Friday, March 16, 2007

El breve espacio

Puebla de los Ángeles. El chofer se pierde y tengo que bajarme para llegar al lugar donde se presentará el libro. Al llegar, entro por equivocación a la presentación de otro libro. Bajo. Llego con la encargada. Me lleva casi corriendo a donde sí será el evento. Me dice que me esperaban desde las cuatro. Luego, la chica se pierde. Le llama a su jefe, Roberto Martínez, y me lleva en taxi a El breve espacio. La presentación estuvo padre. Las palabras de Gerardo Porcayo fueron muy elogiosas para el libro. Me sorprende como cada lector, le encuentra siempre sus cosas distintas, pero, claro, muy cercanas al final a la intención. Leí los inicios de todos los cuentos, un ejercicio que nunca había hecho y me suena lo arrabalero que son. Será que los conozco tanto, que ya no me producen mucha emoción. Al final dejé libro a consignación en dos librerías (son casi regalos, no veo que me depositen 150 pesos de Puebla) y vendí dos libros a Elizabeth y Federico. Fue una buena noche. De regreso, no encontrábamos al chofer pero Roberto, su mujer y Gerardo se quedaron conmigo hasta que apareció. Llegamos a las doce al D.F. y yo me dormí durante el camino, toda la parte de la sierra. La próxima semana voy a Apazco.
Crónica de dieta/día siete
Martha nos hace pasar y nos toma el peso y la presión.Bajé otro kilo. Kilo con trescientos gramos. O también. Le cuento del taco de guacamole que no me comí y nada más me sonríe como diciéndo: no te creo. Pero sí. El camino de regreso al D.F. en ese sentido, fue espantoso. El chofer había comprado hamburguesas para sus hijos y el aroma se había apoderado del carro. Creo que tal vez, por lo mismo, hoy entré a un Burguer King. Ordené una ensalada y la comí rumiando mis días de exceso. Al menos ya va una semana.

Thursday, March 15, 2007

El viejito

Llego a la casa y encuentro a don Rafa afuera del edificio, escoba en mano, y me dice: mire joven, aquel viejito, bese y bese, nomás calienta pero ya ¿qué calienta? Y busco al viejo del que habla don Rafa y enfrente de las puertas de la secretaría de economía encuentro a un hombre canoso, sí, un tanto viejo, que le da besos a una mujer regordeta, vestida con blusa floreada y falda verde. Don Rafa sigue atento al viejo pero yo entro. ¿Qué de nostalgias y de lujuría tengra el viejo ahorita que ve al otro?
Crónica de dieta/día seis.
Ya decidí que, cuando esto acabe, lo primero que comeré será pastel, o frutas y bombones rociados con chocolate. Por lo pronto, va bien. Ayer nos tocó ir a la consulta y para nuestra sorpresa no estaba Ninfa, sino la doctora principal, creo, la dueña del lugar. Nos dio muy buenas noticias. Yo bajé casi cuatro kilos. Hoy voy a Puebla a subirlos, jaja.

Tuesday, March 13, 2007

Espero ya que llegue la película de 300, basado en el libro gráfico de Frank Miller. Ansío ver sangre, desmembramientos, una lealtad y honor que cada vez parece que sólo quedó en el pasado. La batalla de las Termopilas, no es mi favorita. Amante de la cultura persa, ese estrecho me recuerda, tal vez, la caída de uno de los imperios gracias a los cuales empecé a leer, ávido por su historia. Pero a esperar, faltan tan sólo un par de semanas.
Crónica de dieta/día tres
¿Señor, vende los nopales? y el don, sentado en un banquito de madera, responde: por supuesto, claro que sí, mire, mientras pruebe esto. Y con una velocidad sorprendente extrae una tortilla caliente de un altero cubierto con servilletas, le unta una cucharada de aguacate y guacamole y me lo entrega. Me quedo febril al recibir ese taco. Y recuerdo, no puedo comer ni tortilla ni aguacate. Por un momento pienso, ¿qué mal me puede haceruna tortillita con aguacate? Pero entonces pienso en una presa a la cual se le hace sólo una fisura y esa fisura me vuelve más grande y más grande y más grande. Compro los nopales y me voy con mi taco de guacamole camino a casa. Lo llevo en la mano como un gorrioncito caliente. A veces lo miro y quiero comerlo, pero me contengo. Busco a algún indigente a quién dárselo y antes de llegar a casa veo a un viejo, extremadamente delgado y pienso en futilidad de las dietas, al notar cómo el viejo devora con ansiedad un trozo de torta de milanesa. Pero no le entrego el taco y metros más adelante, lo tiro a la basura con toda la lástima que puede darme un taco de guacamoles. A veces, seguir las reglas, se vuelve algo absurdo.

Sunday, March 11, 2007

Dialogos con un brócoli

Es curioso cómo, al tener una interacción más morosa con tus alimentos, estos parecen apartar un tiempo preciso para ser comidos. Recuerdo la sensación casi desesperada de tomarse una coca-cola o la rápida mordida a una quesadilla. Ahora, con los vegetales, ocurre algo distinto. Por más que quiero apurar la mordida, la masticación, más lento engullo. Y el sabor de las verduras permanece por más tiempo del que quisiera en la boca pero, apenas muerdo una fresa o chupo el hueso de un mango y lo muerdo y le exprimo todo el jugo, ese sabor permanece como un estrella fugaz en mi lengua. Es curioso cuándo empezamos a entablar una "relación" con lo que comemos. En un cuento de alguien, escuché: "ya tienes edad para dialogar con tu comida". Y bueno, yo estoy dialogando con mi comida. Hasta ahora, no me ha dicho muchas cosas interesantes.
Crónica de dieta/día dos.
El pescado cocido sin aceite y sin nada, me quedó un poco duro, pero el mango, ah, el mango. Qué placer de morderlo, de tenerlo en las manos, de pelarlo suavemente mientras dejo que el olor se expanda hasta mi nariz. En la tarde le he dicho a O, con una mezcla de orgullo y fascinación: "cuando vayamos al cine, en lugar de las palomitas, ¡nos llevamos la gelatina que nos toca en la tarde". Ella nada más sonríe. No sé si para decir tope o por pura nostalgia.

Saturday, March 10, 2007

Masticación

Se llama Ninfa y es nuestra doctora en este, ahora comprendo, arduo proceso de acometer una dieta. Es de tez blanca, pelo negro y lacio y tiene una cierta capacidad para desesperarse que la vuelven un poco ansiosa. Pero es nuestra doctora y por estos días, casi casi, nuestra gobernante. Ninfa nos explica que, en la nueva parte de la dieta (subir los kilos ha sido superado con éxito, un poco demasiado, tal vez), tendrá una parte importante del proceso un pequeño elemento, obvio, pero indispensable. La masticación. Dice la palabra dándole énfasis a cada letra y al final, el resultado sonoro es contundente: masticación. Me suena como al punto final de todas las cosas, como la forma como se derrumba un edificio, igual que el sonido final que hace un gato al pelearse.
Durante la consulta, Ninfa repite varias veces la palabra y yo me siento arrullado con esa sonoridad. Masticación también me sabe a: te destruiré poco a poco y te gustará.
Crónica de dieta/día uno
Nunca, en mi vida, había comido tanta lechuga. Al llegar a casa de O, había un trozo de rosca de pan dominó. ¿Puedo al menos lamer el pan? le pregunté a O quien nada más sonrió. Pero vas muy bien con la dieta, la vas a romper. Bueno, al menos voy a oler el pan, insisto con mi fetichismo gastronómico. Ah... qué delicia el olor del pan. Después, fui a comerme mis fresas y claro, mi lechuga.

Friday, March 09, 2007

Mi propio super engórdame

Hace meses compré Super engórdame, la famosa película que ataca a Mc donalds. Tengo que admitir que el tema funcionó, al menos en mí. Desde entonces no he vuelto a pararme no sólo en un Mac Donalds, sino en cualquier Burguer King, KFC y anexas. El tema de la película me llegó. Fue una manera contundente de decir: ya basta. Y miré mi estómago. Sï, ya basta de comida chatarra.
Pero a los días, me di cuenta de algo: Latinoamérica no tiene esos problemas con Mac Donalds porque, en latinoamérica, ir a un Mac Donalds equivale, para mucho, un lujo. Aún recuerdo con cierta nostalgia mi primer visita a un Mac Donalds, lo recuerdo con nostalgia y un poco de pena ajena, pero qué va.
Una vez fuera de mí la comida rápida, bueno, llegó mi comida rápida mexicana: tacos, tamales, quesadillas, etcétera, causándome una sincera y bien remunerada gordura. Y también, claro, un fastidio gastronómico, una desesperada ansiedad por sabores nuevos. Así que, oficialmente, busqué una dietista. Antes había ido con nutriólogas pero ahora decidí ir a una clínica. La primer regla de la doctora fue: tienes que subir un kilo o kilo y medio para empezar la dieta. Me le quedé mirando con incredulidad. ¿un kilo? Así es, un kilo o kilo y medio. Y lo dijo con esa buenventura que da saber que estás por subirte al Titanic o al Apolo XII. ¿Y cuántos días tengo? La doctora miró el reloj y dijo: ¿y cuándo vuelves a la consulta? ¿El viernes? Entonces tienes hasta el viernes.
Felicidad de los gordos es un cuento que escribí donde un gordo tiene que subir tres kilos en una semana para poder participar en un concurso de box de pesos pesados. En el cuento, el tipo come de todo, va con una dietista y al final, descubre que, lo que deseaba, no se va a cumplir.
Así me he sentido desde ese ya lejano martes por la noche. He comido de todo, en condiciones desfavorables. Me duele la cabeza. Si siento mi metabolismo muy muy acelerado. Pero seguir en las condiciones actuales, también, es peligroso. Hoy veré a la doctora. A las cinco. He pasado por toda la comida rápida y chatarra del mundo estas horas y la sensación que tengo es esta: la comida apesta. Dice la doctora que nunca volveré a ser igual. Me parece slogan publicitario. Lo último que comí fueron unas palomitas. Con esfuerzos las terminé. Pero bueno, veremos estos meses, en estos apunte cero tenebrosos oliteratoso, qué es lo que ocurre o si la libré. Si llegué a Nueva York.

Sunday, March 04, 2007

Las monarcas

Tengo sueño. Me levanté a las cinco y media de la mañana. No me he bañado tampoco. En la camioneta venimos otros ocho y creo que ya todos queremos regresar a la ciudad de México. El chofer toma por un camino viejo y trepamos a la montaña. A la mitad del camino vemos a la primera. Es pequeña, pasa casi desapercibida. Metros más adelante, escolantando la carretera, casi con un rastro indeciso y transparente, aparecen las demás. Entonces me desperezo un poco y empiezo a notar cómo hay más y más mariposas monarcas. Los autos van a una velocidad lentísima y con los faros encendidos, la luz del sol horada los árboles e ilumina trazos de carretera de donde salen más y más mariposas. El santuario, dice alguien, justo cuando la carretera da la vuelta y al salir de ese recodo aparecen laderas pequeñas, carros detenidos y el paso de un enjambre dorado y café de monarcas. Las mariposas rodean la camioneta. Las mariposas se elevan graciosamente al llegar al parabrisas. Avanzan a nuestro lado, se pegan a los vidrios laterales de la camioneta. Todos nos despertamos. Recuerdo entonces, hace mucho años, un pésimo mal cuento que leí en un taller narrativo en el tec de Monterrey. El autor tuvo el decoro, la ingenuidad acaso, de leerlo frente a Juan José Millás. El punto clave del cuento eran unas frases que no he podido olvidar con el paso de los años: "maiposas boadoras, foes monarcas". Pero hoy, tan cursi que puedo ser, pienso, tenía razón esa frase aunque estuviera en el cuento y con las oraciones y las intenciones equivocadas. Al momento de escribirlas, espero poder acomodarlas en un lienzo más a modo. "Veníamos cansados en una camioneta, sin esperar más que un viaje cansado a nuestras casas y de pronto, en la carretera, nos explotó un incendio flores voladoras, de mariposas monarca".

Reporteros A.C.

