Thursday, May 11, 2006

El gran acto jamás presentado

Mi colonia, cuando yo era niño, era un mal barrio. Cantinas por muchas partes, pandillas que se peleaban por un pedazo de calle, mujeres que murmuraban en las esquinas antes de pelearse y puestos callejeros de tacos de bisteck le daban vida a ese espacio insólito, terrible, lleno también de montes baldíos donde mis primos y vecinos de la cuadra armábamos pequeñas batallas campales. La flanqueaban por un lado (la siguen flanqueando, delimitan sus horizontes, marcan sus fronteras de por sí deslucidas, borradas que hay en toda colonia de ciudad), una clínica hacia el norte, una vías de ferrocarril hacia el sur. Al Poniente la lustrosa avenida Felix U. Gomez y al Oriente las naves industriales de Aceros Planos.
En esas calles se dio cita muchas veces la violencia y la muerte pero también el festival. A veces iban pequeñas ferias pueblerinas a sentar sus reales en los baldíos. Las luces de colores disfrazaban la noche con un carnaval efímero y el olor de las palomitas bordeaba la oscuridad, humedeciéndola de mantequilla. En otras, circos viejos, con telones raídos, carpas remendadas y leones flemáticos asistían a otros de sus llanos. Pasaba entonces una combi (casi siempre eran cmobis) y en megáfono invitaban a las magnas funciones de circo, a payasos de cuyo nombre no me acuerdo.
Acaso la magna función de circo en mi colonia ocurrió una noche cuando un circo presentó por única vez el "gran acto de todos los tiempos" de "la rueda de la muerte". La noche tenía expectativa. Los pocos que logramos entrar presenciamos cómo, luego de los insignificantes payasos, los gatos que caminaban por una escalera y saltaban, aparecía una gran bola de hierro. Esférica, hueca por dentro. El anunciate dijo que una a una iría a entrar cuatro motos a la esfera. El ruido de los motores tronó en la noche erizando pieles y avisando a los ojos a no perderse nada, a beberse esas imágenes para que no quedaran en el olvido. Una a una las motos entraron y cada una era recibida con regocijo y aplausos callados.
Cuando las cuatro motos se estabilizaron en distintas trayectorias dentro de la esfera el anunciante volvió a aparecer y dijo: Ahora, "Estrella entrará". ¿Quién era Estrella? Quién sabe, pero cuando la chica, vestida con un diminuto vestido plateado y lentejuela apareció en el ruedo una exclamación de asombro nos invadió. Era frágil, al menos esa impresión nos dio.
Apenas entró sólo era el sonido monocorde de las motos al pasar frente a ella, a un lado, moviéndo con la cauda de su velocidad su pelo, el vestido casi erótico, la sonrisa tatuada. Y yo imaginaba un choque, una moto que caía sobre ella, un cuerpo despedazado pero Estrella, al interior de la esfera, se iluminaba con un aura de gigante. Luego salió y las motos hicieron lo mismo.
No hubo más en la función pero afuera alguien dijo que eso ya lo había visto en otras ciudades y en otros circos. A la semana se fue el circo y nunca más volvieron las motocicletas a esas calles a causar prodigios más que para entregar pizzas o periódicos. No recuerdo cuando fue que los circos dejaron de ir a mi colonia Moderna pero sé que ahora, ese llano, es una gran bodega color gris en la que embodegan sacos de harina. A veces, cuando paso, cuando esta larga estadía defeña me permite ir al contacto con mis calles, pienso qué será de esa Estrella. Si, como esa noche, salvó a la muerte o hubo una infortunada tarde en la que las llantas finalmente lamieron ese filo grandioso de su falda.

Monday, May 08, 2006

A veces no hay nada que decir.

Sunday, April 30, 2006

Un cambio esperado

Pero si se me hace que no hicimos nada, protesta Vicente cuando le digo que ya acabamos de arreglar la nueva casa. Claro que sí, tú pusiste las colchas, Hinos colgó las máscaras y los cuadros, O limpió el baño y metió la ropa y yo acomodé la cocina, el escritorio, metí los libros en los libreros. Pero se me hace aún podemos hacer algo más. No, ya, así está bien, vamos ahora por las pizzas.
Así salimos los cuatro con la sensación de no salir de una casa a la que alguien recién se muda, sino de una casa largo tiempo conocida. Don Rafael "El gallo", como se llama el portero, nos despide con un gesto amistoso y enfilamos por la calle hacia las pizzas Zumpango, unas muy muy buenas, ubicadas en la colonia Júarez. Hinojosa y O hablan de libros, Vicente y yo de política mientras dejamos atrás la casa, mi pequeña pero acogedora nueva casa.
La mundanza apenas si llegó a las cinco de la tarde en mi domicilio anterior y para las seis todas mis cosas estaban ya en su nuevo sitio. En Zumpango comí una calientita y delgada pizza Don Ho: jamón con queso, mientras O y Vicente engullían una de salamí e Hinos una Ary's Pollito con elote, pollo, queso extra y rodajas de pimiento. Platicamos de lo de siempre: las historias, la escritura, el norte. O es de Monterrey, Vicente de Torreón e Hinos de Tijuana. Puras acotaciones, revires, zarzuelas y festividades norteñas nos salieron mientras las pizzas se enfríaban.
Al salir, después de las despedidas tradicionales volví a casa y no pude más que sentirme afortunado por contar con una casa con aire a hogar y una casa tan cerca de todos mis sitios: la casa de O y la Fundación.
Así entonces, la mudanza ha concluido.

Wednesday, April 26, 2006

Clase de fotografía

Se llama Grace. Está ahorita sobre una silla, con una hambuerguesa con papas y refresco frente a ella, en una mesita. O la mira desde el sillón, de reojo nada más mientras observa en un libro imagenes de la ciudad de Barcelona. Yo ni veo. Espero que termine de tomarle la foto a la hamburguesa para poder comer. La hamburguesa es mi comida el día de hoy.
Estamos O y yo en casa de Grace tomando fotos de comida. Es sábado, hace calor. Parte del menú son unos pescaditos empanizados, nieve, yogurt y frutsis. Es sábado y estoy feliz. Aunque también tengo hambre. Después de varios clicks finalmente queda la toma de la hamburguesa. Ya está tu comida, me grita Grace, toda contenta, siempre con una sonrisa al portador, siempre con una palabra dicharachera de cambio. Pero no le quitaste el alma? No, como crees. Y me como la hamburguesa sin sabor. Sí se la quitó.
El resto de la tarde cocinamos varios platillos para que pasaran a la posteridad en las fotos. Nunca había conocido a una fotógrada de comida. Cortamos rodajas de zanahora y le hacemos forma de estrellas, lo mismo con un tomate al que llenamos de mayonesa y le ponemos un poco de orégano. Cocino los pescados empanizados y debo decir que me quedan doraditos, crujientes.
Es una tarde flash de cámaras y mordidas a danoninos y nieve.
Y ahora que lo escribo, veo que no soy fiel, en realidad, a lo que pasa, al motivo festivo de la tarde mientras cortábamos o cocinábamos y Grace acomodaba la comida, mostraba las capturas, desechaba las que no le gustaran. O le daba ideas para los fondos de las imágenes. Coloreaba algunas hojas. Al final, estábamos cansados, bastante.
En la semana le pregunté cómo le había ido con las fotos: triunfé, me dijo Grace entre risa y risa. Ah, que bien. Yo tomé ya, la decisión de no ir más a ayudarle. Sólo en una tarde me entambé cerca de 4,000 calorias y no puedo darme el lujo de hacer eso todos los sábados.

Monday, April 24, 2006

La casa

Es mi séptima casa en el distrito federal pero creo que, de alguna manera, finalmente he llegado a mi hogar. Tiene una cocina pequeña, donde no hay espacio más que para un refrigerador pequeño y una estufa decente. En una pared está empotrada una cocineta blanca y el lavabo esmaltado en blanco tiene el espacio sufiente para mis sartenes, ollas, platos y más con los que cocino.
La sala comedor es algo amplia pero ya veo ahí mis libreros, las paredes con mis máscaras y cuadros de Brenda Togno y Joy Laville, además de la fotografía inmensa que N me dará, una foto suya para mis paredes. Hay espacio para una mesa con cuatro sillas, un´lugar para poner el aún hipotetico futón y una mesa para la tele.
El cuarto tiene paredes blancas y un closet del mismo color donde pondré mi cama con sus colchas amarillas o naranjas dependiendo de la lavandería. Además tiene un baño amplio. Así que es mi casa, mi nueva casa, bien cerquita a la anterior, más cerquita a la Fundación, un portero que se llama Rafael "el gallo" y que, cada que me mira, se cuadra para saludarme como militar.
Es segundo piso y el departamento tiene unos amplios ventanales que dan a la calle y está alfombrado, una alfombra discreta y gris que no le va nada mal. Fue mucho caminar pero di con mi nueva casa. Estaba tan cerca a la anterior y yo buscando hogar muy lejos, qué ironía.

Wednesday, April 19, 2006

2 día al garate o cómo encontrar casa en el d.f.

La quinta Casa

¿A ver? ¿No me entiende? ¿Hablo mal o cómo?, porque no entiendo cómo es que usted me pregunta si el departamento es compartido. Eso me dijo el Señor Campos por teléfono. Y lo soporté porque su anuncio decía: Col. Juarez, dos cuartos, cocina, 2,200 pesos. A las siete estaba, puntual, frente al edificio. Era una construcción de tres pisos. Un departamento vacío al frente con ventanas grandes. Una pareja esperaba también. Empezamos a platicar y a esperar al señor Campos. Cuando llegó nos ordenó que no cerráramos la puerta. Adentro era como entrar en un laberinto, la comuna, los túneles de un hormiguero. ¿Cuántas casas hay aquí? preguntó el chavo de la pareja. El departamento. Bueno. ¿Era un departamento? Tenía vista a dos puertas. Eran dos cuartos con una duela viejísima. Para ir a la cocina se tenía que cruzar un pasillo que iba por encima de un patio. El baño, bueno. No lo describiré. En la cocina había espacio para la estufa o para el refrigerador. Salímos huyendo mientras una fila de sin hogares como yo avanzaba por el pasillo.
Ubicacion: Col. Juárez. Renta: 2,200
La sexta casa
Las escalerillas eran negras y al llegar al departamento en la azotea sudaba. Unos lavaderos se hacinaban al centro. La casa era de tres cuartos, como bien decía el anuncio. Pero la casa tenía forma de bumerang. La cocina y el baño de un lado. Al centro, un cuarto con una pared curva. Del otro, dos cuartitos más. Las ventanas daban a la calle y el techo se encontraba algo bajo. Lo mostraba un doctor, aséptico en el trato como sólo los doctores pueden serlo. Tampoco era la casa.
Ubicación: Col. Juárez. Renta: 2,800
La séptima casa
Pues le hace falta pintura y algunas conexiones pero yo no tengo tiempo para hacerlo. ¿Le entras?
Ubicación: Col. Del Valle. Renta: 2, 500
La octava casa
Ahí voy... gritó doña Elena. Luego subió a mostrarme el departamento. No era una huevito pero se le parecía. Sí. Estaba bonito pero era muy chico. Mucho muy chico.
Ubicación: Col. Júarez. Renta: 3,000
La novena casa
Abrió y era un paraíso. Estancia comedor muy amplio. Cuarto bastante grande. Ok. Las ventanadas daban a una pared grandísima y gris pero abajo, en un patio, había un estanque con muchos peces. Me dije, bueno, cuando quiera matar a alguien por la pared, tiro una piedra al estanque y listo. Luego llegó la oferta. Salí pensando que la vida es cruel. Al final de cuentas, lo único que la gente quiere es pagar algo razonable por un lugar donde no se deprima o de perdido, disfrute un poco de paz y tranquilidad. Los renteros del mundo no lo ven así.
Ubicación: Col. Roma Renta: 4,500

Tuesday, April 18, 2006

Día 1 al garate o como buscar casa en el d.f.

