Monday, October 30, 2006

Espacios restringidos.

A veces pienso que mi vida es muy aburrida. Y un amigo, Boone, dice que sí, en realidad la vida es muy muy aburrida. Y lo dice con tal certeza que pienso: ¿quién es el aburrido? Y a veces también pienso que en la vida casi no pasa nada o no veo que pase nada, sólo el mismo acto que se repite, (válgame el pleonasmo) una y otra vez. Pero después me doy cuenta que no, que en realidad estamos y estoy viviendo a ritmos vertiginosos, elocuentes, difíciles también, que las personas que están a mi lado también cambian de formas sorprendentes pero por la cercanía no lo podemos ver o no los vemos porque también, creo, la vida comienza a acotarte en un espacio restringido: sólo los más cercanos, la mujer que amas, la familia, los amigos más cercanos.
Y la vida acordona, demarca, limita así y nos vayamos a Europa, así tengamos hijos y se nos mueran seres queridos. Y cambiamos terriblemente en cuestión de meses. Pienso esto porque ayer fui a visitar a unas buenas amigas: y sus hijos recién nacidos. Me senté en uno de los sillones largos de la casa de ellas y cargué al mayor. Me sorprendía lo profundo de su sueño, sus manitas, los dedos alargados. Estaban los dos vestidos de calabaza por la cercanía de Halloween.
Hace dos años o más en esa misma casa, en una fiesta, otra amiga nos contó que se iba a casar y a los meses nos contó de porqué no se casó y casi un año más tarde, nunca más volvió para decirnos, porqué en Europa, en Francia, después de realizar estudios de Filosofía, decidió tomar el hábito y convertirse en monja.
Y hace dos años también unos buenos amigos se casaron y tuvieron una niña y la bebita murió. Y recuerdo que después de la última misa de cuerpo presente fuimos todos a comer pollos asados a un restaurantito pequeño al sur de la ciudad. Y mis cambios, pienso, cuántas cosas no han pasado en estos dos años que me han hecho ir cambiando poco a poco muchas ideas y formas de ver la vida. El espacio restringido no se vuelve algo terrible, sino el hogar. Y pienso en otra amiga que se casó a escondidas y otra que volvió a vivir con su madre y amigas a quienes les diagnosticaron enfermedades terribles y ahora luchan contra ellas y amigos con hijos nuevos. Y pienso de nuevo, en los espacios restringidos, en el hogar, el cómo crecemos sin darnos cuenta, cómo maduramos sin darnos cuenta, terriblemente solos muchas veces, terriblemente acompañados también. Y todo eso me provocó ver al par de hijos de mis amigas que hace dos años andaban de fiesta en fiesta y habían decorado mi trajinera del cumpleaños 27 con muchos anuncios de: prohibido orinar en los canales, etcéteta etcétera. Y al final, ya se sabe, lamentablemente no se pudo respetar esa prohibición.

Thursday, October 26, 2006

Lindo

Hoy, nuevamente, don Rafa me dijo: adiós, lindo.... Yo tenía las más firmes intenciones de no sonreír en todo el día pero caray, iba a mitad de la calle con media carcajada.

Monday, October 23, 2006

Humo

Si no tengo nada qué hacer vengo al blog y escribo algo. Y ahora existe toda una parafernalia alrededor del blog: que si es medio literario, que si no lo es, que si existen en él los elementos probables para desentreñar el estado fragmentario de la vida y etcétera, etcétera, etcétera. Incluso, una vez un conocido me dijo, casi me exhortó a que en los blogs no debería de tener errores de ortografía porque somos lo que escribimos y la serie cuestión sobre la responsabilidad del bloger. Escribo en el blog cuando no tengo nada qué hacer y mis amigos se ríen de mí porque incluso, tengo dos y un tercero muy muy escondidos, sin liga alguna, sin ninguna relación de nada, sólo para ver si los blogs también nacen muertos y nadie los visita aunque navegue.
Hoy escribo en mi blog porque me acordé de los autos viejos de mi abuelo. Siempre olían a gasolina quemada, echaban la mitad del humo afuera y la otra adentro pero a mí me gustaba ese aroma a gasolina, me gustaba respirarlo sin importar que se me llenaran los pulmones de hollón y sin importar esa persistente mancha temerosa del asma que revoloteaban en mis pulmones con una palidez frágil y lista para atenazar aveolos y lo que fuera a la menor presencia de esfuerzo fìsico, polen de felinos o equinos o el fresco temblor de agua o leche o chocolate ¿chocolate?, no, chocolate no, estaba prohibido, que descendiera por mi garganta.
Lo curioso es que ahora no recuerdo dónde y en qué calle respiré de nuevo el olor de la gasolina quemada. Sí, es cierto, parece broma porque en la ciudad de México ese olor a gasolina está en todas partes: te recargas en un árbol y ahí está, abres un libro y ahí está. Pero no recuerdo cuándo ese olor a gasolina me recordó otros. Al final creo que no importa dónde ocurrió sino la evocación. Me agrada el humo de los motores. Ese es un placer extraño pero sincero.

Tuesday, October 17, 2006

Una queja de la presentación

E iban también mis amigas y alumnos de la escuela, los sábados. Aracely y Rocío estaban casi a la mitad del auditorio y Elizabeth fue con sus nietos. También, un par de alumnos nuevos. El sábado, de vuelta a las clases, uno se acercó y me dijo: maestro, me gustó su presentación. Y después, adoptó un tono serio: aunque, para decir la verdad, me decepcionó. Nada más suspiré y le pregunté con curiosidad: ¿Y porqué te decepcionó? Me respondió con un tono por demás serio: "me decepcionó porque pensé que iba a estar aburrido, yo quería aburrirme y no, todo estuvo muy bien, ni tiempo me dieron". Ah... bueno, si es por eso, seguro habrá más presentaciones aburridas mías y de muchos otros para que vayas. "A lo mejor, a lo mejor," dijo al final y se fue.

10 de octubre no se olvida.


La maestra Alma iba radiante de la mano de su esposo e hija. Se sentaron en las primeras filas. Ioio llegó mientras me entrevistaba un muchacho para una agencia de noticias del INBA. Más tarde llegó Raúl, Javier, Alejandro Hernández, Heydi y Alejandra del ILCE. Yuri y Rodolfo de Santander habían llegado casi al principio y más tarde apareció Nancy y Martín Rosas. La sala Adamo Boari se fue llenando de buenos amigos y amigas. Y se fue llenando y empezó a hacer calor. Enrique Romo andaba de un lado a otro. Lo mismo se detenía a platicar con el maestro Cassar que a saludar al maestro Orlando Ortíz. En la mesa, Eduardo Parra y Felipe Garrido ya se acomodaban en sus sillas respectivas y yo en la puerta mientras esperaba que llegara O quien, después supe, se fue hacer un peinado acá, de época.
E inició la presentación. Y llegó O y se sentó casi al final del auditorio. Heydi sonreía. Lo mismo que Mónica e Ira y Rodrigo y Xóchitl ocuparon las primeras filas y Efraín iba y volvía de la puerta principal esperando que apareciera Grace y Memo. Y más tarde llegaron Boone, Hinojosa, Vicente, Nadia, Julian, Lucilla, Mijail, Mariana y Lucía y Gaby Aguirre y Cristhian. Al frente, oían atentos Gerd y Paty y Maty y Edith y Mónica y un amigo y Luisa y el Bato mientras Marlen y Mariana buscanaban asiento. Epigmenio estaba al final de la sala. Y la maestra Alma, quien empezó a presentar el libro habló de la maravilla de conocer a gente que, no se sabe nunca, será después importante y buena amiga y después habló de los cuentos, su violencia trágica y cómica al mismo tiempo y después le tocó el turno a Parra. Y dije que hace muchos años había matado a Parra en un texto y después Parra dijo que habría querido hacer un texto más emotivo pero después iba a terminar llorando y su presentación abordó todos y cada uno de los cuentos: los desmenuzó, habló del lenguaje, de la recuperación de un tema y un lenguaje. Y después le tocó el turno al maestro Garrido.
Y Garrido habló de los inicios de los cuentos y dijo que si don Edmundo Valadez tuviera Dejaré esta calle en las manos, leería el inicio de los cuentos y se llevaría el libro a su casa sin dudaro. Y más tarde dijo que algunos cuentos le provocaban tristeza o asco por lo que se contaba pero que ahí residía lo maravilloso del libro: no resultaba indiferente. Y mientras él decía eso, allá abajo yo le sonreía a O o pasaba la mirada hacia tantos y tantos amigos que habían llenado la sala Adamo Boari. Ahí estaban incluso un señor que escuchó una de las entrevistas de radio que me hicieron y se descolgó a la presentación. Y ahí estaba también un señor pálido, delgado, con ropas arrugadas que prestaba mucha atención a todas las palabras.
Y después tocó mi turno. Y hablé de las pesadillas que eran los cuentos, dije de la censura en el cbtis de Juárez al cuento de Barda Alta y de la censura de mi tío José Luis a un cuento y volví a decir lo agradecido que estaba por la presencia y recordé, porque siempre es bueno recordarlo, que cuando llegué a la ciudad de México mi única amiga era la señora Alma Arreola y su nieta y ahora me encontraba con más de cien amigos y amigas venidos de todas partes de la ciudad, atravesando el caos citadino, el metro, los cuellos de botella en Patriotismo, cláxones, semáforos en rojo, presiones en microbuses y taxis para estar ahí, conmigo y con O esa noche del 10 de octubre del 2006.
Y no dilaté más mis palabras frente al micrófono. Martín fue el primero en aparecer para darme un abrazo y me dio gusto verlo ahí, recordando esos días en Santander cuando estabamos en tiempo muerto o trabajando o yendo a comer a mercados o al Sena 22. Y se apareció entonces un señor, el delgado, de ropas arrugadas, se acercó nerviosamente y dijo: hola, hola yo me llamó Andrés. Y fue todo lo que dijo: "yo me llamo Andrés". Y mientras firmaba los libros, Andrés iba y venía del fondo de la sala Adamo Boari a la mesa de presentación, nervioso, medio fuera de lugar, como si quisiera decir algo pero no se animaba. Y al terminar, cuando los amigos estaban junto a las escaleras fui, le dije: "Andrés" y se sorprendió de eso y respondió: "Sí, si, yo me llamo Andrés". "Tenga", agregué y le entregué uno de los libros firmados, le entregué mis calles, mis colonia, mi gente, mi lenguaje, mis 112 cuartillas de colonia Moderna brava, rebelde, acá, maciza, y el rostro de Andrés se iluminó y musitó un gracias que no sé de dónde le salió. "Pero fírmalo", agregó, "ya está firmado", le dije.
Afuera estaba la noche cuando salimos de Bellas Artes rumbo al salón Corona a brindar y decir salud. Lo mejor de la literatura y la escritura es los buenos amigos que te deja, creo. La lucha de egos, las competencias literarias que se queden fuera, como dice bíblicamente, en el llorar y crujir de dientes.

Monday, October 09, 2006

Cosas de las que uno se puede cansar

1.- De esperar en los aeropuertos.
2.- De los chistes que cuentan la mayoría de los taxistas en Guadalajara.
3.- De ver gente ejercitarse.
4.- De tomarle fotos a deportistas.
5.- De pensar en Sport City día y noche, noche y día.
6.- De comer tortillas de harina.


Cosas de las que no me canso.

1.- De regresar ya sea al D.F. o Monterrey.

Friday, September 29, 2006

Invitación


Espero puedan ir si se encuentran en la ciudad de México.

Thursday, September 28, 2006

Sorpresivo

Hoy, don Rafa, el portero de mi edificio (sí, tengo portero en donde vivo), se despidió de mí con una frase que nunca había utilizado: "Hasta luego, lindo". Me quedé medio inmovilizado. ¿Lindo? Y cuando le dije, gracias, gracias, insistió con un: "que te vaya bien, lindo".

Ni qué decir. Hay días raros, de eso no cabe duda.

