Tuesday, February 06, 2007

Ixtapan

El sol. Siento el sol levemente en la nuca cuando bajo en la central de autobuses de Ixtapan. Una mujer vende tortas en los andenes y cuando salgo de la central, camino a la presidencia municipal de la ciudad, el aire fresco, el aroma a leña y hierba recién cortada me dicen que finalmente estaré en un sitio parecido al paraíso. Y no me equivoco. En la presidencia me recibe Víctor, el encargado de cultura de Ixtapan y rápido me instala en la casa de huéspedes Kassandra.
Ixtapan está enclavado en un cerro y para llegar a la presidencia hay que subir la cuesta. En la parte alta se erige una iglesia con muros blancos y puntas sobre sus techos, puntas que parecen las picas o estacas para defenderse del cielo. A las cuatro de la tarde es la primera reunión con alumnos de la escuela anexa a la normal. Víctor se ve un poco intranquilo pero conforme llegan los muchachos se relaja. Rodolfo, maestro de una secundaria y hermano de Víctor, también espera con sus alumnos en la entrada de la presidencia. Estoy emocionado, sorprendido. En la pared, en un cartelón de hielo seco, han escrito mi nombre y el de "Dejaré esta calle" con letras unicel coloreadas en verde.
La presentación inicia con tartamudeas. De inicio no sé ni qué decir. Me da cosa saber que, algo de lo que yo diga, puede servirle a los maestros y alumnos de la secundaria pero al rato la charla se encauza por un buen momento. Los maestros me preguntan, leo un par de cuentos, Yassir, el director de cultura y deporte, toma fotos, se sienta a un lado mío, después se va. Estoy contento. Me emociona mucho cuando una señora dice que entre ella y su hija leyeron el libro y me comenta las conclusiones a las que llegaron. Es increíble. Sólo imaginar que algo que yo escribí sirvió para una tarde madre-hija me pone los pelos de punta de felicidad.
Al terminar casi no queda tiempo para ir a la casa de huéspedes, cambiarme y dirigirme al café 1910 donde será la presentación en forma. Ahí encuentro a Óscar. Es delgado, monero, con una barba hirsuta. Fuma junto con Víctor quien bebe una michelada. Poco a poco se congrega la gente: pintores de Ixtapan, maestros jubilados, unos jóvenes. Óscar lee su presentación. Ya no quise incomodarlo, pero su presentación ha sido una de las que más me han gustado. Al terminar, José Antonio, un chico pintor, me regala su cuadro expuesto en la presidencia. No sé ni qué decir.
Más tarde bamos a Totonico (¿lo escribí bien?) a ver la feria. Quisiera que O estuviera ahí, conmigo, pero se quedó en el d.f. Avanzamos entre la gente. Nos abrimos paso entre los vendores de pan, de dulces y películas piratas. Óscar avanza al frente y Víctor tras de mí. Hace rato cenamos un pozole y enmoladas deliciosas en el negocio de Rodolfo. Al volver a Ixtapan me siento cansado.
Es sábado. Son las siete. A las once debo de dar clases en la ciudad de México pero eso no impide que me sambuya un poco en las aguas tibias del balneario municipal. El agua me pega en la espalda y más tarde, me hundo en la fosa termal de Ixtapan. El agua sabe a sal, a cobre. Víctor me deja más tarde en la central de autobuses e inicio mi vuelta al d.f. cargado de dulces, mezcal y los buenos recuerdos que, son, al final de cosas, lo único que nos salvarán de una vejez ineludible y que, estoy seguro, se vivirá al doble al recordarla.

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