Friday, February 20, 2009

Ocho años

Ya hace ocho años que traje mis huesos y mis miedos a esta ciudad capital. Ocho largos y dichosos años, en los que pasé de ser un joven que había tenido sus perdidas a un adulto casi en proceso de perder otras cosas. El avión planeó con suavidad sobre la ciudad de México y vi con avidez los techos enrojecidos, los tinacos, los edificios de cristal, la mancha verde sobre Chapultepec. El avión de Aeroméxico carreteó con algo de rudeza y finalmente se instaló en una de las entradas cercanas a las salas de vuelos internacionales. En el avión había conocido a un español, escritor, que se acababa de casar con una regiomontana y ahora ambos volaban a España, a Murcia, para ser más exactos. La chica tenía en la mirada cierta tristeza -ellos se habían conocido por internet y la boda apenas había sido la semana pasada en Mty-, y ahora se veía arrancada de todo lo que conocía para viajar a quien sabe qué lugar.
Yo llevaba dos maletas sucias y algo viejas que desentonaban con las último modelo que desfilaban en la banda de equipaje. Las tomé con apuro y me dirigí hacia la caseta de taxis, aunque sabía que iba muy cerca, a Aragón, a unas cuadras del metro del mismo nombre. El taxista salió rápido y rápido me depositó en la casa en avenida 519. Salió la Señora Alma con Minerva en brazos y no tardó en instalarme en el pequeño cuarto al fondo de la casa. Había un perro, que murió un par de años después y con el que me salía a correr y dos gatos, Ramses y Celic, que eran insidiosos y moralinos.
Rápidamente quise entrar en la ciudad. Le pregunté a la señora Alma cómo llegar al centro histórico y me dijo de la micro que pasaba por Circuito Interior, el metro´y cómo llegar. Yo iba con la nostalgia a flor de piel y en mi trayecto hacia Circuito Interior repasaba los nombres de los amigos: los De la Fuente, Cordelia, Janell, David, Raúl, Elida, etcétera. Me bajé en la estación Pino Suárez y desde ahí hablé a Monterrey. Una señora vendía quesadillas que calentaba en un anafre del que salía demasiado humo pero el humo del carbón quemado no me molestó, incluso se me antojó lo que vendía. Pero caminé. Seguí por esa avenida ancha, desemboqué al zócalo, miré de reojo la catedral y el palacio nacional. Ya el sol rebasaba la plancha. Entré por Brasil y una calle adelante -iba al INBA a buscar a Claudia y al Parra- cuando me lo encontré en la calle. Claudia y Parra saltaron por la sorpresa pero yo, de alguna manera secreta, lo tomé como un buen indicio, la certeza de que incluso en esa ciudad en la que no conocía nada ni a nadie, terminaría por encontrar buenos amigos.
Nos fuimos a comer a los bisquets de Obregón en la calle de Madero y después tomamos un taxi hacia una escuela por Tlalpan, a una estación del metro Villa de Cortés, donde la siguiente semana ya empezaría a ir al Centro Mexicano de Escritores. Mientras Claudia entró a sus clases -iba a presentar el examen de admisión a FFyL en la UNAM (terminó la carrera hace como tres años), el Parra y yo nos pusimos a platicar en el Sanbors de Xola. Me tomé un jugo de piña delicioso. Ya casi a las seis ellos se fueron -tenían un compromiso- y yo me interné en uno de los cafés internets de Tlalpan. No sabía en dónde estaba, pero, para todo recién llegado a la ciudad de México, ya sabía una cosa: mientras el metro esté cerca, nunca estarás perdido.
Janell me acababa de enseñar a utilizar el messanger, así que me conecté y empecé a hablar por él con una de mis dos únicos contactos: con Cordelia. Yo estaba disfrutando el viaje, la sensación. Volví a casa como a eso de las ocho de la noche y al llegar ya estaba la señora Alma con Samuel, su nieto, preparando la cena. Bebí un vaso de leche y me fui a mi cuarto a dormir, bueno, en realidad a leer. Terminé de leer a Volpí, sí, Volpi fue mi primer lectura en el D.F. Ese mismo año lo vería con la Gandhi, con Padilla y Palau, divertidos, jugando entre los libros. Le diría a David aquello y él lo tomaría con cierta envidia, porque ya sus amigos o él mismo, estabamos todos desperdigados. No soñé nada esa noche.
Hoy me desperté con esa sensación del paso del tiempo. En mis ocho años en el D.F. he vivido en nueve casas distintas. He trabajado en tres sitios: Santander, el ILCE, Santillana y ahora en Jus. He hecho buenos amigos que aún siguen en el horizonte, como Marlen, Alicia, Elena, Rodrigo y Efraín, el Boone e Hinojosa, Jorge; también amigos intermitentes, gente con quien la pasé muy muy bien, como todos los compañeros del ILCE, sin duda, el mejor trabajo que he tenido en todo este tiempo, buenos compañeros y compañeras, salidas a antros, excelentes fiestas, cero ambiciones laborales y curiosamente, casi no he hecho a ningún amigo en las instituciones de cultura por las que he pasado, y he sido hijo adoptivo de dos familias, los Arreola y los Camarillo Palafox. Desde hace siete años, todos los sábados, doy clases para adultos en el INEA y en Amistad Cristiana.
En este tiempo han venido mis padres y también mis suegros, y Elida, Ana, Lili, Laura, Carmen, Samantha, Raúl, Lacho, también un tipo del que es mejor no acordarse, y casi todos mis hermanos, menos Saúl.
Y también llegó O. Mi O.
Y, también, como todos los años, ya sueño con partir. Rebotan en mí las palabras de Bandeira: "todas las mañanas, el aeropuerto de enfrente me da lecciones de partir." Pero ese día no llega aún. Solía decirme un amigo, Daniel Sánchez, cuando decidas regresarte, dime, no le pienses, yo llegó por ti en mi camioneta, subimos las cosas y nos vamos en caliente." Ah, Daniel, creo que ya no tienes esa camioneta, verdad?

1 comment:

akamu said...

recuerdo que estando en df, una ex novia me dijo: "te vas a df, pero nada cambia, seguirás estando con tu gente, con personas que hablan tu idioma y viven como tú, en cambio yo, si me voy a europa será una nueva vida". tiempo después, una mañana de octubre, caminando por reforma, en mis últimos días como chilango, veía los altares de muertos y recordé esas palabras, me dije, está equivocada, cada sitio es distinto, aunque sea dentro de tu país. cada lugar tiene su proceso de adaptación, su encanto, sus fobias. también hice amigos en df (y en todas las pates que he visitado), también he crecido y me he enamorado de las situaciones. creo que cuando llegue ese momento de moverte, será como los grandes, señor. un saludo desde monterrey.