Friday, February 24, 2006

Falsa alarma

Se me olvidó mi celular, le dije a Boone en el taxi camino a la Residencia de Francia donde le entregarían a David Toscana el Premios Antonin Artaud. Bueno, ni modo, me contesté porque ya estábamos en el grave problema de no perdernos en la colonia de Lomas de Virreyes. Pero, durante la ceremonia pensé que era una lástima no traerlo. David hablaba en ese momento de un recado que le habían dejado de la gerencia del hotel donde le informaban que en la compra de dos malteadas le regalaban un chocorrol. La historia me gustó y quise compartirla con alguien pero el celular, bien gracias, bien cuidado en la Fundación.
Luego, la noche, mientras andábamos por la calle pensé que si trajera mi celular podríamos llamar un taxi y no recorrer las vigiladas calles de la colonia donde guardias nos preguntaban el quien vive casi cada doscientos metros.
En la mañana llegué temprano y el celular no estaba. Había en mi escritorio el cargador pero del celular nada. Me puse serio. Me preocupé. Seguro es una broma de Hinojosa pero Vicente le llamó a Hinojosa y me dijo que él no lo tenía. Comezaron las indagaciones, preguntamos quién había sido el último en irse y nadie sabía nada del celular. Se lo robaron. Y batallé para llegar a esa afirmación. Se lo robaron, claro. Y María, Hernán, Claudia, Gaby, Alfonso, Alberto, todos, hicieron un círculo alrededor de mi cubículo para lamentarse conmigo por el robo del celular. No era muy bueno, más bien viejo pero era mi celular. Me dio mucho coraje. Dile a Langagne, me dijeron todos.
Por la tarde fui al cine a ver Bandidas para quitarme el coraje del robo y por la noche vino el maestro Carlos Prieto. Tocó una parte de la sinfonía No. 5 de Bach. La sarabanda, quinto movimiento de la pieza, era muy rítmica y me acordé de mi celular. A la salida el tema seguía en el aire y cuando le dije al maestro se enojó, se preocupó, hubo movilización general. Mi celular robado era tema de conversación.
Dormí mal aunque soñé que conducía un carro de carreras e iba en primer lugar.
Por la mañana la casa olía a cigarro (había tenido visitas a cenar) y me desperté aún encorajinado. Luego fui al Mercado a comprar una bolsa para la ropa sucia. De pasada entré el centro cultural telmex. Vi un kiosko con celulares. Suspiré. Me acerqué. Vi los precios, los modelos aunque no había nadie para informarme. Era sólo un kiosko solo en una plaza. Un hombre con un celular robado que miraba con una bolsa para la ropa sucia junto a él. Decidí salir, caminar hacia el Hotel Ensanada y me encontré a Toscana junto a una computadora, contestando unos mails. Más tarde llegó un chico a entrevistarlos y los tres nos fuimos al café del Wings. Camino a la Fundación le conté a David del hurto. Sólo subió el labio inferior en señal de desaprobación.
Pero, cuando llegamos, Karla apareció. Karla con su sensación de ángel. Karla con su mirada azulada y clara como el agua de una pileta. Apareció tu celular, me dijo. ¿En serio? Me lo entregó descascarado como está, las letritas NOKIA al frente. Lo guardó Francisco, se le olvidó decirle a Ciri. En fin. Apareció el celular.

Monday, February 13, 2006

Crónica de un día cualquiera

Me levanto al cuarto a las nueve y siento el frío. Hace frío. Las cortinas se encuentran heladas y más allá de ellas veo un cielo blanco, neblinoso. Y es domingo. Apenas veo al alfombra la encuentro sucia. Creo que ya es hora de limpiarla. En el baño me recibe el altero de ropa sucia. Creo que ya es tiempo de ir a la lavandería y al verme en el espejo pienso: también es hora de cortarme el pelo. Y cuando salgo a la sala y veo bolsas por todas partes, la caja donde dueme el librero sin armas, los sartenes sucios en el lavabo, el desorden de comida dentro del refrigerador, me digo que sí, ya es hora de limpieza. Pero antes, y me asomo por la ventana al pasillo donde ya se reúnen los vecinos, tengo que ir a la junta de condóminos.
Abajo la mayoría anda en pants y sudaderas pero algunas se han vestido muy formales, el pelo recién lavado y el tacón punta de observáme. Tres horas les lleva ponerse de acuerdo en el asunto del cajón de estacionamiento, intentar averiguar qué vecino se roba la correspondencia y al rompe, cuánto cuestan los motores y controles remotos para la puerta de entrada, si tienen o no que destruír parte del jardín para hacer dos cajones de estacionamiento más y quién llevará la administración. Los vecinos se quejan, se pelean, se contentan, sonríen nerviosamente entre ellos, cuchichean a espaldas de quien tiene en ese momento la palabra, reniegan de condóminos que meten dos coches pero al final, se dan la mano como buenos vecinos y cada quien regresa a su casa
Y miro la hora. Ya es la una y cuarto. Salgo en estampida de la casa con el libro de Lo bello y lo triste de Kawabata en las manos y me dirijo al Centro Cultural Telmex. No tengo mucha hambre pero me como unos tacos de alambre y entro al cine a ver Orgullo y prejuicio. La gente aplaude al final, una vez que Elizabeth se queda con el tan emblemático Mr. Darcy y el Sr. Bennet dice: Si alguién viene por otra de mis hijas, que pase, ahorita estoy desocupado. Es increíble cómo la novela de Jane Austen ha sobrevivido y cómo esos moldes de la sociedad victoriana sólo han cambiado de nombre pero siguen siendo los mismos.
De regreso a casa compro un desarmador y me digo. Ahora sí. Armo el librero, acomodo los libros, saco las botellas, por fin pongo la alacena, acomodo mis cuadros, lavo los trastes, me corto el pelo, me baño y cuando apenas me doy cuenta ya son las ocho de la noche y sigue el frío. pero aún así salgo, tomo un poco de dinero y me voy a cenar a los tacos Frontera. Hoy, ayer, los frijoles charros no fueron tan buenos, menos el taco combinado. Vuelvo a casa, intercambio mensajes con Ana y me pongo a leer El hermano gemelo de Sergio Pitol. Qué buen narrador es Sergio Pitol. Victorino Ferri cuenta un cuento tiene toda una retórica tan mexicana que ya me interesa ver cómo se transformará en los cuentos siguientes.
A las diez dejo el libro, apago las luces y me voy a ver la televisión. Son las doce cuando una vez terminado un programa y releído las noticias del día apago la luz e intento no pensar en nada no pensar en nada no pensar en nada para lograr dormirme, pero en el sueño me atacan, al igual que toda la semana anterior, los fantasmas de gente del ilce y de la fundación como si se pelearan por mi alma.

