Saturday, August 26, 2006

Refrescos

¡Cómo me gustaba, de niño, hurgar en las hieleras en pueblos desconocidos para ver qué tipo de refrescos había! Ése, era el verdadero tesoro del viaje. En esas hieleras se podía encontrar todo un tipo nuevo de sabores embotellados, distintos a los que había en Monterrey. Monterrey siempre ha sido tierra Coca-Cola lamentablemente pero en los pueblos de San Luis Potosí había una gran variedad de colores y frescuras. Me encantaba ver esas botellas de formas extrañas y destaparlas para paladear ese nuevo sabor.
Ayer fui a Querétaro y encontré un refresco nuevo, más bien muy viejo. Era de sabor manzana y no se parecía a nada de los sabores a manzana que he probado en la vida. No puedo decir que era mejor, simplemente era distinto. Lo tomé despacio mientras recordaba cuando me asomaba a las hieleras en mi infancia a descubrir nuevos sabores. Un momento congelado. Un momento no Coca-cola, sino más bien de diversidad.
Me sorprende lo acostumbrado que tenemos el paladar a lo mismo, a lo de siempre. Pleonasmo en la oración y también en la costumbre. Intentaré, en lo sucesivo, encontrar esos viejos sabores embotellados en cápsulas de vidrio extrañas y a ver si hago una colección de lo raro, de los refrescos raros por escasos. Veré si esto sí se vuelve un tesoro siempre en el refrigeador, listo para destaparse cualquier tarde de nostalgia.

Monday, August 21, 2006

Albercas

En las albercas ocurren siempre momentos dichosos. No es lo mismo corretearte en la calle a dentro del cuerpo del agua. Albercas. Hace mucho que no me metía a una de ellas. La última alberca a la que entré fue el mar en Acapulco y la sensación me gustó a pesar de sus inconvenientes. Ayer fui a Las Estacas en el municipio de Yautepec, en Morelos. Socorro cumplía años y no sé en qué momento nos encontramos O y yo en la central de autobuses de Oaxtepec, un municipio que parece existir sólo para tener balnearios.
Aún era un largo camino para llegar a Las Estacas. Abordamos un taxi y vimos parte de la ruta Zapata y una hacienda con sus muros renegridos y un acueducto que atravesaba la carretera. Albercas, albercas. Mientras nos cambíabamos recordé que hacía años que no entraba en ese espacio rectángular poblado por agua. Tal vez, mi último grato recuerdo de una alberca tenga que ver con un día de campo que hizo la fábrica de pantalones donde trabajaba mi papá. El balnearrio se encontraba en el Cerrito. Recuerdo el sol y el escozor. Recuerdo que a los tres días me seguía descarapelando.
Inmediatamente a ese recuerdo se alterna otro: un viaje a El Barrial con mis compañeros de la preparatoria. Fue un viaje casi inaugural. Subimos todos a un autobús. Compré un periódico cuando no era usual que los estudiantes de preparatoria leyeran el periódico y ahora pienso si, actualmente, los jóvenes de quince o dieciséis leen el periódico. ¿Lo comprarán? Me aventuro a decir que no. Pero, fuimos al barrial. En la tarde nos salimos a caminar al cerro. Encontramos un toro suelto y pasamos muy cerca de él, mientras el toro raspaba la tierra con sus astas.
Albercas. Ese sol en la espalda. Ayer me acordé de todo ello. Y de comer hasta saciarse y de andar por todas partes con la menos ropa posible. Había un río En Las Estacas, uno de aguas heladas y profundas. Sólo metí los pies. Qué fría estaba el agua en realidad y a lo lejos se veía sólo un cerro y una pista de aterrizaje donde descendía en ese momento un avioncito pequeño, blanco, como un insecto.

