Hace mucho que no voy al aeropuerto a ver la llegada y despegue de los aviones. He ido para viajar pero no para ver. En mis primeros meses en la ciudad de México, y dada la cercanía de mi casa con el internacional Benito Juárez, me daba por irme a sentar en unas bancas que estaban contiguas a la barda del aeropuerto y desde ahí miraba partir los aviones. Escuchaba el sonido áspero de los motores y las reacciones de las llantas al caer pesadamente en la pista. Y veía a los mecánicos y los condutores de camionetas donde iban las provisiones para los pasajeros. Yo era feliz viendo los aviones. Me recordaban y recuerdan mucho, un poema del poeta brasileño, Bandeira, que dice: "todas las mañanas, el aeropuerto de enfrente me da lecciones para partir." Por eso iba al aeropuerto: para recordarme que yo ya había partido. Y tal vez por eso no voy ultimamente mucho, a ver los aviones: porque sé que la partida es lejana, pero también por que intuyo que no todas las partidas son de ciudad o de personas, sino también, de estilos de vida. Uno deja de ser, en determinado momento, lo que siempre pensó que sería. Y se acomoda bien a las otras circunstancias de la vida. Pero no he ido a los aeropuertos. Aún no he sentido de nuevo, el consuelo firme de los aviones.
Wednesday, February 14, 2007
Thursday, February 08, 2007
Renovaciones
Me miré al espejo y no me gustó lo que encontré. No hablo de fealdad, claro. Pero me miré al espejoe y me dije: qué me está pasando. Siempre he aparentado menos edad de la que tengo. Alguna vez una chica de 21 años me invitó a tomar algo y ya en la plática, me preguntó cuantos años tenía. Le dije que 26 (mi edad en aquella ocasión). La chica se sorprendió. A partir de ahí todo fue en picada. Claro. Ella sí se veía de 21 pero ni hablar. Aunque no hablo de la edad. O me dice que últimamente me nota cambiado. Tú nunca habías dado una clase en sudadera. Tú nunca habrías ido a la fundación en pants y sudadera de correr. Y tiene razón. Algo me empezó a ocurrir sin que me percatara: empezó a darme ese dejo de la edad, ese dejo que no importa como te vistas, importan otras cosas pero comencé a dejar de ser yo. Y luego O apuntó a mi panza. Ok. Sï, he engordado. Pero incluso antes me preocupaba mi peso. Hoy no. Pero en la mañana, antes de ir a recoger unos papeles, me miré al espejo y me vi la barba mal rasurada. La última vez que la tuve así, descuidada, libre, casi inmoral, fue hace más de tres años. Y me miré al espejo. Es increíble cuando vemos nuestro rostro con una pizca de sorpresa.
Últimamente he estado muy aturdido. Escribir me agota. Me agota tener que demostrar a los otros que sí sé escribir. A veces este lugar sólo es eso: demostrarle a los otros lo bueno que eres. Y eso agota. O bien: demostrarle a los otros que te vale escribir pero aquí estás y que todo tu ego se basa, no sé, en otras cosas. Pero mi miré al espejo. Y no sé porqué, pero empecé a rasurarme. Disfruté rasurarme. Aún dejé algo de barba pero quité todo lo estaba fuera de sitio. Y anduve, he andado, todo el día con una pizca de tranquilidad. Después de recoger los papeles me metí al cine. Fui al Cinemex del World Trade Center, uno que me trae muchos recuerdos de días lluviosos, amigas y depresiones. Hacía mucho que no iba. Disfruté sentarme a mis anchas en una sala vacía (fui a la función de las diez y media de la mañana). Cuando salí pensé que debía de empezar a escribir una novelita juvenil, de ciencia ficción. ALgo que siempre he querido. Y luego, pensé en que uno de mis temas siempre ha sido la infancia. En fin. Llegué aquí y no he dejado de escribir desde la tarde hasta ahorita. Y todo el origen ha sido muy raro: sólo de mirarme con detenimiento frente al espejo. A veces la imagen que reflejamos es el click que se necesita.
Tuesday, February 06, 2007
Ixtapan
El sol. Siento el sol levemente en la nuca cuando bajo en la central de autobuses de Ixtapan. Una mujer vende tortas en los andenes y cuando salgo de la central, camino a la presidencia municipal de la ciudad, el aire fresco, el aroma a leña y hierba recién cortada me dicen que finalmente estaré en un sitio parecido al paraíso. Y no me equivoco. En la presidencia me recibe Víctor, el encargado de cultura de Ixtapan y rápido me instala en la casa de huéspedes Kassandra.
Ixtapan está enclavado en un cerro y para llegar a la presidencia hay que subir la cuesta. En la parte alta se erige una iglesia con muros blancos y puntas sobre sus techos, puntas que parecen las picas o estacas para defenderse del cielo. A las cuatro de la tarde es la primera reunión con alumnos de la escuela anexa a la normal. Víctor se ve un poco intranquilo pero conforme llegan los muchachos se relaja. Rodolfo, maestro de una secundaria y hermano de Víctor, también espera con sus alumnos en la entrada de la presidencia. Estoy emocionado, sorprendido. En la pared, en un cartelón de hielo seco, han escrito mi nombre y el de "Dejaré esta calle" con letras unicel coloreadas en verde.