Monday, September 25, 2006

Máscaras

Mi casa no es tan grande aunque sí está muy bien ubicada. Estoy a tres cuadras de la Fundación y a menos de quince pesos de la casa de O. Mi casa tiene una cocina pequeña, una sala comedor angosta y una recámara del mismo tamaño. El baño es amplio y fue, tal vez, lo que más me gustó de mi casa. Mientras buscaba, visité muchas. Los baños eran deprimentes. Ni te podías mover. La sensación de claustrofobia mientras te bañas debe ser una sensación terrible.
Ayer en la semi oscuridad, miraba mis muebles, el decorado. Tuve la sensación vaga de que todas mis máscaras me cuidan: mi jaguar amarillo con bigotes de cerdas de puercoespín vigila mi sueño mientras charla con la máscara del viejo chino que tiene esos largos cabellos y barbas esculpidas en la raíz mientras una tercer máscara, la de un hombre con frente de piel de armadillo vigila la calle, el paso de los automóviles en Frontera. Vi mi cuadro de Joy Laville que me ha acompañado por tantas noches y a un lado del librero el cuadro del caballo naranja junto a la fotografía de la pulquería xochimilca.
Así, dormido, los muebles de mi casa hablaban entre sí, igual las máscaras. Quién sabe qué dirán, cómo se callarán mis máscaras cuando despierto a las tres de la mañana con una vaga sensación de ahogo y me arrastro al sillón a prender la televisión o buscar en alguna revista los infortunios de José Bonaparte, o tengo la idea de que debo de leer esa novela de el mar.
Son pocas cosas las que me definen: un puñado de máscaras, tres cuadros en casa, mis libros, las copias apiladas de textos que esperan revisión. Y hoy, al despertar tuve la sensación de que mis máscaras hablaban y me cuidaban. Cada una con una personalidad distinta, una sabiduría distinta. Uno no las busca en los tianguis por cómo se ven o verán en la pared, sino por la personalidad que tienen. Imagino mis máscaras, cada una con su personalidad y queriendo congeniar entre ellas. El jaguar fiero, sabio, el anciano igual de sabio, con cierta nostalgia, una mujer china divertida y mi máscara purépecha sobria. Todas ahí.
Hoy me dieron una idea. Hay que hacer una caja, llenar una caja. Una caja para cada década. Homenajear la vida con cajas del tiempo. Tengo 29 años y los cambios se acercan. Tengo que buscar una buena caja y meter todo lo que he escrito hasta ahora, algunas revistas, fotos, fotos de mi cuarto, fotos de O, fotos de mi familia. Tal vez las máscaras me dicen que viviré muchos años y esto apenas empieza. O tal vez mis máscaras me dicen que no viviré tanto como lo planeo y que es necesario dejar cajas del tiempo con fotos de las casas donde habitamos, de los que ahora son y están. ¿Quién se apunta?

Wednesday, September 20, 2006

Retratos familiares

Jorge
Mucho tiempo mi hermano Jorge fue un extraño pero yo me lo encontraba en la calle. Mi hermano Jorge, lejos, siempre está cerca. Muchos Jorges han salido a mi encuentro. Hombres parecidos, miradas parecidas aparecían frente a mí en los sitios más insospechados. En un restaurante al lado de la carretera a Morelia, en una presentación de libro, en la mesa frente a la cual revisaban unos textos. Estudió ingeniería civil y desde adolescente se veía que resultaría un hombre práctico para zapatas, construcciones y composturas. Fue, durante mucho tiempo, la verdadera mano derecha de mi tío Roberto. La responsabilidad le sentaba bien. Un día me di cuenta que no lo conocía. ¿Quién era mi hermano Jorge? ¿Sólo un ingeniero civil, sólo un hombre con mi sangre, salido del vientre de mi madre? ¿Sólo alguien que pasaba los fines de semana con sus amigos después de la escuela? ¿Alguien a quien le quitaba, prestada, la ropa? Lo descubrí de niño cuando jugaba al fútbol con nosotros en la calle. Lo redescubrí la tarde cuando le rompí un diente al lanzarlo contra la pared. Lo redescubrí cuando juntos, en la camioneta de mi tío, espíabamos a las muchachas que pasaban por la calle. Y fue imposible no acordarme también de mis otros Jorges: esos hombres tan parecidos a él en voz, ojos, rostro: Jorges extraños en la calle y en presentaciones de libros. Al verlos me daban ganas de abrazarlos, de hacerme su amigo, pero no lo hacía. Hoy mi hermano Jorge no es un extraño para mí y no me he vuelto a encontrar a ningún hombre que se parezca a él. Juntos terminamos de construir la casa de mis padres. Juntos andábamos en una camioneta con aparatos de aire acondicionado en la caja, listos para ser limpiados, desarmados bajo el sol. Juntos huímos también de los regaños de nuestra madre cuando nos portábamos mal. Esta es la imagen final como lo recuerdo. Vamos por un llano, el sol nos pega en la espalda y nuestra sombra lame las piedras y arbustos. Atrás viene mamá persiguiéndonos y nosotros vamos risa y risa, huyendo de ella.

Monday, September 18, 2006

Nostalgia del mañana

Me preguntan: ¿Por qué escribes? Respondo un choro sobre los motivos y las fuerzas cosmogónicas y la necesidad (todos los escritores escriben por necesidad, eso es igual a pureza, y puras cosas de sentido harto honroso en la vida). Cuando termino, todo mundo sabe que me aventé un choro. Afortunadamente no es un entrevista sino parte del curso de lectura en Voz alta que nos impartió Alma Velasco en la Fundación. Y la maestra Alma aprieta los labios, abre los ojos con ganas de reprimir y reprime. A ver, a ver, a ver, no, no, no, Antonio, me dijste muchas cosas pero no porqué escribes. El que sigue. Y regreso a mi sitio.
No es una pregunta que nunca me hayan hecho pero ahora sí, me quedo pensando. Seguro que yo sé porqué escribo. Y mientras Gaby nos explica porqué escribe, pienso, pienso, pienso y doy con la respuesta. Así que, como buen alumnito, alzo la mano y digo: maestra, ya sé porqué escribo. Escribo por nostalgia.
Ahí está la respuesta. Escribo por nostalgia ahora, nostalgia no sólo del pasado, sino del presente, del futuro. Nostalgia por saber dónde y cómo terminaremos, cómo se nos fue la vida. Al final sólo nos quedará eso cuando las fuerzas se hayan ido.
Nostalgia, por ejemplo, por el fin de semana pasado. Vimos fuegos pirotécnicos y pensé qué parte de esa luceta seríamos y nos perderíamos. Bailé banda con O en la plancha del monumento de la revolución. Nostalgia por saber qué será de nosotros cuando Vicenzo alzaba la copa, cuando Hinojosa le pegaba a la pared, cuando el mimos Hinojosa salió corriendo a la avenida a torear los carros a las tres de ma mañana. Nostalgia por ver bailar a O con Paola y por ver a O platicando con Tania sobre el movimiento pejista. Y nostalgia por la señora de 95 años que agitaba la mano con ujna bandera del prd y nostalgia por todo ese que se mojaron. Al final de cuentas creo quieren un cambio y quienes somos los otros doce millones que no votaron por peje para decirles que se callen, que no tengan esperanza. No hablo de lìderes del movimiento, sino de la gente de a pie. En los políticos, por naturaleza, no hay que confiar, pero en la gente de pie?
Y nostalgia por mis amigos en Monterrey a cuyas fiestas e hijos hace rato que no veo y nostalgia por mis hermanos y mi familia y mis dos abuelas. Ya sé porqué escribo. Eso es muy bueno. Al menos, ya le di nombre a lo que lo anima. Y es una nostalgia la mía, egoista, egocentrista y etnocentrista porque me quiero recordar y recordar a los que me rodean. Qué será de mis amigos y familia en el futuro? ¿Dónde terminarán? ¿A cuántos iré a enterrar o quienes me enterrarán? Somos canicas descarriadas en un gran juego, creo.

Thursday, September 14, 2006

Con letra chiquitita

Es forzoso sentirse optimista, creo. Aunque el país se vaya a la mierda, aunque le debes más de tu vida a hacienda, aunque tengas los recibos vencidos y no puedas cobrar la entrevista y la crónica que hiciste con meses de anticipación para una revista. ¡Por qué la gente se pelea en los blogs, a la vista de todos y te alteran los nervios (cuando los conoces claro)? ¿Es que ya no existe la secrecía? Hace meses me enviaron un mail donde me decían hasta el cansancio lo pésimo que son todos los encuentros literarios y que quién diablos pensaba que en un encuentro se hablaba de literatura: todos eran puro ver a quién te encamabas y a ver cuánto esnifabas. Me sentí sumamemente agredido pero, en mi natural orden de pensamiento, le escribí para agradecerle su comentario. La verdad, pobre. ¿Quién está buscando al pureza en las cosas? Deberíamos pero por favor... tenemos ya más de tres mil años sobre la tierra y las cosas siempre han sido iguales. Adán desobedeció a Dios, Orestes mató a Clitemnestra, Anibal asesinó a no sé cuantos romanos en durante su ilustre vida. ¡A quién le importa! Hace días me puse muy contento por que alguien me regaló dos revistas Coloquio de 1993. Dos revistas donde viene el nombre de toooooooooodos los escritores regiomontanos de ese entonces. Sólo quedarán, en pie, unos diez o doce. Los demás, caput, se perdieron, se casaron, hicieron otra cosa. La selección natural. Y me dije, ufan0, que eso no me iba a pasar pero y si pasa, pues que pase. Hace días puse mi nick de messanger que "Ojalá alguien nos enseñara a vivir". En realidad era un vedado grito de fastidio. En mi laboratorio de promesas de la ingeniería civil donde estoy, es un grito vedado todo: soberbias de un lado para otro, sonrisas hipócritas, murmuraciones. Hace días, también, me dijeron: "todos los que tú crees que son tus camaradas son los primeros que hablan mal de ti" Y pensé y yo qué diablos tengo que soportar todo eso. Vivir es extraordinariamente complicado. Estamos bien repartiditos: nuestro ojo pertenece a un deudor: nuestro otro ojo pertenece a otro deudor. El amor exige el corazón. Hacienda tus manos. La espalda es exigida por los puñales para clavarse en ella. Los pies, pobres de los pies. A veces da la sensación de que no nos pertenecemos (en realidad, creo, no nos pertenecemos, nos vamos liando con objetos, personas, egocentrismos, etcétera). A eso, hay que agregarle a todo el que, aún así, viene y te mete la zancadilla, ve dobles o triples intenciones en tus actos, le da por humillarte, por hacerte sentir que sólo su visión todopoderosa vale. No saben, en la vida como promesa de la ingeniería civil cada dos cuadras hay un superdotado que construye mejor que tú, que manda a los albañiles mejor que tú. Ah... supongo que luego vendrán otros días donde por fin pueda dejar de ser yo y.., porque ah... cuando puse que ojala alguien nos enseñara a vivir, no faltó quien empezó a sermonear con eso de: pero si no hay clases y bla bla bla (ya ni recuerdo quien lo dijo). Y fui Juárez a otro controvertido encuentro de escritores (controvertido porque nunca faltará quién diga que los encuentros están vendidos lo mismo que becas, premios, noviazgos, casas para vivir, computadoras, etcétera, etcétera, etcétera) y me censuraron... Me dijo un maestrillo del cbtis que debía mantener el espirítu alto. y no poner cuentos con malas palabras... Y luego me conté a mi madre y me dice: pero ya lo vas a corregir, a quitarle las malas palabras. Casi me da el soponcio. Chale.

