Sunday, April 29, 2007

Fantasmas

Vino Mónica a cenar a la casa y nos enfrascamos en una charla donde no faltó hablar de terremotos y zonas vitales o de los clásicos fantasmas. De una manera u otra, todos hemos tenido acercamientos con el tema de los fantasmas. En casa de mi abuela había o hay, algo enterrado. Se aparecen hombrecillos en la noche, salen mujeres de blanco o bien, se escuchan cosas. Una vez un tío intentó sacar ese dinero. Dicen que la tierra se había hecho blanda como betún y que, a punto de encontrar algo llegó un familiar que dijo: con este dinero vamos a hacer muchas cosas y al instante la tierra se hizo dura, como acero.
Años más tarde yo viví en esa casa y la primera noche estuve con el ojo pelón porque tenía miedo de oír algo. No pasó nada, por supuesto. Sin embargo, meses después, un primo de otra familia se fue a quedar ahí a la casa. Yo le había dejado las llaves por que andaba en una fiesta. Llegué como a las dos de la mañana y apenas prendí la luz encontré a mi primo rasguñando el suelo, los muebles por sin ningún lado. "Aquí hay dinero", me dijo. Yo: "mejor pon todo como estaba." Así, bueno, ha crecido el mito del dinero en casa de mi abuela.
En las pasadas vacaciones, del otro lado de la familia, nos tocó sufrir la enfermedad de mi abuelo. Lo habían hospitalizado y durante una semana estuvo muy grave. Cuenta un tío que una noche, en especial la más dura, con mi abuelo inconsciente, su sangre contaminada y conectado a un respirador, vio cómo una sombra se apoderaba del pecho de mi abuelo y éste se resistía. Sin saber qué hacer vio el combate silencioso entre la sombra y la vitalidad de mi abuelo. A partir de entonces el viejo empezó a recuperarse. Hoy anda con sus achaques pero evitando las recetas médicas y comiendo menudo y tacos que ya no puede comer.
Por mi parte, yo no he tenido ningun acercamiento personal con los fantasmas. Pero a veces creo que no los necesito porque tengo una familia que se encarga de nutrirme en ese aspecto: sombras perpendiculares, enanos que golpean la cabeza, ánimas que intentan invadir cuerpos y el mítico encuentro de mi abuela con el fantasma del general Escobedo son sólo parte de mi tradición familiar, cosas que, por supuesto, ya he utilizado en otro tipo de textos.

Friday, April 27, 2007

Voy con la doctora. Ya sólo me falta una semana. Una semana y termino. Debo decir que los resultados han sido muy alentadores.

Thursday, April 26, 2007

Mi reino por una torta

Todo se mueve alrededor de la comida. Sólo al recorrer unas cinco calles encuentre gente que hace fila para comprar licuados, en otra hay unos cinco esperando que salgan sus gorditas, en una esquina más hay un puesto de tacos de pastor, adelante hay una mujer que compra pan (unos deliciosos rellenos de crema pastelera). Comida, comida, comida. Sí puedes llegar a odiarla pero también a necesitarla. Y yo: desayuné un yogurt y una manzana. En estos momentos sí clamo: mi reino por una torta y si es una torta cubana, mucho mejor.

Sunday, April 22, 2007

Ayer rompí la dieta con:

  • una paleta
  • media bolsa de palomitas
  • un ice
  • nachos con queso y jalapeños.

Tenía un buen pretexto para hacerlo.

