Tuesday, April 12, 2005

El baile en el Pedro Infante

Llegamos Rodrigo, Efraín y yo al Karaoke Pedro Infante donde nos esperaban Jaime y Bárbara. El Pedro Infante es apenas un cuartillo de no más de ocho metro cuadrados. Tiene mesas circulares y altas y sillas con patas delgadas de araña. En tres de las paredes y en una columna que da al miniescenario hay televisores donde se pasan videos y la letra de las canciones. La barra está al fondo donde la dueña estira los dedos y toca los billetes casi rozándolos como si le dieran asco.
Estábamos en el Pedro Infante para festejar el cumpleaños de Vanessa, la colombiana y ella estaba rodeada por sus cinco o seis amigas colombianas: unas mujerzotas de tez morenada, dichosos senos y no menos provocadoras cinturas y nalgas. Un buen grupo de solteros estaba ahí al acecho y las colombianas los dejaban acercarse, bailaban con ellos un rato y después los tiraban con su indiferencia a las otras mesas. A mí, mujeres como ellas simplemente aburren mi líbido y me senté con Jaime y Bárbara a escuchar la música y platicar.
Tiramos en el transcurso de la noche como cuatro cervezas, bailamos casi cuatro horas entre "te quiero tanto tanto tanto tanto tanto, cada día un poco más, ahahaha" y "Do you beleive after the love" además de "Y por esa calle vive la que a mi me abandonoóóóó... su mamá tuvo la culpa pues ella la desanimó." Bailamos de reversa y saltamos con Maradon, maradon y bailé quebradita con Bárbara y en un momento de la noche hasta gritamos: "pipipiriripi" con la música norteña para después escuchar a un tipo que aulló, gargariento y afónico la canción de: "Yolanda, yolanda eternamente yolanda" de Milanés.
Las colombianas seguían bailando y seduciendo como hembras con hambre de hombre y con la frente en alto y el roster de acosadores que era desechado de inmediato. Había otra chica que al ser llevada en el baile simplemente ponía los ojos en trance y se repegaba más a su pareja. Su sonrisa era pegajosa, una de esas que se te quedan prendadas en el recuerdo pero que son imposibles de describir. Allá andaba por otro lado Jaime con una chica de rosa y por otra parte Efraín y Rodrigo saltaban en tan reducido espacio al ritmo de la música y con las cervezas en la mano. De cuando en cuando Vanessa llegaba con nosotros, bailaba endemoniadamente bien y se iba. Para mí esto es natural, me dijo. Yo casi no me despegué de Bárbara pero más que nada todos bailamos en grupo, felices por estar en la ciudad de México un día cualquiera de abril del 2005. Pensábamos en nuestras personas allá en el norte, ya sea en ranchos detrás de cerros o en cuidades asediadas antaño por los apaches y más cantábamos y más bailábamos. En un momento de la noche Ro me enseñó un mensaje que Xo le acababa de enviar al cel: salúdame a Toño y al maestro.
Así, con esos saludos en el ánimo, Efraín, Rodrigo y Jaime subieron al escenario mucho rato después. La luz amarilleaba en sus rostros cuando sostuvieron los micrófonos y comenzaron a cantar Revolution de The Beatles. Yo seguía en la mesa mirándolos cantar, saltando de gusto y buscando a Bárbara quien iba a tomarles unas fotos con la vieja y cuidada cámara Pólaroid. Entonces dije otra vez salud por que eran las tres de la mañana y la cama estaba lejos y vacía en casa y me encontraba rodeado por buenos amigos. Debiste cantar, me dijo Rodrigo cuando llegó. Sí.
Cuando salimos, exhaustos, con sueño, nos perdimos: Efraín y Rodrigo desaparecieron en la noche defeña y Jaime, Bárbara y yo nos fuimos a pedir unos tacos a El Gallito. Cuando llegó el mesero se me quedó viendo. Iba todo despeinado, la cara brillosa por el sudor y mis lentes negros un tanto desajustados:
-¿Qué va a pedir? -me preguntó.
Yo ni miré la carta.
-Deme uno de costilla. -le dije.

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