La presentación inicia con tartamudeas. De inicio no sé ni qué decir. Me da cosa saber que, algo de lo que yo diga, puede servirle a los maestros y alumnos de la secundaria pero al rato la charla se encauza por un buen momento. Los maestros me preguntan, leo un par de cuentos, Yassir, el director de cultura y deporte, toma fotos, se sienta a un lado mío, después se va. Estoy contento. Me emociona mucho cuando una señora dice que entre ella y su hija leyeron el libro y me comenta las conclusiones a las que llegaron. Es increíble. Sólo imaginar que algo que yo escribí sirvió para una tarde madre-hija me pone los pelos de punta de felicidad.
Al terminar casi no queda tiempo para ir a la casa de huéspedes, cambiarme y dirigirme al café 1910 donde será la presentación en forma. Ahí encuentro a Óscar. Es delgado, monero, con una barba hirsuta. Fuma junto con Víctor quien bebe una michelada. Poco a poco se congrega la gente: pintores de Ixtapan, maestros jubilados, unos jóvenes. Óscar lee su presentación. Ya no quise incomodarlo, pero su presentación ha sido una de las que más me han gustado. Al terminar, José Antonio, un chico pintor, me regala su cuadro expuesto en la presidencia. No sé ni qué decir.
Más tarde bamos a Totonico (¿lo escribí bien?) a ver la feria. Quisiera que O estuviera ahí, conmigo, pero se quedó en el d.f. Avanzamos entre la gente. Nos abrimos paso entre los vendores de pan, de dulces y películas piratas. Óscar avanza al frente y Víctor tras de mí. Hace rato cenamos un pozole y enmoladas deliciosas en el negocio de Rodolfo. Al volver a Ixtapan me siento cansado.
Es sábado. Son las siete. A las once debo de dar clases en la ciudad de México pero eso no impide que me sambuya un poco en las aguas tibias del balneario municipal. El agua me pega en la espalda y más tarde, me hundo en la fosa termal de Ixtapan. El agua sabe a sal, a cobre. Víctor me deja más tarde en la central de autobuses e inicio mi vuelta al d.f. cargado de dulces, mezcal y los buenos recuerdos que, son, al final de cosas, lo único que nos salvarán de una vejez ineludible y que, estoy seguro, se vivirá al doble al recordarla.
Wednesday, January 31, 2007
La camioneta del hermano Manuel
Me pregunta Raúl qué recuerdo de los ocho años. Me quedo un momento pensativo y le digo: "Ah... recuerdo que todos los domingos íbamos a la iglesia. Salíamos de la casa y caminábamos hasta Churubusco y Ruiz Cortínes. Ahí tomábamos el ruta tres para bajarnos en la Universidad y de ahí, caminábamos todavía como seis cuadras para llegar a la iglesia.
¿Y ya, eso es todo? me vuelve a preguntar decepcionado.
Mmm... no, no es todo. Había veces que ya en el camión, detenido frente a algún semáforo en rojo, veíamos al hermano Manuel en su camioneta blanca con vivos rojos. Y entonces, por la sorpresa, desde el interior del camión empezábamos a gritarle, a decirle que ahí íbamos. Y nos bajábamos de inmediato armando un caos en los pasillos del urbano, ante la mirada burlona o sorprendida del resto de los pasajeros. Bajábamos felices, los cuatro chiquillos y nos subíamos a la camioneta del hermano. Ahí íbamos en la caja trasera de la camioneta con el aire pegándonos limpio y fresco en la cara, moviéndonos los cabellos, con el corazón feliz de ir con los amigos.
Raúl vuelve a poner cara de interrogación. ¿Y cuántas veces les dio raid?
Uy, no recuerdo, pero fueron muchas veces. A veces le gritábamos desde el camión en marcha y años más tarde, el hermano nos contó que cada que entraba a esa avenida, su esposa y sus hijos, venían con el ojo bien alerta para ver si nos encontraban en el camión. Y entonces él sonaba el cláxon de la camioneta y así nos dábamos cuenta que iba por ahí.
Raúl hace un gesto de uy, qué interesante. ¿Pero qué más recuerdas?, insiste.
Entonces pienso bien qué quiero leer de mí dentro de treinta años cuando llegue a este post y le digo, me digo ahorita:
Recuerdo el aire en la cara, el aire pegándome con toda la infancia posible.
Monday, January 22, 2007
El cuento está en las quesadillas.
Todo el domingo el señor Genaro estuvo en casa de O arreglando los desperfectos del sanitario. Las gatas sólo miraban entre indiferentes y curiosas al hombre o bien se echaban en el sillón a limpiarse el pelo. Además, O tenía dolor de cabeza. Yo me dediqué a embrutecerme tres horas en la computadora, en un juego de estrategia de cuyo nombre no quiero acordarme. Después me dormí. Caí en un sueño pesado, caluroso. La música de la vecina, canciones gruperas viejas, casi nostálgicas, me borraron todos los sueños y me dejaron sólo un sonsonete vacío de que aún no me recupero. Al despertar, pensé que ese domingo no tenía, a esas alturas, nada de espectacular.
Pero me desperté. Pensé que también ese podía ser un buen cuento, si tan sólo le alcanzara la belleza al momento. Y me detuve en el pasillo, con la mirada de Mía, una de las gatas, fija en mi lentitud, en mi sueño, en mi búsqueda de la belleza en ese pasillo de paredes verdes y con la puerta del sanitario abierta. Entraba poco aire. Olía a cemento. De la sala escuchaba el tecleo de O en su computadora. La casa: un desastre. (más tarde, a eso de las seis y cuarto, nos embarcaríamos a la compra de espejos, cojines, tapetes y cosas pero aún no era la hora). Caminé a la sala y pensé: qué calor hace, mañana es lunes, hay tutoría, tengo que ver a Emiliano. No pensé nada más mientras, aburrido, me sentaba junto a O y la miraba jugar al mismo juego de estrategia de cuyo nombre no quiero acordarme. ¿Y dónde está la belleza? ¿Dónde está el cuento?
