Thursday, September 14, 2006

Con letra chiquitita

Es forzoso sentirse optimista, creo. Aunque el país se vaya a la mierda, aunque le debes más de tu vida a hacienda, aunque tengas los recibos vencidos y no puedas cobrar la entrevista y la crónica que hiciste con meses de anticipación para una revista. ¡Por qué la gente se pelea en los blogs, a la vista de todos y te alteran los nervios (cuando los conoces claro)? ¿Es que ya no existe la secrecía? Hace meses me enviaron un mail donde me decían hasta el cansancio lo pésimo que son todos los encuentros literarios y que quién diablos pensaba que en un encuentro se hablaba de literatura: todos eran puro ver a quién te encamabas y a ver cuánto esnifabas. Me sentí sumamemente agredido pero, en mi natural orden de pensamiento, le escribí para agradecerle su comentario. La verdad, pobre. ¿Quién está buscando al pureza en las cosas? Deberíamos pero por favor... tenemos ya más de tres mil años sobre la tierra y las cosas siempre han sido iguales. Adán desobedeció a Dios, Orestes mató a Clitemnestra, Anibal asesinó a no sé cuantos romanos en durante su ilustre vida. ¡A quién le importa! Hace días me puse muy contento por que alguien me regaló dos revistas Coloquio de 1993. Dos revistas donde viene el nombre de toooooooooodos los escritores regiomontanos de ese entonces. Sólo quedarán, en pie, unos diez o doce. Los demás, caput, se perdieron, se casaron, hicieron otra cosa. La selección natural. Y me dije, ufan0, que eso no me iba a pasar pero y si pasa, pues que pase. Hace días puse mi nick de messanger que "Ojalá alguien nos enseñara a vivir". En realidad era un vedado grito de fastidio. En mi laboratorio de promesas de la ingeniería civil donde estoy, es un grito vedado todo: soberbias de un lado para otro, sonrisas hipócritas, murmuraciones. Hace días, también, me dijeron: "todos los que tú crees que son tus camaradas son los primeros que hablan mal de ti" Y pensé y yo qué diablos tengo que soportar todo eso. Vivir es extraordinariamente complicado. Estamos bien repartiditos: nuestro ojo pertenece a un deudor: nuestro otro ojo pertenece a otro deudor. El amor exige el corazón. Hacienda tus manos. La espalda es exigida por los puñales para clavarse en ella. Los pies, pobres de los pies. A veces da la sensación de que no nos pertenecemos (en realidad, creo, no nos pertenecemos, nos vamos liando con objetos, personas, egocentrismos, etcétera). A eso, hay que agregarle a todo el que, aún así, viene y te mete la zancadilla, ve dobles o triples intenciones en tus actos, le da por humillarte, por hacerte sentir que sólo su visión todopoderosa vale. No saben, en la vida como promesa de la ingeniería civil cada dos cuadras hay un superdotado que construye mejor que tú, que manda a los albañiles mejor que tú. Ah... supongo que luego vendrán otros días donde por fin pueda dejar de ser yo y.., porque ah... cuando puse que ojala alguien nos enseñara a vivir, no faltó quien empezó a sermonear con eso de: pero si no hay clases y bla bla bla (ya ni recuerdo quien lo dijo). Y fui Juárez a otro controvertido encuentro de escritores (controvertido porque nunca faltará quién diga que los encuentros están vendidos lo mismo que becas, premios, noviazgos, casas para vivir, computadoras, etcétera, etcétera, etcétera) y me censuraron... Me dijo un maestrillo del cbtis que debía mantener el espirítu alto. y no poner cuentos con malas palabras... Y luego me conté a mi madre y me dice: pero ya lo vas a corregir, a quitarle las malas palabras. Casi me da el soponcio. Chale.

Sunday, September 03, 2006

Don Juanito

Frente a la casa de mis padres había una pequeña casa de madera, pintada de amarillo y con techos de lámina. Era pequeña y tenía al frente un jardín. En la casa vivía don Juanito. Se ganaba la vida recogiendo periódicos y metales en un carretón verde que estacionaba fuera de su casa. Don Juanito era de tez blanca, pelo canoso y un estómago curvo como de aguacate. Como en todas las historias comunes, siempre que jugábamos al fut era un castigo que el balón entrara al jardín de don Juanito. Si eso ocurría había entonces qué hacer diplomacia y platicar y rogar y enojarse y hacer rabietas y casi mentarle la madre a don Juanito si no nos quería regresar el balón. A veces, ante su negativa, el partido se clausuraba. Adiós futbol. Adiós goleada espectacular. Don Juanito se colocaba el balón bajo la axila y entraba a su casa.
Siempre nos preguntamos por su soltería. Tenía una hermana también mayor que al parecer estaba enferma, una enfermedad mental. Cuando salía todo en ella eran sonrisas, pero sonrisas bobas, retardadas que a algunos nos daba cosquillas en el estómago. Un buen día la hermana desapareció y, como suele ocurrir, algunos dijeron que había muerto, o la habían matado o simplemente se la habían llevado a un manicomio. Era esa rudeza de niño con la que hablábamos.
Y don Juanito se hacía cada vez mayor. En ratos de extrema generosidad nos mandaba llamar y nos daba higos, naranjas o frutas que diera los árboles de su casa. Nunca pasamos al interior de la casa. Permaneció como un espacio fértil para la imaginación. ¿Qué había adentro? Nunca lo supimos pero una tarde cuando descubrimos en una pared lateral de la casa, una pared también de madera, una colmena de abejas, imaginamos la casa invadida al interior por los insectos. Imaginé un cuarto clausurado, don Juanito dormido por el susurro del vuelo de todas las abejas.
Pero quién era don Juanito se convirtió también en una interrogante terrible. Cuando el balón se volaba y había que enviar una comitiva a pedirlo, esa comitiva se convirtió en un emisario: el emisario era yo.
Ahí descubrí, lo sé ahora, ese primer rasgo de la soledad: la necesidad de ser escuchado. Don Juanito me daba el balón después de que me platicaba conmigo diez o quince minutos. A veces el juego se reanudaba pero yo me quedaba platicando con él. Así descubrí su juventud en San Francisco, me contó después que se anduvo muriendo una vez porque lo apuñalaron. Me habló de sus hermanas, de algún oscuro amor perdido. Después también lo olvidé. Me fui a la ciudad de México.
Una tarde me dijeron que había muerto. Mi primera pregunta fue: ¿y la casa? Vinieron unos sobrinos, me dijeron, y se llevaron algunas cosas. Ahora la casa está aún de pie sin las abejas, sin muebles, la higuera y el naranjo secos, retorcidos. Y la casa sigue en pie, amarilla como siempre, pero desteñida. La última vez que fui a Monterrey la vi silenciosa, sin mano de hombre para enderezarle los caminos. Y me pregunté qué había sido de don Juanito, cómo lo encontró la muerte, qué quedó de su casa dentro de su casa. Papá me comentó que seguro ya se encontraba vacía. Ladrones pensé, son los peores del mundo. No guardan ni el respeto a la memoria de gentes que sólo tuvieron ese valor. Ladrones, pienso, ojalá les roben sus tumbas y las de sus hijos y la de la gente que aman para que paguen, con su rapto, todo lo hurtado.

Friday, September 01, 2006

Septiembre

Un mes para que se termine esto. Veo septiembre, no sé si con esperanza o hastío. He contado las horas. Ocho más y se acabó. No sé en qué sentido, pero se acabó. La vida se vive en pedacitos. Ocho más de un curso. Lastimosamente, también, sólo tres horas más de lectura en voz altas y doce del taller de cuento. Aunque al taller puedo seguir viniendo y lo haré. Ayer le preguntaba a un amigo, porqué repetir. Yo no sé, pero metí mi cartita. Tal vez esto es sólo confusión. Tal vez. Pero ya es septiembre. Hace un año estaba dando brincos de gusto porque el correo del maestro Langagne estaba entrando a mi bandeja de entrada. Y el correo decía: fuiste aceptado. Ahora, ha pasado un año desde ese día. Me encontraba en el ILCE. Ahora me encuentro en la Fundación. Ese día salté de gusto y abracé a Laura. Ahorita le acabo de pedir a Alberto sus obras para leerlas y entrevistarlo. No sé, no sé. ¿por qué repetir? Y es Septiembre ya, quedan ocho horas de casi todo. Así es, creo, como nos llega la muerte.

Saturday, August 26, 2006

Refrescos

¡Cómo me gustaba, de niño, hurgar en las hieleras en pueblos desconocidos para ver qué tipo de refrescos había! Ése, era el verdadero tesoro del viaje. En esas hieleras se podía encontrar todo un tipo nuevo de sabores embotellados, distintos a los que había en Monterrey. Monterrey siempre ha sido tierra Coca-Cola lamentablemente pero en los pueblos de San Luis Potosí había una gran variedad de colores y frescuras. Me encantaba ver esas botellas de formas extrañas y destaparlas para paladear ese nuevo sabor.
Ayer fui a Querétaro y encontré un refresco nuevo, más bien muy viejo. Era de sabor manzana y no se parecía a nada de los sabores a manzana que he probado en la vida. No puedo decir que era mejor, simplemente era distinto. Lo tomé despacio mientras recordaba cuando me asomaba a las hieleras en mi infancia a descubrir nuevos sabores. Un momento congelado. Un momento no Coca-cola, sino más bien de diversidad.
Me sorprende lo acostumbrado que tenemos el paladar a lo mismo, a lo de siempre. Pleonasmo en la oración y también en la costumbre. Intentaré, en lo sucesivo, encontrar esos viejos sabores embotellados en cápsulas de vidrio extrañas y a ver si hago una colección de lo raro, de los refrescos raros por escasos. Veré si esto sí se vuelve un tesoro siempre en el refrigeador, listo para destaparse cualquier tarde de nostalgia.

Monday, August 21, 2006

Albercas

En las albercas ocurren siempre momentos dichosos. No es lo mismo corretearte en la calle a dentro del cuerpo del agua. Albercas. Hace mucho que no me metía a una de ellas. La última alberca a la que entré fue el mar en Acapulco y la sensación me gustó a pesar de sus inconvenientes. Ayer fui a Las Estacas en el municipio de Yautepec, en Morelos. Socorro cumplía años y no sé en qué momento nos encontramos O y yo en la central de autobuses de Oaxtepec, un municipio que parece existir sólo para tener balnearios.
Aún era un largo camino para llegar a Las Estacas. Abordamos un taxi y vimos parte de la ruta Zapata y una hacienda con sus muros renegridos y un acueducto que atravesaba la carretera. Albercas, albercas. Mientras nos cambíabamos recordé que hacía años que no entraba en ese espacio rectángular poblado por agua. Tal vez, mi último grato recuerdo de una alberca tenga que ver con un día de campo que hizo la fábrica de pantalones donde trabajaba mi papá. El balnearrio se encontraba en el Cerrito. Recuerdo el sol y el escozor. Recuerdo que a los tres días me seguía descarapelando.
Inmediatamente a ese recuerdo se alterna otro: un viaje a El Barrial con mis compañeros de la preparatoria. Fue un viaje casi inaugural. Subimos todos a un autobús. Compré un periódico cuando no era usual que los estudiantes de preparatoria leyeran el periódico y ahora pienso si, actualmente, los jóvenes de quince o dieciséis leen el periódico. ¿Lo comprarán? Me aventuro a decir que no. Pero, fuimos al barrial. En la tarde nos salimos a caminar al cerro. Encontramos un toro suelto y pasamos muy cerca de él, mientras el toro raspaba la tierra con sus astas.
Albercas. Ese sol en la espalda. Ayer me acordé de todo ello. Y de comer hasta saciarse y de andar por todas partes con la menos ropa posible. Había un río En Las Estacas, uno de aguas heladas y profundas. Sólo metí los pies. Qué fría estaba el agua en realidad y a lo lejos se veía sólo un cerro y una pista de aterrizaje donde descendía en ese momento un avioncito pequeño, blanco, como un insecto.

Thursday, August 17, 2006

la burocracia

Yo era burócrata. Lo afirmo. No, uno de ventanilla pero sí, uno que manejaba proyectos y tenía contacto con público. Fue una buena época. Había un concurso de Producción Musical y los tres años que me correspondió organizarlo iba una señora con su disco de música ranchera. El premio, estaba orientado más hacia un producto con otra visión cultural y era triste ver que todos los años la señora llevaba su disco a concurso. Y todos los años, fallaba. Subía con mucho esfuerzo hasta el ático donde tenía mi lugar junto con Cordelia y Janell y tomaba aire al sentarse. Es mi disco, joven, me decía, nada más que me paguen el mariachi y va a ver que queda muy bueno.
Y lo contaba como si preparara un caldo, la sopa musical lista para ser disfrutada. Y a los meses salía el mismo resultado. Una vez escuché su material mientras terminaba de llenar unas hojas con el desglose de las ventas de libros de una feria y su música me pareció amena, nada terrible. Ella tenía unos graves muy padres aunque eso sí, la música no tenía nada qué ver con el concurso. Salieron como cinco discos esos años: de música electrónica, de coros, un homenaje a Tanguma y más pero nunca salió el disco.
Hoy me acordé de esa señora mientras una mujer me decía cn singular tranquilidad que la tesorería para tramitar unas actas de nacimiento se encontraban como a treinta cuadras de distancia. Nada mas apreté las quijadas y salí murmurando que eso no se hacía pero en ese instante pensé en la señora del disco de rancheras y cómo se iba, escaleras abajo, hacia el olvido.

