Monday, November 07, 2005

Una de Aguascalientes

Que no pare nunca la música, gritó Claudia y seguimos bailando, sin saber de la noche que estaba allá afuera pero también dentro, oscura, como un ojo medio cerrado. Que no pare nunca la música, gritó Claudia otra vez aunque sabíamos que iba a parar en algún momento. Ya la tarde se nos había ido en recorrer Aguascalientes una y otra vez desde una parte de la catedral hasta la iglesia, luego a bajar a los estacionamientos. Hicimos fila para que nos leyeran la mano y nos echaran el tarot y la mujer nos habló de felicidades, de viajes y finales felices. Y Claudia solamente me miraba y asentía porque ansiaba, como todos, un final feliz, que las cosas salgan como uno quiere y no tener que llorar ni sufrir de mas, sino nada más tantito. Desear que, porqué no, ser felices sin saber de cosas que no se podían dar.
Y cuando nos levantamos de con la señora y volvimos a recorrer la plaza donde un tiempo atrás éramos tres, Claudia simplemente me abrazó y dijo que era bonita la tarde. Y lo era. El sol se había olvidado de guiños y llenaba de color la calle: brillaba el rosa de las paredes de cantera, brillaban los rojos labios de la guera Rodriguez y el verde lleno de los árboles y el amarillo era un incadescencia en el cruce de peatones. El sol sacaba color a la fachada azul de los bancos y la pintura negra de las bancas. Y nosotros íbamos de una color deslavado de mezclilla y Claudia de tristezas.
No había pasado ni dos horas que habíamos estado en el cementerio de vagones de ferrocarril en Encarnación de Díaz. Habíamos subido a la frialdad del vagón de correos a tomar unas cervezas, comer papas y ver desde ahí, apenas como un recorte, las sierras enanas donde se veía un árbol. Y ahi en los vagones, después de decir salud, Claudia había llorado y yo nada más la abracé, porque es lo único que vale la pena hacer. Traigo un fantasma de sacerdote, maestro y figura de confort que no me puedo quitar.
Y regresamos a Aguascalientes, a que la mujer no leyera la mano. Luego fuimos por Sigfredo. Lo subimos al coche. Compramos cervezas en la distribuidora de Modelo y nos encaminamos a casa de ¿Claudia? En el patio, al fondo había un corral con cuatro borregos, el piso con hojas de elote, crepitaba el fuego y en una parrilla se asaban las carnes. Comimos chiles rellenos de queso, salchichas para asar, carne crujiente, quesadillas que al moderla dejaban salir el queso derretido como cera.
Más noche lloró Claudia ante el silencio imcomprensible de Sigfredo, ante mis recuerdos de aquella mañana, camino a Guadalajara, cuando los tres trepábamos al cementerio de vagones de ferrocarril y , en una de las paredes del vagón de correos, escribimos:
"Siendo el día 29 de diciembre de 2001, los aqui presentes, damos por fundada la villa de Solidaridad de Santa Juana, que tiene por medidas dieciocho vagones de ferrocarriles nacionales que han de fungir como casas, correos, habitaciones, cantinas, prostíbulos y panteones".
Y bajamos felices de pasar del papel, de la historia de mi novela que no termina por ser escrita, a la realidad. Ahi quedaba Solidaridad de Santa Juana en esos vagones de Ercarnación de Díaz. Eso recordé. Luego cantamos, nos abrazamos todos. Cada media hora iba un hermano de Claudia para decirme que era bienvenido en la casa. Que un amigo de Claudia era como un hermano para ellos. Emprendimos el viaje de regreso Sig, Claudia y yo. En casa apagamos todas las luces y comenzamos a bailar, nos tomamos de las manos y no dejamos de bailar, en una danza que no tenía compás ni estructura. Así en la noche mientras Mano Chao gritaba desde las bocinas. Que no acabe la música gritó Claudia en un momento. pero hacía tiempo que la consola estaba apagada y estamos los tres, tirados en el sillón, viendo como en la casa de enfrente parpadeaba una luz. Parpadeó otro rato y finalmente se apagó.

1 comment:

Selene said...

Hola Antonio!
Me ha encantado tu blog, lo he leído casi todo. Mi nombre es Selene. Actualmente colaboro con Insite en San Diego,Ca. Arte,arte y más arte.
Saludos!