Tuesday, January 31, 2006

ILCE

ILCE. Me cambié el dos de junio del 2004 a las oficinas del ILCE en la torre Zafiro. NO voy a hacer amigos, pensaba, orgulloso, voy a trabajar, a tener más tiempo para leer y escribir. Y sí, el ILCE me dio mucho tiempo para leer y escribir, el suficiente para poder tramitar con calma las becas del fonca y de la fundación y el tiempo suficiente para poder corregir el libro de cuentos de los días atrás y el tiempo suficiente para irme a Morelia, Veracruz y Morelia, Tampico y Monterrey varias veces. Hoy que bajaba por sus escaleras con la mochila repleta de buenos deseos y miraba los escalones grises recordé la mañana que nos evacuaron por una amenaza de bomba y la tarde que a las dos y cuarto tembló y nada más sentí el bamboleo suave del edificio, un pequeño salto de hormigón, acero y ventanas que me aterró. Y bajé por las escaleras por las que a veces iba al cuarto piso a saludar a Lucifer, Oswa y machacar a Edith porque era de Querétaro y ella nada más me decía: reeeegio, con toda la burla en las cinco letras.
ILCE. Me cambié el dos de junio del 2004 y al mismo tiempo, guardaba la esperanza de hacerme muy amigo de la gente de ahí. Y hoy, mientras bajaba las escaleras grises, aún dentro de la torre de Zafiro, recordé el pulgar arriba con el que Raúl deseaba buenos días, los chistes de Heidy, la mirada traviesa de Laura, cuando Isabel llegaba a mi cubículo a preguntarme como estaba, los chistes de doble sentido de René Cejudo y Alex, la siempre dispuesta discusión sobre sintaxis cno Gladys, el grito y la risa de Paulina.
Hace tiempo escribí aquí que, en pulcra oficina me habían preguntado qué dejaría por escribir. Ahorita pienso y veo que siempre digo que he dejado esto y lo otro o aquello. No he dicho lo principal. He dejado personas. Buenas personas. Y eso es muy difícil encontrar en el mundo o a veces uno no quiere encontrarlos en el mundo porque es mejor decir sí, que todo apesta, nada sirve, tal vez por que nos gusta ver el mundo con pocas posibilidades. En fin. ¿Qué dejarías por escribir? me pregunto otra vez. He dejado personas pienso hoy que fue mi último día de trabajo y mi último día de vivir en aquella casa en Perisur con Ana Camarillo y pienso que a veces sería bueno no hacerlo, a veces, aunque te lances de nuevo a la batalla, me gustaría saber que tengo una casa allá atrás, una casa mía a donde volver. ¿Es la escritura esa casa?

Casa nueva

Mi nueva casa es de paredes blancas, tiene piso de mosaico y una alfombra azulada en la recámara. Un gran espejo en el baño se abre como los flores de una biznaga y tiene closets amplios, una sala cómoda, una mirada hacia otros edificios del centro de la ciudad de México. Un hogar nuevo para ocho meses nuevos. Siempre quise vivir en la colonia Roma. Me gusta mi nueva casa y es, en parte, el resumén de mis otras cinco casas en el d.f. En Bosques de Aragón tenía, afuera de mi cuarto, un fuente y el somnoliento sueño de Ramses y Celic, los gatos de la señora Alma. En Plateros tenía un sendero angosto siempre sucio por las hojas de los árboles y donde Ajax se aterraba solo al verlo desde la ventana de mi departamento en un quinto piso. En la Panamericana, en el departamento 301 del edificio 19 de Vistas del Maurel había mucho, mucho frío, en el 503 pasaron cosas muy sorprendentes, en el 402 solo recuerdo una placidez. Pero siempre estuvo el centro de la ciudad y la vieja añoranza de la colonia Roma. Ahora veo mi nueva casa, las cortinas, la estufa y el refrigerador. Mi nuevo hogar.

Monday, January 23, 2006

Última embestida.

A ese lo van a cornar, sentencia Hinojosa. Allá abajo el torero Rincón se acerca un poco al tercero de la tarde, se acerca meticulosamente con la capa esgrimida a todo lo largo mientras parece hablarle porque aún desde lejos, desde las tribunas de sombra donde estamos, junto a un viejo que lleva sus binoculares, come pistaches y escucha la narración de la fiesta en una radio portatil, vemos cómo mueve la boca, alza las manos para increpar al toro. Y el toro va con los pitones a media hasta. Babea. Se le hunde el vientre a la altura de los ijares, el lomo brillante y rojo con las cinco banderillas de colores que manotean gozosamente al aire. El toro. Casi 500 kilos de peso. De la ganadería de Garfias. Sus pitones lustrosos como si fueran de acero. El toro se lanza contra Rincón y éste lo esquiva mientras la capa se eleva y acaricia el lomo del animal antes de caer.
Y arriba la gente y en las gradas, y cerca del redondel, grita: Ólé, óle, óle, óle. Cuatro óles que se quedan estremeciéndose en el aire de la tarde, en el cielo azulado cielo capitalino en donde veo un avión gigante que comienza su descenso.
El toro sigue de pie y Rincón vuelve a aplicarle varios mandobles con la capa. Le da la espalda, a centímetros de la cornamenta y la arena se pone de pie, grita, se cansan las manos de aplaudir. El viejo a mi lado solo come pistaches y apunta sus binoculares hacia el centro de la plaza donde Rincón se acerca al redondel rojo. Un hombre del otro lado del encordado le extiende una nueva capa roja y veo la espada brillante en la tarde, como un alfiler desde el lugar donde estoy.
Ahora viene lo bueno, dice alguien pero no presto atención. Estoy atento a la postura de ataque del torero, la espada en alto, trémula pero fija en el aire. El toro está echado atrás, la baba le cuelga, ya no es nada de aquel animal se salió en estampida por los toriles y que se plantó brioso y gigante en el ruedo de la Arena México. Ahora se le ve cansado, después de correr toda una vida alrededor del encordado, de embestir a un rejoneador y tirarlo del caballo y lanzar el equino casi levantándolo con la fuerza de sus pitones. Ya no es ese toro.
Ahora solo mira fijamente la punta de la espada y Rincón mira fijamente el lomo del animal. Pienso que debe de existir, en ese momento, algo de amor entre el hombre y el animal. Un punto congelado donde el hombre agradece al toro su valentía, su fuerza, porque sin eso él no logrará las dos orejas de la tarde. Pero tengo que matarte, pienso que dirá, y tengo que matarte bien. Y así, en la última embestida de la tarde, Rincón y el toro se lanzan frente a frente, la espada entra limpia en el animal. Un quejido seco en el aire. Miradas como ramilletes sobre la arena. Un golpe de adrenalina cuando la espada corta la carne. Una explosión de sangre sobre el lomo del toro. Luego dobla las piernas, sus pitones al suelo. Otro hombre sale por la puerta de toriles y le veo una pequeña daga en la mano. Veo cuando de un tajo termina por matar al animal que alza un poco las patas traseras pero luego las deja caer.
Más tarde salen caballos negros por el Toro y Rincón es homenajeado con dos orejas. La arena huele a habano, sabe a gritos y sangre. El sol comienza a caer cuando el toro sale arrastrado por esos caballos negros como la muerte, sus crines con festones rojos y verdes. La gente le aplaude al toro, se pone de pie ante la bestia que es arrastrada por la arena Y Rincón lleva las orejas en las manos, las manos en todo lo alto y dos banderas colombianas salen en las tribunas y se agitan, amarillentas, rojizas y añiles en el aire rojo de la tarde.