Sunday, August 13, 2006

O

Nunca, nunca, escribo de ella. Tal vez lo he hecho, pero se me olvida. Tal vez es sólo porque la quiero retener en la memoria y en el presente. No quiero retenerla en lo escrito porque escribir también puede ser artificioso, vago, frío, ególatra, terrible. Quiero retenerla en el presente, en los labios, en el momento cuando me da la bienvenida a su casa. Anoche, después de cenar en un restaurante al que quería llevarla desde hace mucho tiempo, recalamos en los campamentos de Reforma. En uno había música y ella quería bailar. No bailamos. En otro campamento encontramos a un conocido que hacía plantón. O vio unos volantes a favor del pejismo, del voto por voto, casilla por casilla y acertiva como está, con la fe bien puesta en ese lado de la contienda, tomó unos volantes. Nada más una cuadra, ¿sí? me preguntó como pidiéndome permiso para entregar los volantes a las diez y media de la noche en la zona rosa. Yo me sentí viejo y feliz cuando la vi cómo se adelantaba con sus volantes en la mano y los entregaba en la oscuridad a los pocos transeúntes. O. O. De los campamentos manaba una solidaridad noctura, amlista. O iba en la calle entregando y entregando volantes afuera de discotecas, a los vendedores de hotdogs y chiclets, a los gringos que salían a nuestro encuentro, a los policias, a los guardias de seguridad privada. Ella iba feliz en la noche con sus volantes. Yo me sentía viejo, es cierto pero también feliz. Y eso vale mucho, creo yo, mucho.

Friday, August 11, 2006

La tribu

Somos generalmente cuatro: Hinojosa, Vicente, Boone y yo. A veces nos volvemos más cuando Cristhian, Saravia y Mijail se unen con nosotros a la hora de la comida. Me gusta mi tribu. A la hora de la comida ahí vamos juntos y es común que nos veamos en fines de semana, en reuniones o cenas. Al final, todos jalamos para lados distintos pero siempre nos mantenemos cerca. Ultimamente, Edith se ha unido a nosotros, una vez que Karla partió a su natal San Cristóbal de las Casas.
Ahí vamos entonces los ocho o los cinco a comer, en línea, avizarando las calles, el tráfico en Insurgentes y Liverpool, el paso raudo del metrobus. De regreso, cuando alguno se queda en alguna revistería o en una tienda donde venden miniaturas se hace una fila que espera al que se quedó atrás. Adelante queda una avanzada, después un grupo, al final uno que aguarda al detenido. Cuando éste se mueve, todos avanzamos a y los metros nos volvemos de nuevo un grupo compacto. Es la tribu. Uno se siente arropado por estas muestras de afecto. Si alguien se detiene a esperarte es que aún tenemos arraigada en la oscuridad de nuestros instintos esa sensación de las largas migraciones. Antier esperamos a Boone quien se metió a un oxxo. Otras a Vicente o a me esperan a mí.
Me recuerda esto un cuento que leí de Luis Felipe Gómez Lomelí. Luis fue becario de la flm y en su libro de cuenos tiene uno donde narra cómo anduvo cno Vite una tarde caminando por Reforma. Cuando le dije a Vite me respondió que ese año que estuvo en Liverpool 16 fue el mejor de su vida. Es una suerte salir que al salir, al terminar el año te encuentres con gente con quien seguirás el resto de tu vida.

Saturday, August 05, 2006

Sábado de Beatles

A Fabian y a Rafael les gustaba mucho la música de los Beatles. A mí, no. Esto terminó cuando me dieron a oír el disco de Help. Desde "yesterday" hasta "ticket to ride" el disco me gustó. Era imposible mantenerse al margen. Después me dieron a escuchar al Sgt. Pepper´s Lonely hearts club band y simplemente caí profundamente con "A day in the life". Le sigueron muchas de las clásicas, como "With a little help from my friends" o "Eleanor Rigby", "Love you to", "Here, there and everywhere", "For no one" y las clásicas de el Album blanco, clásicas al menos para mí, como "Julia" "Blackbird" y "While my guitar gently weeps".
Desde entonces la música de los Beatles es un referente en mi vida. Con la repetición de "While my guitar gently weeps" escribí una mañana de hace muchos años un capítulo de una novela de trenes que sigue esperando y me enamoré y desenamoré con otras tantas. Había una que se hizo referencia automática cuano Rafael quería hablar de la prepa y en algún meil sentimentalón nos las recordó: "In my life".
También la hice bandera pero luego la olvidé hasta hoy que vengo en sábado a la flm como hacia tanto no lo hacía. Camino hacia acá recordé esa canción. Alguna vez la escuché tranquilo frente a un escritorio en el negocio de baterías de mi tío José Luis. Su radio no servía. Estaba amarrada con cinta para que no se abriera como un melón y para sintonizar las estaciones había que tener, en realidad, dedos muy finos. Aún así lograba sintonizar todos los sábados Estéreo Siete y estar desde las diez de la mañana escuchado canciones de los Beatles. Iba por una coca bien helada y unas papas y mientra comía, oía las canciones con una paz inigualable. A las doce que terminaba el programa le cambiaba a Estereo Rey porque ahí había otro programa y éste terminaba hasta la una.
Hace mucho tiempo que no escucho un disco completo de The Beatles pero creo que no lo disfrutaría como aquellas mañanas frente al escritorio. La sensación de escuchar "en verdad" a los Beatles tiene ya mucho que ver con ese recuerdo. Ahora que lo intento en la oficina o en la casa apenas si rozo la atmósfera de la música. Me he contaminado con el recuerdo y como dice la canción, hay lugares que recordaré toda mi vida. Algunos han cambiado, para bien o para mal.

Friday, August 04, 2006

Retratos Familiares

Se nos cayó. Se nos cayó de un primer piso. Se nos cayó de espaldas y aún me pregunto qué fue lo que dijo, qué fue lo que pensó al momento del miedo, del saber que iba hacia abajo y que nada detendría su caída y que nadie iba a estar ahí para abrazarlo al chocar contra el piso. Se nos cayó con sus herramientas que volaron de su mano, se convirtieron en pájaros los tornillos, la pinza eléctrica, mordido su caucho, los desarmadores y las llaves alem, la lija cola de rata, el amperímetro, los codos de cobre para tapar compresores. Se nos cayó con sus aires acondicionados abiertos, sus zapatos sucios y ese volkswagen viejo, feo, por donde tirábamos la comida para obligarlo a que nos comprara un almuerzo decente. Fue hacia abajo y aún veo la forma como su cuerpo manoteó en el aire, la forma como intentó enderezarse, andar, andar, caer de pie pero iba para abajo. Era él. El que nos enseñó a manejar, el que conquistaba a las mujeres con kiwis, el que nos pagó la escuela, el que iba por nosotros a las centrales de autobuses, el que nunca se casó. Se nos cayó de un primer piso cuando antes, todos, por poner un aire acondicionado hacíamos la faena de retar a la gravedad desde la parte alta de una escalera que subía hasta cincuenta metros. Allá estábamos todos, él, una mano aferrada a la escalera, la otra con esa herramienta para hacer agujeros y cuyo nombre ya no recuerdo. Se nos cayó de un piso. Su nuca se dobló contra el cemento duro. Extendió los brazos que ya no tuvieron dueño ni ordenanza. Yo me caí también con él cuando me enteré. Me sigo cayendo cuando lo recuerdo con su muerte silenciosa, cerebral. Afuera estaba el mundo, indiferente como siempre. Y con estas palabras, me levanto, me levanto, me levanto, arriba a recoger sus herramientas, las pinzas, las llaves alem, los tornillos, me levanto a recoger todas sus palomas y volverlas a casa donde siempre, ahora, está.

Tuesday, August 01, 2006

Seis meses

O me dice que ya cumplimos seis meses de estar juntos. Como siempre, ni me había dado cuenta. Tal vez así es como se vive con felicidad: no hay tiempo y luego te descubres viejo. Juntos, aunque aún no juntos, fuimos a ver a Nadja y recuerdo que ahí en la jaula de la gata también estaba Mía. Mía me rasguñó desde el primer día y aún es fecha que se deja ni cargar ni acariciar. Nadja sí. O dice que esa gata acepta cualquier tipo de amor. En este tiempo fuimos a un concierto de Ely Guerra donde me aburrí mucho y hemos comido demasiada comida china para mis cánones. Y también me cambié otra vez de casa. Y claro, me dieron el premio y salió otro libro y un cuento en la antología de Marcial. Mía se nos cayó del sexto piso una tarde mientras jugábamos en el cuarto contiguo al doble doce con Xo, Ro, Efraín y Grace y no le pasó nada.
hemos recibido visitas varias: Raúl y Monserrat, mis padres, Toscana, Alan. Kuba y el North vienen esta semana e incluso tuvimos la intempestiva visita del hermano de O con su mujer, ahora ex -mujer. También salimos un fin de semana a Tehuacán Puebla a conocer a un tío de ella y la familia de O me cayó muy bien. Una de sus primas, en un desliz, me dijo frente a O que me iba a presentar a otra prima para ver qué pasaba.
y ah... O conoció a mis padres cuando vinieron en abril y sufrió conmigo todas las vejaciones que la "hermosa ciudad de México" les ofreció. Yo también fui a ver a sus padre y me comí un tamal oxaqueño que su papá me había dado aunque ya había comido mucho, demasiado. Son casi seis meses ya. Ayer me dijeron que lo mejor era sí, ir viviendo de a poquito, de poquito.

Corazón delatador

Ayer corregía uno de mis cuentos. Se llamaba Revancha Mística y ahora se llama Atlas Poderoso. La historia trata sobre un hombre que tiene problemas con su hijo y, para ganarse su estima, se da a la atarea de diseñar un juego de mesa, un juego de lucha libre que lleva como luchador insigania al luchador Atlas. Antes era el Místico pero me di cuenta que era demasiado peligro situar tanto al texto. Total, luchadores Atlas siempre va a haber. La primera versión del cuento me gustó porque la escribí casi en cuatro horas. Salieron 13 cuartillas. El cuento en sí, había salido de una llamarada, no sé si imaginativa, cuando vi un juego de mesa sobre luchadores en una tienda vieja por Chapultepec.
Eso fue hace como cinco meses. Todavía ayer seguía trabajando esas pequeñas cuartillas. Todavía lo seguiré trabajando. Ahora he eliminado casi todo sobre el juego y me centré en la relación de padre e hijo. Sin embargo, mientras escribía, tal vez después, ya en mi casa al leer el diario Record me quedé pensando en porqué escribo. Repasé mis historias y me parecieron vagas, vanas. Tal vez, es hora de hacer otra pausa y buscar otras cosas o una honestidad más, válgame la redundancia, honesta en los textos. No sé si en realidad haya dado en un espacio de nueve cuartillas -es lo que dura ahora el cuento- con ese espacio vital, con ese corazón delatador del que cuenta Poe en su famoso cuento. Toda historia debería de tener ese corazón delatador encubierto en las cuartillas.

Tuesday, July 25, 2006

Pan con mortadela

Durante mi infancia casi no comimos jamón en casa. La crisis, la situación económica no daba para mucho. Fue esa crisis del 82 la que nos arrastró como después lo hizo la del 94. Pertenezco no a la generación X, sino a la generación de los niños en crisis económica. Eso marca más que cualquier indiferencia o uso de la tecnología. Y pensaba que pobre del Chavo del 8, que seguro estaba igual que nosotros porque siempre quería su torta de jamón.
A falta de jamón, entonces, mamá lo compraba sólo en contada ocasiones, al pan le poníamos unas rodajas gruesas de mortadela. Era mucho más barata y en casa, la de la marca Ponderosa, era la reina y señora de las carnes frías en el congelador. Durante mucho tiempo comí mortadela ponderosa y hasta recuerdo el comercial que decían: "A todo lo que hagas ponde, pode ponderosa". Era una cortinilla bastante pegajosa.
Y cuando había para jamón... ese día relegábamos a la siempre tan servicial mortadela. Le hacíamos el feo. Untábamos pan con bastantita mayonesa. Le poníamos aguacate y el tricolor chile, tomate y cebolla y nos dábamos un festín con lonches, emparedados o sandwiches de jamón, como se le quiera llamar. Después, a mitad de semana el jamón había desaparecido. Incluso hoy no dura mucho tiempo en el refrigerador.
No recuerdo cuándo dejamos de comer mortadela y seguro hace años que no aparece en los gabinetes del refrigerador de la casa. Pero ahorita se me antojó mucho un pan con mortadela y un poco de mayonesa. Tal vez es sólo que tengo hambre. Y como aparentemente no hay crisis en el camino, deberé de comprarla por gusto y no por necesidad, que es como siempre sabe mejor.

