Friday, December 28, 2007

comida de hospital

De niño me gustaba el olor del desayuno que servían en el hospital. Era casi un momento mágico cuando pasaba el carrito con aquellos atoles, gelatinas y huevos sin sal. Era mágico porque en ese momento desaparecía el otro olor del hospital: a jeringas, cloro, sedantes, el olor a cabellos limpios y ropas mil y un veces lavadas. Por momentos flotaba un aroma particularmente agradable: la comida del hospital. Y miraba entonces a los otros niños, en las otras camas, convalencientes algunos, con suero la mayoría y notaba los rostros felices al devorar aquel huevo o el pan tostado o las gelatinas o el sandwich. Nunca he vuelto a ver tanta felicidad al comer, salvo en aquel evento de APAC donde había la muestra gratis de casi veinte restaurantes y todos nos avalanzábamos sobre el sushi o el pozole o frente al mouse de guayaba o hacíamos filas frente a los mazapanes Toledo.
Hoy en la mañana me vino de nuevo aquel olor de comida recien calentada y pude revivir otra vez los pasillos aclorados, el calor tenue, aquellos pisos de mosaico blanco pero con viejas marcas de suciedad. La comida del hospital era para nosotros, los niños, un momento feliz. Luego pude andar en otras salas del mismo y comprobé la tristeza, apuro o ansiedad con el que comían los adultos, tal vez conscientes de la enfermedad, digerían a medias su comida. Al volver al pabellón infantil, en cambio, qué felicidad aquellas tostadas, las gelatinas casi cristalizadas.

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