Monday, January 16, 2006

Endecha por una mujer libre

Se la llevaron. Me fui en la mañana y cuando volví en la tarde otra persona, otra máquina, otro aire ocupaba su lugar. Se llevaron sus plantas que crecían confinadas a una maceta cuadrada, se llevaron los juguetes de su hijo con los que a veces llegaba en las mañanas después de ir a dejarlo a la guardería. Se la llevaron con sus dijes, sus pulseras, el ópalo que nunca le di. Se la llevaron a Laura un dieciséis de enero al mediodía mientras estaba lejos y no podía reprochar ni hacer gestos ni al menos mostrarle a los demás que la noticia no me gustaba. Su lugar de tanto colores, su lugar con aire de artesanía quedó mudo. Sus risas, sus dudas, su aire de preocupación ante el trabajo y su vida, su aire de felicidad y risa ante el trabajo y la vida se quedaron lejos. A mi me amputaron la mitad de mi tranquilidad con ese movimiento. ¿Con quién iba a compartir los primeros chismes del día? ¿Con quién iba a compartir ahora la chispa de las historias nuevas que surgían de la nada? ¿A quién iba a decirle que la quería y que la extrañaba? En su lugar solo quedó un extraño. Una espalda mas en este mundo donde las espaldas son el confin de todos los días, donde las espaldas son las palabras, el callar a otros, el defender lo indefendible. Se llevaron a Laura al mediodía mientras yo hablaba tontamente de literatura y defendía mi postura sobre una frase juiciosa aunque hermosa. Ya no habrá con quién compartir esas mañanas de licuados y de risas. Se llevaron a mi única mujer libre del ILCE. La bajaron al cuarto piso donde las grillas están a la orden del día, donde la planeación concibe solo el progreso y alcanzar las metas, las cifras es el mejor alimento para los molares y los caninos institucionales. Adiós Laura. Adiós.

Friday, January 13, 2006

los ojos de glori

Estaba enamorado. Un primer amor de locura, de lejanía. Todas las tardes Claudia, con quien había estado en tercero de primaria, subía a su casa que daba justo a mi salón de clases y me sonreía o se ponía a hacer la tarea en una amplia zotehuela de su casa. Y yo la quería con esa cosa rara del primer amor. Veía la tez blanca de su rostro, sus ojitos cafés, el pelo castaño, sus labios chiquitos y rosas y más me enamoraba. Claudia estaba en la misma escuela, solo que en el turno matutino. Se había cambiado justo al terminar el tercer año. Y la extrañaba. La eché de menos todo ese cuarto año mientras jugaba al beisbol en el equipo o salía a jugar basquetbol en la cancha blanca por el sol, o mientras comía tostadas con salsa roja y limón y las pasaba con sendos tragos del agua helada que salía de los grifos del bebedero de azulejos azules.
Y estaba enamorado aún en quinto año y seguía viendo a Claudia en la zotehuela de su casa. Una tarde, mientras en el patio ocurría la kermese, subí a mi salón y ahí estaba en su casa Claudia. Me miró, me sonrió y dijo que me quería mientras lanzaba la luz del sol hacia el salón con la ayuda de un espejo. Yo estaba sorprendido del amor, sorprendido porque siempre sorprende saber que otro te ama y bajé corriendo e intenté salir de la escuela pero fue imposible porque estaba un conserje.
Y estaba enamorado. Lo recuerdo. Por eso, al día siguiente, mientras mi madre lavaba la ropa, le dije: me quiero cambiar de escuela. ¿Y a qué escuela quieres irte? me pregunto sin dejar de ver la ropa que se movía de un lado para otro. El sol pegaba sobre la espuma y la tela roja de una camisa que emergió, tomó sol y volvió a meterse. A la quince. Mamá seguía sin hacerme caso. Ajá, ni creas que voy a ir con la directora, respondió. Si quieres, hazlo tú. Bueno, lo haré.
Así que me puse unos pantalones, andaba en shorts y salí de la casa con el sol de las ocho de la mañana sobre las calles. Subí por gardenia, doblé en manzano, subí por privada gardenia hasta cerezo y llegué a la escuela. Pedí hablar con la directora. Le dije que deseaba cambiarme de escuela a una con un mejor nivel y le extendí, orgulloso, mi boleta de calificación con puro diez. Luego mentí: además, tengo problemas con mis compañeros (era cierto, al menos un año antes me la pasaba entre pleitos y perseguidas). La directora miró la calificación y me dijo: A ver, trae a tu mamá.
Cuando volví a casa mamá se sorprendió mucho. ¿Cómo que fuiste a hablar con la directora? Pues si, fui y quiere verla. Mamá con el vestido en parte mojado por la lavada se arremangó las mangas, se puso algo seco y ahi fuimos los dos hacia la escuela quince de mayo ya casi las nueve. Mire directora, dijo mi madre, le dije que viniera a hablar porque no pensé que lo fuera a hacer. Y la directora nada mas puso cara seria y luego se rió. Entonces saliste aventado, me dijo y yo me puse rojo de verguenza pensando en que al fin podría estar todos los días más cerca de Claudia. No aceptamos a nadie iniciado el ciclo escolar, y menos de una escuela donde hay pocos alumnos como es la cerro de las campanas, pero esta bien, vente mañana a las siete para asignarte salón.
De regreso a casa no cabía de felicidad. Estaba enamorado. Vaya que lo estaba.
El problema fue en la tarde.
La escuela.
Amá, le dije, venga conmigo para hablar con la directora y la maestra. Mi madre se cruzó de brazos. No mijito, aquello lo hizo solo, esto tambien lo hace solo. Lleno de miedo entré a la oficina de la directora. Le dije del cambio, vio mis calificaciones, suspiró. Su oficina era muy oscura y pocos trofeos había en las vitrinas junto a una bandera de México percudida por la penumbra. Salí de ahi con aire triste y subí los escalones hasta mi salón. Luego hablé con mi maestra, la esposa de mi maestro del año anterior y cuando le dije puso la pluma sobre el escritorio y miró hacia la casa de Claudia donde no habia nadie. Sentí su decepción. Qué le vamos a hacer. Siéntate. Después se puso en pie y dijo en voz alta que me iba a cambiar. Mi compañera de banca, Gloria, volvió a verme y su rostro decía algo de tristeza, sus ojos brillaban temblorosos. ¿Es cierto?, preguntó y yo asentí. ¿Pero porqué te vas a cambiar? Y miré hacia la casa de Claudia sintiéndome muy muy tonto. No sé, pero ya me cambié.
El resto de la tarde no lo recuerdo, menos si salí por el portón o por una puerta, si les dije adiós a todos y cada uno pero al día siguiente estaba puntual y contento en la dirección de la quince de mayo. Vi pasar a Claudia con su salón y se sorprendió al verme con mochila junto a la directora. Todo fue bien, pero tambien, ahora, cada que renuncio a algo recuerdo los ojos de Gloria, sus negros ojos temblorosos y quisiera darle un consuelo no por mi partida, sino por las partidas del mundo pero no encuentro mas palabras que aguantarse y seguir. Y sí. Esta semana he renunciado otra vez a muchas cosas para ir en pos de una Claudia distinta, de una Claudia que espero abrá los ojos, sorprendida.

