Monday, November 13, 2006

Tampico

Qué caso tiene presentar un libro si ese evento no se queda para siempre en tu memoria. Tampico nuevamente apareció ante mí con toda la carga de magia y amor que puede dar. Al recorrer sus calles marítimas me recordé hace ocho años cuando, con maleta en mano, andaba perdido en el centro. Había ido a Tampico a conocer el mar. Al llegar me sorprendí de mi osadía: nunca había ido al puerto, no tenía conocidos ahí. No llevaba mucho dinero. Pero la pasé muy bien. El mar frente a la playa de Miramar se quedó para siempre en mí como el vasto golpe de la vida. Para mí no hay otra playa milagrosa que no sea Miramar.
Así que, casi ocho años después, cuando empecé a dejar mi calle, mi colonia y esa vida volví a Tampico a presentar Dejaré esta calle. Y la gratitud y amistad de Diana, Sara, Liliana, Augusto y Carlos del Castillo hizo de este viaje algo especial. Justo en la noche del 11 entró el norte y en la mañana que me fui a caminar a la playa encontré el agua revuelta y espumosa. Aún así me metí hasta las rodillas. El oleaje me mareó, el agua que regresaba al mar y golpeaba con la que llegaba me hizo detenerme y dejarme al influjo del ir y venir. Después volví al centro, desayuné, vi la televisión y a las siete fue la presentación.
Descubrí a una pareja ya mayor que había ido a la presentación de Todos los días atrás. Me dio gusto verlos. Y empecé a leer, me paré al frente del escenario y leí y leí Un mil Máscaras. Sólo escuchaba las risas de la gente que pasaba tras la carpa en el andador principal de la plaza de Tampico. Después Agusto leyó un texto afectuoso sobre el libro y terminé leyendo otro cuento. Al final, después de la venta de libros, se acercó un hombre. Me dijo que él también quería escribir un ensayo sobre su pueblo, un pueblo pesquero cerca a Tampico. Me dijo que quería leer el libro para saber dónde usar o no las palabras antisonantes. Es que en mi pueblo nada más hablan a madres, me dijo. Le regalé el libro y se fue, no sé si con la esperanza de encontrar a otro que habla igual que él o con la esperanza de que Dejaré esta calle le sirviera para encontrar sus palabras. Qué caso tiene presentar un libro si no vas a recordar con afecto ese evento, si no va a pasar algo sorprendente.
Lo sorprendente en Tampico fue ese hombre, fue también un viejo que me pidió que le publicara un libro sobre el narco, lo sorprendente fue el globero que apareció a mi espalda para ver qué pasaba en ese estrado y dejó una estridencia de colores tras nosotros, colores redondos y torpes, los sorprendente fue la pompa de jabón que invadió por un momento el escenario y al niño que quería alcanzarla pero no lo logró porque su padre lo detuvo para que no entrara al estrado. Y la pompa se rompió y el niño hizo un gesto de ahhhhh, de chinnnn, de nooo. Pero la pompa no se rompió. Está aquí, redonda y multicolor en estas palabras.

Friday, November 10, 2006

Tlaxcala

Tlaxcala la bella. La despaciosa, como la describió Alberto en su libro. Jair es un excelente anfitrión cuatro agradables poetas mas Moises, su novio y un amigo de él es lo único que se necesita para pasarla bien en una cena o un desayuno. Es curioso salir de "gira" artística cuando no sabes si eres o no eres artista aunque muchos se cuelguen el mote con singular alegría y desparpajo. El jueves leímos en la Universidad del Altiplano. Es magnífica. Llegué antes y me fui a buscar algo de comer a la cafetería de la secundaria anexa. Entre huercos de 13 y 15 años me puse a leer y me sentí viejo, indefinidamente viejo.
Después, a las once, inició la lectura. Glafira Rocha, Moises Zamora y Alberto Chimal estaban también ahí. Es impresionante lo bien que lee Chimal sus textos. No conozco un autor que les de más vida aún al leerlos. Por lo general quienes escribimos leemos pésimo delante del público pero no Alberto. No él. Los alumnos estuvieron muy amenos con los cuatro y al final hubo una gratificante charla que se alargó por más de quince minutos.
Sin embargo, aún nos faltaba el evento del día: la lectua de poetas de puebla en el Museo Miguel M. Lira. Ahí, ahora en la sesión de preguntas y respuestas, un espectador se puso en pie e increpó a una de las poetas diciendole hasta de lo que se iba a morir. Siempre que alguien ataca a un escritor huele a sangre. Es esa sensación de sentir que hay sangre en el agua y tiburones cerca. Si se escribiera para que les gustara a todos lo que cada quien escribe, este sería un mundo terrible. Peor aún, si se escribiera para que te guste a ti, oh lector enfebrecido por la crítica y la noción del ser y de las buenas costumbres literarias, quién sabe qué sería, fue una de las respuestas del resto de los participantes a ese crítico literario.
Como sea salimos entre asustados y divertidos. Yo dormí como un lirón (noten la frase común), en mi habitación oscura como boca de lobo (ahí está otra frase común) y al despertar tenía hambre. Y fui a comer. Después nos llevaron a una entrevista de radio. Siempre tengo la noción de que diré cosas estúpidas en una entrevista de radio y creo que no fue la excepción. Al regresar tuve ganas de quedarme un rato más en Tlaxcala pero era imposible. Ahora me tocan siete horas camino a Tampico. Llegaré en la noche y madrugaré el domingo para meterme al mar. No sé en qué momento, en el futuro, leeré este post y recordaré las cosas viejas de estos días, los dolores, nostalgias y esperanzas del 10 de noviembre.

