Thursday, October 06, 2005

San Gabriel por las mañanas

Así inicia, creo, uno de los cuentos de Rulfo que más me gusta: "Diles que no me maten". Y ahorita al escribir esto recuerdo que, cuando estaba en las oficinas del CONARTE, a veces, Cordelia me decía que le contara alguna historia. Sin ánimo de nada y más con calor y hambre, dejaba de trabajar y le contaba: Ah... pues recuerdo que una vez... Y así empezaba mis historias. Y hoy, en la mañana, mientras salía de la casa para llegar a la oficina a las seis y media me acordé de mis madrugadas. Al menos de las viejas. Que estas son buenas y he tenido mejores y peores en cuanto a fuerzas y ánimo. Los despertares viejos. Los despertares de antes tenían una mezcla de que el día no tenía compromisos y de hacer el día. Podía hacer lo que se me antojara. No había ni presión ni tensión ni necesidad por hacer algo, o ir a la oficina o salir corriendo al mediodía. El plazo era solamente vivir el día. ¿Y qué hacer con el día? Nada. Disfrutarlo. Agendarlo entre desayuno, salir a jugar fútbol, pescar mariposas en el llano, escuchar las sabias enseñanzas malandras de Toño, comer bollos helados era la única responsabilidad. Así se me hubiera ido la vida, creo, hasta que llegó mi abuelo Nabor.
Mi abuelo Nabor siempre fue una figura omnipotente, un hombre toro que podía echarse más de cincuenta periódicos en cada hombro. Después, cuando llegaba frente a una casa, bajaba los bultos, tomaba un periódico "El Norte", lo doblaba y allá va. El periódico salía impulsado y se abría sólo al momento de caer sobre el piso una vez atravesada la reja o una vez que llegaba hasta la puerta de la casa pasando el estacionamiento vacío. Y yo miraba eso sorprendido, aún medio adormilado. Y es que mi vida hubiera sido sólo un disfrute si no es que un día llega mi abuelo Nabor, habla con mi madre, ésta se me queda viendo con cierta malicia y dice: mañana va a pasar tu abuelo para que le ayudes a vender periódicos.
Es cierto. Él vendía periódicos. Cuando terminaba la faena diaria llegaba a su casa y extendía sobre la mesa los cientos y cientos de monedas centaveras, peseras, pesadas y gordas de antes. Las amontonaba por columnas mientras desayunaba tres huevos con salsa, hartos frijoles y se empuñaba un litro de pulque que mandaba traer desde Venado San Luis Potosí, de donde son mis raíces. Le daba a mi abuela para el gasto del día y se iba a dormir desde las doce hasta las siete, bajaba un rato, cenaba y otra vez a la cama. Todo él olía a periódico, a tinta, a desvelo.
El Norte. Así que empecé a vender El Norte por las calles, a entregarlo casa por casa en la madrugada. Pasaba mi abuelo en su valiant viejo o en su oldsmobile carcacha repleto de periódicos hasta el tope y yo me hacía ovillo en una esquina del asiento, así, calientito por el calor que entraba desde el motor y por tanto periódico. Cuando llegábamos a la colonia Victoria mi abuelo desmontaba la bicicleta, echaba sus ciento cincuenta periódicos repartidos en las canastillas delantera y trasera y se iba a entregarlos. Yo me quedaba a entregar periódicos en las primeras ocho calles.
¿Intenté echarme los periódicos al hombro? Claro. Por su puesto. Pero se me caían. Se derrumbaban los pliegos a mis pies y era más lata después acomodarlos, meter finanzas en avisos de ocasión, avisos de ocasión en cultura, cultura en locales, locales en espectáculos, espectáculos en deportes y deportes en internacional. Me iba por las calles al filo de las seis de la mañana y andaba esas calles oscuras, silenciosas apenas, sacudida la quietud cuando me ladraban los perros. Llovía y mojaba un periódico, hacía frío y me metía entre ellos. Esto es muy aburrido, le dije un día. A la mañana siguiente mi abuelo me presumió la radio. Compré casetes y mientras volvía los escuchaba. Una vez me mordió un perro. Otra vi cómo chocaban dos coches. Vi un pleito y un domingo vi tres fiestas que seguían desde el sábado en la noche. Los borrachos me invitaron a pasar, todo nervioso les dije que no, gracias, y seguí.
Tendría entonces unos ¿nueve años?
Así seguí ayudándole a mi abuelo a la entrega y la venta de periódicos por muchos años. La última mañana que fui él andaba borracho (el pulque había engendrado otros vicios). Estaba en el puesto en la colonia Villa de San Miguel. Le dije, sólo te traje en el carro para que no chocaras pero él no entendió. No, no, te vas a quedar a vender periódicos, me ordenó. Yo tenía examen de ciencias de la comunicación en tercera oportunidad en la facultad de Comunicaciones. No puedo quedarme, le dije. En eso pasó el camión. Corrí y lo tomé y sólo vi a mi abuelo agitándo un periódico y gritándome que regresara pero no lo hice. Sentía las miradas árticas de los pasajeros. Después de eso no volví nunca más a vender periódicos ni a despertarme a las cinco de la mañana por causa suya. Y me queda esa imagen de mi abuelo Nabor que era un toro, con los ojos abotargados por el alcohol y agitando el periódico. El me decía que regresara pero yo veía el periódico y sólo sentía que eso era un adios. Y como quiero al viejo.

4 comments:

Anonymous said...

Gracias por compartir esas historias de corazòn que humedecen la vista. Serìa ideal verla en la pantalla grande...Me gusto muchìsimo, ya ves eres el que escribe muy bonito!

Anonymous said...

Sentí el frio del amanecer, el calor que genera el papel entibiando poco a poco mi cuerpo, el olor de la tinta, el miedo y la curiosidad, las ansias por terminar y disfrutar el desconocido contenido de tus cassettes y la impotencia ante tu abuelo y la nostalgia del adiós.
Eso es lo que trasmite un escrito? no. Yo pienso, que es como ver el alma desnuda de quien escribe.
Me gusto.

Io said...

Que chido escribe usted... oiga va a venir a presentar su libro? digame el día y hora pactados para ir a disfrutarlo.

Saludos,
Yo

Judith Segura said...

Hola, llegué a tu blog por casualidad, y me gustó. Te recomiendo una novela: Atlas descrito por el cielo, de Goran Petrovic, si puedes leela, si ya la leíste pues ya no la leas, je.
Saludos