Thursday, August 17, 2006

la burocracia

Yo era burócrata. Lo afirmo. No, uno de ventanilla pero sí, uno que manejaba proyectos y tenía contacto con público. Fue una buena época. Había un concurso de Producción Musical y los tres años que me correspondió organizarlo iba una señora con su disco de música ranchera. El premio, estaba orientado más hacia un producto con otra visión cultural y era triste ver que todos los años la señora llevaba su disco a concurso. Y todos los años, fallaba. Subía con mucho esfuerzo hasta el ático donde tenía mi lugar junto con Cordelia y Janell y tomaba aire al sentarse. Es mi disco, joven, me decía, nada más que me paguen el mariachi y va a ver que queda muy bueno.
Y lo contaba como si preparara un caldo, la sopa musical lista para ser disfrutada. Y a los meses salía el mismo resultado. Una vez escuché su material mientras terminaba de llenar unas hojas con el desglose de las ventas de libros de una feria y su música me pareció amena, nada terrible. Ella tenía unos graves muy padres aunque eso sí, la música no tenía nada qué ver con el concurso. Salieron como cinco discos esos años: de música electrónica, de coros, un homenaje a Tanguma y más pero nunca salió el disco.
Hoy me acordé de esa señora mientras una mujer me decía cn singular tranquilidad que la tesorería para tramitar unas actas de nacimiento se encontraban como a treinta cuadras de distancia. Nada mas apreté las quijadas y salí murmurando que eso no se hacía pero en ese instante pensé en la señora del disco de rancheras y cómo se iba, escaleras abajo, hacia el olvido.

Sunday, August 13, 2006

O

Nunca, nunca, escribo de ella. Tal vez lo he hecho, pero se me olvida. Tal vez es sólo porque la quiero retener en la memoria y en el presente. No quiero retenerla en lo escrito porque escribir también puede ser artificioso, vago, frío, ególatra, terrible. Quiero retenerla en el presente, en los labios, en el momento cuando me da la bienvenida a su casa. Anoche, después de cenar en un restaurante al que quería llevarla desde hace mucho tiempo, recalamos en los campamentos de Reforma. En uno había música y ella quería bailar. No bailamos. En otro campamento encontramos a un conocido que hacía plantón. O vio unos volantes a favor del pejismo, del voto por voto, casilla por casilla y acertiva como está, con la fe bien puesta en ese lado de la contienda, tomó unos volantes. Nada más una cuadra, ¿sí? me preguntó como pidiéndome permiso para entregar los volantes a las diez y media de la noche en la zona rosa. Yo me sentí viejo y feliz cuando la vi cómo se adelantaba con sus volantes en la mano y los entregaba en la oscuridad a los pocos transeúntes. O. O. De los campamentos manaba una solidaridad noctura, amlista. O iba en la calle entregando y entregando volantes afuera de discotecas, a los vendedores de hotdogs y chiclets, a los gringos que salían a nuestro encuentro, a los policias, a los guardias de seguridad privada. Ella iba feliz en la noche con sus volantes. Yo me sentía viejo, es cierto pero también feliz. Y eso vale mucho, creo yo, mucho.

Friday, August 11, 2006

La tribu

Somos generalmente cuatro: Hinojosa, Vicente, Boone y yo. A veces nos volvemos más cuando Cristhian, Saravia y Mijail se unen con nosotros a la hora de la comida. Me gusta mi tribu. A la hora de la comida ahí vamos juntos y es común que nos veamos en fines de semana, en reuniones o cenas. Al final, todos jalamos para lados distintos pero siempre nos mantenemos cerca. Ultimamente, Edith se ha unido a nosotros, una vez que Karla partió a su natal San Cristóbal de las Casas.
Ahí vamos entonces los ocho o los cinco a comer, en línea, avizarando las calles, el tráfico en Insurgentes y Liverpool, el paso raudo del metrobus. De regreso, cuando alguno se queda en alguna revistería o en una tienda donde venden miniaturas se hace una fila que espera al que se quedó atrás. Adelante queda una avanzada, después un grupo, al final uno que aguarda al detenido. Cuando éste se mueve, todos avanzamos a y los metros nos volvemos de nuevo un grupo compacto. Es la tribu. Uno se siente arropado por estas muestras de afecto. Si alguien se detiene a esperarte es que aún tenemos arraigada en la oscuridad de nuestros instintos esa sensación de las largas migraciones. Antier esperamos a Boone quien se metió a un oxxo. Otras a Vicente o a me esperan a mí.
Me recuerda esto un cuento que leí de Luis Felipe Gómez Lomelí. Luis fue becario de la flm y en su libro de cuenos tiene uno donde narra cómo anduvo cno Vite una tarde caminando por Reforma. Cuando le dije a Vite me respondió que ese año que estuvo en Liverpool 16 fue el mejor de su vida. Es una suerte salir que al salir, al terminar el año te encuentres con gente con quien seguirás el resto de tu vida.