Thursday, July 20, 2006

No otra Elena

Vengo toda de negro, me dice Elena por el celular. Tengo el pelo corto y traigo las maletas. Todo su acento sinaloense cae con peso al pronunciar las palabras. Se llama Elena Méndez y le daré asilo al menos por una noche en la ciudad de México. No la conozco pero una buena amiga mutua nos contactó. Es martes y salgo de la tutoría a la espera de la llamada. Son las tres y media cuando me llama. Ya llegué, me dice. Quedamos de vernos en el Sanbors frente a El Angel. Ando a las carreras. A las cuatro llega Orlando y debo entrar al taller.
Apenas recibo su llamada salgo de la Fundación a paso veloz. Tomo un taxi y le ordeno ir al ángel. El taxista conduce entre la rapidez de Liverpool y la lentitud de Florencia. Salimos al redonde y cuando llegamos al Sanbors bajo con las mismas prisas. Le digo al taxista que espere. En la zona de venta no veo a nadie pero pronto aparece una muchacha vestida de negro, con bolsa de cuero, ojos verdes, pelo lacio y recogido en una trenza. Lleva al hombro una bolsa negra.
Elena, hola, hola soy Antonio.
Elena se sorprende.
Ah, hola, hola, qué tal, me dice.
¿Y tus bolsas? ¿Tus maletas?
No, no, ando así, nada más con esto.
Pero...
Elena sigue con la sorpresa.
Anda, anda -le digo- afuera está el taxi.
La tomo del brazo, la arrastro casi a la salida. Afuera nos recibe el sol, el ruido de siempre y Elena sube al taxi, después yo. A la colonia Roma, le digo al taxista y es sólo hasta una cuadra después cuando Elena me dice:
A ver, a ver, dijiste Elena o Mariana.
Y yo reconozco el ecento tan capitalino, tan poco sinaloense.
Dije Elena. Elena.
Es que yo soy Mariana.
No...
Sí, me llamo Mariana y como esperaba a un amigo muy parecido a tí pero que hace mucho no veo...
Es que yo buscaba a alguien de negro. Caray, esto parece un secuestro.
Nos reímos. Nos miramos avergonzados mientras le digo al taxista que nos regrese al Sanbors del ángel.
En el camino ya no nos decimos nada. Repetimos que esto es muy gracioso y yo le digo: pues te subiste sin chistar al carro. Y ella nada más asiente de nuevo, avergonzada.
Llegamos al sanbors y ahora sí, Mariana encuentra a su amigo y yo veo a Elena en el restaurante, bebiendo chocolate. No me vas a creer lo que acaba de pasar, le digo. Y miro de reojo a Mariana quien acaba de entrar al restaurante con su amigo. Al vernos sonríe. Pues qué pasó, insiste Elena. Nada, nada, le digo.

Wednesday, July 19, 2006

Hoy es un día realmente malo. Me atrevería a decir que del año. Muchas presiones. Ceses inesperados. ¿Y quién tiene la razón? Todos. Uno se tiene que mover con el pequeño trozo de verdad que tiene y alumbrar lo posible. Pero la luz es muy poca. Insisto. Hoy es un día realmente malo. ¿Y qué se puede hacer? Lo que cree uno que es correcto y seguir. No hay de otra. Esto no debería de subirlo al blog pero que funcione como recordatorio.

Monday, July 17, 2006

Volver

Vuelvo a la casa, a la alfombra gris. El domingo salí y compré un par de plantas: Mafer y Sapito. Las puse cerca de la ventana, cerca del cobertor donde ahora hay muchas almohadas y cojines. El domingo O estuvo enferma. Durmió casi seis horas en el día. Despertaba nada más para ver que yo andaba en plena reconstrucción de la casa. Puse unas fotografías en una base de corcho y las colgué de la pared. En la puerta del baño pegué unas postales que me dieron hace dos años: postales con frases como: "Yo amo Chihuahua", "¿Cómo es posible que quepan tantos kilómetros en el corazón". También adherí un pizarron a la pared de mi escritorio y barrí, barrí, barrí.
En la tarde cayó un aguacero. Se oían las ambulancias que pasaban y algun silbato de un policía de tránsito. Me sorprendió que fuera domingo.
Volver, volver, volver.
El domingo anterior, a esa hora, andaba con mi familia en el mercado. Papá quiso dulces y mamá iba feliz y veloz de puesto en puesto. Mis hermanas revoloteaban entre puestos de vestidos y audífonos. También hacía mucha calor. Tal parece que Monterrey está hecha nada más para eso, puesta en la geografía exacta de la lumbre. Pero volver, volver.
Otra vez al cubículo de la flm, a oír los chistes de Boone, Vicente e Hinojosa, al fastidio que da, ver la esquina de Liverpool e Insurgentes atestadas de autos pero también, a mi vida con O en la ciudad: tranquila, armónica, relajada.

Wednesday, July 12, 2006

Dejaré esta calle en la calle

Martha Ramos le da un trago al vaso con agua y sale cuando la buscan afuera los técnicos. Yo me acabo de bañar y veo los beneficios que da presentar un libro en la calle, muy cerca de tu casa. Afuera hay un desfile de nerviosismo. Los técnicos colocan la tarima, las mujeres que darán los tamales acomodan las sillas, mi tía Chelo asoma el rostro de cuando en cuando para ver a qué hora inicia el evento. Yo nada más salgo a verlo todo, a imaginarme cómo será el evento dentro de unos minutos.
Cuando las 70 sillas están listas me sorprende mi calle. Ha dejado de ser esa esquina donde de niño jugaba al beisbol o al fút (justo donde quedó la tarima colocábamos unos de las porterías), para convertirse, efímeramente, en un sitio cultural, para un evento cultural. Las bocinas semejan torres imponentes. Conforme se acercan las siete y media de la tarde comienzan a llegar los invitados, los vecinos. Llega Ana en su coche plateado, llegan Carolina, su novio y Armando en un taxi. Aparecen por la calle Janell, Cordelia y Adrián. Al rato veo a Gerson, a Margarito y al Raveliano. La gente comienza a llegar, a congregarse lo mismo que unas nubes grises encima. A veces pasan vecinos en sus coches y al ver la calle cerrada se detienen a fisgonear un poco y huyen, alejándose de cualquier pedrada literaria.
Un aire frío comienza a colarse entre todos y finalmente subimos al estrado Felipe, Joaquín y yo. Ofelia se encuentra a esas horas perdida en las calles de la colonia pero nos alcanzará más tarde. Mi abuela escucha desde el interior de su casa. Mis tíos han ocupado las primeras filas y mis hermanos y padres se encuentran al final. Sonrío cuando veo a mi tío Jose Luís cerrar la calle en el otro extremo, bloquearla con su camioneta blanca. Empiezo leyendo el cuento de Cuelemans. Ya no falta nadie: Elida, Erika, Lili, Espartaco, Blum, Valdez, Sara, todos están ahí cuando Joaquín habla de lo desmadrozo del libro, de lo cruel y puto del libro, de lo hermoso y trágico del libro. Después Ofelia se abre paso entre la gente y sube al estrado.
Yo la presento con el afecto que siempre le he tenido y ella agradece las palabras pero me corrige. A lo lejos se escucha la músiquita de un camión de helados. Me voy a apurar, dice Ofelia, pero no va ni en la segunda cuartillas cuando el camión de nieve aparece en la esquina: albo, alto, con sus franjas rojas y las ventanillas amarillas que dicen: chopo sencillo a $5, doble, $10. El chofer se sorprende al ver a esa multitud en la calle y se detiene tras nosotros. Todos volvemos la cabeza para verlo. El chofer saca una mano y nos saluda. Felipe me dice: "Vamos a comprarle nieve a toda la gente" pero sólo de imaginar la desbandada me hace negar la iniciativa". Pero cuando miro al público todos ríen, todos aplauden la aparición del camión de nieve.
Cuando le toca el turno a Felipe la noche ya está sobre nosotros. Los técnicos nos lanzan una luz blanca desde unas banquetas y ya no puedo ver a nadie en la calle. Unos niños, eso sí, están al frente sentados en sus bicicletas y acodados en los manubrios. Se descolgaron desde las partes altas de la Moderna para ver el show. Cuando empiezo a hablar, a agradecer tanta tarde, tantos amigos, tantos cuentos, el cielo comienza a tronar. Le digo: ya voy, ya mero acabo, y todos ríen. Una cigarra, el sonido de una cigarra me acompaña mientras hablo y recuerdo una lección de biología donde me dijeron, que las cigarras viven sólo un día y antes de morir cantan y cantan y cantan. Y su canto nos acompaña a todos esa tarde, esa noche.
Al finalizar se rompen filas y muchos van a comprar el libro. Un vecino agradece el evento mientras Ofelia y Felipe lo escuchan. Los tamales pasan de mano en mano, los refrescos también cuando los Northsiders empiezan su función. Sus rolas son pegajosas, fuertes, amenas. Yo me abro paso entre la gente, recibo abrazos, saludo, voy con O y la beso, despido a mis tíos. Cuando un amigo de los Northsiders termina de tocar la gente comienza a irse y cuando ya casi no queda nadie, entonces, sólo entonces, comienza la lluvia: una lluvia larga, densa, cerrada que barre la calle, que hace que los técnicos corran a guardar las cosas.
Al final sólo queda Felipe y Abel. Me despido de ellos después de conseguirles un taxi. Voy con O a una función y mientras eso pasa pienso en la lluvia, el camión de helados, un elotero que pasó también, en unos perros que se pelearon cuando Felipe empezó a hablar y todos oíamos sus ladridos terribles y secos en la tarde. Pero pienso también, en la cigarra que cantó y cantó mientras daba las gracias a todos: al conarte por su apoyo, a los presentadores y a los amigos. Una cigarra. Mi abuela me dijo que, cuando la escuchó, comenzó a llorar: "son nuestros muertos que han venido a verte, me dijo: tu abuelo, tu tía Martha, tu tío Rubén, tu tío Roberto". Yo sólo asiento y la dejo llorar tantito. Fue 5 de julio de 2006. Estuvimos en la calle todos. Amigos, amigas, mi familia, O y mis muertos ahí, por un libro, reunidos por la palabra.

Monday, July 03, 2006

Accidentado Monterrey

Sol. La ciudad: abierta por las construcciones. Bajo de las oficinas del conarte y mientras veo las invitaciones para la presentación del libro no veo la puerta de vidrio. El golpe es terrible. Mis lentes se abren. Los pequeños tornillos de las bizagras de los anteojos me abren una herida en la ceja. Sangro profusamente. Me mancho la camisa. Manuel me ve y me lleva a un lavabo y me limpio la sangre. Me duele la cabeza. Siento como una quemazon en la nuca pero el dolor comienza a pasar.
A las dos camino hacia el metro Parque Fundidora y un hombre pasa y me golpea con una caja de madera. Me golpea en la mano y me hace un moretón. Ando muy torpe el día de hoy. No sé si sea el calor o el nerviosismo. Tal vez, ambas cosas.

Friday, June 30, 2006

Vámonos a Saltillo!!!

Wednesday, June 28, 2006

Conforme se acercan los días para ir a Monterrey me lleno de imágenes que deseo ver:
  1. La oscuridad de la central de autobúses mientras salgo de los andenes con la maleta.
  2. escuchar el paso del metro por avenida colón.
  3. ir en el taxi a la casa, bajando por la terrible y fea avenida ruiz cortínes
  4. comer un buen taco de barbacoa en el mercado.
  5. entrar al sanbors de morelos y a la librerias castillo de outlet de la misma zona.
  6. ir al cine raly a ver una película pasada y comer hot dogs y palomitas.
  7. Evadir el barrio antiguo y terminar en algunos de los antros de ahí.
  8. Que no me llame la atención leer el periódico
  9. (aburrirme un rato, también me pasa)

Tuesday, June 27, 2006

Monday, June 26, 2006

Hoy me preguntaron ¿porqué tienes un blog? Y no encontré una respuesta rápida al asunto. Tal vez sucede siempre que no encuentro respuestas rápidas a lo que me preguntan, como hoy en el taller, cuando había qué analizar un texto de Alfonso y no encontré más que los detalles generales pero no "a detalle" del texto.
¿Por qué tengo un blog? No lo sé. AL menos el otro, el negro, lo entiendo. Porque publico cosas que no me publicarían y hay un poco más de lo lúdico, creo, pero... porqué este blog? Este donde sólo subo cosas personales?
No lo sé, pero lo pensaré.