En la primer casa
La hija de la portera sale con aire fachoso y enojón. Me dice que no me puede recibir porque a su mamá la acaban de operar. Todo en la forma como me contesta denota fastidio, hueva, hartazgo. Es que estoy apurado, le digo y ella sólo tuerce la boca. No, pues no sé, me dice, ven el sábado si quieres para que te muestre mi papá los departamentos. Luego cierra y veo el edificio. Verde verde verde.
Renta: 3,000 Departamento de una recámara, cocineta y baño.
En la segunda casa
Ni siquiera me abrieron aunque la manta decía: Se renta. Informes con la portera. Me estoy dando cuenta que las porteras son quienes en realidad poseen las llaves del reino.
Renta: 3,500 Departamento de dos recámaras.
En la tercera casa
No, mira, si es un huevito. Me dijo el rentero, para qué te miento. Pero esta es una buena zona. Así que entré y vi. Nah, ¿cómo crees que esto es un huevito? Y sí, no cabía ni mi cama. Las paredes estaban bonitas. Eso sí. Pero para entrar al baño había una puertita pequeñita de dos aguas. Tendría que bajar al menos, unos tres kilos para pasar con tranquilidad y poder tomar el jabón del piso.
Renta: 2,600 Departamento para gente de Liliput.
En la cuarta casa.
¿Entonces, no te gustó?, deja te muestro el otro. (era el mismo del huevito). Era, ahora sí, una casa, un lugar donde alguien viviría con dignidad. De eso se trata, creo, vivir con dignidad aunque sea un lugar chiquito. Dos recámaras, balcón, cocineta, baño amplio. Pero en cuanto me pidió los requisitos se me fueron los colores del rostro. Salí viendo una casa que no podría pagar.
Renta: 4,650 Departamento muy padre.

Saturday, April 15, 2006

A buscar casa otra vez

Estoy entre triste, enojado y qué se le va a hacer. No tenía ni dos meses y medio en la Roma cuando ya me pidieron el departamento. Mis amigos me dicen: has pleito, no te puede sacar si firmaste un contrato pero yo, más bien, lo veo como una derrota ineludible. Pelear es desgastarse. Pelear es perder energias por una casa que, de entrada, ni es mía ni nunca lo será. Así que me voy. El saldo, como sea, es blanco. Hice dos buenas fiestas en esa casa. La primera fue el open house y la segunda fue para festejar el Torri. Casi 75 personas estuvieron en esas paredes. Y, además, ahí empecé mi relación con O, que es como todas las casas del mundo.
Entre triste, enojado y qué se le va a hacer estoy buscando otra casa. No me quiero mover mucho. Hace ratito vi un departamento en renta por Insurgentes y la próxima semana empezaré a ver más por la Roma, la Juárez y colonias circunvecinas. Ahora que lo pienso, siempre quise también vivir en el Centro Histórico.
Así que otra vez a buscar casa. Cuatro años y llevo ya, con esta nueva, siete casas en el Distrito Federal. Ahora y desde antes, reconozco y comprendo las palabras de mi madre: fíjate en tu papá, me decía, y comprate algo tuyo, una tierra que sea tuya y de donde nadie te pueda sacar, una casa donde puedas hacer lo que se te antoje y no hagas rico a otros. Veamos que pasa. Debo de ponerme a escribir. No es por moda ni por socialidad ni por conocer a los mejores escritores ni por poner el nombre en una marquesina. Sino escribir, escribir por supervivencia.

Saturday, April 08, 2006

Dehesa

Comencé a leer a German Dehesa a los once, doce años, cuando él escribía para el periódico El Norte y yo vendía el periódico en las viejas calles de la colonia Victoria. Me hice fan, al instante, de su afilado humor, del su lirismo cínico y sarcasmo político. Siempre lo leía, invariablemente, al filo de las diez de la mañana cuando las horas arduas de ventas ya habían pasado y sólo quedaba un remanso para liquidar los últimos periódicos.
Cuando el periódico El Norte, o Grupo Reforma entró a la ciudad de México y se enfrentó a las prácticas monopólicas de El Universal y otros diarios de la capital, German Dehesa y todo un grupo de colaboradores de El Norte o El Reforma, salieron a las calles a vender sus diarios. Dehesa vendía cerca de 6,000 ejemplares diarios. Algo sorprendente, comparado con los ochenta o cien periódicos que yo vendía en mi puesto al aire libre.
Ya en el Distrito Federal, en una fiesta ya lejana en el tiempo, tuve la oportunidad de conocer a Juana Inés, su hija. Juana hablaba con singular apostura de diversos temas. Yo ni le pregunté por su papá. Pero lo cierto es que, ya tenía un tiempo sin leerlo. Simplemente, un día Ratán, el Bucles y la Tractor dejaron de interesarme. Por eso, hace una semana cuando el maestro Langagne nos dijo a Boone y a mí, al monclovense y al regiomontano que irían ambos a una entrevista a la radio con German Dehesa, como parte del ciclo de becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas que irían con él, no pude menos que alegrarme.
Un día antes de la entrevista fui a una presentación del libro con O. Ahí estaba Dehesa. Semejaba un conejillo fiero sobre la mesa. Habló de política, se mofó de Fox cuantas veces quiso, de la Chachalaca mayor, López Obrador y al mismo tiempo habló de poesía. Habló de un mundo salvaje donde la poesía no era apreciada. El público le aplaudia todas sus palabras. Al final, mientras O y yo aguantábamos un tanto la risa por los nervios del presentador, German Dehesa dijo un último poema de Quevedo. El público compuesto por muchas viejitas suspiró como el mismo Quevedo hubiera salido de la tumba a recitarles sus versos.
El día de la entrevista estuvimos tranquilos. Saber de German Dehesa, que sólo esa mañana había escrito en su columna de Reforma una ácida crítica contra el presidente de la república, al decir que lo manejaban desde la cama, era como atestiguar un meteoro. La entrevista corrió por tópicos de la creación, de cómo empezamos Boone y yo a escribir. Dehesa habló de la poesia, del valor de las palabras y al final nos permitimos bromear con él al aire.
Nunca he escuchado su programa de radio y no creo que escuche nunca la entrevista que nos hizo ese martes. Lo que sí creo es que visitarlo, ser entrevistado por él me supo mucho a esas mañanas cuando lo leía a las diez, cansado ya del ajetreo matutino, firme en mi puesto en aquella esquina de la calle por donde pasaba el ruta 82, frente a una tortillería. Recordé ese tiempo, la forma como se desenreda la vida, no hacia Dehesa, no, qué va, sino hacia el origen. Siempre estamos yendo al origen, a la semilla de nosotros mismos.

Monday, April 03, 2006

Una de las cuatro de la mañana

Hinojosa, Cristian Peña y Sarabia discuten con Espartaco sobre literatura. Yo les preparo quesadillas. La casa es literalmente un asco. Botellas por todas partes, en una esquina hay como un lodo pequeño y no sé como es que ese lodo ha llegado ahí. Mi O me dice que hay gotas de vino en una silla. Mi casera se va a infartar pero les sigo preparando las quesadillas. Las sirvo en platos amarillos desechables. Ellos las comen, las pasan con cerveza. En algún momento de la noche Espartaco y los demás están a punto de los golpes. No te puteo nada más porque estas en la casa de mi amigo, le dicen. Espartaco sigue con su postura Browniana.
Yo sigo con mi postura de chef. Corto las rodajas de queso Monterrey Jack, unos trozos de salamí y jamón. O limpia un poco la casa. Ninett duerme en el cuarto contiguo. Vámonos, grita Hinojosa y salen en un barullo de cacerolas y mordidas. Vamos hasta Acapulco, gime Sarabia. ¿Estas bien, seguro? le pregunto. Sí, si, nada más dame un café. Se lo toma y ahora sí, se van.
Salen con la madrugada y las cuatro en el alba. ¿Qué le puedo decir a Espartaco si acaba de casi insultar, borracho, a mis amigos, si el mismo Espartaco es mi amigo? Nada.
Las noticias son que lejos, muy lejos, al menos de eso me entero el sábado, Hinojosa y los demás chocaron, o los chocaron y persiguieron al otro conductor que se había dado en la fuga. En mi casa, en tanto, ya no quedaba queso y en la mañana, cuando me puse a limpiar, nos pusimos, mas bien, sacamos seis bolsas de basura. Poco para una fiesta donde siempre estuvieron cerca de sesenta personas.

Saturday, April 01, 2006

Tarde de Juárez

Frente a la iglesia metodista en la calle de Gante hay dos pequeños restaurantes de tacos. Tienen unas mesas pequeñas, con sombrillas verdes, mesitas circulares donde apenas si te caben los platos y el refresco. En la iglesia metodista, a un lado de las escaleras —cinco o seis escalones que conducen a una puerta de abeto— hay un hombre calvo, con camisa y pantalón de vestir. Intenta mover a un indigente tirado en el suelo. El indigente es un viejo cubierto con más de cinco suéteres. Unos cartones la hacen de cama pero el viejo se encuentra lejos de ese placer. El hombre calvo intenta moverlo pero no puede. Mira hacia la gente que pasa con aire de ayuda pero nadie que pasa lo ayuda. El anciano sigue tendido. Orfa y yo los miramos mientras esperamos nuestra comida. Voy a ayudarle, le digo. Me pongo en pie y por alguna razón siento que todos los que han visto el afán del hombre calvo por mover al viejo ahora centran su atención en mí. Como parte de una obra entro al escenario. ¿Quiere moverlo? le pregunto al hombre calvo. Sí, pero no puedo. El indigente me lanza una mirada rápida. Tú me cargas de los hombros, él de los pies. Su orden llega sin contratiempos. Ahora soy el mandado. Entre los dos lo acomodamos, lo ponemos bajo una pequeña saliente que podría protegerlo del frío, de una lluvia que hoy 21 de marzo intenta salir.
Cuando regreso una mujer me dice: Dios te bendiga y yo me siento otra vez a la mesa y observo al indigente que saca un periódico y comienza a leer. Pero ni Orfa ni yo lo miramos mucho tiempo. Los dos seguimos al hombre calvo, algo gordo, que lleva en la mano un pastel. Lo imagino llegando a su casa con el pastel en la mano, contándoles que se demoró un poco por ayudar a meter a un indigente. Y me consuela un poco que este acto desapercibido tendrá siempre una complicidad mutua entre él y yo. Siempre, o tal vez no, recordaremos al pasar por la calle de Gante al viejo junto a las escaleras de la iglesia metodista.
Cuando el hombre se pierde entre la gente el mesero nos trae los tacos. Los míos son de surtidita. Los de O son de maciza. Voy a lavarme las manos, le digo. Ella asiente. Sí.

Wednesday, March 15, 2006

Venta al por menor

Salí en la mañana con nueve periódicos Record, y tres El Universal. Salí con ellos bajo el brazo, listo para venderlos en una compra de periódico a calle y media de mi casa. Llegué, los pesaron. El dependiente batalló un poco para dar con el peso exacto. Cinco kilos, dijos. ¿Y a cuánto está el kilo? pregunté con la esperanza de, al menos, alcanzar a comprarme con ese dinero, un tamal. 4.50 me respondió el hombre. Me entregó dos monedas de a peso, una de a dos y una de cincuenta centavos. Esos periódicos me costaron, en total, mínimo 60 pesos y ahora ni para el tamal me costaron. Como sea me comí uno de rajas con queso. Estuvo delicioso. Es tres meses más llevaré más periódicos.
Tuve, mientras caminaba, la idea de recoger los que estuvieran en la calle.

Saturday, March 11, 2006

Retrato de cuatro presentadores

Cuatro en el estrado.

Hernán


De noche y la fiesta era en casa de Rocío Cerón. Estaba entonces, apenas, en mis primeros y nerviosos meses en el distrito federal, e ir a una fiesta me entusiasmaba porque en realidad tenía como cuatro meses sin asistir a alguna. El microbús me llevó desde Aragón hasta Hipódromo Condesa y cuando llegué a la fiesta me sentía animado, tranquilo, en paz. Susana, Marina, Rodrigo y Claudia Guillén estaban ahí. Había música rélax en el estéreo que se encontraba en una esquina de la casa. La fiesta navegaba en aguas tranquilas hasta que un muchacho alto, con lentes negros, pelo crespo y sonrisa cordial gritó: “Vamos a cambiar esos discos”. Se abrió paso hasta el estéreo, revisó los cidis y apenas puso la canción de: “Qué pasará, qué misterio habrá, puede ser mi gran noche,” la fiesta dio un giro hacia la locura y todos empezaron a bailar. Ese muchacho era Hernán. Me lo he encontrado en otras reuniones, en un camión atestado de becarios del fonca camino a Morelia o cantando en la noche bajo la luz amarillenta de los arcos en la plaza de Veracruz, y ahora casi todos los días en el cubículo junto al mío en la Fundación. Bailador excepcional, poeta intenso, crítico puntual, antologador visionario y buen amigo, siempre ha sido una celebración sus palabras y un deleite hablar con él lo mismo del verano en turno o de poesía. Gracias, Hernán, por estar aquí.