Veía jugar a O y no encontraba nada. Después me levanté, fui al baño, salí y me puse en la cocina. El día anterior, en una cenita breve, O y yo habíamos comprado cosas para una buena velada y entre ellas, un queso con chipotle. Y me acordé que una vez, en una fiesta, para calmar un pleito, me puse a cocinar quesadillas para mis invitados quienes comían y se miraba a matar, después volvían a comer y después se miraban a matar. Tal vez la belleza esté en las quesadillas, pensé, el cuento esté en las quesadillas. Y me puse a prepararlas mientras O seguía jugando y entraba el sol por la ventana y las gatas se lamían la pelambre. Y después me comí la primer quesadilla. Y me sentí contento. Sï. Ahí estaba, inimaginablemente, el momento bello del día.
Monday, January 15, 2007
Dedos enchilados.
De regreso de Monterrey la vida vuelve a encauzarse: voy a la Fundación, intento escribir, como con los muchachos, O y yo vamos al cine o tenemos la enésima charla sobre si ir o no ir un fin de semana a un antro. Y, también, cocino. En vistas del futuro poco alentador que tenemos, un futuro en términos económicos, claro, decidimos ya no comer fuera. De ahora en adelante nos vamos a preparar lonche. Así que ayer anduvimos todo el día de compras en el mercado o el super mercado. Compramos empanadas de pollo rellenas de jamón y queso, unos filetes de mojarra, algo de mole verde, de pipian, espaguetis, salsas ragú, hongos.
Es increíble cómo el proceso de cocina empieza desde la selección de las verduras, cómo la imaginación culinaria parte desde el momento que ves un tomate rojo, abundante y sano en medio de la bola de verduras. Así que nos fuimos a casa a cocinar. Ya teníamos mucho con ganas de hacer chiles rellenos. Ok. Nunca había hecho chiles rellenos, acaso había ayudado pero hasta ahí. Así que, como todo cocinero inexperto que se preste de inexperto, sólo nos quedaba una opción: hacer como que sabíamos y a darle, claro, previa llamada a nuestras madres respectivas.
Primero pusimos los chiles poblanos sobre la lumbre para despellejarlos mientras hacíamos el relleno con carne picada, salsa ragú, sal, pimienta, ajo y orégano. Después sacamos los chiles y los metimos en una bolsa para que sudaran mientras batíamos la clara de huevo. El procedimiento nos llevó algo de tiempo pero al final, una vez que le quitamos las semillas a los chiles y los rellenamos con la guarnición y los pasamos en harina para después depositarlos en la clara de huevo, tuvimos nuestro primer chile poblano en el plato.
¡Qué bárbaridad! Los desgraciados picaban como ninguno. Pero qué ricos quedaron. La verdad es que verlos bien dorados junto al arroz y con tortillas medio endurecidas por el calor resultó una grata experiencia. El sabor estuvo en su punto. Todavía traigo los dedos enchilados. Cosa que toco, la enchilo. Suda mi botella de agua del apuro. Sufre el teclado mientras lo utilizo para escribir este post. Y claro, sufre mi toper en el refrigerador donde guardos dos de esas bombas deliciosas, adictivas y altamente peligrosas.
Tuesday, January 09, 2007
Retratos Familiares
Heidy
Yo seguía ignorándolo todo entonces, pero cuando encontré a Heidy en uno de esos nudos del camino comencé a entender algunas cosas. Con ella entendí que nada vale más que una buena sonrisa y que es posible dialogar en lenguas desconocidas aún y cuando no tengas idea de lo que dices. Con Heidy en esa oficina del ILCE, donde la mayoría eran desconocidos, lograba sentirme en casa. No conocí entonces persona más dispuesta a la amabilidad y al corazón que ella. A veces se hacía la mala y decía con un aire autoritario que no le salía: “Sí, soy mala, mala y qué”. Otra de sus frases era: “a verdad”. Y yo me divertía mientras leía lo mismo a Zweing que a Ignacio Manuel Altamirano. Una vez me dijo que le recordaba a su hermano. No lo sé. Tal vez no le recordaba a su hermano pero algo había que nos hacía buenos compañeros de trabajo y buenos amigos. Junto con Luis, su pareja, y otros amigos, nos íbamos al cine o a cenar y era sorprendente cómo ambos se conectaban para las bromas y la seriedad. Siempre elegante, con la sonrisa dispuesta y la broma que aligeraba la larga mañana de trabajo, a veces Heidy llegaba a mi cubículo y me hacía reír. Le gustaba pintar y siempre tenía un cuadro pendiente por acabar. Una vez me dibujó y fruncía el seño porque mi imagen no le salía. Yo recuerdo y recordaré por siempre su pelo corto peinado por en medio, sus lentes negros, cuadrados, su sonrisa sin emboscada. Luego, cuando se iba, yo le decía en broma: “no te vayas, no te vayas”. Ella se detenía un momento, miraba por la ventana y decía: “pero a quedar. A verdad”. Y se iba. Así es como se va la gente que siempre importa, en medio de una sonrisa que te deja limpio el corazón.
