Thursday, March 31, 2005

Playa Bagdad

vi nuevamente el mar golpear la playa en Tamaulipas
vi la frontera con el río bravo verde y calmo mientras del otro lado las cámaras cíclopeas indagaban cualquier traspaso.
vi un puesto de pescados en playa Bagdad y en el puesto tres tiburones cazados en la víspera
vi a Ana mientras se quedaba detenida en las olas y dejaba que estas la golpearan
vi a Miguelito, el hijo de Ana, venir hacia mi y darme la mano para que lo ayudara a hacer castillos de arena
vi en la noche salada y húmeda flotar los barcos pesqueros a lo lejos y sus luces balancearse en la oscuridad que llegaba hasta nosotros, como una extensión del mismo mar.
vi un puesto de helados en la playa y a Miguelito, ya en mis hombros, apuntar hacia la gente que venía en la playa
vi un río de luz en el camino por donde pasaban las hammer de regreso de un concierto de música norteña y Ana decía: cuanta troca y yo agregaba, estamos en el norte.
vi en la manaña la bruma que llegaba del mar y ocultaba a la gente que a las nueve de la mañana había salido gozosa a las aguas.
vi una fila inmensa para entrar a los baños y gente que revoloteaba alrededor de los puestos de tacos y café caliente.
vi de regreso el estero donde a veces entraba el agua de mar y esta agua se quedaba ahí, como mansa y dormida a la espera de no se qué vientos, ni de qué canciones nuevas.
vi la carretera vacía, ya de regreso y tractores verdes y gigantes que avanzaban con su sueño de paquidermos a un lado del camino
vi retenes de soldados que bajo el sol aguardaban con las armas cuyas bocas dialogaban con el sol que apretaba los llanos, como hollando el verde con su amarillo firme.
vi luego, cuando pensé que ya nada podría ver, a Ana sentada en una banca blanca en Los Herreras mientras reía con su hijo y yo llegaba y le decía: No hay nada, regresemos a Monterrey y ya en el camino pasar por un puente bajo el que un río caudaloso y verde asomaba sus hombros líquidos.
vi así, a un lado del camino a un grupo de hombres junto a una camioneta negra mientras bebían con la música en alto y las latas a sus pies y a Ana sentenciar: en los pueblos solo puedes salir a emborracharte a un lado del camino.
Así viendo, viviendo, fui y llegué a Monterrey.

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