Sunday, September 03, 2006

Don Juanito

Frente a la casa de mis padres había una pequeña casa de madera, pintada de amarillo y con techos de lámina. Era pequeña y tenía al frente un jardín. En la casa vivía don Juanito. Se ganaba la vida recogiendo periódicos y metales en un carretón verde que estacionaba fuera de su casa. Don Juanito era de tez blanca, pelo canoso y un estómago curvo como de aguacate. Como en todas las historias comunes, siempre que jugábamos al fut era un castigo que el balón entrara al jardín de don Juanito. Si eso ocurría había entonces qué hacer diplomacia y platicar y rogar y enojarse y hacer rabietas y casi mentarle la madre a don Juanito si no nos quería regresar el balón. A veces, ante su negativa, el partido se clausuraba. Adiós futbol. Adiós goleada espectacular. Don Juanito se colocaba el balón bajo la axila y entraba a su casa.
Siempre nos preguntamos por su soltería. Tenía una hermana también mayor que al parecer estaba enferma, una enfermedad mental. Cuando salía todo en ella eran sonrisas, pero sonrisas bobas, retardadas que a algunos nos daba cosquillas en el estómago. Un buen día la hermana desapareció y, como suele ocurrir, algunos dijeron que había muerto, o la habían matado o simplemente se la habían llevado a un manicomio. Era esa rudeza de niño con la que hablábamos.
Y don Juanito se hacía cada vez mayor. En ratos de extrema generosidad nos mandaba llamar y nos daba higos, naranjas o frutas que diera los árboles de su casa. Nunca pasamos al interior de la casa. Permaneció como un espacio fértil para la imaginación. ¿Qué había adentro? Nunca lo supimos pero una tarde cuando descubrimos en una pared lateral de la casa, una pared también de madera, una colmena de abejas, imaginamos la casa invadida al interior por los insectos. Imaginé un cuarto clausurado, don Juanito dormido por el susurro del vuelo de todas las abejas.
Pero quién era don Juanito se convirtió también en una interrogante terrible. Cuando el balón se volaba y había que enviar una comitiva a pedirlo, esa comitiva se convirtió en un emisario: el emisario era yo.
Ahí descubrí, lo sé ahora, ese primer rasgo de la soledad: la necesidad de ser escuchado. Don Juanito me daba el balón después de que me platicaba conmigo diez o quince minutos. A veces el juego se reanudaba pero yo me quedaba platicando con él. Así descubrí su juventud en San Francisco, me contó después que se anduvo muriendo una vez porque lo apuñalaron. Me habló de sus hermanas, de algún oscuro amor perdido. Después también lo olvidé. Me fui a la ciudad de México.
Una tarde me dijeron que había muerto. Mi primera pregunta fue: ¿y la casa? Vinieron unos sobrinos, me dijeron, y se llevaron algunas cosas. Ahora la casa está aún de pie sin las abejas, sin muebles, la higuera y el naranjo secos, retorcidos. Y la casa sigue en pie, amarilla como siempre, pero desteñida. La última vez que fui a Monterrey la vi silenciosa, sin mano de hombre para enderezarle los caminos. Y me pregunté qué había sido de don Juanito, cómo lo encontró la muerte, qué quedó de su casa dentro de su casa. Papá me comentó que seguro ya se encontraba vacía. Ladrones pensé, son los peores del mundo. No guardan ni el respeto a la memoria de gentes que sólo tuvieron ese valor. Ladrones, pienso, ojalá les roben sus tumbas y las de sus hijos y la de la gente que aman para que paguen, con su rapto, todo lo hurtado.

Friday, September 01, 2006

Septiembre

Un mes para que se termine esto. Veo septiembre, no sé si con esperanza o hastío. He contado las horas. Ocho más y se acabó. No sé en qué sentido, pero se acabó. La vida se vive en pedacitos. Ocho más de un curso. Lastimosamente, también, sólo tres horas más de lectura en voz altas y doce del taller de cuento. Aunque al taller puedo seguir viniendo y lo haré. Ayer le preguntaba a un amigo, porqué repetir. Yo no sé, pero metí mi cartita. Tal vez esto es sólo confusión. Tal vez. Pero ya es septiembre. Hace un año estaba dando brincos de gusto porque el correo del maestro Langagne estaba entrando a mi bandeja de entrada. Y el correo decía: fuiste aceptado. Ahora, ha pasado un año desde ese día. Me encontraba en el ILCE. Ahora me encuentro en la Fundación. Ese día salté de gusto y abracé a Laura. Ahorita le acabo de pedir a Alberto sus obras para leerlas y entrevistarlo. No sé, no sé. ¿por qué repetir? Y es Septiembre ya, quedan ocho horas de casi todo. Así es, creo, como nos llega la muerte.

Saturday, August 26, 2006

Refrescos

¡Cómo me gustaba, de niño, hurgar en las hieleras en pueblos desconocidos para ver qué tipo de refrescos había! Ése, era el verdadero tesoro del viaje. En esas hieleras se podía encontrar todo un tipo nuevo de sabores embotellados, distintos a los que había en Monterrey. Monterrey siempre ha sido tierra Coca-Cola lamentablemente pero en los pueblos de San Luis Potosí había una gran variedad de colores y frescuras. Me encantaba ver esas botellas de formas extrañas y destaparlas para paladear ese nuevo sabor.
Ayer fui a Querétaro y encontré un refresco nuevo, más bien muy viejo. Era de sabor manzana y no se parecía a nada de los sabores a manzana que he probado en la vida. No puedo decir que era mejor, simplemente era distinto. Lo tomé despacio mientras recordaba cuando me asomaba a las hieleras en mi infancia a descubrir nuevos sabores. Un momento congelado. Un momento no Coca-cola, sino más bien de diversidad.
Me sorprende lo acostumbrado que tenemos el paladar a lo mismo, a lo de siempre. Pleonasmo en la oración y también en la costumbre. Intentaré, en lo sucesivo, encontrar esos viejos sabores embotellados en cápsulas de vidrio extrañas y a ver si hago una colección de lo raro, de los refrescos raros por escasos. Veré si esto sí se vuelve un tesoro siempre en el refrigeador, listo para destaparse cualquier tarde de nostalgia.

Monday, August 21, 2006

Albercas

En las albercas ocurren siempre momentos dichosos. No es lo mismo corretearte en la calle a dentro del cuerpo del agua. Albercas. Hace mucho que no me metía a una de ellas. La última alberca a la que entré fue el mar en Acapulco y la sensación me gustó a pesar de sus inconvenientes. Ayer fui a Las Estacas en el municipio de Yautepec, en Morelos. Socorro cumplía años y no sé en qué momento nos encontramos O y yo en la central de autobuses de Oaxtepec, un municipio que parece existir sólo para tener balnearios.
Aún era un largo camino para llegar a Las Estacas. Abordamos un taxi y vimos parte de la ruta Zapata y una hacienda con sus muros renegridos y un acueducto que atravesaba la carretera. Albercas, albercas. Mientras nos cambíabamos recordé que hacía años que no entraba en ese espacio rectángular poblado por agua. Tal vez, mi último grato recuerdo de una alberca tenga que ver con un día de campo que hizo la fábrica de pantalones donde trabajaba mi papá. El balnearrio se encontraba en el Cerrito. Recuerdo el sol y el escozor. Recuerdo que a los tres días me seguía descarapelando.
Inmediatamente a ese recuerdo se alterna otro: un viaje a El Barrial con mis compañeros de la preparatoria. Fue un viaje casi inaugural. Subimos todos a un autobús. Compré un periódico cuando no era usual que los estudiantes de preparatoria leyeran el periódico y ahora pienso si, actualmente, los jóvenes de quince o dieciséis leen el periódico. ¿Lo comprarán? Me aventuro a decir que no. Pero, fuimos al barrial. En la tarde nos salimos a caminar al cerro. Encontramos un toro suelto y pasamos muy cerca de él, mientras el toro raspaba la tierra con sus astas.
Albercas. Ese sol en la espalda. Ayer me acordé de todo ello. Y de comer hasta saciarse y de andar por todas partes con la menos ropa posible. Había un río En Las Estacas, uno de aguas heladas y profundas. Sólo metí los pies. Qué fría estaba el agua en realidad y a lo lejos se veía sólo un cerro y una pista de aterrizaje donde descendía en ese momento un avioncito pequeño, blanco, como un insecto.

Thursday, August 17, 2006

la burocracia

Yo era burócrata. Lo afirmo. No, uno de ventanilla pero sí, uno que manejaba proyectos y tenía contacto con público. Fue una buena época. Había un concurso de Producción Musical y los tres años que me correspondió organizarlo iba una señora con su disco de música ranchera. El premio, estaba orientado más hacia un producto con otra visión cultural y era triste ver que todos los años la señora llevaba su disco a concurso. Y todos los años, fallaba. Subía con mucho esfuerzo hasta el ático donde tenía mi lugar junto con Cordelia y Janell y tomaba aire al sentarse. Es mi disco, joven, me decía, nada más que me paguen el mariachi y va a ver que queda muy bueno.
Y lo contaba como si preparara un caldo, la sopa musical lista para ser disfrutada. Y a los meses salía el mismo resultado. Una vez escuché su material mientras terminaba de llenar unas hojas con el desglose de las ventas de libros de una feria y su música me pareció amena, nada terrible. Ella tenía unos graves muy padres aunque eso sí, la música no tenía nada qué ver con el concurso. Salieron como cinco discos esos años: de música electrónica, de coros, un homenaje a Tanguma y más pero nunca salió el disco.
Hoy me acordé de esa señora mientras una mujer me decía cn singular tranquilidad que la tesorería para tramitar unas actas de nacimiento se encontraban como a treinta cuadras de distancia. Nada mas apreté las quijadas y salí murmurando que eso no se hacía pero en ese instante pensé en la señora del disco de rancheras y cómo se iba, escaleras abajo, hacia el olvido.

Sunday, August 13, 2006

O

Nunca, nunca, escribo de ella. Tal vez lo he hecho, pero se me olvida. Tal vez es sólo porque la quiero retener en la memoria y en el presente. No quiero retenerla en lo escrito porque escribir también puede ser artificioso, vago, frío, ególatra, terrible. Quiero retenerla en el presente, en los labios, en el momento cuando me da la bienvenida a su casa. Anoche, después de cenar en un restaurante al que quería llevarla desde hace mucho tiempo, recalamos en los campamentos de Reforma. En uno había música y ella quería bailar. No bailamos. En otro campamento encontramos a un conocido que hacía plantón. O vio unos volantes a favor del pejismo, del voto por voto, casilla por casilla y acertiva como está, con la fe bien puesta en ese lado de la contienda, tomó unos volantes. Nada más una cuadra, ¿sí? me preguntó como pidiéndome permiso para entregar los volantes a las diez y media de la noche en la zona rosa. Yo me sentí viejo y feliz cuando la vi cómo se adelantaba con sus volantes en la mano y los entregaba en la oscuridad a los pocos transeúntes. O. O. De los campamentos manaba una solidaridad noctura, amlista. O iba en la calle entregando y entregando volantes afuera de discotecas, a los vendedores de hotdogs y chiclets, a los gringos que salían a nuestro encuentro, a los policias, a los guardias de seguridad privada. Ella iba feliz en la noche con sus volantes. Yo me sentía viejo, es cierto pero también feliz. Y eso vale mucho, creo yo, mucho.

Friday, August 11, 2006

La tribu

Somos generalmente cuatro: Hinojosa, Vicente, Boone y yo. A veces nos volvemos más cuando Cristhian, Saravia y Mijail se unen con nosotros a la hora de la comida. Me gusta mi tribu. A la hora de la comida ahí vamos juntos y es común que nos veamos en fines de semana, en reuniones o cenas. Al final, todos jalamos para lados distintos pero siempre nos mantenemos cerca. Ultimamente, Edith se ha unido a nosotros, una vez que Karla partió a su natal San Cristóbal de las Casas.
Ahí vamos entonces los ocho o los cinco a comer, en línea, avizarando las calles, el tráfico en Insurgentes y Liverpool, el paso raudo del metrobus. De regreso, cuando alguno se queda en alguna revistería o en una tienda donde venden miniaturas se hace una fila que espera al que se quedó atrás. Adelante queda una avanzada, después un grupo, al final uno que aguarda al detenido. Cuando éste se mueve, todos avanzamos a y los metros nos volvemos de nuevo un grupo compacto. Es la tribu. Uno se siente arropado por estas muestras de afecto. Si alguien se detiene a esperarte es que aún tenemos arraigada en la oscuridad de nuestros instintos esa sensación de las largas migraciones. Antier esperamos a Boone quien se metió a un oxxo. Otras a Vicente o a me esperan a mí.
Me recuerda esto un cuento que leí de Luis Felipe Gómez Lomelí. Luis fue becario de la flm y en su libro de cuenos tiene uno donde narra cómo anduvo cno Vite una tarde caminando por Reforma. Cuando le dije a Vite me respondió que ese año que estuvo en Liverpool 16 fue el mejor de su vida. Es una suerte salir que al salir, al terminar el año te encuentres con gente con quien seguirás el resto de tu vida.