Don Rafa
Llego y no encuentro a don Rafa en la puerta del edificio. Además, no tengo agua y el recibo de luz me espera tras la puerta. Al par de horas salgo y la silla donde se sienta don Rafa sigue vacía. Me preocupo. Al día siguiente veo a la esposa del portero. ¿Y don Rafa? La mujer nada más suspira. Ay, joven, fíjese que se nos enfermó. Si, feo, en los días de fiesta. Le dio una cosa en los pulmones y se le complicó con una enfermedad en el corazón. Ay, joven.
¿Y sigue en el hospital?
No, joven, ya salió. Está allá arriba, en la casa, recuperándose.
Ah, pues, qué bueno, eso quiere decir que está mucho mejor.
Pues sí, joven, gracias a Dios ya está mejor.
Al rato subo y lo veo.
Ándele, joven, ándele, le dará mucho gusto.
Don Rafa. Al rato subo y lo veo. Me abre la señora. Encuentro a don Rafa acostado en la cama, el cuerpo robusto, la mirada un poco desmejorada. Pero sonríe al verme.
¿Ya llegó?
Sí, le contesto mientras veo su casa.
Y llegando y chingado, eh... así debe de ser.
Y me empieza a contar cómo le fue. Y yo nada más lo escucho. Atento. Es lo menos que uno puede hacer cuando otro te cuenta sus enfermedades. O sus tristezas.
Monday, January 08, 2007
Las cosas cursis de la prepa
Ah... las cosas cursis de la prepa. Recordábamos muchas.
Cuando fuimos a Mina Nuevo León, todos grabamos nuestros nombres en unas piedras. Dijimos que volveríamos.
Cuando fuimos a Mina Nuevo León, todos grabamos nuestros nombres en unas piedras. Dijimos que volveríamos.
En cierta ocasión, decidimos meternos a un arroyo entubado por agua y drenaje. Salieron cucarachas blancas junto a unos desagües. Las alcantarillas a ras del suelo nos dejaban ver la panorámica de las hormigas. A mitad del camino, alguien nos gritó: "qué hacen ahí, pendejos". Ángel contestó: "chinguen a su madre". Y después apagamos las linternas y huimos en la oscuridad.
Mónica era fan de Selena y siempre vestía como ella. A veces le decíamos que cantara. Y cantaba. Sin embargo, uno de los sucesos más importantes fue cuando la casa de su tía se incendió. Ahí vamos todos a apagar el fuego. Adentro las llamas se habían comido paredes y muebles. Yo estaba con una tina muy cerca de fuego y escuchaba cómo tronaba la cristalería. Alguien preguntó: ¿sacaron el tanque de gas? Y quienes salimos fuimos nosotros.
Viene Miguel de la expedición a escalar el cerro de las Mitras. Está a punto de resbalar por un barranco cuando se sostiene de una nopalera. Fabian lo rescata. Del miedo, sólo pasada una hora siente las manos todas espinadas.
Fue en segundo cuando fuimos a El Barrial. Aún, hoy, esa noche de enero del 2007, todos pueden decir qué tipo de bikini traía cada una de las muchachas. Hay duda en el caso de lo que vestía Mónica. Yo digo que traía un bikini amarillo, Rafa dice que rojo, Fabian que era de otro color y además, con puntitos negros.
Dora nos recuerda cuando andaba con Ángel. Fueron a Chipinque y de regreso Dora retrasaba la bajada. Ángel, bien intencionado, gritada al aire: "a la otra no traemos mujeres." Y Dora pensó, si esto es al mes de novios, no quiero saber qué pasará después.
Don Juve, el jardinero, se cae de un árbol que podaba. Lo vamos a ver al hospital. Fabian, Rafa, Dora, Miguel, están sinceramente preocupados. Cuando me dejan con él, don Juve me dice: A ver qué día escribes de mí. Yo nada más asiento con una sonrisa de pena o burla. Sí, claro, yo voy a escribir sobre usted. Y cómo son las cosas, nunca pensé escribir sobre él pero hoy lo estoy haciendo.
Cursilería
Pasa la noche. Hace frío. El autobús avanza con una lentitud inexplicable. Me despierto. Asomo la mirada hacia afuera y me vuelvo a dormir. Cuando despierto estamos en San Luis Potosí. A la mañana ya nada la interrumpe. Afuera del Central de Autobuses de hay un puesto de barbacoa y mucha gente hace fila o se arremolina frente al mostrador. Sólo pienso que ya voy de regreso. Un nuevo regreso a la ciudad de México pero, por alguna razón, me siento diferente. En Monterrey vi a mis amigos de la preparatoria. Cenamos un día y nos reímos de esas viejas cosas que hicimos. Recordamos los viajes a Mina, las exploraciones por el drenaje, las subidas a la M de Chipinque o las bromas en el metro. Recordamos nuestra casi inocente edad preparatoriana. Oigan, les dije mientras una anécdota daba paso a la otra, ¿no se están dando cuenta que fuimos bien tetos en la prepa? Y de pronto el sonrojo nos llega. Vemos nuestras fotos de ese lejano 1994, todo lo que hemos cambiado en casi doce años. Al irme, un amigo me dice: "escribe sobre nosotros." ¿Pero qué puedo escribir que no caiga en lo sentimental, en lo cursi? Cuántas veces nos estamos salvando de ser cursis y es lo único que podemos hacer.