Monday, January 09, 2006

Sangre Azteca

De niño veía en las películas de El Santo la mítica Arena Coliseo. El embudo, como le llaman, me parecía el origen de todos los mitos. Es domingo y Nadia va con su cámara fotográfica seguida por Enrico y Yu-Jin. Los cuatro miramos la calle llena de baches, el agua estancada, los edificios viejos con pintas y el revoloteo de la gente al lado de los puestos de tacos. De una de las paredes de la arena pende el letrero: "Arena Coliseo" y sonrío porque recuerdo tantas y tantas películas donde El Santo desenmascaraba a un luchador y éste se convertía en hombre lobo y después de vuelta en hombre y después de hombre se convertía en calavera. Enrico y Yu-Jin son dos monedas de sorpresa en la calle y Nadia nada más se ríe mientras me cuenta que en muchas partes siempre hay hornos de microhondas junto al nicho de vírgenes y le digo que es porque hay veladoras de dos minutos o veladoras duración popcorn
Yo compro los boletos, le digo y me meto a las taquillas donde la gente se arremolina y le entrego a Nadia mi sueter café. Un hombre renco me sale al paso. ¿Cuántos quiere amigo? ¿Dos? ¿Cuatro? Vuelvo el rostro y hago una mueca a los demás que esperan junto a un coche. ¿De qué fila quiere amigo? Tengo de la una y la dos. En taquilla ya no hay. ¿Cuánto?, le pregunto. 150. Vuelvo con los otros. Dice que en 150 y en segunda fila junto al pasillo donde salen los luchadores. Pero queremos tomar fotos, dice Nadia y Enrico y Yu-Jin asienten. Vamos a pedir permiso, dice el hombre y lo seguimos entre la gente y la pequeña entrada de la arena. Nos damos a entender en una jerga donde el español, el inglés y el italiano salen a relucir. Al final nos dan permiso. El hombre renco nos da los boletos y nos dice que, a mitad de la función, va a ir a cobrarnos.
Adentro el cuadrilátero ocupa la parte central y me da la sensación de claustrofobia por el reducido espacio. Unas luces rojas bailotean sobre el encordado y luego apuntan hacia las gradas arriba que se asoman. Es como estar en la parte baja de un gran panal y la gente hace ruido ensordecedores, las mujeres dan alaridos cuando salen los hermanos Rivera o Mr. México o cuando sale Latin Lover o Leono. Mira, ese Leono se hizo cirugía en la naríz, le digo a Nadia quien se la pasa tome y tome fotos y silbando como no he visto nunca. En la penúltima lucha sale Sangre Azteca, Universo 2000 y Olímpico contra Lizmark, Heavy Metal y otro luchador que no recuerdo.
El combate abarca toda el área del ring. Gritamos mucho. Nos levantamos de nuestros asientos. Es un silberío sorprendente y cada que veo a Nadia, Enrico y Yu los encuentro con la cámara en alto y fotografiando. La lucha termina con el triunfo de los rudos y cuando Sangre Azteca pasa junto a nosotros se detiene por un momento, nos mira, sonríe a Yu, y pasa su mano por el mentón de ella, se lo acaricia, le sonríe, nos sonríe y veo el rostro enrojecido de Yu y la sangre de emoción en los cuatro. Es sólo un momento donde el luchador pasa, nos mira, toma el mentón de Yu y la enrojece pero se nos queda grabado y más tarde, cuando salgamos huyendo de la Arena Coliseo para que nos nos cobren la entrada será tan solo uno de los temas de conversación.
Así sigue la lucha. ¿Oye, no han venido a cobrarnos?, pregunta Nadia y yo estoy desde la segunda caída de la última cuando Tarzan Boy se burla de Dos caras jr. al tanto. Pero el hombre no se aparece. ¿Y si nos vamos antes de que vengan?, dice Nadia y no tiene ni qué decirme porque ya estoy en pie. Vámonos, le digo. Salimos a las prisas de la Arena Coliseo. Lo malo es que no somos nada camufajeables, se queja Nadia pero ahi vamos ya en la noche por los pasillos, luego a la entrada, nos abremos paso entre la gente y los coches y cuando estamos lo suficientemente lejos soltamos una carcajada. Ya en casa de Pedro mientras tomamos vino y hablamos otra vez en esa jerga de español, italiano e inglés, llego a la conclusión de que aún estoy de vacaciones y que es una buena forma de terminar este período con una visita gratis a la arena Coliseo.

Wednesday, January 04, 2006

Tierra baldía

Este 4 de enero de 2006 fui testigo de un hecho raro e histórico en la colonia. Hoy desapareció el último lote o tierra baldía de la colonia. Durante mucho tiempo, entre las manzanas llenas de casas o vecindades, se intercalaban trozos cuadrangulares y salvajes de tierras baldías. Ahí jugaba con mis vecinos y primos en épicas batallas donde ladrillos eran murallas y varas o trozos de ramas fusiles mágicos. En esos terrenos también, algunos pocos y limpios, armábamos canchas miniatura de fútbol donde era cosa prohibida caerse porque nunca se sabía dónde había algún vidrio o el cadáver de un gato.
En esa tierra baldía pasaban también, hace mucho tiempo, en un tiempo que la ciudad ahora no recuerda, grupos y grupos de mariposas que bajaban del norte hacia el sur y eran despedazadas por nosotros con ramas con puntas afiladas o espinas. Pero luego, poco a poco, con el esfuerzo de la ciudad, el dinero, el progreso que borra tradiciones y viejos vicios, los terrenos desaparecieron poco a poco. Muchos se transformaron en bodegas, otros en panaderías, dos o tres tuvieron la suerte de convertirse en plazas.
La transformación abarcó desde mi primer adolescencia cuando vi el gran llano camino a la escuela convertirse en una gran nave de taller mecánico hasta hace pocos años cuando la tierra baldía frente a mi casa se convirtió en tres naves industriales donde almacenan rollos de tela y varillas de construcción. Todos fueron desapareciendo menos uno.
El pequeño terreno baldío en la esquina de Gardenia con privada Limón se mantuvo agreste, lleno de matas, con dos árboles retorcidos y espinosos y montones de basura en las esquinas. Hormigueros, avisperos, nido de ratas y más, el terreno siempre fue desairado por las grandes constructoras que volvieron mi colonia en colonia de bodegones y más. ¿Qué se podía hacer con un terreno tan pequeño? Nada.
Pero este fin de año, por motivo de las fiestas navideñas y los cohetones, mas el calor seco que asoló la ciudad en las fiestas decembrinas, hizo que el fuego apareciera en el seno de las raíces y la tierra suelta. Un cohete tronó e hizo la chispa. La chispa se sacudió en fuego. Una mata espesa y blanca de humo se despeinó sobre los dos árboles y un mini fuego se hizo. Los vecinos se alarmaron. Pasé justo en el momento que acarreaban botes con agua y con el manguerazo apagaban las brinzas negras y blancuzcas por el fuego. Hoy, fueron unas máquinas y traxcavos y comenzaron a terminar con la tierra baldía. Quitaron los árboles, eliminaron los montones de tierra.
Ya no hay tierra baldía en mi colonia. Ya no. Finalmente, este histórico 4 de enero, el último terreno baldío de la colonia ha desaparecido. Ya no queda nada de la vieja colonia Moderna. Las cantinas han desaparecido. Solo una vecindad se sostiene a duras penas entre la clínica 15 y unas bodegas. Ya no hay tierra baldía. Se ha terminado toda.