Thursday, June 22, 2006

el libro rojo

Epigmenio me habla por teléfono para decirme: Ya tenemos tu libro, ven mañana por él. Su frase, por demás escueta, me emociona. Un libro nuevo. Otro libro. Es fabuloso tener un libro nuevo. Mi libro rojo. Así le llamo porque la portada es blanca pero una mujer con sueter rojo se encuentra en ella. No es una fotografía sino una pintura de César Córdoba que seleccionó Alberto Cué para la portada. El libro rojo. Rojo como algunas tardes cuando el horizonte se ponía de ese color camino a Aguascalientes. Rojo como la sangre que salió de la aguja cuando me pusieron suero, rojo, rojo, rojo.
A cambio, tengo un libro negro y se supone, pronto saldrá un libro blanco. Pero ahorita, lo que me importa es que tengo un nuevo libro rojo. Dejaré esta calle. Los cuentos que vienen en ese libro son una forma de recordarme mi infancia en la colonia Moderna. Las maquinitas de doña Julia, la secundaria 33, las naves industriales de Aceros Planos, los puestos callejeros y las pandillas así como los camiones de la ruta 127 que a veces pasaban interrumpiéndo nuestros partidos de fútbol vienen en ese libro.
Mi libro rojo me gusta. Tiene mi nombre en rojo y es el número 317 de la colección de Tierra Adentro, una colección que ha albergado, sin rodeo alguno, a muchos de los más talentosos narradores y poetas de nuestro país. Ahí han publicado amigos como Toscana, Hugo Valdés, Joaquin Hurtado y Susana Pagano, sólo por mencionar algunos. Y ahora tengo mi libro 317, un libro rojo y nuevo, un libro que salió gordo, en comparación al anterior, casi 110 cuartillas. Está bien que se llame Dejaré esta calle porque en realidad, al leerlo, al menos para mí, será volver a esas calles de mi colonia y también, a mi infancia.

Tuesday, June 20, 2006

El vuelo de Mía

Estoy en casa de O y esperamos que lleguen Grace, Efraín, Ro y Xo para jugar nuestra segunda partida de dominó cubano. La primera la gané yo y estoy un poco ansioso por repetir el triunfo. Mía y Nadja, las gatas de O andan por la casa. Mía se agazapa cada que levanto el trapeador y levanta las patas delanteras para capturar las hebras del trapeador pero apenas lo dejo caer y saltan gotas de agua en todas direcciones, Mía da un brinco y en el aire cambia de dirección para huir hacia la recámara.
O no está. Fue al Wal-Mart a comprar piñas y jícamas para comer mientras jugamos y yo termino de recoger la casa. Me asomo por la ventana y desde el sexto piso se ve pequeño el parquet y los setos verdes parecen algodoncillos. Cuando llega viene cansada, suda y yo sólo le puedo ayudar a poner las bolsas en la barra. Al rato, casi atrás de ella llegan nuestros amigos. Suben las escaleras con mirada curiosa, se detienen en el umbral de la casa, entran como tromba y las gatas sólo lanzan huidas por la casa. Nadja con su paciencia de matrona y Mía con su torbellino recurrente.
Armamos entonces la reunión. Nos sentamos a la mesa con chicharrones, papas, cervezas, refresco, piña y jícama con limón y chile en polvo y empezamos a jugar. O cierra a las gatas en su cuarto y el juego transcurre con calma. Al principio Grace y yo nos alternanos los triunfos pero sólo a la mitad Rodrigo, quien ya llevaba muchos puntos, gana dos jugadas y se nos empareja. O se levanta cada tres jugadas y ve a las gatas y regresa muy tranquila. Vamos a empezar la jugada del 3 cuando O vuelve a levantarse para ver a las gatas.
-Mía no está -nos dice.
-¿Cómo que no está?
-No, no está.
Comenzamos a buscarla. Efraín y Grace van a la cocina, yo a la recámara, Ro y Xo buscan en otras partes de la casa. Luego vemos la ventana abierta. O comienza a preocuparse. Pero si estaba cerrada. Me asomo y busco allá abajo, seis pisos de altura, a ver si la gata está pero no la encuentro. Es de noche y salimos O y yo con una lámpara escaleras abajo. No hay rastro de ninguna caída bajo su ventana pero en una esquina del edificio vemos a Mía. Está agazapada, triste, llorosa, asustada. O la toma y entonces llora del miedo y Mía sólo sigue con las orejas apagadas y la mirada asustadiza.
Vamos al veterinario, me dice pero ya cuando subimos y Mía se endereza y poco y camina hacia su cuarto, entre todos decidimos que es mejor no hacerlo. Si se hubiera fracturado algo o roto algún tendón, estaría maúlle y maúlle. Sin embargo nos quedamos preocupados. Al finalizar, el juego nos da un poco de respiro. En la jugada del tres Rodrigo vuelve a ganar y me alejo del primer lugar por casi sesenta puntos. El sólo cuestión de que él acomode rápido las fichas para que termine en primer lugar y con una polla asegurada de 100 pesos. A ratos O va y busca a Mía y la encuentra bajo la cama, agazapada en la oscuridad.
Al final Ro nos gana. Efraín hace 497 puntos. Todos nos preguntamos los lugares, la puntación final. Quedo en segundo lugar y O en cuarto pero Mía sigue, dentro de nosotros, cayendo esos seis pisos. Cuando nuestros amigos se van dejamos la puerta abierta para que Mía duerma en el cuarto. El domingo se mantiene callada, lenta pero ya hoy, O me dice que ya anda haciendo sus saltos y brincoteos de siempre, que tal parece que comienza a olvidar su descenso felino. Tenemos que poner mallas en las ventanas, pienso, mientras, trato de imaginarme a Mía moviendo la ventana con la nariz y precipitándose hacia los setos.

Monday, June 12, 2006

Lagrimas de Tohui

Es el cuarto partido de la selección nacional en el Mundial del 94 y los de la cuadra estamos decididos a armar jolgorio. Jaime pone el patio delantero de su casa, el porshe, como decimos en el norte, para hacer la carne. Pepe, Héctor, mis primos y mi hermano Saúl se disponen a comprar la carne y yo acomodo algunas cosas. Bulgaria nos la pela, dice alguien por ahí y más tarde llega Nati a preparar la carne. Jaime saca su televisión y la pone sobre una mesa escuálida que a cada rato da la impresión de caerse.
El partido empieza y el sol cae de lleno sobre el patio. Nos recargamos bajo una frondas y desde ahí vemos las descoldas de Ramírez Perales por las bandas y los robos de balón del equipo de Stoickov y compañía. Aspe ordena el medio campo y todos esperamos que entre Hugo Sánchez al partido. Conforme pasan los minutos hay desconcierto en todos. Nati, quien ya ha vivido muchos descalabros mexicanos por televisión y estuvo en el juego del México contra Alemania en el Universitario, dice que, espera y no se repita nada malo. Pero la van a regar, ya verán.
En el medio tiempo se nos olvida el sol y todo y le entramos duro a la carne asada, a las cocas, a las quesadillas. Sigue haciendo calor y nosotros seguimos comiendo.
El segundo tiempo es un alarido detenido, nervios tensos conforme se acerca al final. Es como ir perdiendo incluso el gas para todo, para ser felices, para avizorar una gesta heróica, para acabar con un maleficio. Al finalizar, nos sentimos frustrados y nerviosos. Llega la tanda de penalties y todos estamos aferrados a la esperanza. Tohui igual que los demás.Tohui moreno, pelo chino, con apenas unos siete años de edad entre los demás que ya tenemos entre 14 y 16, menos Nati, el mayor. Cuando al final el mexicano falla el gol nos derrumbamos y sólo quedan los huesos mordisqueados en charolas o sobre las brasas. Tohui llora y lo tranquilizamos, ya verás que a la otra nos va mejor.
Y en la otra Alemania nos sacó y en la otra Estados Unidos nos sacó y ahora, ¿quién nos sacará?

Monday, June 05, 2006

Fui acomodador de atunes

Era noviembre del 2o02 y estaba fastidiado de tiempo completo, abúlico, cansado, triste. El dinero de la beca del cme era muy poco y la mitad se me iba en la renta. Amigos, no tenía. Ya daba clases entonces, pero un sábado me descubrí gris delante de mis alumnos y me pregunté: ¿pero yo qué puedo enseñarles más que mi depresión? Estaba, así, depresivo, con una tina de pintura que la hacía de mesa, silla, escritorio y escalera. Tengo que hacer algo, buscar amigos, no sé, me dije, tengo que buscar trabajo.
Y comencé a buscar trabajo, igual, sin ánimo. Necesitaba uno que me permitiera ir los miércoles al cme y que no estuviera lejos de Plateros, donde vivía entonces. No sé cómo fue que se me ocurrió buscar trabajo en Wal-Mart. Me imaginé acomodando los atunes o de cajero y me pareció la mejor idea que había tenido en mucho tiempo. Fui e hice fila. Me pasaron a una salita pequeña con sillas como de secundaria y luego me pasaron mi solicitud de trabajo. Me veía ya con esos atunes en las manos, acomodándolos en los pasillos, dándole un goce secreto a mi manía por acomodar las cosas cuando una mujer gorda, con vestido secretarial me preguntó que si ya había terminado.
Le entregué mi solicitud y me pasaron con la administradora. Era mujer de rostro afable, cabello castaño y un aire de tranquilidad que imaginaba, no tenían nunca los empleados de Wal-Mart. Leyó mi solicitud y entonces me di cuenta de mi primer error: no mentí.
¿Entonces estudiaste letras españolas?
Pero no terminé la carrera.
¿Y te gusta leer y escribir?
pero leo El Memín Pinguin y escribo acrósticos.
Después cometí el segundo error: me dio por tener ideas.
Ya vi que tienen una sección de libros, podría leerlos y escribir fichas de qué trata para que la gente los compre y...
No estás en el perfil, lo siento, me dijo la admistradora.
Salí muy derrotado. Caray, ni en el Wal-Mart me contratan. Del coraje entré a la tienda y, como no tenía nada qué hacer, me pasé como una hora viendo la televisión en la sección de aparatos electrónicos. Antes, pasé a la zona de frutas y degustaciones. Wal-Mart me ofreció no un trabajo, pero sí una comida. Ya, al irme, fui al pasillo de atunes y suspiré. Habría sido muy feliz acomodándolos nada más. Los habría puesto siempre con la etiqueta de la marca al frente, alineados, sin un desvío. Así todo el anaquel pero no me fue posible. Acomodé unos cinco, en el colmo del aburrimiento y me fui. Y aún falta mucho, en realidad, para encontrar trabajo. Creo, si no mal recuerdo, que incluso esa semana me corté el pelo a rape.

Sunday, June 04, 2006

La fiesta de los 29

Llegamos O y yo a la unidad habitacional donde vive Vicente y lo encontramos en los pasillos con un garrafón de agua, vacío, al hombro. ¿Todavía no llega Saravia y los demás?, le pregunto y me dice que no. Pero qué raro, si salieron en su coche como desde hace una hora y cuarto. Pues aun no llegan, pigre, me dice como les ha dado a él y a Hinojosa decirme, después que Hugo Hiriart dio unas charlas en la Fundación y sacó a relucir semejante palabrita: piger, más bien.
Caminamos hasta la pequeña tienda de Conasupo que está en la unidad nos aprovisionamos de comida y más cosas. Más tarde, casi a las ocho y media, llena Boone e Hinojosa. Entre todos jugamos al dominó cubano y platicamos de escritores jóvenes, de libros y de política. Nada serio, en realidad es la plática mientras acomodamos las fichas. Casi a las nueve, dos horas y media después que salieron, llegan Saravia, su mujer, Mijail, su mujer, Karla y Edith. Apenas mi miran, todos me ultiman con la mirada. Gracias, Toño, por el croquis. Yo: pero si estaba bien claro. Ajá, dice Edith. Me cuentan entonces que tomaron una calle que no era y le tuvieron que dar una vuelta terrible al periférico. Pobres, me los imagino cansados, mentándomela mientras ven como el tráfico se vuelve más compacto pero aún así, dispuestos para la fiesta.
Más tarde llega Eduardo, Yuri, Nancy, Silvia, El Bato, Luisa, Tatei, María, Lobsang, Laia, el novio de Karla y un pareja amiga de ellos y Efraín y Grace y César y un compañero de su oficina. Así la fiesta avanza, se detiene en el pasillo, se atiborra la gente en la cocina. Afuera llueve y ni nos damos cuenta. No hay canción de cumpleaños pero estoy muy contento. A cada rato me detengo y abrazo a mis amigos y les digo que qué bueno que vinieron. Ellos nada más sonríen. Nada más dicen salud. En una esquina hablan de literatura (es inevitable), en otra cuentan chistes, en otra más, se habla de mecánica y física cuántica. O se va a dormir casi a la una, con los incipientes ataques de una migraña.
Le vamos a amanecer, me dice Hinojosa y yo digo que sí pero ya siento que no llegaré a esa hora. Estoy cansado. Pasarla bien también cansa. Vicente ha sido un anfitrión excelente. Yo no quería hacer mucho escándalo pero caray, al final me convencieron (y no estaba muy reacio a no ser convencido) Cada media hora iba a ver a O y me decían: cada que sales de ese cuarto llegas más despeinado. Nada más asentía y disparaba abrazos a diestra y siniestra o cantaba o decia salud.
¿Cuándo se fueron todos? No lo recuerdo. No contaré, y corto abruptamente esta reseñita, sin decir nada del lavabo, ni del: ¡To, levántate!, ni del riopan, ni del GEA. Como dice y me dijo María Lebedev en una entrevista: No me sale escribir más. Sea así, entonces.
Y ya mero llega el 30 de junio y el 4 y 5 de julio. A mitad del año, justo, sigue lo bueno.

