Wednesday, January 30, 2008

Relaciones de oficina

Ayer por la tarde, mientras discutía con mi jefe unas cuestiones, empecé a escuchar mi celular y cómo el sonido de éste se venía acercando. Salí y me encontré con la editora X que venía enfurecida, furibunda, atormentada e histérica, casi gritando: ya nadie soporta el ruido. Me sorprendió que en un momento tan breve se hubiera puesto de acuerdo con la colectividad de la oficina, de cerca de 20 personas. Regresó a su oficina taconeando pesadamente como sólo ella puede hacerlo y se encerró. Pero eso me puso a pensar en el pasillo casi freak donde me encuentro. Los únicos hombres en el lugar, además de mí, son dos tipos de administración o ventas y no hablan nada. Sólo, en raros intervalos parpadean, sacan la cabeza de entre la computadora y tocan dos temas importantes: Iron Maiden o Deportes. Y en Deportes, sólo tocan dos temas: futbol americano y las águilas del América. Se ríen entre ellos, se pasan música y después vuelven a ese estado casi catatónico que tienen algunos peces para sobrevivir durante meses a la época de sol en África.
Luego están las vecinas que hablan de las popularidades literarias. Una siempre dice: qué ondiux... A mí, esa frase me repele, me suena a sesentera, a cosa vieja, a una mala copia de alguna mala copia de alguna mala canción de Alex Lora. Otra, no habla. No sé, este lugar es raro... muy raro... En el ILCE, a las tres semanas ya todos éramos amigos. En Santander, muy pronto nos integramos jefes, empleados y nos íbamos a comer. En Conarte, aunque la jerarquía se respetaba, había un excelente y trato casi de amistad entre jefes y subalternos. Vaya, yo me sentaba con la presidenta a contar chistes, cuando había tiempo de contar chistes.
Pero aquí en la editorial me descubierto que las jerarquías se hacen sentir con especial frialdad. Aquí sí importa quién es quién. Para ejemplo los empleados de limpieza que se portan casi como servidumbre. Una vez, una me golpeó sin querer al salir del baño. No fue un golpe, no, sino uno de esos momentos donde chocas accidentalmente con otra persona. Se desvivió en disculpas, en perdones, en temores. Y ya he visto a otras con la misma actitud donde ellas siempre tienen la culpa.
Yo creo que aquí no me ven con buenos ojos porque saludo de mano a uno de los chicos de mantenimiento. Él se acerca y me cuenta de sus intentos de amores con algunas gentes, me hace pequeñas bromas y yo lo escucho, vaya, como debe de ser, pero en ese momento pasa la editora X taconeando pesada y estresantemente por el pasillo y nos deja un vaho de estres en el aire.

3 comments:

blanca figueroa said...

Me molestan mucho las mujeres que taconean (enérgicamente) en la oficina, yo que siempre uso tenis (bueno, la mayoría de las ocasiones). He interpretado ese taconeo enérgico como personas que quieren dar a entender que andan muy ocupadas, que hay mucho por hacer, que tienen actividades muy importantes por realizar.
Afortunadamente nunca he estado en un ambiente así de hostil en un trabajo. Qué feo porque se la pasa uno casi todo el día ahí.

Anonymous said...

¡Que bueno que estás de regreso!

Anonymous said...

¡Sí que está bueno, volverte a leer!
Alma Lilia Joyner