Friday, April 20, 2007

Más adelante

Pronto cumpliré los 30 años. Y pienso: ¿qué es lo que hecho? ¿He cumplido mis promesas? ¿Aún no me he traicionado? ¿Debería? Veo a otros de mi edad o los escucho o me llegan noticias de sus hijos, sus negocios, la casa nueva que pasará a engrosar sus testamentos o el coche último modelo o de mediano modelo que está a las puertas de sus casas. Y pienso: caray, ya mero tendré 30 años. Y no tengo casa, ni coche, ni hijos, ni una gruesa cuenta bancaria y miro el 31 de septiembre con cierta vacilación y duda sobre lo que vendrá. Y pienso: treinta años y no sé si sigo pensando en ese número con la misma sensación que tenía cuando me quedaba en medio del patio de mi escuela, la cerro de las Campanas y miraba al resto de mis compañeros comer dulces o correr entre las bancas y yo me quedaba en medio del patio y sentía el sol y cómo el tablero de basquetbol alcanzaba a arrebatarle una sombra cuadriculada, casi triangular que mojaba el piso y me llegaba hasta las rodillas. Y pienso: treinta años como si pensara otra vez alguna tarde en la preparatoria, específicamente aquel pasado mediodía que lloré por nada casi quince minutos y no sé si lloraba por mí o porque sólo tenía 16 años o lloraba por que un conocido se había roto el fémur o porque no entendía nada de inglés. 30 años. Ahora me dicen que no importa, es sólo una fecha. Pero a mí me importa. Yo vivo este número. ¿He dejado algo? Y la pregunta me golpea. Y pienso entonces en mis tres libros, esas miles de palabras y en un ejercicio de descombrar abro mi computadora e imprimo mis dos novelas inéditas, mis dos libros de cuento y pienso en las mujeres y hombres que he escrito, Zaragoza, Perla, Martha y su esposo, los niños de Salazar Mallén, el niño cuyo padre canta en los funerales, Gume y Karen, su hija, pienso en la nostalgia del chofer de camiones, la nostalgia de los pandilleros, el hombre que se cree guapo o la mirada de Ángel Uresti. Y pienso ¿este es mi mundo, lo que le he arrebatado a la realidad? Sí. He arrebatado mucho: tres libros publicados, cuatro inéditos. Tal vez la esencia de la vida está en no perder y perder el miedo a la muerte. Yo amo a una mujer morena, tengo mis padres y mis hermanos, mis pocos amigos y mis libros. ¿Qué se sentirá vivir más adelante?

Thursday, April 19, 2007

Por sus frutos los conocerán, dice en la biblia y al leer mis últimos post de este blog me reconozco vanidoso o preocupado por la salud o, de hueva. Y me quejo de la comida, pero hoy, comí muy bien. Compré unos filetes de salmón y los doré con sal y pimienta mientras en otro sartén cocía rajas de chile poblano, cebollas y champiñones. La verdad, comí muy rico mientras miraba por la televisión a Los protagonistas de la tarde. ¿Qué extrañas de antes?, me preguntó una de mis doctoras. Y yo, no sé porqué me acordé de Sarabia y le dije: extraño comer con los amigos, extraño pagar por mi comida en una fonda o caminar a la zona rosa a buscar algún restaurante de comida rápida, pero en el fondo, extraño comer con mis amigos.
Mis amigos, buen lío. Escuchan la palabra dieta y todos huyen a sus casas o se refugian frente a un mostrador de Burguer king. Y mientras, el Toño come 300 gramos de lechuga, o come chayotes hervidos o brócili con la vana ilusión de que saben a maíz. Pero, bueno, el esfuerzo a valido la pena. Pronto dejaré esta etapa e iniciaré una más sana donde las donas con chocolate no sean un maleficio, donde comer un taco de arroz con huevo no sea pecado. Pero mis amigos, dudo que vuelva a comer con esos desagradecidos, jaja.
Dormido. Mi cuerpo presenta múltiples rasgos de cansancio. No sé si deba a la dieta, pero creo que vivir más de mes y medio con una ingesta de un kilo de comida entre verduras, carne y fruta debe de pasar factura. Sí, la dieta a funcionado, pero me encuentro un tanto cansado. Hoy me dormí tres horas más después de haber despertado. Y seguiría en la cama si no fue porque me acordé que tengo trabajo.
La buena noticia, de muchas que puede haber, es que ya mero termino. Me faltan, creo yo, tres semanas.
Otros horizontes
El estres no cambia con nada. Sigo escribiendo.