Monday, May 29, 2006

Don Rafa

Encontré el nuevo departamento gracias a que me gané la confianza de Don Rafa, el portero. Le di para sus cocas (en realidad no llevaba mucho dinero) y al día siguiente me llevó con el dueño del edificio.
Todas las mañanas, cuando salgo rumbo a la Fundación o dar clases, don Rafa anda en la calle vivoreando a las mujeres que pasan o dándole orden a los coches en el estacionamiento. Todo mundo lo saluda e imagino que es, como esa persona que lleva años en la misma calle y se ha ganado a pulso su lugar en el recuerdo.
Y siempre que salgo me dice alguna frase que parte del ingenio del momento. Hoy me dijo: ¿Ya listo para chingarle? Claro, don Rafa. Pues así me gusta, repitió (siempre dice que así le gusta x o y cosa) que le haga igual que yo: jodido pero jodiendo.
Esa fue al perla de sabiduría del día de hoy de don Rafa: jodido pero jodiendo.

Friday, May 26, 2006

Así que 29 años.

No se siente nada.

Monday, May 22, 2006

Acercándose a los 29

Pronto me acerco ya a los 29 años. Me pregunta una amiga que cómo me voy a fetejar y la verdad es que no tengo ni idea. El próximo año tendré 30 y aunque la elucubración es ¡válgame Dios bien simple! encierra un significado mayor. 29, 29, 30, 29. La vida discurre muy pronto, muy rápido.
El sábado una alumna, amiga, me invitó a comer a un Vip´s. Pedí una ensalada de mango con pollo. En la charla se fueron hilando los años: cuando dejé Monterrey para ser becario del Centro Mexicano de Escritores, cuando renuncié a IBM y después al ILCE y finalmente estos plácidos meses en la Fundación. Has llevado una vida muy intensa, me dice, pero yo más bien recuerdo que junto con las buenas tardes y noches, ha habido muchos momentos de abulia y fastidio.
Hace tiempo un amigo, refiriéndose hacia otra persona, me dijo: cuando sepa que la vida es bien aburrida, su prosa también va a cambiar. Puede ser.
29 años, 28. No tengo pensado ni hacer un viaje a Veracruz como cuando cumpli 25, ni hacer xochimilcazos como cuando cumplí 26 y 27, ni menos, volver a Veracruz a sacarme la espina cuando cumplí los 28. Tal vez no haga nada y simplemente me vaya a cenar con O a mi casa y yo le prepare de cocinar algo ligero. Una pequeña reunión con ella tal vez.

Saturday, May 13, 2006

156 para agradecer

Cuando empecé a escribir este blog no sabía que pasaría con él. Al principio los temas salían de muchas vertientes y era difícil darle un "alma". Leía otros blogs e intentaba saber en qué residía su éxito y el que mucha gente los tuviera en sus links como los blogs chidos que leo. Y me preguntaba, en la vanidad, qué ocurriría con mi blog.
Después de algunos intentos terminé separando mis apuntes de blog en dos. El blog con textos de creación, ensayo, poesía, artículos varios se convirtió en www.instintocontagioso.blogspot.com y decidí dejar en este, el kozamianas, lo esencial, lo que me importa más que la creación: mi familia, mis recuerdos y la gente que quiero.
Curiosamente, el blog de instinto es al que le he dado más difusión e incluso viene descrito en la solapa del libro negro e incluso, muchos de los textos que están en él saldrán pronto a la luz bajo el sello de la Universidad de Guanajuato, en la colección Anaquel. Necrologías, se llamará el libro de varia invención. Ese blog tiene más de 190 entradas a pesar de que es en realidad mucho más joven que kozamianas.
La única respuesta que encuentro a esa proliferación es que es más difícil, de alguna forma, de hablar del corazón y se da con mucha más facilidad hablar de ficción, no ficción y ese juego que son siempre las ideas.
A veces me sorprende, porque este blog impudico, puesto que esta en web, tenga comentarios sobre lo que escribo en él. Y siempre los leo con mucha emoción y curiosidad. Afortunadamente nunca han sido comentarios ofensivos, imagino que, porque tal vez de alguna manera este blog no puede ofender a nadie. Y casi nunca, también, contesto mis comentarios. Son como reglas extrañas que cada quien toma. Pero, hoy, vine a escribir porque, en realidad, agradezco mucho sus lecturas. De pronto me sorprende alguna amiga y me pregunta por cosas que nunca le he contado y a mi cuestionamiento de cuándo se lo dije, me responde un tranquilo: lo leí con kozamianas.
Nos mostramos siempre en este medio y nos leemos. Muchas gracias en este post 156 a todas las personas que han leído estas palabras, esta desnudez. Muchas gracias por tomarse de pronto el tiempo de decir: Vamos a ver que hay ahora en kozamianas y no encontrar nada nuevo o algun retazo más de cómo la vida se me va armando. Muchas cosas han pasado desde ese septiembre del 2004, cuando en el ILCE inicié este blog. Ya ni en el ILCE estoy y veamos para dónde sigue este camino.

Thursday, May 11, 2006

El gran acto jamás presentado

Mi colonia, cuando yo era niño, era un mal barrio. Cantinas por muchas partes, pandillas que se peleaban por un pedazo de calle, mujeres que murmuraban en las esquinas antes de pelearse y puestos callejeros de tacos de bisteck le daban vida a ese espacio insólito, terrible, lleno también de montes baldíos donde mis primos y vecinos de la cuadra armábamos pequeñas batallas campales. La flanqueaban por un lado (la siguen flanqueando, delimitan sus horizontes, marcan sus fronteras de por sí deslucidas, borradas que hay en toda colonia de ciudad), una clínica hacia el norte, una vías de ferrocarril hacia el sur. Al Poniente la lustrosa avenida Felix U. Gomez y al Oriente las naves industriales de Aceros Planos.
En esas calles se dio cita muchas veces la violencia y la muerte pero también el festival. A veces iban pequeñas ferias pueblerinas a sentar sus reales en los baldíos. Las luces de colores disfrazaban la noche con un carnaval efímero y el olor de las palomitas bordeaba la oscuridad, humedeciéndola de mantequilla. En otras, circos viejos, con telones raídos, carpas remendadas y leones flemáticos asistían a otros de sus llanos. Pasaba entonces una combi (casi siempre eran cmobis) y en megáfono invitaban a las magnas funciones de circo, a payasos de cuyo nombre no me acuerdo.
Acaso la magna función de circo en mi colonia ocurrió una noche cuando un circo presentó por única vez el "gran acto de todos los tiempos" de "la rueda de la muerte". La noche tenía expectativa. Los pocos que logramos entrar presenciamos cómo, luego de los insignificantes payasos, los gatos que caminaban por una escalera y saltaban, aparecía una gran bola de hierro. Esférica, hueca por dentro. El anunciate dijo que una a una iría a entrar cuatro motos a la esfera. El ruido de los motores tronó en la noche erizando pieles y avisando a los ojos a no perderse nada, a beberse esas imágenes para que no quedaran en el olvido. Una a una las motos entraron y cada una era recibida con regocijo y aplausos callados.
Cuando las cuatro motos se estabilizaron en distintas trayectorias dentro de la esfera el anunciante volvió a aparecer y dijo: Ahora, "Estrella entrará". ¿Quién era Estrella? Quién sabe, pero cuando la chica, vestida con un diminuto vestido plateado y lentejuela apareció en el ruedo una exclamación de asombro nos invadió. Era frágil, al menos esa impresión nos dio.
Apenas entró sólo era el sonido monocorde de las motos al pasar frente a ella, a un lado, moviéndo con la cauda de su velocidad su pelo, el vestido casi erótico, la sonrisa tatuada. Y yo imaginaba un choque, una moto que caía sobre ella, un cuerpo despedazado pero Estrella, al interior de la esfera, se iluminaba con un aura de gigante. Luego salió y las motos hicieron lo mismo.
No hubo más en la función pero afuera alguien dijo que eso ya lo había visto en otras ciudades y en otros circos. A la semana se fue el circo y nunca más volvieron las motocicletas a esas calles a causar prodigios más que para entregar pizzas o periódicos. No recuerdo cuando fue que los circos dejaron de ir a mi colonia Moderna pero sé que ahora, ese llano, es una gran bodega color gris en la que embodegan sacos de harina. A veces, cuando paso, cuando esta larga estadía defeña me permite ir al contacto con mis calles, pienso qué será de esa Estrella. Si, como esa noche, salvó a la muerte o hubo una infortunada tarde en la que las llantas finalmente lamieron ese filo grandioso de su falda.

Monday, May 08, 2006

A veces no hay nada que decir.

Sunday, April 30, 2006

Un cambio esperado

Pero si se me hace que no hicimos nada, protesta Vicente cuando le digo que ya acabamos de arreglar la nueva casa. Claro que sí, tú pusiste las colchas, Hinos colgó las máscaras y los cuadros, O limpió el baño y metió la ropa y yo acomodé la cocina, el escritorio, metí los libros en los libreros. Pero se me hace aún podemos hacer algo más. No, ya, así está bien, vamos ahora por las pizzas.
Así salimos los cuatro con la sensación de no salir de una casa a la que alguien recién se muda, sino de una casa largo tiempo conocida. Don Rafael "El gallo", como se llama el portero, nos despide con un gesto amistoso y enfilamos por la calle hacia las pizzas Zumpango, unas muy muy buenas, ubicadas en la colonia Júarez. Hinojosa y O hablan de libros, Vicente y yo de política mientras dejamos atrás la casa, mi pequeña pero acogedora nueva casa.
La mundanza apenas si llegó a las cinco de la tarde en mi domicilio anterior y para las seis todas mis cosas estaban ya en su nuevo sitio. En Zumpango comí una calientita y delgada pizza Don Ho: jamón con queso, mientras O y Vicente engullían una de salamí e Hinos una Ary's Pollito con elote, pollo, queso extra y rodajas de pimiento. Platicamos de lo de siempre: las historias, la escritura, el norte. O es de Monterrey, Vicente de Torreón e Hinos de Tijuana. Puras acotaciones, revires, zarzuelas y festividades norteñas nos salieron mientras las pizzas se enfríaban.
Al salir, después de las despedidas tradicionales volví a casa y no pude más que sentirme afortunado por contar con una casa con aire a hogar y una casa tan cerca de todos mis sitios: la casa de O y la Fundación.
Así entonces, la mudanza ha concluido.

