Tuesday, November 09, 2004

Mi tallerista en Monterrey

No lo sé, pero desde muy joven quise enseñar. Estaba entonces en el taller de Parra en la casa de la Cultura de Nuevo León cuando, gracias a él, se me ocurrió ir al Conarte a solicitar trabajo como tallerista. Eduardo me acompañó a ver a Silvia Zapata y cuando salí del Conarte ya era tallerista. Me asignaron a la Unidad Cultural Juárez en Guadalupe y después me cambiaron a la Casa de la Cultura de Guadalupe. La Casa era un edificio circular donde a la misma hora del taller había otros de acordeón y guitarra que nos obligaban a meternos al museo a tallerear ante las miradas abstractas de los óleos.
Nunca tuvimos mis talleristas y yo un sitio adecuado. Cuando no se podía en el Museo nos mandaban al auditorio y cuando no se podía en el auditorio, a la biblioteca o nos relegaban a las oficinas de la directora. El taller terminó sin los resultados esperados de la edición con los mejores cuentos presentados en los años pero ni en Guadalupe estaban interesados, ni los alumnos soltaban los cuentos y yo andaba ya en otras cosas como disfrutar mi primer beca que tanto gusto me dio.
Así que dejé de dar talleres porque según yo, ya había dado un gran paso con la beca del FONECA y con entrar a El Panteón. Pero nunca dejé de sentir ese saborcillo de enseñar o al menos de guiar con mis pocas herramientas. Pero dejé de dar talleres. (No he dado otro en todos estos años).
Sin embargo, hubo una pequeña tregua de una semana en todo este tiempo. Fue en el Café Brasil, mientras platicaba con el papá de Gerardo Ortega, cuando una chica se nos acercó y me preguntó: ¿Tú das talleres de escritura? le dije que si y la invité a que se sentara. Nos platicó al papá de Gerardo y a mi que ella escribía, que le gustaría tomar una taller, que no sabía con quién ir, que una vez fue con alguien pero no soportó la vanidad de todos los presentes, etc.
Quedamos de vernos al día siguiente ahí mismo, en el Brasil y cuando apareció traía a una banda como de tres chavos. Tallereamos ahí medio incómodos pero bien y luego pedí permiso en la Casa de la Cultura de Nuevo León para estar ahí.
A la siguiente semana fue nada más ella y su novio. Dijo que los otros estaban en otros rollos, pero que a ella sí le interesaba. Cuando entramos a la sala el novio se quedó afuera. No hice por incluirlo cuando ella me dijo que su novio sólo iba a acompañarla. Así fue un miércoles. Esa semana, jueves o viernes, no recuerdo, el Centro de Escritores de Nuevo León dio los resultados de sus becas y resulté electo.
El miércoles fue la rueda de prensa y por la tarde vi a esta chica.
Su novio no volvió a entrar. Fue entonces cuando ella comenzó a llorar, a decir que quería escribir pero no tenía tiempo, a decir que su novio no se quería involucrar en sus proyectos pero que la amaba pero no la entendía. dijo que él era su primer amor y me narró las tardes en la facultad de Psicología, perdidos, en los salones. Luego, dejaba de contar y salía a verlo y regresaba un poco menos tranquila. "Ya se enojó, dice que hablo mucho de ti". Yo pensaba en cómo los primeros amores son los peores. A la tercera vez que salió pensé decirle: "mira tus prioridades, si quieres tu novio, vete con tu novio, si quieres escritura, pues quédate". Pero cuando regresó estaba histerizada. El novio se había ido. Ella queria correr detrás de él.
Me levanté y traté de tranquilizarla pero ella desistió. En eso, en la puerta, apareció Carreño, uno de los escritores de Monterrey y me gritó: "Maestro, felicidades por la beca" y fue un resorte porque apenas terminó de decir aquello, la chica terminó por empezar a correr hacia las escaleras. Carreño y ella se cruzaron en el camino. Luego recibí el abrazo que no mantuve y cuando fui a las escaleras ella ya no estaba. Regresé a las ventanas de la casa de la Cultura por donde se ve la explanada y el cabús de cola estacionado en una esquina y vi la luz del sol sobre los adoquines, los coches en la avenida, el venir de un tren del metro en la línea aérea. Recuerdo la sombra de la chica en el piso y cómo hacia el horizonte el sol se hacía más luminoso y me impedía ver. Le grité desde ahí, asomado la mitad del cuerpo por la ventana y ella se detuvo apenas un momento, un parpadeo quizá. Volvió a verme y luego siguió corriendo detrás de un novio que yo ya no podía ver -era tal la luz del sol-.
Cuando me metí bajé la ventana y Carreño seguía ahí, con su mochila donde juran los antiguos mete las galletas que se roba de las presentaciones de libros y guarda con los libros que vende y sus loables y aguerridas Rayuelas. Pero ya no le dije nada. Ni me despedí de él. Simplemente busqué las escaleras y salí de la Casa de la Cultura hacia otro rumbo.

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