Wednesday, November 08, 2006

Qué hacer esos días cuando, por más que le intentas, no puedes exprimirle una chispa interesante a la rutina.

Monday, November 06, 2006

Retratos Familiares

Todo el domingo sentí que era mi papá. Mientras íbamos a comprar la carne para la comida, al morder un elote asado, mientras busgueaba en los sartenes de las despachadoras de comida de prueba en al Wal-Mart, al merodear frente a los anaqueles de juegos de mesa sentía que yo era mi padre, que estaba imitando a mi padre en muchos de sus gestos, de sus ocurrencias, de la forma como él juega con nosotros.
Y sentí una especie de acomodo nostálgico por mi papá.
José Antonio
Papá llora cuando ve telenovelas, papá corre por las mañanas cinco kilómetros diarios, papá a veces, me dice, que le duele la mano de tanto utilizar las tijeras para cortar los metros y metros de tela, papá es el primero en quejarse cuando alguna salsa no pica, papá se sienta frente a la televisión a descansar pero también se pone en pie si alguno de nosotros queremos quitarle el lugar, papá trabajó mucho tiempo en una empresa pantalones. Inició como mozo de limpieza y casi diez años después, cuando la empresa se fue a la quiebra, era director de producción. Papá tuvo un accidente hace días y me dijo con toda la tranquilidad del mundo que sólo lo habían suturado en la frente unos pocos centímetros. Papá fue el artífice de mi negocio de ropa deportiva y todos los lunes en "junta" frente a la cena, decidíamos cuántos metros de tela umbro, adidas, poliester brillante, cuántos pares de medias de licra, cuantos rollos de elástico con jareta debíamos comprar. Nada le da más gusto a papá que llegar a casa con pastel o cajeta o con películas. No tan alto, encanecido prematuramente, mejillas rosadas y con dentadura artificial, a papá le gustan las cosas dulces y las carnes asadas. Lo sentí cómplice cuando me dijo que, por él, se iba a vivir a la ciudad de México, de lo tanto que le gustó. No lo imagino de 29 años, los mismos que yo tengo, y ya con tres hijos qué alimentar. No lo imagino vistiendo ese traje guinda y ataviado con esas patillas sesenteras cuando se casó, ni lo imagino sentado frente a la casa de mi madre esperando que saliera para irse a noviar.
Papá ha trabajado con todos mis tíos, a vuelto ricos a muchos extraños y me sigue pidiendo una máquina de coser recta y una sobrehiladora para iniciar el negocio. Se le aleja la mirada cuando me la pide y yo sólo hago de tripas corazón. Los hijos de Toño Ramos, de "la Coneja" como lo apodaban en los partidos de softbol donde jugaba en la posición de cátcher. Esos somos nosotros. Y lo escribo con la certeza de que todos los días, cada uno en su trabajo, en sus presiones, somos un poco José Antonio Ramos Degollado, somos un poco nuestro padre.