Socorro


Cuando apareció en aquella salita de la casa donde se encontraba el Centro Mexicano de Escritores supe que iba, con el tiempo, a querer, estimar y admirar mucho a Socorro Venegas. Con ella y Efraín, su pareja, he ido a comer chapulines a Tepoztlan, a comer pasta en un restaurante junto a la catedral de Cuernavaca y a una que otra boda en tardes donde todo tiene un aire festivo. La he visto en Monterrey en una mesa de lectura, en el Café iguanas, en centrales camioneras y en el patio de una de sus casas donde crecían naranjas. A Marcelo, su hijo, le regalé un títere hace mucho tiempo y en familia hemos visto la serie de 24 una tarde algo helada por fuera pero tibia y familiar por dentro. Admiro de Socorro su tesón, su escritura y agradezco la amistad que me tendió cuando no conocía a nadie en el distrito federal y las reuniones de los miércoles en el centro mexicano eran como un escaparate hacia la buena vida. Una vez aunque me desvié como una hora la acompañé hasta taxqueña y platicamos muy a gusto en el camino. Agradezco también que venga desde Cuernavaca a fiestas en Xochimilco como agradezco mucho que hoy, haya tomado un autobús y que en el camino, mientras el camión daba la vuelta en la pera o serpeaba los desfiladeros verdes leyera o no esta presentación que está a punto de leerles.


Rodrigo


Pues ándele, anímese, es lo que Rodrigo me dice siempre que voy con él con alguna duda literaria, personal, revanchista o más. Y como es norteño dice también palabras como “Sí K”, “cheve”, “morro” y el apócope de órale: “ooora”. Los cuentos de Rodrigo cargan con un humor muy fino y sus personajes son personas desesperadas, aburridas, sin chiste a quienes les extrae una gota de belleza. Pero, los chistes de Rembao de: Soy Homero el trailero, el de batman, el del luchador y el de están todos contentos, simplemente nos y me han hecho reír tantas y tantas veces que le debo muchas carcajadas en estos cuatro años y también leer buenos cuentos. Gracias a él he conocido mucha gente y en su trabajo como periodista ha hecho muchas de las entrevistas que he querido hacer en la vida. Un día estuvo casi doce horas entrevistando a Michael Jourdain y a las edecanes del Consejo Mundial de Lucha libre y a Venessa Vauche, Charlyn Corral y a Flor Gervera, la flor mas bella de Xochimilco en fiestas pasadas. Inventa comidas, es fan del fútbol americano, cinéfilo y posee un repertorio de mp3 de música de los ochentas cuyas letras tienen tanto humor involuntario que bueno. Xochimilcazos, karaokazos, idas a la lucha libre a ver al Místico con él y Xóchitl, su esposa han sido parte de fiestas que hemos compartido, como hoy, gustosamente, esta mesa de presentación. Gracias.


Boone

Hay un muchacho ahí en la Fundación que te vas a encontrar, me dijo Toscana en un mail, es de Monclova, se llama Boone, seguro te va a caer bien. Terminé de leer el mail y entre líneas entendí la sugerencia de Toscana: también es mi amigo y el amigo de mi amigo pues es mi amigo. Y aunque no busco amigos por sugerencia lo cierto es que Boone es un buen amigo y no porque Toscana lo haya mencionado. Tiene una hija que se llama Marifer con quien he bailado en una posada en la fundación y a quien he llevado a los columpios. Su esposa, Tere, cocina muy rico y es un gusto seguir encontrando gente que será importante en la vida de uno. Poeta, narrador, maestro de primaria y muy monclovense es Boone. Me da gusto saber que cuando yo iba a Monclova a mis 18 y 19 años a vender ropa deportiva y andaba en esos campos secos y agrietados de fútbol, en ese aire polvoso y con una sensación a fierro por los hornos de AMHSA, muy cerca vivía un poeta joven que casi diez años después estaría en esta mesa compartiendo con ustedes su lectura de un libro que a los 18 ni siquiera sabía que estaba en mi camino. Y antes de terminar, quiero agradecer públicamente a la salmonelosis y a la tifoidea que le dio a Boone hace como una semana, fueron tan buenos virus que atacaron a Boone con el tiempo exacto para que fuera al hospital, lo internaran, saliera a recuperarse y pudiera estar aquí, esta noche.

Conmoción

Luego, ya casi todos se habían ido, mientras sólo quedaban en algunas mesas gente del ILCE, de Santander y unas amigas, fue que me conmoví. Apenas una hora y media antes aquella sala se encontraba atestada de gente. Paulina, Cintia, Lucius y más se encontraban en los balcones y escuchaban a Boone, Rodrigo, a Socorro, Hernán o a mí. En la puerta de la entrada se arremolinaba más gente. Algunos becarios, personas de otras partes. Las diez mesas se encontraban atestadas y la barra llena. Aún en las escaleras había personas. Y la presentación avanzaba a buen ritmo. Hernán leyó el cuento de Bandidos, Socorro dijo que mis historias eran desoladoras, Rodrigo dijo, entre risas, que compraras Todos los días atrás a pesar de mis fotos en la solapa y la contraportada. Boone, en cambio, habló de las cualidades del texto, de su diez en la encuesta de El Norte sobre escritores regiomontanos.
Pero sólo, como a hora y media después cuando bajamos Ninett, César Guiterrez, Gándara, Orfa e Irazema, mientras iba con la caja de libros que habían quedado después, fue que me conmoví al recordar a la mamá de Adriana, mi jefa en la escuela, toda ella arreglada y sonriente al acercarse a que le firmara el libro. Agustín estaba también ahí, escapándose por un breve momento de la campaña presidencial. Y los ILCES habían venido desde el sur, atravesando toda la ciudad de México y Rous desde su casa por circuito interior, Ana enferma pero en primera fila, el maestro Langagne en otra.
Sólo entonces, sí, me conmoví porque era martes, casi las diez de la noche y muchos regresaban de mi evento. Decían que nunca habían visto una presentación de libro donde el autor del libro presentado, presentara a sus presentadores de una forma tan cálida. A mí me pareció una buena forma de decirles a los cuatro que se les estima. Pero ya eran las diez cuando nos encaminamos sólo unos cuantos al Covadonga a cenar. Más tarde cuando iba camino a casa con Ella abrazada a mí y nos daba el aire fresco de la noche fue que me di cuenta de una cosa en la que no había reparado: nunca más presentaría por primera vez un libro en la ciudad de México y que bueno, que agradecimiento que la primera vez haya sido un evento insuperable de afecto.

Monday, March 06, 2006

un buen fin de semana

Es la una y veo mi cuarto. Una toalla está sobre la cama, unos zapatos fuera de su lugar. Un par de cuadros siguen recargados en la pared y creo que ya es hora de acomodarlos. Prendo la televisión y la dejo en el canal cuatro donde pasan la nascar busch en la ciudad de México y voy a la sala con el ruido de los motores inundado mis libros. Acomodo algunos trastes, limpio el librero, abro las cortinas y una luz blanca blanca lame los sillones donde está el periódico y un comic que compré en la mañana. El comic se llama Robotech y aunque no tengo las cinco series completas intento tener la colección completa.
Mientras el ruido de los motores siguen en marcha recibo un mensaje electrónico. Es H. Quedamos de vernos a las tres en el parque de río de Janeiro. El parque está casi en una orilla de la colonia Roma. Es grande y tiene al centro una gran fuente con la réplica de un David. Cuando salgo descubro una colonia tranquila, negocios cerrados, alguna gente pasea a sus perros y el sol lame las banquetas, se entrevera entre las ramas de los árboles, salta jubiloso en el capacete de los coches estacionados. Corre un aire tibio y nada más.
En el parque unos niños corren entre los pasillos y una mujer blanca con pelo rubio pasea a su perro. Haydé llega por una orilla del parque y nos encaminamos a un café. En el camino, frente al Hospital de Durango, me dice: siempre he querido comer ahí. El restaurante se llama Andramari.
Cuando entramos es como descubrir un pequeño eden. Las mesas están dispuestas alrededor de un jardín y al centro del jardín hay un gran sauce del que penden alimentadores para pájaros y colibries y un revoloteo de gorriones y colibries es lo primero que te saluda al entrar. Poca gente come pero el aire adentro es un poco más helado. Un pequeño riachuelo artificial rodea al sauce y baja en escalones hasta un laguito.
Haydé pide pato y yo un tazón de fabada y mientras comemos el aire mueve las hojas y un murmrullo de hojarasca envuelve el lugar. Comemos con calma, platicamos, nos reímos, untamos piezitas de pan con mantequilla. AL final pido un arroz con leche y cuando salimos nos detenemos frente a una vitrina con hielo y adentro hay camarones gigantes, brillosos, su carne suave y anaranjada sigue dura entre el hielo que los refleja.
Salimos a buscar un café y lo encontramos en otra plaza de la colonia. Alrededor de la plaza hay varios cafés y mucha gente toma y platica. Las risas nos llegan con claridad desde todos los puntos posibles. Venden paninis y más. Tomo un descafeinado y mientras la tarde sigue cayendo. A las seis me despido de Haydé y regreso a casa. La colonia Roma los fines de semana es la tranquilidad vuelta verdad. Entre semana los negocios y el tráfico la vuelven tediosa, aburrida, pero los fines un aire calmo la inunda. Las luces de un par de bancos ya están prendidas y un par de ciclistas pasan junto a mi y se pierden en una esquina.
A las siete salgo de nuevo a casa. Debo leer algo y camino hacia el otro lado de la Roma. Atravieso la rotonda del metro insurgentes donde unos muchachos patinan y hacen acrobacias y decenas de enamorados o gente que espera deambula entre las jardineras y la entrada del metro. En la zona rosa busco un café y pido un smoothie de chocolate blanco. Leo desde las siete hasta las nueve y media, de jalón, poco entretenido en lo que leo pero debo de hacerlo. De regreso paso por una iglesia y afuera venden elotes. Pido uno. El sabor caliente me llena el paladar junto con el picor del chile. LLego a casa a dormir y son las diez y media. Mañana, hoy, tengo lectura en la Fundación. Apenas me duermo pienso en todo lo que hice: el sábado poner examenes, ir al cine, en la noche ir al concierto de Ely Guerra, leer el periódico, ir a comer. Ojalá haya más fines tranquilos como este.

Friday, March 03, 2006

Escribir.
Escribir.
Escribir.
Escribir.
Que si el texto, la nota, la última versión, que si el personaje o no.
Escribir más que un exorcismo es como una piedra en el zapato que es imposible quitarse.
¿Llegará algún día la historia perfecta, la intención verdadera, el golpe seco de un personaje
inolvidable?
¿Llegará algún día esa sensación de transmitir correctamente lo que se quiere?
Escribir.
Escribí
Escribo
Escribiré
Dejé de escribir
Escri
Es

Hospitales

Hospital. He olvidado lo que se siente estar en un hospital en la madrugada. Todo se encuentra en silencio. Alguna enfermera pasa con aire silente y sólo alcanzo a ver su silueta que se pierde en el pasillo albo. Un olor a medicina anda entre las bancas de la sala de espera. Son bancas de fierro con cubiertas plásticas. ¿A quién se le ocurrió pensar que pueden ser cómodas para dormir en la madrugada?; pero me siento, me recuesto, pongo la chamarra de Boone como almohada, su gorra del Fondo de Cultura Económica e intento dormir. Son las doce y media. Dentro de dos horas saldrá el doctor para decirme cómo ha evolucionado mi amigo. Siempre he sabido que el desvelo es inutil en estos casos. Pongo la alarma del celular para las dos y aunque intento dormir no lo logro. La banca es incómoda. Hace rato me puse a caminar en los pasillos y llegué a la recepción. Un hombre con manos toscas atendía. Alzó la mirada con aire somnoliento, arrebujado en unas mantas aún y cuando era el frío lo que andaba afuera. Preguntó con voz tosca algo que no supe entender y se volvió a arrebujar.
Afuera del hospital está la calle de Londres. Muy cerca hay antros y restaurantes y por eso no es difícil ver algunas parejas que caminan abrazadas o taxis que pasan. Me acuerdo de hace muchos años, muchos ya, cuando miraba desde el ventanal del sexto piso del hospital No. 25 a la gente que pasaba por la avenida López Mateos y Lincoln. Estaba enfermo de asma y vivir fuera de ese lugar era como tentar a la muerte.
A la dos de la mañana sale el doctor y me llama. Me da los generales del caso y me dice: Dígale a su amigo si se interna o qué hace. Voy y Boone está tirado en la cama. Le cuento, le sugiero que es mejor internarse y él asiente. A las tres de la mañana está cómodamente instalado en su habitación y yo salgo con la noche a la casa que está a sólo cuatro calles del hospital. Hace frío, pero al menos Boone ya comienza a recuperarse. Dice que quiere estar listo para el martes y pueda presentar mi libro. Estoy seguro que si

