Monday, December 11, 2006

Gatos

Mi primera mascota la tuve a los seis años. No era mía, claro, sino de toda la cuadra, pero a base de salchichas y jamón logré que se quedara en casa. A mi madre le dio el ataque. Me recordó el asma, la alergia a los gatos, el chocolate, las fresas, el helado y más. Yo, como quiera, me quedé con la gata. Era negra con franjas cafés, una mirada desamparada y siempre me acariciaba los tobillos. Cuando se murió papá la tiró en el terreno baldío frente a la casa y al día siguiente fui y le hice un entierro como Dios manda.
Muchos más gatos después, gatos casi anónimos, tuve a la Nina y al Nino. Claro, los nombres son harto complicados. Elida me había regalado a la Nina y yo, bien condescendiente con la madre naturaleza, no le hice la operé hasta que tuvo su primer camada bajo el argumento de que quería que la Nina conociera la maternidad. Después me fui al D.F. y en mi casa se encargaron de cuidarlos. Cómo les lloró mi madre y mis hermanos cuando se murieron, flacos, acusados de un cáncer en la garganta. Y más tarde le lloró a otro, El gordo, que yo había recogido de la calle.
En el D.F. en una de mis múltiples casas, para combatir la soledad y el tedio adopté un gato callejero. Le puse Ajax, en honor al gran valiente aqueo y el nombre le quedaba muy bien. Ajax peleaba, mordía, corría, saltaba. Su arenero parecía campo de batalla. Sus garras pequeñas navajas. Cuando esa navidad me fui a Monterrey a pasar las fiestas, mis primeras fiestas después de estar lejos de casa, dejé a Ajax al cuidado de una señora. Cuando regresé lo habían bautizado como Bebé. Sentí que había vuelto a mi combatiente felino en un Silvestre cualquiera. Bebé ya no respondió a mi llamado ni me reconoció. La señora en cambio, me dijo. yo podría quedarme con él. Prometí llevarle comida y arena, cosa que nunca hice.
Ahora, O tiene un par de gatas. Me dice que las conoció casi el mismo día que nosotros empezamos a acercarnos. Se llaman Nadja y Mía. Mía voló un día desde el sexto piso y no le ocurrió nada. Nadja está gorda, una pelota con pelos. Nadja es indiferente, no maulla, sólo está ahí echada. hace días, O recogió otra gata de la calle. Es negra con tonos cafés y alguien le cortó los bigotes de un lado. Las hijas, como les decimos, se pusieron nerviosas, alteradas, iracundas. Nadja empezó a gruñirle a todo mundo. Mía dejó su natural saltimbanquismo para no moverse de las esquinas de la casa. La negrita, como le decimos, siempre estuvo acurrada sobre un bote de pintura.
Ahora la tengo en casa pero en unos días se va a casa de Ioio. A mí me ha hecho feliz pero por alguna razón mis pocos gatos, al menos lo que he escogido, tienen manías perrunas poco felices para mi tranquilidad: insisten en lamerme la cara, en acostarse al calor de mi cuello, les gustan mis piernas para sacarle lustre a sus uñas. Hoy ando todo arañado del brazo. Y la negrita ya se va, se va para Sayula como dice la copla. La Nina tenía otro nombre: Ingrata. Le puse así porque esa noche troné con una novia. A la negrita no le puedo decir, más bien creo que el ingrato soy yo por regalarla más adelante. Pero mi casa, aunque bonita, es pequeña. Ya habrá casas más grandes, creo, para tener un gato, escogerlo de la calle y ponerle otra vez un nombre combativo, nada de bebés.

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