Tuesday, October 31, 2006

Que no molesta a nadie

Hace mucho tiempo escribí un cuento sobre la muerte de Colosio. En el texto un maestro de historia creía que él era Colosio y, cuando se enteraba del asesinato salía del salón con la certeza de que no podía ser, él era Colosio pero al ver la televisión encontraba a su esposa y sus hijos llorando en el hospital. No recuerdo en qué terminaba la historia pero estaba muy muy satisfecho y contento con mi historia de tres cuartillas. La llevé al taller de Parra y no recuerdo porqué pasó con muy buena nota.
A las semanas me enteré de que había un concurso de cuento en Filosofía y Letras. Le dije a un amigo: “Raúl, voy a participar.” Y lo dije con la certeza de que no sólo iba a participar, sino que también iba a ganar. Cuando entreviste al Christopher Kipkiego, el ganador del maratón de la ciudad de México hace como un mes, me dijo que él sabía que iba a ganar apenas salió por la línea de meta. Yo me sentía igual al momento de dejar mis tres copias dentro del sobre color manila y entregarlo en el comité de estudiantes.
Pasaron las semanas y un buen día se invitó a los participantes del Concurso Unicornio a asistir a la ceremonia de premiación. Yo iba con una amiga y subí ansioso al auditorio. Se dijeron las menciones especiales y yo… está bien, seguro no quedé ahí. Después se dijo el tercer lugar y yo me puse un poco ansioso pero nada. Cuando se dijo el segundo lugar sí pensaba que sería yo y nada. En el primero comencé a dudar. Ganó un tipo cuyo nombre no recuerdo y yo salí enfurecido del auditorio.
Dejé atrás a mi amiga y me fui a la biblioteca principal del estado a buscar algo qué leer. Encontré una novela: “Cien años de Soledad” y me dije, a ver qué es esta madre. Leí desde las doce hasta las ocho de la noche y conforme más avanzaba la historia más me picaba. Luego salí de la biblioteca con la certeza de que estaba muy muy jodido pero leer a Gabriel García Márquez me sirvió de catársis para manejar la frustración de la derrota.
Tres años más tarde, obtuve un tercer lugar en el premio de literatura joven universitaria y me invitaron a ir a una charla con Gabriel García Márquez en el Museo de Historia. Claro, fui y cuando me tocó estar frente a él para que me firmara mi libro, le conté rápidamente la anécdota. Gabo se limitó a alzar la mirada y sonreír calladamente. Qué bueno que mi literatura te sirvió de algo, me dijo y después firmó mi libro. Yo pedí su correo y la secretaria me lo pasó pero nunca le escribí al colombiano.
Lo que no le dije fue que al día siguiente de leer me puse a escribir de nuevo, a ver qué salía y apareció la historia de un hombre que enfriaba todo lo que tocaba, tan mala como la historia de Colosio. Y lo escribo porque es imposible abstenerse de las críticas. Ayer, un compañero de la tutoria me invitó, gentilmente, a que dejara de escribir porque desde su punto de vista sólo llenaba páginas y páginas sin contar nada nuevo, sin innovar la estructura literaria, sin molestar a nadie, etcétera, etcétera, etcétera.
Y bueno, no soy un ángel del Apocalipsis de la literatura, ni el renovador de la estructuración lúdica de escribir. No soy quien cambiará la tradición literaria de 300 o más de años, como tal vez él desee serlo. Son cuestiones de incompatibilidad de visiones del mundo y de la escritura. Yo seguiré contando mis historias tradicionales, mis historias pequeñitas que hablan de gente. Simplemente seré alguien que vuelva a escribir cuando le salga mal. Que le dolará la crítica cuando venga con buenas y malas intenciones pero que volverá a escribir. Justo ayer Bernardo decía que no hay derrota en la escritura. Y tiene razón: nunca hay palabras suficientes para que alguien me diga que deje de escribir y le haga caso.
Ya te jodiste, me dijo el vendedor de quesos en el mercado de la colonia Guerrero cuando le dije que ya llevaba más de cinco años en la ciudad de México. Después agregó, yo soy de Matehuala y terminamos hablando de geneologías potosinas. Hoy le decía a un taxista que no tiene razón ese vendedor. Aún me puedo ir de la ciudad de México. Y mientras llego a la casa pienso en un mapa imaginario todos los destinos posibles. Lástima que no existan mapas fantásticos donde sea posible ir a todos los mundos imaginarios. Cuando llegué a la casa un par de enfermeras platicaban con don Rafa sobre las vacunas para gente de la tercera edad. Y don Rafa asentía muy manso sin pensar en Atenas, Timbuctús y Coreas del Norte. Ahí se me acabó el viaje imaginario. Y lo digo, aún me puedo ir.

Monday, October 30, 2006

Espacios restringidos.

A veces pienso que mi vida es muy aburrida. Y un amigo, Boone, dice que sí, en realidad la vida es muy muy aburrida. Y lo dice con tal certeza que pienso: ¿quién es el aburrido? Y a veces también pienso que en la vida casi no pasa nada o no veo que pase nada, sólo el mismo acto que se repite, (válgame el pleonasmo) una y otra vez. Pero después me doy cuenta que no, que en realidad estamos y estoy viviendo a ritmos vertiginosos, elocuentes, difíciles también, que las personas que están a mi lado también cambian de formas sorprendentes pero por la cercanía no lo podemos ver o no los vemos porque también, creo, la vida comienza a acotarte en un espacio restringido: sólo los más cercanos, la mujer que amas, la familia, los amigos más cercanos.
Y la vida acordona, demarca, limita así y nos vayamos a Europa, así tengamos hijos y se nos mueran seres queridos. Y cambiamos terriblemente en cuestión de meses. Pienso esto porque ayer fui a visitar a unas buenas amigas: y sus hijos recién nacidos. Me senté en uno de los sillones largos de la casa de ellas y cargué al mayor. Me sorprendía lo profundo de su sueño, sus manitas, los dedos alargados. Estaban los dos vestidos de calabaza por la cercanía de Halloween.
Hace dos años o más en esa misma casa, en una fiesta, otra amiga nos contó que se iba a casar y a los meses nos contó de porqué no se casó y casi un año más tarde, nunca más volvió para decirnos, porqué en Europa, en Francia, después de realizar estudios de Filosofía, decidió tomar el hábito y convertirse en monja.
Y hace dos años también unos buenos amigos se casaron y tuvieron una niña y la bebita murió. Y recuerdo que después de la última misa de cuerpo presente fuimos todos a comer pollos asados a un restaurantito pequeño al sur de la ciudad. Y mis cambios, pienso, cuántas cosas no han pasado en estos dos años que me han hecho ir cambiando poco a poco muchas ideas y formas de ver la vida. El espacio restringido no se vuelve algo terrible, sino el hogar. Y pienso en otra amiga que se casó a escondidas y otra que volvió a vivir con su madre y amigas a quienes les diagnosticaron enfermedades terribles y ahora luchan contra ellas y amigos con hijos nuevos. Y pienso de nuevo, en los espacios restringidos, en el hogar, el cómo crecemos sin darnos cuenta, cómo maduramos sin darnos cuenta, terriblemente solos muchas veces, terriblemente acompañados también. Y todo eso me provocó ver al par de hijos de mis amigas que hace dos años andaban de fiesta en fiesta y habían decorado mi trajinera del cumpleaños 27 con muchos anuncios de: prohibido orinar en los canales, etcéteta etcétera. Y al final, ya se sabe, lamentablemente no se pudo respetar esa prohibición.

