Saturday, April 01, 2006

Tarde de Juárez

Frente a la iglesia metodista en la calle de Gante hay dos pequeños restaurantes de tacos. Tienen unas mesas pequeñas, con sombrillas verdes, mesitas circulares donde apenas si te caben los platos y el refresco. En la iglesia metodista, a un lado de las escaleras —cinco o seis escalones que conducen a una puerta de abeto— hay un hombre calvo, con camisa y pantalón de vestir. Intenta mover a un indigente tirado en el suelo. El indigente es un viejo cubierto con más de cinco suéteres. Unos cartones la hacen de cama pero el viejo se encuentra lejos de ese placer. El hombre calvo intenta moverlo pero no puede. Mira hacia la gente que pasa con aire de ayuda pero nadie que pasa lo ayuda. El anciano sigue tendido. Orfa y yo los miramos mientras esperamos nuestra comida. Voy a ayudarle, le digo. Me pongo en pie y por alguna razón siento que todos los que han visto el afán del hombre calvo por mover al viejo ahora centran su atención en mí. Como parte de una obra entro al escenario. ¿Quiere moverlo? le pregunto al hombre calvo. Sí, pero no puedo. El indigente me lanza una mirada rápida. Tú me cargas de los hombros, él de los pies. Su orden llega sin contratiempos. Ahora soy el mandado. Entre los dos lo acomodamos, lo ponemos bajo una pequeña saliente que podría protegerlo del frío, de una lluvia que hoy 21 de marzo intenta salir.
Cuando regreso una mujer me dice: Dios te bendiga y yo me siento otra vez a la mesa y observo al indigente que saca un periódico y comienza a leer. Pero ni Orfa ni yo lo miramos mucho tiempo. Los dos seguimos al hombre calvo, algo gordo, que lleva en la mano un pastel. Lo imagino llegando a su casa con el pastel en la mano, contándoles que se demoró un poco por ayudar a meter a un indigente. Y me consuela un poco que este acto desapercibido tendrá siempre una complicidad mutua entre él y yo. Siempre, o tal vez no, recordaremos al pasar por la calle de Gante al viejo junto a las escaleras de la iglesia metodista.
Cuando el hombre se pierde entre la gente el mesero nos trae los tacos. Los míos son de surtidita. Los de O son de maciza. Voy a lavarme las manos, le digo. Ella asiente. Sí.

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