Thursday, April 12, 2007

Ideología sobre las dietas

No me gusta mi dieta. La odio. Son puras carnes, verduras, algunas grutas y gelatina. Nunca en mi vida pensé que comería tantas espinacas o calabazas o mangos, durazos o ciruelas. Me consuelan los puños de All-bran, pero ya estoy cansado de los pepinos yla jícama con limón y chile y si bien los resultados han sido muy alentadores, ni el all-bran ni los pepinos ni la jícama pueden hacerme sentir mejor en esos breves momentos donde una donita bimbo o una rebanada de pastel son el sueño más preciado.
Pero, sin duda, este régimen me ha puesto a pensar en todo lo que nos destruímos al comer. Siendo honestos, tenemos hábitos alimenticiones que alarmarían a cualquier nutriólgo con sentido común. A veces le digo a O que, cuando esto termine, faltarán unas seis semanas, no dejaré de comer berros y nabos, espinacas y sandías y huevos cocidos en agua. Me siento mucho más ligero y hasta un poco despierto.
Hoy en la mañana veía en el canal 22 un programa sobre las hormonas que nos regulan desde el deseo hasta el miedo. Una sección del programa contaba la historia de un hombre que vive en un régimen riguroso de alimentación. El motivo: ver cuánto nos dañamos al comer. Los resultados de la prueba era generosos y extraños. Había un detenimiento en la vejez de las celulas de la piel y del cuerpo. No comer mantenía al hombre, ligeramente más jóven. Claro, tampoco dejaba de comer, pero esenciamente, su cuerpo funcionaba con niveles tranquilos de estres. Al fondo del sitio donde lo entrevistaban se encontraba una cocina agradable. Pensé: ¿cuántos omelettes no se prepararon ahí? Y me dio un golpe de nostalgia.
Algo que me sorprende, en cambio, es la fuerza de voluntad. He seguido a pie juntillas las recetas y el régimen. Acaso lo he roto sólo con una buen plato de capirotada y medio rol de canela. De ahí en más, tengo tantas semanas sin falta en mi hoja. He tenido mis descuidos, como comer pera cuando no está permitida o sobregirar las gelatinas. Pero me sorprende que vaya lo mejor posible. Creo que, quien cumple bien una dieta, hace callo, carácter y después, bueno, después que siga el maratón.
Me gusta el aire, me gusta cuando el sol calienta mi espalda. Hace rato vi una pluma volar a la altura de mis hombros. Se agitaba graciosamente, empujada por el aire y avanzaba casi al mismo paso que yo. Cuando se encuentran estos tres elementos, es imposible que no llegue a una especie de tranquilidad casi religiosa. Entonces no importa que a mi lado pasen los autos y suene el cláxon aún desesperado. Yo iba muy tranquilo con el aire a mi alrededor, con la luz del sol a mi espalda. Si alguien quiere empezar ahorita el fin del mundo, que pase, yo ya puse mi letrero de no molestar.

Wednesday, April 11, 2007

Hace tiempo leía sobre las secas literarias. Lo leía en un artículo de Donoso en su libro Artículos de incierta necesidad. Y pensé que yo también estaba en una seca. Sí se pueden romper las secas, sólo hay que esperar. Hoy terminé la primera versión de una historia larga. 223 cuartillas escritas en un mes. Siento como si hubiera orinado largamente.

Thursday, April 05, 2007

La caridad de las hermanas

Yo, a dieta.
Pero mis hermanas me rodean. Se sienta una de un lado, la otra se queda en la puerta del cuarto.
-Andale, compranos nieve.
-Andale, o yogurt de nieve, esa no engorda.
Y yo me niego rotundamente. Voy tan bien, que no quiero salir de mi inercia.
-O de perdido compranos bollos de galletas marías.
Rebobino.
¿Bollos de galletas marías?
-Sí -dice una-, muelen la galleta maría, la revuelven con leche descremada y lechera, le ponen gotas de limón y las ponen a congelar... nombre, saben con ganas.
Yo: salivo.
Bollos de galletas marías. Al final, sólo del coraje, no les compro nada. Pero he de decir: bollos con leche maría... ¡deliciosos!