Y yo iba ya de regreso en el carro de mi hermano pensando en la cursilidad. Vaya que éramos tetos, con una inocencia muy clara, con una maldad muy ligth, con una perversión no tan desarrollada. San Luis Potosí tiene unas avenidas grandes, puentes nuevos, unos camellos con figuras hechas con tierra. Desde sus camellones amplios se ve que no es una ciudad grande. En las ciudades grandes todo el asfalto es bienvenido. Luego, mucho más tarde, después de ver una película donde Marc Dacassoss rescata a una teniente del ejército norteamericano (apresada en su lucha contra Al-Qaeda) pienso otra vez en la cursilidad. Veo el paisaje y se me antoja algo cursi. Recuerdo mis anécdotas de la prepa y me parecen cursis. Recuerdo mis ambiciones y me parecen cursis. Además -y esto hay que anotarlo- leo una novela muy muy cursi.
Escribe algo sobre nosotros, me pidió mi amigo. Imagino que todos queremos que escriban algo sobre nosotros y qué son los blogs más que eso: el deseo de que otro nos lea, de que a otro, nuestra vida y nuestras ideas les parezcan al menos propias para poder dialogar con ellos.
Wednesday, January 03, 2007
Días, días.
Mi abuelo duerme en el hospital. Le han sacado toda la sangre, le entubaron la garganta, la tráquea y yo estoy en cambio atado a un trabajo express en un banco. Me paso el día revisando los forwards, las cuentas de Enlace dólares, los crédito quirográficos y preparando tips de venta para los ejecutivos de sucursal. Y O está lejos. Ha vuelto al D.F. a empezar a trabajar, el trabajo que buscó durante seis meses. Sí me siento ojete por estar revisando la redacción de préstamos y fianzas pero yo me metí en eso desde hace días. Ok. Son mis vacaciones, pero tenía muchas ganas de volver a una oficina, de sentarme y no hacer nada ni por equivocación, literario y apenas me llegó la oportunidad y lo tomé. Pero mi abuelo me recordó otras cosas entonces.
Antes de que lo entubaran me decía que veía cosas, me lo decía en el rato que fui a cuidarlo. Me preguntaba la hora y cuando se la daba nada más se quejaba con un: uh.. apenas son las siete. Y después: uh, apenas son las ocho. ¿Pero dónde está la brujería? me preguntaba cuando quería flexionar el brazo y yo no lo dejaba por indicaciones de la enfermera.
Eso me decía. Y cuando se quedó dormido me pregunté cómo será mi agonía y me pregunté también cómo se irá formando mi pequeño libro de Retratos Familiares donde escribo sobre mi familia, mis amigos, también sobre mis muertos. Y me dije que, en mi agonía, en mi sueño anterior a la muerte, si es que se me concedía reposo antes de morir y no muero por violencia o repentínamente (no sé qué sería mejor o peor), que ojalá alguien me leyera estas crónicas, estos días donde marco mi felicidad o mi fastidio, donde marco la vaga ilusión del futuro o el engaño del presente.
Pero eso pienso estos días que O está lejos, que debo terminar esos prontuarios para el banco, estos días que mi abuelo está en esa cama, las manos gordas, hinchadas por la diálisis, el par de tubos que entran por su boca y con un sueño espantoso donde sin querer, me veo.
Tuesday, December 26, 2006
Monterrey Weekend
Yo no lo sabía, como dice un amigo, Dios, cuántas cosas ignoro, pero en Monterrey hay un nuevo programa que se llama Monterrey Weekend. El chiste del show es tomar por desprevino a un pasajero en el aeropuerto (por qué no lo hacen en la Central de Autobuses, -no lo sé, acaso racismo contra nuestra gente de San Luis y Tamaulipas que llega ahí y no es nice- y se los llevan un fin de semana a conocer las delicias de esta tierra próspera, fina, acá.
El pobre pasajero entonces, se ve envuelto en un marasmo norteño. Sí. Se habitua a que las mujeres hablan a gritos en la televisión, a que las conductoras no lo dejen hablar y que responda a todo con un sí turístico, un sí que haga a inversionistas y spring breakers a dejar las playas de Cancún, los centros financieros de la ciudad de México y se vengan a Monterrey, la ciudad de las Montañas a disfrutar del común y mentado cabrito y las comunes y mentadas carnes asadas.
¿Envidia? Sí. De la mala. Yo quiero salir en Monterrey weekend y que me lleven a la cola de caballo, que me pongan en una lancha en la presa de la Boca, que me paguen una buena cena en un lugar acá, que me pongan en un palco del estadio Tecnológico para ver ganar a mis rayados y me lleven a los antros de moda de San Pedro.
Si, yo quiero Monterrey Weekend.
Sunday, December 24, 2006
En la carretera
Lo mejor de ser de Monterrey es volver a Monterrey. O va en el asiento trasero de la camioneta y lee a Truman Capote mientras Efraín conduce y yo las planicies, las montañas tímidas cerca de la caseta de Los chorros. Unos traileros van de reversa y Efraín se enoja pero cuando entramos al entronque a la autopista vemos el motivo. Una fila de autos, trailers y autobuses detiene el tráfico. Nosotros nos con ellos. Nos llega la noticia: hubo un accidente en el túnel. Tres autos chocaron. Íbamos con buen tiempo pero ahora, este imprevisto nos ofusca. Regresamos sobre nuestros pasos y enfilamos por la libre hacia Saltillo. Qué lata da Saltillo cuando tienes prisa. Perdimos tres horas en ese cambio de 50 kilómetros. Y vamos cansados. Antes escuchábamos a El gran silencio. Bajar por la carretera de Saltillo y ver el cerro de la Silla y escuchar al Gran Silencio al mismo tiempo produce una sensación extraña, un olor a casa imposible de pasar por alto.