El viernes y sábado fui a Valle de Bravo a cubrir el entrenamiento del equipo de natación de Sport City que intentará (y seguro lo logrará) cruzar el canal de la Mancha a mediados de agosto. No un cruce cualquiera (aunque uno sería, por sí solo, una hazaña), sino un cruce cuádruple en relevos. La cita fue, como dije, en Valle de Bravo. La luna llena fue un marco ideal para estos seis nadadores por los que siento una estima inusual. Además, no se trata de un simple cruce: sino que también tiene una fuerte carga social: apoyar con una operación para niños que nazcan con labio y paladar hendido. Un kilómetro nadado: una operación donada para uno de estos niños, que se estiman, son uno por cada 566 bebés.
El entrenamiento, bien. Lo divertido fue departir con el mundo de los reporteros. Me recordó de inmediato el mundo de los escritores. No recuerdo sus nombres, pero había una reportera de Record a quien, después de alabarle el periódico, se dedicó a ignorarme completamente. Se le veía ufana y segura. El reportero de Televisa era muy divertido y hacía con los nadadores lo que quería. En una obligó a los pobres a decir: "por un cruce exitoso, todos con televisa deportes." Me pregunté si Televisa deportes donará algo de dinero para alguna operación. Yo hice migas con los chicos de radio, un poco con los de otras revistas y ya.
E insisto. Me sentí como en un encuentro de escritores en el cual todos le tiran a los poetas (el de Televisa en este caso). Se criticaban notas, desplegados, notas cubiertas, se reían a gusto de otros reporteros, hacían trizas a una chica de televisa que cubrió el superbowl (su mejor entrevista fue la que le hizo a una tanga en una tienda de souvenirs) o bien, se comían a otros ilustres personajes del medio. Yo estaba muy divertido, a salvo del veneno, pero recordaba cuando entre amigos o desconocidos, me entero que le tiran a un escritor joven porque se promueve, o al último que hizo una antología de poesía, o al último ganador de un premio literario o lo pésimo que escribe uno que ya tiene un par de libros... etcétera, etcétera, etcétera.
Reporteros A.C. El sentido de competencia entre ellos es muy alto. Todos saben que sus notas no pasarán en ninguna memoria colectiva. Todos saben que al leer una nota, en el último que piensas es en quien la escribió, pero aun así algunas se comportaban como si sí lo fuera.
Fue una buena noche y una agradable experiencia. En el fondo me dieron un poco de simpatía. Sí. Claro. Ellos también se creen los salvadores del mundo, los más inn en lo inn, lo seguros conquistadores de la gloria.

Thursday, March 01, 2007

Lavandería

O se quejaba de que hace mucho que no me esmero en mi cuidado personal. Claro, he subido algunos kilos, traigo una hueva espantosa y también, hacía más de dos meses que no lavo la ropa. Es decir, en lavandería. Así que hoy, decidido, miro el bulto de ropa y me digo: vamos a la lavandería. Y bajo de mi departamento con la pesada bolsa al hombro. Espero en Chapultepec, sigo por Dinamarca y cuando llego a la lavandería la dependienta me sonríe. Le digo que quiero la ropa para mañana y le digo mi nombre. Entonces ella pone cara de circunstancias y dice: !Ay, joven, creo que la vez pasada a la otra señora se le olvidó darle una bolsa de ropa! Y yo: ¿ropa? ¿cómo? Y sale la señora de detrás del mostrador y va hasta el anaquel y me enseña una bolsa más que mediana y sí, asisto entonces con sorpresa al descubrimiento de que sí, yo tengo una camisa naranja, unas de cuadros, una café, un par de sudaderas para dormir... casi diez camisas y más ropa.
¿Sí es suya, verdad?
Sí, claro que es mía.
Y voy cayendo entonces en la cuenta de que claro, cómo fue que había olvidado diez camisas. Digo, una se te puede olvidar, dos, probable, tres, entendible pero.... ¡diez camisas! Salgo contento de la lavandería. Hoy, sin saberlo, asistí a mi compra de ropa más espectacular y también, la más barata. Sólo era cuestión de, sí, lavar la ropa en montón.

Wednesday, February 28, 2007

Me dice Geney que deberíamos de tallerear mi blog, que por eso no avanzo en la novela. Y sonríe. Y se va. Tal vez tiene razón. Aunque hace mucho que no escribo en el blog. En realidad, hace mucho que no "escribo", y lo pongo entre comillas aunque tal vez debería de ponerlo en mayúsculas. Siempre, desde que tengo noción, he querido ser escritor. No sé muy bien qué sea eso, ni si lo he logrado. Dicen que sí. Algunos eso dicen. Yo no lo creo. Pero llega un punto, en el que de una forma u otra, no me satisface nada. Pienso que hay más originalidad en ser taxista. Hoy tuve un deseo insospechado por ser taxista. Pensé, ok, es un trabajo difícil, los roban cada tres días, pero ha de ser padre ser taxista sin pensar que soy taxista porque no me quedó de otra. Me imaginé como un buen taxista, que no altera el taxímetro, que tiene una buena conversación, que sabe chistes o cuenta historias. No sé. Ahorita, quiero vomitar.

Friday, February 23, 2007

Minería

Gracias a la Fería del libro del Palacio de Minería fue que vine por primera vez a la ciudad de México. Como buen encargado de la bodega y de la venta de libros, fue casi obligación que asistiera a la FIL del 2000, cuando Nuevo León fue estado invitado. Aún recuerdo el viaje, porque además, nunca había viajado en avión. Apenas aterrizamos en el aeropuerto y ya camino a la banda de equipaje, Víctor Hurtado, quien iba muy orondo y tranquilo, me dijo: bienvenido a la ciudad de México. Son palabras que no olvidaré. Después, tomamos un largo trayecto por circuito interior donde las fachadas de las casas, el denso tráfico, y el metro terrestre eran una sorpresa a cada instante.
Comimos en el fish, después fuimos a casa de una amiga de Víctor. Más noche al hotel Parque Ensenada en Alvaro Obregón: para mí, el d.F. está intimamente ligado con esa calle y con la sorpresa monumental cuando vi por primera vez el MUNAL y el Palacio de Minería. La fería, por lo demás, fue caótico, exhaustiva y nocturna. Me pasaba la mitad del tiempo atendiendo el stand al que llegaban regios en el exilio defeño y nos compraban libros y más libros. Después, vagabundeada entre los stands para ver si encontraba algún libro o me salía a comer a La Opera.
Fueron once días de correr a la bodega, poner libros, vender más, organizar un par de presentaciones de libros de autores regiomontanos.
Al final de la jornada sólo quería ir al hotel y dormir. El último día estabamos muy cansados Víctor y yo. Comimos pizza en un lugar en Motolinía, después compramos dulces en La Dulcería Celaya. El desmonte del stand fue caótico, diablitos de un lado a otro, cajas por todas partes: las bodegas de la FIL atiborradas, camiones y camionetas de mensajería en todos los carriles de Tacuba. Al regresar tenía esa extraña duda, ese juego en la boca que me hizo decirle a Víctor: ya verás, que en unos cinco años me vengo a vivir al D.F. Se lo dije con toda la inocencia cno la que externamos nuestras esperanzas. No había pasado ni año y media de tal sentencia cuando ya me había venido a vivir acá. Han pasado cinco años desde entonces y sigo pensando que pronto, muy pronto, me voy a ir.

Thursday, February 22, 2007

FICCO cucarachilla.

Nunca había ido a una inauguración de nada. Mis pretextos eran muchos: la gente, el glamour que no poseo, el snobismo a todo lo que da. Pero ayer, O me animó a ir a la inauguración del FICCO en el Cinemex de plaza Antara, en Polanco. Al llegar había una alfombra roja por la que pasaba en ese momento un par de viejitos que no reconocí. Adentro, en los amplios espacios de la plaza, estupendamente diseñados, aplauso a los arquitectos, se movía demasiada gente con bebidas en las manos y charlas que iba entre los óscares, que uno había visto a Gael García o bien, que "alguien" le iba a enseñar a otro "alguien" a escribir su guión cinematográfico.
Yo iba con el presentimiento de que, a pesar de que esta ciudad tiene 20 millones de habitantes, con toda seguridad me iba a encontrar a conocidos. O y yo fuimos por unas bebidas y comenzamos a caminar entre las principesas y principesos, entre intelectuales y edecanes que camiban con apuro o charlaban entre las mesas cuando escuché el primer Toño de la noche. Si había una persona a quien no pensaba ver precisamente ahí, en el FICCO de Polanco, era a Oscar Dávid López. Nos saludos efusivamente y más tarde llegó Tellez Pons y luego, más tarde, apareció Ira y su novio.
¿Dónde terminó la noche? No fue en la majestuosa sala de plaza Antara, (diseñada, insisto, para hacerte olvidar que estás en el Distrito Federal). No terminó en algún lugar de moda, ni en un bar preciosista. No. Terminamos en unas quesadillas a un costado del metro insurgentes, Oscar poniendo canciones de Lupita D`alessio y todos comiendo quesadillas de hongos con queso o de bisteck. En una mesa de al lado comía un grupo de cuatro mujeres con la marca indeleble de la ceniza en la frente, en una esquina un par de jóvenes bebían y bebían mientras les lanzaban miradas de reojo a la amiga de Oscar y a O. Yo estaba serenamente sosegado. Comía, me reía, le hacíamos bromas al resto de los comensales. Cosas mínimas. Cuando salimos, pensé que en ese momento eramos un mercado nada objetivo para el FICCO. Es decir, el FICCO no está diseñado para la gente que come quesadillas en el metro Insurgentes o afuera del Metro Constitución de 1917. El FICCO, qué cosa tan naif. Ya nos habíamos despedido de Oscar y cia cuando pensé en realidad cómo se llamaba el lugar al que habíamos ido a comer quesadillas. Las cartas decían: "Quesadillas la Cuchara", pero en el cartel en la pared, con letras redondas y rojas, decía: "Quesadillas La cucarachilla." No importaba. El mundo, como dice Ciro Alegría, es ancho y ajeno.

Wednesday, February 14, 2007

Aviones

Hace mucho que no voy al aeropuerto a ver la llegada y despegue de los aviones. He ido para viajar pero no para ver. En mis primeros meses en la ciudad de México, y dada la cercanía de mi casa con el internacional Benito Juárez, me daba por irme a sentar en unas bancas que estaban contiguas a la barda del aeropuerto y desde ahí miraba partir los aviones. Escuchaba el sonido áspero de los motores y las reacciones de las llantas al caer pesadamente en la pista. Y veía a los mecánicos y los condutores de camionetas donde iban las provisiones para los pasajeros. Yo era feliz viendo los aviones. Me recordaban y recuerdan mucho, un poema del poeta brasileño, Bandeira, que dice: "todas las mañanas, el aeropuerto de enfrente me da lecciones para partir." Por eso iba al aeropuerto: para recordarme que yo ya había partido. Y tal vez por eso no voy ultimamente mucho, a ver los aviones: porque sé que la partida es lejana, pero también por que intuyo que no todas las partidas son de ciudad o de personas, sino también, de estilos de vida. Uno deja de ser, en determinado momento, lo que siempre pensó que sería. Y se acomoda bien a las otras circunstancias de la vida. Pero no he ido a los aeropuertos. Aún no he sentido de nuevo, el consuelo firme de los aviones.

Thursday, February 08, 2007

Renovaciones

Me miré al espejo y no me gustó lo que encontré. No hablo de fealdad, claro. Pero me miré al espejoe y me dije: qué me está pasando. Siempre he aparentado menos edad de la que tengo. Alguna vez una chica de 21 años me invitó a tomar algo y ya en la plática, me preguntó cuantos años tenía. Le dije que 26 (mi edad en aquella ocasión). La chica se sorprendió. A partir de ahí todo fue en picada. Claro. Ella sí se veía de 21 pero ni hablar. Aunque no hablo de la edad. O me dice que últimamente me nota cambiado. Tú nunca habías dado una clase en sudadera. Tú nunca habrías ido a la fundación en pants y sudadera de correr. Y tiene razón. Algo me empezó a ocurrir sin que me percatara: empezó a darme ese dejo de la edad, ese dejo que no importa como te vistas, importan otras cosas pero comencé a dejar de ser yo. Y luego O apuntó a mi panza. Ok. Sï, he engordado. Pero incluso antes me preocupaba mi peso. Hoy no. Pero en la mañana, antes de ir a recoger unos papeles, me miré al espejo y me vi la barba mal rasurada. La última vez que la tuve así, descuidada, libre, casi inmoral, fue hace más de tres años. Y me miré al espejo. Es increíble cuando vemos nuestro rostro con una pizca de sorpresa.
Últimamente he estado muy aturdido. Escribir me agota. Me agota tener que demostrar a los otros que sí sé escribir. A veces este lugar sólo es eso: demostrarle a los otros lo bueno que eres. Y eso agota. O bien: demostrarle a los otros que te vale escribir pero aquí estás y que todo tu ego se basa, no sé, en otras cosas. Pero mi miré al espejo. Y no sé porqué, pero empecé a rasurarme. Disfruté rasurarme. Aún dejé algo de barba pero quité todo lo estaba fuera de sitio. Y anduve, he andado, todo el día con una pizca de tranquilidad. Después de recoger los papeles me metí al cine. Fui al Cinemex del World Trade Center, uno que me trae muchos recuerdos de días lluviosos, amigas y depresiones. Hacía mucho que no iba. Disfruté sentarme a mis anchas en una sala vacía (fui a la función de las diez y media de la mañana). Cuando salí pensé que debía de empezar a escribir una novelita juvenil, de ciencia ficción. ALgo que siempre he querido. Y luego, pensé en que uno de mis temas siempre ha sido la infancia. En fin. Llegué aquí y no he dejado de escribir desde la tarde hasta ahorita. Y todo el origen ha sido muy raro: sólo de mirarme con detenimiento frente al espejo. A veces la imagen que reflejamos es el click que se necesita.

