Friday, June 05, 2009

Hubo un tiempo, en mi vida, que todos los miércoles me juntaba con cuatro buenos amigos a leer y tomar. En realidad, yo no tomaba entonces, hasta que una decepción amorosa me hizo llegar un miércoles y prenderme del tequila, tanto que Rube nada más parpadeó con sorna y dijo salud. Esos eran buenos miércoles. Los recuerdo como los mejores miércoles de mi vida. Empezábamos a eso de las nueve o diez de la noche y entre la charla, el fumar, el reír y chismear se nos iban las horas. Muchas veces, a las tres y media de la mañana, medio ebrio, esperaba un taxi que me devolviera a la casa. Afiebrado por el alcohol, con ese regusto cálido en los labios pero ya tóxico en el estómago volvía a casa, mal dormía y a las ocho me iba al trabajo. Las chicas, Corde y Jan, ya sabían que los jueves no eran buenos días para mí. Luego, no sé porqué, aquellos miércoles de jarra terminaron. Uno de esos amigos se fue de la ciudad, otro se escondió, unos más entraron en otras dinámicas. Pero ayer que, aunque no era miércoles, sino jueves, volví a reírme como antaño y a semi emborracharme como antaño, me vinieron los cálidos recuerdos de aquellos miércoles paganos. Ha sido una buena vida, aunque casi siempre he estado en ella como el niño que observa una esfera de cristal, como el testigo vacilante al que le cae el amor y el odio por contexto.

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