Pero ahora vamos por Saltillo. El tráfico nos detiene. Efraín bromea y dice que tengo un master el saltillería mientras le digo por dónde ir, qué atajos tomar. O nada más se ríe y hablamos de reencarnación y de futbol. ¿O qué, quieres hablar de política? me pregunta irónico Efraín cuando el tráfico nos detiene. No, no quiero hablar de política. Mejor hablamos de futbol, de los mejores equipos que tuvieron los rayados de Monterrey. Aparece aquel equipazo de Pedro García con Moriconi, Martelotto, Negrete y Hermosillo, después el equipo de Benito Floro con Correa, Arango, De Nigris y finalmente el equipo campeón del 2003: Franco, Rotchen, Erviti, Arellano.
Y avanzamos. Llegamos a Monterrey con la noche, exhaustos. En la calle donde está mi casa hay un mercado nocturno y me pierdo a recorrer los puestos en la noche, con el frío. Llego a casa de los Bocanegra y sale Sonia, la hermana de Diana y me da un abrazo y me dice: justo acaba de llegar Diana. Y entro a la casa y Diana llora con su hermana Chelis y me ve y me abraza y sigue llorando. Y yo pienso. Bueno, ya estoy en casa. Lo de la familia, lo cotidiano de la familia, que no se suba al blog.
Wednesday, December 20, 2006
Zafarrancho piñatero
Somos felices sin darnos cuenta. Una tarde nos descubrimos en Londres en una calle céntrica con un chocolate en la mano y nos damos cuenta que somos felices. Una mañana nos despertamos y vemos a nuestra gata dormida a nuestros pies y somos felices. Una tarde cualquiera, camino de una ciudad a otra vemos el contorno de la sierra por la ventanilla del avión o las casas blancas al lado de la carretera y nos damos cuenta que somos felices.
¿Soy feliz? Debería decir que sí. ¿Se me llena la boca con la palabra? Debería de decir que no sé. A veces la felicidad no es esa euforia sino un momento muy breve en el que te sientes en paz. Anoche, por ejemplo, fui feliz eufóricamente. Fue la tradicional posada de la Fundación. Amigos y amigas comían carnitas mientras un grupo veracruzano animaba la noche con sones y letras divertidas. Boone platiacaca con Sarabia y Suri. Yo hacía lo mismo con Alejandro y Nadia. En un cuarto miraba las famosas piñatas repletas de libros. Alejandro dijo que le parecía un poco vulgar piñatas con libros pero a mí me parecen una excelente idea.
Cuando dieron paso a las piñatas cerca de treinta nos pusimos en pie y nos quedamos a un lado de donde le iban a pegar. Se alzó ese vientre amarillo con listones y papel lustrina y comenzaron los golpes. Las risas, los nervios, la ansiedad corrían de un lado a otro. Todos gritábamos vivas con los ojos puestos en la fragilidad de la piñata.
Y se rompió con los golpes de Hernán.
Y cayeron los libros.
Aquello fue como poner un brazo en un estanque de pirañas. Brazos, patadas, rasguños. Yo sólo sentí como me empujan y caí afortunadamente sobre la trilogia de Auschwitz de Primo Levi. Estiré la mano y recibí rasguños. Paladeaba los libros con la punta de los dedos pero otros dedos aparecían, otras manos que arrastraban. Con voracidad de pelícano, Hernán, quien miraba el ajetreo de pie, se puso a robar libros de todos los que estabamos en el suelo e intentábamos ponernos en pie pero era difícil, porque no podías apoyarte con las manos para hacerlo, era regreasar los libros al arrebatadero.
La segunda piñata no llegó al suelo. Todos pescamos los libros en el aire. Caían en el pobre parto de la piñata. Nadia quedó boca abajo y creo que la levanté sólo porque tenía un par de libros bajo ella. Ahí recibí un golpe en la espalda. Al final terminé con siete libros. Paco fue el ganador, alcanzo 24. Y veo mis libros producto de ese salvajismo y me da risa. Nunca más, creo, tendré piñatas con libros sobre mi cabeza. Eso, pienso, bien vale decir que vivirlo me ha hecho feliz.
Tuesday, December 19, 2006
Retratos Familiares
Martín
De las profundidades de los canales de Xochimilco proviene Martín Rosas. Moreno, cuerpo robusto como una tortuga tirada a recibir con singular alegría el sol de la tarde, Martín se levanta sobre cualquier recuerdo y sobre cualquier nostalgia. De joven escribía poesía y tomaba clases de baile pero fue el estudio de la física lo que terminó por amarrarlo a fórmulas y la mecánica del mundo. Tiene una teoría donde dice que la nada existe y hay que ir a la nada. Dice —afirma con natural disposición— que su familia proviene de una larga tradición de sacerdotes xochimilcas que extraían corazones a tlaxcaltecas y cholultecas después de una guerra florida. Pero él ya nada sabe de esas sangres y se dedica con toda el alma a una sola cosa: amar a Tere, su esposa. Prometí vestirme de payaso cuando su primer hijo cumpliera un año. Apenas nació empecé a imaginar qué rutina haría, de qué colores disfrazaría mi cara para arrancarle risas el día de su cumpleaños pero el niño volvió a la tierra a los días de haber nacido. Pero ya lo dije antes, Martín ama a Tere y juntos han salido del dolor, de la angustia. Martín continúa idolatrando a su mujer como no he visto antes. A veces, en sus tiempos libres, lee algo sobre física y realiza apuntes sobre la nada o sube a la canoa de su familia y se va a pasear en alguna de las lagunas vírgenes de Xochimilco mientras recuerda a su hijo. Lo imagino en esas lagunas mientras piensa en alguna fe extraña, en esas lagunas que también me dice, no merezco verlas.
