Monday, May 23, 2005

Déjame...

Apenas terminé de leer la descripción el maestro Chavana guardó un silencio que a mí me parecía el antecedente de todos mis dolores. Se quitó los lentes, los limpió con la franela que sacó de la bolsa del pantalón y dijo: "vuelve a leer". Así que ahí, de pie junto a mi asiento, con el salón de segundo semestre de preparatoria como público volví a leer mi descripción del páramo yermo que se extendía a un lado de mi preparatoria. Me temblaban las manos aunque también, a ciencia incierta no lograba entender porqué tenía que estar leyendo otra vez eso. Cuando terminé por segunda ocasión Chavana me dijo que le prestara el escrito y se lo llevé. Lo leyó en silencio y luego dijo: está muy bien, me gustán muchas de esas imágenes, te voy a dar cinco puntos sobre el examen.
Yo asentí contento. 5 puntos sobre el examen final eran un gran paso a poner la materia de redacción II en un impase de tranquilidad. Wow. Así que me acomodé en el asiento y el resto de la clase vimos lo que era un retrato: la descripción física y moral de una persona. Al finalizar Chava dijo: para el jueves hay que traer un retrato de un maestro. Escogan al que ustedes quieran. Luego se me quedó mirando y me dijo: "No voy a aceptarte algo de menor calidad que esto."
Así que me quedé pensando. Escribir retratos no debe de ser tan difícil. Cuando se terminó la clase se me acercó Rafael, un compañero. Ya tenía esa sonrisita sardónica desde esa edad. "Vamos a ver quién hace un mejor retrato y a ver quién gana". Yo me sumí de hombros. Orale, vamos. Así que el jueves llevé mi retrato y Rafael también. Recuerdo que era un retrato de más de una cuartilla. Estaba plagado de similes como sus brazos como torreones y de frase comunes como "el bigote negro es como una estampida que baja hacia su barbilla". Cuando la clase terminó el maestro Chavana me dio otros 5 puntos sobre el exámen.
Rafa se acercó con su trabajo. No le habían dado tantos puntos y estaba medio enojado. Cuando se fue Diana, quien sería su novia, (faltaban tan sólo unas semanas para que ellos empezaran a andar) se me acercó y me preguntó: ¿Toño, tú escribes poesía? Me quedé paralizado. Yo no escribía poesía. Yo no escribía nada de nada.
Claro, le contesté sientiendome ya poeta. Tengo algo. ¿Me podrías traer mañana algo para leerlo? Asentí con nerviosismo. Si, claro, mañana te llevo algo. Cuando llegué a casa estaba en el pánico. Al igual que los pintores, que muchas veces imitan un cuadro, yo había estado imitando una fórmula. La fórmula de cómo escribir retratos y paisajes la tenía, según yo, dominada; pero escribir poesía era otra cosa. Estuve toda la tarde intentando escribir algo. Tenía la pluma, la hoja blanca y la desesperación a la mano. Hacía calor y yo buscaba un lugar dónde estar fresco. Casi a la noche llegó la imagen y la palabra. Estaba viendo el video November rain de Guns and Roses y la música me agradó tanto y casi lance un grito de auxilio cuando apareció la palabra Déjame... y con ella formé un escrito en prosa sobre todo lo que yo quería que alguien dejara que yo le hiciera o la cuidara o la tratara. Estaba lleno de hipérboles y otros símiles. Había adjetivos a morir y equilibrio poético y estructura ni pensarlo.
A la mañana siguiente se lo llevé a Diana y lo leyó muy rápido. Yo deseaba que lo disfrutara con calma pero fu veredícto fue corto: "que bonito". Me sentí frustrado. Pero hoy que lo pienso veo que desde esos primeros días que empecé a escribir, de alguna manera también aprendí tres lecciones (en realidad no las aprendí sino hasta mucho después, pero ya bordeaban mi ideología). La primera es la escritura no es competencia más que consigo mismo. La segunda es que el creador no usa fórmulas y la voz narrativa o poética es de un esfuerzo de calores y de fastidios y lecturas y finalmente que, la verdadera retroalimentación siempre viene de uno y no de que otros acepten o no lo que escribas. He ahí la esfera de conocimiento que no atisbé pero ahorita que he vuelto a escuchar de nuevo November rain siento como si estuviera otra vez en mi casa en Monterrey mientras mi madre hace la cena (huevos con chorizo y frijoles refritos) y yo intento escribir.
Eso es otro de los asombros de la palabra. La palabra es atemporal. La escritura no precisa de pasados y futuros. Al moemnto de escribir algo se es en todos los tiempos. Pasado y futuro se invalidan.

1 comment:

odagledsozavacordnajela said...

Vaya Toño, ¡desde entonces! y creo que seguirá "eso" un rato más, pero lo que no me está pareciendo es que le sigues dando importancia a lo que no la ha merecido, te desgastas en comentarios de competencias improbables e imposibles, no es por comparar, ya que ambas actividades (de escribir) no se comparan, pero vuelvo al desgaste, aprovecha esas energías para crear y no para recordar un triunfo de 5 puntos sobre el exámen de una tonta competencia (de los cuales yo no obtuve ni uno), jejeje. Sigue creando.