Wednesday, March 28, 2007

Dice mi hermana que no escribo de ellos. Me apura a que lo haga. Yo no sé en realidad qué escribir, aunque me sé eventos penosos de ella, eventos de su infancia que tienen qué ver con gritos en la calle y guardias de seguridad. Pero son sólo pláticas que se dan al calor de la familia, en una sobremesa cualquiera donde nadie quiere huir a la televisión. Mis hermanas. Creo que se quieren. A veces, cuando era un hombre con dinero, me las llevaba a comprarles la ropa. La última vez que lo hice fue en navidad, creo, en una tienda de mayoreo por Felix U Gómez. Iban las dos muy arregladas y miraban la ropa con ese fastidio o curiosidad que da mirar ropa. En realidad, era ropa de invierno, chamarras. Había mucha gente y el espacio era pequeño. O también andaba con nosotros, y la mamá de O. Yo estaba cansado de mirar chamarras, pero mis hermanas iban y venían de entre los anaqueles y sacaban que un sueter o un rompevientos y miraban a los demás compradores como si los sintieran lejanos y ellas no estuvieran ahí para hacer lo mismo: comprar.
Yo: me perdía. Al final salimos con chamarras para todos, menos para mí. Papá vio la suya e hizo un gesto de emoción que rápido definí: el regalo no le había gustado. Mamá se probó su chamarra, la modeló frente al espejo, mi hermano Jorge y Saúl tomaron la suya, se quedaron callados y colgaron su chamarra en el clóset. Y yo no tuve chamarra. Así que, hermanas mías, me deben un gran regalo de cumpleaños.

Adiós futbol.

Antes me gustaba mucho el futbol pero ahora no lo soporto por más de diez minutos. O acaso menos. Me siento abúlico frente al televisor y veo a los jugadores que pasan el balón o corren tras él y mi emoción es nula. No sé de cuánto tiempo para acá el fútbol me resulta indiferente. De niño, ya todos sabemos que de niño se hacen muchas cosas, yo hacía mis propios torneos con equipos imaginarios o mexicanos. Formaba cuatro grupos de cuatro y con la ayuda de los dados me ponía formular resultados. Así sacaba los puntajes, los goles a favor, los en contra. Luego, afanoso por las estadísticas, escribía los nombres de los once jugadores de cada equipo y los metía en una tómbola. Si un equipo metía seis goles, sacaba seis papelitos y escribía los nombres para tener mis propios campeones goleadores, mis mejores ofensivas, las peores defensivas. Llené al menos una libreta con esas anotaciones y varias veces salió campeón el Real Madrid.
Tigres, Rayados, Chivas y Cruz Azul representaban a México en torneos imaginarios donde también contendían el PSV, la Roma, el Inter, el River Plate, el Barcelona y yo seguía jugando, enfrentándolos, sacando primeros y segundos lugares de grupo: toda una construcción imaginaria.
Pero un día los dejé. Una noche, en un bar, con un amigo, mientras esperábamos a otro para iniciar un taller de narrativa que esa noche acabó, pasaban por la televisión un partido de futbol. Mi amigo dijo: cada vez el futbol apesta más. Yo sólo asentí. Cuando nuestro otro amigo no llegó, decidimos dar por terminado para siempre ese taller, decidimos dejarnos de soñar. Podría estar en mi casa, escribiendo, dijo mi amigo. Y luego miramos el partido en la televisión. Pinche futbol, dijo. Sí, pinche futbol, asentí. A la hora salimos. Hacía frío. Nos dimos la mano como recién conocidos y cada quien se fue por su lado. Todavía mi amigo pasó por la avenida, en su coche, y me gritó: a escribir!!!! Lo vi perderse en la madrugada. Yo me fui a acostar.
Hoy pasan un aburridísimo México contra Ecuador y sólo veo el partido en pedazos, para ver el marcador. Tal vez he vuelto a ser niño. Sólo quiero ver el resultado. Lo demás, no me importa.