Thursday, October 26, 2006

Lindo

Hoy, nuevamente, don Rafa me dijo: adiós, lindo.... Yo tenía las más firmes intenciones de no sonreír en todo el día pero caray, iba a mitad de la calle con media carcajada.

Monday, October 23, 2006

Humo

Si no tengo nada qué hacer vengo al blog y escribo algo. Y ahora existe toda una parafernalia alrededor del blog: que si es medio literario, que si no lo es, que si existen en él los elementos probables para desentreñar el estado fragmentario de la vida y etcétera, etcétera, etcétera. Incluso, una vez un conocido me dijo, casi me exhortó a que en los blogs no debería de tener errores de ortografía porque somos lo que escribimos y la serie cuestión sobre la responsabilidad del bloger. Escribo en el blog cuando no tengo nada qué hacer y mis amigos se ríen de mí porque incluso, tengo dos y un tercero muy muy escondidos, sin liga alguna, sin ninguna relación de nada, sólo para ver si los blogs también nacen muertos y nadie los visita aunque navegue.
Hoy escribo en mi blog porque me acordé de los autos viejos de mi abuelo. Siempre olían a gasolina quemada, echaban la mitad del humo afuera y la otra adentro pero a mí me gustaba ese aroma a gasolina, me gustaba respirarlo sin importar que se me llenaran los pulmones de hollón y sin importar esa persistente mancha temerosa del asma que revoloteaban en mis pulmones con una palidez frágil y lista para atenazar aveolos y lo que fuera a la menor presencia de esfuerzo fìsico, polen de felinos o equinos o el fresco temblor de agua o leche o chocolate ¿chocolate?, no, chocolate no, estaba prohibido, que descendiera por mi garganta.
Lo curioso es que ahora no recuerdo dónde y en qué calle respiré de nuevo el olor de la gasolina quemada. Sí, es cierto, parece broma porque en la ciudad de México ese olor a gasolina está en todas partes: te recargas en un árbol y ahí está, abres un libro y ahí está. Pero no recuerdo cuándo ese olor a gasolina me recordó otros. Al final creo que no importa dónde ocurrió sino la evocación. Me agrada el humo de los motores. Ese es un placer extraño pero sincero.

Tuesday, October 17, 2006

Una queja de la presentación

E iban también mis amigas y alumnos de la escuela, los sábados. Aracely y Rocío estaban casi a la mitad del auditorio y Elizabeth fue con sus nietos. También, un par de alumnos nuevos. El sábado, de vuelta a las clases, uno se acercó y me dijo: maestro, me gustó su presentación. Y después, adoptó un tono serio: aunque, para decir la verdad, me decepcionó. Nada más suspiré y le pregunté con curiosidad: ¿Y porqué te decepcionó? Me respondió con un tono por demás serio: "me decepcionó porque pensé que iba a estar aburrido, yo quería aburrirme y no, todo estuvo muy bien, ni tiempo me dieron". Ah... bueno, si es por eso, seguro habrá más presentaciones aburridas mías y de muchos otros para que vayas. "A lo mejor, a lo mejor," dijo al final y se fue.

10 de octubre no se olvida.


