Friday, August 10, 2007

Me puse a cortar papel. Al cabo de una media hora, me dolían los nudillos y los dedos a causa de las orejas de las tijeras. Me acordé de mi padre, cuando decía que ya no podía cortar más ni un metro de tela. Y me mostraba las manos enrojecidas, los callos reblandecidos y rojos a causa del esfuerzo. Por momento me sentí terriblemente feliz al intuir que mis callos no estarían en la piel ni en mis nudillos como con mi padre.
Pero después me invadió el temor: ya encontraría la vida otras formas de ablandarme.

3 comments:

Rog said...

Talvez no tengo callos pero sí cicatrices. En ambas manos existen varios rasguños que tornan del morado indigente al rosa lacustre, sin duda son los rastros y rostros de la costumbre de vivir... Por cierto, vi en tu perfil que te gusta Todos los hermosos caballos de MacCarthy, onde conseguiste el libro porque llevo varios meses buscándolo, y puex no, parece que nunca lo hallare... saludos

Manelich Castilla Craviotto said...

Gran texto, en verdad.

José Luis said...

Definitivamente nuestras manos hablan. Seguramente tu Padre labró tu vida con sus manos, y tú continúaste labrándola con las tuyas, esas tus manos que paren lo que hay en tu corazón.

Excelente texto, sencillo y hermoso.

Buena salud a todos.