Wednesday, April 26, 2006

Clase de fotografía

Se llama Grace. Está ahorita sobre una silla, con una hambuerguesa con papas y refresco frente a ella, en una mesita. O la mira desde el sillón, de reojo nada más mientras observa en un libro imagenes de la ciudad de Barcelona. Yo ni veo. Espero que termine de tomarle la foto a la hamburguesa para poder comer. La hamburguesa es mi comida el día de hoy.
Estamos O y yo en casa de Grace tomando fotos de comida. Es sábado, hace calor. Parte del menú son unos pescaditos empanizados, nieve, yogurt y frutsis. Es sábado y estoy feliz. Aunque también tengo hambre. Después de varios clicks finalmente queda la toma de la hamburguesa. Ya está tu comida, me grita Grace, toda contenta, siempre con una sonrisa al portador, siempre con una palabra dicharachera de cambio. Pero no le quitaste el alma? No, como crees. Y me como la hamburguesa sin sabor. Sí se la quitó.
El resto de la tarde cocinamos varios platillos para que pasaran a la posteridad en las fotos. Nunca había conocido a una fotógrada de comida. Cortamos rodajas de zanahora y le hacemos forma de estrellas, lo mismo con un tomate al que llenamos de mayonesa y le ponemos un poco de orégano. Cocino los pescados empanizados y debo decir que me quedan doraditos, crujientes.
Es una tarde flash de cámaras y mordidas a danoninos y nieve.
Y ahora que lo escribo, veo que no soy fiel, en realidad, a lo que pasa, al motivo festivo de la tarde mientras cortábamos o cocinábamos y Grace acomodaba la comida, mostraba las capturas, desechaba las que no le gustaran. O le daba ideas para los fondos de las imágenes. Coloreaba algunas hojas. Al final, estábamos cansados, bastante.
En la semana le pregunté cómo le había ido con las fotos: triunfé, me dijo Grace entre risa y risa. Ah, que bien. Yo tomé ya, la decisión de no ir más a ayudarle. Sólo en una tarde me entambé cerca de 4,000 calorias y no puedo darme el lujo de hacer eso todos los sábados.

Monday, April 24, 2006

La casa

Es mi séptima casa en el distrito federal pero creo que, de alguna manera, finalmente he llegado a mi hogar. Tiene una cocina pequeña, donde no hay espacio más que para un refrigerador pequeño y una estufa decente. En una pared está empotrada una cocineta blanca y el lavabo esmaltado en blanco tiene el espacio sufiente para mis sartenes, ollas, platos y más con los que cocino.
La sala comedor es algo amplia pero ya veo ahí mis libreros, las paredes con mis máscaras y cuadros de Brenda Togno y Joy Laville, además de la fotografía inmensa que N me dará, una foto suya para mis paredes. Hay espacio para una mesa con cuatro sillas, un´lugar para poner el aún hipotetico futón y una mesa para la tele.
El cuarto tiene paredes blancas y un closet del mismo color donde pondré mi cama con sus colchas amarillas o naranjas dependiendo de la lavandería. Además tiene un baño amplio. Así que es mi casa, mi nueva casa, bien cerquita a la anterior, más cerquita a la Fundación, un portero que se llama Rafael "el gallo" y que, cada que me mira, se cuadra para saludarme como militar.
Es segundo piso y el departamento tiene unos amplios ventanales que dan a la calle y está alfombrado, una alfombra discreta y gris que no le va nada mal. Fue mucho caminar pero di con mi nueva casa. Estaba tan cerca a la anterior y yo buscando hogar muy lejos, qué ironía.

Wednesday, April 19, 2006

2 día al garate o cómo encontrar casa en el d.f.

La quinta Casa

¿A ver? ¿No me entiende? ¿Hablo mal o cómo?, porque no entiendo cómo es que usted me pregunta si el departamento es compartido. Eso me dijo el Señor Campos por teléfono. Y lo soporté porque su anuncio decía: Col. Juarez, dos cuartos, cocina, 2,200 pesos. A las siete estaba, puntual, frente al edificio. Era una construcción de tres pisos. Un departamento vacío al frente con ventanas grandes. Una pareja esperaba también. Empezamos a platicar y a esperar al señor Campos. Cuando llegó nos ordenó que no cerráramos la puerta. Adentro era como entrar en un laberinto, la comuna, los túneles de un hormiguero. ¿Cuántas casas hay aquí? preguntó el chavo de la pareja. El departamento. Bueno. ¿Era un departamento? Tenía vista a dos puertas. Eran dos cuartos con una duela viejísima. Para ir a la cocina se tenía que cruzar un pasillo que iba por encima de un patio. El baño, bueno. No lo describiré. En la cocina había espacio para la estufa o para el refrigerador. Salímos huyendo mientras una fila de sin hogares como yo avanzaba por el pasillo.
Ubicacion: Col. Juárez. Renta: 2,200
La sexta casa
Las escalerillas eran negras y al llegar al departamento en la azotea sudaba. Unos lavaderos se hacinaban al centro. La casa era de tres cuartos, como bien decía el anuncio. Pero la casa tenía forma de bumerang. La cocina y el baño de un lado. Al centro, un cuarto con una pared curva. Del otro, dos cuartitos más. Las ventanas daban a la calle y el techo se encontraba algo bajo. Lo mostraba un doctor, aséptico en el trato como sólo los doctores pueden serlo. Tampoco era la casa.
Ubicación: Col. Juárez. Renta: 2,800
La séptima casa
Pues le hace falta pintura y algunas conexiones pero yo no tengo tiempo para hacerlo. ¿Le entras?
Ubicación: Col. Del Valle. Renta: 2, 500
La octava casa
Ahí voy... gritó doña Elena. Luego subió a mostrarme el departamento. No era una huevito pero se le parecía. Sí. Estaba bonito pero era muy chico. Mucho muy chico.
Ubicación: Col. Júarez. Renta: 3,000
La novena casa
Abrió y era un paraíso. Estancia comedor muy amplio. Cuarto bastante grande. Ok. Las ventanadas daban a una pared grandísima y gris pero abajo, en un patio, había un estanque con muchos peces. Me dije, bueno, cuando quiera matar a alguien por la pared, tiro una piedra al estanque y listo. Luego llegó la oferta. Salí pensando que la vida es cruel. Al final de cuentas, lo único que la gente quiere es pagar algo razonable por un lugar donde no se deprima o de perdido, disfrute un poco de paz y tranquilidad. Los renteros del mundo no lo ven así.
Ubicación: Col. Roma Renta: 4,500

Tuesday, April 18, 2006

Día 1 al garate o como buscar casa en el d.f.

En la primer casa
La hija de la portera sale con aire fachoso y enojón. Me dice que no me puede recibir porque a su mamá la acaban de operar. Todo en la forma como me contesta denota fastidio, hueva, hartazgo. Es que estoy apurado, le digo y ella sólo tuerce la boca. No, pues no sé, me dice, ven el sábado si quieres para que te muestre mi papá los departamentos. Luego cierra y veo el edificio. Verde verde verde.
Renta: 3,000 Departamento de una recámara, cocineta y baño.
En la segunda casa
Ni siquiera me abrieron aunque la manta decía: Se renta. Informes con la portera. Me estoy dando cuenta que las porteras son quienes en realidad poseen las llaves del reino.
Renta: 3,500 Departamento de dos recámaras.
En la tercera casa
No, mira, si es un huevito. Me dijo el rentero, para qué te miento. Pero esta es una buena zona. Así que entré y vi. Nah, ¿cómo crees que esto es un huevito? Y sí, no cabía ni mi cama. Las paredes estaban bonitas. Eso sí. Pero para entrar al baño había una puertita pequeñita de dos aguas. Tendría que bajar al menos, unos tres kilos para pasar con tranquilidad y poder tomar el jabón del piso.
Renta: 2,600 Departamento para gente de Liliput.
En la cuarta casa.
¿Entonces, no te gustó?, deja te muestro el otro. (era el mismo del huevito). Era, ahora sí, una casa, un lugar donde alguien viviría con dignidad. De eso se trata, creo, vivir con dignidad aunque sea un lugar chiquito. Dos recámaras, balcón, cocineta, baño amplio. Pero en cuanto me pidió los requisitos se me fueron los colores del rostro. Salí viendo una casa que no podría pagar.
Renta: 4,650 Departamento muy padre.

Saturday, April 15, 2006

A buscar casa otra vez

Estoy entre triste, enojado y qué se le va a hacer. No tenía ni dos meses y medio en la Roma cuando ya me pidieron el departamento. Mis amigos me dicen: has pleito, no te puede sacar si firmaste un contrato pero yo, más bien, lo veo como una derrota ineludible. Pelear es desgastarse. Pelear es perder energias por una casa que, de entrada, ni es mía ni nunca lo será. Así que me voy. El saldo, como sea, es blanco. Hice dos buenas fiestas en esa casa. La primera fue el open house y la segunda fue para festejar el Torri. Casi 75 personas estuvieron en esas paredes. Y, además, ahí empecé mi relación con O, que es como todas las casas del mundo.
Entre triste, enojado y qué se le va a hacer estoy buscando otra casa. No me quiero mover mucho. Hace ratito vi un departamento en renta por Insurgentes y la próxima semana empezaré a ver más por la Roma, la Juárez y colonias circunvecinas. Ahora que lo pienso, siempre quise también vivir en el Centro Histórico.
Así que otra vez a buscar casa. Cuatro años y llevo ya, con esta nueva, siete casas en el Distrito Federal. Ahora y desde antes, reconozco y comprendo las palabras de mi madre: fíjate en tu papá, me decía, y comprate algo tuyo, una tierra que sea tuya y de donde nadie te pueda sacar, una casa donde puedas hacer lo que se te antoje y no hagas rico a otros. Veamos que pasa. Debo de ponerme a escribir. No es por moda ni por socialidad ni por conocer a los mejores escritores ni por poner el nombre en una marquesina. Sino escribir, escribir por supervivencia.

Saturday, April 08, 2006

Dehesa

Comencé a leer a German Dehesa a los once, doce años, cuando él escribía para el periódico El Norte y yo vendía el periódico en las viejas calles de la colonia Victoria. Me hice fan, al instante, de su afilado humor, del su lirismo cínico y sarcasmo político. Siempre lo leía, invariablemente, al filo de las diez de la mañana cuando las horas arduas de ventas ya habían pasado y sólo quedaba un remanso para liquidar los últimos periódicos.
Cuando el periódico El Norte, o Grupo Reforma entró a la ciudad de México y se enfrentó a las prácticas monopólicas de El Universal y otros diarios de la capital, German Dehesa y todo un grupo de colaboradores de El Norte o El Reforma, salieron a las calles a vender sus diarios. Dehesa vendía cerca de 6,000 ejemplares diarios. Algo sorprendente, comparado con los ochenta o cien periódicos que yo vendía en mi puesto al aire libre.
Ya en el Distrito Federal, en una fiesta ya lejana en el tiempo, tuve la oportunidad de conocer a Juana Inés, su hija. Juana hablaba con singular apostura de diversos temas. Yo ni le pregunté por su papá. Pero lo cierto es que, ya tenía un tiempo sin leerlo. Simplemente, un día Ratán, el Bucles y la Tractor dejaron de interesarme. Por eso, hace una semana cuando el maestro Langagne nos dijo a Boone y a mí, al monclovense y al regiomontano que irían ambos a una entrevista a la radio con German Dehesa, como parte del ciclo de becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas que irían con él, no pude menos que alegrarme.
Un día antes de la entrevista fui a una presentación del libro con O. Ahí estaba Dehesa. Semejaba un conejillo fiero sobre la mesa. Habló de política, se mofó de Fox cuantas veces quiso, de la Chachalaca mayor, López Obrador y al mismo tiempo habló de poesía. Habló de un mundo salvaje donde la poesía no era apreciada. El público le aplaudia todas sus palabras. Al final, mientras O y yo aguantábamos un tanto la risa por los nervios del presentador, German Dehesa dijo un último poema de Quevedo. El público compuesto por muchas viejitas suspiró como el mismo Quevedo hubiera salido de la tumba a recitarles sus versos.
El día de la entrevista estuvimos tranquilos. Saber de German Dehesa, que sólo esa mañana había escrito en su columna de Reforma una ácida crítica contra el presidente de la república, al decir que lo manejaban desde la cama, era como atestiguar un meteoro. La entrevista corrió por tópicos de la creación, de cómo empezamos Boone y yo a escribir. Dehesa habló de la poesia, del valor de las palabras y al final nos permitimos bromear con él al aire.
Nunca he escuchado su programa de radio y no creo que escuche nunca la entrevista que nos hizo ese martes. Lo que sí creo es que visitarlo, ser entrevistado por él me supo mucho a esas mañanas cuando lo leía a las diez, cansado ya del ajetreo matutino, firme en mi puesto en aquella esquina de la calle por donde pasaba el ruta 82, frente a una tortillería. Recordé ese tiempo, la forma como se desenreda la vida, no hacia Dehesa, no, qué va, sino hacia el origen. Siempre estamos yendo al origen, a la semilla de nosotros mismos.