Saturday, August 05, 2006

Sábado de Beatles

A Fabian y a Rafael les gustaba mucho la música de los Beatles. A mí, no. Esto terminó cuando me dieron a oír el disco de Help. Desde "yesterday" hasta "ticket to ride" el disco me gustó. Era imposible mantenerse al margen. Después me dieron a escuchar al Sgt. Pepper´s Lonely hearts club band y simplemente caí profundamente con "A day in the life". Le sigueron muchas de las clásicas, como "With a little help from my friends" o "Eleanor Rigby", "Love you to", "Here, there and everywhere", "For no one" y las clásicas de el Album blanco, clásicas al menos para mí, como "Julia" "Blackbird" y "While my guitar gently weeps".
Desde entonces la música de los Beatles es un referente en mi vida. Con la repetición de "While my guitar gently weeps" escribí una mañana de hace muchos años un capítulo de una novela de trenes que sigue esperando y me enamoré y desenamoré con otras tantas. Había una que se hizo referencia automática cuano Rafael quería hablar de la prepa y en algún meil sentimentalón nos las recordó: "In my life".
También la hice bandera pero luego la olvidé hasta hoy que vengo en sábado a la flm como hacia tanto no lo hacía. Camino hacia acá recordé esa canción. Alguna vez la escuché tranquilo frente a un escritorio en el negocio de baterías de mi tío José Luis. Su radio no servía. Estaba amarrada con cinta para que no se abriera como un melón y para sintonizar las estaciones había que tener, en realidad, dedos muy finos. Aún así lograba sintonizar todos los sábados Estéreo Siete y estar desde las diez de la mañana escuchado canciones de los Beatles. Iba por una coca bien helada y unas papas y mientra comía, oía las canciones con una paz inigualable. A las doce que terminaba el programa le cambiaba a Estereo Rey porque ahí había otro programa y éste terminaba hasta la una.
Hace mucho tiempo que no escucho un disco completo de The Beatles pero creo que no lo disfrutaría como aquellas mañanas frente al escritorio. La sensación de escuchar "en verdad" a los Beatles tiene ya mucho que ver con ese recuerdo. Ahora que lo intento en la oficina o en la casa apenas si rozo la atmósfera de la música. Me he contaminado con el recuerdo y como dice la canción, hay lugares que recordaré toda mi vida. Algunos han cambiado, para bien o para mal.

Friday, August 04, 2006

Retratos Familiares

Se nos cayó. Se nos cayó de un primer piso. Se nos cayó de espaldas y aún me pregunto qué fue lo que dijo, qué fue lo que pensó al momento del miedo, del saber que iba hacia abajo y que nada detendría su caída y que nadie iba a estar ahí para abrazarlo al chocar contra el piso. Se nos cayó con sus herramientas que volaron de su mano, se convirtieron en pájaros los tornillos, la pinza eléctrica, mordido su caucho, los desarmadores y las llaves alem, la lija cola de rata, el amperímetro, los codos de cobre para tapar compresores. Se nos cayó con sus aires acondicionados abiertos, sus zapatos sucios y ese volkswagen viejo, feo, por donde tirábamos la comida para obligarlo a que nos comprara un almuerzo decente. Fue hacia abajo y aún veo la forma como su cuerpo manoteó en el aire, la forma como intentó enderezarse, andar, andar, caer de pie pero iba para abajo. Era él. El que nos enseñó a manejar, el que conquistaba a las mujeres con kiwis, el que nos pagó la escuela, el que iba por nosotros a las centrales de autobuses, el que nunca se casó. Se nos cayó de un primer piso cuando antes, todos, por poner un aire acondicionado hacíamos la faena de retar a la gravedad desde la parte alta de una escalera que subía hasta cincuenta metros. Allá estábamos todos, él, una mano aferrada a la escalera, la otra con esa herramienta para hacer agujeros y cuyo nombre ya no recuerdo. Se nos cayó de un piso. Su nuca se dobló contra el cemento duro. Extendió los brazos que ya no tuvieron dueño ni ordenanza. Yo me caí también con él cuando me enteré. Me sigo cayendo cuando lo recuerdo con su muerte silenciosa, cerebral. Afuera estaba el mundo, indiferente como siempre. Y con estas palabras, me levanto, me levanto, me levanto, arriba a recoger sus herramientas, las pinzas, las llaves alem, los tornillos, me levanto a recoger todas sus palomas y volverlas a casa donde siempre, ahora, está.