Saturday, August 05, 2006

Sábado de Beatles

A Fabian y a Rafael les gustaba mucho la música de los Beatles. A mí, no. Esto terminó cuando me dieron a oír el disco de Help. Desde "yesterday" hasta "ticket to ride" el disco me gustó. Era imposible mantenerse al margen. Después me dieron a escuchar al Sgt. Pepper´s Lonely hearts club band y simplemente caí profundamente con "A day in the life". Le sigueron muchas de las clásicas, como "With a little help from my friends" o "Eleanor Rigby", "Love you to", "Here, there and everywhere", "For no one" y las clásicas de el Album blanco, clásicas al menos para mí, como "Julia" "Blackbird" y "While my guitar gently weeps".
Desde entonces la música de los Beatles es un referente en mi vida. Con la repetición de "While my guitar gently weeps" escribí una mañana de hace muchos años un capítulo de una novela de trenes que sigue esperando y me enamoré y desenamoré con otras tantas. Había una que se hizo referencia automática cuano Rafael quería hablar de la prepa y en algún meil sentimentalón nos las recordó: "In my life".
También la hice bandera pero luego la olvidé hasta hoy que vengo en sábado a la flm como hacia tanto no lo hacía. Camino hacia acá recordé esa canción. Alguna vez la escuché tranquilo frente a un escritorio en el negocio de baterías de mi tío José Luis. Su radio no servía. Estaba amarrada con cinta para que no se abriera como un melón y para sintonizar las estaciones había que tener, en realidad, dedos muy finos. Aún así lograba sintonizar todos los sábados Estéreo Siete y estar desde las diez de la mañana escuchado canciones de los Beatles. Iba por una coca bien helada y unas papas y mientra comía, oía las canciones con una paz inigualable. A las doce que terminaba el programa le cambiaba a Estereo Rey porque ahí había otro programa y éste terminaba hasta la una.
Hace mucho tiempo que no escucho un disco completo de The Beatles pero creo que no lo disfrutaría como aquellas mañanas frente al escritorio. La sensación de escuchar "en verdad" a los Beatles tiene ya mucho que ver con ese recuerdo. Ahora que lo intento en la oficina o en la casa apenas si rozo la atmósfera de la música. Me he contaminado con el recuerdo y como dice la canción, hay lugares que recordaré toda mi vida. Algunos han cambiado, para bien o para mal.

Friday, August 04, 2006

Retratos Familiares

Se nos cayó. Se nos cayó de un primer piso. Se nos cayó de espaldas y aún me pregunto qué fue lo que dijo, qué fue lo que pensó al momento del miedo, del saber que iba hacia abajo y que nada detendría su caída y que nadie iba a estar ahí para abrazarlo al chocar contra el piso. Se nos cayó con sus herramientas que volaron de su mano, se convirtieron en pájaros los tornillos, la pinza eléctrica, mordido su caucho, los desarmadores y las llaves alem, la lija cola de rata, el amperímetro, los codos de cobre para tapar compresores. Se nos cayó con sus aires acondicionados abiertos, sus zapatos sucios y ese volkswagen viejo, feo, por donde tirábamos la comida para obligarlo a que nos comprara un almuerzo decente. Fue hacia abajo y aún veo la forma como su cuerpo manoteó en el aire, la forma como intentó enderezarse, andar, andar, caer de pie pero iba para abajo. Era él. El que nos enseñó a manejar, el que conquistaba a las mujeres con kiwis, el que nos pagó la escuela, el que iba por nosotros a las centrales de autobuses, el que nunca se casó. Se nos cayó de un primer piso cuando antes, todos, por poner un aire acondicionado hacíamos la faena de retar a la gravedad desde la parte alta de una escalera que subía hasta cincuenta metros. Allá estábamos todos, él, una mano aferrada a la escalera, la otra con esa herramienta para hacer agujeros y cuyo nombre ya no recuerdo. Se nos cayó de un piso. Su nuca se dobló contra el cemento duro. Extendió los brazos que ya no tuvieron dueño ni ordenanza. Yo me caí también con él cuando me enteré. Me sigo cayendo cuando lo recuerdo con su muerte silenciosa, cerebral. Afuera estaba el mundo, indiferente como siempre. Y con estas palabras, me levanto, me levanto, me levanto, arriba a recoger sus herramientas, las pinzas, las llaves alem, los tornillos, me levanto a recoger todas sus palomas y volverlas a casa donde siempre, ahora, está.

Tuesday, August 01, 2006

Seis meses

O me dice que ya cumplimos seis meses de estar juntos. Como siempre, ni me había dado cuenta. Tal vez así es como se vive con felicidad: no hay tiempo y luego te descubres viejo. Juntos, aunque aún no juntos, fuimos a ver a Nadja y recuerdo que ahí en la jaula de la gata también estaba Mía. Mía me rasguñó desde el primer día y aún es fecha que se deja ni cargar ni acariciar. Nadja sí. O dice que esa gata acepta cualquier tipo de amor. En este tiempo fuimos a un concierto de Ely Guerra donde me aburrí mucho y hemos comido demasiada comida china para mis cánones. Y también me cambié otra vez de casa. Y claro, me dieron el premio y salió otro libro y un cuento en la antología de Marcial. Mía se nos cayó del sexto piso una tarde mientras jugábamos en el cuarto contiguo al doble doce con Xo, Ro, Efraín y Grace y no le pasó nada.
hemos recibido visitas varias: Raúl y Monserrat, mis padres, Toscana, Alan. Kuba y el North vienen esta semana e incluso tuvimos la intempestiva visita del hermano de O con su mujer, ahora ex -mujer. También salimos un fin de semana a Tehuacán Puebla a conocer a un tío de ella y la familia de O me cayó muy bien. Una de sus primas, en un desliz, me dijo frente a O que me iba a presentar a otra prima para ver qué pasaba.
y ah... O conoció a mis padres cuando vinieron en abril y sufrió conmigo todas las vejaciones que la "hermosa ciudad de México" les ofreció. Yo también fui a ver a sus padre y me comí un tamal oxaqueño que su papá me había dado aunque ya había comido mucho, demasiado. Son casi seis meses ya. Ayer me dijeron que lo mejor era sí, ir viviendo de a poquito, de poquito.

Corazón delatador

Ayer corregía uno de mis cuentos. Se llamaba Revancha Mística y ahora se llama Atlas Poderoso. La historia trata sobre un hombre que tiene problemas con su hijo y, para ganarse su estima, se da a la atarea de diseñar un juego de mesa, un juego de lucha libre que lleva como luchador insigania al luchador Atlas. Antes era el Místico pero me di cuenta que era demasiado peligro situar tanto al texto. Total, luchadores Atlas siempre va a haber. La primera versión del cuento me gustó porque la escribí casi en cuatro horas. Salieron 13 cuartillas. El cuento en sí, había salido de una llamarada, no sé si imaginativa, cuando vi un juego de mesa sobre luchadores en una tienda vieja por Chapultepec.
Eso fue hace como cinco meses. Todavía ayer seguía trabajando esas pequeñas cuartillas. Todavía lo seguiré trabajando. Ahora he eliminado casi todo sobre el juego y me centré en la relación de padre e hijo. Sin embargo, mientras escribía, tal vez después, ya en mi casa al leer el diario Record me quedé pensando en porqué escribo. Repasé mis historias y me parecieron vagas, vanas. Tal vez, es hora de hacer otra pausa y buscar otras cosas o una honestidad más, válgame la redundancia, honesta en los textos. No sé si en realidad haya dado en un espacio de nueve cuartillas -es lo que dura ahora el cuento- con ese espacio vital, con ese corazón delatador del que cuenta Poe en su famoso cuento. Toda historia debería de tener ese corazón delatador encubierto en las cuartillas.

Tuesday, July 25, 2006

Pan con mortadela

Durante mi infancia casi no comimos jamón en casa. La crisis, la situación económica no daba para mucho. Fue esa crisis del 82 la que nos arrastró como después lo hizo la del 94. Pertenezco no a la generación X, sino a la generación de los niños en crisis económica. Eso marca más que cualquier indiferencia o uso de la tecnología. Y pensaba que pobre del Chavo del 8, que seguro estaba igual que nosotros porque siempre quería su torta de jamón.
A falta de jamón, entonces, mamá lo compraba sólo en contada ocasiones, al pan le poníamos unas rodajas gruesas de mortadela. Era mucho más barata y en casa, la de la marca Ponderosa, era la reina y señora de las carnes frías en el congelador. Durante mucho tiempo comí mortadela ponderosa y hasta recuerdo el comercial que decían: "A todo lo que hagas ponde, pode ponderosa". Era una cortinilla bastante pegajosa.
Y cuando había para jamón... ese día relegábamos a la siempre tan servicial mortadela. Le hacíamos el feo. Untábamos pan con bastantita mayonesa. Le poníamos aguacate y el tricolor chile, tomate y cebolla y nos dábamos un festín con lonches, emparedados o sandwiches de jamón, como se le quiera llamar. Después, a mitad de semana el jamón había desaparecido. Incluso hoy no dura mucho tiempo en el refrigerador.
No recuerdo cuándo dejamos de comer mortadela y seguro hace años que no aparece en los gabinetes del refrigerador de la casa. Pero ahorita se me antojó mucho un pan con mortadela y un poco de mayonesa. Tal vez es sólo que tengo hambre. Y como aparentemente no hay crisis en el camino, deberé de comprarla por gusto y no por necesidad, que es como siempre sabe mejor.

Thursday, July 20, 2006

No otra Elena

Vengo toda de negro, me dice Elena por el celular. Tengo el pelo corto y traigo las maletas. Todo su acento sinaloense cae con peso al pronunciar las palabras. Se llama Elena Méndez y le daré asilo al menos por una noche en la ciudad de México. No la conozco pero una buena amiga mutua nos contactó. Es martes y salgo de la tutoría a la espera de la llamada. Son las tres y media cuando me llama. Ya llegué, me dice. Quedamos de vernos en el Sanbors frente a El Angel. Ando a las carreras. A las cuatro llega Orlando y debo entrar al taller.
Apenas recibo su llamada salgo de la Fundación a paso veloz. Tomo un taxi y le ordeno ir al ángel. El taxista conduce entre la rapidez de Liverpool y la lentitud de Florencia. Salimos al redonde y cuando llegamos al Sanbors bajo con las mismas prisas. Le digo al taxista que espere. En la zona de venta no veo a nadie pero pronto aparece una muchacha vestida de negro, con bolsa de cuero, ojos verdes, pelo lacio y recogido en una trenza. Lleva al hombro una bolsa negra.
Elena, hola, hola soy Antonio.
Elena se sorprende.
Ah, hola, hola, qué tal, me dice.
¿Y tus bolsas? ¿Tus maletas?
No, no, ando así, nada más con esto.
Pero...
Elena sigue con la sorpresa.
Anda, anda -le digo- afuera está el taxi.
La tomo del brazo, la arrastro casi a la salida. Afuera nos recibe el sol, el ruido de siempre y Elena sube al taxi, después yo. A la colonia Roma, le digo al taxista y es sólo hasta una cuadra después cuando Elena me dice:
A ver, a ver, dijiste Elena o Mariana.
Y yo reconozco el ecento tan capitalino, tan poco sinaloense.
Dije Elena. Elena.
Es que yo soy Mariana.
No...
Sí, me llamo Mariana y como esperaba a un amigo muy parecido a tí pero que hace mucho no veo...
Es que yo buscaba a alguien de negro. Caray, esto parece un secuestro.
Nos reímos. Nos miramos avergonzados mientras le digo al taxista que nos regrese al Sanbors del ángel.
En el camino ya no nos decimos nada. Repetimos que esto es muy gracioso y yo le digo: pues te subiste sin chistar al carro. Y ella nada más asiente de nuevo, avergonzada.
Llegamos al sanbors y ahora sí, Mariana encuentra a su amigo y yo veo a Elena en el restaurante, bebiendo chocolate. No me vas a creer lo que acaba de pasar, le digo. Y miro de reojo a Mariana quien acaba de entrar al restaurante con su amigo. Al vernos sonríe. Pues qué pasó, insiste Elena. Nada, nada, le digo.

Wednesday, July 19, 2006

Hoy es un día realmente malo. Me atrevería a decir que del año. Muchas presiones. Ceses inesperados. ¿Y quién tiene la razón? Todos. Uno se tiene que mover con el pequeño trozo de verdad que tiene y alumbrar lo posible. Pero la luz es muy poca. Insisto. Hoy es un día realmente malo. ¿Y qué se puede hacer? Lo que cree uno que es correcto y seguir. No hay de otra. Esto no debería de subirlo al blog pero que funcione como recordatorio.