Tuesday, March 27, 2007

Me leo

Es curioso, pero a veces me sorprendo leyéndome. Entro a una máquina, hastiado de cualquier cosa y me instalo en este o en mis otros blogs y pongo a leerme. No sé si sea narcismo, pero a veces yo mismo me arranco una sonrisa. No por la calidad de la prosa, soy el último el decirlo, sino porque a veces me sorprenden los recuerdos. Es curioso y al mismo tiempo, no. Los blogs son la extensión de nosotros mismos. Y sigo leyéndome. A veces me arrullo, a veces sigo con interés lo que cuento. Sólo en el blog puedo saber qué se siente leerse a uno mismo. Con los libros o cuentos, no. Hay ahí demasiado trabajo, demasiadas horas robadas a la corrección y la musa. Leer un cuento es como leer un manual de ingeniería, cuando tú eres el autor de ese cuento. Pero en el blog, creo, hay cierta libertad porque las palabras se olvidan y puedes volver a ellas con ojos nuevos. Volveré

Breves

Estoy cansado. La dieta me ha domesticado. Como ya no por hambre, sino porque dice que son tantas y tantas porciones de carne o verduras. A veces paso por las panaderías y aminoro el paso para respirar el aroma de las empanadas. Hago lo mismo con los puestos de tacos. O me pregunta: ¿cuánto falta para el "mantenimiento" y yo sólo sé que falta mucho. Veo a los flacos que se retacan de lo que sea y me dan envidia, pero, al mismo tiempo, con un extraño mecanismo de autodefensa, veo todo lo que la gente come en un día y pienso que sólo somos máquinas de comer. La comida nos rodea a diestra y siniestra. Qué autocontrol, me dice B cuando ve que escribo en mi diario de dieta (sí, tengo un diario de dieta), que comí brócolí ayer y hoy. A mí me gusta el brócoli, pero no dos veces a la semana.
Hay días que la ciudad de México se vuelve aun más caótica. Hoy, desde las ocho, estaba la ciudad alerta a las manifestaciones. Cuando pasé frente a gobernación, todavía no llegaba ninguna pero ya estaba Bucareli cerrada. Pasé etnre las vallas ante la mirada aburrida de los policías y luego me metí entre las calles de la colonia Juárez. Es un caos que yo no vivo puesto que estoy a tres cuadras de la Fundación, a diez de casa de O, a otras tantas del centro histórico. Puedo, literalmente, moverme en esta ciudad caminando. Yo sí camino la ciudad.
Nunca hablo de mi vida en la Fundación. No sé por qué. Una vez encontré un blog de un chico que había pedido la beca y no se la dieron y sus amigos decían que la fundación se había perdido de algo muy bueno. Y conozco amigos con mucha trayectoria, sea lo eso signifique, que tampoco han estado aquí. Yo me sigo preguntando por que, yo sí. No creo que tenga que ver con el talento, tal vez con una conjunción extraña de muchos elementos. A la Fundación la amas pero también la detestas en algún momento. En la Fundación trabajas y escribes mucho, pero también es imposible a veces no perder el tiempo. Aquí adentro se vive la tensión y distensión de la vida. A veces todos los cubículos están ocupados y un aire febril inunda las máquinas pero también hay días vacíos, donde sólo un par o dos se arriman a sus monitores y el resto se mueve en silencio con un libro bajo el brazo. Pero hace unos días caí en la cuenta de que sólo restan seis meses más de beca. Y se me hizo un nudo en la garganta. Pensé en el "allá afuera" y cómo será estar de nuevo allá afuera. Aquí adentro todo es tranquilo, ¿cómo será volver "allá afuera"? Y me dije, bueno, tengo seis meses, debo apurarme para que los idus de septiembre no me encuentren desprevenido.

Sunday, March 25, 2007

Máscara negra

Me compré una máscara. Es un viejo de tez negra, con pelos grises, unas cejas delgadas y grises también. Tiene los labios rojos y dientes blancos. La calidad de la pintura y la laca es loable. El precio; no. Pero es una máscara hermosa y voy con la dependienta para ver si hay algún descuento. Así me hice del viejo. Ahora cuelga en la pared de mi casa junto a la máscara del jaguar y la del hombre con frente de piel de armadillo y el viejo chino labrado en la raíz de un árbol y cuyas raíces semejan las barbas ralas y rebeldes del anciano.
No sé cómo es que se escoge una máscara. Es como en el amor: la decisión. Pensé: nunca más volveré a ver una máscara como esta. Había otras en la columna del FONART, pero sólo esa me dio el guiño de que nunca más volvería a verla. Pero, me hice tonto. Tomé otra, una que me parecía padre, pero no me gustaba del todo. Y anduve entre las parihuelas y los alebrijes, ausculté en un gran arbol de la vida, le mostré a O un petate, después vimos cazuelas, mananitas y demás orfebrería. Pero al irme, volví por mi máscara negra, por el viejo de pintura oscura. No pude resistir la tentación de comprarmela, yo, que tengo tantas carencias. Pero ya la puse en mi casa, justo a un lado del ventanal. Ahora, todas las noches, ese viejo hurgará en Frontera como yo a veces me he asomado a la ventana para ver la calle, los autos, la vida que pasa.