Friday, February 24, 2006

Falsa alarma

Se me olvidó mi celular, le dije a Boone en el taxi camino a la Residencia de Francia donde le entregarían a David Toscana el Premios Antonin Artaud. Bueno, ni modo, me contesté porque ya estábamos en el grave problema de no perdernos en la colonia de Lomas de Virreyes. Pero, durante la ceremonia pensé que era una lástima no traerlo. David hablaba en ese momento de un recado que le habían dejado de la gerencia del hotel donde le informaban que en la compra de dos malteadas le regalaban un chocorrol. La historia me gustó y quise compartirla con alguien pero el celular, bien gracias, bien cuidado en la Fundación.
Luego, la noche, mientras andábamos por la calle pensé que si trajera mi celular podríamos llamar un taxi y no recorrer las vigiladas calles de la colonia donde guardias nos preguntaban el quien vive casi cada doscientos metros.
En la mañana llegué temprano y el celular no estaba. Había en mi escritorio el cargador pero del celular nada. Me puse serio. Me preocupé. Seguro es una broma de Hinojosa pero Vicente le llamó a Hinojosa y me dijo que él no lo tenía. Comezaron las indagaciones, preguntamos quién había sido el último en irse y nadie sabía nada del celular. Se lo robaron. Y batallé para llegar a esa afirmación. Se lo robaron, claro. Y María, Hernán, Claudia, Gaby, Alfonso, Alberto, todos, hicieron un círculo alrededor de mi cubículo para lamentarse conmigo por el robo del celular. No era muy bueno, más bien viejo pero era mi celular. Me dio mucho coraje. Dile a Langagne, me dijeron todos.
Por la tarde fui al cine a ver Bandidas para quitarme el coraje del robo y por la noche vino el maestro Carlos Prieto. Tocó una parte de la sinfonía No. 5 de Bach. La sarabanda, quinto movimiento de la pieza, era muy rítmica y me acordé de mi celular. A la salida el tema seguía en el aire y cuando le dije al maestro se enojó, se preocupó, hubo movilización general. Mi celular robado era tema de conversación.
Dormí mal aunque soñé que conducía un carro de carreras e iba en primer lugar.
Por la mañana la casa olía a cigarro (había tenido visitas a cenar) y me desperté aún encorajinado. Luego fui al Mercado a comprar una bolsa para la ropa sucia. De pasada entré el centro cultural telmex. Vi un kiosko con celulares. Suspiré. Me acerqué. Vi los precios, los modelos aunque no había nadie para informarme. Era sólo un kiosko solo en una plaza. Un hombre con un celular robado que miraba con una bolsa para la ropa sucia junto a él. Decidí salir, caminar hacia el Hotel Ensanada y me encontré a Toscana junto a una computadora, contestando unos mails. Más tarde llegó un chico a entrevistarlos y los tres nos fuimos al café del Wings. Camino a la Fundación le conté a David del hurto. Sólo subió el labio inferior en señal de desaprobación.
Pero, cuando llegamos, Karla apareció. Karla con su sensación de ángel. Karla con su mirada azulada y clara como el agua de una pileta. Apareció tu celular, me dijo. ¿En serio? Me lo entregó descascarado como está, las letritas NOKIA al frente. Lo guardó Francisco, se le olvidó decirle a Ciri. En fin. Apareció el celular.

Monday, February 13, 2006

Crónica de un día cualquiera

Me levanto al cuarto a las nueve y siento el frío. Hace frío. Las cortinas se encuentran heladas y más allá de ellas veo un cielo blanco, neblinoso. Y es domingo. Apenas veo al alfombra la encuentro sucia. Creo que ya es hora de limpiarla. En el baño me recibe el altero de ropa sucia. Creo que ya es tiempo de ir a la lavandería y al verme en el espejo pienso: también es hora de cortarme el pelo. Y cuando salgo a la sala y veo bolsas por todas partes, la caja donde dueme el librero sin armas, los sartenes sucios en el lavabo, el desorden de comida dentro del refrigerador, me digo que sí, ya es hora de limpieza. Pero antes, y me asomo por la ventana al pasillo donde ya se reúnen los vecinos, tengo que ir a la junta de condóminos.
Abajo la mayoría anda en pants y sudaderas pero algunas se han vestido muy formales, el pelo recién lavado y el tacón punta de observáme. Tres horas les lleva ponerse de acuerdo en el asunto del cajón de estacionamiento, intentar averiguar qué vecino se roba la correspondencia y al rompe, cuánto cuestan los motores y controles remotos para la puerta de entrada, si tienen o no que destruír parte del jardín para hacer dos cajones de estacionamiento más y quién llevará la administración. Los vecinos se quejan, se pelean, se contentan, sonríen nerviosamente entre ellos, cuchichean a espaldas de quien tiene en ese momento la palabra, reniegan de condóminos que meten dos coches pero al final, se dan la mano como buenos vecinos y cada quien regresa a su casa
Y miro la hora. Ya es la una y cuarto. Salgo en estampida de la casa con el libro de Lo bello y lo triste de Kawabata en las manos y me dirijo al Centro Cultural Telmex. No tengo mucha hambre pero me como unos tacos de alambre y entro al cine a ver Orgullo y prejuicio. La gente aplaude al final, una vez que Elizabeth se queda con el tan emblemático Mr. Darcy y el Sr. Bennet dice: Si alguién viene por otra de mis hijas, que pase, ahorita estoy desocupado. Es increíble cómo la novela de Jane Austen ha sobrevivido y cómo esos moldes de la sociedad victoriana sólo han cambiado de nombre pero siguen siendo los mismos.
De regreso a casa compro un desarmador y me digo. Ahora sí. Armo el librero, acomodo los libros, saco las botellas, por fin pongo la alacena, acomodo mis cuadros, lavo los trastes, me corto el pelo, me baño y cuando apenas me doy cuenta ya son las ocho de la noche y sigue el frío. pero aún así salgo, tomo un poco de dinero y me voy a cenar a los tacos Frontera. Hoy, ayer, los frijoles charros no fueron tan buenos, menos el taco combinado. Vuelvo a casa, intercambio mensajes con Ana y me pongo a leer El hermano gemelo de Sergio Pitol. Qué buen narrador es Sergio Pitol. Victorino Ferri cuenta un cuento tiene toda una retórica tan mexicana que ya me interesa ver cómo se transformará en los cuentos siguientes.
A las diez dejo el libro, apago las luces y me voy a ver la televisión. Son las doce cuando una vez terminado un programa y releído las noticias del día apago la luz e intento no pensar en nada no pensar en nada no pensar en nada para lograr dormirme, pero en el sueño me atacan, al igual que toda la semana anterior, los fantasmas de gente del ilce y de la fundación como si se pelearan por mi alma.

Tuesday, January 31, 2006

ILCE

ILCE. Me cambié el dos de junio del 2004 a las oficinas del ILCE en la torre Zafiro. NO voy a hacer amigos, pensaba, orgulloso, voy a trabajar, a tener más tiempo para leer y escribir. Y sí, el ILCE me dio mucho tiempo para leer y escribir, el suficiente para poder tramitar con calma las becas del fonca y de la fundación y el tiempo suficiente para poder corregir el libro de cuentos de los días atrás y el tiempo suficiente para irme a Morelia, Veracruz y Morelia, Tampico y Monterrey varias veces. Hoy que bajaba por sus escaleras con la mochila repleta de buenos deseos y miraba los escalones grises recordé la mañana que nos evacuaron por una amenaza de bomba y la tarde que a las dos y cuarto tembló y nada más sentí el bamboleo suave del edificio, un pequeño salto de hormigón, acero y ventanas que me aterró. Y bajé por las escaleras por las que a veces iba al cuarto piso a saludar a Lucifer, Oswa y machacar a Edith porque era de Querétaro y ella nada más me decía: reeeegio, con toda la burla en las cinco letras.
ILCE. Me cambié el dos de junio del 2004 y al mismo tiempo, guardaba la esperanza de hacerme muy amigo de la gente de ahí. Y hoy, mientras bajaba las escaleras grises, aún dentro de la torre de Zafiro, recordé el pulgar arriba con el que Raúl deseaba buenos días, los chistes de Heidy, la mirada traviesa de Laura, cuando Isabel llegaba a mi cubículo a preguntarme como estaba, los chistes de doble sentido de René Cejudo y Alex, la siempre dispuesta discusión sobre sintaxis cno Gladys, el grito y la risa de Paulina.
Hace tiempo escribí aquí que, en pulcra oficina me habían preguntado qué dejaría por escribir. Ahorita pienso y veo que siempre digo que he dejado esto y lo otro o aquello. No he dicho lo principal. He dejado personas. Buenas personas. Y eso es muy difícil encontrar en el mundo o a veces uno no quiere encontrarlos en el mundo porque es mejor decir sí, que todo apesta, nada sirve, tal vez por que nos gusta ver el mundo con pocas posibilidades. En fin. ¿Qué dejarías por escribir? me pregunto otra vez. He dejado personas pienso hoy que fue mi último día de trabajo y mi último día de vivir en aquella casa en Perisur con Ana Camarillo y pienso que a veces sería bueno no hacerlo, a veces, aunque te lances de nuevo a la batalla, me gustaría saber que tengo una casa allá atrás, una casa mía a donde volver. ¿Es la escritura esa casa?

Casa nueva

Mi nueva casa es de paredes blancas, tiene piso de mosaico y una alfombra azulada en la recámara. Un gran espejo en el baño se abre como los flores de una biznaga y tiene closets amplios, una sala cómoda, una mirada hacia otros edificios del centro de la ciudad de México. Un hogar nuevo para ocho meses nuevos. Siempre quise vivir en la colonia Roma. Me gusta mi nueva casa y es, en parte, el resumén de mis otras cinco casas en el d.f. En Bosques de Aragón tenía, afuera de mi cuarto, un fuente y el somnoliento sueño de Ramses y Celic, los gatos de la señora Alma. En Plateros tenía un sendero angosto siempre sucio por las hojas de los árboles y donde Ajax se aterraba solo al verlo desde la ventana de mi departamento en un quinto piso. En la Panamericana, en el departamento 301 del edificio 19 de Vistas del Maurel había mucho, mucho frío, en el 503 pasaron cosas muy sorprendentes, en el 402 solo recuerdo una placidez. Pero siempre estuvo el centro de la ciudad y la vieja añoranza de la colonia Roma. Ahora veo mi nueva casa, las cortinas, la estufa y el refrigerador. Mi nuevo hogar.

Monday, January 23, 2006

Última embestida.

A ese lo van a cornar, sentencia Hinojosa. Allá abajo el torero Rincón se acerca un poco al tercero de la tarde, se acerca meticulosamente con la capa esgrimida a todo lo largo mientras parece hablarle porque aún desde lejos, desde las tribunas de sombra donde estamos, junto a un viejo que lleva sus binoculares, come pistaches y escucha la narración de la fiesta en una radio portatil, vemos cómo mueve la boca, alza las manos para increpar al toro. Y el toro va con los pitones a media hasta. Babea. Se le hunde el vientre a la altura de los ijares, el lomo brillante y rojo con las cinco banderillas de colores que manotean gozosamente al aire. El toro. Casi 500 kilos de peso. De la ganadería de Garfias. Sus pitones lustrosos como si fueran de acero. El toro se lanza contra Rincón y éste lo esquiva mientras la capa se eleva y acaricia el lomo del animal antes de caer.
Y arriba la gente y en las gradas, y cerca del redondel, grita: Ólé, óle, óle, óle. Cuatro óles que se quedan estremeciéndose en el aire de la tarde, en el cielo azulado cielo capitalino en donde veo un avión gigante que comienza su descenso.
El toro sigue de pie y Rincón vuelve a aplicarle varios mandobles con la capa. Le da la espalda, a centímetros de la cornamenta y la arena se pone de pie, grita, se cansan las manos de aplaudir. El viejo a mi lado solo come pistaches y apunta sus binoculares hacia el centro de la plaza donde Rincón se acerca al redondel rojo. Un hombre del otro lado del encordado le extiende una nueva capa roja y veo la espada brillante en la tarde, como un alfiler desde el lugar donde estoy.
Ahora viene lo bueno, dice alguien pero no presto atención. Estoy atento a la postura de ataque del torero, la espada en alto, trémula pero fija en el aire. El toro está echado atrás, la baba le cuelga, ya no es nada de aquel animal se salió en estampida por los toriles y que se plantó brioso y gigante en el ruedo de la Arena México. Ahora se le ve cansado, después de correr toda una vida alrededor del encordado, de embestir a un rejoneador y tirarlo del caballo y lanzar el equino casi levantándolo con la fuerza de sus pitones. Ya no es ese toro.
Ahora solo mira fijamente la punta de la espada y Rincón mira fijamente el lomo del animal. Pienso que debe de existir, en ese momento, algo de amor entre el hombre y el animal. Un punto congelado donde el hombre agradece al toro su valentía, su fuerza, porque sin eso él no logrará las dos orejas de la tarde. Pero tengo que matarte, pienso que dirá, y tengo que matarte bien. Y así, en la última embestida de la tarde, Rincón y el toro se lanzan frente a frente, la espada entra limpia en el animal. Un quejido seco en el aire. Miradas como ramilletes sobre la arena. Un golpe de adrenalina cuando la espada corta la carne. Una explosión de sangre sobre el lomo del toro. Luego dobla las piernas, sus pitones al suelo. Otro hombre sale por la puerta de toriles y le veo una pequeña daga en la mano. Veo cuando de un tajo termina por matar al animal que alza un poco las patas traseras pero luego las deja caer.
Más tarde salen caballos negros por el Toro y Rincón es homenajeado con dos orejas. La arena huele a habano, sabe a gritos y sangre. El sol comienza a caer cuando el toro sale arrastrado por esos caballos negros como la muerte, sus crines con festones rojos y verdes. La gente le aplaude al toro, se pone de pie ante la bestia que es arrastrada por la arena Y Rincón lleva las orejas en las manos, las manos en todo lo alto y dos banderas colombianas salen en las tribunas y se agitan, amarillentas, rojizas y añiles en el aire rojo de la tarde.

