Tuesday, February 10, 2009

Cumple de papá

Papá cumple años. Temo decir que no sé cuántos cumple, aunque anoche hacía la cuenta y según yo, cumple 54. Malo para las fechas, todos los años mis hermanos me hablan para recordarme, "ey, hoy es 10 de febrero, háblale a papá". Les agradezco enormemente que lo hagan aunque aún así siempre meto la pata. En una de esas ocasiones me hablaron con media hora de anticipación a la fiesta. Tomé nota y una hora más tarde hablé. Felicité a papá y no sé porqué, me pusieron en el speaker. Me puse a saludar a tíos, primas, hermanos y me emocioné tanto que olvidé todo. Estuvimos platicando como media hora hasta que al final, casi al despedirme, dije: "ay, gracias por recordarme del cumpleaños, que se me había olvidado por completo". En ese momento, silencio, luego, carcajadas. Al final, papá sentido. Pero no todos los años han sido así.
Tal vez me olvido de su fecha de cumpleaños, pero procuro no olvidar otras cosas: cuando teníamos juntos el negocio de ropa deportiva y todos los lunes nos sentábamos a la mesa para hacer los planes de trabajo: cuánta tela comprar, con qué costureras ir, qué hacer primero y después. Al final, había una especie de paz en la mesa, antes de la cena, esa paz que da saber que hay trabajo y sabemos como hacerlo bien.
Tampoco procuro olvidar cuando nos íbamos a correr a ciudad deportiva. Caminábamos desde la casa hasta allá, unas doce calles y nos poníamos a correr. Allá íbamos en el trote, uno dos, uno dos, un dos, sudando, tragando saliva, a veces escupiendo, el sol nos pegaba primero de un lado y después del otro, el aire y la arena, la ruda y suave al mismo tiempo sensación de las pisadas, el braceo.
Algunas veces, pocas en realidad, nos íbamos a comer coctel de camarones en un sitio, no sé si siga ahí, en la esquina de Tapia y Juán Mendez. Él pedía una copa grande y yo deambulaba entre pescados y otras cosas ya que fue en una de esas salidas que descubrí mi alergia a los camarones. Lo sé, lo sé, sé que me pierdo de una de las pocas delicias del mundo, ya purgo mi propia condena.
Ahora hemos agarrado de irnos al cine cuando voy a Monterrey. Es como una salida obligatoria. Nos sentamos con palomitas y todo, oímos, vemos, nos reímos, nos asustamos. Casi no decimos nada, pero estamos ahí, juntos. Luego volvemos a casa, hablamos, me dice qué hacer, cómo hacerlo, me da sus consejos. Ahora disfruto mucho más otra cosa, cuando vamos a Monterrey, que O hable con él, que papá se suelte a contarle quien sabe qué cosa, que lo escuche reírse o quejarse aunque a veces papá salga con cada cosa, jaja. No sé si el próximo 10 de febrero me acuerde o me tengan que hablar, pero bueno, hay cosas que la tradición dicta como el olvido, hay cosas que el corazón exige, como el recuerdo.

1 comment:

Montserrat said...

Hola Toño.

Felicidades al papá y al hijo. Hace muchos años trabajaba en el tutelar y paseaba por esos rumbos. Me gustaba ver una vía del tren que estaba enfrente de la pablo livas. Pensaba que si algun día filmaba una pelicula, una de las escenas mostraría un ser corriendo en sentido contrario al paso del tren.

Un abrazo!