Tuesday, February 06, 2007

Ixtapan

El sol. Siento el sol levemente en la nuca cuando bajo en la central de autobuses de Ixtapan. Una mujer vende tortas en los andenes y cuando salgo de la central, camino a la presidencia municipal de la ciudad, el aire fresco, el aroma a leña y hierba recién cortada me dicen que finalmente estaré en un sitio parecido al paraíso. Y no me equivoco. En la presidencia me recibe Víctor, el encargado de cultura de Ixtapan y rápido me instala en la casa de huéspedes Kassandra.
Ixtapan está enclavado en un cerro y para llegar a la presidencia hay que subir la cuesta. En la parte alta se erige una iglesia con muros blancos y puntas sobre sus techos, puntas que parecen las picas o estacas para defenderse del cielo. A las cuatro de la tarde es la primera reunión con alumnos de la escuela anexa a la normal. Víctor se ve un poco intranquilo pero conforme llegan los muchachos se relaja. Rodolfo, maestro de una secundaria y hermano de Víctor, también espera con sus alumnos en la entrada de la presidencia. Estoy emocionado, sorprendido. En la pared, en un cartelón de hielo seco, han escrito mi nombre y el de "Dejaré esta calle" con letras unicel coloreadas en verde.
La presentación inicia con tartamudeas. De inicio no sé ni qué decir. Me da cosa saber que, algo de lo que yo diga, puede servirle a los maestros y alumnos de la secundaria pero al rato la charla se encauza por un buen momento. Los maestros me preguntan, leo un par de cuentos, Yassir, el director de cultura y deporte, toma fotos, se sienta a un lado mío, después se va. Estoy contento. Me emociona mucho cuando una señora dice que entre ella y su hija leyeron el libro y me comenta las conclusiones a las que llegaron. Es increíble. Sólo imaginar que algo que yo escribí sirvió para una tarde madre-hija me pone los pelos de punta de felicidad.
Al terminar casi no queda tiempo para ir a la casa de huéspedes, cambiarme y dirigirme al café 1910 donde será la presentación en forma. Ahí encuentro a Óscar. Es delgado, monero, con una barba hirsuta. Fuma junto con Víctor quien bebe una michelada. Poco a poco se congrega la gente: pintores de Ixtapan, maestros jubilados, unos jóvenes. Óscar lee su presentación. Ya no quise incomodarlo, pero su presentación ha sido una de las que más me han gustado. Al terminar, José Antonio, un chico pintor, me regala su cuadro expuesto en la presidencia. No sé ni qué decir.
Más tarde bamos a Totonico (¿lo escribí bien?) a ver la feria. Quisiera que O estuviera ahí, conmigo, pero se quedó en el d.f. Avanzamos entre la gente. Nos abrimos paso entre los vendores de pan, de dulces y películas piratas. Óscar avanza al frente y Víctor tras de mí. Hace rato cenamos un pozole y enmoladas deliciosas en el negocio de Rodolfo. Al volver a Ixtapan me siento cansado.
Es sábado. Son las siete. A las once debo de dar clases en la ciudad de México pero eso no impide que me sambuya un poco en las aguas tibias del balneario municipal. El agua me pega en la espalda y más tarde, me hundo en la fosa termal de Ixtapan. El agua sabe a sal, a cobre. Víctor me deja más tarde en la central de autobuses e inicio mi vuelta al d.f. cargado de dulces, mezcal y los buenos recuerdos que, son, al final de cosas, lo único que nos salvarán de una vejez ineludible y que, estoy seguro, se vivirá al doble al recordarla.

Wednesday, January 31, 2007

La camioneta del hermano Manuel

Me pregunta Raúl qué recuerdo de los ocho años. Me quedo un momento pensativo y le digo: "Ah... recuerdo que todos los domingos íbamos a la iglesia. Salíamos de la casa y caminábamos hasta Churubusco y Ruiz Cortínes. Ahí tomábamos el ruta tres para bajarnos en la Universidad y de ahí, caminábamos todavía como seis cuadras para llegar a la iglesia.
¿Y ya, eso es todo? me vuelve a preguntar decepcionado.
Mmm... no, no es todo. Había veces que ya en el camión, detenido frente a algún semáforo en rojo, veíamos al hermano Manuel en su camioneta blanca con vivos rojos. Y entonces, por la sorpresa, desde el interior del camión empezábamos a gritarle, a decirle que ahí íbamos. Y nos bajábamos de inmediato armando un caos en los pasillos del urbano, ante la mirada burlona o sorprendida del resto de los pasajeros. Bajábamos felices, los cuatro chiquillos y nos subíamos a la camioneta del hermano. Ahí íbamos en la caja trasera de la camioneta con el aire pegándonos limpio y fresco en la cara, moviéndonos los cabellos, con el corazón feliz de ir con los amigos.
Raúl vuelve a poner cara de interrogación. ¿Y cuántas veces les dio raid?
Uy, no recuerdo, pero fueron muchas veces. A veces le gritábamos desde el camión en marcha y años más tarde, el hermano nos contó que cada que entraba a esa avenida, su esposa y sus hijos, venían con el ojo bien alerta para ver si nos encontraban en el camión. Y entonces él sonaba el cláxon de la camioneta y así nos dábamos cuenta que iba por ahí.
Raúl hace un gesto de uy, qué interesante. ¿Pero qué más recuerdas?, insiste.
Entonces pienso bien qué quiero leer de mí dentro de treinta años cuando llegue a este post y le digo, me digo ahorita:
Recuerdo el aire en la cara, el aire pegándome con toda la infancia posible.

Monday, January 22, 2007

El cuento está en las quesadillas.

Todo el domingo el señor Genaro estuvo en casa de O arreglando los desperfectos del sanitario. Las gatas sólo miraban entre indiferentes y curiosas al hombre o bien se echaban en el sillón a limpiarse el pelo. Además, O tenía dolor de cabeza. Yo me dediqué a embrutecerme tres horas en la computadora, en un juego de estrategia de cuyo nombre no quiero acordarme. Después me dormí. Caí en un sueño pesado, caluroso. La música de la vecina, canciones gruperas viejas, casi nostálgicas, me borraron todos los sueños y me dejaron sólo un sonsonete vacío de que aún no me recupero. Al despertar, pensé que ese domingo no tenía, a esas alturas, nada de espectacular.
Pero me desperté. Pensé que también ese podía ser un buen cuento, si tan sólo le alcanzara la belleza al momento. Y me detuve en el pasillo, con la mirada de Mía, una de las gatas, fija en mi lentitud, en mi sueño, en mi búsqueda de la belleza en ese pasillo de paredes verdes y con la puerta del sanitario abierta. Entraba poco aire. Olía a cemento. De la sala escuchaba el tecleo de O en su computadora. La casa: un desastre. (más tarde, a eso de las seis y cuarto, nos embarcaríamos a la compra de espejos, cojines, tapetes y cosas pero aún no era la hora). Caminé a la sala y pensé: qué calor hace, mañana es lunes, hay tutoría, tengo que ver a Emiliano. No pensé nada más mientras, aburrido, me sentaba junto a O y la miraba jugar al mismo juego de estrategia de cuyo nombre no quiero acordarme. ¿Y dónde está la belleza? ¿Dónde está el cuento?
Veía jugar a O y no encontraba nada. Después me levanté, fui al baño, salí y me puse en la cocina. El día anterior, en una cenita breve, O y yo habíamos comprado cosas para una buena velada y entre ellas, un queso con chipotle. Y me acordé que una vez, en una fiesta, para calmar un pleito, me puse a cocinar quesadillas para mis invitados quienes comían y se miraba a matar, después volvían a comer y después se miraban a matar. Tal vez la belleza esté en las quesadillas, pensé, el cuento esté en las quesadillas. Y me puse a prepararlas mientras O seguía jugando y entraba el sol por la ventana y las gatas se lamían la pelambre. Y después me comí la primer quesadilla. Y me sentí contento. Sï. Ahí estaba, inimaginablemente, el momento bello del día.

Monday, January 15, 2007

Dedos enchilados.

De regreso de Monterrey la vida vuelve a encauzarse: voy a la Fundación, intento escribir, como con los muchachos, O y yo vamos al cine o tenemos la enésima charla sobre si ir o no ir un fin de semana a un antro. Y, también, cocino. En vistas del futuro poco alentador que tenemos, un futuro en términos económicos, claro, decidimos ya no comer fuera. De ahora en adelante nos vamos a preparar lonche. Así que ayer anduvimos todo el día de compras en el mercado o el super mercado. Compramos empanadas de pollo rellenas de jamón y queso, unos filetes de mojarra, algo de mole verde, de pipian, espaguetis, salsas ragú, hongos.
Es increíble cómo el proceso de cocina empieza desde la selección de las verduras, cómo la imaginación culinaria parte desde el momento que ves un tomate rojo, abundante y sano en medio de la bola de verduras. Así que nos fuimos a casa a cocinar. Ya teníamos mucho con ganas de hacer chiles rellenos. Ok. Nunca había hecho chiles rellenos, acaso había ayudado pero hasta ahí. Así que, como todo cocinero inexperto que se preste de inexperto, sólo nos quedaba una opción: hacer como que sabíamos y a darle, claro, previa llamada a nuestras madres respectivas.
Primero pusimos los chiles poblanos sobre la lumbre para despellejarlos mientras hacíamos el relleno con carne picada, salsa ragú, sal, pimienta, ajo y orégano. Después sacamos los chiles y los metimos en una bolsa para que sudaran mientras batíamos la clara de huevo. El procedimiento nos llevó algo de tiempo pero al final, una vez que le quitamos las semillas a los chiles y los rellenamos con la guarnición y los pasamos en harina para después depositarlos en la clara de huevo, tuvimos nuestro primer chile poblano en el plato.
¡Qué bárbaridad! Los desgraciados picaban como ninguno. Pero qué ricos quedaron. La verdad es que verlos bien dorados junto al arroz y con tortillas medio endurecidas por el calor resultó una grata experiencia. El sabor estuvo en su punto. Todavía traigo los dedos enchilados. Cosa que toco, la enchilo. Suda mi botella de agua del apuro. Sufre el teclado mientras lo utilizo para escribir este post. Y claro, sufre mi toper en el refrigerador donde guardos dos de esas bombas deliciosas, adictivas y altamente peligrosas.

Tuesday, January 09, 2007

Retratos Familiares

Heidy
Yo seguía ignorándolo todo entonces, pero cuando encontré a Heidy en uno de esos nudos del camino comencé a entender algunas cosas. Con ella entendí que nada vale más que una buena sonrisa y que es posible dialogar en lenguas desconocidas aún y cuando no tengas idea de lo que dices. Con Heidy en esa oficina del ILCE, donde la mayoría eran desconocidos, lograba sentirme en casa. No conocí entonces persona más dispuesta a la amabilidad y al corazón que ella. A veces se hacía la mala y decía con un aire autoritario que no le salía: “Sí, soy mala, mala y qué”. Otra de sus frases era: “a verdad”. Y yo me divertía mientras leía lo mismo a Zweing que a Ignacio Manuel Altamirano. Una vez me dijo que le recordaba a su hermano. No lo sé. Tal vez no le recordaba a su hermano pero algo había que nos hacía buenos compañeros de trabajo y buenos amigos. Junto con Luis, su pareja, y otros amigos, nos íbamos al cine o a cenar y era sorprendente cómo ambos se conectaban para las bromas y la seriedad. Siempre elegante, con la sonrisa dispuesta y la broma que aligeraba la larga mañana de trabajo, a veces Heidy llegaba a mi cubículo y me hacía reír. Le gustaba pintar y siempre tenía un cuadro pendiente por acabar. Una vez me dibujó y fruncía el seño porque mi imagen no le salía. Yo recuerdo y recordaré por siempre su pelo corto peinado por en medio, sus lentes negros, cuadrados, su sonrisa sin emboscada. Luego, cuando se iba, yo le decía en broma: “no te vayas, no te vayas”. Ella se detenía un momento, miraba por la ventana y decía: “pero a quedar. A verdad”. Y se iba. Así es como se va la gente que siempre importa, en medio de una sonrisa que te deja limpio el corazón.