Monday, January 16, 2006

Endecha por una mujer libre

Se la llevaron. Me fui en la mañana y cuando volví en la tarde otra persona, otra máquina, otro aire ocupaba su lugar. Se llevaron sus plantas que crecían confinadas a una maceta cuadrada, se llevaron los juguetes de su hijo con los que a veces llegaba en las mañanas después de ir a dejarlo a la guardería. Se la llevaron con sus dijes, sus pulseras, el ópalo que nunca le di. Se la llevaron a Laura un dieciséis de enero al mediodía mientras estaba lejos y no podía reprochar ni hacer gestos ni al menos mostrarle a los demás que la noticia no me gustaba. Su lugar de tanto colores, su lugar con aire de artesanía quedó mudo. Sus risas, sus dudas, su aire de preocupación ante el trabajo y su vida, su aire de felicidad y risa ante el trabajo y la vida se quedaron lejos. A mi me amputaron la mitad de mi tranquilidad con ese movimiento. ¿Con quién iba a compartir los primeros chismes del día? ¿Con quién iba a compartir ahora la chispa de las historias nuevas que surgían de la nada? ¿A quién iba a decirle que la quería y que la extrañaba? En su lugar solo quedó un extraño. Una espalda mas en este mundo donde las espaldas son el confin de todos los días, donde las espaldas son las palabras, el callar a otros, el defender lo indefendible. Se llevaron a Laura al mediodía mientras yo hablaba tontamente de literatura y defendía mi postura sobre una frase juiciosa aunque hermosa. Ya no habrá con quién compartir esas mañanas de licuados y de risas. Se llevaron a mi única mujer libre del ILCE. La bajaron al cuarto piso donde las grillas están a la orden del día, donde la planeación concibe solo el progreso y alcanzar las metas, las cifras es el mejor alimento para los molares y los caninos institucionales. Adiós Laura. Adiós.

Friday, January 13, 2006

los ojos de glori

Estaba enamorado. Un primer amor de locura, de lejanía. Todas las tardes Claudia, con quien había estado en tercero de primaria, subía a su casa que daba justo a mi salón de clases y me sonreía o se ponía a hacer la tarea en una amplia zotehuela de su casa. Y yo la quería con esa cosa rara del primer amor. Veía la tez blanca de su rostro, sus ojitos cafés, el pelo castaño, sus labios chiquitos y rosas y más me enamoraba. Claudia estaba en la misma escuela, solo que en el turno matutino. Se había cambiado justo al terminar el tercer año. Y la extrañaba. La eché de menos todo ese cuarto año mientras jugaba al beisbol en el equipo o salía a jugar basquetbol en la cancha blanca por el sol, o mientras comía tostadas con salsa roja y limón y las pasaba con sendos tragos del agua helada que salía de los grifos del bebedero de azulejos azules.
Y estaba enamorado aún en quinto año y seguía viendo a Claudia en la zotehuela de su casa. Una tarde, mientras en el patio ocurría la kermese, subí a mi salón y ahí estaba en su casa Claudia. Me miró, me sonrió y dijo que me quería mientras lanzaba la luz del sol hacia el salón con la ayuda de un espejo. Yo estaba sorprendido del amor, sorprendido porque siempre sorprende saber que otro te ama y bajé corriendo e intenté salir de la escuela pero fue imposible porque estaba un conserje.
Y estaba enamorado. Lo recuerdo. Por eso, al día siguiente, mientras mi madre lavaba la ropa, le dije: me quiero cambiar de escuela. ¿Y a qué escuela quieres irte? me pregunto sin dejar de ver la ropa que se movía de un lado para otro. El sol pegaba sobre la espuma y la tela roja de una camisa que emergió, tomó sol y volvió a meterse. A la quince. Mamá seguía sin hacerme caso. Ajá, ni creas que voy a ir con la directora, respondió. Si quieres, hazlo tú. Bueno, lo haré.
Así que me puse unos pantalones, andaba en shorts y salí de la casa con el sol de las ocho de la mañana sobre las calles. Subí por gardenia, doblé en manzano, subí por privada gardenia hasta cerezo y llegué a la escuela. Pedí hablar con la directora. Le dije que deseaba cambiarme de escuela a una con un mejor nivel y le extendí, orgulloso, mi boleta de calificación con puro diez. Luego mentí: además, tengo problemas con mis compañeros (era cierto, al menos un año antes me la pasaba entre pleitos y perseguidas). La directora miró la calificación y me dijo: A ver, trae a tu mamá.
Cuando volví a casa mamá se sorprendió mucho. ¿Cómo que fuiste a hablar con la directora? Pues si, fui y quiere verla. Mamá con el vestido en parte mojado por la lavada se arremangó las mangas, se puso algo seco y ahi fuimos los dos hacia la escuela quince de mayo ya casi las nueve. Mire directora, dijo mi madre, le dije que viniera a hablar porque no pensé que lo fuera a hacer. Y la directora nada mas puso cara seria y luego se rió. Entonces saliste aventado, me dijo y yo me puse rojo de verguenza pensando en que al fin podría estar todos los días más cerca de Claudia. No aceptamos a nadie iniciado el ciclo escolar, y menos de una escuela donde hay pocos alumnos como es la cerro de las campanas, pero esta bien, vente mañana a las siete para asignarte salón.
De regreso a casa no cabía de felicidad. Estaba enamorado. Vaya que lo estaba.
El problema fue en la tarde.
La escuela.
Amá, le dije, venga conmigo para hablar con la directora y la maestra. Mi madre se cruzó de brazos. No mijito, aquello lo hizo solo, esto tambien lo hace solo. Lleno de miedo entré a la oficina de la directora. Le dije del cambio, vio mis calificaciones, suspiró. Su oficina era muy oscura y pocos trofeos había en las vitrinas junto a una bandera de México percudida por la penumbra. Salí de ahi con aire triste y subí los escalones hasta mi salón. Luego hablé con mi maestra, la esposa de mi maestro del año anterior y cuando le dije puso la pluma sobre el escritorio y miró hacia la casa de Claudia donde no habia nadie. Sentí su decepción. Qué le vamos a hacer. Siéntate. Después se puso en pie y dijo en voz alta que me iba a cambiar. Mi compañera de banca, Gloria, volvió a verme y su rostro decía algo de tristeza, sus ojos brillaban temblorosos. ¿Es cierto?, preguntó y yo asentí. ¿Pero porqué te vas a cambiar? Y miré hacia la casa de Claudia sintiéndome muy muy tonto. No sé, pero ya me cambié.
El resto de la tarde no lo recuerdo, menos si salí por el portón o por una puerta, si les dije adiós a todos y cada uno pero al día siguiente estaba puntual y contento en la dirección de la quince de mayo. Vi pasar a Claudia con su salón y se sorprendió al verme con mochila junto a la directora. Todo fue bien, pero tambien, ahora, cada que renuncio a algo recuerdo los ojos de Gloria, sus negros ojos temblorosos y quisiera darle un consuelo no por mi partida, sino por las partidas del mundo pero no encuentro mas palabras que aguantarse y seguir. Y sí. Esta semana he renunciado otra vez a muchas cosas para ir en pos de una Claudia distinta, de una Claudia que espero abrá los ojos, sorprendida.

Monday, January 09, 2006

Sangre Azteca

De niño veía en las películas de El Santo la mítica Arena Coliseo. El embudo, como le llaman, me parecía el origen de todos los mitos. Es domingo y Nadia va con su cámara fotográfica seguida por Enrico y Yu-Jin. Los cuatro miramos la calle llena de baches, el agua estancada, los edificios viejos con pintas y el revoloteo de la gente al lado de los puestos de tacos. De una de las paredes de la arena pende el letrero: "Arena Coliseo" y sonrío porque recuerdo tantas y tantas películas donde El Santo desenmascaraba a un luchador y éste se convertía en hombre lobo y después de vuelta en hombre y después de hombre se convertía en calavera. Enrico y Yu-Jin son dos monedas de sorpresa en la calle y Nadia nada más se ríe mientras me cuenta que en muchas partes siempre hay hornos de microhondas junto al nicho de vírgenes y le digo que es porque hay veladoras de dos minutos o veladoras duración popcorn
Yo compro los boletos, le digo y me meto a las taquillas donde la gente se arremolina y le entrego a Nadia mi sueter café. Un hombre renco me sale al paso. ¿Cuántos quiere amigo? ¿Dos? ¿Cuatro? Vuelvo el rostro y hago una mueca a los demás que esperan junto a un coche. ¿De qué fila quiere amigo? Tengo de la una y la dos. En taquilla ya no hay. ¿Cuánto?, le pregunto. 150. Vuelvo con los otros. Dice que en 150 y en segunda fila junto al pasillo donde salen los luchadores. Pero queremos tomar fotos, dice Nadia y Enrico y Yu-Jin asienten. Vamos a pedir permiso, dice el hombre y lo seguimos entre la gente y la pequeña entrada de la arena. Nos damos a entender en una jerga donde el español, el inglés y el italiano salen a relucir. Al final nos dan permiso. El hombre renco nos da los boletos y nos dice que, a mitad de la función, va a ir a cobrarnos.
Adentro el cuadrilátero ocupa la parte central y me da la sensación de claustrofobia por el reducido espacio. Unas luces rojas bailotean sobre el encordado y luego apuntan hacia las gradas arriba que se asoman. Es como estar en la parte baja de un gran panal y la gente hace ruido ensordecedores, las mujeres dan alaridos cuando salen los hermanos Rivera o Mr. México o cuando sale Latin Lover o Leono. Mira, ese Leono se hizo cirugía en la naríz, le digo a Nadia quien se la pasa tome y tome fotos y silbando como no he visto nunca. En la penúltima lucha sale Sangre Azteca, Universo 2000 y Olímpico contra Lizmark, Heavy Metal y otro luchador que no recuerdo.
El combate abarca toda el área del ring. Gritamos mucho. Nos levantamos de nuestros asientos. Es un silberío sorprendente y cada que veo a Nadia, Enrico y Yu los encuentro con la cámara en alto y fotografiando. La lucha termina con el triunfo de los rudos y cuando Sangre Azteca pasa junto a nosotros se detiene por un momento, nos mira, sonríe a Yu, y pasa su mano por el mentón de ella, se lo acaricia, le sonríe, nos sonríe y veo el rostro enrojecido de Yu y la sangre de emoción en los cuatro. Es sólo un momento donde el luchador pasa, nos mira, toma el mentón de Yu y la enrojece pero se nos queda grabado y más tarde, cuando salgamos huyendo de la Arena Coliseo para que nos nos cobren la entrada será tan solo uno de los temas de conversación.
Así sigue la lucha. ¿Oye, no han venido a cobrarnos?, pregunta Nadia y yo estoy desde la segunda caída de la última cuando Tarzan Boy se burla de Dos caras jr. al tanto. Pero el hombre no se aparece. ¿Y si nos vamos antes de que vengan?, dice Nadia y no tiene ni qué decirme porque ya estoy en pie. Vámonos, le digo. Salimos a las prisas de la Arena Coliseo. Lo malo es que no somos nada camufajeables, se queja Nadia pero ahi vamos ya en la noche por los pasillos, luego a la entrada, nos abremos paso entre la gente y los coches y cuando estamos lo suficientemente lejos soltamos una carcajada. Ya en casa de Pedro mientras tomamos vino y hablamos otra vez en esa jerga de español, italiano e inglés, llego a la conclusión de que aún estoy de vacaciones y que es una buena forma de terminar este período con una visita gratis a la arena Coliseo.

