana me levanté con la certeza de que era ya madrugada pero no era así. Me asomé por la puerta abierta del cuarto de Ana y me sorprendí que aún no llegara en casa ya que generalmente el que se desvela y llega muy tarde soy yo. Luego me volví a acostar aunque el sueño no lograba caer con su peso, ni acaso me arañaba los ojos.
Es el aire, me dije, así que abrí la ventana y un ramalazo de aire helado se vacío en el cuarto y cuando menos me di cuenta ya estaba dormido. Soñé que estaba en casa, en mi cuarto, acostado por no poder dormir. La cama temblaba y del cuarto de Ana salía su voz diciendo que estábamos en un temblor. Yo me levanté asustado y me asomé por las escaleras donde unos policías no dejaban salir a la gente. Argumentaron que debía de haber orden para salir. Yo les grité que las vidas valían más que cualquier orden.
Bajé de pocos saltos y cuando me encontré afuera, en boxers y camisa blanca, me di cuenta que había dejado dentro de la casa mi lap con mis historias, mi incipiente colección de máscaras, el saxofón de mi abuelo y mis libros. A un lado los otros edificios seguían tambaleándose indecisos y la tierra lanzaba un gemido ronco y largo. Luego miré bien y vi cómo mi edificio se desplomaba perezosamente hacia abajo como si una mano poderosa hubiera oprimido encima de él pero a la mitad el edificiio cayó a un lado levantando un caos de polvo y silencio.
Pensé que en ese momento había perdido todo y me dio un dolor agudo en el pecho. Pero al rato vino una señora y nos dio una colcha con plástico. Con la ayuda de Ana y Jaime la fuimos extendiendo sobre el prado con escombros y la colcha parecía que nunca iba a dejar de extenderse. Era blanca y debajo del plástico se irguieron casas. Yo veía que muy pronto traxcavos y barrenadoras y un ejército de ingenieros comenzaban a erguir los huesos de metal de un nuevo edificio 19.
En un momento del sueño tuve otra vez casa, un librero para ser llenado y hojas blancas para escribir. Aún sentía la pérdida de lo anterior pero incluso en el sueño me senté a leer. Las letras se escapaban. ¿Qué historia estaba ahí en ese libro de portadas amarillas? No lo sé. Ahora, en clase, explicándoles a mis alumnas las características de los poemas simbolistas me quedé pensando qué significaba este sueño, ¿que indaga en mi memoria el derrumbe y la pérdida de todo lo viejo y la construcción de lo nuevo? ¿Es que acaso hay algo nuevo ya cimentándose en el silencio de mis nervios o en la esperanza de vayan ustedes a saber, qué nuevas y necias palabras?