Escribo para recordar.

Sale hoy en el periódico Reforma, el resultado de una encuesta sobre, qué tan feliz fuiste cuando eras niño. El resultado arroja que son los niños de los años ochenta los que la pasaron mejor. Yo fui niño durante esos años y nunca he batallado para recordar esa infancia. ¿Cómo puede ser la infancia de un niño en una colonia salvaje en Monterrey? Una experiencia inolvidable. Había una mezcla entre infancia campestre y citadina. Aún había muchos terrenos baldíos donde era posible encontrarte una cantidad increíble de bichos y todas las primaveras cruzaban la ciudad verdaderas marejadas de mariposas. Sabíamos del futbol y del beisbol gracias Rayados, Tigres y los Sultanes y ellos eran nuestros ídolos al jugar en la calle y los llanos. Con calles de tierra que semejaban ruinosos caminos rurales, aún con caballos y perros y cabras que ramoneaban, también estaba el ruidoso paso de los camiones de la ruta que, en menos de media hora, te depositaban en el centro de la ciudad con sus edificios y tiendas y churros rellenos de cajeta y papas fritas. Además, no hay niño que no ansíe los juegos mécanicos y en mi Monterrey de los ochenta había unos mágicos, inigualables: los juegos manzo, ubicados en el lecho del río Santa Catarina y que años más tarde, se los llevó el aguan parduzo y lodoso del agua que bajó después del paso del huracán Gilberto. Había otros en la alameda, con un gran tobogán, pero los Manzo eran inolvidables.
Ya había llegado el atari. Ah, el atari; pero aún no lograba encadenarnos lo suficiente para que dejáramos la calle, la única patria de la infancia. A sol, con lluvia, con frío, la calle siempre era el gran terreno, la plataforma desde la cual podíamos invadirlo todo. Una camioneta desvalijada nos servía de galeón malherido, el llano de campo de futbol, las cuatro esquinas del cruce de una calle nos servía de diamante de beísbol, la bajada de una calle: de deslizador natural, las grandes avenidas Ruiz Cortínez, Antonio I Villarreal, Pablo A. de la Garza y la antigua vía a Tampico de las fronteras cuadradas de nuestro reino.
La infancia. ¿Cómo olvidarla o querer olvidarla? A veces me sigo reconociendo como ese niño que se preguntaba si el níspero plantado afuera de su casa daría un fruto alguna vez o ese niño que subía a su bicicleta para recorrer la colonia, o ese niño que jugaba de pitcher en el equipo de beis de la primaria y que daba todo por un buen salto para ensestar una pelota de basquet en el aro. Me reconozco y me sonrojo y acaso me averguenzo de recordar que yo hacía camiones de pasajeros con plastilina y pintaba en una libreta operaciones militares de cartagineses y romanos.
Los viejos olvidan todo, dice también la nota del periódico Reforma. Por eso los viejos nunca dicen si tuvieron una buena infancia. Yo mejor escribo. Escribo para recordar.