Tuesday, August 01, 2006

Seis meses

O me dice que ya cumplimos seis meses de estar juntos. Como siempre, ni me había dado cuenta. Tal vez así es como se vive con felicidad: no hay tiempo y luego te descubres viejo. Juntos, aunque aún no juntos, fuimos a ver a Nadja y recuerdo que ahí en la jaula de la gata también estaba Mía. Mía me rasguñó desde el primer día y aún es fecha que se deja ni cargar ni acariciar. Nadja sí. O dice que esa gata acepta cualquier tipo de amor. En este tiempo fuimos a un concierto de Ely Guerra donde me aburrí mucho y hemos comido demasiada comida china para mis cánones. Y también me cambié otra vez de casa. Y claro, me dieron el premio y salió otro libro y un cuento en la antología de Marcial. Mía se nos cayó del sexto piso una tarde mientras jugábamos en el cuarto contiguo al doble doce con Xo, Ro, Efraín y Grace y no le pasó nada.
hemos recibido visitas varias: Raúl y Monserrat, mis padres, Toscana, Alan. Kuba y el North vienen esta semana e incluso tuvimos la intempestiva visita del hermano de O con su mujer, ahora ex -mujer. También salimos un fin de semana a Tehuacán Puebla a conocer a un tío de ella y la familia de O me cayó muy bien. Una de sus primas, en un desliz, me dijo frente a O que me iba a presentar a otra prima para ver qué pasaba.
y ah... O conoció a mis padres cuando vinieron en abril y sufrió conmigo todas las vejaciones que la "hermosa ciudad de México" les ofreció. Yo también fui a ver a sus padre y me comí un tamal oxaqueño que su papá me había dado aunque ya había comido mucho, demasiado. Son casi seis meses ya. Ayer me dijeron que lo mejor era sí, ir viviendo de a poquito, de poquito.

Corazón delatador

Ayer corregía uno de mis cuentos. Se llamaba Revancha Mística y ahora se llama Atlas Poderoso. La historia trata sobre un hombre que tiene problemas con su hijo y, para ganarse su estima, se da a la atarea de diseñar un juego de mesa, un juego de lucha libre que lleva como luchador insigania al luchador Atlas. Antes era el Místico pero me di cuenta que era demasiado peligro situar tanto al texto. Total, luchadores Atlas siempre va a haber. La primera versión del cuento me gustó porque la escribí casi en cuatro horas. Salieron 13 cuartillas. El cuento en sí, había salido de una llamarada, no sé si imaginativa, cuando vi un juego de mesa sobre luchadores en una tienda vieja por Chapultepec.
Eso fue hace como cinco meses. Todavía ayer seguía trabajando esas pequeñas cuartillas. Todavía lo seguiré trabajando. Ahora he eliminado casi todo sobre el juego y me centré en la relación de padre e hijo. Sin embargo, mientras escribía, tal vez después, ya en mi casa al leer el diario Record me quedé pensando en porqué escribo. Repasé mis historias y me parecieron vagas, vanas. Tal vez, es hora de hacer otra pausa y buscar otras cosas o una honestidad más, válgame la redundancia, honesta en los textos. No sé si en realidad haya dado en un espacio de nueve cuartillas -es lo que dura ahora el cuento- con ese espacio vital, con ese corazón delatador del que cuenta Poe en su famoso cuento. Toda historia debería de tener ese corazón delatador encubierto en las cuartillas.

