Sunday, March 25, 2007

Escribo para recordar.

Sale hoy en el periódico Reforma, el resultado de una encuesta sobre, qué tan feliz fuiste cuando eras niño. El resultado arroja que son los niños de los años ochenta los que la pasaron mejor. Yo fui niño durante esos años y nunca he batallado para recordar esa infancia. ¿Cómo puede ser la infancia de un niño en una colonia salvaje en Monterrey? Una experiencia inolvidable. Había una mezcla entre infancia campestre y citadina. Aún había muchos terrenos baldíos donde era posible encontrarte una cantidad increíble de bichos y todas las primaveras cruzaban la ciudad verdaderas marejadas de mariposas. Sabíamos del futbol y del beisbol gracias Rayados, Tigres y los Sultanes y ellos eran nuestros ídolos al jugar en la calle y los llanos. Con calles de tierra que semejaban ruinosos caminos rurales, aún con caballos y perros y cabras que ramoneaban, también estaba el ruidoso paso de los camiones de la ruta que, en menos de media hora, te depositaban en el centro de la ciudad con sus edificios y tiendas y churros rellenos de cajeta y papas fritas. Además, no hay niño que no ansíe los juegos mécanicos y en mi Monterrey de los ochenta había unos mágicos, inigualables: los juegos manzo, ubicados en el lecho del río Santa Catarina y que años más tarde, se los llevó el aguan parduzo y lodoso del agua que bajó después del paso del huracán Gilberto. Había otros en la alameda, con un gran tobogán, pero los Manzo eran inolvidables.
Ya había llegado el atari. Ah, el atari; pero aún no lograba encadenarnos lo suficiente para que dejáramos la calle, la única patria de la infancia. A sol, con lluvia, con frío, la calle siempre era el gran terreno, la plataforma desde la cual podíamos invadirlo todo. Una camioneta desvalijada nos servía de galeón malherido, el llano de campo de futbol, las cuatro esquinas del cruce de una calle nos servía de diamante de beísbol, la bajada de una calle: de deslizador natural, las grandes avenidas Ruiz Cortínez, Antonio I Villarreal, Pablo A. de la Garza y la antigua vía a Tampico de las fronteras cuadradas de nuestro reino.
La infancia. ¿Cómo olvidarla o querer olvidarla? A veces me sigo reconociendo como ese niño que se preguntaba si el níspero plantado afuera de su casa daría un fruto alguna vez o ese niño que subía a su bicicleta para recorrer la colonia, o ese niño que jugaba de pitcher en el equipo de beis de la primaria y que daba todo por un buen salto para ensestar una pelota de basquet en el aro. Me reconozco y me sonrojo y acaso me averguenzo de recordar que yo hacía camiones de pasajeros con plastilina y pintaba en una libreta operaciones militares de cartagineses y romanos.
Los viejos olvidan todo, dice también la nota del periódico Reforma. Por eso los viejos nunca dicen si tuvieron una buena infancia. Yo mejor escribo. Escribo para recordar.

4 comments:

blanca figueroa said...

Ya sé que a lo mejor no me contestas pero te quería preguntar si dibujabas esas operaciones militares entre cartagineses y romanos por gusto o por tarea de la escuela o algo parecido. Es que me dio curiosidad, me gusta la cultura latina. Saludos.

A Ramos said...

Ah, sí lo hacía... jeje. Sólo que yo soy fan de la cultura púnica. Me sé al dedillo la vida de Anibal, desde que su padre lo hace jurar contra roma hasta que muere en Siria, suicidándose con veneno.

Daanroo said...

Los viejos olvidan todo,pero los viejos nunca dicen si tuvieron una buena infancia. por eso, mejor escribo. Y escribo para recordar.


¡ Es curioso encontrarme un mexicano que diga que nunca escucho a un anciano decir si tuvo una buena infancia!, oh, si, demasiado raro, pero me supongo que también es factible encontrar personas que escriben a la inversa del recuerdo.!

Lo que si es seguro es que siempre es divertido encontrar la sonrisa en el rostro del hombre, sobre todo si ve reflejado su propio recuerdo.

¡Caballero, un placer leerle!, sobre todo, porque me ha dado un golpe en las entrañas con el vago recuerdo de los abuelos que ya no están para convidarme sus vidas.

A Ramos said...

Hola Blanca, y daanroo. Sï, tan curioso como que, creo, ya empezamos a olvidar a los abuelos. Pero bueno, ojalá podamos siempre escucharlos en el recuerdo.