Don Rafa

Llego y no encuentro a don Rafa en la puerta del edificio. Además, no tengo agua y el recibo de luz me espera tras la puerta. Al par de horas salgo y la silla donde se sienta don Rafa sigue vacía. Me preocupo. Al día siguiente veo a la esposa del portero. ¿Y don Rafa? La mujer nada más suspira. Ay, joven, fíjese que se nos enfermó. Si, feo, en los días de fiesta. Le dio una cosa en los pulmones y se le complicó con una enfermedad en el corazón. Ay, joven.
¿Y sigue en el hospital?
No, joven, ya salió. Está allá arriba, en la casa, recuperándose.
Ah, pues, qué bueno, eso quiere decir que está mucho mejor.
Pues sí, joven, gracias a Dios ya está mejor.
Al rato subo y lo veo.
Ándele, joven, ándele, le dará mucho gusto.
Don Rafa. Al rato subo y lo veo. Me abre la señora. Encuentro a don Rafa acostado en la cama, el cuerpo robusto, la mirada un poco desmejorada. Pero sonríe al verme.
¿Ya llegó?
Sí, le contesto mientras veo su casa.
Y llegando y chingado, eh... así debe de ser.
Y me empieza a contar cómo le fue. Y yo nada más lo escucho. Atento. Es lo menos que uno puede hacer cuando otro te cuenta sus enfermedades. O sus tristezas.

Monday, January 08, 2007

Las cosas cursis de la prepa

Ah... las cosas cursis de la prepa. Recordábamos muchas.

Cuando fuimos a Mina Nuevo León, todos grabamos nuestros nombres en unas piedras. Dijimos que volveríamos.

En cierta ocasión, decidimos meternos a un arroyo entubado por agua y drenaje. Salieron cucarachas blancas junto a unos desagües. Las alcantarillas a ras del suelo nos dejaban ver la panorámica de las hormigas. A mitad del camino, alguien nos gritó: "qué hacen ahí, pendejos". Ángel contestó: "chinguen a su madre". Y después apagamos las linternas y huimos en la oscuridad.
Mónica era fan de Selena y siempre vestía como ella. A veces le decíamos que cantara. Y cantaba. Sin embargo, uno de los sucesos más importantes fue cuando la casa de su tía se incendió. Ahí vamos todos a apagar el fuego. Adentro las llamas se habían comido paredes y muebles. Yo estaba con una tina muy cerca de fuego y escuchaba cómo tronaba la cristalería. Alguien preguntó: ¿sacaron el tanque de gas? Y quienes salimos fuimos nosotros.
Viene Miguel de la expedición a escalar el cerro de las Mitras. Está a punto de resbalar por un barranco cuando se sostiene de una nopalera. Fabian lo rescata. Del miedo, sólo pasada una hora siente las manos todas espinadas.
Fue en segundo cuando fuimos a El Barrial. Aún, hoy, esa noche de enero del 2007, todos pueden decir qué tipo de bikini traía cada una de las muchachas. Hay duda en el caso de lo que vestía Mónica. Yo digo que traía un bikini amarillo, Rafa dice que rojo, Fabian que era de otro color y además, con puntitos negros.
Dora nos recuerda cuando andaba con Ángel. Fueron a Chipinque y de regreso Dora retrasaba la bajada. Ángel, bien intencionado, gritada al aire: "a la otra no traemos mujeres." Y Dora pensó, si esto es al mes de novios, no quiero saber qué pasará después.
Don Juve, el jardinero, se cae de un árbol que podaba. Lo vamos a ver al hospital. Fabian, Rafa, Dora, Miguel, están sinceramente preocupados. Cuando me dejan con él, don Juve me dice: A ver qué día escribes de mí. Yo nada más asiento con una sonrisa de pena o burla. Sí, claro, yo voy a escribir sobre usted. Y cómo son las cosas, nunca pensé escribir sobre él pero hoy lo estoy haciendo.

Cursilería

Pasa la noche. Hace frío. El autobús avanza con una lentitud inexplicable. Me despierto. Asomo la mirada hacia afuera y me vuelvo a dormir. Cuando despierto estamos en San Luis Potosí. A la mañana ya nada la interrumpe. Afuera del Central de Autobuses de hay un puesto de barbacoa y mucha gente hace fila o se arremolina frente al mostrador. Sólo pienso que ya voy de regreso. Un nuevo regreso a la ciudad de México pero, por alguna razón, me siento diferente. En Monterrey vi a mis amigos de la preparatoria. Cenamos un día y nos reímos de esas viejas cosas que hicimos. Recordamos los viajes a Mina, las exploraciones por el drenaje, las subidas a la M de Chipinque o las bromas en el metro. Recordamos nuestra casi inocente edad preparatoriana. Oigan, les dije mientras una anécdota daba paso a la otra, ¿no se están dando cuenta que fuimos bien tetos en la prepa? Y de pronto el sonrojo nos llega. Vemos nuestras fotos de ese lejano 1994, todo lo que hemos cambiado en casi doce años. Al irme, un amigo me dice: "escribe sobre nosotros." ¿Pero qué puedo escribir que no caiga en lo sentimental, en lo cursi? Cuántas veces nos estamos salvando de ser cursis y es lo único que podemos hacer.
Y yo iba ya de regreso en el carro de mi hermano pensando en la cursilidad. Vaya que éramos tetos, con una inocencia muy clara, con una maldad muy ligth, con una perversión no tan desarrollada. San Luis Potosí tiene unas avenidas grandes, puentes nuevos, unos camellos con figuras hechas con tierra. Desde sus camellones amplios se ve que no es una ciudad grande. En las ciudades grandes todo el asfalto es bienvenido. Luego, mucho más tarde, después de ver una película donde Marc Dacassoss rescata a una teniente del ejército norteamericano (apresada en su lucha contra Al-Qaeda) pienso otra vez en la cursilidad. Veo el paisaje y se me antoja algo cursi. Recuerdo mis anécdotas de la prepa y me parecen cursis. Recuerdo mis ambiciones y me parecen cursis. Además -y esto hay que anotarlo- leo una novela muy muy cursi.
Escribe algo sobre nosotros, me pidió mi amigo. Imagino que todos queremos que escriban algo sobre nosotros y qué son los blogs más que eso: el deseo de que otro nos lea, de que a otro, nuestra vida y nuestras ideas les parezcan al menos propias para poder dialogar con ellos.

Wednesday, January 03, 2007

Días, días.

Mi abuelo duerme en el hospital. Le han sacado toda la sangre, le entubaron la garganta, la tráquea y yo estoy en cambio atado a un trabajo express en un banco. Me paso el día revisando los forwards, las cuentas de Enlace dólares, los crédito quirográficos y preparando tips de venta para los ejecutivos de sucursal. Y O está lejos. Ha vuelto al D.F. a empezar a trabajar, el trabajo que buscó durante seis meses. Sí me siento ojete por estar revisando la redacción de préstamos y fianzas pero yo me metí en eso desde hace días. Ok. Son mis vacaciones, pero tenía muchas ganas de volver a una oficina, de sentarme y no hacer nada ni por equivocación, literario y apenas me llegó la oportunidad y lo tomé. Pero mi abuelo me recordó otras cosas entonces.
Antes de que lo entubaran me decía que veía cosas, me lo decía en el rato que fui a cuidarlo. Me preguntaba la hora y cuando se la daba nada más se quejaba con un: uh.. apenas son las siete. Y después: uh, apenas son las ocho. ¿Pero dónde está la brujería? me preguntaba cuando quería flexionar el brazo y yo no lo dejaba por indicaciones de la enfermera.
Eso me decía. Y cuando se quedó dormido me pregunté cómo será mi agonía y me pregunté también cómo se irá formando mi pequeño libro de Retratos Familiares donde escribo sobre mi familia, mis amigos, también sobre mis muertos. Y me dije que, en mi agonía, en mi sueño anterior a la muerte, si es que se me concedía reposo antes de morir y no muero por violencia o repentínamente (no sé qué sería mejor o peor), que ojalá alguien me leyera estas crónicas, estos días donde marco mi felicidad o mi fastidio, donde marco la vaga ilusión del futuro o el engaño del presente.
Pero eso pienso estos días que O está lejos, que debo terminar esos prontuarios para el banco, estos días que mi abuelo está en esa cama, las manos gordas, hinchadas por la diálisis, el par de tubos que entran por su boca y con un sueño espantoso donde sin querer, me veo.

Tuesday, December 26, 2006

Monterrey Weekend

Yo no lo sabía, como dice un amigo, Dios, cuántas cosas ignoro, pero en Monterrey hay un nuevo programa que se llama Monterrey Weekend. El chiste del show es tomar por desprevino a un pasajero en el aeropuerto (por qué no lo hacen en la Central de Autobuses, -no lo sé, acaso racismo contra nuestra gente de San Luis y Tamaulipas que llega ahí y no es nice- y se los llevan un fin de semana a conocer las delicias de esta tierra próspera, fina, acá.
El pobre pasajero entonces, se ve envuelto en un marasmo norteño. Sí. Se habitua a que las mujeres hablan a gritos en la televisión, a que las conductoras no lo dejen hablar y que responda a todo con un sí turístico, un sí que haga a inversionistas y spring breakers a dejar las playas de Cancún, los centros financieros de la ciudad de México y se vengan a Monterrey, la ciudad de las Montañas a disfrutar del común y mentado cabrito y las comunes y mentadas carnes asadas.
¿Envidia? Sí. De la mala. Yo quiero salir en Monterrey weekend y que me lleven a la cola de caballo, que me pongan en una lancha en la presa de la Boca, que me paguen una buena cena en un lugar acá, que me pongan en un palco del estadio Tecnológico para ver ganar a mis rayados y me lleven a los antros de moda de San Pedro.
Si, yo quiero Monterrey Weekend.

Sunday, December 24, 2006

En la carretera

Lo mejor de ser de Monterrey es volver a Monterrey. O va en el asiento trasero de la camioneta y lee a Truman Capote mientras Efraín conduce y yo las planicies, las montañas tímidas cerca de la caseta de Los chorros. Unos traileros van de reversa y Efraín se enoja pero cuando entramos al entronque a la autopista vemos el motivo. Una fila de autos, trailers y autobuses detiene el tráfico. Nosotros nos con ellos. Nos llega la noticia: hubo un accidente en el túnel. Tres autos chocaron. Íbamos con buen tiempo pero ahora, este imprevisto nos ofusca. Regresamos sobre nuestros pasos y enfilamos por la libre hacia Saltillo. Qué lata da Saltillo cuando tienes prisa. Perdimos tres horas en ese cambio de 50 kilómetros. Y vamos cansados. Antes escuchábamos a El gran silencio. Bajar por la carretera de Saltillo y ver el cerro de la Silla y escuchar al Gran Silencio al mismo tiempo produce una sensación extraña, un olor a casa imposible de pasar por alto.
Pero ahora vamos por Saltillo. El tráfico nos detiene. Efraín bromea y dice que tengo un master el saltillería mientras le digo por dónde ir, qué atajos tomar. O nada más se ríe y hablamos de reencarnación y de futbol. ¿O qué, quieres hablar de política? me pregunta irónico Efraín cuando el tráfico nos detiene. No, no quiero hablar de política. Mejor hablamos de futbol, de los mejores equipos que tuvieron los rayados de Monterrey. Aparece aquel equipazo de Pedro García con Moriconi, Martelotto, Negrete y Hermosillo, después el equipo de Benito Floro con Correa, Arango, De Nigris y finalmente el equipo campeón del 2003: Franco, Rotchen, Erviti, Arellano.
Y avanzamos. Llegamos a Monterrey con la noche, exhaustos. En la calle donde está mi casa hay un mercado nocturno y me pierdo a recorrer los puestos en la noche, con el frío. Llego a casa de los Bocanegra y sale Sonia, la hermana de Diana y me da un abrazo y me dice: justo acaba de llegar Diana. Y entro a la casa y Diana llora con su hermana Chelis y me ve y me abraza y sigue llorando. Y yo pienso. Bueno, ya estoy en casa. Lo de la familia, lo cotidiano de la familia, que no se suba al blog.