Friday, December 23, 2005

Monterrey, día de un año

Lo primero que me llama la atención al volver a Monterrey y pasar por la avenida Pablo A. de la Garza es el nombre de los negocios. UNOCAL, Tracto partes Treviño, Afasias Martínez, el Piñón de Oro, Autopartes Ubaldo y Llantas Roca, son sólo algunos de los nombres de los lugares donde venden desde calcomonías y defensas de chevys hasta barras de cardan de dinas. La calle Pablo A de la Garza (héroe regional durante la guerra de la revolución mexicana) vive a estas horas con sus negocios abiertos que exponen rines plateados, y chicas que en pantalones entallados y playeras de mangas muy cortas exhiben las mercancías mientras a su lado, sin nada qué hacer, grupos de mecánicos o los dueños toman una coca en la sombra.
Falta un día para navidad y parece que este año la ciudad le ha dicho al frío: hoy no. Y el sol ha evaporado cualquier aire helado. La gente ha salido entonces, sin temor de nada, a la calle a hacer las compras de pánico de último momento y alcanzo a ver a un par de santacloses en la calle con un disfraz espantoso y caliente que les pone un rictus de fastidio en el rostro.
Monterrey huele a carne asada esta tarde y sabe el aire a una lluvia de bistees tibios o salchichas gordas y jugosas. Y camino entre sus calles, compro un par de libros que sòlo le pueden intenresas a gente que lee y escribe en Monterrey. El primero es un anuario de lo que escribieron las primeras cuatro generaciones del centro de escritores de n.l. y el otro es un libro de Cuitlahuac Quiroga, libro editado por Papeles de La Mancuspia.
En Monterrey pasan en la televisión las películas de Godzilla y conductores de camiones o vendedores de naranjas traen puesta la playera de los rayados del Monterrey. Y los camiones son grandes (nada de microbuseros) y la gente come "conchitas" con salsa verde y crema y nada como ir a comprar o perder el tiempo en la calzada Morelos. Hoy le decìa a Ana, me gusta, me gusta la ciudad y se me quedó viendo con cara de ingratitud. Yo ya me quiero ir de aquí, me dijo. Así es el corazón con nuestras ciudades. Nos vamos de ellas para quererlas. Nos quedamos en ellas para odiarlas.

Monday, December 19, 2005

Nos robaron

Desde el partido del jueves nos robaron. Nos robaron ayer también. Para quitarme la tristeza me fui a la Gandhi y me compré tres libros.

El libro del desasosiego de Pessoa.
La presa, de Kenzaburo Oe.
Cóbraselo caro, de Élmer Mendoza.

No cabe duda que la literatura y la escritura, salvan.

Friday, December 16, 2005

Retratos Familiares V

Nadia
Miro sus ojos. Miro sus ojos que enfocan. Miro su cámara negra. Miro su cabello corto, algo alaciado. La miro sonriente y vestida de negro mientras un motociclista la carga. La miro mientras mira a una mujer envuelta en plásticos negros. Miro sus fotos: sus hombres musculosos, el viejo en una zapatería, sus vírgenes blancas sobre retablos claros. Miro sus manos sobre la cámara. Miro y miro y miro sus ojos claros, la sangre que pulsa en sus venas, su sonrisa fotográfica, su aire de encuadrar siempre el mundo. Miro la miro a Nadia sonriente por calles neoyorquinas o mientras trabaja en un bar de dominicanos. Miro y miro a Nadia Baram mientras camina entre la gente en un evento de la representación de Chihuahua; y miro sus ojos nerviosos como dos destellos de ansiedad que a veces se hacen lumínicos y otras se apagan. Miro su larga mirada donde se reflejan globos solitarios y un Chaplin que camina bajo el agua. Miro me mira nos estamos mirando me mirará más tarde cuando deje de leer estas líneas y salga a abrazarme y enfoquemos en el lente de su cámara ese día que nos conocimos. Miro en sus fotos al hombre ebrio que deambula dentro de un ruedo sin mirar al toro. Miro la tristeza de sus mujeres, la placidez de sus hombres, lo esperpéntico de sus musculosos, la panorámica de una alberca donde todo es geométrico. Miro me mira nos miramos nos estaremos mirando habremos de mirarnos seremos mirados mientras exista ese grato recuerdo de salir a encontrarnos. Miro a Nadia feliz y sonriente con su cámara al lado, con sus fotos todas las que no son, incendiándose por ser en sus ojos. Miro sus manos. Atiendo el secreto calor de su sangre. Miro. Me mira. Nadia toma su cámara. Me enfoca. Me atrapa. Es 14 de diciembre. Nadia me está mirando todos estos años atrás, todos estos años que vienen.
Es una fotografía.

Thursday, December 15, 2005

El millón

En casa nunca hubo mucho dinero pero hubo un momento donde nos creímos ricos. Fue cuando a papá lo corrieron de su trabajo en Pantalones Coloso. Esa fábrica era y es el emblema de mi familia porque ahí se conocieron mis padres. Se enamoraron como todos, por casualidad. Mi papá entró a trabajar ahí como barrendero a los 15 años y cuando lo sacaron, a los 33, era el jefe de la línea de producción. Recuerdo fiestas de pantalones Coloso donde todos los empleados nos chuleaban a mi hermano Jorge y a mi nada más por ser los hijos de "don Toño". Mi papá era importante y eso siempre es fundamental para alimentar la confianza de los hijos.
Además... era uno de los cuatro jefes de pantalones Coloso, una fábrica de casi 300 empleados. pero un buen día la fábrica se fue a la quiebra y corrieron a todos, incluido mi papá. De liquidación le dieron un millón de pesos. Cuando lo dijo pensé: wow, un millón de pesos y se me hacía muchísimo. Pensé que ya éramos ricos. Con un millón de pesos se podría hacer muchas cosas.
Como primer medida mis papas lo pusieron en el banco, en un bancomer. El millón daba al mes un interés muy bueno así que casi creo que con eso nos manteníamos mientras papá encontraba otro trabajo. El millón se convirtió en una especie de ventana de salvación, tabla de flotación y una paz extraña. Era bueno saber que ok, papá no tenía trabajo pero estaba el millón en el banco. Cada 3 de mes íbamos por el interés al banco. A veces acompañaba a mamá y la veía hacer fila y luego meterse el dinero en las bolsas del vestido y salíamos a comprar cualquier cosa de mandado.
Pero los meses pasaron y hubo urgencias. Un día el millón dejó de ser el millón pero yo siempre pensaba que seguía siendo una unidad indesctructible. Una tarde hubo una devaluación. Papá llegó asustado a la casa con la noticia. El dinero se iba a convertir en nada y se decidieron a comprarse algo para invertir. No sé si lo que compraron fue la mejor inversión pero el millón se convirtió en una máquina sobrehiladora pequeñita, pequeñita que más parecía estación espacial que máquina de coser. Claro, me divertí mucho con ella usándola como plataforma de lanzamiento pero al verla, no dejaba de sentir cierto aire de minusvalía porque el millón había desaparecido.
Aún ahora, cuando queremos en casa hacernos a una ilusión o apoyarnos en algo inexistente, mi mamá o mis hermanos hablamos del millón. ¿Y el millón? dice mi mamá y nada más nos reímos.
¿Dónde quedó el millón?