De las profundidades de los canales de Xochimilco proviene Martín Rosas. Moreno, cuerpo robusto como una tortuga tirada a recibir con singular alegría el sol de la tarde, Martín se levanta sobre cualquier recuerdo y sobre cualquier nostalgia. De joven escribía poesía y tomaba clases de baile pero fue el estudio de la física lo que terminó por amarrarlo a fórmulas y la mecánica del mundo. Tiene una teoría donde dice que la nada existe y hay que ir a la nada. Dice —afirma con natural disposición— que su familia proviene de una larga tradición de sacerdotes xochimilcas que extraían corazones a tlaxcaltecas y cholultecas después de una guerra florida. Pero él ya nada sabe de esas sangres y se dedica con toda el alma a una sola cosa: amar a Tere, su esposa. Prometí vestirme de payaso cuando su primer hijo cumpliera un año. Apenas nació empecé a imaginar qué rutina haría, de qué colores disfrazaría mi cara para arrancarle risas el día de su cumpleaños pero el niño volvió a la tierra a los días de haber nacido. Pero ya lo dije antes, Martín ama a Tere y juntos han salido del dolor, de la angustia. Martín continúa idolatrando a su mujer como no he visto antes. A veces, en sus tiempos libres, lee algo sobre física y realiza apuntes sobre la nada o sube a la canoa de su familia y se va a pasear en alguna de las lagunas vírgenes de Xochimilco mientras recuerda a su hijo. Lo imagino en esas lagunas mientras piensa en alguna fe extraña, en esas lagunas que también me dice, no merezco verlas.
Friday, December 15, 2006
El viaje
Deberíamos tomar un mapa y subrayas las líneas del tren que van a las ciudades que visitamos cada año. Cada ciudad a la que hayamos llegado tendría una estrella. Si en el transcurso del año volvimos a esa ciudad, hacemos la línea más gruesa. Después, en una hoja en blanco, deberíamos de calcar esas rutas peninsulares o del interior para ver el esqueleto de nuestros viajes. ¿Qué forma tendrían nuestras rutas? ¿Parecerían gérmenes o esqueletos prejurásicos? ¿Un virus o una cadena de adn o serían acaso un puntito rojo, brillante, inmóvil sobre el mapa?
Me pregunto qué forma tendran mis viajes en el mapa.
Thursday, December 14, 2006
La vuelta de las tortugas II
¿Y a dónde irán a parar algunos? me pregunto...
Y un amigo, me contesta:
"Algunos, por supuesto, no todos, al carajo".
Y los dos nos reímos, claro, claro, bienvenido el carajo.
Y un amigo, me contesta:
"Algunos, por supuesto, no todos, al carajo".
Y los dos nos reímos, claro, claro, bienvenido el carajo.
Monday, December 11, 2006
La vuelta de las tortugas
Estoy solo a estas horas en la Fundación. Casi todos se han ido. Sólo Pablo lee en su cubículo, en un espacio que llamamos la jaula de las locas. Hace rato Boone, Geney e Hinojosa salieron a tomar un café a un lugar cerca, en Napoles y Liverpool. Se antoja en paz esta soledad. Se escucha sólo el rumor de los generadores de un edificio de enfrente y el paso de un vendedor de elotes en la calle. Ya no hay nadie escribiendo. A veces me pregunto para dónde va este boleto de la literatura, me pregunto por toda esa generación que intenta ser escritora.
Pienso en buenos amigos como el Carlos Velazquez en Torreón, tan llena de vitalidad su narrativa con música norteña y lucha libre, en los cuentos de Luis Valdez, cuentos que rayan entre lo bizarro y lo estridente, pienso en César Gándara con sus cuentos sobre Hermosillo, en Liliana Blum con sus textos que avanzan siendo traducidos al inglés. Pienso en Vicente Rodriguez con sus textos sobre gemelos, en la novela de Luis Jorge Boone, en la ordinaria locura de Gerson Gómez, la dramaturgia de Alfredo Hinojosa Díaz, en los cuentos de Nadia Villafuerte, en la obra de Geney Beltran, del buen Trino Maldonado con sus Vienas y sus Austrias, las queridas Laia y de Teresa Avedoy.
¿Qué irá a ser de toda esa generación que intenta, intentamos ser escritores? Me gustan también los textos de Sara Uribe, estimo y aprecio al buen Daniel Espartaco. Pienso también en Cecilia Rojas, una narradora joven de Los Cabos, recuerdo con afecto los textos de Socorro Venegas, al grupo de las ratas en Monterrey con Orfa, Nahum, Odvidio. ¿Qué escribirá un día Jorge Saucedo en Monterrey, Tinajero Mallozi, Caro Olguin. Jair Cortés, Julio César Félix, Mijail Lamas, Alvaro Solis, Amaranta Caballero, Minerva Reynosa, Óscar David López, el buen Edgar Reza son gente que también me pregunto en qué ciudad y qué libros suyos leere. A veces me cuestiono: ¿hasta donde llegaran Julian Herbert, Alberto Chimal, el estimado Hernán Bravo Varela, la querida Vizania Amezcua, la siempre laboriosa Julieta García González o BEF, Will Rodriguez y Moises Zamora? ¿Qué irá a ser de tantos escritores jóvenes, me pregunto aquí, en esta fundación diseñada para escritores jóvenes donde nunca estarán todos los que son?