La maestra Alma iba radiante de la mano de su esposo e hija. Se sentaron en las primeras filas. Ioio llegó mientras me entrevistaba un muchacho para una agencia de noticias del INBA. Más tarde llegó Raúl, Javier, Alejandro Hernández, Heydi y Alejandra del ILCE. Yuri y Rodolfo de Santander habían llegado casi al principio y más tarde apareció Nancy y Martín Rosas. La sala Adamo Boari se fue llenando de buenos amigos y amigas. Y se fue llenando y empezó a hacer calor. Enrique Romo andaba de un lado a otro. Lo mismo se detenía a platicar con el maestro Cassar que a saludar al maestro Orlando Ortíz. En la mesa, Eduardo Parra y Felipe Garrido ya se acomodaban en sus sillas respectivas y yo en la puerta mientras esperaba que llegara O quien, después supe, se fue hacer un peinado acá, de época.
E inició la presentación. Y llegó O y se sentó casi al final del auditorio. Heydi sonreía. Lo mismo que Mónica e Ira y Rodrigo y Xóchitl ocuparon las primeras filas y Efraín iba y volvía de la puerta principal esperando que apareciera Grace y Memo. Y más tarde llegaron Boone, Hinojosa, Vicente, Nadia, Julian, Lucilla, Mijail, Mariana y Lucía y Gaby Aguirre y Cristhian. Al frente, oían atentos Gerd y Paty y Maty y Edith y Mónica y un amigo y Luisa y el Bato mientras Marlen y Mariana buscanaban asiento. Epigmenio estaba al final de la sala. Y la maestra Alma, quien empezó a presentar el libro habló de la maravilla de conocer a gente que, no se sabe nunca, será después importante y buena amiga y después habló de los cuentos, su violencia trágica y cómica al mismo tiempo y después le tocó el turno a Parra. Y dije que hace muchos años había matado a Parra en un texto y después Parra dijo que habría querido hacer un texto más emotivo pero después iba a terminar llorando y su presentación abordó todos y cada uno de los cuentos: los desmenuzó, habló del lenguaje, de la recuperación de un tema y un lenguaje. Y después le tocó el turno al maestro Garrido.
Y Garrido habló de los inicios de los cuentos y dijo que si don Edmundo Valadez tuviera Dejaré esta calle en las manos, leería el inicio de los cuentos y se llevaría el libro a su casa sin dudaro. Y más tarde dijo que algunos cuentos le provocaban tristeza o asco por lo que se contaba pero que ahí residía lo maravilloso del libro: no resultaba indiferente. Y mientras él decía eso, allá abajo yo le sonreía a O o pasaba la mirada hacia tantos y tantos amigos que habían llenado la sala Adamo Boari. Ahí estaban incluso un señor que escuchó una de las entrevistas de radio que me hicieron y se descolgó a la presentación. Y ahí estaba también un señor pálido, delgado, con ropas arrugadas que prestaba mucha atención a todas las palabras.
Y después tocó mi turno. Y hablé de las pesadillas que eran los cuentos, dije de la censura en el cbtis de Juárez al cuento de Barda Alta y de la censura de mi tío José Luis a un cuento y volví a decir lo agradecido que estaba por la presencia y recordé, porque siempre es bueno recordarlo, que cuando llegué a la ciudad de México mi única amiga era la señora Alma Arreola y su nieta y ahora me encontraba con más de cien amigos y amigas venidos de todas partes de la ciudad, atravesando el caos citadino, el metro, los cuellos de botella en Patriotismo, cláxones, semáforos en rojo, presiones en microbuses y taxis para estar ahí, conmigo y con O esa noche del 10 de octubre del 2006.
Y no dilaté más mis palabras frente al micrófono. Martín fue el primero en aparecer para darme un abrazo y me dio gusto verlo ahí, recordando esos días en Santander cuando estabamos en tiempo muerto o trabajando o yendo a comer a mercados o al Sena 22. Y se apareció entonces un señor, el delgado, de ropas arrugadas, se acercó nerviosamente y dijo: hola, hola yo me llamó Andrés. Y fue todo lo que dijo: "yo me llamo Andrés". Y mientras firmaba los libros, Andrés iba y venía del fondo de la sala Adamo Boari a la mesa de presentación, nervioso, medio fuera de lugar, como si quisiera decir algo pero no se animaba. Y al terminar, cuando los amigos estaban junto a las escaleras fui, le dije: "Andrés" y se sorprendió de eso y respondió: "Sí, si, yo me llamo Andrés". "Tenga", agregué y le entregué uno de los libros firmados, le entregué mis calles, mis colonia, mi gente, mi lenguaje, mis 112 cuartillas de colonia Moderna brava, rebelde, acá, maciza, y el rostro de Andrés se iluminó y musitó un gracias que no sé de dónde le salió. "Pero fírmalo", agregó, "ya está firmado", le dije.
Afuera estaba la noche cuando salimos de Bellas Artes rumbo al salón Corona a brindar y decir salud. Lo mejor de la literatura y la escritura es los buenos amigos que te deja, creo. La lucha de egos, las competencias literarias que se queden fuera, como dice bíblicamente, en el llorar y crujir de dientes.

Monday, October 09, 2006

Cosas de las que uno se puede cansar

1.- De esperar en los aeropuertos.
2.- De los chistes que cuentan la mayoría de los taxistas en Guadalajara.
3.- De ver gente ejercitarse.
4.- De tomarle fotos a deportistas.
5.- De pensar en Sport City día y noche, noche y día.
6.- De comer tortillas de harina.


Cosas de las que no me canso.

1.- De regresar ya sea al D.F. o Monterrey.

Friday, September 29, 2006

Invitación


Espero puedan ir si se encuentran en la ciudad de México.

Thursday, September 28, 2006

Sorpresivo

Hoy, don Rafa, el portero de mi edificio (sí, tengo portero en donde vivo), se despidió de mí con una frase que nunca había utilizado: "Hasta luego, lindo". Me quedé medio inmovilizado. ¿Lindo? Y cuando le dije, gracias, gracias, insistió con un: "que te vaya bien, lindo".

Ni qué decir. Hay días raros, de eso no cabe duda.