Monday, July 17, 2006

Volver

Vuelvo a la casa, a la alfombra gris. El domingo salí y compré un par de plantas: Mafer y Sapito. Las puse cerca de la ventana, cerca del cobertor donde ahora hay muchas almohadas y cojines. El domingo O estuvo enferma. Durmió casi seis horas en el día. Despertaba nada más para ver que yo andaba en plena reconstrucción de la casa. Puse unas fotografías en una base de corcho y las colgué de la pared. En la puerta del baño pegué unas postales que me dieron hace dos años: postales con frases como: "Yo amo Chihuahua", "¿Cómo es posible que quepan tantos kilómetros en el corazón". También adherí un pizarron a la pared de mi escritorio y barrí, barrí, barrí.
En la tarde cayó un aguacero. Se oían las ambulancias que pasaban y algun silbato de un policía de tránsito. Me sorprendió que fuera domingo.
Volver, volver, volver.
El domingo anterior, a esa hora, andaba con mi familia en el mercado. Papá quiso dulces y mamá iba feliz y veloz de puesto en puesto. Mis hermanas revoloteaban entre puestos de vestidos y audífonos. También hacía mucha calor. Tal parece que Monterrey está hecha nada más para eso, puesta en la geografía exacta de la lumbre. Pero volver, volver.
Otra vez al cubículo de la flm, a oír los chistes de Boone, Vicente e Hinojosa, al fastidio que da, ver la esquina de Liverpool e Insurgentes atestadas de autos pero también, a mi vida con O en la ciudad: tranquila, armónica, relajada.

Wednesday, July 12, 2006

Dejaré esta calle en la calle

Martha Ramos le da un trago al vaso con agua y sale cuando la buscan afuera los técnicos. Yo me acabo de bañar y veo los beneficios que da presentar un libro en la calle, muy cerca de tu casa. Afuera hay un desfile de nerviosismo. Los técnicos colocan la tarima, las mujeres que darán los tamales acomodan las sillas, mi tía Chelo asoma el rostro de cuando en cuando para ver a qué hora inicia el evento. Yo nada más salgo a verlo todo, a imaginarme cómo será el evento dentro de unos minutos.
Cuando las 70 sillas están listas me sorprende mi calle. Ha dejado de ser esa esquina donde de niño jugaba al beisbol o al fút (justo donde quedó la tarima colocábamos unos de las porterías), para convertirse, efímeramente, en un sitio cultural, para un evento cultural. Las bocinas semejan torres imponentes. Conforme se acercan las siete y media de la tarde comienzan a llegar los invitados, los vecinos. Llega Ana en su coche plateado, llegan Carolina, su novio y Armando en un taxi. Aparecen por la calle Janell, Cordelia y Adrián. Al rato veo a Gerson, a Margarito y al Raveliano. La gente comienza a llegar, a congregarse lo mismo que unas nubes grises encima. A veces pasan vecinos en sus coches y al ver la calle cerrada se detienen a fisgonear un poco y huyen, alejándose de cualquier pedrada literaria.
Un aire frío comienza a colarse entre todos y finalmente subimos al estrado Felipe, Joaquín y yo. Ofelia se encuentra a esas horas perdida en las calles de la colonia pero nos alcanzará más tarde. Mi abuela escucha desde el interior de su casa. Mis tíos han ocupado las primeras filas y mis hermanos y padres se encuentran al final. Sonrío cuando veo a mi tío Jose Luís cerrar la calle en el otro extremo, bloquearla con su camioneta blanca. Empiezo leyendo el cuento de Cuelemans. Ya no falta nadie: Elida, Erika, Lili, Espartaco, Blum, Valdez, Sara, todos están ahí cuando Joaquín habla de lo desmadrozo del libro, de lo cruel y puto del libro, de lo hermoso y trágico del libro. Después Ofelia se abre paso entre la gente y sube al estrado.
Yo la presento con el afecto que siempre le he tenido y ella agradece las palabras pero me corrige. A lo lejos se escucha la músiquita de un camión de helados. Me voy a apurar, dice Ofelia, pero no va ni en la segunda cuartillas cuando el camión de nieve aparece en la esquina: albo, alto, con sus franjas rojas y las ventanillas amarillas que dicen: chopo sencillo a $5, doble, $10. El chofer se sorprende al ver a esa multitud en la calle y se detiene tras nosotros. Todos volvemos la cabeza para verlo. El chofer saca una mano y nos saluda. Felipe me dice: "Vamos a comprarle nieve a toda la gente" pero sólo de imaginar la desbandada me hace negar la iniciativa". Pero cuando miro al público todos ríen, todos aplauden la aparición del camión de nieve.
Cuando le toca el turno a Felipe la noche ya está sobre nosotros. Los técnicos nos lanzan una luz blanca desde unas banquetas y ya no puedo ver a nadie en la calle. Unos niños, eso sí, están al frente sentados en sus bicicletas y acodados en los manubrios. Se descolgaron desde las partes altas de la Moderna para ver el show. Cuando empiezo a hablar, a agradecer tanta tarde, tantos amigos, tantos cuentos, el cielo comienza a tronar. Le digo: ya voy, ya mero acabo, y todos ríen. Una cigarra, el sonido de una cigarra me acompaña mientras hablo y recuerdo una lección de biología donde me dijeron, que las cigarras viven sólo un día y antes de morir cantan y cantan y cantan. Y su canto nos acompaña a todos esa tarde, esa noche.
Al finalizar se rompen filas y muchos van a comprar el libro. Un vecino agradece el evento mientras Ofelia y Felipe lo escuchan. Los tamales pasan de mano en mano, los refrescos también cuando los Northsiders empiezan su función. Sus rolas son pegajosas, fuertes, amenas. Yo me abro paso entre la gente, recibo abrazos, saludo, voy con O y la beso, despido a mis tíos. Cuando un amigo de los Northsiders termina de tocar la gente comienza a irse y cuando ya casi no queda nadie, entonces, sólo entonces, comienza la lluvia: una lluvia larga, densa, cerrada que barre la calle, que hace que los técnicos corran a guardar las cosas.
Al final sólo queda Felipe y Abel. Me despido de ellos después de conseguirles un taxi. Voy con O a una función y mientras eso pasa pienso en la lluvia, el camión de helados, un elotero que pasó también, en unos perros que se pelearon cuando Felipe empezó a hablar y todos oíamos sus ladridos terribles y secos en la tarde. Pero pienso también, en la cigarra que cantó y cantó mientras daba las gracias a todos: al conarte por su apoyo, a los presentadores y a los amigos. Una cigarra. Mi abuela me dijo que, cuando la escuchó, comenzó a llorar: "son nuestros muertos que han venido a verte, me dijo: tu abuelo, tu tía Martha, tu tío Rubén, tu tío Roberto". Yo sólo asiento y la dejo llorar tantito. Fue 5 de julio de 2006. Estuvimos en la calle todos. Amigos, amigas, mi familia, O y mis muertos ahí, por un libro, reunidos por la palabra.

Monday, July 03, 2006

Accidentado Monterrey

Sol. La ciudad: abierta por las construcciones. Bajo de las oficinas del conarte y mientras veo las invitaciones para la presentación del libro no veo la puerta de vidrio. El golpe es terrible. Mis lentes se abren. Los pequeños tornillos de las bizagras de los anteojos me abren una herida en la ceja. Sangro profusamente. Me mancho la camisa. Manuel me ve y me lleva a un lavabo y me limpio la sangre. Me duele la cabeza. Siento como una quemazon en la nuca pero el dolor comienza a pasar.
A las dos camino hacia el metro Parque Fundidora y un hombre pasa y me golpea con una caja de madera. Me golpea en la mano y me hace un moretón. Ando muy torpe el día de hoy. No sé si sea el calor o el nerviosismo. Tal vez, ambas cosas.

Friday, June 30, 2006

Vámonos a Saltillo!!!

Wednesday, June 28, 2006

Conforme se acercan los días para ir a Monterrey me lleno de imágenes que deseo ver:
  1. La oscuridad de la central de autobúses mientras salgo de los andenes con la maleta.
  2. escuchar el paso del metro por avenida colón.
  3. ir en el taxi a la casa, bajando por la terrible y fea avenida ruiz cortínes
  4. comer un buen taco de barbacoa en el mercado.
  5. entrar al sanbors de morelos y a la librerias castillo de outlet de la misma zona.
  6. ir al cine raly a ver una película pasada y comer hot dogs y palomitas.
  7. Evadir el barrio antiguo y terminar en algunos de los antros de ahí.
  8. Que no me llame la atención leer el periódico
  9. (aburrirme un rato, también me pasa)

Tuesday, June 27, 2006

Monday, June 26, 2006

Hoy me preguntaron ¿porqué tienes un blog? Y no encontré una respuesta rápida al asunto. Tal vez sucede siempre que no encuentro respuestas rápidas a lo que me preguntan, como hoy en el taller, cuando había qué analizar un texto de Alfonso y no encontré más que los detalles generales pero no "a detalle" del texto.
¿Por qué tengo un blog? No lo sé. AL menos el otro, el negro, lo entiendo. Porque publico cosas que no me publicarían y hay un poco más de lo lúdico, creo, pero... porqué este blog? Este donde sólo subo cosas personales?
No lo sé, pero lo pensaré.

Thursday, June 22, 2006

el libro rojo

Epigmenio me habla por teléfono para decirme: Ya tenemos tu libro, ven mañana por él. Su frase, por demás escueta, me emociona. Un libro nuevo. Otro libro. Es fabuloso tener un libro nuevo. Mi libro rojo. Así le llamo porque la portada es blanca pero una mujer con sueter rojo se encuentra en ella. No es una fotografía sino una pintura de César Córdoba que seleccionó Alberto Cué para la portada. El libro rojo. Rojo como algunas tardes cuando el horizonte se ponía de ese color camino a Aguascalientes. Rojo como la sangre que salió de la aguja cuando me pusieron suero, rojo, rojo, rojo.
A cambio, tengo un libro negro y se supone, pronto saldrá un libro blanco. Pero ahorita, lo que me importa es que tengo un nuevo libro rojo. Dejaré esta calle. Los cuentos que vienen en ese libro son una forma de recordarme mi infancia en la colonia Moderna. Las maquinitas de doña Julia, la secundaria 33, las naves industriales de Aceros Planos, los puestos callejeros y las pandillas así como los camiones de la ruta 127 que a veces pasaban interrumpiéndo nuestros partidos de fútbol vienen en ese libro.
Mi libro rojo me gusta. Tiene mi nombre en rojo y es el número 317 de la colección de Tierra Adentro, una colección que ha albergado, sin rodeo alguno, a muchos de los más talentosos narradores y poetas de nuestro país. Ahí han publicado amigos como Toscana, Hugo Valdés, Joaquin Hurtado y Susana Pagano, sólo por mencionar algunos. Y ahora tengo mi libro 317, un libro rojo y nuevo, un libro que salió gordo, en comparación al anterior, casi 110 cuartillas. Está bien que se llame Dejaré esta calle porque en realidad, al leerlo, al menos para mí, será volver a esas calles de mi colonia y también, a mi infancia.

Tuesday, June 20, 2006

El vuelo de Mía

Estoy en casa de O y esperamos que lleguen Grace, Efraín, Ro y Xo para jugar nuestra segunda partida de dominó cubano. La primera la gané yo y estoy un poco ansioso por repetir el triunfo. Mía y Nadja, las gatas de O andan por la casa. Mía se agazapa cada que levanto el trapeador y levanta las patas delanteras para capturar las hebras del trapeador pero apenas lo dejo caer y saltan gotas de agua en todas direcciones, Mía da un brinco y en el aire cambia de dirección para huir hacia la recámara.
O no está. Fue al Wal-Mart a comprar piñas y jícamas para comer mientras jugamos y yo termino de recoger la casa. Me asomo por la ventana y desde el sexto piso se ve pequeño el parquet y los setos verdes parecen algodoncillos. Cuando llega viene cansada, suda y yo sólo le puedo ayudar a poner las bolsas en la barra. Al rato, casi atrás de ella llegan nuestros amigos. Suben las escaleras con mirada curiosa, se detienen en el umbral de la casa, entran como tromba y las gatas sólo lanzan huidas por la casa. Nadja con su paciencia de matrona y Mía con su torbellino recurrente.
Armamos entonces la reunión. Nos sentamos a la mesa con chicharrones, papas, cervezas, refresco, piña y jícama con limón y chile en polvo y empezamos a jugar. O cierra a las gatas en su cuarto y el juego transcurre con calma. Al principio Grace y yo nos alternanos los triunfos pero sólo a la mitad Rodrigo, quien ya llevaba muchos puntos, gana dos jugadas y se nos empareja. O se levanta cada tres jugadas y ve a las gatas y regresa muy tranquila. Vamos a empezar la jugada del 3 cuando O vuelve a levantarse para ver a las gatas.
-Mía no está -nos dice.
-¿Cómo que no está?
-No, no está.
Comenzamos a buscarla. Efraín y Grace van a la cocina, yo a la recámara, Ro y Xo buscan en otras partes de la casa. Luego vemos la ventana abierta. O comienza a preocuparse. Pero si estaba cerrada. Me asomo y busco allá abajo, seis pisos de altura, a ver si la gata está pero no la encuentro. Es de noche y salimos O y yo con una lámpara escaleras abajo. No hay rastro de ninguna caída bajo su ventana pero en una esquina del edificio vemos a Mía. Está agazapada, triste, llorosa, asustada. O la toma y entonces llora del miedo y Mía sólo sigue con las orejas apagadas y la mirada asustadiza.
Vamos al veterinario, me dice pero ya cuando subimos y Mía se endereza y poco y camina hacia su cuarto, entre todos decidimos que es mejor no hacerlo. Si se hubiera fracturado algo o roto algún tendón, estaría maúlle y maúlle. Sin embargo nos quedamos preocupados. Al finalizar, el juego nos da un poco de respiro. En la jugada del tres Rodrigo vuelve a ganar y me alejo del primer lugar por casi sesenta puntos. El sólo cuestión de que él acomode rápido las fichas para que termine en primer lugar y con una polla asegurada de 100 pesos. A ratos O va y busca a Mía y la encuentra bajo la cama, agazapada en la oscuridad.
Al final Ro nos gana. Efraín hace 497 puntos. Todos nos preguntamos los lugares, la puntación final. Quedo en segundo lugar y O en cuarto pero Mía sigue, dentro de nosotros, cayendo esos seis pisos. Cuando nuestros amigos se van dejamos la puerta abierta para que Mía duerma en el cuarto. El domingo se mantiene callada, lenta pero ya hoy, O me dice que ya anda haciendo sus saltos y brincoteos de siempre, que tal parece que comienza a olvidar su descenso felino. Tenemos que poner mallas en las ventanas, pienso, mientras, trato de imaginarme a Mía moviendo la ventana con la nariz y precipitándose hacia los setos.