Quiero un transformer de regalo

En fechas navideñas llegaba la temible hora de los regalos para mis papás. No somos muchos pero cómo dábamos lata. Además, el bombardeo televisivo y con Chabelo era terrible, infame, desquiciante. A cada rato veíamos que los carros a control remoto, los juguetes de química mi alegría que siguen siendo el hit dentro del hit o los juegos mesa eran la delicia de chicos y grandes. En la televisión veíamos a niños que jugaban al operando o al pulgas locas. Y mi papá nada más veía la televisión sin decir nada y nosotros mejor ni nos hacíamos a ninguna ilusión.
Yo lo que realmente quería de regalo era un transformer. Quería a Optimus Prime y a uno que otro Desepticón.
Una navidad dio el 24 de diciembre y papá simplemente no alcanzó a comprar nada. Siempre supimos que Santa Clos. Pasamos la noche medio tristes, con la certeza de que no habría regalo porque el tiempo era duro, la crisis mucha y no había dinero. Cenamos algo en casa de mi abuela Petrita y recuerdo que a mis primos les dieron muñecas, una cocineta para niños y colecciones de carritos. A la mañana siguiente con el frío en la calle, el humo de varias fogatas en las calles y el tronero de cohetes que habían soportado la víspera estábamos sentados frente a la casa de mi abuela cuando papá llegó y nos dijo: Vayan a cambiarse, vamos por sus regalos.
Nos pusimos bien contentos. Digo. Super contentos. Tomamos el Moderna y nos bajamos en los puesteros de Reforma mi mamá, mi papá, mis hermanos Jorge y Saúl y mi hermana Ruth (Elda no estaba en las cuentas aún).
Los puesteros eran un bullicio de música, vestidos y pantalones colgantes, series de luces navideñas, cartuchos de atari, televisiones y estéreos en venta. Antes de entrar, como quien está por descubrir una tierra prometida, papá puso la condición. Sólo les puedo dar un regalo de 10,000 pesos (de los viejos, claro). Yo pensé que era mucho dinero. Claro, pero cuando entramos a los puestos y empezamos a preguntar me di cuenta que esos 10,000 pesos no iban a alcanzar para nada.
Al final mi hermana se compró unas "comiditas", Saúl unos luchadores de plástico y Jorge y yo unos trailers a control remoto. Mi tráiler se descompuso a las tres horas. Yo pensaba que era un trailer todo terreno y cuando lo hice saltar como una rampita, cayó y no volvió a arrancar.
Al año siguiente ocurrió lo mismo. Pero ahora, en lugar de ir a los puesteros, papá nos llevó a comprar nuestros regalos a la tienda Benavides de Félix U. Gómez. Y ahí estaba. Optimus prime y compañía. Ahora podíamos gastar 15,000 pesos pero cuando hice las cuentas no me alcanzaba ni para el vocho amarillo que se transformaba. Me compré un jeep con cañón antiaéreo en la parte trasera. Volvimos a casa otra vez con el frío. Cuando llegamos a casa de mi abuela nos dieron menudo y recuerdo que estaban pasando la trilogía de Star Wars. Quedé asombrado por las escenas, por la fantasía de otra galaxia. En los comerciales pasaron que había un juguete llamado "El halcón milenario". Miré a papá y creo que su cara lo decía todo. Ni lo pienses.
Los años siguiente entramos al simple: ya creciste, nada de regalos, solo para Ruth y Saúl. Y creo, que hasta la fecha, no he tenido un transformer de regalo. A veces paso al pasillo de juguetes y pienso en comprarlo pero no lo hago. Algo me detiene. Y sigo. Pero me acuerdo de mi papá preocupado por tener dinero para regalarle algos a sus bestezuelas. Esto lo voy a dejar para navidad, decía antes, ahora creo que ya se ha desentendido por completo. pero nos daba 10,000 pesos para comprar. Que poco dinero era pero qué mucho corazón al mismo tiempo.

Monday, December 12, 2005

1986

Tengo nueve años y estoy frente a la tele. La imagen a blanco y negro muestra la grama gris de un estadio y jugadores que van y vienen tras una pelota. Mi papá está sentado y escucho el ruido del público, veo el destello de las luminarias, la sombra de los jugadores sobre la cancha y veo el partido. En una jugada accidental, un jugador del Tampico Madero lesiona al Wama Contreras. Es un enojo de mi papá, es una sensación amarga en el esófago. Al final viene una jugada, el balón pasa rápido por los pies, le cae al Abuelo Cruz y lanza un tiro venenoso que se convierte en gol y le da el campeonato de fútbol al Monterrey, el del torneo México 86.
Con los años, he ido viendo esa jugada, ese golpe de suerte, ese balón que se incrusta en la portería del equipo tamaulipeco como parte de un suceso mitológico. Lo veo como la realidad pero también como algo mágico. Era tan bueno el recuerdo, la alegría de ese gol del Abuelo que soportó intacto en mi ánimo las siguientes malas y malas y malas y pésimas temporadas de los Rayados. Incluso pensé que nunca vería a mis Rayados campeones y cuando lo fueron, en el verano del 2003, estaba en Guadalajara, en casa de un buen conocido y sentía las ganas de salir a la macroplaza con una inmensa banderola y gritar esa felicidad sorda, tonta y primordial del: "Oe, oe oe oe, campeón... campeón...".
Es sábado y mientras salimos del cine, Daniela, quien estuvo de visita estos días en el distrito, me dijo: ¿Vamos a ir a ver el partido? A mi se me antojaba un encuentro difícil. Tigres había ganado 1-0 en el partido de ida y mis temores de años y años de derrotas florecían en todos mis poros. No, mejor vamos a comer a la casa, hacemos pasta, un vinito y listo. ¿Seguro que no quieres ver el partido? Dudé. Pensé en un gol de Tigres visto en la televisión y le contesté: vino y pasta. Ok.
Llegamos a la casa con el partido empezado y mientras se cocían los tornillos y el pollo Daniela yo platicábamos de cualquier cosa, de la facultad, algunos libros o amigas en cómún. ¿Seguro que no quieres ver el partido? Mmm... ok. Así que fui y prendí la televisión. Iban 0-0, marcador global a favor de los tigres. Volví a la cocina y ayudé en poco a preparar la comida y luego fui y prendí al estereo. Mala suerte, me dije, cuando la única estación que encontré fue RG la deportiva, y al tradicional y fastidioso de Hernández Junior (es increíble como este locutor estupidiza a la gente, como les mueve la entraña y juega con la vana ilusión de regalarles boletos para partidos. La gente es capaz de ladrar si él les dice que lo hagan y todo por un boleto).
El partido iba ya 1-0 a favor del Monterrey y yo estaba feliz. Le hablé a Efraín, otro regio en el exilio y estábamos muy contentos. Daniela y yo empezamos a comer con el partido al fondo y todo estaba delicioso, el vino, la pasta, la salsa de la pasta, el pan con queso. A veces nos reíamos, otras solo platicábamos cuando cayó el gol de Gaytán. Dice Daniela que mi rostro se volvió una masa de decepción y tristeza, que comencé a apretar las quijadas. Luego, faltando cinco minutos para que se terminara el partido cayó el gol del Monterrey. Salté, dije muchas veces: A huevo. Alzaba el puño en señal de victoria, todo un show. Mi amiga estaba asustada. No pensé que iba a ver esa transformación. Pero ganamos es lo que importa.
A la mañana siguiente, mientras el equipo de Carlos Rey filmaba el mural de la torre de Comunicaciones y Transportes, me acordé del triunfo de mis rayados. Tres horas después estábamos en un café de chinos. Entre pláticas del Popol Vu, alabanzas al café negro, un pequeña revisión a Juan Rulfo y mas entró el tema del fútbol. Carlos nada más sonrió y dijo: ¿A poco existe otro deporte? Algo me dice que vienen momentos agradables.