Monday, April 03, 2006

Una de las cuatro de la mañana

Hinojosa, Cristian Peña y Sarabia discuten con Espartaco sobre literatura. Yo les preparo quesadillas. La casa es literalmente un asco. Botellas por todas partes, en una esquina hay como un lodo pequeño y no sé como es que ese lodo ha llegado ahí. Mi O me dice que hay gotas de vino en una silla. Mi casera se va a infartar pero les sigo preparando las quesadillas. Las sirvo en platos amarillos desechables. Ellos las comen, las pasan con cerveza. En algún momento de la noche Espartaco y los demás están a punto de los golpes. No te puteo nada más porque estas en la casa de mi amigo, le dicen. Espartaco sigue con su postura Browniana.
Yo sigo con mi postura de chef. Corto las rodajas de queso Monterrey Jack, unos trozos de salamí y jamón. O limpia un poco la casa. Ninett duerme en el cuarto contiguo. Vámonos, grita Hinojosa y salen en un barullo de cacerolas y mordidas. Vamos hasta Acapulco, gime Sarabia. ¿Estas bien, seguro? le pregunto. Sí, si, nada más dame un café. Se lo toma y ahora sí, se van.
Salen con la madrugada y las cuatro en el alba. ¿Qué le puedo decir a Espartaco si acaba de casi insultar, borracho, a mis amigos, si el mismo Espartaco es mi amigo? Nada.
Las noticias son que lejos, muy lejos, al menos de eso me entero el sábado, Hinojosa y los demás chocaron, o los chocaron y persiguieron al otro conductor que se había dado en la fuga. En mi casa, en tanto, ya no quedaba queso y en la mañana, cuando me puse a limpiar, nos pusimos, mas bien, sacamos seis bolsas de basura. Poco para una fiesta donde siempre estuvieron cerca de sesenta personas.

Saturday, April 01, 2006

Tarde de Juárez

Frente a la iglesia metodista en la calle de Gante hay dos pequeños restaurantes de tacos. Tienen unas mesas pequeñas, con sombrillas verdes, mesitas circulares donde apenas si te caben los platos y el refresco. En la iglesia metodista, a un lado de las escaleras —cinco o seis escalones que conducen a una puerta de abeto— hay un hombre calvo, con camisa y pantalón de vestir. Intenta mover a un indigente tirado en el suelo. El indigente es un viejo cubierto con más de cinco suéteres. Unos cartones la hacen de cama pero el viejo se encuentra lejos de ese placer. El hombre calvo intenta moverlo pero no puede. Mira hacia la gente que pasa con aire de ayuda pero nadie que pasa lo ayuda. El anciano sigue tendido. Orfa y yo los miramos mientras esperamos nuestra comida. Voy a ayudarle, le digo. Me pongo en pie y por alguna razón siento que todos los que han visto el afán del hombre calvo por mover al viejo ahora centran su atención en mí. Como parte de una obra entro al escenario. ¿Quiere moverlo? le pregunto al hombre calvo. Sí, pero no puedo. El indigente me lanza una mirada rápida. Tú me cargas de los hombros, él de los pies. Su orden llega sin contratiempos. Ahora soy el mandado. Entre los dos lo acomodamos, lo ponemos bajo una pequeña saliente que podría protegerlo del frío, de una lluvia que hoy 21 de marzo intenta salir.
Cuando regreso una mujer me dice: Dios te bendiga y yo me siento otra vez a la mesa y observo al indigente que saca un periódico y comienza a leer. Pero ni Orfa ni yo lo miramos mucho tiempo. Los dos seguimos al hombre calvo, algo gordo, que lleva en la mano un pastel. Lo imagino llegando a su casa con el pastel en la mano, contándoles que se demoró un poco por ayudar a meter a un indigente. Y me consuela un poco que este acto desapercibido tendrá siempre una complicidad mutua entre él y yo. Siempre, o tal vez no, recordaremos al pasar por la calle de Gante al viejo junto a las escaleras de la iglesia metodista.
Cuando el hombre se pierde entre la gente el mesero nos trae los tacos. Los míos son de surtidita. Los de O son de maciza. Voy a lavarme las manos, le digo. Ella asiente. Sí.

Wednesday, March 15, 2006

Venta al por menor

Salí en la mañana con nueve periódicos Record, y tres El Universal. Salí con ellos bajo el brazo, listo para venderlos en una compra de periódico a calle y media de mi casa. Llegué, los pesaron. El dependiente batalló un poco para dar con el peso exacto. Cinco kilos, dijos. ¿Y a cuánto está el kilo? pregunté con la esperanza de, al menos, alcanzar a comprarme con ese dinero, un tamal. 4.50 me respondió el hombre. Me entregó dos monedas de a peso, una de a dos y una de cincuenta centavos. Esos periódicos me costaron, en total, mínimo 60 pesos y ahora ni para el tamal me costaron. Como sea me comí uno de rajas con queso. Estuvo delicioso. Es tres meses más llevaré más periódicos.
Tuve, mientras caminaba, la idea de recoger los que estuvieran en la calle.

Saturday, March 11, 2006

Retrato de cuatro presentadores

Cuatro en el estrado.

Hernán


De noche y la fiesta era en casa de Rocío Cerón. Estaba entonces, apenas, en mis primeros y nerviosos meses en el distrito federal, e ir a una fiesta me entusiasmaba porque en realidad tenía como cuatro meses sin asistir a alguna. El microbús me llevó desde Aragón hasta Hipódromo Condesa y cuando llegué a la fiesta me sentía animado, tranquilo, en paz. Susana, Marina, Rodrigo y Claudia Guillén estaban ahí. Había música rélax en el estéreo que se encontraba en una esquina de la casa. La fiesta navegaba en aguas tranquilas hasta que un muchacho alto, con lentes negros, pelo crespo y sonrisa cordial gritó: “Vamos a cambiar esos discos”. Se abrió paso hasta el estéreo, revisó los cidis y apenas puso la canción de: “Qué pasará, qué misterio habrá, puede ser mi gran noche,” la fiesta dio un giro hacia la locura y todos empezaron a bailar. Ese muchacho era Hernán. Me lo he encontrado en otras reuniones, en un camión atestado de becarios del fonca camino a Morelia o cantando en la noche bajo la luz amarillenta de los arcos en la plaza de Veracruz, y ahora casi todos los días en el cubículo junto al mío en la Fundación. Bailador excepcional, poeta intenso, crítico puntual, antologador visionario y buen amigo, siempre ha sido una celebración sus palabras y un deleite hablar con él lo mismo del verano en turno o de poesía. Gracias, Hernán, por estar aquí.



Socorro


Cuando apareció en aquella salita de la casa donde se encontraba el Centro Mexicano de Escritores supe que iba, con el tiempo, a querer, estimar y admirar mucho a Socorro Venegas. Con ella y Efraín, su pareja, he ido a comer chapulines a Tepoztlan, a comer pasta en un restaurante junto a la catedral de Cuernavaca y a una que otra boda en tardes donde todo tiene un aire festivo. La he visto en Monterrey en una mesa de lectura, en el Café iguanas, en centrales camioneras y en el patio de una de sus casas donde crecían naranjas. A Marcelo, su hijo, le regalé un títere hace mucho tiempo y en familia hemos visto la serie de 24 una tarde algo helada por fuera pero tibia y familiar por dentro. Admiro de Socorro su tesón, su escritura y agradezco la amistad que me tendió cuando no conocía a nadie en el distrito federal y las reuniones de los miércoles en el centro mexicano eran como un escaparate hacia la buena vida. Una vez aunque me desvié como una hora la acompañé hasta taxqueña y platicamos muy a gusto en el camino. Agradezco también que venga desde Cuernavaca a fiestas en Xochimilco como agradezco mucho que hoy, haya tomado un autobús y que en el camino, mientras el camión daba la vuelta en la pera o serpeaba los desfiladeros verdes leyera o no esta presentación que está a punto de leerles.


Rodrigo


Pues ándele, anímese, es lo que Rodrigo me dice siempre que voy con él con alguna duda literaria, personal, revanchista o más. Y como es norteño dice también palabras como “Sí K”, “cheve”, “morro” y el apócope de órale: “ooora”. Los cuentos de Rodrigo cargan con un humor muy fino y sus personajes son personas desesperadas, aburridas, sin chiste a quienes les extrae una gota de belleza. Pero, los chistes de Rembao de: Soy Homero el trailero, el de batman, el del luchador y el de están todos contentos, simplemente nos y me han hecho reír tantas y tantas veces que le debo muchas carcajadas en estos cuatro años y también leer buenos cuentos. Gracias a él he conocido mucha gente y en su trabajo como periodista ha hecho muchas de las entrevistas que he querido hacer en la vida. Un día estuvo casi doce horas entrevistando a Michael Jourdain y a las edecanes del Consejo Mundial de Lucha libre y a Venessa Vauche, Charlyn Corral y a Flor Gervera, la flor mas bella de Xochimilco en fiestas pasadas. Inventa comidas, es fan del fútbol americano, cinéfilo y posee un repertorio de mp3 de música de los ochentas cuyas letras tienen tanto humor involuntario que bueno. Xochimilcazos, karaokazos, idas a la lucha libre a ver al Místico con él y Xóchitl, su esposa han sido parte de fiestas que hemos compartido, como hoy, gustosamente, esta mesa de presentación. Gracias.


Boone

Hay un muchacho ahí en la Fundación que te vas a encontrar, me dijo Toscana en un mail, es de Monclova, se llama Boone, seguro te va a caer bien. Terminé de leer el mail y entre líneas entendí la sugerencia de Toscana: también es mi amigo y el amigo de mi amigo pues es mi amigo. Y aunque no busco amigos por sugerencia lo cierto es que Boone es un buen amigo y no porque Toscana lo haya mencionado. Tiene una hija que se llama Marifer con quien he bailado en una posada en la fundación y a quien he llevado a los columpios. Su esposa, Tere, cocina muy rico y es un gusto seguir encontrando gente que será importante en la vida de uno. Poeta, narrador, maestro de primaria y muy monclovense es Boone. Me da gusto saber que cuando yo iba a Monclova a mis 18 y 19 años a vender ropa deportiva y andaba en esos campos secos y agrietados de fútbol, en ese aire polvoso y con una sensación a fierro por los hornos de AMHSA, muy cerca vivía un poeta joven que casi diez años después estaría en esta mesa compartiendo con ustedes su lectura de un libro que a los 18 ni siquiera sabía que estaba en mi camino. Y antes de terminar, quiero agradecer públicamente a la salmonelosis y a la tifoidea que le dio a Boone hace como una semana, fueron tan buenos virus que atacaron a Boone con el tiempo exacto para que fuera al hospital, lo internaran, saliera a recuperarse y pudiera estar aquí, esta noche.

Conmoción

Luego, ya casi todos se habían ido, mientras sólo quedaban en algunas mesas gente del ILCE, de Santander y unas amigas, fue que me conmoví. Apenas una hora y media antes aquella sala se encontraba atestada de gente. Paulina, Cintia, Lucius y más se encontraban en los balcones y escuchaban a Boone, Rodrigo, a Socorro, Hernán o a mí. En la puerta de la entrada se arremolinaba más gente. Algunos becarios, personas de otras partes. Las diez mesas se encontraban atestadas y la barra llena. Aún en las escaleras había personas. Y la presentación avanzaba a buen ritmo. Hernán leyó el cuento de Bandidos, Socorro dijo que mis historias eran desoladoras, Rodrigo dijo, entre risas, que compraras Todos los días atrás a pesar de mis fotos en la solapa y la contraportada. Boone, en cambio, habló de las cualidades del texto, de su diez en la encuesta de El Norte sobre escritores regiomontanos.
Pero sólo, como a hora y media después cuando bajamos Ninett, César Guiterrez, Gándara, Orfa e Irazema, mientras iba con la caja de libros que habían quedado después, fue que me conmoví al recordar a la mamá de Adriana, mi jefa en la escuela, toda ella arreglada y sonriente al acercarse a que le firmara el libro. Agustín estaba también ahí, escapándose por un breve momento de la campaña presidencial. Y los ILCES habían venido desde el sur, atravesando toda la ciudad de México y Rous desde su casa por circuito interior, Ana enferma pero en primera fila, el maestro Langagne en otra.
Sólo entonces, sí, me conmoví porque era martes, casi las diez de la noche y muchos regresaban de mi evento. Decían que nunca habían visto una presentación de libro donde el autor del libro presentado, presentara a sus presentadores de una forma tan cálida. A mí me pareció una buena forma de decirles a los cuatro que se les estima. Pero ya eran las diez cuando nos encaminamos sólo unos cuantos al Covadonga a cenar. Más tarde cuando iba camino a casa con Ella abrazada a mí y nos daba el aire fresco de la noche fue que me di cuenta de una cosa en la que no había reparado: nunca más presentaría por primera vez un libro en la ciudad de México y que bueno, que agradecimiento que la primera vez haya sido un evento insuperable de afecto.