Monday, June 12, 2006

Lagrimas de Tohui

Es el cuarto partido de la selección nacional en el Mundial del 94 y los de la cuadra estamos decididos a armar jolgorio. Jaime pone el patio delantero de su casa, el porshe, como decimos en el norte, para hacer la carne. Pepe, Héctor, mis primos y mi hermano Saúl se disponen a comprar la carne y yo acomodo algunas cosas. Bulgaria nos la pela, dice alguien por ahí y más tarde llega Nati a preparar la carne. Jaime saca su televisión y la pone sobre una mesa escuálida que a cada rato da la impresión de caerse.
El partido empieza y el sol cae de lleno sobre el patio. Nos recargamos bajo una frondas y desde ahí vemos las descoldas de Ramírez Perales por las bandas y los robos de balón del equipo de Stoickov y compañía. Aspe ordena el medio campo y todos esperamos que entre Hugo Sánchez al partido. Conforme pasan los minutos hay desconcierto en todos. Nati, quien ya ha vivido muchos descalabros mexicanos por televisión y estuvo en el juego del México contra Alemania en el Universitario, dice que, espera y no se repita nada malo. Pero la van a regar, ya verán.
En el medio tiempo se nos olvida el sol y todo y le entramos duro a la carne asada, a las cocas, a las quesadillas. Sigue haciendo calor y nosotros seguimos comiendo.
El segundo tiempo es un alarido detenido, nervios tensos conforme se acerca al final. Es como ir perdiendo incluso el gas para todo, para ser felices, para avizorar una gesta heróica, para acabar con un maleficio. Al finalizar, nos sentimos frustrados y nerviosos. Llega la tanda de penalties y todos estamos aferrados a la esperanza. Tohui igual que los demás.Tohui moreno, pelo chino, con apenas unos siete años de edad entre los demás que ya tenemos entre 14 y 16, menos Nati, el mayor. Cuando al final el mexicano falla el gol nos derrumbamos y sólo quedan los huesos mordisqueados en charolas o sobre las brasas. Tohui llora y lo tranquilizamos, ya verás que a la otra nos va mejor.
Y en la otra Alemania nos sacó y en la otra Estados Unidos nos sacó y ahora, ¿quién nos sacará?

Monday, June 05, 2006

Fui acomodador de atunes

Era noviembre del 2o02 y estaba fastidiado de tiempo completo, abúlico, cansado, triste. El dinero de la beca del cme era muy poco y la mitad se me iba en la renta. Amigos, no tenía. Ya daba clases entonces, pero un sábado me descubrí gris delante de mis alumnos y me pregunté: ¿pero yo qué puedo enseñarles más que mi depresión? Estaba, así, depresivo, con una tina de pintura que la hacía de mesa, silla, escritorio y escalera. Tengo que hacer algo, buscar amigos, no sé, me dije, tengo que buscar trabajo.
Y comencé a buscar trabajo, igual, sin ánimo. Necesitaba uno que me permitiera ir los miércoles al cme y que no estuviera lejos de Plateros, donde vivía entonces. No sé cómo fue que se me ocurrió buscar trabajo en Wal-Mart. Me imaginé acomodando los atunes o de cajero y me pareció la mejor idea que había tenido en mucho tiempo. Fui e hice fila. Me pasaron a una salita pequeña con sillas como de secundaria y luego me pasaron mi solicitud de trabajo. Me veía ya con esos atunes en las manos, acomodándolos en los pasillos, dándole un goce secreto a mi manía por acomodar las cosas cuando una mujer gorda, con vestido secretarial me preguntó que si ya había terminado.
Le entregué mi solicitud y me pasaron con la administradora. Era mujer de rostro afable, cabello castaño y un aire de tranquilidad que imaginaba, no tenían nunca los empleados de Wal-Mart. Leyó mi solicitud y entonces me di cuenta de mi primer error: no mentí.
¿Entonces estudiaste letras españolas?
Pero no terminé la carrera.
¿Y te gusta leer y escribir?
pero leo El Memín Pinguin y escribo acrósticos.
Después cometí el segundo error: me dio por tener ideas.
Ya vi que tienen una sección de libros, podría leerlos y escribir fichas de qué trata para que la gente los compre y...
No estás en el perfil, lo siento, me dijo la admistradora.
Salí muy derrotado. Caray, ni en el Wal-Mart me contratan. Del coraje entré a la tienda y, como no tenía nada qué hacer, me pasé como una hora viendo la televisión en la sección de aparatos electrónicos. Antes, pasé a la zona de frutas y degustaciones. Wal-Mart me ofreció no un trabajo, pero sí una comida. Ya, al irme, fui al pasillo de atunes y suspiré. Habría sido muy feliz acomodándolos nada más. Los habría puesto siempre con la etiqueta de la marca al frente, alineados, sin un desvío. Así todo el anaquel pero no me fue posible. Acomodé unos cinco, en el colmo del aburrimiento y me fui. Y aún falta mucho, en realidad, para encontrar trabajo. Creo, si no mal recuerdo, que incluso esa semana me corté el pelo a rape.

Sunday, June 04, 2006

La fiesta de los 29

Llegamos O y yo a la unidad habitacional donde vive Vicente y lo encontramos en los pasillos con un garrafón de agua, vacío, al hombro. ¿Todavía no llega Saravia y los demás?, le pregunto y me dice que no. Pero qué raro, si salieron en su coche como desde hace una hora y cuarto. Pues aun no llegan, pigre, me dice como les ha dado a él y a Hinojosa decirme, después que Hugo Hiriart dio unas charlas en la Fundación y sacó a relucir semejante palabrita: piger, más bien.
Caminamos hasta la pequeña tienda de Conasupo que está en la unidad nos aprovisionamos de comida y más cosas. Más tarde, casi a las ocho y media, llena Boone e Hinojosa. Entre todos jugamos al dominó cubano y platicamos de escritores jóvenes, de libros y de política. Nada serio, en realidad es la plática mientras acomodamos las fichas. Casi a las nueve, dos horas y media después que salieron, llegan Saravia, su mujer, Mijail, su mujer, Karla y Edith. Apenas mi miran, todos me ultiman con la mirada. Gracias, Toño, por el croquis. Yo: pero si estaba bien claro. Ajá, dice Edith. Me cuentan entonces que tomaron una calle que no era y le tuvieron que dar una vuelta terrible al periférico. Pobres, me los imagino cansados, mentándomela mientras ven como el tráfico se vuelve más compacto pero aún así, dispuestos para la fiesta.
Más tarde llega Eduardo, Yuri, Nancy, Silvia, El Bato, Luisa, Tatei, María, Lobsang, Laia, el novio de Karla y un pareja amiga de ellos y Efraín y Grace y César y un compañero de su oficina. Así la fiesta avanza, se detiene en el pasillo, se atiborra la gente en la cocina. Afuera llueve y ni nos damos cuenta. No hay canción de cumpleaños pero estoy muy contento. A cada rato me detengo y abrazo a mis amigos y les digo que qué bueno que vinieron. Ellos nada más sonríen. Nada más dicen salud. En una esquina hablan de literatura (es inevitable), en otra cuentan chistes, en otra más, se habla de mecánica y física cuántica. O se va a dormir casi a la una, con los incipientes ataques de una migraña.
Le vamos a amanecer, me dice Hinojosa y yo digo que sí pero ya siento que no llegaré a esa hora. Estoy cansado. Pasarla bien también cansa. Vicente ha sido un anfitrión excelente. Yo no quería hacer mucho escándalo pero caray, al final me convencieron (y no estaba muy reacio a no ser convencido) Cada media hora iba a ver a O y me decían: cada que sales de ese cuarto llegas más despeinado. Nada más asentía y disparaba abrazos a diestra y siniestra o cantaba o decia salud.
¿Cuándo se fueron todos? No lo recuerdo. No contaré, y corto abruptamente esta reseñita, sin decir nada del lavabo, ni del: ¡To, levántate!, ni del riopan, ni del GEA. Como dice y me dijo María Lebedev en una entrevista: No me sale escribir más. Sea así, entonces.
Y ya mero llega el 30 de junio y el 4 y 5 de julio. A mitad del año, justo, sigue lo bueno.

Monday, May 29, 2006

Don Rafa

Encontré el nuevo departamento gracias a que me gané la confianza de Don Rafa, el portero. Le di para sus cocas (en realidad no llevaba mucho dinero) y al día siguiente me llevó con el dueño del edificio.
Todas las mañanas, cuando salgo rumbo a la Fundación o dar clases, don Rafa anda en la calle vivoreando a las mujeres que pasan o dándole orden a los coches en el estacionamiento. Todo mundo lo saluda e imagino que es, como esa persona que lleva años en la misma calle y se ha ganado a pulso su lugar en el recuerdo.
Y siempre que salgo me dice alguna frase que parte del ingenio del momento. Hoy me dijo: ¿Ya listo para chingarle? Claro, don Rafa. Pues así me gusta, repitió (siempre dice que así le gusta x o y cosa) que le haga igual que yo: jodido pero jodiendo.
Esa fue al perla de sabiduría del día de hoy de don Rafa: jodido pero jodiendo.

Friday, May 26, 2006

Así que 29 años.

No se siente nada.

Monday, May 22, 2006

Acercándose a los 29

Pronto me acerco ya a los 29 años. Me pregunta una amiga que cómo me voy a fetejar y la verdad es que no tengo ni idea. El próximo año tendré 30 y aunque la elucubración es ¡válgame Dios bien simple! encierra un significado mayor. 29, 29, 30, 29. La vida discurre muy pronto, muy rápido.
El sábado una alumna, amiga, me invitó a comer a un Vip´s. Pedí una ensalada de mango con pollo. En la charla se fueron hilando los años: cuando dejé Monterrey para ser becario del Centro Mexicano de Escritores, cuando renuncié a IBM y después al ILCE y finalmente estos plácidos meses en la Fundación. Has llevado una vida muy intensa, me dice, pero yo más bien recuerdo que junto con las buenas tardes y noches, ha habido muchos momentos de abulia y fastidio.
Hace tiempo un amigo, refiriéndose hacia otra persona, me dijo: cuando sepa que la vida es bien aburrida, su prosa también va a cambiar. Puede ser.
29 años, 28. No tengo pensado ni hacer un viaje a Veracruz como cuando cumpli 25, ni hacer xochimilcazos como cuando cumplí 26 y 27, ni menos, volver a Veracruz a sacarme la espina cuando cumplí los 28. Tal vez no haga nada y simplemente me vaya a cenar con O a mi casa y yo le prepare de cocinar algo ligero. Una pequeña reunión con ella tal vez.