Tuesday, July 25, 2006

Pan con mortadela

Durante mi infancia casi no comimos jamón en casa. La crisis, la situación económica no daba para mucho. Fue esa crisis del 82 la que nos arrastró como después lo hizo la del 94. Pertenezco no a la generación X, sino a la generación de los niños en crisis económica. Eso marca más que cualquier indiferencia o uso de la tecnología. Y pensaba que pobre del Chavo del 8, que seguro estaba igual que nosotros porque siempre quería su torta de jamón.
A falta de jamón, entonces, mamá lo compraba sólo en contada ocasiones, al pan le poníamos unas rodajas gruesas de mortadela. Era mucho más barata y en casa, la de la marca Ponderosa, era la reina y señora de las carnes frías en el congelador. Durante mucho tiempo comí mortadela ponderosa y hasta recuerdo el comercial que decían: "A todo lo que hagas ponde, pode ponderosa". Era una cortinilla bastante pegajosa.
Y cuando había para jamón... ese día relegábamos a la siempre tan servicial mortadela. Le hacíamos el feo. Untábamos pan con bastantita mayonesa. Le poníamos aguacate y el tricolor chile, tomate y cebolla y nos dábamos un festín con lonches, emparedados o sandwiches de jamón, como se le quiera llamar. Después, a mitad de semana el jamón había desaparecido. Incluso hoy no dura mucho tiempo en el refrigerador.
No recuerdo cuándo dejamos de comer mortadela y seguro hace años que no aparece en los gabinetes del refrigerador de la casa. Pero ahorita se me antojó mucho un pan con mortadela y un poco de mayonesa. Tal vez es sólo que tengo hambre. Y como aparentemente no hay crisis en el camino, deberé de comprarla por gusto y no por necesidad, que es como siempre sabe mejor.

Thursday, July 20, 2006

No otra Elena

Vengo toda de negro, me dice Elena por el celular. Tengo el pelo corto y traigo las maletas. Todo su acento sinaloense cae con peso al pronunciar las palabras. Se llama Elena Méndez y le daré asilo al menos por una noche en la ciudad de México. No la conozco pero una buena amiga mutua nos contactó. Es martes y salgo de la tutoría a la espera de la llamada. Son las tres y media cuando me llama. Ya llegué, me dice. Quedamos de vernos en el Sanbors frente a El Angel. Ando a las carreras. A las cuatro llega Orlando y debo entrar al taller.
Apenas recibo su llamada salgo de la Fundación a paso veloz. Tomo un taxi y le ordeno ir al ángel. El taxista conduce entre la rapidez de Liverpool y la lentitud de Florencia. Salimos al redonde y cuando llegamos al Sanbors bajo con las mismas prisas. Le digo al taxista que espere. En la zona de venta no veo a nadie pero pronto aparece una muchacha vestida de negro, con bolsa de cuero, ojos verdes, pelo lacio y recogido en una trenza. Lleva al hombro una bolsa negra.
Elena, hola, hola soy Antonio.
Elena se sorprende.
Ah, hola, hola, qué tal, me dice.
¿Y tus bolsas? ¿Tus maletas?
No, no, ando así, nada más con esto.
Pero...
Elena sigue con la sorpresa.
Anda, anda -le digo- afuera está el taxi.
La tomo del brazo, la arrastro casi a la salida. Afuera nos recibe el sol, el ruido de siempre y Elena sube al taxi, después yo. A la colonia Roma, le digo al taxista y es sólo hasta una cuadra después cuando Elena me dice:
A ver, a ver, dijiste Elena o Mariana.
Y yo reconozco el ecento tan capitalino, tan poco sinaloense.
Dije Elena. Elena.
Es que yo soy Mariana.
No...
Sí, me llamo Mariana y como esperaba a un amigo muy parecido a tí pero que hace mucho no veo...
Es que yo buscaba a alguien de negro. Caray, esto parece un secuestro.
Nos reímos. Nos miramos avergonzados mientras le digo al taxista que nos regrese al Sanbors del ángel.
En el camino ya no nos decimos nada. Repetimos que esto es muy gracioso y yo le digo: pues te subiste sin chistar al carro. Y ella nada más asiente de nuevo, avergonzada.
Llegamos al sanbors y ahora sí, Mariana encuentra a su amigo y yo veo a Elena en el restaurante, bebiendo chocolate. No me vas a creer lo que acaba de pasar, le digo. Y miro de reojo a Mariana quien acaba de entrar al restaurante con su amigo. Al vernos sonríe. Pues qué pasó, insiste Elena. Nada, nada, le digo.