Friday, March 16, 2007

El breve espacio

Puebla de los Ángeles. El chofer se pierde y tengo que bajarme para llegar al lugar donde se presentará el libro. Al llegar, entro por equivocación a la presentación de otro libro. Bajo. Llego con la encargada. Me lleva casi corriendo a donde sí será el evento. Me dice que me esperaban desde las cuatro. Luego, la chica se pierde. Le llama a su jefe, Roberto Martínez, y me lleva en taxi a El breve espacio. La presentación estuvo padre. Las palabras de Gerardo Porcayo fueron muy elogiosas para el libro. Me sorprende como cada lector, le encuentra siempre sus cosas distintas, pero, claro, muy cercanas al final a la intención. Leí los inicios de todos los cuentos, un ejercicio que nunca había hecho y me suena lo arrabalero que son. Será que los conozco tanto, que ya no me producen mucha emoción. Al final dejé libro a consignación en dos librerías (son casi regalos, no veo que me depositen 150 pesos de Puebla) y vendí dos libros a Elizabeth y Federico. Fue una buena noche. De regreso, no encontrábamos al chofer pero Roberto, su mujer y Gerardo se quedaron conmigo hasta que apareció. Llegamos a las doce al D.F. y yo me dormí durante el camino, toda la parte de la sierra. La próxima semana voy a Apazco.
Crónica de dieta/día siete
Martha nos hace pasar y nos toma el peso y la presión.Bajé otro kilo. Kilo con trescientos gramos. O también. Le cuento del taco de guacamole que no me comí y nada más me sonríe como diciéndo: no te creo. Pero sí. El camino de regreso al D.F. en ese sentido, fue espantoso. El chofer había comprado hamburguesas para sus hijos y el aroma se había apoderado del carro. Creo que tal vez, por lo mismo, hoy entré a un Burguer King. Ordené una ensalada y la comí rumiando mis días de exceso. Al menos ya va una semana.

Thursday, March 15, 2007

El viejito

Llego a la casa y encuentro a don Rafa afuera del edificio, escoba en mano, y me dice: mire joven, aquel viejito, bese y bese, nomás calienta pero ya ¿qué calienta? Y busco al viejo del que habla don Rafa y enfrente de las puertas de la secretaría de economía encuentro a un hombre canoso, sí, un tanto viejo, que le da besos a una mujer regordeta, vestida con blusa floreada y falda verde. Don Rafa sigue atento al viejo pero yo entro. ¿Qué de nostalgias y de lujuría tengra el viejo ahorita que ve al otro?
Crónica de dieta/día seis.
Ya decidí que, cuando esto acabe, lo primero que comeré será pastel, o frutas y bombones rociados con chocolate. Por lo pronto, va bien. Ayer nos tocó ir a la consulta y para nuestra sorpresa no estaba Ninfa, sino la doctora principal, creo, la dueña del lugar. Nos dio muy buenas noticias. Yo bajé casi cuatro kilos. Hoy voy a Puebla a subirlos, jaja.

Tuesday, March 13, 2007

Espero ya que llegue la película de 300, basado en el libro gráfico de Frank Miller. Ansío ver sangre, desmembramientos, una lealtad y honor que cada vez parece que sólo quedó en el pasado. La batalla de las Termopilas, no es mi favorita. Amante de la cultura persa, ese estrecho me recuerda, tal vez, la caída de uno de los imperios gracias a los cuales empecé a leer, ávido por su historia. Pero a esperar, faltan tan sólo un par de semanas.
Crónica de dieta/día tres
¿Señor, vende los nopales? y el don, sentado en un banquito de madera, responde: por supuesto, claro que sí, mire, mientras pruebe esto. Y con una velocidad sorprendente extrae una tortilla caliente de un altero cubierto con servilletas, le unta una cucharada de aguacate y guacamole y me lo entrega. Me quedo febril al recibir ese taco. Y recuerdo, no puedo comer ni tortilla ni aguacate. Por un momento pienso, ¿qué mal me puede haceruna tortillita con aguacate? Pero entonces pienso en una presa a la cual se le hace sólo una fisura y esa fisura me vuelve más grande y más grande y más grande. Compro los nopales y me voy con mi taco de guacamole camino a casa. Lo llevo en la mano como un gorrioncito caliente. A veces lo miro y quiero comerlo, pero me contengo. Busco a algún indigente a quién dárselo y antes de llegar a casa veo a un viejo, extremadamente delgado y pienso en futilidad de las dietas, al notar cómo el viejo devora con ansiedad un trozo de torta de milanesa. Pero no le entrego el taco y metros más adelante, lo tiro a la basura con toda la lástima que puede darme un taco de guacamoles. A veces, seguir las reglas, se vuelve algo absurdo.