Tuesday, December 06, 2005

cefadroxilo, ibuprofeno y oxolamina

Enfermedad... enfermedad. Hace mucho que no me sentía tan mal físicamente. Esa sensación del cuerpo cortado, las palabras gordas que raspan la garganta, la fiebre helada y la sensación de no contar con las fuerzas para llegar a la esquina eran terreno ya no visitado, aduana en la que no pagaba peaje. Pero me llegó. Y violentamente. He dormido más de lo acostumbrado (siete horas diarias) y casi no he comido nada. Me arrastro de la cama a la sala, me tiro, veo el arbolito, me duermo, vuelvo a despertarme y me da cosa tanta vida allá afuera.
Eso me pasa cuando me enfermo, cuando paso frente a los hospitales y pienso que en algún momento los enfermos y enfermeros mirarán por las ventanas a ver la inmensa ciudad que late allá afuera con su tráfico, vendedores de tamales y atoles, oficinistas apresurados y chicas que hablan por celular mientras conducen sus chevys. Pero ¿me he detenido? No. Me entra junto con la enfermedad la presión de lo que tengo que hacer: ILCE, Fundación, reportes de ciertas lecturas, preparar la última clase del INEA, acabar El Buscón de Quevedo...
Sólo hoy tengo un itinerario de: Panamericana-Tv Azteca-Col. Juárez-TvAzteca-Col. Juárez-Reforma y Tíber-Panamericana. Y mientras sigue la tos, las ganas de no ver a nadie ni nada. Y veo mi receta médica que dice: T.A 110/70 F.C. 80x F.R. 20x Temp. 36 Peso. 94. I.D. 175. Edad. 28 años. En otra parte dice. Dx + FAB + tos + asma. Tomar cefaxodrilo, Ibuprofeno y Oxalamina.
Ayer me acordaba que, de niño, por el asma, en una ocasión una enfermera al ponerme el suero me rompió cuatro venas. Dos en las manos y dos en los brazos. Mi madre estaba histérica contra la susodicha. Al final me dijeron: ¿dónde te ponemos la siguiente inyección? En el pie o en el cuello. Tendría como diez años así que temblé ya no por el asma ni por mis cuatro venas reventadas. Todavía recuerdo cuando la aguja fría y delgada se incrustó por mi tobillo. Y ayer recordaba eso cuando la doctora Claudia me preguntaba: ¿Inyecciones? Y yo: Nunca jamás. Le conté la anécdota y dijo: ah... eso es bien común. De niño las venas son mas delgadas y con la fiebre las paredes se vuelven más delgadas aún. Así que es común romperlas. Lo dijo con una tranquilidad que como sea no me convenció: pastillas, le dije, deme pastillas.
Es martes y sigo enfermo.

Tuesday, November 29, 2005

Estrellita del Norte al Oriente.

Mi abuelo tomaba pulque. Cuando iba a Venado regresaba con garrafas con pulque y yo las miraba helarse en el refrigerador. Luego, el viejo se iba al mercado a comprar fresas, guayabas o manzana y cuando volvía metía todo eso en la licuadora y hacía un curado. Se tomaba de dos tragos. Afuera hacía calor. Uno de esos que entraba hasta el calor de la cocina y te hacía sudar. Y yo miraba el pulque, la garganta que se inflaba o desinflaba por el líquido que bajaba por ella.
Mi abuelo también vendía periódicos. A veces, cuando perdió la primer batalla contra el alcohol, de la entrega de periódicos se iba a las cantinas y sacarlo se volvía algo imposible. Una vez lo vi ahí adentro, sentado en la barra, la mirada perdida pero aún en ese estado musitaba canciones norteñas.
Y entonces aparecieron las canciones norteñas. Era ese golpe del acordeón, ese sonsonete de la guitarra, el tun tun latigueado del tololoche, el rasgueo medio fino del violín. Cuando se compró una radio para su carro se compró muchos casetes. Ahí escuché unas canciones terribles de padres borrachos que por borrachos perdían a sus hijas y otras muy ardidas pero machas como La carta que te mandé que dice:"si tu cariño perdí qué gano con llorar." O unas más raras y a propósito del día internacional de la mujer: "Me he de robar esa yegua, no importa que sea casada."
Ahí, en el pulque, en las canciones norteñas, en los llanos donde se jugaba al futbol me hice de la idea de un ser norteño que luego perdí. Por eso ahorita que escucho Estrellita del Norte al Oriente me acuerdo, me acuerdo.
Y que bueno ser del Norte

Wednesday, November 23, 2005

Los pequeños dueños

Salí tarde de la Fundación después del taller de Orlando y de corregir algunos textos. Don Ciri me abrió la puerta y dijo: "¿hace frío, verdad?" Y miré al cielo, no sé porqué, y le dije: "Sí, ya se vino el frío". Iba con una chamarra que no protege mucho así que metí las manos en las bolsas y avancé a paso lento por esas calles de la colonia Juárez que huelen a colonia vieja. Traía hambre. Eso era muy cierto. Casi no había logrado comer nada sustancioso, como decía mi abuelo cuando se iba a tomar un pulque: "deme algo sustancioso", decía y le traían un curado de guayaba o de tuna.

Crucé la avenida Chapultepec y me dirigí a un puesto de tacos al que me he hecho aficionado. Para mi sorpresa había cuatro hombres cenando. Uno era chaparro, llevaba un traje de esos de mal gusto y bajo él, un sueter. El otro, medio gordo, blanco, con lentes, llevaba una gran chamarra negra con el logo de Televisa. Los otros dos brillaban por su grisura. Les calculé unos cuarenta años, o acercándose a los cuarenta años. Y el aire helado pegaba sobre el puesto pero de la plancha salía un vapor que se abría paso entre las rachas y me llegaba tibio a la nariz.
-¿Entonces qué? -preguntó el del traje- ¿quién se va a meter con Sandrita?
Lo dijo así, entre las mordidas de sus compañeros a sus tacos.
-Yo paso -respondió el gordo.
-uh... chale, por eso te deja tu mujer y se lleva a tus hijos -respondió el del traje.
-Oye ¿y qué? ¿Va a haber chupe? -dijo uno de los grises-. Porque si no hay chupe yo no voy o me llevo mi botellota de Appletón a la fiesta.
-A huevo que va a haber chupe, pero llévatela. Yo siempre tengo una en mi locker. Lo mejor es el Torles, pero el appleton aguanta.
-quiero pedir vacaciones, el 28 -dijo otro y el del traje contestó.
-pídelas ya, porque Susana va a pedir ese día y se lo van a dar.
-Oh... a esa siempre le dan los días que quiere.
-Estarás de acuerdo conmigo que es mujer... y pues, ya sabes las movidas que tiene.