Wednesday, July 19, 2006

Hoy es un día realmente malo. Me atrevería a decir que del año. Muchas presiones. Ceses inesperados. ¿Y quién tiene la razón? Todos. Uno se tiene que mover con el pequeño trozo de verdad que tiene y alumbrar lo posible. Pero la luz es muy poca. Insisto. Hoy es un día realmente malo. ¿Y qué se puede hacer? Lo que cree uno que es correcto y seguir. No hay de otra. Esto no debería de subirlo al blog pero que funcione como recordatorio.

Monday, July 17, 2006

Volver

Vuelvo a la casa, a la alfombra gris. El domingo salí y compré un par de plantas: Mafer y Sapito. Las puse cerca de la ventana, cerca del cobertor donde ahora hay muchas almohadas y cojines. El domingo O estuvo enferma. Durmió casi seis horas en el día. Despertaba nada más para ver que yo andaba en plena reconstrucción de la casa. Puse unas fotografías en una base de corcho y las colgué de la pared. En la puerta del baño pegué unas postales que me dieron hace dos años: postales con frases como: "Yo amo Chihuahua", "¿Cómo es posible que quepan tantos kilómetros en el corazón". También adherí un pizarron a la pared de mi escritorio y barrí, barrí, barrí.
En la tarde cayó un aguacero. Se oían las ambulancias que pasaban y algun silbato de un policía de tránsito. Me sorprendió que fuera domingo.
Volver, volver, volver.
El domingo anterior, a esa hora, andaba con mi familia en el mercado. Papá quiso dulces y mamá iba feliz y veloz de puesto en puesto. Mis hermanas revoloteaban entre puestos de vestidos y audífonos. También hacía mucha calor. Tal parece que Monterrey está hecha nada más para eso, puesta en la geografía exacta de la lumbre. Pero volver, volver.
Otra vez al cubículo de la flm, a oír los chistes de Boone, Vicente e Hinojosa, al fastidio que da, ver la esquina de Liverpool e Insurgentes atestadas de autos pero también, a mi vida con O en la ciudad: tranquila, armónica, relajada.