Wednesday, December 20, 2006

Zafarrancho piñatero

Somos felices sin darnos cuenta. Una tarde nos descubrimos en Londres en una calle céntrica con un chocolate en la mano y nos damos cuenta que somos felices. Una mañana nos despertamos y vemos a nuestra gata dormida a nuestros pies y somos felices. Una tarde cualquiera, camino de una ciudad a otra vemos el contorno de la sierra por la ventanilla del avión o las casas blancas al lado de la carretera y nos damos cuenta que somos felices.
¿Soy feliz? Debería decir que sí. ¿Se me llena la boca con la palabra? Debería de decir que no sé. A veces la felicidad no es esa euforia sino un momento muy breve en el que te sientes en paz. Anoche, por ejemplo, fui feliz eufóricamente. Fue la tradicional posada de la Fundación. Amigos y amigas comían carnitas mientras un grupo veracruzano animaba la noche con sones y letras divertidas. Boone platiacaca con Sarabia y Suri. Yo hacía lo mismo con Alejandro y Nadia. En un cuarto miraba las famosas piñatas repletas de libros. Alejandro dijo que le parecía un poco vulgar piñatas con libros pero a mí me parecen una excelente idea.
Cuando dieron paso a las piñatas cerca de treinta nos pusimos en pie y nos quedamos a un lado de donde le iban a pegar. Se alzó ese vientre amarillo con listones y papel lustrina y comenzaron los golpes. Las risas, los nervios, la ansiedad corrían de un lado a otro. Todos gritábamos vivas con los ojos puestos en la fragilidad de la piñata.
Y se rompió con los golpes de Hernán.
Y cayeron los libros.
Aquello fue como poner un brazo en un estanque de pirañas. Brazos, patadas, rasguños. Yo sólo sentí como me empujan y caí afortunadamente sobre la trilogia de Auschwitz de Primo Levi. Estiré la mano y recibí rasguños. Paladeaba los libros con la punta de los dedos pero otros dedos aparecían, otras manos que arrastraban. Con voracidad de pelícano, Hernán, quien miraba el ajetreo de pie, se puso a robar libros de todos los que estabamos en el suelo e intentábamos ponernos en pie pero era difícil, porque no podías apoyarte con las manos para hacerlo, era regreasar los libros al arrebatadero.
La segunda piñata no llegó al suelo. Todos pescamos los libros en el aire. Caían en el pobre parto de la piñata. Nadia quedó boca abajo y creo que la levanté sólo porque tenía un par de libros bajo ella. Ahí recibí un golpe en la espalda. Al final terminé con siete libros. Paco fue el ganador, alcanzo 24. Y veo mis libros producto de ese salvajismo y me da risa. Nunca más, creo, tendré piñatas con libros sobre mi cabeza. Eso, pienso, bien vale decir que vivirlo me ha hecho feliz.

Tuesday, December 19, 2006

Retratos Familiares

Martín

De las profundidades de los canales de Xochimilco proviene Martín Rosas. Moreno, cuerpo robusto como una tortuga tirada a recibir con singular alegría el sol de la tarde, Martín se levanta sobre cualquier recuerdo y sobre cualquier nostalgia. De joven escribía poesía y tomaba clases de baile pero fue el estudio de la física lo que terminó por amarrarlo a fórmulas y la mecánica del mundo. Tiene una teoría donde dice que la nada existe y hay que ir a la nada. Dice —afirma con natural disposición— que su familia proviene de una larga tradición de sacerdotes xochimilcas que extraían corazones a tlaxcaltecas y cholultecas después de una guerra florida. Pero él ya nada sabe de esas sangres y se dedica con toda el alma a una sola cosa: amar a Tere, su esposa. Prometí vestirme de payaso cuando su primer hijo cumpliera un año. Apenas nació empecé a imaginar qué rutina haría, de qué colores disfrazaría mi cara para arrancarle risas el día de su cumpleaños pero el niño volvió a la tierra a los días de haber nacido. Pero ya lo dije antes, Martín ama a Tere y juntos han salido del dolor, de la angustia. Martín continúa idolatrando a su mujer como no he visto antes. A veces, en sus tiempos libres, lee algo sobre física y realiza apuntes sobre la nada o sube a la canoa de su familia y se va a pasear en alguna de las lagunas vírgenes de Xochimilco mientras recuerda a su hijo. Lo imagino en esas lagunas mientras piensa en alguna fe extraña, en esas lagunas que también me dice, no merezco verlas.

Friday, December 15, 2006

El viaje

Deberíamos tomar un mapa y subrayas las líneas del tren que van a las ciudades que visitamos cada año. Cada ciudad a la que hayamos llegado tendría una estrella. Si en el transcurso del año volvimos a esa ciudad, hacemos la línea más gruesa. Después, en una hoja en blanco, deberíamos de calcar esas rutas peninsulares o del interior para ver el esqueleto de nuestros viajes. ¿Qué forma tendrían nuestras rutas? ¿Parecerían gérmenes o esqueletos prejurásicos? ¿Un virus o una cadena de adn o serían acaso un puntito rojo, brillante, inmóvil sobre el mapa?
Me pregunto qué forma tendran mis viajes en el mapa.

Thursday, December 14, 2006

La vuelta de las tortugas II

¿Y a dónde irán a parar algunos? me pregunto...

Y un amigo, me contesta:

"Algunos, por supuesto, no todos, al carajo".

Y los dos nos reímos, claro, claro, bienvenido el carajo.

Monday, December 11, 2006

La vuelta de las tortugas

Estoy solo a estas horas en la Fundación. Casi todos se han ido. Sólo Pablo lee en su cubículo, en un espacio que llamamos la jaula de las locas. Hace rato Boone, Geney e Hinojosa salieron a tomar un café a un lugar cerca, en Napoles y Liverpool. Se antoja en paz esta soledad. Se escucha sólo el rumor de los generadores de un edificio de enfrente y el paso de un vendedor de elotes en la calle. Ya no hay nadie escribiendo. A veces me pregunto para dónde va este boleto de la literatura, me pregunto por toda esa generación que intenta ser escritora.
Pienso en buenos amigos como el Carlos Velazquez en Torreón, tan llena de vitalidad su narrativa con música norteña y lucha libre, en los cuentos de Luis Valdez, cuentos que rayan entre lo bizarro y lo estridente, pienso en César Gándara con sus cuentos sobre Hermosillo, en Liliana Blum con sus textos que avanzan siendo traducidos al inglés. Pienso en Vicente Rodriguez con sus textos sobre gemelos, en la novela de Luis Jorge Boone, en la ordinaria locura de Gerson Gómez, la dramaturgia de Alfredo Hinojosa Díaz, en los cuentos de Nadia Villafuerte, en la obra de Geney Beltran, del buen Trino Maldonado con sus Vienas y sus Austrias, las queridas Laia y de Teresa Avedoy.
¿Qué irá a ser de toda esa generación que intenta, intentamos ser escritores? Me gustan también los textos de Sara Uribe, estimo y aprecio al buen Daniel Espartaco. Pienso también en Cecilia Rojas, una narradora joven de Los Cabos, recuerdo con afecto los textos de Socorro Venegas, al grupo de las ratas en Monterrey con Orfa, Nahum, Odvidio. ¿Qué escribirá un día Jorge Saucedo en Monterrey, Tinajero Mallozi, Caro Olguin. Jair Cortés, Julio César Félix, Mijail Lamas, Alvaro Solis, Amaranta Caballero, Minerva Reynosa, Óscar David López, el buen Edgar Reza son gente que también me pregunto en qué ciudad y qué libros suyos leere. A veces me cuestiono: ¿hasta donde llegaran Julian Herbert, Alberto Chimal, el estimado Hernán Bravo Varela, la querida Vizania Amezcua, la siempre laboriosa Julieta García González o BEF, Will Rodriguez y Moises Zamora? ¿Qué irá a ser de tantos escritores jóvenes, me pregunto aquí, en esta fundación diseñada para escritores jóvenes donde nunca estarán todos los que son?
Aquí he conocido, también, a excelentes poetas, ensayistas, narradores: Richard Viqueira, Verónica Bujeiro, Pablo Molinet, Camila Craus, Gabriela Aguirre, María Lebedev, Humberto Macedo, el joven Leal, Piña, Claudia Berrueto, Lobsang Castañeda, Paola Velasco, Eduardo Saravia, Karla Morales. Tal vez este post es sólo una radiografía personal de gente que estimo, de todos aquellos que veo junto a mí mientras intentamos conquistar el castillo. No el castillo de la cultura y política literaria, que siempre existirá, pero sí de encontrar un buen libro, uno que hable de nosotros o de nada o que hable de las cosas sencillas o de las complicadas. Al menos hoy que estoy solo y Ciri acaba de decirme que saldrá, me siento muy bien acompañado por tantos que fuera o aquí toman la pluma y escriben o piensan también en la soledad de sus casas en ese cuento o poema que no han escrito pero escribirán. ¿Llegaran todos como las tortugas cuando vuelven del mar?
Una generación que sale al mar pero cuando volveran llenas, cargadas, pesadas. Hace días me dijo O del tiempo muerto de las tortugas. Ese instante en el cual los investigadores les pierden la pista. Nadie sabe en dónde se encuentran. Nadie sabe de qué se alimentan, qué comen. En la oscuridad de los fondos abisales las tortugas esperan. No llegaran todas, así como aquí no están todos los nombres, hablo sólo desde mi más cercana vecindad y siempre olvidaré a alguno. ¿Qué día aparecerán las tortugas en la playa? ¿A cuántos seguiré viendo el resto de los años que esperan como viejos amigos que se conocen todas las batallas? O tal vez yo me pierda, deje la escritura pero siempre será interesante saber dónde y cuando llegaran esas grandes tortugas con su cargamento preciado de libros que desovarán en la playa ante los lectores. ¿Quién me puede decir quiénes volverán al igual que los amigos, los amores y los proyectos a retornar a nuestras vidas, a poblar nuestro breve tiempo en la tierra y en la escritura?

Gatos

Mi primera mascota la tuve a los seis años. No era mía, claro, sino de toda la cuadra, pero a base de salchichas y jamón logré que se quedara en casa. A mi madre le dio el ataque. Me recordó el asma, la alergia a los gatos, el chocolate, las fresas, el helado y más. Yo, como quiera, me quedé con la gata. Era negra con franjas cafés, una mirada desamparada y siempre me acariciaba los tobillos. Cuando se murió papá la tiró en el terreno baldío frente a la casa y al día siguiente fui y le hice un entierro como Dios manda.
Muchos más gatos después, gatos casi anónimos, tuve a la Nina y al Nino. Claro, los nombres son harto complicados. Elida me había regalado a la Nina y yo, bien condescendiente con la madre naturaleza, no le hice la operé hasta que tuvo su primer camada bajo el argumento de que quería que la Nina conociera la maternidad. Después me fui al D.F. y en mi casa se encargaron de cuidarlos. Cómo les lloró mi madre y mis hermanos cuando se murieron, flacos, acusados de un cáncer en la garganta. Y más tarde le lloró a otro, El gordo, que yo había recogido de la calle.
En el D.F. en una de mis múltiples casas, para combatir la soledad y el tedio adopté un gato callejero. Le puse Ajax, en honor al gran valiente aqueo y el nombre le quedaba muy bien. Ajax peleaba, mordía, corría, saltaba. Su arenero parecía campo de batalla. Sus garras pequeñas navajas. Cuando esa navidad me fui a Monterrey a pasar las fiestas, mis primeras fiestas después de estar lejos de casa, dejé a Ajax al cuidado de una señora. Cuando regresé lo habían bautizado como Bebé. Sentí que había vuelto a mi combatiente felino en un Silvestre cualquiera. Bebé ya no respondió a mi llamado ni me reconoció. La señora en cambio, me dijo. yo podría quedarme con él. Prometí llevarle comida y arena, cosa que nunca hice.
Ahora, O tiene un par de gatas. Me dice que las conoció casi el mismo día que nosotros empezamos a acercarnos. Se llaman Nadja y Mía. Mía voló un día desde el sexto piso y no le ocurrió nada. Nadja está gorda, una pelota con pelos. Nadja es indiferente, no maulla, sólo está ahí echada. hace días, O recogió otra gata de la calle. Es negra con tonos cafés y alguien le cortó los bigotes de un lado. Las hijas, como les decimos, se pusieron nerviosas, alteradas, iracundas. Nadja empezó a gruñirle a todo mundo. Mía dejó su natural saltimbanquismo para no moverse de las esquinas de la casa. La negrita, como le decimos, siempre estuvo acurrada sobre un bote de pintura.
Ahora la tengo en casa pero en unos días se va a casa de Ioio. A mí me ha hecho feliz pero por alguna razón mis pocos gatos, al menos lo que he escogido, tienen manías perrunas poco felices para mi tranquilidad: insisten en lamerme la cara, en acostarse al calor de mi cuello, les gustan mis piernas para sacarle lustre a sus uñas. Hoy ando todo arañado del brazo. Y la negrita ya se va, se va para Sayula como dice la copla. La Nina tenía otro nombre: Ingrata. Le puse así porque esa noche troné con una novia. A la negrita no le puedo decir, más bien creo que el ingrato soy yo por regalarla más adelante. Pero mi casa, aunque bonita, es pequeña. Ya habrá casas más grandes, creo, para tener un gato, escogerlo de la calle y ponerle otra vez un nombre combativo, nada de bebés.

