Monday, April 21, 2008

Fin de semana

Mucho tiempo después, creo, este fin de semana tuvimos algo así como "vida social". El viernes fuimos a bailar con las chicas de infantil al antro que está en contraesquina de donde está la casa. Mucha música todos los fines de semana y en casi dos años no habíamos ido. El lugar, de lujo. Burócratas mal avenidos, gorditos con el dancing en el alma, señoras gordas ligando y de fondo la música guapachosa de un par de grupos cubanos. La regla, consumir mínimo cuatro bebidas por persona. El regalo... tres platillos libres a escoger. Yo comí sopa norteña, que no era más que caldo de pollo, con cebolla y chile, luego, chuletas de cerdo en salsa de tamarindo y al final, un choriqueso que de queso no tenía mucho, ni de chorizo tampoco. Casi al final de nuestra estancia, un par de tipos se agarraron a golpes afuera del lugar. Se desfajaron, se rompieron las camisas, se dijeron de todo, se fueron contra las puertas, la arena estaba de bote en bote y la gente loca de la emoción y el grupo no dejaba de tocar: en esta esquina, pásele para acá. Y nosotros, pues bailando. Al final, uno de los peleoneros entró al antro mostrando el torso desnudo. A O la sacó a bailar un gordito de negro (no fui yo, que iba de café). Otro par se animó a buscar el danseo con Chío y Alice. No pasó nada.
Al día siguiente me fui a Pachuca. Compré pastes, por supuesto. En algún momento de la carretera canté como hacía mucho no cantaba. Iba a todo volumen, a 150 kilómetros por hora, el sol me daba de frente y era feliz. Al llegar al CEUNI ya me estaban esperando y cuando salí sólo traía hambre. Le pregunté a Miguel cuáles eran los mejores Pastes de Pachuca y lamentablemente no pude ir. Compré unos a la salida. Estaban muy buenos.
El domingo, por la noche, en cambio, salimos con los Pérez González. Algo relajado y leve. Comida japonesa, noche sin presiones. Me gustan las noches de los domingos. La ciudad parece callada y ausente. Poca gente aviva los cafés. Poca gente anda en la calle, sólo algunos trasnochadores andan por las banquetas. La ciudad tiene entonces un aire de ciudad pequeña que le sienta muy bien. Imagino que es ese aire de la ciudad en los años 50. Hoy al trabajo. Diez días más y nuevamente, salto.

1 comment:

José Luis said...

Hace tiempo que no me doy esas escapadas. Pero todavía las recuerdo como son.

En una de esas cuitas me llevaron los compañeros de trabajo a un lugar que se llama el Shoot.

El lugar es una piquera, está en tapia y E. Carranza. Es un tugurio decente, pues en una de sus paredes reza un cartel: "Se prohibe cobrar el baile".

Oséase que la gente va solo a bailar por gusto.

Yo la viví a lo grande. Ví desfilar a las bellezas de la región noctámbula en todo su esplendor: Una señora morena y gordita llegó y todos volteamos a verla, su maquillaje y perfume llamaban la atención. Una estela de escarcha iban dejando sus zapatos dortados de alto tacón.

Yo bailé esa noche con una señora que sí sabía moverme. Bailé el Casique Mocorongo, Uff.!

Mis compañeros no se la creían, que yo tan nice, tan recatado y de corbata, pudiera disfutar de esos lugares. Ellos iban a la cheve, yo a disfrutar del pueblo.

Lo romántico de la noche lo puso Doña Carmela, una parroquiana que cantó, Lámpara sin luz, al estilo de Paquita la del Barrio.

Juré volver. Lo cumliré, han pasado cuatro años, pero nunca es tarde para volverlo a intentar.

P. D.
Me gustaría saber más de esa noche, describe más el ambiente y las voces que creo escuchar en esa noche de juerga tuya.

Un abrazo.

Buena salud a todos.