Wednesday, July 12, 2006

Dejaré esta calle en la calle

Martha Ramos le da un trago al vaso con agua y sale cuando la buscan afuera los técnicos. Yo me acabo de bañar y veo los beneficios que da presentar un libro en la calle, muy cerca de tu casa. Afuera hay un desfile de nerviosismo. Los técnicos colocan la tarima, las mujeres que darán los tamales acomodan las sillas, mi tía Chelo asoma el rostro de cuando en cuando para ver a qué hora inicia el evento. Yo nada más salgo a verlo todo, a imaginarme cómo será el evento dentro de unos minutos.
Cuando las 70 sillas están listas me sorprende mi calle. Ha dejado de ser esa esquina donde de niño jugaba al beisbol o al fút (justo donde quedó la tarima colocábamos unos de las porterías), para convertirse, efímeramente, en un sitio cultural, para un evento cultural. Las bocinas semejan torres imponentes. Conforme se acercan las siete y media de la tarde comienzan a llegar los invitados, los vecinos. Llega Ana en su coche plateado, llegan Carolina, su novio y Armando en un taxi. Aparecen por la calle Janell, Cordelia y Adrián. Al rato veo a Gerson, a Margarito y al Raveliano. La gente comienza a llegar, a congregarse lo mismo que unas nubes grises encima. A veces pasan vecinos en sus coches y al ver la calle cerrada se detienen a fisgonear un poco y huyen, alejándose de cualquier pedrada literaria.
Un aire frío comienza a colarse entre todos y finalmente subimos al estrado Felipe, Joaquín y yo. Ofelia se encuentra a esas horas perdida en las calles de la colonia pero nos alcanzará más tarde. Mi abuela escucha desde el interior de su casa. Mis tíos han ocupado las primeras filas y mis hermanos y padres se encuentran al final. Sonrío cuando veo a mi tío Jose Luís cerrar la calle en el otro extremo, bloquearla con su camioneta blanca. Empiezo leyendo el cuento de Cuelemans. Ya no falta nadie: Elida, Erika, Lili, Espartaco, Blum, Valdez, Sara, todos están ahí cuando Joaquín habla de lo desmadrozo del libro, de lo cruel y puto del libro, de lo hermoso y trágico del libro. Después Ofelia se abre paso entre la gente y sube al estrado.
Yo la presento con el afecto que siempre le he tenido y ella agradece las palabras pero me corrige. A lo lejos se escucha la músiquita de un camión de helados. Me voy a apurar, dice Ofelia, pero no va ni en la segunda cuartillas cuando el camión de nieve aparece en la esquina: albo, alto, con sus franjas rojas y las ventanillas amarillas que dicen: chopo sencillo a $5, doble, $10. El chofer se sorprende al ver a esa multitud en la calle y se detiene tras nosotros. Todos volvemos la cabeza para verlo. El chofer saca una mano y nos saluda. Felipe me dice: "Vamos a comprarle nieve a toda la gente" pero sólo de imaginar la desbandada me hace negar la iniciativa". Pero cuando miro al público todos ríen, todos aplauden la aparición del camión de nieve.
Cuando le toca el turno a Felipe la noche ya está sobre nosotros. Los técnicos nos lanzan una luz blanca desde unas banquetas y ya no puedo ver a nadie en la calle. Unos niños, eso sí, están al frente sentados en sus bicicletas y acodados en los manubrios. Se descolgaron desde las partes altas de la Moderna para ver el show. Cuando empiezo a hablar, a agradecer tanta tarde, tantos amigos, tantos cuentos, el cielo comienza a tronar. Le digo: ya voy, ya mero acabo, y todos ríen. Una cigarra, el sonido de una cigarra me acompaña mientras hablo y recuerdo una lección de biología donde me dijeron, que las cigarras viven sólo un día y antes de morir cantan y cantan y cantan. Y su canto nos acompaña a todos esa tarde, esa noche.
Al finalizar se rompen filas y muchos van a comprar el libro. Un vecino agradece el evento mientras Ofelia y Felipe lo escuchan. Los tamales pasan de mano en mano, los refrescos también cuando los Northsiders empiezan su función. Sus rolas son pegajosas, fuertes, amenas. Yo me abro paso entre la gente, recibo abrazos, saludo, voy con O y la beso, despido a mis tíos. Cuando un amigo de los Northsiders termina de tocar la gente comienza a irse y cuando ya casi no queda nadie, entonces, sólo entonces, comienza la lluvia: una lluvia larga, densa, cerrada que barre la calle, que hace que los técnicos corran a guardar las cosas.
Al final sólo queda Felipe y Abel. Me despido de ellos después de conseguirles un taxi. Voy con O a una función y mientras eso pasa pienso en la lluvia, el camión de helados, un elotero que pasó también, en unos perros que se pelearon cuando Felipe empezó a hablar y todos oíamos sus ladridos terribles y secos en la tarde. Pero pienso también, en la cigarra que cantó y cantó mientras daba las gracias a todos: al conarte por su apoyo, a los presentadores y a los amigos. Una cigarra. Mi abuela me dijo que, cuando la escuchó, comenzó a llorar: "son nuestros muertos que han venido a verte, me dijo: tu abuelo, tu tía Martha, tu tío Rubén, tu tío Roberto". Yo sólo asiento y la dejo llorar tantito. Fue 5 de julio de 2006. Estuvimos en la calle todos. Amigos, amigas, mi familia, O y mis muertos ahí, por un libro, reunidos por la palabra.