Sunday, December 03, 2006

A veces la vida se resume en un voluminoso: ajá.

Tuesday, November 28, 2006

El libro blanco

Mucho tiempo estuve esperando este libro blanco. Hoy llegó. Este libro ya era libro desde enero pero es hasta noviembre, casi diciembre, que me llega. Ahora ya tengo tres libros: uno negro, uno rojo y ahora uno blanco. El negro cuenta historias diversas, el rojo habla sobre mi colonia, este blanco, habla sobre mí. Ayer me preguntaban en Toluca qué aportaciones tenía un libro que habla sobre el amor, la muerte, la escritura y el cuerpo. Me quedé pensando un rato y me pregunté si en realidad, escribía para aportar algo. O si se escribe para tener aportaciones en la literatura. Blanca, la reportera, seguía con la grabadora en mano y no sabía qué responderle: un libro blanco no tiene ninguna aportación pero empecé a decirle los poemas y los epigramas de ese libro y me dijo: ok, ya entendí de qué aportación se trata. Yo sólo tengo mucha felicidad por tener un tercer libro que esperaba desde antes, incluso, de tener un segundo libro, que es Dejaré esta calle.
Necrologías habla sobre la muerte, mi muerte, habla sobre la vejez, mi vejez, habla sobre el deseo y el amor, mi deseo y mi amor. Entonces, es un libro poco interesante pero, como le decía hoy a Edgar, el editor de la Universidad de Guanajuato, es un libro en el que, si uno se descuida, le puede decir algo. Ya tengo mi libro blanco, mi esperado libro blanco y como no puedo subir una foto, subo tres textos.
Ayer descubrí ancianos a mis padres. Los vi con sus años amontonados, el cansancio vasto en ojos donde había más, calina que nada. Me acordé de ellos en su juventud, cuando salían rodeados de hijos pequeños que aún de lejos los buscaban en la banca del parque o en el pasillo del supermercado. Los recordé jóvenes con tanta vida por delante. Por eso, al descubrirlos así tuve una tristeza malsana por tanta vida extinta, por tanta vida que también a mí se me había perdido en un volver el rostro y descubrirlos con tanta vejez compartida, tanta.
Me sorprende mucho aquellos que dicen: «Yo soy escritor. Yo manejo el lenguaje. Yo intento escribir cosas distintas, sacar las palabras de la vieja tradición y mostrar el dolor humano y salir en entrevistas y que se diga de mí que manejo la palabra como si fuera un artesano.» Me sorprende su decisión y que anden por el mundo con el estigma del creador.

Bien por ellos.
A mí me aterra.
Observo el video donde muestran cómo asesinaron a un sicario de Los Zetas.
—¿Y tú qué, güey? —le pregunta el asesino a uno que estaba al final de la fila, hinchados los párpados por los golpes, atadas las manos, la frente arrugada por el miedo. Se escucha cómo cortan cartucho. El hombre mira el cañón de la pistola y cómo ésta se recarga en su sien. Sus ojos son dos llamas trémulas de miedo. Después suena el disparo. No puedo olvidar los ojos abiertos, el cuerpo que se desmorona con lentitud mientras resbala sobre una bolsa negra. La sangre mana de la nuca y corre densa y tibia por el hombro.
—¿Y tú qué, güey?
Ha de ser terrible escuchar en la vida esas últimas palabras.

Pista de carreras

Daniel es chofer en Conaculta. Es moreno, algo chaparro y ayer me llevó a Toluca a presentar el libro. En el camino hablamos de Fidel Castro, del anarquismo y casi llegando a la ciudad empezamos a hablar de comida, de la clave de las enchiladas de Patzcuaro y cómo hacen en casa de él las Corundas y los Uchepos. Daniel ha llevado a un sin fin de escritores de aeropuertos a hoteles, de hoteles a centros de convención y de una ciudad a otra. Una vez, me cuenta, se perdió en Cuernavaca mientras llevaba nada más y nada menos que a un Premio Nobel. La gente miraba el coche lujoso, al distinguido pasajero y Daniel nada más miraba a los alrededores con la mirada nerviosa, las manos sudorosas y el aliento frío frío.
Pero las más, ha llevado autores mexicanos que se la pasan hablando de libros, mujeres, libros, mujeres, viajes, etcétera y él escucha atento. Ha de ser cansado llevar escritores, ¿no? le pregunto consciente de lo mamones que pueden ser. Pero me acordé mientras íbamos casi entrando a Toluca de la vez que yo serví de chofer de escritores. Íbamos en una van. Llevaba a los escritores, Juan Madrid, R.H. Moreno Durán, Parra, a David Toscana y otro cuyo nombre no recuerdo, a una comida en el interior de la Fundidora. Llegué a un tramo donde iniciaba la pista de carreras donde en una par de semanas se correría la primera fecha del Monterrey Grand Prix.
La pista nos dejaba justo un lado del jardín donde sería la comida. El recorrido oficial dejaba a los escritores como a trescientos metros de distancia. Y yo iba en la van, bien contento al volante mientras atrás, los escritores, platicaban de libros, de chismes literarios. Yo me sentí parte de la literatura, una forma de adhesión bastante rara y se me hizo fácil. Claro, se me hizo fácil y con todo y van me metí a la pista de carreras.
¿Oye y se puede ir por aquí? me preguntó R.H. Y yo, sí, sí se puede. ¿Oye, pero seguro que no hay problemas? insistió mientras el resto de los literatos se callaba. Y yo, sí, sí se puede, además, así los dejo bien cerquita. Y volvieron a platicar. Yo iba bien contento en la primera curva, después tomé una recta, después otra curva y ahí salieron las patrullas. Aluzaban las torretas. Los escritores saltaron de sus asientos. Un oficial se acercó y me pidió mi credencial, le dije que llevaba a los escritores a una cena, que era el camino más corto, el oficial ni me miró, habló por el walkman. Al rato apareció otra patrulla y todos nerfiosos. Madrid, Parra, Toscana intentaron abogar por mí que nada más seguía nervioso. Le mostré mi gafete del conarte, pero nada. No sé qué dijo R.H. que al final el oficial dijo: está bien, pero nosotros los escoltaremos para que se pase. Y nos escoltaron.
Iba una patrulla adelante, otra atrás. Dejé a los escritores quienes bajaron con una sonrisa y yo con otra nerviosa les decía adiós. Y pensé, yo que quería darme toda la vuelta. De regreso me sentía bien custodiado. Pasamos las curvas y ya me dejaron ir a estacionarme. Medio me temblaban las piernas y cuando llegué a la cena me tomé varios tequilas pero también estaba muy contento. Supe lo que era conducir en la pista del Monterrey Grand Prix antes de que pasaran los bólidos de la serie Cart a más de 300 kilómetros por hora.
Y así que como ve, le terminé de contar a Daniel ya en el centro de Toluca. Nada más se sonrió porque otra vez, se había perdido al dar una vuelta en donde no debía ser. No, pues está muy padre, me dijo. Y atrás de nosotros quedaba la catedral de Toluca tan plana, tan cuadrada pero imponente.

Tuesday, November 21, 2006

Siglo XXI

Carmen tiene cáncer en el colon y hace un año los médicos la dieron por desahuciada. Pero Carmen y su esposo Ruben se aferraron, se aguantaron, les dijeron que no. Las cuatro noches que Carmen agonizó en el hospital, me dice Ruben, me puse a escribir y escribí todo lo que la quería y todo el enojo que iba a tener si se moría. Y lo dijo aún con dolor, recargando el dolor o el recuerdo en las palabras. Yo miré nada más a Carmen quien me sonreía desde la cama. Ahorita, me dice Ruben, le quitaron casi ocho metros de intestino grueso y todavía no oye muy bien, de un oído perdió todo la capacidad y del otro oye muy poco. Así que me inclino a ella para pedirle que me platique algo, lo que quiera. Cuéntame un recuerdo bonito, le digo y los ojos de Carmen se iluminan. Me dice que conoció a Ruben en una boda y en la noche ya vivían juntos. Y Ruben sonríe.
Mientras la escucho otras personas de AINDAC recorren los pasillos del Hospital de Oncología del Centro Médico siglo XXI regalando despensas y hablando con los pacientes. Cuando me despido de Carmen voy a otra cama donde está una mujer ya anciana quejándose porque le arden la vena donde le acaban de poner un medicamento. Su hija, que es maestra de español para extranjeros, la mira con un poco de mortificación. Me presento con ella mientras la madre me mira de reojo con curiosidad. Hola, soy Antonio, vengo también con la gente de AINDAC y me gustaría que platicáramos. Ella asiente. En realidad, le digo, vengo a dar un pequeño tallercito de escritura. Se me queda viendo con ojos perplejos.
Cuando la enfermera se va entramos al cubículo y nos ponemos de platicar los tres. Les digo que me dedico a escribir y que me trajeron los de AINDAC para hablar con ellos y mostrarles que uno puede escribir para recordar y recordar las cosas buenas de la vida y recordarlas precisamente, aquí, en un hospital. La señora sonríe y me dice: yo sé qué podemos escribir. Y su hija y yo nos ponemos atentos. Un libro de maravillas. Y me cuenta que es una maravilla que hace seis meses la operaron en ese hospital y al día siguiente ya estaba de maravilla. ¿Eso es una maravilla, no? Y sonreímos. Qué padres están sus zapatos le digo y la señora sonríe: sí, verdad, ni parecen cómodos pero están muy cómodos. Las dejo escribiendo y me voy a otro cubículo.
Cuando llegué al hospital y vi a los enfermos entré en shock ¿Qué hago aquí? me pregunté. Aquí a nadie le interesa escribir o ponerse a escribir. Y me sentí estúpido al pensar que había desarrollado hasta un programa para darles un taller a los enfermos y sus familiares. Pero ahora me sentía fuera de lugar. Una de las voluntarias se acercó y me dijo: como que no se presta para el taller, verdad. Asentí pero ella simplemente me tocó el hombro y me dijo, nada mas platica con ellos.
Así que entré a mi primer cama y platique con Alicia. Su papá estaba dormido y lleno de sondas y se quejaba cada cierto tiempo. Pero Alicia y yo nos pusimos a escribir. Le escribió una larga carta a su padre con todo lo que le importaba y todo lo que lo quería. Y recordó que una vez le había regalado, cuando ella era niña, una falda muy bonita y unos zapatos muy padres con los que salió a una peregrinación. Al final del día sólo pensaba en Alicia escribiendo frente al ventanal de la habitación y con su padre postrado junto a ella. Esas son las historias que deberíamos de buscar en este mundo casi siempre, y siempre, doloroso.

Sólo la gente feliz cocina

Hace tiempo escribí esa línea en un cuento que aún halla su factura. Y resultó ser la mejor frase del cuento, tal vez por ello esa historia no funciona. Y a mí me gusta cocinar pero hasta hace tiempo no sabía bien para qué cocinar. Me preparaba los sandwiches más fast del mundo. Pero ahora, con O, me ha dado por esmerarme a la hora que decido cocinar.
El domingo le dije: Qué quieres, chiles rellenos o discada. Se quedó pensando unos minutos y dijo: ¡discada! Además, tiene razón, aquí en el d.f. es muy difícil encontrar un lugar donde vendan discada. Fuimos al Wal-Mart y compramos todo lo necesario. De regreso a su casa venía pensando en que yo nunca he preparado discada. Sí, sé el procedimiento y los ingredientes pero nunca me había puesto a, en realidad, cocinarla. Pero no me amilané. Sólo la gente feliz cocina, pensé entonces en ese fragmento del cuento que antes se llamaba "Serpientes" y ahora se llama "Villaldama". Es una historia breve, un hombre sale de la ciudad porque se pelea con su mujer y el camino lo lleva a Villaldama donde conoce a un cazador de serpientes. Esa es la historia.
O me dijo que ya me pusiera a preparar la comida y le hice caso. Corté primero el tocino, la carne de res, la arrachera y las salchichas para asar, después corté los pimientos, la cebolla y el tomate mientras ponía a cocer papas y zanahorias. En el comal, en tanto, puse a freir unos tomates para la salsa. Ya con todos los ingredientes listos pasé los tomates a la licuadora, le puse un poco de agua y después metí un diente de ajo que ya había tostado en el comal. Le puse un poco de cebolla y la molí. Después puse la salsa a hervir.
Mientras, en un sartén, -la discada necesita de un disco, de ahí su nombre y yo no tenía más que dos sartenes y una olla- puse a freir el chorizo y después agregué el tocino, la salchicha y las carnes. Se sofrieron un poco y las aderezé con pimienta, unas gotas de limón y más cebolla en polvo. Mientras, en la olla, puse a freir el resto del chorizo y ya que estaba caliente eché el resto de los ingredientes además de un poco de agua.
Aquello comenzó a hervir y me acordé de un fragmento de un cuento que viene en el libro de Dejaré esta calle, un cocinero que hace una discada pero con carne de zopilote. Nada más me reí cuando puse a sofreír tambien el tomate, los pimientos y la cebolla. Al final coloqué todo en la olla y me puse la salsa de tomate que ya había hervido y, como toque final, un tanto de cerveza, un medio vaso.
O mientras tanto hacía una trabajo pendiente y yo me puse a hacer un guacamole con el resto de la cebolla, el tomate y le puse crema y un poco de leche. La casa olía a hogar y afuera hacía mucho frío. Casi hora y media que empecé a cocinar probé la salsa de la discada y sabía deliciosa. Cuando la serví en los platones el mejor cumplido que recibí fue que O se comió su porción con una sonrisa en la cara y disfrutando la comida. Sobró mucha pero en la noche nos hicimos tortas de discada. El pan estaba un poco frío pero la discada caliente, lo entibió. Y fue un buen día de comida y de no salir de su casa. Aún quedan pendientes los chiles rellenos. Igual y se los prepararé el otro domingo que vienen unos amigos a comer a casa.