Wednesday, January 04, 2006

Tierra baldía

Este 4 de enero de 2006 fui testigo de un hecho raro e histórico en la colonia. Hoy desapareció el último lote o tierra baldía de la colonia. Durante mucho tiempo, entre las manzanas llenas de casas o vecindades, se intercalaban trozos cuadrangulares y salvajes de tierras baldías. Ahí jugaba con mis vecinos y primos en épicas batallas donde ladrillos eran murallas y varas o trozos de ramas fusiles mágicos. En esos terrenos también, algunos pocos y limpios, armábamos canchas miniatura de fútbol donde era cosa prohibida caerse porque nunca se sabía dónde había algún vidrio o el cadáver de un gato.
En esa tierra baldía pasaban también, hace mucho tiempo, en un tiempo que la ciudad ahora no recuerda, grupos y grupos de mariposas que bajaban del norte hacia el sur y eran despedazadas por nosotros con ramas con puntas afiladas o espinas. Pero luego, poco a poco, con el esfuerzo de la ciudad, el dinero, el progreso que borra tradiciones y viejos vicios, los terrenos desaparecieron poco a poco. Muchos se transformaron en bodegas, otros en panaderías, dos o tres tuvieron la suerte de convertirse en plazas.
La transformación abarcó desde mi primer adolescencia cuando vi el gran llano camino a la escuela convertirse en una gran nave de taller mecánico hasta hace pocos años cuando la tierra baldía frente a mi casa se convirtió en tres naves industriales donde almacenan rollos de tela y varillas de construcción. Todos fueron desapareciendo menos uno.
El pequeño terreno baldío en la esquina de Gardenia con privada Limón se mantuvo agreste, lleno de matas, con dos árboles retorcidos y espinosos y montones de basura en las esquinas. Hormigueros, avisperos, nido de ratas y más, el terreno siempre fue desairado por las grandes constructoras que volvieron mi colonia en colonia de bodegones y más. ¿Qué se podía hacer con un terreno tan pequeño? Nada.
Pero este fin de año, por motivo de las fiestas navideñas y los cohetones, mas el calor seco que asoló la ciudad en las fiestas decembrinas, hizo que el fuego apareciera en el seno de las raíces y la tierra suelta. Un cohete tronó e hizo la chispa. La chispa se sacudió en fuego. Una mata espesa y blanca de humo se despeinó sobre los dos árboles y un mini fuego se hizo. Los vecinos se alarmaron. Pasé justo en el momento que acarreaban botes con agua y con el manguerazo apagaban las brinzas negras y blancuzcas por el fuego. Hoy, fueron unas máquinas y traxcavos y comenzaron a terminar con la tierra baldía. Quitaron los árboles, eliminaron los montones de tierra.
Ya no hay tierra baldía en mi colonia. Ya no. Finalmente, este histórico 4 de enero, el último terreno baldío de la colonia ha desaparecido. Ya no queda nada de la vieja colonia Moderna. Las cantinas han desaparecido. Solo una vecindad se sostiene a duras penas entre la clínica 15 y unas bodegas. Ya no hay tierra baldía. Se ha terminado toda.

Friday, December 23, 2005

Monterrey, día de un año

Lo primero que me llama la atención al volver a Monterrey y pasar por la avenida Pablo A. de la Garza es el nombre de los negocios. UNOCAL, Tracto partes Treviño, Afasias Martínez, el Piñón de Oro, Autopartes Ubaldo y Llantas Roca, son sólo algunos de los nombres de los lugares donde venden desde calcomonías y defensas de chevys hasta barras de cardan de dinas. La calle Pablo A de la Garza (héroe regional durante la guerra de la revolución mexicana) vive a estas horas con sus negocios abiertos que exponen rines plateados, y chicas que en pantalones entallados y playeras de mangas muy cortas exhiben las mercancías mientras a su lado, sin nada qué hacer, grupos de mecánicos o los dueños toman una coca en la sombra.
Falta un día para navidad y parece que este año la ciudad le ha dicho al frío: hoy no. Y el sol ha evaporado cualquier aire helado. La gente ha salido entonces, sin temor de nada, a la calle a hacer las compras de pánico de último momento y alcanzo a ver a un par de santacloses en la calle con un disfraz espantoso y caliente que les pone un rictus de fastidio en el rostro.
Monterrey huele a carne asada esta tarde y sabe el aire a una lluvia de bistees tibios o salchichas gordas y jugosas. Y camino entre sus calles, compro un par de libros que sòlo le pueden intenresas a gente que lee y escribe en Monterrey. El primero es un anuario de lo que escribieron las primeras cuatro generaciones del centro de escritores de n.l. y el otro es un libro de Cuitlahuac Quiroga, libro editado por Papeles de La Mancuspia.
En Monterrey pasan en la televisión las películas de Godzilla y conductores de camiones o vendedores de naranjas traen puesta la playera de los rayados del Monterrey. Y los camiones son grandes (nada de microbuseros) y la gente come "conchitas" con salsa verde y crema y nada como ir a comprar o perder el tiempo en la calzada Morelos. Hoy le decìa a Ana, me gusta, me gusta la ciudad y se me quedó viendo con cara de ingratitud. Yo ya me quiero ir de aquí, me dijo. Así es el corazón con nuestras ciudades. Nos vamos de ellas para quererlas. Nos quedamos en ellas para odiarlas.

Monday, December 19, 2005

Nos robaron

Desde el partido del jueves nos robaron. Nos robaron ayer también. Para quitarme la tristeza me fui a la Gandhi y me compré tres libros.

El libro del desasosiego de Pessoa.
La presa, de Kenzaburo Oe.
Cóbraselo caro, de Élmer Mendoza.

No cabe duda que la literatura y la escritura, salvan.

Friday, December 16, 2005

Retratos Familiares V

Nadia
Miro sus ojos. Miro sus ojos que enfocan. Miro su cámara negra. Miro su cabello corto, algo alaciado. La miro sonriente y vestida de negro mientras un motociclista la carga. La miro mientras mira a una mujer envuelta en plásticos negros. Miro sus fotos: sus hombres musculosos, el viejo en una zapatería, sus vírgenes blancas sobre retablos claros. Miro sus manos sobre la cámara. Miro y miro y miro sus ojos claros, la sangre que pulsa en sus venas, su sonrisa fotográfica, su aire de encuadrar siempre el mundo. Miro la miro a Nadia sonriente por calles neoyorquinas o mientras trabaja en un bar de dominicanos. Miro y miro a Nadia Baram mientras camina entre la gente en un evento de la representación de Chihuahua; y miro sus ojos nerviosos como dos destellos de ansiedad que a veces se hacen lumínicos y otras se apagan. Miro su larga mirada donde se reflejan globos solitarios y un Chaplin que camina bajo el agua. Miro me mira nos estamos mirando me mirará más tarde cuando deje de leer estas líneas y salga a abrazarme y enfoquemos en el lente de su cámara ese día que nos conocimos. Miro en sus fotos al hombre ebrio que deambula dentro de un ruedo sin mirar al toro. Miro la tristeza de sus mujeres, la placidez de sus hombres, lo esperpéntico de sus musculosos, la panorámica de una alberca donde todo es geométrico. Miro me mira nos miramos nos estaremos mirando habremos de mirarnos seremos mirados mientras exista ese grato recuerdo de salir a encontrarnos. Miro a Nadia feliz y sonriente con su cámara al lado, con sus fotos todas las que no son, incendiándose por ser en sus ojos. Miro sus manos. Atiendo el secreto calor de su sangre. Miro. Me mira. Nadia toma su cámara. Me enfoca. Me atrapa. Es 14 de diciembre. Nadia me está mirando todos estos años atrás, todos estos años que vienen.
Es una fotografía.

Thursday, December 15, 2005

El millón

En casa nunca hubo mucho dinero pero hubo un momento donde nos creímos ricos. Fue cuando a papá lo corrieron de su trabajo en Pantalones Coloso. Esa fábrica era y es el emblema de mi familia porque ahí se conocieron mis padres. Se enamoraron como todos, por casualidad. Mi papá entró a trabajar ahí como barrendero a los 15 años y cuando lo sacaron, a los 33, era el jefe de la línea de producción. Recuerdo fiestas de pantalones Coloso donde todos los empleados nos chuleaban a mi hermano Jorge y a mi nada más por ser los hijos de "don Toño". Mi papá era importante y eso siempre es fundamental para alimentar la confianza de los hijos.
Además... era uno de los cuatro jefes de pantalones Coloso, una fábrica de casi 300 empleados. pero un buen día la fábrica se fue a la quiebra y corrieron a todos, incluido mi papá. De liquidación le dieron un millón de pesos. Cuando lo dijo pensé: wow, un millón de pesos y se me hacía muchísimo. Pensé que ya éramos ricos. Con un millón de pesos se podría hacer muchas cosas.
Como primer medida mis papas lo pusieron en el banco, en un bancomer. El millón daba al mes un interés muy bueno así que casi creo que con eso nos manteníamos mientras papá encontraba otro trabajo. El millón se convirtió en una especie de ventana de salvación, tabla de flotación y una paz extraña. Era bueno saber que ok, papá no tenía trabajo pero estaba el millón en el banco. Cada 3 de mes íbamos por el interés al banco. A veces acompañaba a mamá y la veía hacer fila y luego meterse el dinero en las bolsas del vestido y salíamos a comprar cualquier cosa de mandado.
Pero los meses pasaron y hubo urgencias. Un día el millón dejó de ser el millón pero yo siempre pensaba que seguía siendo una unidad indesctructible. Una tarde hubo una devaluación. Papá llegó asustado a la casa con la noticia. El dinero se iba a convertir en nada y se decidieron a comprarse algo para invertir. No sé si lo que compraron fue la mejor inversión pero el millón se convirtió en una máquina sobrehiladora pequeñita, pequeñita que más parecía estación espacial que máquina de coser. Claro, me divertí mucho con ella usándola como plataforma de lanzamiento pero al verla, no dejaba de sentir cierto aire de minusvalía porque el millón había desaparecido.
Aún ahora, cuando queremos en casa hacernos a una ilusión o apoyarnos en algo inexistente, mi mamá o mis hermanos hablamos del millón. ¿Y el millón? dice mi mamá y nada más nos reímos.
¿Dónde quedó el millón?

Quiero un transformer de regalo

En fechas navideñas llegaba la temible hora de los regalos para mis papás. No somos muchos pero cómo dábamos lata. Además, el bombardeo televisivo y con Chabelo era terrible, infame, desquiciante. A cada rato veíamos que los carros a control remoto, los juguetes de química mi alegría que siguen siendo el hit dentro del hit o los juegos mesa eran la delicia de chicos y grandes. En la televisión veíamos a niños que jugaban al operando o al pulgas locas. Y mi papá nada más veía la televisión sin decir nada y nosotros mejor ni nos hacíamos a ninguna ilusión.
Yo lo que realmente quería de regalo era un transformer. Quería a Optimus Prime y a uno que otro Desepticón.
Una navidad dio el 24 de diciembre y papá simplemente no alcanzó a comprar nada. Siempre supimos que Santa Clos. Pasamos la noche medio tristes, con la certeza de que no habría regalo porque el tiempo era duro, la crisis mucha y no había dinero. Cenamos algo en casa de mi abuela Petrita y recuerdo que a mis primos les dieron muñecas, una cocineta para niños y colecciones de carritos. A la mañana siguiente con el frío en la calle, el humo de varias fogatas en las calles y el tronero de cohetes que habían soportado la víspera estábamos sentados frente a la casa de mi abuela cuando papá llegó y nos dijo: Vayan a cambiarse, vamos por sus regalos.
Nos pusimos bien contentos. Digo. Super contentos. Tomamos el Moderna y nos bajamos en los puesteros de Reforma mi mamá, mi papá, mis hermanos Jorge y Saúl y mi hermana Ruth (Elda no estaba en las cuentas aún).
Los puesteros eran un bullicio de música, vestidos y pantalones colgantes, series de luces navideñas, cartuchos de atari, televisiones y estéreos en venta. Antes de entrar, como quien está por descubrir una tierra prometida, papá puso la condición. Sólo les puedo dar un regalo de 10,000 pesos (de los viejos, claro). Yo pensé que era mucho dinero. Claro, pero cuando entramos a los puestos y empezamos a preguntar me di cuenta que esos 10,000 pesos no iban a alcanzar para nada.
Al final mi hermana se compró unas "comiditas", Saúl unos luchadores de plástico y Jorge y yo unos trailers a control remoto. Mi tráiler se descompuso a las tres horas. Yo pensaba que era un trailer todo terreno y cuando lo hice saltar como una rampita, cayó y no volvió a arrancar.
Al año siguiente ocurrió lo mismo. Pero ahora, en lugar de ir a los puesteros, papá nos llevó a comprar nuestros regalos a la tienda Benavides de Félix U. Gómez. Y ahí estaba. Optimus prime y compañía. Ahora podíamos gastar 15,000 pesos pero cuando hice las cuentas no me alcanzaba ni para el vocho amarillo que se transformaba. Me compré un jeep con cañón antiaéreo en la parte trasera. Volvimos a casa otra vez con el frío. Cuando llegamos a casa de mi abuela nos dieron menudo y recuerdo que estaban pasando la trilogía de Star Wars. Quedé asombrado por las escenas, por la fantasía de otra galaxia. En los comerciales pasaron que había un juguete llamado "El halcón milenario". Miré a papá y creo que su cara lo decía todo. Ni lo pienses.
Los años siguiente entramos al simple: ya creciste, nada de regalos, solo para Ruth y Saúl. Y creo, que hasta la fecha, no he tenido un transformer de regalo. A veces paso al pasillo de juguetes y pienso en comprarlo pero no lo hago. Algo me detiene. Y sigo. Pero me acuerdo de mi papá preocupado por tener dinero para regalarle algos a sus bestezuelas. Esto lo voy a dejar para navidad, decía antes, ahora creo que ya se ha desentendido por completo. pero nos daba 10,000 pesos para comprar. Que poco dinero era pero qué mucho corazón al mismo tiempo.

