Monday, May 09, 2005

Respirar la vida

¿Qué es lo que nos muestra el color y la línea? ¿A dónde y de qué color es en realidad lo que nos mueve y anima? Como una delgada línea roja y ámbar y azul nos vamos entrelazando con los otros formando un estambre donde quedan estampados nuestros días.

Así, de color en color llegamos al domingo. El sol es fresco como todo en el clima del distrito federal. En las calles se respira un blanco sin prisas y sin mácula. El taxi verde y nácar avanza rápido por una gris Ave. Patriotismo y veo aún sorprendido el segundo piso que cruza la avenida y se pierde hacia el rumbo azulado de Periférico. El taxista me cuenta técnicas para preparar barbacoa y yo imagino la carne suave y ámbar que se destaza bajo un tenedor. Afirma con gesto de conocedor que la barbacoa de borrego es la mejor del mundo y yo sólo hablo por teléfono para decirle a Brenda que, aunque voy algo retrasado, voy a llegar.
El Colegio de Arquitectos donde va a ser la exposición de pintura de Brenda es un edificio con un techo triangular que corta el aire y blanco como un elefante hindú. Su estacionamiento tiene loza rojiza y las escaleras se abren como quien despliega una caja de cartón. El lobby recibe una luz difusa pero firme que no alcanza a entrar a las escaleras donde cuelgan fotografías de edificios y puertas de madera.
Brenda está al fondo toda ella vestida de sorpresa: un collar de cuentas azules al cuello, un chal esmeralda que le cae de los hombros, un vestido verde hasta las rodillas y zapatillas del mismo color. Voy hasta ella y la saludo y sólo entonces veo ya bien la exposición. Hay cerca de nueve mamparas negras donde se apoyan los cuadros de Brenda Togno. Un grupo de cuadros mira al centro del lugar mientras que otros hacia las paredes. Los animales de Brenda parecen sentirnos desde un silencio pétreo pero sus miradas son glaucas y límpidas, feroces o curiosas. Algo de música flota en el ambiente y los meseros observan impolutos de blanco con corbata negra, cuidadosos desde la barra.
Poco a poco la gente va llegando. Un desfile de verdes y amarillos, de rojos y caquis, de rosas y arenas. Primero los familiares, después amigos se pasean entre los cuadros, se detienen ante alguno de ellos y se llevan las manos a la boca como quien saboreara un color que hasta entonces, era inédito en sus ojos. A mi me duelen los pies por los zapatos que debería de ponerme más seguido. Me ajusto el saco y por un momento agradezco no llevar corbata. Brenda es una explosión de sonrisas cada que va y le da la bienvenida a amigos y familiares. Un gato y un caballo son el éxito de la tarde. Un tío de Brenda, con cámara en mano le saca fotos y alaba la composición. Cuando llegan Ana, Criseida, Brenda y la mamá de las últimas dos, también se quedan deambulando.
¿Qué color somos? No lo sé. Sólo sé que las manos me temblaron nerviosas cuando al momento de la inauguración Brenda me llamó al frente mientras las sobrinas de ella ajustaban las manos a las tijeras para cortar el listón rojo. Entonces hablé y conté de colores y pátinas, de que el color para mí es como un sabor exótico. Les conté del cuadro "Azul" de Gunter Herzo donde las tonalidades de azul se expandían y contraídas por una fuerza desconocida y al hablar sentía cómo mi rostro se volvía granado por unos nervios descontrolados de no sé donde. Les conté que para mí la obra de Brenda Togno era un festín de colores anaranjados, jugosos como una naranja fresca y magentas y rojos de sandía y que todos estaban invitados a un banquete que la autora había puesto ante nosotros. Luego callé, me hice a un lado y las niñas cortaron el listón bajo un festín de fotografías y aplausos.
Poco a poco algunos cuadros se vendieron. Yo vi el caballo naranja con sus crines rojas revueltas por el viento. Me acerqué a Brenda y le dije:
-Te lo compro.
Así me llevé ese cuadro en la imaginación. Ya camino a casa yo lo veía en la colgado en la pared de mi cuarto (pondré ahora al Joy Laville en la sala). Sus naranjas se extendían más allá de los bordes del marco y lamían la pared, reptaban por la comisura de las puertas y las ventanas de la casa como arañas naranjas que iban dejandos sus hilos por esquinas y libros, escondiéndose en mi ropa, dejando una estela anaranjada en mi computadora. Iban las lenguas y los mechones anaranjados cayendo sobre la alfombra, convirtiéndose en nueve tigres naranjas y nueve búfalos naranjas que iban saliendo con un estrépido de vida por la puerta que da a las escaleras: con un estrépito anaranjado que respiraba al ritmo naranja de sus corazones y venas y al salir iban moviendo las hojas del periódico en la sala, los vasos en el fregadero, las copas indispuestas y murciélagas en la cantina y ya afuera caían como nueve mares naranjas que iban y venían sobre todo el estacionamiento, revueltos y felices, completamente naranjas bajo el sol amarillo. Luego llegamos al metro Chapultepec y me guardé en color en la bolsa del pantalón.

¿De qué color es la felicidad? Naranja, contesto ahorita, para respirar la vida, como se llama el cuadro, como se llamó la exposición.


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