Monday, March 06, 2006

un buen fin de semana

Es la una y veo mi cuarto. Una toalla está sobre la cama, unos zapatos fuera de su lugar. Un par de cuadros siguen recargados en la pared y creo que ya es hora de acomodarlos. Prendo la televisión y la dejo en el canal cuatro donde pasan la nascar busch en la ciudad de México y voy a la sala con el ruido de los motores inundado mis libros. Acomodo algunos trastes, limpio el librero, abro las cortinas y una luz blanca blanca lame los sillones donde está el periódico y un comic que compré en la mañana. El comic se llama Robotech y aunque no tengo las cinco series completas intento tener la colección completa.
Mientras el ruido de los motores siguen en marcha recibo un mensaje electrónico. Es H. Quedamos de vernos a las tres en el parque de río de Janeiro. El parque está casi en una orilla de la colonia Roma. Es grande y tiene al centro una gran fuente con la réplica de un David. Cuando salgo descubro una colonia tranquila, negocios cerrados, alguna gente pasea a sus perros y el sol lame las banquetas, se entrevera entre las ramas de los árboles, salta jubiloso en el capacete de los coches estacionados. Corre un aire tibio y nada más.
En el parque unos niños corren entre los pasillos y una mujer blanca con pelo rubio pasea a su perro. Haydé llega por una orilla del parque y nos encaminamos a un café. En el camino, frente al Hospital de Durango, me dice: siempre he querido comer ahí. El restaurante se llama Andramari.
Cuando entramos es como descubrir un pequeño eden. Las mesas están dispuestas alrededor de un jardín y al centro del jardín hay un gran sauce del que penden alimentadores para pájaros y colibries y un revoloteo de gorriones y colibries es lo primero que te saluda al entrar. Poca gente come pero el aire adentro es un poco más helado. Un pequeño riachuelo artificial rodea al sauce y baja en escalones hasta un laguito.
Haydé pide pato y yo un tazón de fabada y mientras comemos el aire mueve las hojas y un murmrullo de hojarasca envuelve el lugar. Comemos con calma, platicamos, nos reímos, untamos piezitas de pan con mantequilla. AL final pido un arroz con leche y cuando salimos nos detenemos frente a una vitrina con hielo y adentro hay camarones gigantes, brillosos, su carne suave y anaranjada sigue dura entre el hielo que los refleja.
Salimos a buscar un café y lo encontramos en otra plaza de la colonia. Alrededor de la plaza hay varios cafés y mucha gente toma y platica. Las risas nos llegan con claridad desde todos los puntos posibles. Venden paninis y más. Tomo un descafeinado y mientras la tarde sigue cayendo. A las seis me despido de Haydé y regreso a casa. La colonia Roma los fines de semana es la tranquilidad vuelta verdad. Entre semana los negocios y el tráfico la vuelven tediosa, aburrida, pero los fines un aire calmo la inunda. Las luces de un par de bancos ya están prendidas y un par de ciclistas pasan junto a mi y se pierden en una esquina.
A las siete salgo de nuevo a casa. Debo leer algo y camino hacia el otro lado de la Roma. Atravieso la rotonda del metro insurgentes donde unos muchachos patinan y hacen acrobacias y decenas de enamorados o gente que espera deambula entre las jardineras y la entrada del metro. En la zona rosa busco un café y pido un smoothie de chocolate blanco. Leo desde las siete hasta las nueve y media, de jalón, poco entretenido en lo que leo pero debo de hacerlo. De regreso paso por una iglesia y afuera venden elotes. Pido uno. El sabor caliente me llena el paladar junto con el picor del chile. LLego a casa a dormir y son las diez y media. Mañana, hoy, tengo lectura en la Fundación. Apenas me duermo pienso en todo lo que hice: el sábado poner examenes, ir al cine, en la noche ir al concierto de Ely Guerra, leer el periódico, ir a comer. Ojalá haya más fines tranquilos como este.

Friday, March 03, 2006

Escribir.
Escribir.
Escribir.
Escribir.
Que si el texto, la nota, la última versión, que si el personaje o no.
Escribir más que un exorcismo es como una piedra en el zapato que es imposible quitarse.
¿Llegará algún día la historia perfecta, la intención verdadera, el golpe seco de un personaje
inolvidable?
¿Llegará algún día esa sensación de transmitir correctamente lo que se quiere?
Escribir.
Escribí
Escribo
Escribiré
Dejé de escribir
Escri
Es

Hospitales

Hospital. He olvidado lo que se siente estar en un hospital en la madrugada. Todo se encuentra en silencio. Alguna enfermera pasa con aire silente y sólo alcanzo a ver su silueta que se pierde en el pasillo albo. Un olor a medicina anda entre las bancas de la sala de espera. Son bancas de fierro con cubiertas plásticas. ¿A quién se le ocurrió pensar que pueden ser cómodas para dormir en la madrugada?; pero me siento, me recuesto, pongo la chamarra de Boone como almohada, su gorra del Fondo de Cultura Económica e intento dormir. Son las doce y media. Dentro de dos horas saldrá el doctor para decirme cómo ha evolucionado mi amigo. Siempre he sabido que el desvelo es inutil en estos casos. Pongo la alarma del celular para las dos y aunque intento dormir no lo logro. La banca es incómoda. Hace rato me puse a caminar en los pasillos y llegué a la recepción. Un hombre con manos toscas atendía. Alzó la mirada con aire somnoliento, arrebujado en unas mantas aún y cuando era el frío lo que andaba afuera. Preguntó con voz tosca algo que no supe entender y se volvió a arrebujar.
Afuera del hospital está la calle de Londres. Muy cerca hay antros y restaurantes y por eso no es difícil ver algunas parejas que caminan abrazadas o taxis que pasan. Me acuerdo de hace muchos años, muchos ya, cuando miraba desde el ventanal del sexto piso del hospital No. 25 a la gente que pasaba por la avenida López Mateos y Lincoln. Estaba enfermo de asma y vivir fuera de ese lugar era como tentar a la muerte.
A la dos de la mañana sale el doctor y me llama. Me da los generales del caso y me dice: Dígale a su amigo si se interna o qué hace. Voy y Boone está tirado en la cama. Le cuento, le sugiero que es mejor internarse y él asiente. A las tres de la mañana está cómodamente instalado en su habitación y yo salgo con la noche a la casa que está a sólo cuatro calles del hospital. Hace frío, pero al menos Boone ya comienza a recuperarse. Dice que quiere estar listo para el martes y pueda presentar mi libro. Estoy seguro que si

Friday, February 24, 2006

Falsa alarma

Se me olvidó mi celular, le dije a Boone en el taxi camino a la Residencia de Francia donde le entregarían a David Toscana el Premios Antonin Artaud. Bueno, ni modo, me contesté porque ya estábamos en el grave problema de no perdernos en la colonia de Lomas de Virreyes. Pero, durante la ceremonia pensé que era una lástima no traerlo. David hablaba en ese momento de un recado que le habían dejado de la gerencia del hotel donde le informaban que en la compra de dos malteadas le regalaban un chocorrol. La historia me gustó y quise compartirla con alguien pero el celular, bien gracias, bien cuidado en la Fundación.
Luego, la noche, mientras andábamos por la calle pensé que si trajera mi celular podríamos llamar un taxi y no recorrer las vigiladas calles de la colonia donde guardias nos preguntaban el quien vive casi cada doscientos metros.
En la mañana llegué temprano y el celular no estaba. Había en mi escritorio el cargador pero del celular nada. Me puse serio. Me preocupé. Seguro es una broma de Hinojosa pero Vicente le llamó a Hinojosa y me dijo que él no lo tenía. Comezaron las indagaciones, preguntamos quién había sido el último en irse y nadie sabía nada del celular. Se lo robaron. Y batallé para llegar a esa afirmación. Se lo robaron, claro. Y María, Hernán, Claudia, Gaby, Alfonso, Alberto, todos, hicieron un círculo alrededor de mi cubículo para lamentarse conmigo por el robo del celular. No era muy bueno, más bien viejo pero era mi celular. Me dio mucho coraje. Dile a Langagne, me dijeron todos.
Por la tarde fui al cine a ver Bandidas para quitarme el coraje del robo y por la noche vino el maestro Carlos Prieto. Tocó una parte de la sinfonía No. 5 de Bach. La sarabanda, quinto movimiento de la pieza, era muy rítmica y me acordé de mi celular. A la salida el tema seguía en el aire y cuando le dije al maestro se enojó, se preocupó, hubo movilización general. Mi celular robado era tema de conversación.
Dormí mal aunque soñé que conducía un carro de carreras e iba en primer lugar.
Por la mañana la casa olía a cigarro (había tenido visitas a cenar) y me desperté aún encorajinado. Luego fui al Mercado a comprar una bolsa para la ropa sucia. De pasada entré el centro cultural telmex. Vi un kiosko con celulares. Suspiré. Me acerqué. Vi los precios, los modelos aunque no había nadie para informarme. Era sólo un kiosko solo en una plaza. Un hombre con un celular robado que miraba con una bolsa para la ropa sucia junto a él. Decidí salir, caminar hacia el Hotel Ensanada y me encontré a Toscana junto a una computadora, contestando unos mails. Más tarde llegó un chico a entrevistarlos y los tres nos fuimos al café del Wings. Camino a la Fundación le conté a David del hurto. Sólo subió el labio inferior en señal de desaprobación.
Pero, cuando llegamos, Karla apareció. Karla con su sensación de ángel. Karla con su mirada azulada y clara como el agua de una pileta. Apareció tu celular, me dijo. ¿En serio? Me lo entregó descascarado como está, las letritas NOKIA al frente. Lo guardó Francisco, se le olvidó decirle a Ciri. En fin. Apareció el celular.

Monday, February 13, 2006

Crónica de un día cualquiera

Me levanto al cuarto a las nueve y siento el frío. Hace frío. Las cortinas se encuentran heladas y más allá de ellas veo un cielo blanco, neblinoso. Y es domingo. Apenas veo al alfombra la encuentro sucia. Creo que ya es hora de limpiarla. En el baño me recibe el altero de ropa sucia. Creo que ya es tiempo de ir a la lavandería y al verme en el espejo pienso: también es hora de cortarme el pelo. Y cuando salgo a la sala y veo bolsas por todas partes, la caja donde dueme el librero sin armas, los sartenes sucios en el lavabo, el desorden de comida dentro del refrigerador, me digo que sí, ya es hora de limpieza. Pero antes, y me asomo por la ventana al pasillo donde ya se reúnen los vecinos, tengo que ir a la junta de condóminos.
Abajo la mayoría anda en pants y sudaderas pero algunas se han vestido muy formales, el pelo recién lavado y el tacón punta de observáme. Tres horas les lleva ponerse de acuerdo en el asunto del cajón de estacionamiento, intentar averiguar qué vecino se roba la correspondencia y al rompe, cuánto cuestan los motores y controles remotos para la puerta de entrada, si tienen o no que destruír parte del jardín para hacer dos cajones de estacionamiento más y quién llevará la administración. Los vecinos se quejan, se pelean, se contentan, sonríen nerviosamente entre ellos, cuchichean a espaldas de quien tiene en ese momento la palabra, reniegan de condóminos que meten dos coches pero al final, se dan la mano como buenos vecinos y cada quien regresa a su casa
Y miro la hora. Ya es la una y cuarto. Salgo en estampida de la casa con el libro de Lo bello y lo triste de Kawabata en las manos y me dirijo al Centro Cultural Telmex. No tengo mucha hambre pero me como unos tacos de alambre y entro al cine a ver Orgullo y prejuicio. La gente aplaude al final, una vez que Elizabeth se queda con el tan emblemático Mr. Darcy y el Sr. Bennet dice: Si alguién viene por otra de mis hijas, que pase, ahorita estoy desocupado. Es increíble cómo la novela de Jane Austen ha sobrevivido y cómo esos moldes de la sociedad victoriana sólo han cambiado de nombre pero siguen siendo los mismos.
De regreso a casa compro un desarmador y me digo. Ahora sí. Armo el librero, acomodo los libros, saco las botellas, por fin pongo la alacena, acomodo mis cuadros, lavo los trastes, me corto el pelo, me baño y cuando apenas me doy cuenta ya son las ocho de la noche y sigue el frío. pero aún así salgo, tomo un poco de dinero y me voy a cenar a los tacos Frontera. Hoy, ayer, los frijoles charros no fueron tan buenos, menos el taco combinado. Vuelvo a casa, intercambio mensajes con Ana y me pongo a leer El hermano gemelo de Sergio Pitol. Qué buen narrador es Sergio Pitol. Victorino Ferri cuenta un cuento tiene toda una retórica tan mexicana que ya me interesa ver cómo se transformará en los cuentos siguientes.
A las diez dejo el libro, apago las luces y me voy a ver la televisión. Son las doce cuando una vez terminado un programa y releído las noticias del día apago la luz e intento no pensar en nada no pensar en nada no pensar en nada para lograr dormirme, pero en el sueño me atacan, al igual que toda la semana anterior, los fantasmas de gente del ilce y de la fundación como si se pelearan por mi alma.