Monday, November 13, 2006

Tampico

Qué caso tiene presentar un libro si ese evento no se queda para siempre en tu memoria. Tampico nuevamente apareció ante mí con toda la carga de magia y amor que puede dar. Al recorrer sus calles marítimas me recordé hace ocho años cuando, con maleta en mano, andaba perdido en el centro. Había ido a Tampico a conocer el mar. Al llegar me sorprendí de mi osadía: nunca había ido al puerto, no tenía conocidos ahí. No llevaba mucho dinero. Pero la pasé muy bien. El mar frente a la playa de Miramar se quedó para siempre en mí como el vasto golpe de la vida. Para mí no hay otra playa milagrosa que no sea Miramar.
Así que, casi ocho años después, cuando empecé a dejar mi calle, mi colonia y esa vida volví a Tampico a presentar Dejaré esta calle. Y la gratitud y amistad de Diana, Sara, Liliana, Augusto y Carlos del Castillo hizo de este viaje algo especial. Justo en la noche del 11 entró el norte y en la mañana que me fui a caminar a la playa encontré el agua revuelta y espumosa. Aún así me metí hasta las rodillas. El oleaje me mareó, el agua que regresaba al mar y golpeaba con la que llegaba me hizo detenerme y dejarme al influjo del ir y venir. Después volví al centro, desayuné, vi la televisión y a las siete fue la presentación.
Descubrí a una pareja ya mayor que había ido a la presentación de Todos los días atrás. Me dio gusto verlos. Y empecé a leer, me paré al frente del escenario y leí y leí Un mil Máscaras. Sólo escuchaba las risas de la gente que pasaba tras la carpa en el andador principal de la plaza de Tampico. Después Agusto leyó un texto afectuoso sobre el libro y terminé leyendo otro cuento. Al final, después de la venta de libros, se acercó un hombre. Me dijo que él también quería escribir un ensayo sobre su pueblo, un pueblo pesquero cerca a Tampico. Me dijo que quería leer el libro para saber dónde usar o no las palabras antisonantes. Es que en mi pueblo nada más hablan a madres, me dijo. Le regalé el libro y se fue, no sé si con la esperanza de encontrar a otro que habla igual que él o con la esperanza de que Dejaré esta calle le sirviera para encontrar sus palabras. Qué caso tiene presentar un libro si no vas a recordar con afecto ese evento, si no va a pasar algo sorprendente.
Lo sorprendente en Tampico fue ese hombre, fue también un viejo que me pidió que le publicara un libro sobre el narco, lo sorprendente fue el globero que apareció a mi espalda para ver qué pasaba en ese estrado y dejó una estridencia de colores tras nosotros, colores redondos y torpes, los sorprendente fue la pompa de jabón que invadió por un momento el escenario y al niño que quería alcanzarla pero no lo logró porque su padre lo detuvo para que no entrara al estrado. Y la pompa se rompió y el niño hizo un gesto de ahhhhh, de chinnnn, de nooo. Pero la pompa no se rompió. Está aquí, redonda y multicolor en estas palabras.

Friday, November 10, 2006

Tlaxcala

Tlaxcala la bella. La despaciosa, como la describió Alberto en su libro. Jair es un excelente anfitrión cuatro agradables poetas mas Moises, su novio y un amigo de él es lo único que se necesita para pasarla bien en una cena o un desayuno. Es curioso salir de "gira" artística cuando no sabes si eres o no eres artista aunque muchos se cuelguen el mote con singular alegría y desparpajo. El jueves leímos en la Universidad del Altiplano. Es magnífica. Llegué antes y me fui a buscar algo de comer a la cafetería de la secundaria anexa. Entre huercos de 13 y 15 años me puse a leer y me sentí viejo, indefinidamente viejo.
Después, a las once, inició la lectura. Glafira Rocha, Moises Zamora y Alberto Chimal estaban también ahí. Es impresionante lo bien que lee Chimal sus textos. No conozco un autor que les de más vida aún al leerlos. Por lo general quienes escribimos leemos pésimo delante del público pero no Alberto. No él. Los alumnos estuvieron muy amenos con los cuatro y al final hubo una gratificante charla que se alargó por más de quince minutos.
Sin embargo, aún nos faltaba el evento del día: la lectua de poetas de puebla en el Museo Miguel M. Lira. Ahí, ahora en la sesión de preguntas y respuestas, un espectador se puso en pie e increpó a una de las poetas diciendole hasta de lo que se iba a morir. Siempre que alguien ataca a un escritor huele a sangre. Es esa sensación de sentir que hay sangre en el agua y tiburones cerca. Si se escribiera para que les gustara a todos lo que cada quien escribe, este sería un mundo terrible. Peor aún, si se escribiera para que te guste a ti, oh lector enfebrecido por la crítica y la noción del ser y de las buenas costumbres literarias, quién sabe qué sería, fue una de las respuestas del resto de los participantes a ese crítico literario.
Como sea salimos entre asustados y divertidos. Yo dormí como un lirón (noten la frase común), en mi habitación oscura como boca de lobo (ahí está otra frase común) y al despertar tenía hambre. Y fui a comer. Después nos llevaron a una entrevista de radio. Siempre tengo la noción de que diré cosas estúpidas en una entrevista de radio y creo que no fue la excepción. Al regresar tuve ganas de quedarme un rato más en Tlaxcala pero era imposible. Ahora me tocan siete horas camino a Tampico. Llegaré en la noche y madrugaré el domingo para meterme al mar. No sé en qué momento, en el futuro, leeré este post y recordaré las cosas viejas de estos días, los dolores, nostalgias y esperanzas del 10 de noviembre.

Wednesday, November 08, 2006

Qué hacer esos días cuando, por más que le intentas, no puedes exprimirle una chispa interesante a la rutina.

Monday, November 06, 2006

Retratos Familiares

Todo el domingo sentí que era mi papá. Mientras íbamos a comprar la carne para la comida, al morder un elote asado, mientras busgueaba en los sartenes de las despachadoras de comida de prueba en al Wal-Mart, al merodear frente a los anaqueles de juegos de mesa sentía que yo era mi padre, que estaba imitando a mi padre en muchos de sus gestos, de sus ocurrencias, de la forma como él juega con nosotros.
Y sentí una especie de acomodo nostálgico por mi papá.
José Antonio
Papá llora cuando ve telenovelas, papá corre por las mañanas cinco kilómetros diarios, papá a veces, me dice, que le duele la mano de tanto utilizar las tijeras para cortar los metros y metros de tela, papá es el primero en quejarse cuando alguna salsa no pica, papá se sienta frente a la televisión a descansar pero también se pone en pie si alguno de nosotros queremos quitarle el lugar, papá trabajó mucho tiempo en una empresa pantalones. Inició como mozo de limpieza y casi diez años después, cuando la empresa se fue a la quiebra, era director de producción. Papá tuvo un accidente hace días y me dijo con toda la tranquilidad del mundo que sólo lo habían suturado en la frente unos pocos centímetros. Papá fue el artífice de mi negocio de ropa deportiva y todos los lunes en "junta" frente a la cena, decidíamos cuántos metros de tela umbro, adidas, poliester brillante, cuántos pares de medias de licra, cuantos rollos de elástico con jareta debíamos comprar. Nada le da más gusto a papá que llegar a casa con pastel o cajeta o con películas. No tan alto, encanecido prematuramente, mejillas rosadas y con dentadura artificial, a papá le gustan las cosas dulces y las carnes asadas. Lo sentí cómplice cuando me dijo que, por él, se iba a vivir a la ciudad de México, de lo tanto que le gustó. No lo imagino de 29 años, los mismos que yo tengo, y ya con tres hijos qué alimentar. No lo imagino vistiendo ese traje guinda y ataviado con esas patillas sesenteras cuando se casó, ni lo imagino sentado frente a la casa de mi madre esperando que saliera para irse a noviar.
Papá ha trabajado con todos mis tíos, a vuelto ricos a muchos extraños y me sigue pidiendo una máquina de coser recta y una sobrehiladora para iniciar el negocio. Se le aleja la mirada cuando me la pide y yo sólo hago de tripas corazón. Los hijos de Toño Ramos, de "la Coneja" como lo apodaban en los partidos de softbol donde jugaba en la posición de cátcher. Esos somos nosotros. Y lo escribo con la certeza de que todos los días, cada uno en su trabajo, en sus presiones, somos un poco José Antonio Ramos Degollado, somos un poco nuestro padre.

Tuesday, October 31, 2006

Que no molesta a nadie

Hace mucho tiempo escribí un cuento sobre la muerte de Colosio. En el texto un maestro de historia creía que él era Colosio y, cuando se enteraba del asesinato salía del salón con la certeza de que no podía ser, él era Colosio pero al ver la televisión encontraba a su esposa y sus hijos llorando en el hospital. No recuerdo en qué terminaba la historia pero estaba muy muy satisfecho y contento con mi historia de tres cuartillas. La llevé al taller de Parra y no recuerdo porqué pasó con muy buena nota.
A las semanas me enteré de que había un concurso de cuento en Filosofía y Letras. Le dije a un amigo: “Raúl, voy a participar.” Y lo dije con la certeza de que no sólo iba a participar, sino que también iba a ganar. Cuando entreviste al Christopher Kipkiego, el ganador del maratón de la ciudad de México hace como un mes, me dijo que él sabía que iba a ganar apenas salió por la línea de meta. Yo me sentía igual al momento de dejar mis tres copias dentro del sobre color manila y entregarlo en el comité de estudiantes.
Pasaron las semanas y un buen día se invitó a los participantes del Concurso Unicornio a asistir a la ceremonia de premiación. Yo iba con una amiga y subí ansioso al auditorio. Se dijeron las menciones especiales y yo… está bien, seguro no quedé ahí. Después se dijo el tercer lugar y yo me puse un poco ansioso pero nada. Cuando se dijo el segundo lugar sí pensaba que sería yo y nada. En el primero comencé a dudar. Ganó un tipo cuyo nombre no recuerdo y yo salí enfurecido del auditorio.
Dejé atrás a mi amiga y me fui a la biblioteca principal del estado a buscar algo qué leer. Encontré una novela: “Cien años de Soledad” y me dije, a ver qué es esta madre. Leí desde las doce hasta las ocho de la noche y conforme más avanzaba la historia más me picaba. Luego salí de la biblioteca con la certeza de que estaba muy muy jodido pero leer a Gabriel García Márquez me sirvió de catársis para manejar la frustración de la derrota.
Tres años más tarde, obtuve un tercer lugar en el premio de literatura joven universitaria y me invitaron a ir a una charla con Gabriel García Márquez en el Museo de Historia. Claro, fui y cuando me tocó estar frente a él para que me firmara mi libro, le conté rápidamente la anécdota. Gabo se limitó a alzar la mirada y sonreír calladamente. Qué bueno que mi literatura te sirvió de algo, me dijo y después firmó mi libro. Yo pedí su correo y la secretaria me lo pasó pero nunca le escribí al colombiano.
Lo que no le dije fue que al día siguiente de leer me puse a escribir de nuevo, a ver qué salía y apareció la historia de un hombre que enfriaba todo lo que tocaba, tan mala como la historia de Colosio. Y lo escribo porque es imposible abstenerse de las críticas. Ayer, un compañero de la tutoria me invitó, gentilmente, a que dejara de escribir porque desde su punto de vista sólo llenaba páginas y páginas sin contar nada nuevo, sin innovar la estructura literaria, sin molestar a nadie, etcétera, etcétera, etcétera.
Y bueno, no soy un ángel del Apocalipsis de la literatura, ni el renovador de la estructuración lúdica de escribir. No soy quien cambiará la tradición literaria de 300 o más de años, como tal vez él desee serlo. Son cuestiones de incompatibilidad de visiones del mundo y de la escritura. Yo seguiré contando mis historias tradicionales, mis historias pequeñitas que hablan de gente. Simplemente seré alguien que vuelva a escribir cuando le salga mal. Que le dolará la crítica cuando venga con buenas y malas intenciones pero que volverá a escribir. Justo ayer Bernardo decía que no hay derrota en la escritura. Y tiene razón: nunca hay palabras suficientes para que alguien me diga que deje de escribir y le haga caso.
Ya te jodiste, me dijo el vendedor de quesos en el mercado de la colonia Guerrero cuando le dije que ya llevaba más de cinco años en la ciudad de México. Después agregó, yo soy de Matehuala y terminamos hablando de geneologías potosinas. Hoy le decía a un taxista que no tiene razón ese vendedor. Aún me puedo ir de la ciudad de México. Y mientras llego a la casa pienso en un mapa imaginario todos los destinos posibles. Lástima que no existan mapas fantásticos donde sea posible ir a todos los mundos imaginarios. Cuando llegué a la casa un par de enfermeras platicaban con don Rafa sobre las vacunas para gente de la tercera edad. Y don Rafa asentía muy manso sin pensar en Atenas, Timbuctús y Coreas del Norte. Ahí se me acabó el viaje imaginario. Y lo digo, aún me puedo ir.