Wednesday, May 04, 2005

Xochimilco V entrega

Uno de los proyectos del FONCA que me llaman la ateción es el de Julieta García. Su proyecto consiste en cuentos que tratan sobre personas que se sienten fuera de lugar. En charlas al calor de la mesa del hotel en Morelia, en el autobús de regreso a la ciudad de México después del primer encuentro o bien en otros momentos, Julieta me ha contado a grandes rasgos el porqué de los cuentos que engloban ese proyecto y yo he insistido en que me gustan las ideas de los cuentos y me anima, en parte, la esencia de las historias tal vez porque me presumo, en muchos momentos de mi vida, como un sujeto fuera de lugar.
Así que fui otra vez a la Casa Blanca, dice Forrest Gump a la señora que lo escucha, sentados ambos en la banca de la parada del camión. Así que fui otra vez a Xochimilco, escribo para leerme dentro de unos meses o dentro de unos años. A última hora Brenda me canceló y yo recibí la noticia con fastidio mientras mis alumnas ponían cara de circunstancias al ver mi débil pataleo de enojo. Luego me fui a casa de Rodrigo. Sólo estaba Efraín recien bañado y poniendose guapo para la tarde. Casi media hora después llegaron Rodrigo, Xóchitl, Laura y Silvia. Dice Barthes que lo que se escribe con placer se lee con placer. No necesariamente pienso que ocurra esto cuando te enfrascas en la crónica de una tarde xochimilca. Abordamos el ibiza de Efra y nos lanzamos al camino. El sol andaba perro y el aire acondicionado no era suficiente. El tráfico defeño es incalculable pero vivirlo cuando traes prisa y vienes apretado en un coche resulta más insufrible. Ahí me sentí por primera vez fuera de lugar. Yo no debería de estar en ese coche, a esa hora.
Luego, ya en el centro de Xochimilco, estuvimos varados por casi veinte minutos en una calle que iba en contra. El oficial de tránsito, muy acomodado en su patrutorta nos dijo, denle por ahi y al darle nos encontramos con una micro. Cuando finalmente llegamos a Xochimilco nos encontramos con Julio, Manolo y su esposa y ya, nos subimos a la trajinera. Se bebió pronto, se relajó mejor. Iba la trajinera en un pasmo de alivio deslizándose por las aguas verdosas de los canales. Iba Silvia riendo con Laura y Efraín al lado, iba Julio tocando "diles que vienes de allá, de un mundo raro" y Xochitl y Rodrigo bien abrazaditos al fondo de la trajinera. Comimos después quesadillas, esquites, enchiladas de pollo con mole y hubo un momento donde la tarde discurría a nuestro alrededor con una paz presentida. De lejos nos llegaba la música de mariachis y conjuntos norteños, una música firme y tonante que conforme nos acercábamos se volvía más fuerte y clara.
Luego empezaron las fotos, ponerse en la proa de la trajinera, abrazos por un lado y otros saludes a otros paseantes. Ibamos cante y cante y una trajinera donde sólo venía un gringo y su esposa nos miraban con una nostalgia de fiestas donde no estaban. Luego empecé a pensar en aquella mujer norteña pero no tenía saldo en mi celular. Le pedí el suyo a Efraín y le mandé un mensaje. La noche había caído y en la mesa había un campo de botellas vacías y bolsas de papas disecadas. Efraín seguía platicando con Silvia y Laura miraba entre aburrida y con chispazos de alegría a los demás mientras Julio había armado una fiesta del otro lado de la trajinera. Luego Efraín me dijo: ahi está, te acaba de mandar dos mensajes. Luego me dijo, ten, ya mejor háblale. Así que tomé el celular y le hablé. Le conté de los canales negros, de las luces de las velas que parpadeaban en la oscuridad, le dije que el remeto traía una gorra azul y que en la mesa tenía un vaso de pulque blanco y salivosamente rico. Le conté también que acaso, podía ver el cerro de la Silla y el rancho y el montón de perros dormidos bajo los árboles. Ella me dijo que había cocinado un arroz con leche y que estaba sola. Luego corté. Me sumí en un silencio absurdo. Así es. La vida siempre está en otra parte. Y me sentí fuera de lugar por segunda vez.
No recuerdo cómo subí al coche, pero alcanzo a atisbar que pagué mi cuota del viaje, que salimos por división del norte, que enfilamos por periférico los seis ahí en el coche de Efraín hasta que llegamos a su casa. Bailamos un rato, nos reímos. Me senté casi acostado a un lado de Laura y ella me contó historias de una ciudad del norte mientras Xochitl iba desplomándose en el sueño y Rodrigo también. Luego vino el sueño. Nos acostamos, yo en el sillón, el resto en los cuartos y al amanecer, no sé, movido por ve tú a saber qué extraña sensación, me sentí completamente fuera de lugar. Efraín leía el periódico, Rodrigo reía con Xochitl y Laura en una recámara y sus risas me pegaban en el pecho con una dulzura no compartida. tomé mi mochila (una donde venían mis libros de la clase del día anterior) y me despedí. Laura salió a decirme adiós lo mismo que Xochitl. Buen viaje, le dije a ella que al lunes siguiente partía de regreso a su casa en Chihuahua. Cuando salí hacía un sol raro para el D.F. Un Sol muy regiomontano.
He ido cinco veces a Xochimilco. La primera en la fiesta de Susana Pagano, la segunda con la gente de santander serfin, la tercera y cuarta en dos fiestas de cumpleaños mías y esta última, la quinta. Cada una ha sido un viaje. Este fue el de la no pertenencia. Es un cuento que Julieta García podría escribir: la historia de quien ya no encuentra en su lugar querido la paz que otras veces le dio y sólo puede bajarse en una parada o, si tiene aire de santo, irse caminando sobre las aguas.