Saturday, May 13, 2006

156 para agradecer

Cuando empecé a escribir este blog no sabía que pasaría con él. Al principio los temas salían de muchas vertientes y era difícil darle un "alma". Leía otros blogs e intentaba saber en qué residía su éxito y el que mucha gente los tuviera en sus links como los blogs chidos que leo. Y me preguntaba, en la vanidad, qué ocurriría con mi blog.
Después de algunos intentos terminé separando mis apuntes de blog en dos. El blog con textos de creación, ensayo, poesía, artículos varios se convirtió en www.instintocontagioso.blogspot.com y decidí dejar en este, el kozamianas, lo esencial, lo que me importa más que la creación: mi familia, mis recuerdos y la gente que quiero.
Curiosamente, el blog de instinto es al que le he dado más difusión e incluso viene descrito en la solapa del libro negro e incluso, muchos de los textos que están en él saldrán pronto a la luz bajo el sello de la Universidad de Guanajuato, en la colección Anaquel. Necrologías, se llamará el libro de varia invención. Ese blog tiene más de 190 entradas a pesar de que es en realidad mucho más joven que kozamianas.
La única respuesta que encuentro a esa proliferación es que es más difícil, de alguna forma, de hablar del corazón y se da con mucha más facilidad hablar de ficción, no ficción y ese juego que son siempre las ideas.
A veces me sorprende, porque este blog impudico, puesto que esta en web, tenga comentarios sobre lo que escribo en él. Y siempre los leo con mucha emoción y curiosidad. Afortunadamente nunca han sido comentarios ofensivos, imagino que, porque tal vez de alguna manera este blog no puede ofender a nadie. Y casi nunca, también, contesto mis comentarios. Son como reglas extrañas que cada quien toma. Pero, hoy, vine a escribir porque, en realidad, agradezco mucho sus lecturas. De pronto me sorprende alguna amiga y me pregunta por cosas que nunca le he contado y a mi cuestionamiento de cuándo se lo dije, me responde un tranquilo: lo leí con kozamianas.
Nos mostramos siempre en este medio y nos leemos. Muchas gracias en este post 156 a todas las personas que han leído estas palabras, esta desnudez. Muchas gracias por tomarse de pronto el tiempo de decir: Vamos a ver que hay ahora en kozamianas y no encontrar nada nuevo o algun retazo más de cómo la vida se me va armando. Muchas cosas han pasado desde ese septiembre del 2004, cuando en el ILCE inicié este blog. Ya ni en el ILCE estoy y veamos para dónde sigue este camino.

Thursday, May 11, 2006

El gran acto jamás presentado

Mi colonia, cuando yo era niño, era un mal barrio. Cantinas por muchas partes, pandillas que se peleaban por un pedazo de calle, mujeres que murmuraban en las esquinas antes de pelearse y puestos callejeros de tacos de bisteck le daban vida a ese espacio insólito, terrible, lleno también de montes baldíos donde mis primos y vecinos de la cuadra armábamos pequeñas batallas campales. La flanqueaban por un lado (la siguen flanqueando, delimitan sus horizontes, marcan sus fronteras de por sí deslucidas, borradas que hay en toda colonia de ciudad), una clínica hacia el norte, una vías de ferrocarril hacia el sur. Al Poniente la lustrosa avenida Felix U. Gomez y al Oriente las naves industriales de Aceros Planos.
En esas calles se dio cita muchas veces la violencia y la muerte pero también el festival. A veces iban pequeñas ferias pueblerinas a sentar sus reales en los baldíos. Las luces de colores disfrazaban la noche con un carnaval efímero y el olor de las palomitas bordeaba la oscuridad, humedeciéndola de mantequilla. En otras, circos viejos, con telones raídos, carpas remendadas y leones flemáticos asistían a otros de sus llanos. Pasaba entonces una combi (casi siempre eran cmobis) y en megáfono invitaban a las magnas funciones de circo, a payasos de cuyo nombre no me acuerdo.
Acaso la magna función de circo en mi colonia ocurrió una noche cuando un circo presentó por única vez el "gran acto de todos los tiempos" de "la rueda de la muerte". La noche tenía expectativa. Los pocos que logramos entrar presenciamos cómo, luego de los insignificantes payasos, los gatos que caminaban por una escalera y saltaban, aparecía una gran bola de hierro. Esférica, hueca por dentro. El anunciate dijo que una a una iría a entrar cuatro motos a la esfera. El ruido de los motores tronó en la noche erizando pieles y avisando a los ojos a no perderse nada, a beberse esas imágenes para que no quedaran en el olvido. Una a una las motos entraron y cada una era recibida con regocijo y aplausos callados.
Cuando las cuatro motos se estabilizaron en distintas trayectorias dentro de la esfera el anunciante volvió a aparecer y dijo: Ahora, "Estrella entrará". ¿Quién era Estrella? Quién sabe, pero cuando la chica, vestida con un diminuto vestido plateado y lentejuela apareció en el ruedo una exclamación de asombro nos invadió. Era frágil, al menos esa impresión nos dio.
Apenas entró sólo era el sonido monocorde de las motos al pasar frente a ella, a un lado, moviéndo con la cauda de su velocidad su pelo, el vestido casi erótico, la sonrisa tatuada. Y yo imaginaba un choque, una moto que caía sobre ella, un cuerpo despedazado pero Estrella, al interior de la esfera, se iluminaba con un aura de gigante. Luego salió y las motos hicieron lo mismo.
No hubo más en la función pero afuera alguien dijo que eso ya lo había visto en otras ciudades y en otros circos. A la semana se fue el circo y nunca más volvieron las motocicletas a esas calles a causar prodigios más que para entregar pizzas o periódicos. No recuerdo cuando fue que los circos dejaron de ir a mi colonia Moderna pero sé que ahora, ese llano, es una gran bodega color gris en la que embodegan sacos de harina. A veces, cuando paso, cuando esta larga estadía defeña me permite ir al contacto con mis calles, pienso qué será de esa Estrella. Si, como esa noche, salvó a la muerte o hubo una infortunada tarde en la que las llantas finalmente lamieron ese filo grandioso de su falda.

Monday, May 08, 2006

A veces no hay nada que decir.

Sunday, April 30, 2006

Un cambio esperado

Pero si se me hace que no hicimos nada, protesta Vicente cuando le digo que ya acabamos de arreglar la nueva casa. Claro que sí, tú pusiste las colchas, Hinos colgó las máscaras y los cuadros, O limpió el baño y metió la ropa y yo acomodé la cocina, el escritorio, metí los libros en los libreros. Pero se me hace aún podemos hacer algo más. No, ya, así está bien, vamos ahora por las pizzas.
Así salimos los cuatro con la sensación de no salir de una casa a la que alguien recién se muda, sino de una casa largo tiempo conocida. Don Rafael "El gallo", como se llama el portero, nos despide con un gesto amistoso y enfilamos por la calle hacia las pizzas Zumpango, unas muy muy buenas, ubicadas en la colonia Júarez. Hinojosa y O hablan de libros, Vicente y yo de política mientras dejamos atrás la casa, mi pequeña pero acogedora nueva casa.
La mundanza apenas si llegó a las cinco de la tarde en mi domicilio anterior y para las seis todas mis cosas estaban ya en su nuevo sitio. En Zumpango comí una calientita y delgada pizza Don Ho: jamón con queso, mientras O y Vicente engullían una de salamí e Hinos una Ary's Pollito con elote, pollo, queso extra y rodajas de pimiento. Platicamos de lo de siempre: las historias, la escritura, el norte. O es de Monterrey, Vicente de Torreón e Hinos de Tijuana. Puras acotaciones, revires, zarzuelas y festividades norteñas nos salieron mientras las pizzas se enfríaban.
Al salir, después de las despedidas tradicionales volví a casa y no pude más que sentirme afortunado por contar con una casa con aire a hogar y una casa tan cerca de todos mis sitios: la casa de O y la Fundación.
Así entonces, la mudanza ha concluido.

Wednesday, April 26, 2006

Clase de fotografía

Se llama Grace. Está ahorita sobre una silla, con una hambuerguesa con papas y refresco frente a ella, en una mesita. O la mira desde el sillón, de reojo nada más mientras observa en un libro imagenes de la ciudad de Barcelona. Yo ni veo. Espero que termine de tomarle la foto a la hamburguesa para poder comer. La hamburguesa es mi comida el día de hoy.
Estamos O y yo en casa de Grace tomando fotos de comida. Es sábado, hace calor. Parte del menú son unos pescaditos empanizados, nieve, yogurt y frutsis. Es sábado y estoy feliz. Aunque también tengo hambre. Después de varios clicks finalmente queda la toma de la hamburguesa. Ya está tu comida, me grita Grace, toda contenta, siempre con una sonrisa al portador, siempre con una palabra dicharachera de cambio. Pero no le quitaste el alma? No, como crees. Y me como la hamburguesa sin sabor. Sí se la quitó.
El resto de la tarde cocinamos varios platillos para que pasaran a la posteridad en las fotos. Nunca había conocido a una fotógrada de comida. Cortamos rodajas de zanahora y le hacemos forma de estrellas, lo mismo con un tomate al que llenamos de mayonesa y le ponemos un poco de orégano. Cocino los pescados empanizados y debo decir que me quedan doraditos, crujientes.
Es una tarde flash de cámaras y mordidas a danoninos y nieve.
Y ahora que lo escribo, veo que no soy fiel, en realidad, a lo que pasa, al motivo festivo de la tarde mientras cortábamos o cocinábamos y Grace acomodaba la comida, mostraba las capturas, desechaba las que no le gustaran. O le daba ideas para los fondos de las imágenes. Coloreaba algunas hojas. Al final, estábamos cansados, bastante.
En la semana le pregunté cómo le había ido con las fotos: triunfé, me dijo Grace entre risa y risa. Ah, que bien. Yo tomé ya, la decisión de no ir más a ayudarle. Sólo en una tarde me entambé cerca de 4,000 calorias y no puedo darme el lujo de hacer eso todos los sábados.

Monday, April 24, 2006

La casa

Es mi séptima casa en el distrito federal pero creo que, de alguna manera, finalmente he llegado a mi hogar. Tiene una cocina pequeña, donde no hay espacio más que para un refrigerador pequeño y una estufa decente. En una pared está empotrada una cocineta blanca y el lavabo esmaltado en blanco tiene el espacio sufiente para mis sartenes, ollas, platos y más con los que cocino.
La sala comedor es algo amplia pero ya veo ahí mis libreros, las paredes con mis máscaras y cuadros de Brenda Togno y Joy Laville, además de la fotografía inmensa que N me dará, una foto suya para mis paredes. Hay espacio para una mesa con cuatro sillas, un´lugar para poner el aún hipotetico futón y una mesa para la tele.
El cuarto tiene paredes blancas y un closet del mismo color donde pondré mi cama con sus colchas amarillas o naranjas dependiendo de la lavandería. Además tiene un baño amplio. Así que es mi casa, mi nueva casa, bien cerquita a la anterior, más cerquita a la Fundación, un portero que se llama Rafael "el gallo" y que, cada que me mira, se cuadra para saludarme como militar.
Es segundo piso y el departamento tiene unos amplios ventanales que dan a la calle y está alfombrado, una alfombra discreta y gris que no le va nada mal. Fue mucho caminar pero di con mi nueva casa. Estaba tan cerca a la anterior y yo buscando hogar muy lejos, qué ironía.

Wednesday, April 19, 2006

2 día al garate o cómo encontrar casa en el d.f.

