Monday, January 24, 2005

La lucha la hacen todos

En la televisión está el Hijo del Santo y a un lado de él, dentro de un cristal, están las máscaras de Black Shadow y de muchos más. Atrás de la poltrona verde, como en cuento famoso de Cortázar, se ve un cuadro muy gran de El Santo en posición de ataque, los brazos extendidos y separados del cuerpo y un pie adelante mientras con la mirada fulmina al oponente. El Hijo del Santo dice: Yo logré hacerla porque no fui sólo un remedo de El Santo. Y si viene un tercer Santo tendrá que ser mejor que El Santo y El Hijo del Santo.
Viernes. Noche. En el metro vamos Rodrigo, Valeria, Efraín y yo y allá en la arena nos alcanzará Vanesa. Rodrigo y Efraín llevan chamarras negras y largas. Hace un poco de frío que se desentumece en cuando salimos del metro Balderas y nos encaminamos a la arena. Apenas llegamos hay una polución de ruidos, luces y olores. Acá venden quesadillas, allá, en un comal, se amontonan las carnes que sueltas sus grasas sobre el metal. Allá una señora vende semillitas, Valeria compra cacahuates, las máscaras brillan en la noche sus irisadas mechas, sus broncíneos y pardos rostros. Es inmensa la arena. Uno podría jurar que caben gigantes. La arena huele a vieja y a tradición y a sangre y sudor y sabe a cerveza helada y a pizza. Cuando entramos un señor delgado y de bigote ralo nos guía por las butacas. En un palco la porra técnica agita sus matracas, golpea sus tambores y suena sus silbatos mientras abajo, a un lado de la pasarela, la porra ruda les responde igual de filibustera, igual de estruendosa.
La segunda lucha ha empezado y vemos los vuelos, el manejo y el baile de los cuerpos, escuchamos el golpe seco en los pechos, las caídas sobre la tercera cuerda, el golpe de un cráneo contra las butacas mientras la gente grita y sus gritos saben a sal y mueven tu adrenalina cuando ves a Black Warrior dar un brinco, y después del brinco caer sobre la cabeza de un luchador arrinconado en la esquina. Black Warrior alza los brazos y vemos su tatuaje como serpientes enroscadas que asfixian su columna vertebral. Y la cerveza pasa, se acaba, la cambiamos mientras la luz cae de lleno sobre el ring e ilumina al Místico en una pirueta que sólo lo estampa contra el piso y lejos de la luz sólo está una oscuridad que amordaza y te hace seguir viendo a los luchadores cuando saltan por encima de la tercera y cae demoliendo el cuerpo maltrecho de otro luchador.
Luego, después de varias luchas, viene el momento esperado, ese que me ha hecho ir a la arena. Se hace un silencio sólo rematado por la voz de Valeria quien pregunta: ¿ya sigue? ¿ya sigue? Unas baterías de luz bailan entonces y se concentran en una puerta arriba, en la arena. La música se torna violenta y todas las miradas se dirigen ahí. Entonces aparece Blue Demon, su máscara azul, la capa larga y brillante con vivos plateados; entonces aparece Blue Demon con su máscara azul y los bordes plateados y puntiagudos en los ojos y la boca. Su mirada se come el ring. Es como observar un mago que ve el lugar donde ejercerá su dominio. Es electricidad, simple y llana electricidad la que nos recorre, es un corto circuito que mueve la lengua, el aire lo impulsa para empezar a gritar: "Demon, Demon, Demon, Demon" mientras nuestras gargantas se cimbran y la boca se vuelve reseca. Es como volver a ser niño cuando Demon baja por la pasarela y su capa hace un vuelo discreto mientras avanza.
Demon acorrala a su rival, lo levanta como si no pesara, lo golpea con saña, le aplica una llave, se quita los golpes. Cada ciertos momentos la multitud corea el nombre y el luchador mira por segundos esa bestia sin nombre y anónima que lo nombra para seguir adelante. A veces se detiene a tomar aire pero sigue en su lucha. Cuando lo derrota, Demon se va muy orondo hacia los vestidores sólo para salir más adelante a su combate semifinal contra Shocker.
La batalla se torna ríspida. Shocker aguanta los lances, las llaves. A veces parece que ambos están por ceder pero siempre uno se levanta. Demon tiene la mirada ebria después de un vuelo, Shocker se levanta de entre las butacas después de una patada. Por momentos la arena se queda en silencio y sólo se escuchan los golpes sordos de los luchadores y sólo se ven los dos cuerpos trabados en un combate sin forma, sin destino; sólo se ve el ir y venir, las desnucadoras terribles, las quebradoras silenciosas hasta que en un momento, no sé como, Shocker toma un brazo de Demon, lo tuerce, Demon cae, Shocker le enreda las piernas, lo tumba; cae Demon, sus espaldas tocan la arena y el réferi cuenta hasta tres. La batalla ha terminado.
Desalantados, vemos como Demon se aleja por la pasarela rumbo a los vestuarios. La siguiente lucha es buena, pero no es el demonio azul quien lucha. Cuando salimos de la arena la noche sigue fría mientras nos encaminamos al metro Balderas. Vamos cansados. Les cuento de una leyenda urbana que me contaron acerca de que en el último vagón del metro de una línea la gente se sube a una orgía que no se agota nunca pero no me prestan atención.
Dice el Hijo del Santo que su hijo tiene que ser mejor que El Santo y que el Hijo del Santo. Yo recuerdo entonces que Blue Demon murió hace años en una estación del metro, en la línea 3. Su corazón simplemente desfalleció mientras subía las escaleras. Al momento no llevaba la máscara y esa pequeña tragedia en un andén, una de las tantas pequeñas tragedias en el metro de la ciduad de México se iba a convertir en el fin de un hombre y el inicio de una leyenda. Pero entonces apago la televisión y me voy a dormir. ¿Quién sabe qué estará haciendo en este momento Blue Demon Jr.? Tal vez haciendo la lucha, como todos.

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