Tuesday, October 05, 2004

Retratos familiares II

Cuando conocí a Daniel de la Fuente y Claudia Lozano no pensé que con los años se convertirían en parte de los mejores amigos, ni que asistiría a su casa a ver a su hijo recién nacido y menos, mucho menos, que cuidaría a ese hijo en la ciudad de México. Así sucede, creo, con las grandes amistades. Haces clic con ellos de golpe, sorprendentemente de porrazo.
No recuerdo qué mes de ese verano, julio, agosto de 1997, cuando me dieron el 2 lugar del premio de literatura joven universitaria de la UANL. Un amigo me dijo: felicidades Toño, por tu premio. Yo ni enterado estaba pero ya había salido en el periódico y toda la cosa. Asi que ahi estaba el día de la premiación. Jak Zúñiga había ganado el primer lugar y Renato Tinajero el tercero (al siguiente año yo tendría el tercero y Renato el primero y un año después yo el primero.) Nos sentamos en la mesa en la sala minuscula con sillas plegadizas. Don Celso Garza Guajardo leyó el parte de guerra, el número de participantes y luego cada quién procedió a leer un fragmento de cuento o del poema ganador. Jack leyó algo muy padre, luego me aventé un discuriso breve de cómo había salido el cuento y al final Renato leyó parte de su "Desesperanza".
Luego vino la ceremonia, el bello momento de los cheques (me compré mi primer máquina de escribir con ese dinero y llevé a mis padres y a mi hermana a comer helados). Y luego me descubrí solo.
Cuando salí del departamento, ubicado estratégicamente en el interior del estadio universitario, no había nadie en el estacionamiento. Caía un sol típicamente regiomontano y a lo lejos, entonces, vi a Daniel y a Claudia. Me apuré y los alcancé. Nos fuimos platicando hasta Leyes sólo por hacernos compañia. después, cada que me lo encontraba, Daniel me preguntaba por mi "obra". Lo sigue haciendo pero ahora ya somos distintos y nuestra amistad es más fuerte. Este es el pequeño retrato que hice de él:

Daniel

Grande como un oso, Daniel se tira en el sofá de su casa y observa la televisión. Es la única cosa decente que alguien como él puede hacer después de lidiar todo el día con la burocracia cultural del estado y con las divas y divos que pululan por la pequeña y regia ciudad. Sus manos son grandes pero con ellas puede abrir con tranquilidad unos tacos y acariciar a su hijo. No juega boliche y su más grande sueño como el de todos es: ya no tener que trabajar. Cigarro en mano, mordaz por naturaleza, devorador de nieve baskins robins, Daniel escribe poesía. Ha imaginado un mundo que se me antoja inabarcable. A veces quisiera tener los mapas de esa tierra desolada y verde donde habitan sus personajes pero mantiene el mapa escondido entre los archivos de su computadora. Aún no lo termino, me dice. Estoy apenas formando el cielo, me comenta irónico mientras enciende otro cigarro y lanza la mirada a la calle con un dejo de impaciencia. Así son a veces los dioses cuando crean vida. Daniel mantiene la batuta de lo inasible mientras Patricio, su hijo, estaciona todos sus carros en la sala y Claudia, su esposa, lee la última poesía de un autor desconocido que vive en un mundo de tierras desoladas y verdes, de una tierra sin mapas, perdida entre los archivos de una computadora.

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