Aquí he conocido, también, a excelentes poetas, ensayistas, narradores: Richard Viqueira, Verónica Bujeiro, Pablo Molinet, Camila Craus, Gabriela Aguirre, María Lebedev, Humberto Macedo, el joven Leal, Piña, Claudia Berrueto, Lobsang Castañeda, Paola Velasco, Eduardo Saravia, Karla Morales. Tal vez este post es sólo una radiografía personal de gente que estimo, de todos aquellos que veo junto a mí mientras intentamos conquistar el castillo. No el castillo de la cultura y política literaria, que siempre existirá, pero sí de encontrar un buen libro, uno que hable de nosotros o de nada o que hable de las cosas sencillas o de las complicadas. Al menos hoy que estoy solo y Ciri acaba de decirme que saldrá, me siento muy bien acompañado por tantos que fuera o aquí toman la pluma y escriben o piensan también en la soledad de sus casas en ese cuento o poema que no han escrito pero escribirán. ¿Llegaran todos como las tortugas cuando vuelven del mar?
Una generación que sale al mar pero cuando volveran llenas, cargadas, pesadas. Hace días me dijo O del tiempo muerto de las tortugas. Ese instante en el cual los investigadores les pierden la pista. Nadie sabe en dónde se encuentran. Nadie sabe de qué se alimentan, qué comen. En la oscuridad de los fondos abisales las tortugas esperan. No llegaran todas, así como aquí no están todos los nombres, hablo sólo desde mi más cercana vecindad y siempre olvidaré a alguno. ¿Qué día aparecerán las tortugas en la playa? ¿A cuántos seguiré viendo el resto de los años que esperan como viejos amigos que se conocen todas las batallas? O tal vez yo me pierda, deje la escritura pero siempre será interesante saber dónde y cuando llegaran esas grandes tortugas con su cargamento preciado de libros que desovarán en la playa ante los lectores. ¿Quién me puede decir quiénes volverán al igual que los amigos, los amores y los proyectos a retornar a nuestras vidas, a poblar nuestro breve tiempo en la tierra y en la escritura?
Gatos
Mi primera mascota la tuve a los seis años. No era mía, claro, sino de toda la cuadra, pero a base de salchichas y jamón logré que se quedara en casa. A mi madre le dio el ataque. Me recordó el asma, la alergia a los gatos, el chocolate, las fresas, el helado y más. Yo, como quiera, me quedé con la gata. Era negra con franjas cafés, una mirada desamparada y siempre me acariciaba los tobillos. Cuando se murió papá la tiró en el terreno baldío frente a la casa y al día siguiente fui y le hice un entierro como Dios manda.
Muchos más gatos después, gatos casi anónimos, tuve a la Nina y al Nino. Claro, los nombres son harto complicados. Elida me había regalado a la Nina y yo, bien condescendiente con la madre naturaleza, no le hice la operé hasta que tuvo su primer camada bajo el argumento de que quería que la Nina conociera la maternidad. Después me fui al D.F. y en mi casa se encargaron de cuidarlos. Cómo les lloró mi madre y mis hermanos cuando se murieron, flacos, acusados de un cáncer en la garganta. Y más tarde le lloró a otro, El gordo, que yo había recogido de la calle.
En el D.F. en una de mis múltiples casas, para combatir la soledad y el tedio adopté un gato callejero. Le puse Ajax, en honor al gran valiente aqueo y el nombre le quedaba muy bien. Ajax peleaba, mordía, corría, saltaba. Su arenero parecía campo de batalla. Sus garras pequeñas navajas. Cuando esa navidad me fui a Monterrey a pasar las fiestas, mis primeras fiestas después de estar lejos de casa, dejé a Ajax al cuidado de una señora. Cuando regresé lo habían bautizado como Bebé. Sentí que había vuelto a mi combatiente felino en un Silvestre cualquiera. Bebé ya no respondió a mi llamado ni me reconoció. La señora en cambio, me dijo. yo podría quedarme con él. Prometí llevarle comida y arena, cosa que nunca hice.
Ahora, O tiene un par de gatas. Me dice que las conoció casi el mismo día que nosotros empezamos a acercarnos. Se llaman Nadja y Mía. Mía voló un día desde el sexto piso y no le ocurrió nada. Nadja está gorda, una pelota con pelos. Nadja es indiferente, no maulla, sólo está ahí echada. hace días, O recogió otra gata de la calle. Es negra con tonos cafés y alguien le cortó los bigotes de un lado. Las hijas, como les decimos, se pusieron nerviosas, alteradas, iracundas. Nadja empezó a gruñirle a todo mundo. Mía dejó su natural saltimbanquismo para no moverse de las esquinas de la casa. La negrita, como le decimos, siempre estuvo acurrada sobre un bote de pintura.
Ahora la tengo en casa pero en unos días se va a casa de Ioio. A mí me ha hecho feliz pero por alguna razón mis pocos gatos, al menos lo que he escogido, tienen manías perrunas poco felices para mi tranquilidad: insisten en lamerme la cara, en acostarse al calor de mi cuello, les gustan mis piernas para sacarle lustre a sus uñas. Hoy ando todo arañado del brazo. Y la negrita ya se va, se va para Sayula como dice la copla. La Nina tenía otro nombre: Ingrata. Le puse así porque esa noche troné con una novia. A la negrita no le puedo decir, más bien creo que el ingrato soy yo por regalarla más adelante. Pero mi casa, aunque bonita, es pequeña. Ya habrá casas más grandes, creo, para tener un gato, escogerlo de la calle y ponerle otra vez un nombre combativo, nada de bebés.
Sunday, December 03, 2006
Subscribe to:
Posts (Atom)