Monday, September 25, 2006

Máscaras

Mi casa no es tan grande aunque sí está muy bien ubicada. Estoy a tres cuadras de la Fundación y a menos de quince pesos de la casa de O. Mi casa tiene una cocina pequeña, una sala comedor angosta y una recámara del mismo tamaño. El baño es amplio y fue, tal vez, lo que más me gustó de mi casa. Mientras buscaba, visité muchas. Los baños eran deprimentes. Ni te podías mover. La sensación de claustrofobia mientras te bañas debe ser una sensación terrible.
Ayer en la semi oscuridad, miraba mis muebles, el decorado. Tuve la sensación vaga de que todas mis máscaras me cuidan: mi jaguar amarillo con bigotes de cerdas de puercoespín vigila mi sueño mientras charla con la máscara del viejo chino que tiene esos largos cabellos y barbas esculpidas en la raíz mientras una tercer máscara, la de un hombre con frente de piel de armadillo vigila la calle, el paso de los automóviles en Frontera. Vi mi cuadro de Joy Laville que me ha acompañado por tantas noches y a un lado del librero el cuadro del caballo naranja junto a la fotografía de la pulquería xochimilca.
Así, dormido, los muebles de mi casa hablaban entre sí, igual las máscaras. Quién sabe qué dirán, cómo se callarán mis máscaras cuando despierto a las tres de la mañana con una vaga sensación de ahogo y me arrastro al sillón a prender la televisión o buscar en alguna revista los infortunios de José Bonaparte, o tengo la idea de que debo de leer esa novela de el mar.
Son pocas cosas las que me definen: un puñado de máscaras, tres cuadros en casa, mis libros, las copias apiladas de textos que esperan revisión. Y hoy, al despertar tuve la sensación de que mis máscaras hablaban y me cuidaban. Cada una con una personalidad distinta, una sabiduría distinta. Uno no las busca en los tianguis por cómo se ven o verán en la pared, sino por la personalidad que tienen. Imagino mis máscaras, cada una con su personalidad y queriendo congeniar entre ellas. El jaguar fiero, sabio, el anciano igual de sabio, con cierta nostalgia, una mujer china divertida y mi máscara purépecha sobria. Todas ahí.
Hoy me dieron una idea. Hay que hacer una caja, llenar una caja. Una caja para cada década. Homenajear la vida con cajas del tiempo. Tengo 29 años y los cambios se acercan. Tengo que buscar una buena caja y meter todo lo que he escrito hasta ahora, algunas revistas, fotos, fotos de mi cuarto, fotos de O, fotos de mi familia. Tal vez las máscaras me dicen que viviré muchos años y esto apenas empieza. O tal vez mis máscaras me dicen que no viviré tanto como lo planeo y que es necesario dejar cajas del tiempo con fotos de las casas donde habitamos, de los que ahora son y están. ¿Quién se apunta?

Wednesday, September 20, 2006

Retratos familiares

Jorge
Mucho tiempo mi hermano Jorge fue un extraño pero yo me lo encontraba en la calle. Mi hermano Jorge, lejos, siempre está cerca. Muchos Jorges han salido a mi encuentro. Hombres parecidos, miradas parecidas aparecían frente a mí en los sitios más insospechados. En un restaurante al lado de la carretera a Morelia, en una presentación de libro, en la mesa frente a la cual revisaban unos textos. Estudió ingeniería civil y desde adolescente se veía que resultaría un hombre práctico para zapatas, construcciones y composturas. Fue, durante mucho tiempo, la verdadera mano derecha de mi tío Roberto. La responsabilidad le sentaba bien. Un día me di cuenta que no lo conocía. ¿Quién era mi hermano Jorge? ¿Sólo un ingeniero civil, sólo un hombre con mi sangre, salido del vientre de mi madre? ¿Sólo alguien que pasaba los fines de semana con sus amigos después de la escuela? ¿Alguien a quien le quitaba, prestada, la ropa? Lo descubrí de niño cuando jugaba al fútbol con nosotros en la calle. Lo redescubrí la tarde cuando le rompí un diente al lanzarlo contra la pared. Lo redescubrí cuando juntos, en la camioneta de mi tío, espíabamos a las muchachas que pasaban por la calle. Y fue imposible no acordarme también de mis otros Jorges: esos hombres tan parecidos a él en voz, ojos, rostro: Jorges extraños en la calle y en presentaciones de libros. Al verlos me daban ganas de abrazarlos, de hacerme su amigo, pero no lo hacía. Hoy mi hermano Jorge no es un extraño para mí y no me he vuelto a encontrar a ningún hombre que se parezca a él. Juntos terminamos de construir la casa de mis padres. Juntos andábamos en una camioneta con aparatos de aire acondicionado en la caja, listos para ser limpiados, desarmados bajo el sol. Juntos huímos también de los regaños de nuestra madre cuando nos portábamos mal. Esta es la imagen final como lo recuerdo. Vamos por un llano, el sol nos pega en la espalda y nuestra sombra lame las piedras y arbustos. Atrás viene mamá persiguiéndonos y nosotros vamos risa y risa, huyendo de ella.