Monday, July 03, 2006

Accidentado Monterrey

Sol. La ciudad: abierta por las construcciones. Bajo de las oficinas del conarte y mientras veo las invitaciones para la presentación del libro no veo la puerta de vidrio. El golpe es terrible. Mis lentes se abren. Los pequeños tornillos de las bizagras de los anteojos me abren una herida en la ceja. Sangro profusamente. Me mancho la camisa. Manuel me ve y me lleva a un lavabo y me limpio la sangre. Me duele la cabeza. Siento como una quemazon en la nuca pero el dolor comienza a pasar.
A las dos camino hacia el metro Parque Fundidora y un hombre pasa y me golpea con una caja de madera. Me golpea en la mano y me hace un moretón. Ando muy torpe el día de hoy. No sé si sea el calor o el nerviosismo. Tal vez, ambas cosas.

Friday, June 30, 2006

Vámonos a Saltillo!!!

Wednesday, June 28, 2006

Conforme se acercan los días para ir a Monterrey me lleno de imágenes que deseo ver:
  1. La oscuridad de la central de autobúses mientras salgo de los andenes con la maleta.
  2. escuchar el paso del metro por avenida colón.
  3. ir en el taxi a la casa, bajando por la terrible y fea avenida ruiz cortínes
  4. comer un buen taco de barbacoa en el mercado.
  5. entrar al sanbors de morelos y a la librerias castillo de outlet de la misma zona.
  6. ir al cine raly a ver una película pasada y comer hot dogs y palomitas.
  7. Evadir el barrio antiguo y terminar en algunos de los antros de ahí.
  8. Que no me llame la atención leer el periódico
  9. (aburrirme un rato, también me pasa)

Tuesday, June 27, 2006

Monday, June 26, 2006

Hoy me preguntaron ¿porqué tienes un blog? Y no encontré una respuesta rápida al asunto. Tal vez sucede siempre que no encuentro respuestas rápidas a lo que me preguntan, como hoy en el taller, cuando había qué analizar un texto de Alfonso y no encontré más que los detalles generales pero no "a detalle" del texto.
¿Por qué tengo un blog? No lo sé. AL menos el otro, el negro, lo entiendo. Porque publico cosas que no me publicarían y hay un poco más de lo lúdico, creo, pero... porqué este blog? Este donde sólo subo cosas personales?
No lo sé, pero lo pensaré.

Thursday, June 22, 2006

el libro rojo

Epigmenio me habla por teléfono para decirme: Ya tenemos tu libro, ven mañana por él. Su frase, por demás escueta, me emociona. Un libro nuevo. Otro libro. Es fabuloso tener un libro nuevo. Mi libro rojo. Así le llamo porque la portada es blanca pero una mujer con sueter rojo se encuentra en ella. No es una fotografía sino una pintura de César Córdoba que seleccionó Alberto Cué para la portada. El libro rojo. Rojo como algunas tardes cuando el horizonte se ponía de ese color camino a Aguascalientes. Rojo como la sangre que salió de la aguja cuando me pusieron suero, rojo, rojo, rojo.
A cambio, tengo un libro negro y se supone, pronto saldrá un libro blanco. Pero ahorita, lo que me importa es que tengo un nuevo libro rojo. Dejaré esta calle. Los cuentos que vienen en ese libro son una forma de recordarme mi infancia en la colonia Moderna. Las maquinitas de doña Julia, la secundaria 33, las naves industriales de Aceros Planos, los puestos callejeros y las pandillas así como los camiones de la ruta 127 que a veces pasaban interrumpiéndo nuestros partidos de fútbol vienen en ese libro.
Mi libro rojo me gusta. Tiene mi nombre en rojo y es el número 317 de la colección de Tierra Adentro, una colección que ha albergado, sin rodeo alguno, a muchos de los más talentosos narradores y poetas de nuestro país. Ahí han publicado amigos como Toscana, Hugo Valdés, Joaquin Hurtado y Susana Pagano, sólo por mencionar algunos. Y ahora tengo mi libro 317, un libro rojo y nuevo, un libro que salió gordo, en comparación al anterior, casi 110 cuartillas. Está bien que se llame Dejaré esta calle porque en realidad, al leerlo, al menos para mí, será volver a esas calles de mi colonia y también, a mi infancia.