La quinta Casa

¿A ver? ¿No me entiende? ¿Hablo mal o cómo?, porque no entiendo cómo es que usted me pregunta si el departamento es compartido. Eso me dijo el Señor Campos por teléfono. Y lo soporté porque su anuncio decía: Col. Juarez, dos cuartos, cocina, 2,200 pesos. A las siete estaba, puntual, frente al edificio. Era una construcción de tres pisos. Un departamento vacío al frente con ventanas grandes. Una pareja esperaba también. Empezamos a platicar y a esperar al señor Campos. Cuando llegó nos ordenó que no cerráramos la puerta. Adentro era como entrar en un laberinto, la comuna, los túneles de un hormiguero. ¿Cuántas casas hay aquí? preguntó el chavo de la pareja. El departamento. Bueno. ¿Era un departamento? Tenía vista a dos puertas. Eran dos cuartos con una duela viejísima. Para ir a la cocina se tenía que cruzar un pasillo que iba por encima de un patio. El baño, bueno. No lo describiré. En la cocina había espacio para la estufa o para el refrigerador. Salímos huyendo mientras una fila de sin hogares como yo avanzaba por el pasillo.
Ubicacion: Col. Juárez. Renta: 2,200
La sexta casa
Las escalerillas eran negras y al llegar al departamento en la azotea sudaba. Unos lavaderos se hacinaban al centro. La casa era de tres cuartos, como bien decía el anuncio. Pero la casa tenía forma de bumerang. La cocina y el baño de un lado. Al centro, un cuarto con una pared curva. Del otro, dos cuartitos más. Las ventanas daban a la calle y el techo se encontraba algo bajo. Lo mostraba un doctor, aséptico en el trato como sólo los doctores pueden serlo. Tampoco era la casa.
Ubicación: Col. Juárez. Renta: 2,800
La séptima casa
Pues le hace falta pintura y algunas conexiones pero yo no tengo tiempo para hacerlo. ¿Le entras?
Ubicación: Col. Del Valle. Renta: 2, 500
La octava casa
Ahí voy... gritó doña Elena. Luego subió a mostrarme el departamento. No era una huevito pero se le parecía. Sí. Estaba bonito pero era muy chico. Mucho muy chico.
Ubicación: Col. Júarez. Renta: 3,000
La novena casa
Abrió y era un paraíso. Estancia comedor muy amplio. Cuarto bastante grande. Ok. Las ventanadas daban a una pared grandísima y gris pero abajo, en un patio, había un estanque con muchos peces. Me dije, bueno, cuando quiera matar a alguien por la pared, tiro una piedra al estanque y listo. Luego llegó la oferta. Salí pensando que la vida es cruel. Al final de cuentas, lo único que la gente quiere es pagar algo razonable por un lugar donde no se deprima o de perdido, disfrute un poco de paz y tranquilidad. Los renteros del mundo no lo ven así.
Ubicación: Col. Roma Renta: 4,500

Tuesday, April 18, 2006

Día 1 al garate o como buscar casa en el d.f.

En la primer casa
La hija de la portera sale con aire fachoso y enojón. Me dice que no me puede recibir porque a su mamá la acaban de operar. Todo en la forma como me contesta denota fastidio, hueva, hartazgo. Es que estoy apurado, le digo y ella sólo tuerce la boca. No, pues no sé, me dice, ven el sábado si quieres para que te muestre mi papá los departamentos. Luego cierra y veo el edificio. Verde verde verde.
Renta: 3,000 Departamento de una recámara, cocineta y baño.
En la segunda casa
Ni siquiera me abrieron aunque la manta decía: Se renta. Informes con la portera. Me estoy dando cuenta que las porteras son quienes en realidad poseen las llaves del reino.
Renta: 3,500 Departamento de dos recámaras.
En la tercera casa
No, mira, si es un huevito. Me dijo el rentero, para qué te miento. Pero esta es una buena zona. Así que entré y vi. Nah, ¿cómo crees que esto es un huevito? Y sí, no cabía ni mi cama. Las paredes estaban bonitas. Eso sí. Pero para entrar al baño había una puertita pequeñita de dos aguas. Tendría que bajar al menos, unos tres kilos para pasar con tranquilidad y poder tomar el jabón del piso.
Renta: 2,600 Departamento para gente de Liliput.
En la cuarta casa.
¿Entonces, no te gustó?, deja te muestro el otro. (era el mismo del huevito). Era, ahora sí, una casa, un lugar donde alguien viviría con dignidad. De eso se trata, creo, vivir con dignidad aunque sea un lugar chiquito. Dos recámaras, balcón, cocineta, baño amplio. Pero en cuanto me pidió los requisitos se me fueron los colores del rostro. Salí viendo una casa que no podría pagar.
Renta: 4,650 Departamento muy padre.

Saturday, April 15, 2006

A buscar casa otra vez

Estoy entre triste, enojado y qué se le va a hacer. No tenía ni dos meses y medio en la Roma cuando ya me pidieron el departamento. Mis amigos me dicen: has pleito, no te puede sacar si firmaste un contrato pero yo, más bien, lo veo como una derrota ineludible. Pelear es desgastarse. Pelear es perder energias por una casa que, de entrada, ni es mía ni nunca lo será. Así que me voy. El saldo, como sea, es blanco. Hice dos buenas fiestas en esa casa. La primera fue el open house y la segunda fue para festejar el Torri. Casi 75 personas estuvieron en esas paredes. Y, además, ahí empecé mi relación con O, que es como todas las casas del mundo.
Entre triste, enojado y qué se le va a hacer estoy buscando otra casa. No me quiero mover mucho. Hace ratito vi un departamento en renta por Insurgentes y la próxima semana empezaré a ver más por la Roma, la Juárez y colonias circunvecinas. Ahora que lo pienso, siempre quise también vivir en el Centro Histórico.
Así que otra vez a buscar casa. Cuatro años y llevo ya, con esta nueva, siete casas en el Distrito Federal. Ahora y desde antes, reconozco y comprendo las palabras de mi madre: fíjate en tu papá, me decía, y comprate algo tuyo, una tierra que sea tuya y de donde nadie te pueda sacar, una casa donde puedas hacer lo que se te antoje y no hagas rico a otros. Veamos que pasa. Debo de ponerme a escribir. No es por moda ni por socialidad ni por conocer a los mejores escritores ni por poner el nombre en una marquesina. Sino escribir, escribir por supervivencia.

Saturday, April 08, 2006

Dehesa

Comencé a leer a German Dehesa a los once, doce años, cuando él escribía para el periódico El Norte y yo vendía el periódico en las viejas calles de la colonia Victoria. Me hice fan, al instante, de su afilado humor, del su lirismo cínico y sarcasmo político. Siempre lo leía, invariablemente, al filo de las diez de la mañana cuando las horas arduas de ventas ya habían pasado y sólo quedaba un remanso para liquidar los últimos periódicos.
Cuando el periódico El Norte, o Grupo Reforma entró a la ciudad de México y se enfrentó a las prácticas monopólicas de El Universal y otros diarios de la capital, German Dehesa y todo un grupo de colaboradores de El Norte o El Reforma, salieron a las calles a vender sus diarios. Dehesa vendía cerca de 6,000 ejemplares diarios. Algo sorprendente, comparado con los ochenta o cien periódicos que yo vendía en mi puesto al aire libre.
Ya en el Distrito Federal, en una fiesta ya lejana en el tiempo, tuve la oportunidad de conocer a Juana Inés, su hija. Juana hablaba con singular apostura de diversos temas. Yo ni le pregunté por su papá. Pero lo cierto es que, ya tenía un tiempo sin leerlo. Simplemente, un día Ratán, el Bucles y la Tractor dejaron de interesarme. Por eso, hace una semana cuando el maestro Langagne nos dijo a Boone y a mí, al monclovense y al regiomontano que irían ambos a una entrevista a la radio con German Dehesa, como parte del ciclo de becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas que irían con él, no pude menos que alegrarme.
Un día antes de la entrevista fui a una presentación del libro con O. Ahí estaba Dehesa. Semejaba un conejillo fiero sobre la mesa. Habló de política, se mofó de Fox cuantas veces quiso, de la Chachalaca mayor, López Obrador y al mismo tiempo habló de poesía. Habló de un mundo salvaje donde la poesía no era apreciada. El público le aplaudia todas sus palabras. Al final, mientras O y yo aguantábamos un tanto la risa por los nervios del presentador, German Dehesa dijo un último poema de Quevedo. El público compuesto por muchas viejitas suspiró como el mismo Quevedo hubiera salido de la tumba a recitarles sus versos.
El día de la entrevista estuvimos tranquilos. Saber de German Dehesa, que sólo esa mañana había escrito en su columna de Reforma una ácida crítica contra el presidente de la república, al decir que lo manejaban desde la cama, era como atestiguar un meteoro. La entrevista corrió por tópicos de la creación, de cómo empezamos Boone y yo a escribir. Dehesa habló de la poesia, del valor de las palabras y al final nos permitimos bromear con él al aire.
Nunca he escuchado su programa de radio y no creo que escuche nunca la entrevista que nos hizo ese martes. Lo que sí creo es que visitarlo, ser entrevistado por él me supo mucho a esas mañanas cuando lo leía a las diez, cansado ya del ajetreo matutino, firme en mi puesto en aquella esquina de la calle por donde pasaba el ruta 82, frente a una tortillería. Recordé ese tiempo, la forma como se desenreda la vida, no hacia Dehesa, no, qué va, sino hacia el origen. Siempre estamos yendo al origen, a la semilla de nosotros mismos.

Monday, April 03, 2006

Una de las cuatro de la mañana

Hinojosa, Cristian Peña y Sarabia discuten con Espartaco sobre literatura. Yo les preparo quesadillas. La casa es literalmente un asco. Botellas por todas partes, en una esquina hay como un lodo pequeño y no sé como es que ese lodo ha llegado ahí. Mi O me dice que hay gotas de vino en una silla. Mi casera se va a infartar pero les sigo preparando las quesadillas. Las sirvo en platos amarillos desechables. Ellos las comen, las pasan con cerveza. En algún momento de la noche Espartaco y los demás están a punto de los golpes. No te puteo nada más porque estas en la casa de mi amigo, le dicen. Espartaco sigue con su postura Browniana.
Yo sigo con mi postura de chef. Corto las rodajas de queso Monterrey Jack, unos trozos de salamí y jamón. O limpia un poco la casa. Ninett duerme en el cuarto contiguo. Vámonos, grita Hinojosa y salen en un barullo de cacerolas y mordidas. Vamos hasta Acapulco, gime Sarabia. ¿Estas bien, seguro? le pregunto. Sí, si, nada más dame un café. Se lo toma y ahora sí, se van.
Salen con la madrugada y las cuatro en el alba. ¿Qué le puedo decir a Espartaco si acaba de casi insultar, borracho, a mis amigos, si el mismo Espartaco es mi amigo? Nada.
Las noticias son que lejos, muy lejos, al menos de eso me entero el sábado, Hinojosa y los demás chocaron, o los chocaron y persiguieron al otro conductor que se había dado en la fuga. En mi casa, en tanto, ya no quedaba queso y en la mañana, cuando me puse a limpiar, nos pusimos, mas bien, sacamos seis bolsas de basura. Poco para una fiesta donde siempre estuvieron cerca de sesenta personas.

Saturday, April 01, 2006

Tarde de Juárez

Frente a la iglesia metodista en la calle de Gante hay dos pequeños restaurantes de tacos. Tienen unas mesas pequeñas, con sombrillas verdes, mesitas circulares donde apenas si te caben los platos y el refresco. En la iglesia metodista, a un lado de las escaleras —cinco o seis escalones que conducen a una puerta de abeto— hay un hombre calvo, con camisa y pantalón de vestir. Intenta mover a un indigente tirado en el suelo. El indigente es un viejo cubierto con más de cinco suéteres. Unos cartones la hacen de cama pero el viejo se encuentra lejos de ese placer. El hombre calvo intenta moverlo pero no puede. Mira hacia la gente que pasa con aire de ayuda pero nadie que pasa lo ayuda. El anciano sigue tendido. Orfa y yo los miramos mientras esperamos nuestra comida. Voy a ayudarle, le digo. Me pongo en pie y por alguna razón siento que todos los que han visto el afán del hombre calvo por mover al viejo ahora centran su atención en mí. Como parte de una obra entro al escenario. ¿Quiere moverlo? le pregunto al hombre calvo. Sí, pero no puedo. El indigente me lanza una mirada rápida. Tú me cargas de los hombros, él de los pies. Su orden llega sin contratiempos. Ahora soy el mandado. Entre los dos lo acomodamos, lo ponemos bajo una pequeña saliente que podría protegerlo del frío, de una lluvia que hoy 21 de marzo intenta salir.
Cuando regreso una mujer me dice: Dios te bendiga y yo me siento otra vez a la mesa y observo al indigente que saca un periódico y comienza a leer. Pero ni Orfa ni yo lo miramos mucho tiempo. Los dos seguimos al hombre calvo, algo gordo, que lleva en la mano un pastel. Lo imagino llegando a su casa con el pastel en la mano, contándoles que se demoró un poco por ayudar a meter a un indigente. Y me consuela un poco que este acto desapercibido tendrá siempre una complicidad mutua entre él y yo. Siempre, o tal vez no, recordaremos al pasar por la calle de Gante al viejo junto a las escaleras de la iglesia metodista.
Cuando el hombre se pierde entre la gente el mesero nos trae los tacos. Los míos son de surtidita. Los de O son de maciza. Voy a lavarme las manos, le digo. Ella asiente. Sí.