Monday, September 18, 2006

Nostalgia del mañana

Me preguntan: ¿Por qué escribes? Respondo un choro sobre los motivos y las fuerzas cosmogónicas y la necesidad (todos los escritores escriben por necesidad, eso es igual a pureza, y puras cosas de sentido harto honroso en la vida). Cuando termino, todo mundo sabe que me aventé un choro. Afortunadamente no es un entrevista sino parte del curso de lectura en Voz alta que nos impartió Alma Velasco en la Fundación. Y la maestra Alma aprieta los labios, abre los ojos con ganas de reprimir y reprime. A ver, a ver, a ver, no, no, no, Antonio, me dijste muchas cosas pero no porqué escribes. El que sigue. Y regreso a mi sitio.
No es una pregunta que nunca me hayan hecho pero ahora sí, me quedo pensando. Seguro que yo sé porqué escribo. Y mientras Gaby nos explica porqué escribe, pienso, pienso, pienso y doy con la respuesta. Así que, como buen alumnito, alzo la mano y digo: maestra, ya sé porqué escribo. Escribo por nostalgia.
Ahí está la respuesta. Escribo por nostalgia ahora, nostalgia no sólo del pasado, sino del presente, del futuro. Nostalgia por saber dónde y cómo terminaremos, cómo se nos fue la vida. Al final sólo nos quedará eso cuando las fuerzas se hayan ido.
Nostalgia, por ejemplo, por el fin de semana pasado. Vimos fuegos pirotécnicos y pensé qué parte de esa luceta seríamos y nos perderíamos. Bailé banda con O en la plancha del monumento de la revolución. Nostalgia por saber qué será de nosotros cuando Vicenzo alzaba la copa, cuando Hinojosa le pegaba a la pared, cuando el mimos Hinojosa salió corriendo a la avenida a torear los carros a las tres de ma mañana. Nostalgia por ver bailar a O con Paola y por ver a O platicando con Tania sobre el movimiento pejista. Y nostalgia por la señora de 95 años que agitaba la mano con ujna bandera del prd y nostalgia por todo ese que se mojaron. Al final de cuentas creo quieren un cambio y quienes somos los otros doce millones que no votaron por peje para decirles que se callen, que no tengan esperanza. No hablo de lìderes del movimiento, sino de la gente de a pie. En los políticos, por naturaleza, no hay que confiar, pero en la gente de pie?
Y nostalgia por mis amigos en Monterrey a cuyas fiestas e hijos hace rato que no veo y nostalgia por mis hermanos y mi familia y mis dos abuelas. Ya sé porqué escribo. Eso es muy bueno. Al menos, ya le di nombre a lo que lo anima. Y es una nostalgia la mía, egoista, egocentrista y etnocentrista porque me quiero recordar y recordar a los que me rodean. Qué será de mis amigos y familia en el futuro? ¿Dónde terminarán? ¿A cuántos iré a enterrar o quienes me enterrarán? Somos canicas descarriadas en un gran juego, creo.

Thursday, September 14, 2006

Con letra chiquitita

Es forzoso sentirse optimista, creo. Aunque el país se vaya a la mierda, aunque le debes más de tu vida a hacienda, aunque tengas los recibos vencidos y no puedas cobrar la entrevista y la crónica que hiciste con meses de anticipación para una revista. ¡Por qué la gente se pelea en los blogs, a la vista de todos y te alteran los nervios (cuando los conoces claro)? ¿Es que ya no existe la secrecía? Hace meses me enviaron un mail donde me decían hasta el cansancio lo pésimo que son todos los encuentros literarios y que quién diablos pensaba que en un encuentro se hablaba de literatura: todos eran puro ver a quién te encamabas y a ver cuánto esnifabas. Me sentí sumamemente agredido pero, en mi natural orden de pensamiento, le escribí para agradecerle su comentario. La verdad, pobre. ¿Quién está buscando al pureza en las cosas? Deberíamos pero por favor... tenemos ya más de tres mil años sobre la tierra y las cosas siempre han sido iguales. Adán desobedeció a Dios, Orestes mató a Clitemnestra, Anibal asesinó a no sé cuantos romanos en durante su ilustre vida. ¡A quién le importa! Hace días me puse muy contento por que alguien me regaló dos revistas Coloquio de 1993. Dos revistas donde viene el nombre de toooooooooodos los escritores regiomontanos de ese entonces. Sólo quedarán, en pie, unos diez o doce. Los demás, caput, se perdieron, se casaron, hicieron otra cosa. La selección natural. Y me dije, ufan0, que eso no me iba a pasar pero y si pasa, pues que pase. Hace días puse mi nick de messanger que "Ojalá alguien nos enseñara a vivir". En realidad era un vedado grito de fastidio. En mi laboratorio de promesas de la ingeniería civil donde estoy, es un grito vedado todo: soberbias de un lado para otro, sonrisas hipócritas, murmuraciones. Hace días, también, me dijeron: "todos los que tú crees que son tus camaradas son los primeros que hablan mal de ti" Y pensé y yo qué diablos tengo que soportar todo eso. Vivir es extraordinariamente complicado. Estamos bien repartiditos: nuestro ojo pertenece a un deudor: nuestro otro ojo pertenece a otro deudor. El amor exige el corazón. Hacienda tus manos. La espalda es exigida por los puñales para clavarse en ella. Los pies, pobres de los pies. A veces da la sensación de que no nos pertenecemos (en realidad, creo, no nos pertenecemos, nos vamos liando con objetos, personas, egocentrismos, etcétera). A eso, hay que agregarle a todo el que, aún así, viene y te mete la zancadilla, ve dobles o triples intenciones en tus actos, le da por humillarte, por hacerte sentir que sólo su visión todopoderosa vale. No saben, en la vida como promesa de la ingeniería civil cada dos cuadras hay un superdotado que construye mejor que tú, que manda a los albañiles mejor que tú. Ah... supongo que luego vendrán otros días donde por fin pueda dejar de ser yo y.., porque ah... cuando puse que ojala alguien nos enseñara a vivir, no faltó quien empezó a sermonear con eso de: pero si no hay clases y bla bla bla (ya ni recuerdo quien lo dijo). Y fui Juárez a otro controvertido encuentro de escritores (controvertido porque nunca faltará quién diga que los encuentros están vendidos lo mismo que becas, premios, noviazgos, casas para vivir, computadoras, etcétera, etcétera, etcétera) y me censuraron... Me dijo un maestrillo del cbtis que debía mantener el espirítu alto. y no poner cuentos con malas palabras... Y luego me conté a mi madre y me dice: pero ya lo vas a corregir, a quitarle las malas palabras. Casi me da el soponcio. Chale.

