Tuesday, June 28, 2005

Incidencias

Tal vez en realidad nunca terminamos por aprender o cambiar nuestros viejos vicios. Tal vez, tan sólo, los dominamos un poco más, los analizamos con un poco menos de amedrente pero siguen ahí dándonos miedo. Aciagos nos achuran y achacan. Es como dice la canción o el dicho que una vez que pasas una piedra la vida se encarga de ponerte otra piedra más grande. O tal vez es que esa sentencia la leí en un cuento de un viejo compañero del taller de Parra en Monterrey. Él estaba preocupado por sus libros. Decía que había empezado a escribir casi por accidente y había ganado un concurso del INEGI. Así empezó a escribir. Cuando salíamos de la casa de la cultura de Mty me daba un raid en su coche, un nissan medio deportivo, un ZX, creo. Me dejaba en la puerta de la Fundidora y se seguía hasta Guadalupe. Cuando leyó ese cuento y yo leí esa frase me dije: qué gran historia. Además él leía, medio actuaba su cuento. Siempre he tenido fascinación por gente que actúa con valor y hace las cosas que dice que hará. Siempre he tenido fascinación por gente que, de alguna manera, se desenvuelve a sus anchas con familia, proyectos personales y más. Yo tendría entonces como 21 años y él mi edad actual de 28. Había desición en sus ojos. Una tarde leyó un texto sobre una guacamaya. Muy divertido texto. Después, para un concurso también del INEGI mandó tres textos, o era para pedir la beca del FONECA, no lo recuerdo. Eran tres cuentos cortos cuyo eje central ocurría en un parque de juegos. Las historias se titulaban Subibaja, resbaladero y columpios. Presentaba seres arrebatados por el odio o bien, consumidos por la gandallez de otras personas. Sin embargo, titubeaba cuando quería unir los textos y me dijo: tú sabes de esto Toño, siempre le dan las becas a los mismos (ese es un mal generalizado, leyendo a Eve Gil en la revista El Búho se quejaba de lo mismo pero no en el caso de las "menores" becas de los fondos estatales" sino en las encumbradas becas del Sistema Nacional de Creadores.
Me le quedé viendo a este compañero y le dije: pero no hay de otra más que pedirlas y seguirle. No obtuvo la beca. Al año siguiente volvió a ganar el premio del INEGI pero entonces el taller de Parra ya casi no existía. Yo casi era quien coordinaba las sesiones ante las faltas constantes del pelón. Pienso eso ahorita entonces, este largo prólogo sólo para decir que a veces te vuelves a encontrar con las mismas situaciones de siempre.
Fui a Acapulco a encontrar esos viejos fantasmas de rechazo, fantasmas que pensaba superados. Hubo muchos momentos para caer en la frustración o el desánimo pero me mantuve en el filo mismo de la cordura y la felicidad. Bailé como nunca, comí cosas ricas. En un momento no sabía qué estaba haciendo solo por esas calles tan poco olorosas a humedad. El resultado es que estos días he andado como convaleciente. En la central de autobúses olvidé un libro y regresé por él a los 2o minutos. En el autobús, ese mismo libro se me cayó y batallé para recuperarlo. No contento con ello, cuando llegué al hotel y le dejé el periódico al taxista le dejé dentro del mismo, mi libro. No me di cuenta de ello sino hasta el día siguiente. Ayer, fui a dejar mi ropa con la lavandera. Le dije: hay unas bolsas con ropa mojada, las puse ahí para que no se mojaran. Cuando llegué a la casa encontré las bolsas en mi cama. Y hoy en la mañana, cuando subí al taxi no medí bien la distancia y me di un frentazo.
Así es entonces. Es imposible no salir indeleble de presiones, tristezas y triunfos. Sólo espero que esta roca nueva pase pronto y de hecho, creo, está pasando (No ando en periodo azul Daniel). Vi mi máscara de tecuan con sus colmillos de jabalí, sus cerdas de puerco espín y sus ojos de cristal. Creo que esa máscara es algo bueno, un instrumento bueno para pasar cualquier piedra. Además ya están tirando el libro. En Acapulco recibí la contraportada del libro de cuentos. Il guizzo dice la contra. Eso es fabuloso. Hoy mandé mis datos biográficos. ¿Será en poco menos de un mes que tenga finalmente ese libro en mis manos?

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