Monday, December 12, 2005

1986

Tengo nueve años y estoy frente a la tele. La imagen a blanco y negro muestra la grama gris de un estadio y jugadores que van y vienen tras una pelota. Mi papá está sentado y escucho el ruido del público, veo el destello de las luminarias, la sombra de los jugadores sobre la cancha y veo el partido. En una jugada accidental, un jugador del Tampico Madero lesiona al Wama Contreras. Es un enojo de mi papá, es una sensación amarga en el esófago. Al final viene una jugada, el balón pasa rápido por los pies, le cae al Abuelo Cruz y lanza un tiro venenoso que se convierte en gol y le da el campeonato de fútbol al Monterrey, el del torneo México 86.
Con los años, he ido viendo esa jugada, ese golpe de suerte, ese balón que se incrusta en la portería del equipo tamaulipeco como parte de un suceso mitológico. Lo veo como la realidad pero también como algo mágico. Era tan bueno el recuerdo, la alegría de ese gol del Abuelo que soportó intacto en mi ánimo las siguientes malas y malas y malas y pésimas temporadas de los Rayados. Incluso pensé que nunca vería a mis Rayados campeones y cuando lo fueron, en el verano del 2003, estaba en Guadalajara, en casa de un buen conocido y sentía las ganas de salir a la macroplaza con una inmensa banderola y gritar esa felicidad sorda, tonta y primordial del: "Oe, oe oe oe, campeón... campeón...".
Es sábado y mientras salimos del cine, Daniela, quien estuvo de visita estos días en el distrito, me dijo: ¿Vamos a ir a ver el partido? A mi se me antojaba un encuentro difícil. Tigres había ganado 1-0 en el partido de ida y mis temores de años y años de derrotas florecían en todos mis poros. No, mejor vamos a comer a la casa, hacemos pasta, un vinito y listo. ¿Seguro que no quieres ver el partido? Dudé. Pensé en un gol de Tigres visto en la televisión y le contesté: vino y pasta. Ok.
Llegamos a la casa con el partido empezado y mientras se cocían los tornillos y el pollo Daniela yo platicábamos de cualquier cosa, de la facultad, algunos libros o amigas en cómún. ¿Seguro que no quieres ver el partido? Mmm... ok. Así que fui y prendí la televisión. Iban 0-0, marcador global a favor de los tigres. Volví a la cocina y ayudé en poco a preparar la comida y luego fui y prendí al estereo. Mala suerte, me dije, cuando la única estación que encontré fue RG la deportiva, y al tradicional y fastidioso de Hernández Junior (es increíble como este locutor estupidiza a la gente, como les mueve la entraña y juega con la vana ilusión de regalarles boletos para partidos. La gente es capaz de ladrar si él les dice que lo hagan y todo por un boleto).
El partido iba ya 1-0 a favor del Monterrey y yo estaba feliz. Le hablé a Efraín, otro regio en el exilio y estábamos muy contentos. Daniela y yo empezamos a comer con el partido al fondo y todo estaba delicioso, el vino, la pasta, la salsa de la pasta, el pan con queso. A veces nos reíamos, otras solo platicábamos cuando cayó el gol de Gaytán. Dice Daniela que mi rostro se volvió una masa de decepción y tristeza, que comencé a apretar las quijadas. Luego, faltando cinco minutos para que se terminara el partido cayó el gol del Monterrey. Salté, dije muchas veces: A huevo. Alzaba el puño en señal de victoria, todo un show. Mi amiga estaba asustada. No pensé que iba a ver esa transformación. Pero ganamos es lo que importa.
A la mañana siguiente, mientras el equipo de Carlos Rey filmaba el mural de la torre de Comunicaciones y Transportes, me acordé del triunfo de mis rayados. Tres horas después estábamos en un café de chinos. Entre pláticas del Popol Vu, alabanzas al café negro, un pequeña revisión a Juan Rulfo y mas entró el tema del fútbol. Carlos nada más sonrió y dijo: ¿A poco existe otro deporte? Algo me dice que vienen momentos agradables.

Tuesday, December 06, 2005

cefadroxilo, ibuprofeno y oxolamina

Enfermedad... enfermedad. Hace mucho que no me sentía tan mal físicamente. Esa sensación del cuerpo cortado, las palabras gordas que raspan la garganta, la fiebre helada y la sensación de no contar con las fuerzas para llegar a la esquina eran terreno ya no visitado, aduana en la que no pagaba peaje. Pero me llegó. Y violentamente. He dormido más de lo acostumbrado (siete horas diarias) y casi no he comido nada. Me arrastro de la cama a la sala, me tiro, veo el arbolito, me duermo, vuelvo a despertarme y me da cosa tanta vida allá afuera.
Eso me pasa cuando me enfermo, cuando paso frente a los hospitales y pienso que en algún momento los enfermos y enfermeros mirarán por las ventanas a ver la inmensa ciudad que late allá afuera con su tráfico, vendedores de tamales y atoles, oficinistas apresurados y chicas que hablan por celular mientras conducen sus chevys. Pero ¿me he detenido? No. Me entra junto con la enfermedad la presión de lo que tengo que hacer: ILCE, Fundación, reportes de ciertas lecturas, preparar la última clase del INEA, acabar El Buscón de Quevedo...
Sólo hoy tengo un itinerario de: Panamericana-Tv Azteca-Col. Juárez-TvAzteca-Col. Juárez-Reforma y Tíber-Panamericana. Y mientras sigue la tos, las ganas de no ver a nadie ni nada. Y veo mi receta médica que dice: T.A 110/70 F.C. 80x F.R. 20x Temp. 36 Peso. 94. I.D. 175. Edad. 28 años. En otra parte dice. Dx + FAB + tos + asma. Tomar cefaxodrilo, Ibuprofeno y Oxalamina.
Ayer me acordaba que, de niño, por el asma, en una ocasión una enfermera al ponerme el suero me rompió cuatro venas. Dos en las manos y dos en los brazos. Mi madre estaba histérica contra la susodicha. Al final me dijeron: ¿dónde te ponemos la siguiente inyección? En el pie o en el cuello. Tendría como diez años así que temblé ya no por el asma ni por mis cuatro venas reventadas. Todavía recuerdo cuando la aguja fría y delgada se incrustó por mi tobillo. Y ayer recordaba eso cuando la doctora Claudia me preguntaba: ¿Inyecciones? Y yo: Nunca jamás. Le conté la anécdota y dijo: ah... eso es bien común. De niño las venas son mas delgadas y con la fiebre las paredes se vuelven más delgadas aún. Así que es común romperlas. Lo dijo con una tranquilidad que como sea no me convenció: pastillas, le dije, deme pastillas.
Es martes y sigo enfermo.

Tuesday, November 29, 2005

Estrellita del Norte al Oriente.

Mi abuelo tomaba pulque. Cuando iba a Venado regresaba con garrafas con pulque y yo las miraba helarse en el refrigerador. Luego, el viejo se iba al mercado a comprar fresas, guayabas o manzana y cuando volvía metía todo eso en la licuadora y hacía un curado. Se tomaba de dos tragos. Afuera hacía calor. Uno de esos que entraba hasta el calor de la cocina y te hacía sudar. Y yo miraba el pulque, la garganta que se inflaba o desinflaba por el líquido que bajaba por ella.
Mi abuelo también vendía periódicos. A veces, cuando perdió la primer batalla contra el alcohol, de la entrega de periódicos se iba a las cantinas y sacarlo se volvía algo imposible. Una vez lo vi ahí adentro, sentado en la barra, la mirada perdida pero aún en ese estado musitaba canciones norteñas.
Y entonces aparecieron las canciones norteñas. Era ese golpe del acordeón, ese sonsonete de la guitarra, el tun tun latigueado del tololoche, el rasgueo medio fino del violín. Cuando se compró una radio para su carro se compró muchos casetes. Ahí escuché unas canciones terribles de padres borrachos que por borrachos perdían a sus hijas y otras muy ardidas pero machas como La carta que te mandé que dice:"si tu cariño perdí qué gano con llorar." O unas más raras y a propósito del día internacional de la mujer: "Me he de robar esa yegua, no importa que sea casada."
Ahí, en el pulque, en las canciones norteñas, en los llanos donde se jugaba al futbol me hice de la idea de un ser norteño que luego perdí. Por eso ahorita que escucho Estrellita del Norte al Oriente me acuerdo, me acuerdo.
Y que bueno ser del Norte

Wednesday, November 23, 2005

Los pequeños dueños

Salí tarde de la Fundación después del taller de Orlando y de corregir algunos textos. Don Ciri me abrió la puerta y dijo: "¿hace frío, verdad?" Y miré al cielo, no sé porqué, y le dije: "Sí, ya se vino el frío". Iba con una chamarra que no protege mucho así que metí las manos en las bolsas y avancé a paso lento por esas calles de la colonia Juárez que huelen a colonia vieja. Traía hambre. Eso era muy cierto. Casi no había logrado comer nada sustancioso, como decía mi abuelo cuando se iba a tomar un pulque: "deme algo sustancioso", decía y le traían un curado de guayaba o de tuna.

Crucé la avenida Chapultepec y me dirigí a un puesto de tacos al que me he hecho aficionado. Para mi sorpresa había cuatro hombres cenando. Uno era chaparro, llevaba un traje de esos de mal gusto y bajo él, un sueter. El otro, medio gordo, blanco, con lentes, llevaba una gran chamarra negra con el logo de Televisa. Los otros dos brillaban por su grisura. Les calculé unos cuarenta años, o acercándose a los cuarenta años. Y el aire helado pegaba sobre el puesto pero de la plancha salía un vapor que se abría paso entre las rachas y me llegaba tibio a la nariz.
-¿Entonces qué? -preguntó el del traje- ¿quién se va a meter con Sandrita?
Lo dijo así, entre las mordidas de sus compañeros a sus tacos.
-Yo paso -respondió el gordo.
-uh... chale, por eso te deja tu mujer y se lleva a tus hijos -respondió el del traje.
-Oye ¿y qué? ¿Va a haber chupe? -dijo uno de los grises-. Porque si no hay chupe yo no voy o me llevo mi botellota de Appletón a la fiesta.
-A huevo que va a haber chupe, pero llévatela. Yo siempre tengo una en mi locker. Lo mejor es el Torles, pero el appleton aguanta.
-quiero pedir vacaciones, el 28 -dijo otro y el del traje contestó.
-pídelas ya, porque Susana va a pedir ese día y se lo van a dar.
-Oh... a esa siempre le dan los días que quiere.
-Estarás de acuerdo conmigo que es mujer... y pues, ya sabes las movidas que tiene.

Siguieron hablando del trabajo, de las botellas, de las veces que han llegado borrachos a las cabinas de Televisa. Hablaron de los mejores congales y salones de salsa del centro histórico y de lo bien que sabe la Appleton. Tiraron mierda contra sus jefes, se cabulearon, se alabaron por ser bien chingones y de cuando en cuando maldecían a las mujeres por arribistas en el lugar, añorando esos tiempos donde en Televisa sólo mandaban los hombres. Yo nada más los miraba y hasta el hambre se me quitó.
-¿Tonces quién se tira a Sandrita? Ya le sabe y dice que su marido ni se entera.
-Yo ya le hice ahí -dijo el del traje- y no hay falla.
El gordo, el de la chamarra con el logo de televisa, negó.
-Yo paso.
-Pinche gordo, por eso te deja tu mujer. Si quieres en navidad te vienes a mi casa para que no estes tan solo.
Y miré al gordo quien se puso rojo y espetó un: cabrón, eso dices y luego andas, como siempre, traicionándonos para quedarte con unas migajitas. Cuando llegó la hora de pagar, el del traje de mal gusto extendió un billete de doscientos pesos. "Cóbrese", le ordenó a la señora. Uno de los hombres grises dijo: "de una vez todo, ¿no, mi Mike?" Mike, que se limpiaba los dientes con un palillo negó con la cabeza. "No, nada más los míos".
Y se fueron los cuatro en la noche, con el frío. Oí sus risas en la calle. Se sentían los dueños de la noche con sus mini tranzas, sus familias dejadas, sus aventuras con casadas en el jale, se sentían los dueños de la noche mientras echaban pestes de sus jefes a los que, al verlos, reverenciaban.
-¿Ya no va a querer otro, joven? -me preguntó la señora. Le dije que no. Luego regresé al frío y cuando iba a entrar al metro volví a verlos, detenidos junto a un puesto de peliculas pirata. Regateaban el precio de un vcd. Y sólo pensé: qué cabrones.