Sunday, September 03, 2006

Don Juanito

Frente a la casa de mis padres había una pequeña casa de madera, pintada de amarillo y con techos de lámina. Era pequeña y tenía al frente un jardín. En la casa vivía don Juanito. Se ganaba la vida recogiendo periódicos y metales en un carretón verde que estacionaba fuera de su casa. Don Juanito era de tez blanca, pelo canoso y un estómago curvo como de aguacate. Como en todas las historias comunes, siempre que jugábamos al fut era un castigo que el balón entrara al jardín de don Juanito. Si eso ocurría había entonces qué hacer diplomacia y platicar y rogar y enojarse y hacer rabietas y casi mentarle la madre a don Juanito si no nos quería regresar el balón. A veces, ante su negativa, el partido se clausuraba. Adiós futbol. Adiós goleada espectacular. Don Juanito se colocaba el balón bajo la axila y entraba a su casa.
Siempre nos preguntamos por su soltería. Tenía una hermana también mayor que al parecer estaba enferma, una enfermedad mental. Cuando salía todo en ella eran sonrisas, pero sonrisas bobas, retardadas que a algunos nos daba cosquillas en el estómago. Un buen día la hermana desapareció y, como suele ocurrir, algunos dijeron que había muerto, o la habían matado o simplemente se la habían llevado a un manicomio. Era esa rudeza de niño con la que hablábamos.
Y don Juanito se hacía cada vez mayor. En ratos de extrema generosidad nos mandaba llamar y nos daba higos, naranjas o frutas que diera los árboles de su casa. Nunca pasamos al interior de la casa. Permaneció como un espacio fértil para la imaginación. ¿Qué había adentro? Nunca lo supimos pero una tarde cuando descubrimos en una pared lateral de la casa, una pared también de madera, una colmena de abejas, imaginamos la casa invadida al interior por los insectos. Imaginé un cuarto clausurado, don Juanito dormido por el susurro del vuelo de todas las abejas.
Pero quién era don Juanito se convirtió también en una interrogante terrible. Cuando el balón se volaba y había que enviar una comitiva a pedirlo, esa comitiva se convirtió en un emisario: el emisario era yo.
Ahí descubrí, lo sé ahora, ese primer rasgo de la soledad: la necesidad de ser escuchado. Don Juanito me daba el balón después de que me platicaba conmigo diez o quince minutos. A veces el juego se reanudaba pero yo me quedaba platicando con él. Así descubrí su juventud en San Francisco, me contó después que se anduvo muriendo una vez porque lo apuñalaron. Me habló de sus hermanas, de algún oscuro amor perdido. Después también lo olvidé. Me fui a la ciudad de México.
Una tarde me dijeron que había muerto. Mi primera pregunta fue: ¿y la casa? Vinieron unos sobrinos, me dijeron, y se llevaron algunas cosas. Ahora la casa está aún de pie sin las abejas, sin muebles, la higuera y el naranjo secos, retorcidos. Y la casa sigue en pie, amarilla como siempre, pero desteñida. La última vez que fui a Monterrey la vi silenciosa, sin mano de hombre para enderezarle los caminos. Y me pregunté qué había sido de don Juanito, cómo lo encontró la muerte, qué quedó de su casa dentro de su casa. Papá me comentó que seguro ya se encontraba vacía. Ladrones pensé, son los peores del mundo. No guardan ni el respeto a la memoria de gentes que sólo tuvieron ese valor. Ladrones, pienso, ojalá les roben sus tumbas y las de sus hijos y la de la gente que aman para que paguen, con su rapto, todo lo hurtado.

Friday, September 01, 2006

Septiembre

Un mes para que se termine esto. Veo septiembre, no sé si con esperanza o hastío. He contado las horas. Ocho más y se acabó. No sé en qué sentido, pero se acabó. La vida se vive en pedacitos. Ocho más de un curso. Lastimosamente, también, sólo tres horas más de lectura en voz altas y doce del taller de cuento. Aunque al taller puedo seguir viniendo y lo haré. Ayer le preguntaba a un amigo, porqué repetir. Yo no sé, pero metí mi cartita. Tal vez esto es sólo confusión. Tal vez. Pero ya es septiembre. Hace un año estaba dando brincos de gusto porque el correo del maestro Langagne estaba entrando a mi bandeja de entrada. Y el correo decía: fuiste aceptado. Ahora, ha pasado un año desde ese día. Me encontraba en el ILCE. Ahora me encuentro en la Fundación. Ese día salté de gusto y abracé a Laura. Ahorita le acabo de pedir a Alberto sus obras para leerlas y entrevistarlo. No sé, no sé. ¿por qué repetir? Y es Septiembre ya, quedan ocho horas de casi todo. Así es, creo, como nos llega la muerte.