Monday, October 30, 2006

Espacios restringidos.

A veces pienso que mi vida es muy aburrida. Y un amigo, Boone, dice que sí, en realidad la vida es muy muy aburrida. Y lo dice con tal certeza que pienso: ¿quién es el aburrido? Y a veces también pienso que en la vida casi no pasa nada o no veo que pase nada, sólo el mismo acto que se repite, (válgame el pleonasmo) una y otra vez. Pero después me doy cuenta que no, que en realidad estamos y estoy viviendo a ritmos vertiginosos, elocuentes, difíciles también, que las personas que están a mi lado también cambian de formas sorprendentes pero por la cercanía no lo podemos ver o no los vemos porque también, creo, la vida comienza a acotarte en un espacio restringido: sólo los más cercanos, la mujer que amas, la familia, los amigos más cercanos.
Y la vida acordona, demarca, limita así y nos vayamos a Europa, así tengamos hijos y se nos mueran seres queridos. Y cambiamos terriblemente en cuestión de meses. Pienso esto porque ayer fui a visitar a unas buenas amigas: y sus hijos recién nacidos. Me senté en uno de los sillones largos de la casa de ellas y cargué al mayor. Me sorprendía lo profundo de su sueño, sus manitas, los dedos alargados. Estaban los dos vestidos de calabaza por la cercanía de Halloween.
Hace dos años o más en esa misma casa, en una fiesta, otra amiga nos contó que se iba a casar y a los meses nos contó de porqué no se casó y casi un año más tarde, nunca más volvió para decirnos, porqué en Europa, en Francia, después de realizar estudios de Filosofía, decidió tomar el hábito y convertirse en monja.
Y hace dos años también unos buenos amigos se casaron y tuvieron una niña y la bebita murió. Y recuerdo que después de la última misa de cuerpo presente fuimos todos a comer pollos asados a un restaurantito pequeño al sur de la ciudad. Y mis cambios, pienso, cuántas cosas no han pasado en estos dos años que me han hecho ir cambiando poco a poco muchas ideas y formas de ver la vida. El espacio restringido no se vuelve algo terrible, sino el hogar. Y pienso en otra amiga que se casó a escondidas y otra que volvió a vivir con su madre y amigas a quienes les diagnosticaron enfermedades terribles y ahora luchan contra ellas y amigos con hijos nuevos. Y pienso de nuevo, en los espacios restringidos, en el hogar, el cómo crecemos sin darnos cuenta, cómo maduramos sin darnos cuenta, terriblemente solos muchas veces, terriblemente acompañados también. Y todo eso me provocó ver al par de hijos de mis amigas que hace dos años andaban de fiesta en fiesta y habían decorado mi trajinera del cumpleaños 27 con muchos anuncios de: prohibido orinar en los canales, etcéteta etcétera. Y al final, ya se sabe, lamentablemente no se pudo respetar esa prohibición.

Thursday, October 26, 2006

Lindo

Hoy, nuevamente, don Rafa me dijo: adiós, lindo.... Yo tenía las más firmes intenciones de no sonreír en todo el día pero caray, iba a mitad de la calle con media carcajada.

Monday, October 23, 2006

Humo

Si no tengo nada qué hacer vengo al blog y escribo algo. Y ahora existe toda una parafernalia alrededor del blog: que si es medio literario, que si no lo es, que si existen en él los elementos probables para desentreñar el estado fragmentario de la vida y etcétera, etcétera, etcétera. Incluso, una vez un conocido me dijo, casi me exhortó a que en los blogs no debería de tener errores de ortografía porque somos lo que escribimos y la serie cuestión sobre la responsabilidad del bloger. Escribo en el blog cuando no tengo nada qué hacer y mis amigos se ríen de mí porque incluso, tengo dos y un tercero muy muy escondidos, sin liga alguna, sin ninguna relación de nada, sólo para ver si los blogs también nacen muertos y nadie los visita aunque navegue.
Hoy escribo en mi blog porque me acordé de los autos viejos de mi abuelo. Siempre olían a gasolina quemada, echaban la mitad del humo afuera y la otra adentro pero a mí me gustaba ese aroma a gasolina, me gustaba respirarlo sin importar que se me llenaran los pulmones de hollón y sin importar esa persistente mancha temerosa del asma que revoloteaban en mis pulmones con una palidez frágil y lista para atenazar aveolos y lo que fuera a la menor presencia de esfuerzo fìsico, polen de felinos o equinos o el fresco temblor de agua o leche o chocolate ¿chocolate?, no, chocolate no, estaba prohibido, que descendiera por mi garganta.
Lo curioso es que ahora no recuerdo dónde y en qué calle respiré de nuevo el olor de la gasolina quemada. Sí, es cierto, parece broma porque en la ciudad de México ese olor a gasolina está en todas partes: te recargas en un árbol y ahí está, abres un libro y ahí está. Pero no recuerdo cuándo ese olor a gasolina me recordó otros. Al final creo que no importa dónde ocurrió sino la evocación. Me agrada el humo de los motores. Ese es un placer extraño pero sincero.

Tuesday, October 17, 2006

Una queja de la presentación

E iban también mis amigas y alumnos de la escuela, los sábados. Aracely y Rocío estaban casi a la mitad del auditorio y Elizabeth fue con sus nietos. También, un par de alumnos nuevos. El sábado, de vuelta a las clases, uno se acercó y me dijo: maestro, me gustó su presentación. Y después, adoptó un tono serio: aunque, para decir la verdad, me decepcionó. Nada más suspiré y le pregunté con curiosidad: ¿Y porqué te decepcionó? Me respondió con un tono por demás serio: "me decepcionó porque pensé que iba a estar aburrido, yo quería aburrirme y no, todo estuvo muy bien, ni tiempo me dieron". Ah... bueno, si es por eso, seguro habrá más presentaciones aburridas mías y de muchos otros para que vayas. "A lo mejor, a lo mejor," dijo al final y se fue.

10 de octubre no se olvida.


La maestra Alma iba radiante de la mano de su esposo e hija. Se sentaron en las primeras filas. Ioio llegó mientras me entrevistaba un muchacho para una agencia de noticias del INBA. Más tarde llegó Raúl, Javier, Alejandro Hernández, Heydi y Alejandra del ILCE. Yuri y Rodolfo de Santander habían llegado casi al principio y más tarde apareció Nancy y Martín Rosas. La sala Adamo Boari se fue llenando de buenos amigos y amigas. Y se fue llenando y empezó a hacer calor. Enrique Romo andaba de un lado a otro. Lo mismo se detenía a platicar con el maestro Cassar que a saludar al maestro Orlando Ortíz. En la mesa, Eduardo Parra y Felipe Garrido ya se acomodaban en sus sillas respectivas y yo en la puerta mientras esperaba que llegara O quien, después supe, se fue hacer un peinado acá, de época.
E inició la presentación. Y llegó O y se sentó casi al final del auditorio. Heydi sonreía. Lo mismo que Mónica e Ira y Rodrigo y Xóchitl ocuparon las primeras filas y Efraín iba y volvía de la puerta principal esperando que apareciera Grace y Memo. Y más tarde llegaron Boone, Hinojosa, Vicente, Nadia, Julian, Lucilla, Mijail, Mariana y Lucía y Gaby Aguirre y Cristhian. Al frente, oían atentos Gerd y Paty y Maty y Edith y Mónica y un amigo y Luisa y el Bato mientras Marlen y Mariana buscanaban asiento. Epigmenio estaba al final de la sala. Y la maestra Alma, quien empezó a presentar el libro habló de la maravilla de conocer a gente que, no se sabe nunca, será después importante y buena amiga y después habló de los cuentos, su violencia trágica y cómica al mismo tiempo y después le tocó el turno a Parra. Y dije que hace muchos años había matado a Parra en un texto y después Parra dijo que habría querido hacer un texto más emotivo pero después iba a terminar llorando y su presentación abordó todos y cada uno de los cuentos: los desmenuzó, habló del lenguaje, de la recuperación de un tema y un lenguaje. Y después le tocó el turno al maestro Garrido.
Y Garrido habló de los inicios de los cuentos y dijo que si don Edmundo Valadez tuviera Dejaré esta calle en las manos, leería el inicio de los cuentos y se llevaría el libro a su casa sin dudaro. Y más tarde dijo que algunos cuentos le provocaban tristeza o asco por lo que se contaba pero que ahí residía lo maravilloso del libro: no resultaba indiferente. Y mientras él decía eso, allá abajo yo le sonreía a O o pasaba la mirada hacia tantos y tantos amigos que habían llenado la sala Adamo Boari. Ahí estaban incluso un señor que escuchó una de las entrevistas de radio que me hicieron y se descolgó a la presentación. Y ahí estaba también un señor pálido, delgado, con ropas arrugadas que prestaba mucha atención a todas las palabras.
Y después tocó mi turno. Y hablé de las pesadillas que eran los cuentos, dije de la censura en el cbtis de Juárez al cuento de Barda Alta y de la censura de mi tío José Luis a un cuento y volví a decir lo agradecido que estaba por la presencia y recordé, porque siempre es bueno recordarlo, que cuando llegué a la ciudad de México mi única amiga era la señora Alma Arreola y su nieta y ahora me encontraba con más de cien amigos y amigas venidos de todas partes de la ciudad, atravesando el caos citadino, el metro, los cuellos de botella en Patriotismo, cláxones, semáforos en rojo, presiones en microbuses y taxis para estar ahí, conmigo y con O esa noche del 10 de octubre del 2006.
Y no dilaté más mis palabras frente al micrófono. Martín fue el primero en aparecer para darme un abrazo y me dio gusto verlo ahí, recordando esos días en Santander cuando estabamos en tiempo muerto o trabajando o yendo a comer a mercados o al Sena 22. Y se apareció entonces un señor, el delgado, de ropas arrugadas, se acercó nerviosamente y dijo: hola, hola yo me llamó Andrés. Y fue todo lo que dijo: "yo me llamo Andrés". Y mientras firmaba los libros, Andrés iba y venía del fondo de la sala Adamo Boari a la mesa de presentación, nervioso, medio fuera de lugar, como si quisiera decir algo pero no se animaba. Y al terminar, cuando los amigos estaban junto a las escaleras fui, le dije: "Andrés" y se sorprendió de eso y respondió: "Sí, si, yo me llamo Andrés". "Tenga", agregué y le entregué uno de los libros firmados, le entregué mis calles, mis colonia, mi gente, mi lenguaje, mis 112 cuartillas de colonia Moderna brava, rebelde, acá, maciza, y el rostro de Andrés se iluminó y musitó un gracias que no sé de dónde le salió. "Pero fírmalo", agregó, "ya está firmado", le dije.
Afuera estaba la noche cuando salimos de Bellas Artes rumbo al salón Corona a brindar y decir salud. Lo mejor de la literatura y la escritura es los buenos amigos que te deja, creo. La lucha de egos, las competencias literarias que se queden fuera, como dice bíblicamente, en el llorar y crujir de dientes.

Monday, October 09, 2006

Cosas de las que uno se puede cansar

1.- De esperar en los aeropuertos.
2.- De los chistes que cuentan la mayoría de los taxistas en Guadalajara.
3.- De ver gente ejercitarse.
4.- De tomarle fotos a deportistas.
5.- De pensar en Sport City día y noche, noche y día.
6.- De comer tortillas de harina.


Cosas de las que no me canso.

1.- De regresar ya sea al D.F. o Monterrey.