Tuesday, November 22, 2005

Cómprame estas naranjas para mi consolación

Trabajaba entonces en el Conarte, ya en los últimos meses. Y estaba enojado, fastidiado porque todos se iban y yo me quedaba. Tal vez, enojado por no saber a dónde irme. Salía de casa al filo de las ocho y media y me bajaba en Juárez y Reforma para tomar el ruta 1. Así había sido durante casi año, año y medio, dos años tal vez. Luego cambié mis rutinas y seguía en el ruta 127 hasta el cruce de Juárez con Padre Mier y de ahi tomaba un taxi hasta las oficinas del Consejo para la Cultura de Nuevo León ubicadas en el cerro del Obispado.
Una mañana cuando el camión se detuvo en un rojo vi en la banqueta frente al Colegio Civil a un anciano. Encorvado, pequeño, estaba sentado sobre un pequeño taburete y vendía naranjas con chile y limón. Las naranjas estaban en un cajón sobre una patineta y dentro del cajón había muy pocas, cinco, siete acaso. Luego el camión partió y me quedé pensando cuánta ganancia podría sacarle alguien a siete naranjas. He imaginé la mañana del anciano, su lento despertar, la mirada de reojo hacia el cajón en la oscuridad con las seis o siete naranjas dormidas. Y la idea de cuánto podía ganar alguien con siete naranjas se me quedó muy grabada.
Así pasaron los días pero nunca le compré naranjas. Nunca me bajé del camión. Nunca. Luego me fui de Monterrey pero cuando al año y medio volví por motivos ajenos a naranjas, pasé de nuevo frente al colegio civil y me encontré al viejito con su caja de naranjas, las mismas siete u ocho en el cajón. Pasé de largo pero no pude dar más pasos. Me detuve, volví y le pregunté al anciano cuánto costaban las naranjas. Alzó el rostro y me dijo: a cinco. Conté el dinero en el pantalón y le dice: deme todas.
No puedo olvidar la felicidad en el rostro del anciano, la mano temblorosa, la voz que recobró una chispa de algo. ¿Las quiere con chilito?, me preguntó. Asentí. El anciano hundió el cuchillo y las naranjas soltaron su jugo que desfilaron por el filo del cuchillo hasta caer, nerviosas y gordas sobre la banqueta. Tomé todas las naranjas. Pagué cuarenta pesos y las metí en una bolsa. ¿Qué habrá hecho el anciano con cuarenta pesos en sus manos? No lo sé. Pero yo seguí por la banqueta con las naranjas copeteadas de chilito y cuando llegué a la biblioteca, donde me esperaba un grupo de amigos y amigas, volaron las naranjas mientras caminábamos por la Macroplaza, ahora, rumbo al coche de una de ellas.
Hace falta pensar en lo mínimo para no marearse con lo grande.

Thursday, November 17, 2005

A whiter shade of Pale

La primera vez que escuché A whiter sade of Pale de Procul Harum no supe qué decía ni qué significaba. Sigo sin saberlo. La escuché en la camioneta de Guillermo, el muchacho más inteligente de la preparatoria Siete Oriente, allá por los noventa y cuatro del siglo pasado. Guillermo era alto, grande, macizo como un toro. Usaba unos lentes negros de pasta y un bigotillo vergonzoso dudaba entre salirle o no. Íbamos entonces hacia el recreativo de ¿Hylsa? ¿Vitro? a una comida. En la camioneta iba Mónica, Aneida y Ángel y cuando llegamos al estacionamiento y la música seguía le pedí a Guillermo que no apagara la radio. Quería escuchar bien bien la música. La letra no me importaba, pero algo en esa música me adormecía los nervios y me hacía pensar en una nostalgia que no sabía de donde llegaba, ni con qué heraldos se presentaba, victoriosa o no, en mi alma.
Y Guillermo me hizo caso. Mantuvo el motor de su camioneta encendido mientras salía las tonadas de Procul Harum. ¿Sabía yo que A whiter sade of Pale se llamaba A whiter sade of Pale? No. ¿Sabía que quien la cantaba era un tal Procul Harum o un grupo llamado Procul Harum? No. Pero la canción me gustaba.
A veces, pasado el tiempo, mientras escuchaba por estereo siete el programa de Beatles forever, antes o después del programa, tocaban a whiter y yo me emocionaba porque solo en esos momentos era posible que la escuchara. A veces, también, en un intento por saber de quién era esa canción, tarareaba las notas a conocidos quienes sé, son unos expertos musicales pero, o mi tarareo era muy malo o mis amigos no eran tan expertos como yo pensaba. Así la canción se me fue olvidando, sin saber qué decía. Mi terquedad para no aprender inglés le da un caracter de nubosidad a toda esa cultura.
Y la canción me gusta ahora porque me hace recordar esa tarde que fuimos a Vitro a asar hamburguesas y carne asada. Antonio, su novia, Mónica, Ángel, Aneida, Dora, Miguel y Fabian además de Guillermo y yo, jugamos toda la mañana al futbol, a las damas chinas, comimos, nos reímos. Caminamos hasta el gimnasio y rentamos una mesa de ping pong y veíamos a los que entraban a la alberca. Cuando salimos seguía un sol rabioso. Teníamos apenas dos semanas de habernos graduado de la preparatoria y A whiter sade of Pale era como un buen pretexto para recordar solo un momento.
¿Quiero saber qué dice en realidad la canción? No. He formado mis letras para esa tonada. Le he dado mis metáforas y aunque sé que distan mucho de lo que debe de decir no me importa. Ahorita la estoy escuchando después de una larga temporada de no oírla y escucho al motor de la camioneta de Guillermo y veo a Mónica y Aneida que caminan hacia la palapa donde el asador está listo y todos los demás nos esperan.

Friday, November 11, 2005

De un mail para Ana

Vivo en la oscuridad.
Cuando llego ya es de noche. Cuando salgo de la casa a la oficina aún respira la madrugada. Los policias de la unidad comienzan a desperezarse después de una vigilia helada y sólo la luz de la caseta de taxis parlotea en la negrura. El camino a la oficina es rápido. Los policias del edificio de zafiro, su masa cuadrada y azul dentro en lo oscuro, vive en silencio a esas horas de la mañana. Murmuro un buenos días que apenas recibe respuesta y subo por el elevador los nueve pisos.
En el piso donde está la oficina, los dos policias que cuidan, cabecean, sentados en las sillas. Hoy descubrí a uno acostado bajo los escritorios, con un petate hecho del cartón de las cajas de la computadora. Uno de ellos es un excelente papirofléxico. Hace cuadros, cabezas, estrellas de mar, estilizadas y barrocas flores. Nunca lo he encontrado haciendo nada pero hay mañanas cuando la recepción amanece erizada de papel de colores con formas caprichosas.
Luego, el día se me va en el trabajo, cotejar textos, escribir pies de fotografías, huir al mediodía e a la fundación donde el policia de don Ciri siempre abre la puerta con amabilidad, a diferencia de otro, chaparro, mal encarado, que ahuyenta incluso los buenos deseos. Ahi veo a Alfonso, a Claudia, a Edith, al maestro Langagne a veces. Me pongo a escribir en una sala medio oscura, con una luz blanca que apenas ilumina el monitor de mi computadora.
Lo bueno es que hoy es viernes y podré, hacer al distinto. El fin de semana aparece como un gran barco blanco sin nada ni nadie con quien estar.
Es excelente.

Monday, November 07, 2005

Una de Aguascalientes

Que no pare nunca la música, gritó Claudia y seguimos bailando, sin saber de la noche que estaba allá afuera pero también dentro, oscura, como un ojo medio cerrado. Que no pare nunca la música, gritó Claudia otra vez aunque sabíamos que iba a parar en algún momento. Ya la tarde se nos había ido en recorrer Aguascalientes una y otra vez desde una parte de la catedral hasta la iglesia, luego a bajar a los estacionamientos. Hicimos fila para que nos leyeran la mano y nos echaran el tarot y la mujer nos habló de felicidades, de viajes y finales felices. Y Claudia solamente me miraba y asentía porque ansiaba, como todos, un final feliz, que las cosas salgan como uno quiere y no tener que llorar ni sufrir de mas, sino nada más tantito. Desear que, porqué no, ser felices sin saber de cosas que no se podían dar.
Y cuando nos levantamos de con la señora y volvimos a recorrer la plaza donde un tiempo atrás éramos tres, Claudia simplemente me abrazó y dijo que era bonita la tarde. Y lo era. El sol se había olvidado de guiños y llenaba de color la calle: brillaba el rosa de las paredes de cantera, brillaban los rojos labios de la guera Rodriguez y el verde lleno de los árboles y el amarillo era un incadescencia en el cruce de peatones. El sol sacaba color a la fachada azul de los bancos y la pintura negra de las bancas. Y nosotros íbamos de una color deslavado de mezclilla y Claudia de tristezas.
No había pasado ni dos horas que habíamos estado en el cementerio de vagones de ferrocarril en Encarnación de Díaz. Habíamos subido a la frialdad del vagón de correos a tomar unas cervezas, comer papas y ver desde ahí, apenas como un recorte, las sierras enanas donde se veía un árbol. Y ahi en los vagones, después de decir salud, Claudia había llorado y yo nada más la abracé, porque es lo único que vale la pena hacer. Traigo un fantasma de sacerdote, maestro y figura de confort que no me puedo quitar.
Y regresamos a Aguascalientes, a que la mujer no leyera la mano. Luego fuimos por Sigfredo. Lo subimos al coche. Compramos cervezas en la distribuidora de Modelo y nos encaminamos a casa de ¿Claudia? En el patio, al fondo había un corral con cuatro borregos, el piso con hojas de elote, crepitaba el fuego y en una parrilla se asaban las carnes. Comimos chiles rellenos de queso, salchichas para asar, carne crujiente, quesadillas que al moderla dejaban salir el queso derretido como cera.
Más noche lloró Claudia ante el silencio imcomprensible de Sigfredo, ante mis recuerdos de aquella mañana, camino a Guadalajara, cuando los tres trepábamos al cementerio de vagones de ferrocarril y , en una de las paredes del vagón de correos, escribimos:
"Siendo el día 29 de diciembre de 2001, los aqui presentes, damos por fundada la villa de Solidaridad de Santa Juana, que tiene por medidas dieciocho vagones de ferrocarriles nacionales que han de fungir como casas, correos, habitaciones, cantinas, prostíbulos y panteones".
Y bajamos felices de pasar del papel, de la historia de mi novela que no termina por ser escrita, a la realidad. Ahi quedaba Solidaridad de Santa Juana en esos vagones de Ercarnación de Díaz. Eso recordé. Luego cantamos, nos abrazamos todos. Cada media hora iba un hermano de Claudia para decirme que era bienvenido en la casa. Que un amigo de Claudia era como un hermano para ellos. Emprendimos el viaje de regreso Sig, Claudia y yo. En casa apagamos todas las luces y comenzamos a bailar, nos tomamos de las manos y no dejamos de bailar, en una danza que no tenía compás ni estructura. Así en la noche mientras Mano Chao gritaba desde las bocinas. Que no acabe la música gritó Claudia en un momento. pero hacía tiempo que la consola estaba apagada y estamos los tres, tirados en el sillón, viendo como en la casa de enfrente parpadeaba una luz. Parpadeó otro rato y finalmente se apagó.

Friday, November 04, 2005

Calaverita

ILCE. Heydi. Día de muertos. Heydi se propuso, como siempre lo hace, sorprendernos, e hizo una mini ofrenda en su escritorio. Todos colaboramos de una u otra forma. Hubo calacas de chocolate con nuestros nombres, chocorroles que pasaron por ataudes, fotos de Jim Morrison, una que otra flor de cempazuchil y por su puesto, calaveritas. A mi me dieron dos. Sólo escribo la segunda. La otra es muy larga.


Estaba Antonio
sentado en su sillón
corrigiendo los textos de una lección
cuando la muerte lo sorprendió:
"Vámonos Jesús Antonio
te esperamos en el panteón
tus amigos de la biblioteca
para ofrecerte un pachangón".
Antonio emocionado se preparó
panes de muerto compró
y hasta con un cabrito se mochó
Pero la muerto lo traicionó
y su tumba cabó.
La muerte carcajéandose a Antonio le gritó:
"por ingenuo la huesuda te llevó".