Siguieron hablando del trabajo, de las botellas, de las veces que han llegado borrachos a las cabinas de Televisa. Hablaron de los mejores congales y salones de salsa del centro histórico y de lo bien que sabe la Appleton. Tiraron mierda contra sus jefes, se cabulearon, se alabaron por ser bien chingones y de cuando en cuando maldecían a las mujeres por arribistas en el lugar, añorando esos tiempos donde en Televisa sólo mandaban los hombres. Yo nada más los miraba y hasta el hambre se me quitó.
-¿Tonces quién se tira a Sandrita? Ya le sabe y dice que su marido ni se entera.
-Yo ya le hice ahí -dijo el del traje- y no hay falla.
El gordo, el de la chamarra con el logo de televisa, negó.
-Yo paso.
-Pinche gordo, por eso te deja tu mujer. Si quieres en navidad te vienes a mi casa para que no estes tan solo.
Y miré al gordo quien se puso rojo y espetó un: cabrón, eso dices y luego andas, como siempre, traicionándonos para quedarte con unas migajitas. Cuando llegó la hora de pagar, el del traje de mal gusto extendió un billete de doscientos pesos. "Cóbrese", le ordenó a la señora. Uno de los hombres grises dijo: "de una vez todo, ¿no, mi Mike?" Mike, que se limpiaba los dientes con un palillo negó con la cabeza. "No, nada más los míos".
Y se fueron los cuatro en la noche, con el frío. Oí sus risas en la calle. Se sentían los dueños de la noche con sus mini tranzas, sus familias dejadas, sus aventuras con casadas en el jale, se sentían los dueños de la noche mientras echaban pestes de sus jefes a los que, al verlos, reverenciaban.
-¿Ya no va a querer otro, joven? -me preguntó la señora. Le dije que no. Luego regresé al frío y cuando iba a entrar al metro volví a verlos, detenidos junto a un puesto de peliculas pirata. Regateaban el precio de un vcd. Y sólo pensé: qué cabrones.

Tuesday, November 22, 2005

Cómprame estas naranjas para mi consolación

Trabajaba entonces en el Conarte, ya en los últimos meses. Y estaba enojado, fastidiado porque todos se iban y yo me quedaba. Tal vez, enojado por no saber a dónde irme. Salía de casa al filo de las ocho y media y me bajaba en Juárez y Reforma para tomar el ruta 1. Así había sido durante casi año, año y medio, dos años tal vez. Luego cambié mis rutinas y seguía en el ruta 127 hasta el cruce de Juárez con Padre Mier y de ahi tomaba un taxi hasta las oficinas del Consejo para la Cultura de Nuevo León ubicadas en el cerro del Obispado.
Una mañana cuando el camión se detuvo en un rojo vi en la banqueta frente al Colegio Civil a un anciano. Encorvado, pequeño, estaba sentado sobre un pequeño taburete y vendía naranjas con chile y limón. Las naranjas estaban en un cajón sobre una patineta y dentro del cajón había muy pocas, cinco, siete acaso. Luego el camión partió y me quedé pensando cuánta ganancia podría sacarle alguien a siete naranjas. He imaginé la mañana del anciano, su lento despertar, la mirada de reojo hacia el cajón en la oscuridad con las seis o siete naranjas dormidas. Y la idea de cuánto podía ganar alguien con siete naranjas se me quedó muy grabada.
Así pasaron los días pero nunca le compré naranjas. Nunca me bajé del camión. Nunca. Luego me fui de Monterrey pero cuando al año y medio volví por motivos ajenos a naranjas, pasé de nuevo frente al colegio civil y me encontré al viejito con su caja de naranjas, las mismas siete u ocho en el cajón. Pasé de largo pero no pude dar más pasos. Me detuve, volví y le pregunté al anciano cuánto costaban las naranjas. Alzó el rostro y me dijo: a cinco. Conté el dinero en el pantalón y le dice: deme todas.
No puedo olvidar la felicidad en el rostro del anciano, la mano temblorosa, la voz que recobró una chispa de algo. ¿Las quiere con chilito?, me preguntó. Asentí. El anciano hundió el cuchillo y las naranjas soltaron su jugo que desfilaron por el filo del cuchillo hasta caer, nerviosas y gordas sobre la banqueta. Tomé todas las naranjas. Pagué cuarenta pesos y las metí en una bolsa. ¿Qué habrá hecho el anciano con cuarenta pesos en sus manos? No lo sé. Pero yo seguí por la banqueta con las naranjas copeteadas de chilito y cuando llegué a la biblioteca, donde me esperaba un grupo de amigos y amigas, volaron las naranjas mientras caminábamos por la Macroplaza, ahora, rumbo al coche de una de ellas.
Hace falta pensar en lo mínimo para no marearse con lo grande.

Thursday, November 17, 2005

A whiter shade of Pale

La primera vez que escuché A whiter sade of Pale de Procul Harum no supe qué decía ni qué significaba. Sigo sin saberlo. La escuché en la camioneta de Guillermo, el muchacho más inteligente de la preparatoria Siete Oriente, allá por los noventa y cuatro del siglo pasado. Guillermo era alto, grande, macizo como un toro. Usaba unos lentes negros de pasta y un bigotillo vergonzoso dudaba entre salirle o no. Íbamos entonces hacia el recreativo de ¿Hylsa? ¿Vitro? a una comida. En la camioneta iba Mónica, Aneida y Ángel y cuando llegamos al estacionamiento y la música seguía le pedí a Guillermo que no apagara la radio. Quería escuchar bien bien la música. La letra no me importaba, pero algo en esa música me adormecía los nervios y me hacía pensar en una nostalgia que no sabía de donde llegaba, ni con qué heraldos se presentaba, victoriosa o no, en mi alma.
Y Guillermo me hizo caso. Mantuvo el motor de su camioneta encendido mientras salía las tonadas de Procul Harum. ¿Sabía yo que A whiter sade of Pale se llamaba A whiter sade of Pale? No. ¿Sabía que quien la cantaba era un tal Procul Harum o un grupo llamado Procul Harum? No. Pero la canción me gustaba.
A veces, pasado el tiempo, mientras escuchaba por estereo siete el programa de Beatles forever, antes o después del programa, tocaban a whiter y yo me emocionaba porque solo en esos momentos era posible que la escuchara. A veces, también, en un intento por saber de quién era esa canción, tarareaba las notas a conocidos quienes sé, son unos expertos musicales pero, o mi tarareo era muy malo o mis amigos no eran tan expertos como yo pensaba. Así la canción se me fue olvidando, sin saber qué decía. Mi terquedad para no aprender inglés le da un caracter de nubosidad a toda esa cultura.
Y la canción me gusta ahora porque me hace recordar esa tarde que fuimos a Vitro a asar hamburguesas y carne asada. Antonio, su novia, Mónica, Ángel, Aneida, Dora, Miguel y Fabian además de Guillermo y yo, jugamos toda la mañana al futbol, a las damas chinas, comimos, nos reímos. Caminamos hasta el gimnasio y rentamos una mesa de ping pong y veíamos a los que entraban a la alberca. Cuando salimos seguía un sol rabioso. Teníamos apenas dos semanas de habernos graduado de la preparatoria y A whiter sade of Pale era como un buen pretexto para recordar solo un momento.
¿Quiero saber qué dice en realidad la canción? No. He formado mis letras para esa tonada. Le he dado mis metáforas y aunque sé que distan mucho de lo que debe de decir no me importa. Ahorita la estoy escuchando después de una larga temporada de no oírla y escucho al motor de la camioneta de Guillermo y veo a Mónica y Aneida que caminan hacia la palapa donde el asador está listo y todos los demás nos esperan.